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ISSN 1695-1751                                                        Número 63 - Septiembre.2008 / Ramadan 1429
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Estimados lectores:

                    A pesar de que el Islam se ha asentado en territorios tan diversos como las selvas del sudeste asiático o las extensas llanuras nevadas del Asia Central, la civilización islámica siempre se ha visto asociada con el desierto, un territorio hostil donde surgió la primera comunidad musulmana, formada por hombres y mujeres que habían forjado un carácter austero y un estilo de vida en muchos casos al límite de la supervivencia, fruto de unas dificultades asociadas al duro entorno geográfico en el cual les había tocado vivir: el desierto. Sin embargo, a pesar de su íntima conexión con un hábitat que impone a sus pobladores unas durísimas condiciones de vida, el Islam fue capaz de superar su primitivo estatus de “religión de los árabes” y se transformó en una religión de amplitud universal. Los musulmanes entraron en contacto con grandes civilizaciones que poseían una vasta tradición literaria y científica, y supieron aprovecharse de ese bagaje para crear algo nuevo y original, una síntesis de aquellas grandes civilizaciones, pasada por el tamiz de la firme creencia en la Unidad Divina que proclama el Islam.
                    En el número de Alif Nûn de este mes nos aproximamos al estilo de vida de unas gentes que, desde hace siglos, han hecho del desierto su hábitat y han aprovechado más allá del límite sus muy escasos recursos. El primer artículo nos muestra una imagen del desierto del Rub al Jali (o Ar-Rab al-Khali, según la transcripción. Literalmente “territorio vacío”, en árabe) vista a través de los ojos de Daniel van der Meulen, viajero y diplomático holandés de los años treinta del siglo pasado. Se trata de un interesante documento que, más allá de una cierta visión paternalista hacia los pueblos no occidentales, tan característica de aquella época, proporciona un vívido retrato de un antiguo estilo de vida que todavía se resiste a desaparecer. El segundo artículo nos traslada al Sahara, el otro gran desierto que atraviesa las tierras centrales del Islam, y nos muestra el modo de vida y las costumbres de los tuareg, el mítico pueblo de origen incierto que habita el desierto del Sahara desde tiempos inmemoriales.
              El resto de artículos de este mes ponen el acento en ese proceso de integración cultural entre el Islam primitivo y las nuevas civilizaciones y culturas incorporadas a la nueva fe. En la segunda parte del artículo publicado en el número anterior de Alif Nûn, el Dr. Nasr nos ofrece un panorama cultural y científico de las distintas ramas y escuelas de conocimiento en la civilización islámica, y sus contactos con el saber griego, persa, indio o chino. El último artículo, también en su segunda parte, se centra en el desarrollo de la literatura árabe como consecuencia de la revelación coránica y del enriquecimiento cultural producto del contacto con los nuevos territorios incorporados al Islam.
                Para terminar, no quisiéramos despedirnos sin felicitar cordialmente a todos los musulmanes que, Dios mediante, celebrarán en los próximos días el final del ayuno del mes de ramadán. Les deseamos a todos ellos las mayores bendiciones y les transmitimos nuestros mejores deseos de paz y bienestar.  
 

La Dirección.

            Los desiertos de la Península Arábiga tienen una extensión de más de 2 millones de kilómetros cuadrados . La parte suroriental, conocida con el nombre de Ar-Rab al-Khali –en castellano, “ el territorio vacío”–, ocupa cerca de la mitad de la superficie total y es tan inmensa y desolada que las pocas tribus que desde tiempos inmemoriales viven en sus márgenes suelen llamarla bahr as-safi, el “mar puro”, entendiendo por ello un mar de arena.
            Esta parte de la Península Arábiga ha sido una de las últimas regiones de nuestro planeta en ser explorada por el hombre blanco. Hasta hace poco nada se sabía a ciencia cierta de ella . Los beduinos hablaban de un pueblo, los beni ad (es decir, los “no creyentes”), que hace muchos siglos habían vivido en una Arabia distinta de la actual, con más agua y vegetación. Según la leyenda, los beni ad construyeron unos enormes monumentos de piedra y grabaron  figuras de camellos, de hombres y de flechas, en las oscuras capas de arena endurecidas que cubren las paredes de los uads o lechos secos de los ríos del desierto. incluso se decía que habían edificado una ciudad en el corazón del “mar de arena” . Sin embargo, estas historias no llamaron la atención de los arqueólogos occidentales, que las consideraban completamente fantásticas. Si al desinterés unimos los riesgos que suponía la existencia de numerosas tribus guerreras e independientes en sus márgenes, es fácil comprender porque ningún occidental exploró estos lugares hasta fecha reciente.



            Tuareg: este nombre evoca fantásticas imágenes de maravillosos escenarios saharianos, de interminables y lentas caravanas de camellos entre las dunas de arena rojiza, de fogosos escuadrones de caballos montados por bandidos con turbante de un color azul inconfundible, y de esbeltas figuras femeninas que llevan su hermoso rostro enmarcado por largos cabellos finamente trenzados y visten un corpiño negro con motivos geométricos en rojo.
            Sin embargo, hoy tuareg es sinónimo de minoría oprimida, de hombre nacido libre pero hostigado por los que no toleran sus desprecio de las fronteras políticas que han destrozado su mundo ancestral. Y es sinónimo también de un pueblo refractario a todo tipo de asimilación y perseguido por rebelde; de un pueblo que ha sido “señor del desierto” y ahora se ve condenado a representar el aspecto folclórico ante unos turistas que recorren impunemente su antiguo reino.        
       

               

            E
n lo que respecta a las ciencias, sobre todo aquellas que se ocupan de la naturaleza, la fuente más importante fue la herencia de la civilización griega. Desde el siglo I d.C., Alejandría se había convertido en el centro de la ciencia y la filosofía griegas, así como en el lugar de encuentro entre el helenismo y las influencias orientales y del antiguo Egipto, del cual procedían el hermetismo y el neoplatonismo. La herencia griega, ella misma en gran medida una recopilación de ideas mediterráneas sistematizadas y presentadas de un modo lógico gracias al poder discursivo característico de los griegos, pasó desde Alejandría a Antioquía, y de allí a Nisibis y Edesa, a través de los cristianos monofisitas y nestorianos . Estos últimos contribuyeron especialmente a la difusión del saber griego, sobre todo por medio de traducciones siriacas , en tierras tan al este como Persia.
            En el siglo III d.C., Shapur I fundó Jundishapur en el emplazamiento de una antigua urbe cerca de la actual ciudad persa de Ahwaz. Jundishapur era un campamento de prisioneros para soldados capturados en la guerra contra Valeriano. Poco a poco, este campamento se fue transformando en una metrópolis que llegó a ser un centro de las antiguas ciencias, estudiadas en griego y sánscrito, y más tarde en siriaco. Se erigió una escuela basada en el modelo de Alejandría y Antioquía en la cual se enseñaba medicina, matemáticas, astronomía y lógica, sobre todo a partir de textos griegos traducidos al siriaco, aunque también incluía elementos de las ciencias indias y persas. Esta escuela, que duró hasta después de la creación del califato abbasí, llegó a ser una fuente importante del saber antiguo en el mundo islámico.


            Como ya se ha señalado, los eruditos han invertido un gran esfuerzo durante los últimos trece siglos en describir y destacar el carácter inimitable de los versículos coránicos. Sin embargo, el impacto de la revelación coránica sobre el idioma árabe, su estructura y su contenido, sin duda ha sido objeto de menos estudios. Casi todas las obras sobre el carácter inimitable del Corán se han centrado en la belleza literaria del Libro Sagrado y la fuerza y la precisión de sus ideas. Otro aspecto importante del Corán que no ha sido tratado adecuadamente radica en su impacto lingüístico sobre la forma y el contenido del idioma árabe.
        El Sagrado Corán sin duda ha contribuido a reforzar y profundizar en la conciencia que tiene el pueblo árabe de la riqueza y la belleza de su lengua. Desde un punto de vista lingüístico, la revelación coránica ha sido el acontecimiento más importante en la historia del idioma árabe. Fue un acontecimiento de gran alcance y de consecuencias duraderas, pues el Corán proporcionó al idioma árabe una estructura de la cual había carecido hasta entonces. De hecho, los esfuerzos realizados para desarrollar y perfeccionar el alfabeto árabe se debieron al deseo de conservar el Corán. Fue dentro de este mismo contexto cuando Abu l-Aswad al-Du’ali desarrolló el sistema de puntuación diacrítica durante el siglo I de la era islámica, en su intento de sentar las bases de la teoría gramatical árabe . Sus esfuerzos fueron de los primeros en establecer una forma permanente para el alfabeto árabe y, por tanto, para el sistema de escritura árabe. Como se desprende de las inscripciones más antiguas, el alfabeto árabe era impreciso, poco sistemático e ineficaz. El sistema de puntuación diacrítica desarrollado por al-Du’ali ayudó a aclarar y establecer distinciones que de otra manera hubieran quedado poco claras. De hecho, puede afirmarse que de no haber sido por el firme deseo de conservar la forma, la gramática, la pronunciación y la precisión del Corán, el alfabeto y el sistema de escritura árabes no se habrían desarrollado tan rápido como lo hicieron.

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Un desgraciado hizo alto para interrogar,
lamentándose, a los vestigios,
y yo hice un alto para preguntar por la taberna del lugar [...]
Los beduinos no son nadie ante Dios.
Que no se sequen las lágrimas de quien llore por una piedra
ni halle serenidad el corazón de quien se inclina por una estaca.
¡Qué diferencia  entre quien describe en la taberna las excelencias del vino
y aquél que llora por una zanja y una camella! [...]



                                                   _ Abû Nuwas
                                                            " La poesía árabe clásica "
                                                           

 

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