MALINTERPRETAR EL ISLAM (I) [1]

Michael Hirsh [2]


La comprensión errónea que los Estados Unidos tienen del mundo árabe –y nuestra desgraciada intervención actual en Irak– pudo haber comenzado realmente en 1950. En ese año, un joven profesor de historia en la Universidad de Londres llamado Bernard Lewis visitó Turquía por primera vez. Lewis, que en la actualidad es un imponente erudito de pelo cano conocido en Estados Unidos como el “decano enBernard Lewis los estudios sobre Oriente Medio” (tal y como un crítico del New York Times lo llamó una vez), estaba entonces de viaje de investigación. Tras recibir permiso para acceder a los archivos del Imperio Otomano –el primer occidental en conseguirlo– Lewis recordaba que se sintió “casi como un chiquillo perdido en una juguetería o como un intruso en la cueva de Alí Baba”. Pero –según escribió después– lo realmente emocionante fue contemplar los acontecimientos que tuvieron lugar más allá de la ventana de su estudio. Allí, en Estambul, en el corazón de lo que una vez fue un imperio musulmán, estaba naciendo una democracia al estilo occidental.

El héroe de esta gran transformación fue Kemal Ataturk. Una generación antes de la visita de Lewis a Turquía, Ataturk (cuyo apellido, adoptado por él mismo, significa “padre de los turcos”) había tomado el control del moribundo sultanato otomano. Decidido, sin contar con nadie, a empujar a su país hacia el Occidente moderno –“por el pueblo, a pesar del pueblo” había declarado de un modo memorable–, Ataturk impuso un estricto laicismo que abolió el califato, clausuró las escuelas religiosas y prohibió el fez [3] , el velo y otros iconos de la cultura islámica, llegando incluso a eliminar de la lengua turca su vocabulario árabe [4] . Su Partido del Pueblo había gobernado de un modo autocrático desde 1923. Pero en mayo de 1950, tras la aprobación de una nueva ley electoral, fue ampliamente derrotado en las elecciones generales por el recién nacido Partido Demócrata. La transferencia del poder fue un acontecimiento “sin precedentes en la historia del país y de la región”, tal y como escribió Lewis en su libro The Emergence of Modern Turkey (“El nacimiento de la Turquía moderna”), publicado en 1961, un año después de que el ejército turco se hiciera con el poder por primera vez [5] . Y fue Kemal Ataturk, tal y como indica Lewis en otro lugar, quien había “dado los primeros y decisivos pasos para aceptar la civilización occidental”.

En la actualidad, esa fantástica visión –la imagen kemalista de Lewis de una democracia árabe secularizada, occidentalizada, liberada de los grilletes del Islam y, finalmente, entrando en la modernidad– representa el núcleo de la vacilante perspectiva de George W. Bush sobre Irak. Dado que se ha derrumbado el resto de sus argumentos para la guerra, Bush sólo dispone del “cambio democrático” para señalar un casus belli que le permita justificar una de las más costosas aventuras en el extranjero de la historia norteamericana. E, incluso ahora, a pesar de no haber transferido realmente la soberanía a los iraquíes y mientras emprende una retirada atropellada bajo el fuego enemigo, Bush no es capaz de conformarse con una versión más suave o islamizada de la democracia. El objetivo oficial de su administración todavía está impuesto por la “Doctrina Lewis”, tal y como la denomina el Wall Street Journal: una política occidentalizada, reconstruida e impuesta desde arriba y, como la Turquía de Kemal, destinada a convertirse en un baluarte para la seguridad de los Estados Unidos y en un modelo para la región.

Desde luego, no parece que Irak se dirija en esa dirección, sino más bien todo lo contrario: Irak está pasando de ser una sociedad laica [6] a una sociedad cada vez más radicalizada e islamizada, y en caso de que realmente se convierta en un verdadero Estado, esto es algo que, de momento, se concreta en mayor medida por las balas que por los votos. Todo lo cual plantea algunas preguntas importantes: ¿Y si los fallos cometidos en Irak no fueran simples errores tácticos sino, básicamente, el resultado de una comprensión errónea de la idiosincrasia árabe? ¿Y si, en otras palabras, “el decano de los estudios sobre Oriente Medio” estuviera completamente equivocado?

Un número creciente de especialistas en Oriente Medio que en el pasado han reflexionado con serenidad sobre la enorme influencia de Lewis, dicen que esto es exactamente lo que ha ocurrido. Para ellos, no es ninguna sorpresa que Lewis y sus acólitos en Washington hayan actuado torpemente en la “guerra contra el terror”. En un nuevo libro con el provocador título de The Case for Islamo-Christian Civilization (“En defensa de la civilización islámo-cristiana”), uno de esos críticos, el especialista de la Universidad de Columbia Richard Bulliet, sostiene que el “genial análisis” de Lewis ha estado equivocado desde los primeros días en que tuvo su fantástica visión en Turquía –y todavía hoy sigue estando equivocado. 

Ataturk La premisa básica de Lewis –presentada en una serie de artículos, charlas y en sus libros más vendidos [7] – es que Occidente (lo que solía conocerse como la Cristiandad) se encuentra ahora en las últimas etapas de un combate centenario contra la civilización islámica para alcanzar un mayor predominio e influencia. (Lewis acuño el término “choque de civilizaciones”, usándolo en un ensayo de 1990 titulado The Roots of Muslim Rage –“Las raíces de la ira musulmana”– y Samuel Huntington admite que lo tomó de él). Lewis piensa que, según esta concepción milenaria, Osama bin Laden, burlándose con descaro de la cobardía de los “cruzados”, debería ser considerado como la agonía final de una causa perdida. La visión que tiene bin Laden de Estados Unidos como un “tigre de papel” refleja una falta de respeto hacia el poder estadounidense en todo el mundo árabe. Y si nosotros los norteamericanos, cuya civilización se remonta hasta los cruzados, flaqueamos ahora, sería una invitación a ser atacados de nuevo. Según esta perspectiva, bin Laden no sería un aberrante extremista sino la expresión mayoritaria de la frustración musulmana, la cual brota del carácter antioccidental del Islam. “No me cabe duda de que el 11 de septiembre fue el punto de partida en la batalla final”, me dijo Lewis en una entrevista durante la primavera pasada. Por lo tanto, la única respuesta adecuada al 11-S sería mostrar de una vez por todas el poder norteamericano en el mundo árabe; el único camino posible, una conquista de los corazones y las mentes al estilo de Ataturk. Y el lugar más adecuado para llevar a cabo la ofensiva y poner fin a esta lucha antiquísima sería Irak, el corazón del mundo árabe.

Esta manera de pensar ha tenido la notable ventaja de atraer poderosamente a los entusiastas de la línea dura dentro de la administración norteamericana, principalmente a Bush y a Donald Rumsfeld, cuyo pensamiento oficial era que Clinton se mostró débil durante su mandato y convirtió a los Estados Unidos en un objetivo fácil. Además, estaban deseosos de enviar un mensaje de fuerza tras el 11-S. También ha atraído a neoconservadores de la primera administración Bush como Paul Wolfowitz, quien estaba buscando excusas para completar el trabajo con Saddam que desde 1991 había dejado sin terminar y que vio en el 11-S el argumento definitivo frente a las posturas “pragmáticas” con respecto a la primera guerra del Golfo. El pragmatismo tradicional había sido dejar a Saddam en el poder en 1991, traicionar a los chiíes y devolver Kuwait a sus corruptos gobernantes [8] : la estabilidad era lo más importante. Pero resultó que el mundo árabe no era estable, sino que estaba en ebullición. Los árabes ya no podrían seguir siendo una excepción en la norma de la trasformación democrática tras la Guerra Fría, no podrían seguir siendo una simple gasolinera a escala planetaria. Los árabes tenían que cambiar también en su propia esencia, tal y como Lewis (y Ataturk) había dicho. Pero el cambio había que hacérselo tragar –según Lewis, la cultura tribal árabe sólo entendía el argumento de la fuerza y oponía mucha resistencia al cambio– y había que hacerlo con rapidez. Y para esto, a su vez, era necesario que el Islam superase sus prejuicios contra la modernidad. 

Irak y su villano de postín, Saddam Husein, ofrecían una oportunidad única para llevar a cabo esta transformación con un audaz golpe (¿recuerdan la doctrina del Shock and Awe [9] ?), mientras se retomaba la ofensiva contra los terroristas. Por lo tanto, no resultó sorprendente que en los críticos meses de 2002 y 2003, mientras la administración Bush evitaba una reflexión en profundidad y excluía de sus deliberaciones a los arabistas del Departamento de Estado, Bernard Lewis fuera una persona bien vista que expresaba puntos de vista cada vez mas inflexibles durante sus almuerzos con Cheney en lugares no revelados. Abandonando su antigua cautela de académico, Lewis fue una de las primeras voces importantes después del 11-S en presionar para una confrontación con Saddam, lo cual hizo en una serie de artículos de opinión publicados en The Wall Street Journal con títulos como A War of Resolve (“Decididos a la guerra”) y Time for Toppling (“El momento para derrocar”). Un funcionario que estuvo presente en algunas de las charlas entre Lewis y Cheney, declaró: “Su punto de vista era: ‘adelante con ello, no vacilen’”. Animados por ideas tan grandiosas, y dado que Lewis tenía la absoluta certeza de que estaban haciendo lo correcto, los estrategas de la administración Bush pensaron que no era necesario demostrar que hubiera vínculos operativos entre Saddam y al-Qaeda. Por usar las palabras de Wolfowitz, éstas fueron buenas razones “burocráticas” para vender la guerra a la opinión pública, pero las auténticas razones eran más profundas: Estados Unidos estaba enfrentándose contra una civilización enferma, a la cual era necesario someter. El amplio apoyo que supuestamente ofrecen los musulmanes a bin Laden y la resistencia de Saddam frente a Occidente formaban parte de la misma patología.al Sistani

La visión de la administración sobre el Irak posterior a la guerra también se ha basado fundamentalmente en las ideas de Lewis, lo cual es como decir en las de Ataturk. Paul Wolfowitz ha invocado repetidas veces la Turquía laica y democrática como un “modelo útil para otros países en el mundo musulmán”, y también el representante del secretario de defensa calificó en esos mismos términos a Turquía en diciembre de 2002, en la víspera de un viaje para preparar el terreno de lo que él pensaba que sería un amistoso papel de este país como estructura de apoyo para la guerra de Irak. Harold Rode, otro de los neoconservadores, clave en el Pentágono y viejo amigo de Lewis, dijo hace un año a sus colegas que “necesitamos modelo turco acelerado” para Irak, según me reveló una fuente. (En 2003, Lewis dedicó su libro “La crisis del Islam” a Rode, a quien, según me dijo Lewis, “pude conocer cuando él estaba estudiando documentos otomanos”). Y ambos hombres pensaban que Ahmad Chalabi –también un protegido de Lewis– podía convertirse en un excelente Ataturk moderno –firme, laico, prooccidental y amigo de Israel. El mismo L. Paul Bremer III, antiguo administrador civil de Estados Unidos en Irak, no era partidario de Chalabi, aunque también adoptó para el renacimiento de Irak la visión piramidal de Ataturk. Mientras tanto, el papel de la comunidad musulmana fue sistemáticamente marginado de los planes de la administración norteamericana. Los funcionarios estadounidenses vieron al gran ayatollah Ali al-Sistani, la figura más prestigiosa del país, como una reliquia medieval fuera de lugar. Aunque los oficiales de inteligencia militar eran muy conscientes de la importancia de Sistani –tras haber reunido información sobre él durante más de un año antes de la invasión– Bremer y sus inspectores marginaron al clérigo desde un principio, rechazando su exigencia de celebrar unas rápidas elecciones.

Buscando cariño en el lugar equivocado

Lewis siempre ha tenido detractores en el mundo académico, aunque sus más ardientes enemigos suelen ser escritores disidentes como el difunto Edward Said, autor de Orientalism (“ Orientalismo ”), un largo alegato contra el trato despectivo hacia el Islam en la literatura occidental. Y, sobre todo, tras el 11-S, Bulliet y otros importantes arabistas que han propuesto una visión del Islam más flexible y matizada, y a los que se ha intentado silenciar. Partidarios de Lewis como Martin Kramer, autor de Ivory Towers on Sand: The Failure of Middle Eastern Studies in America (“Torres de marfil en la arena: el fracaso de los estudios sobre Oriente Medio en los Estados Unidos”),  –un feroz ataque contra Bulliet tras el 11-S– y otros destacados expertos como Robert Wood, de la Universidad de Chicago, sugieren que la mayoría de los profesores universitarios arabistas hacen apología del radicalismo islámico. Pero ahora, debido al atolladero en el que se ha metido la administración Bush en Irak, los arabistas han cobrado fuerzas y están lanzando un contraataque. Denuncian que el análisis de Lewis no es acertado en absoluto, empezando por su planteamiento general, el gran enfrentamiento entre el Islam y la Cristiandad. Estos expertos sostienen que Lewis ha ignorado la mayor parte de la moderna historia de los árabes. Centrada en los textos medievales, la visión de Lewis pasa por alto demasiadas cosas y mezcla de manera confusa a los antiguos otomanos con la moderna historia de los árabes. “Proyecta la experiencia otomana sobre Oriente Medio. Pero tras la disolución del Imperio Otomano se cortó la conexión con el mundo árabe”, dice Nader Hashemi, un experto de la Universidad de Toronto que está trabajando en otro libro contrario a Lewis. En otras palabras, Estambul y el califato dejaron de ser el centro. La Turquía de Ataturk se movió en una dirección y los árabes, que fueron colonizados, en otra. Hashemi dice que “Lewis intenta interpretar el problema del cambio político tratando de proyectar una línea hacia atrás, hacia la historia del Islam en la Edad Media y en sus inicios. En el proceso, ignora por completo el impacto del colonialismo británico y francés, y de los gobiernos represores de muchos líderes postcoloniales. Él pasa por alto esta ruptura con el pasado”.

Bagdad bombardeada

Al menos hasta la guerra de Irak, la mayoría de los árabes de hoy en día no pensaban en términos de ese duro choque de civilizaciones al que se refiere Lewis. A bin Laden le gusta vilipendiar a los cruzados occidentales, pero hasta hace relativamente poco tiempo todavía era percibido como una figura marginal por muchos de los dirigentes árabes. Para la mayoría de los árabes de antes del 11-S, los cruzados representaban una historia tan antigua como lo es para nosotros, los occidentales. De hecho, la actual ira y frustración de los árabes se remonta a menos de cien años atrás. Como bin Laden sabe muy bien, esta ira no es producto de la humillación del Islam en el tratado de Carlowitz de 1699 [10] –esa clase de antiguas derrotas que Lewis pone de relieve en su éxito de ventas What Went Wrong? (“ ¿Qué ha fallado? ”) – sino de acontecimientos mucho más recientes. Entre ellos se incluye el acuerdo de Sykes- Picot en 1916, por el cual británicos y franceses, después de la Primera Guerra Mundial, decidieron repartirse los países áraboparlantes; la posterior creación por parte de los europeos de tiranías corruptas y ladronas en Arabia Saudita, Siria, Egipto, Irak y Jordania; la pobreza y el subdesarrollo endémicos resultantes a lo largo de casi todo el siglo XX; La creación del Estado de Israel, impuesta por las Naciones Unidas en 1948; y por último, en décadas recientes, el apoyo de Estados Unidos a este lúgubre estatus quo.

Tal y como escribe Bulliet, durante la mayor parte de la historia, el Islam y el Occidente han estado más integrados culturalmente de lo que la mayoría de la gente piensa; hay mejores argumentos a favor de la “civilización islámo-cristiana”que del choque de civilizaciones. Fawzat Gerger, un intelectual de la Universidad Sarah Lawrence cercano a los argumentos de Bulliet, dice: “aquí existen dos discursos. Uno es el de Bernard Lewis, pero el otro afirma que, en términos históricos, ha habido muchísimas alianzas entre el mundo del Islam y Occidente. Nunca ha existido una umma o comunidad musulmana, salvo durante 23 años, en la época de Muhammad. Excepto en los planteamientos teóricos de los yihadistas, el mundo musulmán siempre ha estado dividido. Muchos líderes musulmanes incluso se aliaron con los cruzados.” [11]   

Actualmente, el progreso del mundo árabe no vendrá a través de una secularización impuesta desde arriba (el capítulo del libro de Bulliet dedicado a Chalabi se titula “Buscando cariño en el lugar equivocado”), sino redescubriendo ese Islam más tolerante que en verdad es anterior al radicalismo y que, a diferencia de Ataturk, es una parte ineludible de la propia identidad árabe, la cual debe tener su espacio. Bulliet argumenta que, durante siglos, una relativa estabilidad prevaleció en el mundo islámico, no gracias al triunfo otomano, como asegura Lewis, sino a que el Islam jugaba su papel tradicional poniendo límites a la tiranía: “El colectivo de los sabios religiosos actuaba, al menos en teoría, como un contrapeso frente a la tiranía. Existía la noción implícita de que, si el Islam era expulsado del ámbito público, la tiranía aumentaría y, si esto ocurriese, la gente se dirigiría al Islam para remediar la tiranía”. Esto comenzó a ocurrir durante el siglo XIX, el periodo que Lewis aclama como la era de la modernización, cuando fueron creadas las estructuras legales y los ejércitos de inspiración occidental. Bulliet me dijo que “de lo que Lewis nunca habla es de la consiguiente eliminación del Islam del centro de la vida pública, la abolición de la educación y la ley islámicas, y la marginación de los sabios musulmanes”. Bulliet apunta que, en lugar de la modernización, el resultado fue lo que los clérigos musulmanes habían temido desde hacía tiempo, la tiranía que se ajustaba a algunas teorías sobre la transformación política del Islam. Lo que el mundo árabe habría de presenciar “no fue un incremento de la modernización sino de la tiranía. Desde los años sesenta, esa profecía se hizo realidad: había dictaduras en la mayor parte del mundo islámico”. Gamel Nasser en Egipto, Hafez Assad en Siria y otros llegaron con la excusa del nacionalismo árabe, pero no eran otra cosa que tiranos.

Zawahiri Bin Laden Sin embargo, ya no existía una fuerza con legitimidad para oponerse a esta tendencia. En el lugar de los conocimientos islámicos tradicionales –que en su momento permitieron, e incluso fomentaron, la ciencia y el progreso– no había nada. Las viejas autoridades religiosas habían sido expulsadas de la vida pública por la fuerza, de vuelta a la mezquita. El califato estaba muerto; cuando Ataturk lo destruyó en Turquía, también lo eliminó del resto del mundo islámico. En este vacío retumbó la reacción fundamentalista liderada por aficionados que, aunque brillantes, se situaban fuera de la tradición. Este es caso del egipcio Sayyid Qutb [12] , el filósofo ahorcado por Nasser y fundador del islamismo radical marca de Ayman Zawahiri; y después, Osama bin Laden, quien creció infectado por la versión extremista del wahabismo saudita [13] . Incluso el creador del wahabismo, el pensador del siglo XVIII Muhammad ibn Abd al-Wahab, estaba al margen de la corriente mayoritaria, adquirió una mala reputación por destruir sepulcros [14] y fue “denunciado” por los teólogos de su época en todo el mundo islámico por lo “mediocre e ilegítimo de sus doctrinas”, tal y como escribe el experto Abdelwahab Meddeb en El Islam desconsolado [15] , otro nuevo libro que refuta a Lewis.

El rápido crecimiento del wahabismo durante el pasado siglo XX es también un fenómeno absolutamente moderno, resultado de los petrodólares saudíes que apoyan a mezquitas y clérigos wahabíes por todo el mundo árabe (y en otros lugares, incluyendo los Estados Unidos). De hecho, las elites de Egipto y otros países árabes tienden a burlarse de los saudíes como beduinos empobrecidos que habrían permanecido en esa condición de no ser por el petróleo. “Es como si Jimmy Swaggert [16] hubiera heredado cientos de miles de millones de dólares y hubiera tomado el mando de la Iglesia”, me comentó un funcionario árabe. La terrible culminación de esta tendencia moderna tuvo lugar en las montañas de Afganistán durante los ochenta y los noventa, cuando el wahabismo extremista, representado por bin Laden, se alió con el islamismo egipcio de Qutb, representado por Zawahiri, quien se convirtió en el representante de bin Laden. Los críticos tienen razón en ver el fenómeno de bin Laden como una reacción frente a tiranías corruptas como las de Egipto o Arabia Saudita y, en última instancia, contra el apoyo norteamericano a esos regímenes, pero se equivocan cuando deducen que se trata de un fenómeno mayoritario que surge del carácter antimoderno del Islam, o que la única solución inmediata reside en la democracia al estilo occidental. Por el contrario, fue una reacción procedente de un Islam deformado por las modernas transformaciones políticas, muchas de las cuales proceden claramente de influencias occidentales como la invasión sin tapujos de los colonialistas británicos, franceses e italianos y, por último, del enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el cual ayudó a crear el yihad de los muyahiddin en Afganistán.


NOTAS.-

[1] Publicado en el Washington Monthly el 12 de noviembre de 2004.

[2] Michael Hirsh es periodista y autor del libro At War with Ourselves: Why America is Squandering its Chance to Build a Better World , (“En guerra contra nosotros mismos: ¿Por qué Estados Unidos está desperdiciando su oportunidad de construir un mundo mejor?”) Oxford University Press.

[3] El fez o tarbush es un tocado masculino extendido desde el siglo XIX por varios países, especialmente Turquía y el Oriente Medio árabe. (Nota de la Redacción).

[4] El idioma turco se modificó radicalmente, no sólo eliminando las palabras árabes de su vocabulario sino cambiando el alfabeto basado en caracteres árabes por otro basado en el latino. Hasta tal punto el cambio lingüístico fue profundo que algunos filólogos hablan de dos idiomas distintos: el turco otomano, anterior a la llegada de Ataturk al poder,  y el turco moderno. (Nota de la Redacción).

[5] El general Cemal Gürsel protagonizó un golpe de estado el 27 de mayo de 1960 que retiró de sus cargos al presidente Celal Bayar y al primer ministro Adnan Menderes, el segundo de los cuales fue ejecutado. El ejército devolvió el país a manos control civil en el octubre de 1961. (Nota de la Redacción).

[6] No olvidemos que el partido BAAZ, que ocupaba el poder en Irak desde 1958, era de inspiración nacionalista, socialista y laica. Para más información, véase Pedro Martínez Montávez, “ Siria e Iraq ”, en revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. (Nota de la Redacción).

[7] Véase, por ejemplo, Los árabes en la historia , Editorial Edhasa, Barcelona, 1996; Los asesinos: una secta islámica radical , Alba Editorial, Barcelona, 2002; La crisis del Islam: guerra santa y terrorismo, Ediciones B, Barcelona, 2003; Las identidades múltiples de Oriente Medio , Editorial Siglo XXI, Madrid, 2000, Los judíos del Islam, Editorial Letrumero, Madrid, 2002; El lenguaje político del Islam , Taurus Ediciones, Madrid, 2004; El Oriente Próximo , Editorial Crítica, Barcelona, 1996; ¿Qué ha fallado?: el impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Próximo , Editorial Siglo XXI, Madrid, 2002. (Nota de la Redacción).

[8] Para comprender mejor el modelo de gobierno en Kuwait, véase Mary Ann Tétreault, “ Los derechos de la mujer y el concepto de ciudadanía en Kuwait ”, en revista Alif Nûn nº 58, marzo de 2008. (Nota de la Redacción).

[9] La doctrina del Shock and Awe (“impacto e intimidación”), consiste en inducir un estado de terror por medio de la fuerza y hacer sentir el peso social y económico del poder del imperio, con la intención de provocar un comportamiento que inhiba confrontaciones, aceptando la incapacidad para derrotar al adversario. El concepto fue formulado por Harlan K. Ullman y James P. Wade en 1996 y es un producto de la National Defense University , dependiente del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. (Nota de la Redacción).

[10] Acuerdo de paz que puso fin a las hostilidades (1683–99) entre el Imperio Otomano y la Santa Liga (Austria, Polonia, Venecia y Rusia). Firmado en Carlowitz (actual Sremski Karlovci), cerca de Belgrado, hizo disminuir en forma considerable la influencia turca en Europa oriental y convirtió a Austria en la potencia dominante. (Nota de la redacción).

  [11] Otro ejemplo de fructíferas alianzas entre cristianos y musulmanes se dio en la Península Ibérica durante la época de la mal llamada “Reconquista”. Para más información, véase Abdelatif Oufkir, “ Al-Andalus y el Islam en el subconsciente colectivo español ”, en revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007. (Nota de la Redacción).

[12] Para más información sobre la figura de este activista político, véase Sayyid Qutb, Justicia social en el Islam , Editorial Almuzara, Córdoba, 2007; Tariq Ramadan, El reformismo musulmán, desde los orígenes hasta los Hermanos Musulmanes , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000 y Redacción Alif Nûn, “ El reformismo musulmán. Los Hermanos Musulmanes a través del pensamiento político de Sayyid Qutb ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción).

[13] Para más información sobre Arabia Saudita y el wahabismo, véase Abdelwahab Meddeb, La enfermedad del Islam , Editorial Gutenberg, Barcelona, 2003; Pascal Ménoret, Arabia Saudí, el reino de las ficciones , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2004; Hesperia nº 8. Especial Arabia Saudí, Fundación J.L. Pardo / Tres Culturas, Madrid, 2008.  (Nota de la Redacción).

[14] Según la doctrina del wahabismo, las visitas a las tumbas de los santos están prohibidas porque sus visitantes pueden buscar la intercesión de aquellos, el lugar de dirigirse directamente a Dios. Esa es la razón de que en Arabia Saudita fueran destruidos todos los sepulcros, tumbas y mausoleos de santos o personas piadosas susceptibles de recibir la visita de sus adeptos, e incluso hoy en día se prohíbe que los fieles se detengan a rezar frente a la tumba del Profeta Muhammad en Medina. (Nota de la Redacción).

[15] Este libro, cuya traducción al inglés ha sido titulada  Islam and its Discontents, ha sido publicado en castellano formando parte del ya citado La enfermedad del Islam. (Nota de la Redacción).

[16] Jimmy Lee Swaggart (Luisiana, Estados Unidos, 15 de marzo de 1935) es un predicador cristiano de la rama evangélica pentecostal y uno de los pioneros del “tele-evangelismo”. Alcanzó su máxima popularidad en la década de los ochenta, llenando estadios en cada país donde se realizaban sus servicios religiosos. (Nota de la Redacción).

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