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LA GIRALDA DE SEVILLA
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“Quien no ha visto Sevilla no ha visto maravilla” Refrán popular La milenaria ciudad de Sevilla, a orillas
del legendario río Guadalquivir, es famosa por los edificios y sitios
históricos que contiene. La Torre del Oro, los Reales Alcázares,
con sus umbrosos jardines, y el barrio de Santa Cruz, son algunos de los
numerosos portentos de la “Ciudad de las Maravillas”. Pero el monumento más
señero de cuantos se alzan en la urbe es, sin duda, la Giralda, antiguo
alminar de la mezquita que existiera anexa, torre ejemplar que ha venido a
ser faro y guía de los horizontes sevillanos y sonoro campanario de
sus horas. Levantado entre 1184 y 1198, es la máxima representación
del arte musulmán almohade en España. No se sabe si el nombre de Híspalis
es de origen íbero o fenicio, algo así como una Tartesos fabulosa,
la otrora ciudad misteriosa que floreció en el bajo Betis donde los
fenicios obtenían el estaño, el oro y la plata. Sus orígenes
permanecen aún oscuros y confusos. Fue fundada por tribus ibéricas
(turdetanas), siendo colonizada, posteriormente, por fenicios, griegos
y cartagineses. Conquistada por Roma en 205 a.C., El califa almohade Abu Yacub estableció
la capitalidad de Al-Andalus en Sevilla, dotándola de monumentales
edificios civiles, militares y religiosos, así como de importantes
obras de infraestructura y de comunicaciones. En primer lugar, cuando se
estableció en Sevilla, mandó reedificar las murallas almorávides
de la ciudad, arruinadas por una crecida del Guadalquivir en 1169. Esta tarea
se llevó a cabo entre 1170 y 1171. Según el cronista Ibn Sahib
Al-Sala, este califa mandó edificar el palacio de la Bujaira entre
1171 y 1172, el cual se construyó bajo la dirección del jefe
de los alarifes (arquitectos), Ahmad Ibn Baso, en las afueras de la ciudad,
hoy ubicado en el barrio de San Bernardo. En este Generalife (del árabe
yannat al-arif, “jardín del arquitecto”) almohade se
plantaron olivos, higueras y diversos árboles frutales procedentes
del Aljarafe, Granada y Guadix. Para regar estos cultivos, el ingeniero
al-Hayy Yashis tuvo la oportunidad de descubrir una vieja conducción
de agua de tiempos romanos, procedente de Alcalá de Guadaira, construyendo
un acueducto, los llamados Caños de Carmona, que fue inaugurado el
13 de febrero de 1172
[4]
. La primitiva mezquita mayor de Sevilla,
que había quedado pequeña, era la de Ibn Adabbas, construida
en el año 829, en tiempos del Al hacer los cimientos, dice Al-Salah que hubo que desviar la cloaca mayor bajo la tierra, hacia el norte, es decir, paralelo a la fachada exterior de la Colombiana, para quebrar por la actual calle Alemana, hacia el Arenal, desembocando en el río, a la altura de la plaza de toros. El solar ocupado por la segunda mezquita mayor de Sevilla era prácticamente el mismo espacio que la presente catedral gótica. Su puerta principal era la que se llamaría del Perdón, estando el muro de la qibla (orientación a La Meca) al sur, en la actual fachada de la Epístola. El estilo arquitectónico se basaba en modelos norteafricanos, semejante a los de la Qutubiyya de Marrakesh y Tinmalal. Sin embargo, los alzados exteriores que aún subsisten, con merlones de gradas, guarnecidos con torres, proceden de la mezquita de Córdoba. Además de la puerta principal, al patio se accedía por otras seis situadas en los frentes este y oeste. La mezquita tenía diecisiete naves, dos menos que la de Córdoba, prolongándose las dos extremas hasta el sahn (patio). Tenía dieciséis hileras de pilares de ladrillo, sobre los que se volteaban arcos de herradura túmidos (arco o bóveda que tiene más anchura hacia la mitad de su altura que en los arranques), con cubiertas de madera de alerce que se construyeron hacia 1175. Al cabo de casi cuatro años de construcción, el 27 de febrero de 1176, se paralizaron las obras de la mezquita cuando se hallaban prácticamente ultimadas –sólo restaban colocar la solería y las vidrieras. Con posterioridad, por indicación de Abu Yacub Yusuf, se pronunció la primera jutbah (sermón de la oración del viernes al mediodía) el 14 de abril de 1182. Dos años después, el 26 de mayo de 1184, el califa mandó construir una muralla fuerte en la Alcazaba y el alminar “que estuviera en la unión de la muralla con la mezquita”. Durante casi toda su vida, Abu Yaqub Yusuf había sido un hombre dedicado a la religión, las artes y las ciencias. Empero, a fines de mayo de 1184 aceptó el compromiso de reconquistar el territorio perdido de Al-Andalus y puso sitio a la fortaleza de Santarém, cerca de Lisboa. En julio de ese año, los trinitarios sitiados hicieron una salida por sorpresa contra el campamento musulmán y un grupo de ellos atacó la tienda del califa. El sacrificio de su guardia personal no pudo evitar que lo hirieran de una estocada en el vientre. A los tres días, a consecuencia de aquella herida, moría Abu Yaqub Yusuf, sin imaginar siquiera el destino ilustre del alminar de su añorada mezquita sevillana. La primera tarea de su hijo y sucesor,
Abu Yusuf Yaqub, que gobernaría el dominio almohade entre 1184 y 1199,
fue reorganizar el ejército y reconquistar la ciudad norteafricana
de Bujía y el vecino sector del litoral argelino asolado por bandas
de aventureros. Luego puso énfasis en la administración de
la justicia y atacó la vida suntuosa, al restringir el uso de los bordados
y las vestiduras de seda
[6]
. Dotó a Rabat de la mayor mezquita del norte de África
y ratificó que se construyeran las obras finales de la mezquita mayor
de Sevilla, entre ellas la edificación de su torre alminar. En septiembre de 1184 se reanudaron los trabajos en la mezquita sevillana para la construcción de su alminar, y como primer director de las obras ejerció el alarife de la mezquita, Ahmad Ibn Baso. Lo situó en la esquina nororiental del muro y no en la zona central de la pared norte del patio o sahn, como era común y sucede, por ejemplo, en la mezquita de Córdoba. Según nos expresa Al-Sala, el alarife abrió los cimientos junto a la aljama, encontró en ellos un pozo manantial y lo cegó con piedras y cal, explanando sobre el agua hasta asegurar las bases de los cimientos. Para su construcción –sigue diciendo– se utilizaron piedras llevadas del muro del palacio de Ibn Abbad al-Mutamid, el último rey taifa de Sevilla, que fuera destronado por los almorávides en 1091. Estas piedras habían sido empleadas por los romanos, como atestiguan las dos lápidas con dedicatorias de los barqueros de Sevilla a Julio Sexto Posesor y Lucio Castricio Honorato, situadas respectivamente en la base de los frentes este y norte, cerca de la esquina que ambos forman.
La torre, como otros alminares musulmanes, está formada por dos paralelepípedos rectos, uno dentro del otro, que dejan entre ellos un hueco ocupado por treinta y cinco rampas que ascienden suavemente hasta la terraza situada en la cumbre del primer cuerpo. Este ascenso y descenso sin escalones tenía un propósito eminentemente militar, pues contemplaba la rapidísima circulación de la infantería, inclusive de cabalgaduras. Hoy día, cualquier visitante puede verificar esto subiendo hacia y desde el primer cuerpo –50,75 metros– en escasos tres minutos caminando normalmente, algo sin duda imponderable que atestigua el funcionalismo insospechadamente moderno de la arquitectura de la Giralda. El interior original, formado por siete cámaras centrales superpuestas y de unos 6,80 metros de lado, era más alto que el otro. Sobresalía unos 14 metros, en forma de linterna (pequeña construcción que se levanta como remate de una cúpula o torre con el objeto de iluminar los interiores mediante los vanos –huecos de ventanas– laterales), por encima de esa terraza, como una torre más pequeña levantada sobre la mayor. Por el exterior, el primer cuerpo del alminar tiene 13,60 metros de lado y se eleva hasta 50,51 metros, con lo que se acerca al canon almohade según el cual su altura debe ser cuatro veces el lado de la base. En cuanto a la decoración, la interior se ha perdido, pero se conserva la exterior, a excepción del revoco (revestimiento generalmente a base de una mezcla de cal y arena fina amasada con agua) original, que cubría el ladrillo [7] . Hay huecos de luces de distintos tamaños y formas, casi todos en la franja central y a diferente altura según la fachada, por ir acompañando la ascensión helicoidal de la rampa. En la parte inferior hay tanto pequeños tragaluces como balcones compuestos por arcos túmidos comprendidos en otro mayor lobulado. En la parte superior son ventanales ajimeces (es decir, arqueados y divididos en el centro por una pequeña columna o parteluz), con arcos de perfil variable cobijados en un recuadro que contiene otros de herradura lisos o lobulados, todos sostenidos por columnas de mármol y finos adornos tallados en el ladrillo [8] . En la parte inferior, los paramentos de ladrillo son lisos, y en la superior hay una división en tres franjas, que es lo más característicos del alminar sevillano. En la faja central se abre el ventanaje y en las laterales se dispone de dos rectángulos alargados, la típica decoración de sebka, que nace de tres columnas de mármol blanco, azul o rojo. Por encima hay un friso de arquillos ciegos entrelazados sobre el que originalmente descansaban unas almenas. Tras ellas sobresalía la esbelta linterna, cuyos frentes se decoraban con unos entrelazados similares a los del primer cuerpo. Era bastante alta, y en total el alminar musulmán alcanzaba unos 76 metros de altura. El triunfo almohade en la batalla de Alarcos [9] (1195) fue la última gran victoria de los musulmanes en España y, asimismo, aparejó el impulso definitivo de las obras del alminar sevillano. El califa encargó la ejecución de cuatro manzanas de bronce dorado de diámetro decreciente que había de culminar el alminar de la forma habitual según el estilo magrebí, ensartadas en una barra de hierro de 140 arrobas (unos 1.600 kilos) llamada yamur. Las labró y colocó en su lugar el alarife Abu-Layz Al-Sigilli, un siciliano converso al Islam. Su subida entrañó dificultades, y el descomunal tamaño de la mayor de las cuatro esferas obligó a romper algunas de las puertas de la torre. La ceremonia de colocación del
yamur tuvo lugar el miércoles 19 de marzo de 1198, con
asistencia del monarca y con gran alborozo del pueblo sevillano, que vibró
de alegría cuando se quitó el lino que cubría las manzanas
y su fulgor deslumbró a todos. Finalmente, el alminar y observatorio
almohade perteneciente a la mezquita de la ciudad fue terminado e inaugurado
el 18 de julio de 1198, en conmemoración del tercer aniversario del
triunfo andalusí en la batalla de Alarcos. Cuenta la tradición
que en la misma ocasión ondeó desde ese alminar la primera
bandera verde y blanca que luego fuera reivindicada por ese gran político,
historiador y sociólogo andalucista que fue Blas Infante
[10]
, y hoy convertida en la enseña oficial de la comunidad
autónoma española de Andalucía. Conquistada la ciudad de Sevilla por
Fernando III, rey de Castilla, el 23 de noviembre de 1248, el oratorio islámico
fue adaptado al El alminar sevillano conservó el primitivo remate hasta el 24 de agosto de 1356, día en el que, a causa de un gran terremoto, se rompió la espiga de hierro que sujetaba las manzanas, y éstas cayeron al suelo y se destrozaron. También desapareció la cúpula de azulejos de colores que enlazaba el segundo cuerpo con el yamur. Hasta el reinado de Pedro el Cruel, monarca
de Castilla y León, nada prueba que los vencedores de Sevilla hubiesen
desnaturalizado los bellos e ilustres monumentos islámicos de la ciudad;
pero la estancia de aquel príncipe, que fijó allí su
corte en 1364, dio lugar a reconstrucciones y modificaciones en muchos de
ellos. Por ejemplo, sobre el minarete de la mezquita se construye un campanario,
y también se desfigura gran parte del hermosísimo “Alcázar
viejo”, residencia de los reyes de la taifa sevillana y de los almohades,
edificado por el arquitecto Jalubi. Asimismo, el soberano Carlos V de Alemania
y I de España (1500-1558) hizo también colocar en Sevilla,
como había hecho en Granada, sus águilas y su divisa en los
muros y fachadas. A partir de 1401 se construye la catedral
gótica sobre los cimientos de la antigua mezquita. El arquitecto cordobés
Hernán Ruiz en el año 1568 es quien diseña el definitivo
cuerpo superior del antiguo alminar, con 25 campanas de estilo grecorromano,
construido en piedra y ladrillo. La torre ganó altura, pues se añadieron
otros 36 metros al primer cuerpo musulmán. Como éste levanta
unos 51 metros sobre el nivel actual de la calle, la torre se eleva hasta
los 87,30 metros, y hasta los 94,70 contando con la veleta o giraldillo.
Ésta consiste en una estatua que representa la Fe victoriosa, vestida
al estilo romano, con lábaro
[11]
en la mano derecha y palma en la izquierda.
Con una gran esfera de bronce como pedestal, es en realidad una inmensa veleta
hueca que gira alrededor de su eje según la dirección del
viento que incide en el lábaro, por lo que fue pronto llamada con
el nombre de Giralda, que pasó luego a denominar a la torre toda,
quedándose la estatua con el de Giraldillo.
Tienen por costumbre y amor propio todos
los sevillanos, decir que han nacido a la sombra de la Giralda. El final
de la sombra que refresca el nacimiento de los sevillanos señala la
entrada del barrio de Santa Cruz, quintaesencia de lo tópico hispalense.
Si bien los guías turísticos, no siembre bien instruidos, aleccionan
a su clientela sobre el origen judío del “dédalo de callejuelas”,
lo cierto es que el de Santa Cruz jamás fue barrio judío.
La auténtica y vieja judería estuvo enclavada en el actual
barrio de San Bartolomé que, aunque no es lejano, en poco se le asemeja.
Conviene caminar despacio por sus callejas, muy parecidas a las de las medinas
o casbahs norteafricanas, que sorprenden por sus nombres evocadores,
cada uno de los cuales parece extraído de un texto misterioso: Agua,
Pimienta, Mesón del Moro, Vida, Gloria, Jamerdana... Algo parece
cierto: para su visita, la hora ideal es la del crepúsculo. Si es
primavera, el visitante percibirá el olor sagrado que envuelve a
Sevilla, que es el azahar; de improviso, al salir de una callejuela, se
encontrará al fondo con una Giralda iluminada. Bastará entonces,
introspección mediante, remontarse a los tiempos islámicos
y tratar de escuchar la mística voz del almuédano, que desde
sus alturas proclamaba a los espacios la letanía atestiguadora de
que Dios es el más grande. BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA
- Sophie Makariou, La Andalucía árabe , Legado Andalusí, Granada, 2000. NOTAS.- [1] Resumen y adaptación del texto publicado en la revista El mensaje del Islam nº 9, abril de 1993. (Nota de la Redacción). [2] Los reinos de taifas eran Estados pequeños de existencia efímera que se alzaron sobre las ruinas del califato de Córdoba a partir del año 1009. Los llamados reinos de taifas (del árabe ta’ifa, plural tawa’if, “partido”, “bandería”) cuartearon Al-Andalus en una veintena de dominios regidos por unos régulos, muchas veces mercenarios al mejor postor y vasallos de los señores feudales cristianos, conocidos como los reyes de taifas ( muluk al-tawa’if ). Los reinos de taifas de más envergadura fueron Badajoz, Toledo, Zaragoza, Sevilla y Granada. En el año 1094, los almorávides habían acabado con el de Zaragoza y el de Valencia, donde señoreaba el Cid, Rodrigo Díaz de Vivar. [3] Este monarca fue conocido con el sobrenombre de “el rey poeta”m y parte de su obra poética puede consultarse en castellano. Véase Antonio Castro Díaz, Poesía medieval en Andalucía , Almuzara, Córdoba, 2006; Varios, Música y poesía del sur de Al-Andalus , Legado Andalusí, Granada, 1995. (Nota de la Redacción). [4] No sólo los almohades, sino toda la civilización andalusí en general se caracterizó por un gran amor hacia el agua y los jardines. Véase Abderrahman Jah y Margarita López, “Al-Andalus, una cultura del agua ”, en revista Alif Nûn nº 39, junio de 2006. (Nota de la Redacción). [5] Véase L. Torres Balbás, “La primitiva mezquita mayor de Sevilla”, en revista Al-Andalus nº 11, 1947, págs. 425-436; M. Ocaña Jiménez, “La inscripción fundacional de la mezquita de Ibn Adabbas”, en revista Al-Andalus nº 12, 1947, págs. 145-151. [6] Debe recordarse que, basándose en algunos hadices (tradiciones proféticas), el uso de vestidos de seda está prohibido para los hombres musulmanes (no así para las mujeres). (Nota de la Redacción). [7] Señalemos que, con Ibn Baso, el alminar fue comenzado con piedra reaprovechada, pero a partir de la dirección de Alí de Gomara, el material preponderante fue el ladrillo cocido. [8] Con la Reforma (1558-1566) se pusieron unos balcones voladizos de piedra que afearon notablemente la grácil línea del alminar almohade. [9] Hacia 1189, los portugueses cristianos, auxiliados por cruzados franceses, ingleses y alemanes, habían tomado la ciudad de Silves y amenazaban la región conocida por el Algarbe (del árabe al-garb: el occidente). Alfonso VIII de Castilla presionaba por la frontera y esquilmaba las ciudades musulmanas con crecidos tributos. A principios de 1195, el rey castellano había llegado a atacar la región de Sevilla, la brillante capital almohade. El califa Abu Yusuf Yaqub fue al encuentro del rey trinitario y los ejércitos almohade y castellano chocaron el 18 de julio de 1195 en Alarcos, a unos diez kilómetros de la actual Ciudad Real, donde Alfonso VIII estaba construyendo una ciudad que pensaba poblar con colonos traídos del norte. El ejército castellano fue completamente aniquilado, perdiendo cerca de veinte mil hombres. [10] Para saber más sobre la figura de Blas Infante, véase Enrique Iniesta, Blas Infante, toda su verdad, Editorial Almuzara, Córdoba, 2007; Enrique Iniesta, Al-Andalus en Blas Infante , Editorial Darek-Nyumba, Madrid, 1998; M. Ali Herrera, “ Breve biografía de Blas Infante ”, en revista Alif Nûn nº 36, marzo de 2006. (Nota de la Redacción). [11] Estandarte de los emperadores romanos, particularmente desde que Constantino mandó poner en él la cruz y el Crismón o monograma de Cristo, compuesto de las dos primeras letras de su nombre en griego. A Portada |
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