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Estimados lectores:
A pesar de que el Islam se ha asentado en territorios tan diversos
como las selvas del sudeste asiático o las extensas llanuras nevadas
del Asia Central, la civilización islámica siempre se ha
visto asociada con el desierto, un territorio hostil donde surgió
la primera comunidad musulmana, formada por hombres y mujeres que habían
forjado un carácter austero y un estilo de vida en muchos casos
al límite de la supervivencia, fruto de unas dificultades asociadas
al duro entorno geográfico en el cual les había tocado vivir:
el desierto. Sin embargo, a pesar de su íntima conexión con
un hábitat que impone a sus pobladores unas durísimas condiciones
de vida, el Islam fue capaz de superar su primitivo estatus de “religión
de los árabes” y se transformó en una religión de
amplitud universal. Los musulmanes entraron en contacto con grandes civilizaciones
que poseían una vasta tradición literaria y científica,
y supieron aprovecharse de ese bagaje para crear algo nuevo y original,
una síntesis de aquellas grandes civilizaciones, pasada por el tamiz
de la firme creencia en la Unidad Divina que proclama el Islam.
En el número de Alif Nûn de este
mes nos aproximamos al estilo de vida de unas gentes que, desde hace siglos,
han hecho del desierto su hábitat y han aprovechado más allá
del límite sus muy escasos recursos. El primer artículo
nos muestra una imagen del desierto del Rub al Jali (o Ar-Rab al-Khali,
según la transcripción. Literalmente “territorio vacío”,
en árabe) vista a través de los ojos de Daniel van der Meulen,
viajero y diplomático holandés de los años treinta
del siglo pasado. Se trata de un interesante documento que, más
allá de una cierta visión paternalista hacia los pueblos
no occidentales, tan característica de aquella época, proporciona
un vívido retrato de un antiguo estilo de vida que todavía
se resiste a desaparecer. El segundo artículo nos traslada al Sahara,
el otro gran desierto que atraviesa las tierras centrales del Islam, y nos
muestra el modo de vida y las costumbres de los tuareg, el mítico
pueblo de origen incierto que habita el desierto del Sahara desde tiempos
inmemoriales.
El
resto de artículos de este mes ponen el acento en ese proceso de
integración cultural entre el Islam primitivo y las nuevas civilizaciones
y culturas incorporadas a la nueva fe. En la segunda parte del artículo
publicado en el número anterior de Alif Nûn, el Dr.
Nasr nos ofrece un panorama cultural y científico de las distintas
ramas y escuelas de conocimiento en la civilización islámica,
y sus contactos con el saber griego, persa, indio o chino. El último
artículo, también en su segunda parte, se centra en el desarrollo
de la literatura árabe como consecuencia de la revelación
coránica y del enriquecimiento cultural producto del contacto con
los nuevos territorios incorporados al Islam.
Para terminar, no quisiéramos despedirnos sin felicitar cordialmente
a todos los musulmanes que, Dios mediante, celebrarán en los próximos
días el final del ayuno del mes de ramadán. Les deseamos
a todos ellos las mayores bendiciones y les transmitimos nuestros mejores
deseos de paz y bienestar.
La Dirección.
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Los desiertos
de la Península Arábiga tienen una extensión de más
de 2 millones de kilómetros cuadrados . La parte suroriental, conocida
con el nombre de Ar-Rab al-Khali –en castellano, “ el territorio vacío”–,
ocupa cerca de la mitad de la superficie total y es tan inmensa y desolada
que las pocas tribus que desde tiempos inmemoriales viven en sus márgenes
suelen llamarla bahr as-safi, el “mar puro”, entendiendo por ello un mar
de arena.
Esta parte
de la Península Arábiga ha sido una de las últimas
regiones de nuestro planeta en ser explorada por el hombre blanco. Hasta
hace poco nada se sabía a ciencia cierta de ella . Los beduinos
hablaban de un pueblo, los beni ad (es decir, los “no creyentes”), que hace
muchos siglos habían vivido en una Arabia distinta de la actual,
con más agua y vegetación. Según la leyenda, los beni
ad construyeron unos enormes monumentos de piedra y grabaron figuras
de camellos, de hombres y de flechas, en las oscuras capas de arena endurecidas
que cubren las paredes de los uads o lechos secos de los ríos del
desierto. incluso se decía que habían edificado una ciudad
en el corazón del “mar de arena” . Sin embargo, estas historias no
llamaron la atención de los arqueólogos occidentales, que
las consideraban completamente fantásticas. Si al desinterés
unimos los riesgos que suponía la existencia de numerosas tribus
guerreras e independientes en sus márgenes, es fácil comprender
porque ningún occidental exploró estos lugares hasta fecha
reciente.
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Tuareg: este nombre evoca fantásticas imágenes
de maravillosos escenarios saharianos, de interminables y lentas caravanas
de camellos entre las dunas de arena rojiza, de fogosos escuadrones de caballos
montados por bandidos con turbante de un color azul inconfundible, y de esbeltas
figuras femeninas que llevan su hermoso rostro enmarcado por largos cabellos
finamente trenzados y visten un corpiño negro con motivos geométricos
en rojo.
Sin embargo, hoy tuareg
es sinónimo de minoría oprimida, de hombre nacido libre pero
hostigado por los que no toleran sus desprecio de las fronteras políticas
que han destrozado su mundo ancestral. Y es sinónimo también
de un pueblo refractario a todo tipo de asimilación y perseguido por
rebelde; de un pueblo que ha sido “señor del desierto” y ahora se
ve condenado a representar el aspecto folclórico ante unos turistas
que recorren impunemente su antiguo reino.
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E
n lo que respecta a las ciencias, sobre todo aquellas que se ocupan
de la naturaleza, la fuente más importante fue la herencia de la
civilización griega. Desde el siglo I d.C., Alejandría se
había convertido en el centro de la ciencia y la filosofía
griegas, así como en el lugar de encuentro entre el helenismo y
las influencias orientales y del antiguo Egipto, del cual procedían
el hermetismo y el neoplatonismo. La herencia griega, ella misma en gran
medida una recopilación de ideas mediterráneas sistematizadas
y presentadas de un modo lógico gracias al poder discursivo característico
de los griegos, pasó desde Alejandría a Antioquía,
y de allí a Nisibis y Edesa, a través de los cristianos monofisitas
y nestorianos . Estos últimos contribuyeron especialmente a la difusión
del saber griego, sobre todo por medio de traducciones siriacas , en tierras
tan al este como Persia.
En el siglo
III d.C., Shapur I fundó Jundishapur en el emplazamiento de una antigua
urbe cerca de la actual ciudad persa de Ahwaz. Jundishapur era un campamento
de prisioneros para soldados capturados en la guerra contra Valeriano.
Poco a poco, este campamento se fue transformando en una metrópolis
que llegó a ser un centro de las antiguas ciencias, estudiadas en
griego y sánscrito, y más tarde en siriaco. Se erigió
una escuela basada en el modelo de Alejandría y Antioquía en
la cual se enseñaba medicina, matemáticas, astronomía
y lógica, sobre todo a partir de textos griegos traducidos al siriaco,
aunque también incluía elementos de las ciencias indias y persas.
Esta escuela, que duró hasta después de la creación
del califato abbasí, llegó a ser una fuente importante del
saber antiguo en el mundo islámico.
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Como ya se
ha señalado, los eruditos han invertido un gran esfuerzo durante
los últimos trece siglos en describir y destacar el carácter
inimitable de los versículos coránicos. Sin embargo, el impacto
de la revelación coránica sobre el idioma árabe, su
estructura y su contenido, sin duda ha sido objeto de menos estudios. Casi
todas las obras sobre el carácter inimitable del Corán se
han centrado en la belleza literaria del Libro Sagrado y la fuerza y la
precisión de sus ideas. Otro aspecto importante del Corán
que no ha sido tratado adecuadamente radica en su impacto lingüístico
sobre la forma y el contenido del idioma árabe.
El Sagrado Corán sin duda
ha contribuido a reforzar y profundizar en la conciencia que tiene el pueblo
árabe de la riqueza y la belleza de su lengua. Desde un punto de
vista lingüístico, la revelación coránica ha sido
el acontecimiento más importante en la historia del idioma árabe.
Fue un acontecimiento de gran alcance y de consecuencias duraderas, pues
el Corán proporcionó al idioma árabe una estructura de
la cual había carecido hasta entonces. De hecho, los esfuerzos realizados
para desarrollar y perfeccionar el alfabeto árabe se debieron al deseo
de conservar el Corán. Fue dentro de este mismo contexto cuando Abu
l-Aswad al-Du’ali desarrolló el sistema de puntuación diacrítica
durante el siglo I de la era islámica, en su intento de sentar las
bases de la teoría gramatical árabe . Sus esfuerzos fueron
de los primeros en establecer una forma permanente para el alfabeto árabe
y, por tanto, para el sistema de escritura árabe. Como se desprende
de las inscripciones más antiguas, el alfabeto árabe era impreciso,
poco sistemático e ineficaz. El sistema de puntuación diacrítica
desarrollado por al-Du’ali ayudó a aclarar y establecer distinciones
que de otra manera hubieran quedado poco claras. De hecho, puede afirmarse
que de no haber sido por el firme deseo de conservar la forma, la gramática,
la pronunciación y la precisión del Corán, el alfabeto
y el sistema de escritura árabes no se habrían desarrollado
tan rápido como lo hicieron.
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Un desgraciado
hizo alto para interrogar,
lamentándose, a los vestigios,
y yo hice un alto para preguntar por la taberna del lugar [...]
Los beduinos no son nadie ante Dios.
Que no se sequen las lágrimas de quien llore por una piedra
ni halle serenidad el corazón de quien se inclina por una estaca.
¡Qué diferencia entre quien describe en la taberna
las excelencias del vino
y aquél que llora por una zanja y una camella! [...]
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