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ISSN 1695-1751                                                           Número 60 - Mayo.2008 / Jumada I. 1429
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    Estimados lectores:

    Tal y como adelantamos en el número de abril, en el presente mes de mayo continuamos reflexionando sobre cuáles han sido las consecuencias de la creación del Estado de Israel y de qué modo ha afectado este acontecimiento a la historia, la política, la sociedad y la economía de los pueblos vecinos. Continuando con la reflexión histórica, en la segunda parte del texto dedicado al nacimiento de Israel, abordamos el periodo transcurrido desde la proclamación oficial del Estado sionista en mayo de 1948 hasta su asentamiento definitivo como nación en la década de los cincuenta, tras la crisis en el canal de Suez. El artículo plantea el conflicto insertándolo en el ámbito más amplio de la Guerra Fría y trata de explicar las conexiones de árabes y judíos con los bloques comunista y capitalista. En el segundo artículo del mes, publicamos la conclusión del texto de Edward Said, en el cual, el autor no sólo se limita a denunciar la represión israelí contra la comunidad palestina sino que también se muestra muy crítico con la actitud de las propias autoridades árabes, en general, y palestinas, en particular. El texto finaliza planteando lo que, en opinión del autor, serían las soluciones más viables para un conflicto que permanece enquistado desde hace seis décadas.
    Los dos artículos restantes del presente número de Alif Nûn abandonan el conflicto árabe-israelí para adentrarse en otros derroteros. El primero de los artículos analiza la actitud que la administración norteamericana mantiene hacia el Islam y el mundo árabe, y lo explica a través del actual conflicto bélico en Irak, desmantelando todas las falsas ideas y todos los mitos que el gobierno de Estados Unidos, una parte de la sociedad occidental e incluso un sector significativo de la comunidad académica mantienen con respecto al Islam y los musulmanes. Para concluir, viajamos en el tiempo y en el espacio, y nos trasladamos a la Sevilla del siglo XII, la fantástica Isbilía de los musulmanes, para zambullimos en esta fabulosa urbe medieval de la mano de su monumento más destacado: la Giralda.

           
     
La Dirección.

            A la 1 de la madrugada del día 15 de mayo abandonaba Palestina el alto comisario británico, sir Alan Cunninghan, y no había amanecido todavía cuando comenzó el ataque de las fuerzas regulares árabes a lo largo de todas las fronteras del nuevo Estado, y cuando una escuadrilla de aviones egipcios lanzó las primeras bombas sobre Tel-Aviv. Por el norte iniciaron su ataque las tropas de Líbano, Siria y un cuerpo expedicionario de Iraq. Egipto lo hizo por el sur; Arabia Saudita por el sureste y la Legión Árabe del reino hachemita de Jordania, mandada por el británico Glub Bajá, por el este.
            Teóricamente, la resistencia de Israel hubiera debido ser nula ante un ataque serio y bien combinado, pero las tropas árabes actuaron sin coordinación alguna, sin organización y buscando cada cual sus intereses. Eso explica que los judíos se mantuvieran a la defensiva en todos los frentes, disponiendo siempre de tropas de reserva para taponar las brechas y de fuerzas móviles que golpearon a los árabes en sus zonas más débiles, haciéndoles retroceder a los lugares de partida o más allá de las zonas concedidas por la ONU a Israel. Los árabes pagaban su improvisación, su alegría de iniciar aquella campaña como un paseo militar, menospreciando a las organizaciones armadas judías, cuya capacidad de lucha había quedado bien sentada en los meses precedentes. Las fuerzas árabes disponían de aviones, tanques, artillería y armas más pesadas y abundantes que sus enemigos, pero si numéricamente eran muchos más, ni su técnica ni su coraje estuvieron a la altura de sus declaraciones preliminares.
     



        Recordándolo ahora, el conflicto dialéctico nacido a raíz de los acontecimientos de 1948 y de los cuales fue su consecuencia, aumentó de un modo sin parangón en cualquier otro lugar del mundo. Durante algún tiempo adoptó parte de la vehemencia y del protagonismo de la Guerra Fría, en cuyo contexto se desarrolló durante casi treinta años. Lo extraño fue que, al igual que durante los propios acontecimientos de 1948, no hubo verdaderos interlocutores palestinos hasta 1967, cuando la OLP comenzó a adquirir importancia. Hasta entonces sólo fuimos conocidos como los refugiados árabes que huyeron porque sus líderes así se lo dijeron. Seguiríamos sin ser tenidos en cuenta, incluso después de que las investigaciones de Erskine Childers y Walid Khalidi pusieran completamente en duda esas afirmaciones y demostraran hace treinta y ocho años la existencia del Plan Dalet [3] . Y lo que es peor, aquellos palestinos que permanecieron en Israel después de 1948 se encontraron especialmente aislados por su condición de israelíes árabes, rechazados por el resto de los árabes, sometidos al yugo de la administración militar de los judíos israelíes y, hasta 1967, a la estricta ley marcial que les fue impuesta y se les aplicó por no ser judíos. Lo extraño de este conflicto dialéctico, en comparación, digamos, con la guerra de propaganda entre americanos y japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, tal y como lo relató John Dower [4] , es que la campaña de desinformación israelí, al igual que el propio movimiento sionista, no dejó ningún resquicio para la existencia del oponente indígena, alguien cuya tierra, sociedad e historia simplemente le fueron arrebatadas sobre el terreno. Hemos sido en gran medida invisibles, excepto en algunas ocasiones, cuando surgíamos como fedayines y terroristas o, según una expresión que se empleaba, formando parte de las amenazantes hordas árabes que deseaban ahogar al joven Estado judío.                      
               

            La comprensión errónea que los Estados Unidos tienen del mundo árabe –y nuestra desgraciada intervención actual en Irak– pudo haber comenzado realmente en 1950. En ese año, un joven profesor de historia en la Universidad de Londres llamado Bernard Lewis visitó Turquía por primera vez. Lewis, que en la actualidad es un imponente erudito de pelo cano conocido en Estados Unidos como el “decano en los estudios sobre Oriente Medio” (tal y como un crítico del New York Times lo llamó una vez), estaba entonces de viaje de investigación. Tras recibir permiso para acceder a los archivos del Imperio Otomano –el primer occidental en conseguirlo– Lewis recordaba que se sintió “casi como un chiquillo perdido en una juguetería o como un intruso en la cueva de Alí Baba”. Pero –según escribió después– lo realmente emocionante fue contemplar los acontecimientos que tuvieron lugar más allá de la ventana de su estudio. Allí, en Estambul, en el corazón de lo que una vez fue un imperio musulmán, estaba naciendo una democracia al estilo occidental.
                                                   

 
        La milenaria ciudad de Sevilla, a orillas del legendario río Guadalquivir, es famosa por los edificios y sitios históricos que contiene. La Torre del Oro, los Reales Alcázares, con sus umbrosos jardines, y el barrio de Santa Cruz, son algunos de los numerosos portentos de la “Ciudad de las Maravillas”. Pero el monumento más señero de cuantos se alzan en la urbe es, sin duda, la Giralda, antiguo alminar de la mezquita que existiera anexa, torre ejemplar que ha venido a ser faro y guía de los horizontes sevillanos y sonoro campanario de sus horas. Levantado entre 1184 y 1198, es la máxima representación del arte musulmán almohade en España.         
                                          
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Añoro el pan de mi madre
el café de mi madre
las canciones de mi madre.
Día a día
la infancia crece en mí.
Amo mi edad
porque si muero
sentiré vergüenza
de las lágrimas de mi madre.

                                                   _ Mahmud Darwish
                                                            " Once astros "
                                                           

 

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