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EL NACIMIENTO DE ISRAEL (II)
[1]
David Solar [2] Vencer o morir
A la 1 de la madrugada del día 15 de mayo abandonaba Palestina el alto comisario británico, sir Alan Cunninghan, y no había amanecido todavía cuando comenzó el ataque de las fuerzas regulares árabes a lo largo de todas las fronteras del nuevo Estado, y cuando una escuadrilla de aviones egipcios lanzó las primeras bombas sobre Tel-Aviv. Por el norte iniciaron su ataque las tropas de Líbano, Siria y un cuerpo expedicionario de Iraq. Egipto lo hizo por el sur; Arabia Saudita por el sureste y la Legión Árabe del reino hachemita de Jordania, mandada por el británico Glub Bajá, por el este. Teóricamente, la resistencia de
Israel hubiera debido ser nula ante un ataque serio y bien combinado, pero
las tropas árabes actuaron Arabia Saudita apenas llegó a tomar parte en la guerra; sus tropas penetraron en el desierto del Neguev y fueron rechazadas. En Ryad pensaron que tenían suficiente desierto en su país como para combatir por otro. Líbano fue el primero rechazado en el norte y, en una segunda fase, los judíos ganaron el territorio palestino de esa frontera. Sirios e iraquíes fueron frenados en el Golán y el Jordán, estableciéndose una guerra de posiciones en la que los judíos lograron ganancias territoriales y, sobre todo, una rectificación importante en los límites marcados por la ONU. Así, muy pronto, fueron egipcios y jordanos quines soportaron el peso de la guerra. La Legión Árabe, adiestrada y mandada por ingleses, llevó la mejor parte en los enfrentamientos con los judíos, logrando hacerse con el control de toda la ciudad vieja de Jerusalén y rechazando los ataques judíos contra las zonas que la ONU había adjudicado a los palestinos. Sin embargo, los judíos lograron ensanchar a costa de encarnizados combates el corredor que unía Tel-Aviv con la ciudad nueva de Jerusalén. Los egipcios comenzaron arrolladoramente, acercándose a Tel-Aviv y Jerusalén, pero pronto quedaron frenados en una guerra de posiciones. Así llegó el alto el fuego, logrado por la ONU el 11 de junio, tras cuatro semanas de guerra. Allí no había vencedores ni vencidos; sin embargo, los judíos se consideraban moralmente ganadores, pues no fueron arrojados al mar, como habían predicho los árabes; más aún, habían logrado ensanchar su territorio. Los árabes tomaron la tregua como un alto en la lucha, como un respiro para reorganizarse; pero en esta ocasión el tiempo trabajaba a favor de los judíos, que en las cuatro semanas de tregua recibieron varios millares de voluntarios judíos de todo el mundo, así como 100.000 fusiles checos, un millar de ametralladoras de varios calibres, dos docenas de tanques y una de aviones. En su mayoría era material de la Segunda Guerra Mundial adquirido a los traficantes de armas, pero permitió a Israel organizar un aguerrido ejército de unos 50.000 hombres. El 9 de julio se reanudaron las hostilidades, con resultados muy favorables a Israel. Los débiles ataques libaneses, sirios o iraquíes fueron contenidos en las líneas de la primera tregua, recayendo ahora el empuje israelí sobre la Legión Árabe, que hubo de ceder en algunos puntos de la delimitación de la ONU, ensanchando los judíos el estrecho corredor costero que les había sido adjudicado y ganando algunos territorios en torno al lago de Tiberiades. Fueron diez días de lucha feroz, los más duros de toda la guerra, porque los enfrentamientos corrieron a cargo de los mejores ejércitos que había entonces en Oriente Medio, la Legión Árabe y la Haganah, que ya se había convertido en Tzahal, o ejército regular de Israel. El día 19, la ONU logró una nueva tregua. Quizá hubiera sido el momento de negociar la paz entre árabes y judíos, pero Tel-Aviv no quiso saber nada del asunto. Los egipcios controlaban las comunicaciones del Neguev, donde resistían algunas aldeas judías cercadas desde hacía más de un mes. El 14 de octubre, Israel reanudó las hostilidades, esta vez dirigidas esencialmente contra Egipto. La suerte de la guerra estaba echada, porque los judíos disponían de dos docenas de aviones, medio centenar de tanques, unos 200 cañones y un ejército regular de 60.000 hombres. Frente a ellos, Egipto apenas disponía de 25.000 soldados y sus aprovisionamientos debían atravesar el Sinaí, mientras los judíos luchaban en su propio país. El ejército egipcio comenzó a retirarse a sus bases del Sinaí, dejando en el Neguev, aislado, la posición de Faluja, mandada por el coronel Taha, a cuyas órdenes estaba el comandante Gamal Abdel Nasser. Aprovechando su ventaja, Israel continuó la guerra y penetró en el Sinaí, dispuesto a rechazar a los egipcios hasta su base de El Arish y a adueñarse de Gaza. Lo habrían logrado de no ser por la intervención de Estados Unidos, cuyo embajador en Tel-Aviv, James Mac Donald, transmitió a Ben Gurión el ruego del presidente Truman de que evacuase inmediatamente el Sinaí. Simultáneamente, Egipto pidió el armisticio. El balance de la guerra era penoso para todos los bandos. Israel había logrado la victoria militar, ampliando en casi 3.000 kilómetros cuadrados el territorio que la ONU le había concedido, mas no pudo conquistar la ciudad vieja de Jerusalén, su gran sueño, y tenía que lamentar 5.000 muertos y no menos de 15.000 heridos. Los árabes tenían un número doble de bajas y pérdidas territoriales –tierras de los palestinos, naturalmente–, pero lo más humillante era la derrota frente a aquel minúsculo Estado. Entre los árabes, sólo Jordania resultó beneficiada, porque tomó bajo su administración la parte más grande que la ONU había otorgado a los árabes de Palestina, y logró conservar la ciudad vieja de Jerusalén.
Las simpatías internacionales
estuvieron en aquel conflicto junto al nuevo país. Gran Bretaña,
sin embargo, apoyó inicialmente a los árabes, suministrándoles
armas y negándose a venderlas a Israel. Los Estados Unidos lograron,
ya mediada la guerra, que se embargasen todos los envíos de material
bélico al Próximo Oriente. Washington permaneció neutral.
Solo intervino para impedir una completa derrota egipcia y la anexión
de la Franja de Gaza por Israel. Sin embargo, la rica comunidad judía
norteamericana proporcionó a Tel-Aviv más de 50 millones de
dólares, que sirvieron para comprar material bélico en los
mercados internacionales. La Unión Soviética también
se mantuvo neutral, pero permitió y aun gestionó que los países
comunistas vendieran material bélico a Israel. En la segunda fase
de la guerra, las armas checas fueron fundamentales para la ventaja judía. Tras su victoria, Israel se consolidó rápidamente como Estado. A finales de 1949 su población judía era de un millón de habitantes, mientras que la de origen árabe apenas si alcanzaba los 160.000. Disponía de un territorio de 20.850 kilómetros cuadrados [3] . Estaba reconocido internacionalmente y tenía relaciones diplomáticas con medio centenar de países. En lo económico fue también rápido su progreso, a causa de la masiva inyección de capitales judíos, de que la comunidad internacional abrió sus fronteras a sus exportaciones y a la cultura y tecnificación de sus inmigrantes. Muy pronto contó con una importante industria ligera y con una agricultura altamente competitiva. Quedaban pendientes los grandes problemas iniciales que todavía subsisten. Los tratados de armisticio con los países árabes no fueron la paz, sino la aceptación forzada de una vecindad resignada u hostil. Dice al respecto Darío Giménez de Cisneros: “Esta tregua no fue fruto de un acuerdo global alcanzado de forma definitiva, sino de complicadas y lentas transacciones diplomáticas que duraron varios meses durante ese año (1949) y que proseguirían durante dos decenios en busca de soluciones aceptables para las dos partes, aunque alteradas por constantes apelaciones al recurso de la guerra, cada vez más trágicas para la siempre precaria situación de los contendientes y cada vez más alejadas de la posibilidad de un arreglo satisfactorio” [4] El problema inicial es el de los palestinos. En el momento de la partición, habitaban en la zona del Mandato británico aproximadamente un millón de árabes, de amplia mayoría musulmana y con dos minorías importantes, los ortodoxos griegos y los católicos [5] . Actualmente es muy difícil valorar cuántos estaban dentro de la zona otorgada por la ONU a Israel, pero puede decirse que era aproximadamente medio millón. El primer censo realizado por Israel en 1948, durante la guerra, daba una población de 648.000 judíos y 90.000 árabes. A finales de 1949 nos encontramos con un millón de judíos y 160.000 árabes, lo cual se debió a que los judíos desplazados de sus países de origen por la Segunda Guerra Mundial se concentraban en campos de refugiados franceses e italianos, fundamentalmente, y rápidamente acudieron a Israel en cuanto fue proclamada la independencia. Los árabes, por su parte, abandonaron masivamente la zona judía durante las hostilidades, y cuando éstas hubieron terminado procuraron regresar, aunque sólo unos 70.000 lo consiguieron. Esta primera guerra nos da, pues, unos 360.000 palestinos desplazados de sus hogares, pero a estas cifras ha y que añadir como mínimo otros 100.000 más, que habitaban los territorios tomados por Israel durante la lucha, con lo que el número de refugiados palestinos era ya de medio millón en 1949. El problema fue rápidamente estudiado en la ONU, y esto, que parecía perjudicar directamente los intereses israelíes, terminó por favorecerlos. En diciembre de 1948, cuando ya se habían iniciado los tanteos para el armisticio, la ONU aprobó una resolución según la cual los refugiados palestinos que deseasen volver a sus hogares deberían ser readmitidos por Israel y quienes prefiriesen permanecer en los países árabes tendrían que ser indemnizados por el Estado judío. Tel-Aviv se negó a admitir la resolución, aduciendo que no tenía por qué obedecer los mandatos de una organización a la que no pertenecía. Evidentemente, fue una argucia judía, porque Israel fue admitido como miembro de las Naciones Unidas en marzo de 1949, pero luego no cumpliría la resolución. El siguiente motivo de conflicto y raíz de otros más artificiales se deriva de la estructura socioeconómica de Israel y de los países árabes. El Estado judío un desarrollo de modelo occidental, capitalista, con raíces en el socialismo, avanzado en cultura y desarrollado económicamente. Los países árabes, aunque algunos dispusieran de importantes reservas de petróleo, y aunque sus rentas per cápita fuesen parecidas a las de algunos países desarrollados, continuaban en el Tercer Mundo, caracterizándose por su aportación de materias primas a los países industrializados. En lo social, muchos de estos países estaban en el medioevo. En lo político, se caracterizaban por su inestabilidad y por el predominio aristócrata o militar. En lo económico era muy difícil encontrar mayor desigualdad y sólo en los últimos tiempos se ha visto un empeño en crear fuentes de riqueza –aparte de las del petróleo– y de trabajo. El conflicto ha mostrado, como dice Robert Paris, que “los dos sistemas se encuentran ante la imposibilidad de funcionar con alguna simetría; la situación está, además, agravada por formaciones sociales y teológicas que impiden las formas de Estado donde el capitalismo encontrará su desarrollo lógico. [6] ” Esto ha llevado a Israel a una provocación constante, pues a la hora de enumerar sus derechos y razones de posesión de la tierra prometida, siempre se ha acogido al argumento de su desarrollo, de sus conquistas agrícolas, arrebatándole terreno al desierto, “y todo esto lo hemos realizado en pocos años, mientras que los árabes en quince siglos sólo lograron que estas tierras se degradasen.” De ahí que el problema palestino, la diferencia de estructuras y el desarrollo continuo de Israel hayan ido enquistando el problema de Oriente Medio, haciendo cada día más difícil la solución. Ante tales circunstancias, los árabes pensaron durante bastantes años en una liquidación por las armas, respondiendo Israel con la misma moneda. Y mientras llegaba la ocasión para lanzarse a la “guerra santa”, los árabes buscaron todas las formas de minar Israel, de impedir su progreso, de inquietar sus avances en el desierto, respondiendo los judíos con tremendas represalias. Y en la dinámica de la violencia, terminaron por estallar tres guerras más. Las motivaciones inmediatas se deberían precisamente a las represalias árabes contra las provocaciones judías: el bloqueo naval y la lucha por el agua [7] .
Otro motivo de fricción permanente fue el agua. Gran parte de los 13.000 kilómetros cuadrados del sur de Israel están formados por arena, polvo y tierra calcinada. Se trata del desierto del Neguev, que constituye más de la mitad del territorio de Israel. Del Neguev saca Israel potasa, cloruro de magnesio, de sodio, de calcio, bromuro de magnesio, cobre, hierro, fosfatos, uranio, gas natural, yeso, granito, asfalto, caolín y muchos productos agrícolas. En 1949 había en el desierto 27 pueblos, con unos 3.000 habitantes que malvivían. El agua era el problema fundamental, y el gobierno judío dedicó sus mejores esfuerzos a construir una conducción que llevaba agua desde el río Yarkon al desierto, a un ritmo de 45 millones de litros por día. El Yarkon es un río israelí que desemboca en el Jordán, por lo que los árabes estimaron que, de alguna forma, los judíos les estaban robando el agua. Y, sobre todo, existía la resistencia
palestina. Egipto adiestraba en el Sinaí a los guerrilleros que reclutaba
en la Franja de Gaza para lanzarlos contra Israel. Las colonias agrícolas
supieron bien lo que era el terrorismo. Desde Jordania también se
inició un hostigamiento similar, mientras que los guerrilleros organizados
por Siria tenían las mayores facilidades para penetrar en Galilea.
Entre 1949 y 1955, el terrorismo árabe causó en Israel unos
400 muertos y no menos de 600 heridos, además de cuantiosas pérdidas
materiales y entorpecimiento de las comunicaciones. A estos actos, que los
representantes egipcios en las Naciones Unidas calificaban de acciones bélicas
dentro del estado de guerra en que se hallaban Israel y Egipto, respondieron
siempre los israelíes con represalias mucho más violentas, con
un auténtico terrorismo de Estado que tuvo su culminación en
las operaciones de Nitzana (octubre de 1955), en las fronteras del Sinaí,
y del Golán (11 y 12 de diciembre de 1955). Los judíos mataron
a más de un centenar de egipcios y sirios, además de algunos
guerrilleros palestinos, desmantelaron bases militares y guerrilleros, y capturaron
medio centenar de prisioneros. Hubo otras represalias de menor envergadura
que llevaron a la región a un auténtico estado de guerra. El primer empeño de Nasser al llegar al poder en Egipto fue suprimir la presencia británica en el Canal de Suez; para ello firmó un tratado con Londres, comprometiéndose a formar parte del Mando de Oriente Medio [8] y a poner a disposición británica la base de Suez, en el caso de un ataque contra los países de Oriente Medio o contra Turquía. A cambio, Londres se comprometía a abandonar el Canal de Suez en el plazo de veinte meses a partir de la fecha del acuerdo, que se firmó el 19 de octubre de 1954.
El distanciamiento se aceleró. El 18 de abril se inauguraba la conferencia de Bandung, que irritó profundamente a los angloamericanos. Nasser representó a Egipto. En septiembre, Egipto firmó un contrato con Checoslovaquia para la compra de armas, al tiempo que se hacía pública la intención de Nasser de cambiar con la URSS algodón por armas. Pero el detonante del siguiente conflicto fue la construcción de la gran presa de Assuan. El proyecto comenzó a estudiarse en 1952 y un año después quedaba demostrada la viabilidad de la obra, que regularía las crecidas del Nilo e irrigaría importantes superficies del país, produciendo, de paso, tanta electricidad como la que entonces consumía Egipto. La obra sería muy rentable, pero tenía un grave inconveniente: su costo de 1.500 millones de dólares de la época. Nasser solicitó al Banco Mundial la financiación de la primera parte de la obra. La respuesta se demoró dos años y llegó en septiembre de 1956, concediendo 270 millones de dólares. Para entonces, el distanciamiento de Nasser con respecto a los países occidentales era manifiesto, y Nasser no quería depender de la tecnología y el dinero occidentales en un proyecto vital para Egipto. Por tanto, ofreció a Moscú colaboración en los trabajos. La respuesta angloamericana fue fulminante: el 19 de julio de 1956 abandonaban el proyecto y retiraban la financiación del Banco Mundial. El presidente egipcio no podía ceder en el envite. Así, el 26 de julio nacionalizó el Canal y decía a su pueblo: “Nuestra respuesta a todos ellos es que no permitiremos a ningún imperialista ni a ningún opresor, de la clase que sea, imponernos su dictadura militar, política o económica. Jamás nos doblegaremos ante el dólar o ante la fuerza”. Más tarde, Nasser declararía a la revista Look: “Si hubiéramos aceptado aquella bofetada sin protestar, Norteamérica nos hubiera vuelto a abofetear en la primera ocasión. Por otra parte, necesitábamos conseguir por nuestros propios medios el dinero necesario para construir la presa. La renta del Canal era, sin duda, una fuente lógica de ingresos.” La conmoción en Londres y París
fue enorme. Ambos países perdían un buen puñado de millones
de dólares con la nacionalización, La política franco-británica era decididamente partidaria de la intervención, pero necesitaba el consenso norteamericano para frenar a los soviéticos. USA nunca se mostró partidaria de esa intervención militar, aunque el secretario de Estado, Foster Dulles, y su segundo en el cargo, Murphy, formularon frases de aliento y vagas promesas de apoyo cuando se habló de la intervención militar. Dulles ofreció una solución de tipo jurídico: un estudio sobre la libertad de navegación en el canal, garantizada por la convención de Constantinopla de 1888 y violada por Egipto al no permitir el paso a los buques israelíes. Si El Cairo se negaba a mantener los principios de Constantinopla, quizás habría base para la intervención militar. Pero la conferencia sobre la libertad de navegación no iría muy lejos. Nasser se negó a participar en ella, alegando que era una “intervención abierta en los asuntos internos de Egipto”. Sin embargo, 18 de los 22 países que participaron en ella aprobaron el plan de Dulles, destinado a “dotar al canal de una administración no política para asegurar su funcionamiento.” El primer ministro australiano, Robert Menzies, fue encargado de llevar a Nasser la resolución e intentar que la aceptase. Todo fue en vano, pues el rais consideró que la resolución de los dieciocho no tenía otro objeto que arrebatar el canal de Suez de manos egipcias, para entregarlo a otras manos. Entretanto, franceses y británicos estaban concentrando en Chipre una fuerza de desembarco, suponiendo que la conferencia no daría resultado alguno. Este parecía el momento apropiado para intervenir y todo estaba dispuesto para el día D, el 15 de septiembre. Una nueva tentativa pacificadora, la creación bajo los auspicios norteamericanos de la “Asociación de Usuarios del Canal”, retrasó la guerra, pero no pudo impedirla, pese a que Nasser estuvo dispuesto a ceder en alguna de las demandas de la nueva asociación. Londres y París deseaban la intervención militar. El presidente francés, Guy Mollet, declaraba el 22 de diciembre que, fuera cual fuese la decisión británica, su país conservaría su “libertad de acción” y que no aceptaba “ninguna transacción” sobre el principio de la gestión internacional del canal. Palabras tan decididas contaban con un respaldo secreto: la participación de Israel en la lucha. ¿Pero estaban los judíos preparados para la guerra? Aparentemente, no. Por eso, a nadie en el mundo se le había ocurrido pensar seriamente en la intervención judía. Sólo unos meses antes, Tel-Aviv imploraba a Washington la venta de armas para contrarrestar las que Nasser estaba recibiendo de Checoslovaquia y de la URSS. Washington, por fin, accedió a recomendar a Canadá que vendiera aviones a Israel, 25 reactores Sabre en total. Gran Bretaña, tras mucho tira y afloja, vendió a los judíos un número similar de Meteors. Pero fue, en realidad, Francia quien armó a Israel casi en secreto. Guy Mollet vendió a Israel 24 cazabombarderos Mystère, medio centenar de blindados y un número similar de cañones de campaña. Hasta ahí, las cifras de los suministros militares fueron públicas, pero los envíos franceses continuaron en secreto, convirtiendo al ejército judío en el mejor equipado del Próximo Oriente, inferior al egipcio sólo en medios aéreos. Poco después de la nacionalización del canal, Simon Peres, ministro de defensa de Israel, visitaba París. Un miembro del gobierno francés le preguntó: “¿Cuánto tiempo tardarían ustedes en alcanzar el canal?”. “Una semana”, respondió Peres. Sin embargo, la posible intervención israelí no sería estudiada en serio hasta el mes de septiembre de 1956, en que Ben Gurión envió a un políticos de su confianza a Paría con la respuesta de que Israel estaba dispuesto a entrar en guerra junto a Francia y Gran Bretaña. A partir de ese momento y durante todo el mes de octubre se suceden negociaciones secretas cargadas de tensión, porque ni Londres ni París cedían en sus pretensiones, ni Washington deseaba la intervención. Por otra parte, la URSS bombardeaba las capitales con notas muy duras a causa de los movimientos de tropas en Chipre. Incluso entre Londres y Paría había tirantez a causa de la intervención judía, que los británicos no deseaban. Con todo, parece que los británicos aceptaron la participación judía el 3 de octubre, a condición de que sólo Egipto fuese atacado. A partir del día 10 de octubre remitía la tensión. El Consejo de Seguridad estudiaba la libertad de paso por el canal y el día 13 se firmaba la resolución, aunque El Cairo dejó claro que no permitiría el paso de los barcos judíos. La suerte estaba echada. Ya nadie podría detener a los judíos. El 16 de octubre se iniciaron en París conversaciones secretas que preocuparon grandemente a Washington porque ni el gobierno francés ni el británico comunicaron una sola palabra de lo que se estaba tratando. Sin embargo, allí se gestó una de las operaciones más ingeniosas y más sucias del siglo XX. El plan era el siguiente: Israel atacaría el día 29 de octubre. El 30 presentarían un ultimátum Londres y París, pidiendo el cese de las hostilidades y prohibiendo a Israel aproximarse al canal. Israel aceptaría el día 31, pero continuaría la guerra, y en ese momento intervendrían franceses y británicos para salvaguardar las instalaciones del canal y vigilar la normal continuación del tráfico. La intervención anglo-francesa se efectuaría el día 6 de noviembre, fecha de las elecciones norteamericanas. El proyecto era de patente británica, pues Londres no quería enemistarse con sus amigos árabes. Pero todo se acabaría ocho años después, cuando se descubrió que Ben Gurión había estado en París durante aquellas fechas y que el 22 de octubre se había entrevistado con Selwyn Lloyd, el ministro de asuntos exteriores de Gran Bretaña. La ofensiva israelí se inició la noche del 29 de octubre, tomando totalmente por sorpresa a los egipcios. El dispositivo militar de El Cairo era francamente débil. Contaba con tres divisiones de infantería, dos brigadas de carros y abundante artillería en el Sinaí, y a lo largo de los días de lucha embebió unos 15.000 hombres más en las operaciones, pero todo fue inútil para frenar a los judíos. Moshe Dayan, jefe del Estado Mayor israelí, había preparado esta ofensiva durante un año entero de estudios, buscando las debilidades egipcias y las mejores circunstancias para aprovechar las especiales características de movilidad de su ejército. El plan inicial era llegar al canal en seis días, aunque luego se demostraría que podía ser más rápido. La punta de lanza del ataque judío fue dirigida hacia el sur, penetrando entre las unidades dispersas de la tercera división, para aniquilarlas una a una, evitando el choque frontal con las fortificaciones de Gaza, El Arish y Abu Ageila. Al caer la noche del 30 de octubre, los judíos comenzaron a pensar que la guerra estaba decidida. Los egipcios sólo conservaban la franja norte del Sinaí y la ribera del canal. Esa noche llegaba a Tel-Aviv el ultimátum británico, prohibiendo a los judíos que se acercasen a menos de 16 kilómetros del canal. La conmoción mundial fue enorme. Comenzaba una de las semanas más tensas de la guerra fría. La guerra del Sinaí coincidía con el levantamiento húngaro y la intervención soviética. Eisenhower, en vísperas electorales, no podía condenar la acción israelí, pues le hubiese enajenado todos los votos judíos y los de sus simpatizantes, por tanto, se limitó a pedir a Israel que se retirase del Sinaí, pues 2su objetivo de destruir las bases de los fedayines ya había sido alcanzado”. Posteriormente, tanto Eisenhower como su secretario de Estado, Foster Dulles, afirmarían que nunca estuvieron informados sobre el ataque israelí, pero Allen W. Dulles, hermano de Foster y director de la CIA, escribió en 1963: “Los servicios de información estaban advertidos de lo que iban a hacer Israel, primero, y después, Francia y Gran Bretaña, y que habían informado detalladamente al gobierno estadounidense.” El mismo día, poco después de que el ultimátum británico llegase a Tel-Aviv, se reunía el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pese a la demanda de aplazamiento presentada por París y Londres. Sin embargo, su veto bloqueó la resolución del cese de hostilidades. El día 1 de noviembre, Israel continuaba su avance por el centro del Sinaí y sus brigadas procuraban acercarse al canal tanto como al Mediterráneo, intentando cortar las comunicaciones a las tropas egipcias de Gaza y El Arish. El día 2, los judíos ocupaban Gaza, El Arish y Khan Yunis, y perseguían a los egipcios que se retiraban, sin darles respiro, obligándoles a abandonar abundante material bélico. Durante la tarde del día 2, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptaba una resolución para detener a los contendientes. A esas horas, los judíos dominaban toda la línea del canal y proseguían sus operaciones de limpieza en el interior del Sinaí y su marcha hacia Sharm el Sheik, donde entraban sin apenas luchar el día 5. La victoria judía sorprendió por su rapidez. Nadie esperaba tal capacidad bélica en los judíos ni tan estrepitoso hundimiento en los egipcios. Entretanto, las tropas de desembarco francesas ocupaban el día 4 por la tarde la ciudad de Port Fuad. El día 5, tropas anglo-francesas desembarcaban en Port Said y progresaban rápidamente a lo largo del canal durante todo el día y durante parte del día 6. Con todo, la operación terminaría en desastre. La URSS tronaba en la ONU, donde era frenada por las acusaciones de su intervención en Hungría. Pero, además, envío cartas amenazadoras a Francia y, sobre todo, a Gran Bretaña, sabiendo que era el eslabón más frágil de la cadena. También envió un mensaje a Ben Gurión, que le respondió con tantas recriminaciones como las que recibía. Pero aunque nadie pudiera olvidarse de las amenazas soviéticas, lo que terminó decidiendo la situación fue la acción de la ONU y, sobre todo, la oposición norteamericana. En la ONU, los pretextos anglo-franceses de poner orden en la zona y salvar las instalaciones del canal fueron aprovechados por el secretario general, Daj Hammarskjold, para proponer la creación de una fuerza pacificadora de la ONU, que luego sería conocida como los “cascos azules”. Washington presionaba a sus aliados para que abandonasen la zona y les prometía compensaciones. Sin el apoyo USA, Londres se desmoronó ante las amenazas soviéticas y suspendió las hostilidades a cambio de la promesa de un préstamo de 1.000 millones de dólares. Francia quería seguir, pero pronto desistió al hallarse en completa soledad política y diplomática. Así, las cinco de la madrugada del día 7 de noviembre se alcanzó el alto el fuego, aunque ya hacía varias horas que las armas habían callado por falta de resistencia egipcia. Horas antes se sabía que Ike acababa de ser elegido presidente de los Estados Unidos y, también, que la guerra de Hungría había terminado. El siguiente paso en la crisis de Oriente Medio era la retirada de las tropas israelíes, británicas y francesas del Sinaí y del canal. París y Londres comunicaron que no abandonarían sus posiciones hasta no haber sido relevadas por los cascos azules, creados por decisión de la ONU el 4 de noviembre. El 24 de diciembre, ese relevo había terminado en toda la zona del canal, pero quedaba pendiente el Sinaí, para cuya evacuación ponían grandes trabas los judíos. Las negociaciones para esta retirada durarían prácticamente todo 1957. El 4 de enero de 1957, Moshe Dayan entregaba el jefe de las fuerzas de las Naciones Unidas el Sinaí, excepto la línea que va desde El Arish hasta Sharm el Sheik. El día 8, Golda Meir anunciaba que nunca abandonarían esa zona si la ONU no se comprometía a garantizar la libertad de paso de los barcos israelíes por el estrecho de Tirán y el cese de las operaciones terroristas desde territorio egipcio. La ONU resistió a estos imperativos hasta que llegó a la conclusión de que las confusas leyes sobre el paso por los estrechos marítimos favorecían a Israel y que era justa la pretensión judía, ya que Nasser, pese a todo lo tratado, no permitiría el paso de los barcos judíos por el canal. Mayor dificultad tuvo el establecimiento de los cascos azules. Egipto se negaba a que ocupasen sus líneas fronterizas si no hacían lo mismo con las judías, pero terminó cediendo, satisfecho con el evidente triunfo en la cuestión del canal. La guerra había perjudicado a británicos y franceses [10] , pero benefició a Israel, que conseguía el libre paso por los estrechos de Tirán, la protección de ONU contra los guerrilleros procedentes de Gaza y Egipto, el apoyo franco-británico y una sustanciosa ayuda norteamericana [11] . Egipto, pese a la derrota, consolidaba su posición en el canal, y Nasser, que estuvo a punto de terminar allí su carrera política, se convertiría en rais. ¿Qué había ocurrido,
entretanto, con los perdedores de aquella guerra y de la anterior? ¿Qué
había ocurrido con las víctimas de todo el proceso de fundación
y consolidación del Estado de Israel? ¿Qué era de los
palestinos, que en 1948 sumaban aproximadamente 1.300.000? En las tierras
dominadas por Israel vivían al final de la década de los cincuenta
unos 170.000; en Cisjordania y Gaza, las zonas que les adjudicara la ONU
y que quedaron en poder de los países vecinos, vivían cerca
de 400.000. Luego había un millón de refugiados en los países
próximos: unos 600.000 en Jordania, 150.000 en Líbano, 135.000
en Siria, 50.000 en los Emiratos del Golfo Pérsico, 10.000 en Iraq,
8.000 en Egipto y varios millares más dispersos por todo el mundo.
De ese millón de refugiados se calcula que sólo un 15% tenía
trabajo y podía vivir por su cuenta. El resto, hacinado en campamentos
de refugiados, sobrevivía con las ayudas de los países árabes
y el apoyo de los organismos internacionales, fundamentalmente la Organización
de las Naciones Unidas para Ayuda a los Refugiados (UNWRA). En condiciones
infrahumanas de vida, rumiaban su amargura y su odio y aprendían a
manejar armas y explosivos para utilizarlos como único camino a sus
reivindicaciones: la guerrilla contra Israel. BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA
NOTAS.- [1] Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 73-100. Segunda parte del artículo publicado con el título “ El nacimiento de Israel (I) ”, en la revista Alif Nûn nº 59, abril de 2008. (Nota de la Redacción). [2] El periodista e historiador español David Solar es divulgador de temas históricos, especialmente sobre historia contemporánea. Como periodista ha cubierto varios conflictos como la descolonización del Sáhara, con el antiguo Diario 16, y posteriormente ha realizado trabajos para el diario El Mundo. Actualmente es director de la revista La Aventura de la Historia , donde ha publicado numerosos artículos. (Nota de la Redacción). [3] Catorce mil quinientos kilómetros le fueron adjudicados por la partición de Palestina y 6.350 se arrebataron durante la guerra contra el Estado árabe que, también según la ONU, debía establecerse en su territorio. [4] Darío Giménez de Cisneros, Talión, Plaza y Janés, Barcelona, 1973. [5] Para conocer más sobre la situación de las minorías cristianas en el mundo árabe, véase Joseph Maila, “Los árabes cristianos (I): del ‘problema de Oriente’ a la reciente situación política de las minorías”, en revista Alif Nûn nº 56 (enero de 2008) y nº 57 (febrero de 2008). (Nota de la Redacción). [6] Robert Paris, “Sionisme et question d´Israel”, en L´Histoire de les dictionaires du savoir moderne (II), Danöel, Paris, 1971. [7] Véase Habib Ayeb, Agua y poder. Geopolítica de los recursos hidráulicos en Oriente Próximo , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [8] Organización militar, complemento de la OTAN en el flanco sudeste, que estuvo formada por Egipto, Israel, Jordania, Siria, Líbano, Arabia Saudita, Iraq, Yemen y sus promotores: USA, Gran Bretaña y Francia. [9] Jean Lacouture, Nasser , Dopesa, Barcelona, 1972. [10] Varios países árabes rompieron sus relaciones diplomáticas con ambos países, expropiaron sus bienes y expulsaron a sus súbditos. La IV República francesa comenzó a tambalearse y la posición británica en el Índico quedó sumamente deteriorada. [11] Entre los tres países prestaron a Israel unos 500 millones de dólares y una cantidad similar fue recaudada entre los judíos norteamericanos. Gran Bretaña entregó abundantes medios blindados a Israel y Francia nutrió su fuerza aérea, además de regalarle un reactor nuclear que se instaló en el Neguev. A Portada |
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