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NÛN
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Estimados lectores:
Tal y como adelantamos en el número de abril,
en el presente mes de mayo continuamos reflexionando sobre cuáles
han sido las consecuencias de la creación del Estado de Israel y
de qué modo ha afectado este acontecimiento a la historia, la política,
la sociedad y la economía de los pueblos vecinos. Continuando con
la reflexión histórica, en la segunda parte del texto dedicado
al nacimiento de Israel, abordamos el periodo transcurrido desde la proclamación
oficial del Estado sionista en mayo de 1948 hasta su asentamiento definitivo
como nación en la década de los cincuenta, tras la crisis
en el canal de Suez. El artículo plantea el conflicto insertándolo
en el ámbito más amplio de la Guerra Fría y trata
de explicar las conexiones de árabes y judíos con los bloques
comunista y capitalista. En el segundo artículo del mes, publicamos
la conclusión del texto de Edward Said, en el cual, el autor no sólo
se limita a denunciar la represión israelí contra la comunidad
palestina sino que también se muestra muy crítico con la
actitud de las propias autoridades árabes, en general, y palestinas,
en particular. El texto finaliza planteando lo que, en opinión del
autor, serían las soluciones más viables para un conflicto
que permanece enquistado desde hace seis décadas.
Los dos artículos restantes del presente
número de Alif Nûn abandonan el conflicto árabe-israelí
para adentrarse en otros derroteros. El primero de los artículos
analiza la actitud que la administración norteamericana mantiene
hacia el Islam y el mundo árabe, y lo explica a través del
actual conflicto bélico en Irak, desmantelando todas las falsas
ideas y todos los mitos que el gobierno de Estados Unidos, una parte de
la sociedad occidental e incluso un sector significativo de la comunidad
académica mantienen con respecto al Islam y los musulmanes. Para
concluir, viajamos en el tiempo y en el espacio, y nos trasladamos a la
Sevilla del siglo XII, la fantástica Isbilía de los musulmanes,
para zambullimos en esta fabulosa urbe medieval de la mano de su monumento
más destacado: la Giralda.
La Dirección.
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A la 1 de la madrugada del día 15 de mayo abandonaba Palestina
el alto comisario británico, sir Alan Cunninghan, y no había
amanecido todavía cuando comenzó el ataque de las fuerzas
regulares árabes a lo largo de todas las fronteras del nuevo Estado,
y cuando una escuadrilla de aviones egipcios lanzó las primeras
bombas sobre Tel-Aviv. Por el norte iniciaron su ataque las tropas de Líbano,
Siria y un cuerpo expedicionario de Iraq. Egipto lo hizo por el sur; Arabia
Saudita por el sureste y la Legión Árabe del reino hachemita
de Jordania, mandada por el británico Glub Bajá, por el este.
Teóricamente,
la resistencia de Israel hubiera debido ser nula ante un ataque serio
y bien combinado, pero las tropas árabes actuaron sin coordinación
alguna, sin organización y buscando cada cual sus intereses. Eso
explica que los judíos se mantuvieran a la defensiva en todos los
frentes, disponiendo siempre de tropas de reserva para taponar las brechas
y de fuerzas móviles que golpearon a los árabes en sus zonas
más débiles, haciéndoles retroceder a los lugares de
partida o más allá de las zonas concedidas por la ONU a Israel.
Los árabes pagaban su improvisación, su alegría de
iniciar aquella campaña como un paseo militar, menospreciando a
las organizaciones armadas judías, cuya capacidad de lucha había
quedado bien sentada en los meses precedentes. Las fuerzas árabes
disponían de aviones, tanques, artillería y armas más
pesadas y abundantes que sus enemigos, pero si numéricamente eran
muchos más, ni su técnica ni su coraje estuvieron a la altura
de sus declaraciones preliminares.
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Recordándolo ahora, el conflicto dialéctico nacido a raíz
de los acontecimientos de 1948 y de los cuales fue su consecuencia, aumentó
de un modo sin parangón en cualquier otro lugar del mundo. Durante
algún tiempo adoptó parte de la vehemencia y del protagonismo
de la Guerra Fría, en cuyo contexto se desarrolló durante
casi treinta años. Lo extraño fue que, al igual que durante
los propios acontecimientos de 1948, no hubo verdaderos interlocutores palestinos
hasta 1967, cuando la OLP comenzó a adquirir importancia. Hasta entonces
sólo fuimos conocidos como los refugiados árabes que huyeron
porque sus líderes así se lo dijeron. Seguiríamos
sin ser tenidos en cuenta, incluso después de que las investigaciones
de Erskine Childers y Walid Khalidi pusieran completamente en duda esas
afirmaciones y demostraran hace treinta y ocho años la existencia
del Plan Dalet [3] . Y lo que es peor, aquellos palestinos que permanecieron
en Israel después de 1948 se encontraron especialmente aislados por
su condición de israelíes árabes, rechazados por el
resto de los árabes, sometidos al yugo de la administración
militar de los judíos israelíes y, hasta 1967, a la estricta
ley marcial que les fue impuesta y se les aplicó por no ser judíos.
Lo extraño de este conflicto dialéctico, en comparación,
digamos, con la guerra de propaganda entre americanos y japoneses durante
la Segunda Guerra Mundial, tal y como lo relató John Dower [4] ,
es que la campaña de desinformación israelí, al igual
que el propio movimiento sionista, no dejó ningún resquicio
para la existencia del oponente indígena, alguien cuya tierra, sociedad
e historia simplemente le fueron arrebatadas sobre el terreno. Hemos sido
en gran medida invisibles, excepto en algunas ocasiones, cuando surgíamos
como fedayines y terroristas o, según una expresión que se
empleaba, formando parte de las amenazantes hordas árabes que deseaban
ahogar al joven Estado judío.
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La comprensión errónea que los Estados Unidos tienen
del mundo árabe –y nuestra desgraciada intervención actual
en Irak– pudo haber comenzado realmente en 1950. En ese año, un
joven profesor de historia en la Universidad de Londres llamado Bernard
Lewis visitó Turquía por primera vez. Lewis, que en la actualidad
es un imponente erudito de pelo cano conocido en Estados Unidos como el
“decano en los estudios sobre Oriente Medio” (tal y como un crítico
del New York Times lo llamó una vez), estaba entonces de viaje de
investigación. Tras recibir permiso para acceder a los archivos del
Imperio Otomano –el primer occidental en conseguirlo– Lewis recordaba que
se sintió “casi como un chiquillo perdido en una juguetería
o como un intruso en la cueva de Alí Baba”. Pero –según escribió
después– lo realmente emocionante fue contemplar los acontecimientos
que tuvieron lugar más allá de la ventana de su estudio. Allí,
en Estambul, en el corazón de lo que una vez fue un imperio musulmán,
estaba naciendo una democracia al estilo occidental.
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La milenaria ciudad de Sevilla, a orillas del legendario río Guadalquivir,
es famosa por los edificios y sitios históricos que contiene. La
Torre del Oro, los Reales Alcázares, con sus umbrosos jardines,
y el barrio de Santa Cruz, son algunos de los numerosos portentos de la
“Ciudad de las Maravillas”. Pero el monumento más señero
de cuantos se alzan en la urbe es, sin duda, la Giralda, antiguo alminar
de la mezquita que existiera anexa, torre ejemplar que ha venido a ser
faro y guía de los horizontes sevillanos y sonoro campanario de
sus horas. Levantado entre 1184 y 1198, es la máxima representación
del arte musulmán almohade en España.
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Añoro
el pan de mi madre
el café de mi madre
las canciones de mi madre.
Día a día
la infancia crece en mí.
Amo mi edad
porque si muero
sentiré vergüenza
de las lágrimas de mi madre.
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