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EL NACIMIENTO DE ISRAEL (I)
[1]
David Solar [2]
El fenómeno más sobresaliente
del Mandato británico en Palestina fue, sin duda, la inmigración
judía entre 1920 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Esta
inmigración, alentada por el movimiento sionista y la Agencia Judía
y precipitada por las persecuciones nazis, cambió totalmente la vida
en Palestina: la composición del hábitat, la situación
social, el régimen económico y la convivencia entre gentes
de diferente religión y raza. En el censo de 1922, la población
establecida en Palestina era de 850.000 personas: 700.000 musulmanes, 82.000
judíos, 62.000 Los emigrantes judíos, que llegaban encuadrados en las aliyás [3] , solían ser jóvenes, hombres preferentemente, formados en escuelas de capacitación agrícola o curtidos en un bien experimentado trabajo familiar, como el artesanado o el comercio. Procedían en su mayor parte de la URSS, de Lituania y de Polonia. Les movía una poderosa fuerza interior, una misión inaplazable para el sionismo: la construcción del Estado de Israel. Estos emigrantes eran recibidos en Palestina por una poderosa organización financiada con dinero internacional judío, la Histadrut. Era una especie de organización sindical que impartía una fuerte formación ideológica y servía como empresa comercializadora de productos y de adquisición de tierras. La Histadrut se hacía cargo de los recién llegados. Les buscaba trabajo y alojamiento, pero también se ocupaba de la puesta en marcha de las explotaciones agrícolas, como el kibbutz o el moshav [4] . Lograba precios más ventajosos para sus productos y podía ofrecer cantidades inusitadas en Palestina por las tierras en que estaba interesada. Esta inmigración causó sobre la población palestina un efecto caótico. En aquella sociedad tradicional, escasamente culta, sin ninguna industrialización, con sistemas agrícolas arcaicos y prácticas comerciales obsoletas, la implantación judía provocó una crisis comercial y, sobre todo, agraria. Los rendimientos logrados por los establecimientos agrícolas sionistas y por sus sistemas de comercialización arruinaron a muchos campesinos, que vendieron sus tierras y se convirtieron en braceros o emigraron. Entre 1918 y 1945, las propiedades agrícolas judías pasaron de 420.600 dunums [5] a 1.941.699. Esto es, el incremento fue de 152.110 hectáreas y se produjo en unos veinte años, ya que en 1939 se prohibió comprar tierras a los judíos, aunque se produjeron adquisiciones clandestinas. La masiva afluencia de judíos y sus consecuencias socioeconómicas de alta peligrosidad política para el futuro, como ya vislumbraron los líderes árabes, determinó una conflictividad elevada que no siempre acertaron a cortar las autoridades británicas. El deterioro de la convivencia en Palestina se agravó a partir de 1927-1928. La fuerte crisis económica obligó a muchos judíos a abandonar Palestina y a los árabes a buscar medios defensivos contra aquella invasión.
Así, en 1932 comenzó la denominada quinta aliyá, de capital importancia para el futuro de Palestina. Antes de iniciarse esta “subida a Sión” había en Palestina [6] 1.035.281 habitantes; 759.712 eran musulmanes, 174.006 judíos, 91.398 cristianos y 10.101 de diversos credos. La quinta aliyá , que llevó a Palestina 217.000 judíos en sólo siete años, fue impulsada por el acceso de Hitler al poder (30 de enero de 1933) y la inmediata persecución nazi contra los judíos alemanes primero, y luego austriacos y checoslovacos. Estas nacionalidades constituyeron el grueso de esa emigración a Palestina y sus componentes fueron los más cultos y, en general, los más ricos de los embarcados en la aventura sionista. Un 20% de esos emigrantes había pasado por las universidades alemanas, austriacas o checas. Entre ellos había unos 1.000 médicos, 500 ingenieros, más de un millar de licenciados en derecho, filosofía o literatura y más de 2.000 técnicos en química, física, mecánica o agronomía. Llegaron millares de especialistas industriales e incluso se reunieron los suficientes músicos para formar una gran orquesta sinfónica, auspiciada por el gran violinista Hubermann. La comunidad sionista en Palestina crecía
vertiginosamente y sus organizaciones lo hacían a un ritmo similar.
La Histadrut era la Este creciente poderío en número e influencia desató disturbios en Palestina a partir de 1935. Las conversaciones entre líderes judíos y notables árabes para limar asperezas no lograron progreso alguno. El sionismo no cedía en su propósito de convertir Palestina en un hogar nacional judío y los árabes no podían permanecer impasibles ante su continuo retroceso. Tampoco Londres se desentendió del asunto y en 1936 envió una comisión. Encabezada por Lord Peel, recomendó en su informe la división de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío. La potencia mandataria acogió favorablemente el consejo, pero hubo de archivarlo ante las protestas árabes. En 1939, Gran Bretaña convocó
una conferencia entre árabes y judíos, que no halló
solución al problema. Agobiado por la presión centroeuropea
del nazismo, el gobierno de Chamberlain terminó elaborando un Libro
Blanco contrario a los intereses judíos y ligeramente favorable
a las demandas árabes, pues trataba de limar asperezas con el mundo
al que necesitaría en caso de confrontación con Hitler. El
7 de mayo de 1937 apareció el Libro Blanco, que regulaba la emigración
judía a Palestina hasta 1944 y la cancelaba después: “Tras
la entrada en Palestina de 75.000 judíos durante los próximos
cinco años, la inmigración judía debe cesar, a menos
que los árabes lo consientan. El Alto Comisario ha sido encargado
de prohibir y de reglamentar las transferencias de tierras. Se formará
en el plazo de diez años un gobierno permanente y representativo,
y los judíos estarán en el país en estado de permanente
minoría.” La Agencia Judía emitió un informe contrario
que decía en su punto 5: “Es la hora más sombría de
la historia judía cuando el gobierno británico propone privar
a los judíos de su última esperanza y cerrar el camino de
regreso a su tierra.” En estos primeros cuarenta años del siglo XX, el sionismo seguramente había conseguido mucho más de lo que su fundador, Theodor Herzl, se atrevió a soñar. Había enviado a Palestina 400.000 emigrantes que se hallaban sólidamente establecidos y protegidos por leyes internacionales. El Libro Blanco era una gravísima amenaza, pero la Segunda Guerra Mundial estaba en marcha y cualquier cosa sería posible en medio de sus convulsiones. Pero dentro del sionismo también existían tensiones, corrientes enfrentadas e, incluso, escisiones. La primera ruptura con las doctrinas de Herzl fue temprana. En vez de dedicarse a la agricultura, como él había predicado, muchos pioneros prefirieron actividades más clásicas y rentables en el pueblo judío: el comercio y la banca. Ya en 1912, el filósofo Asher Ginzberg, patriarca del sionismo espiritual, escribía: “Debemos hacernos a la idea de que nuestra población rural en la tierra prometida, aun cuando crezca hasta el límite de sus posibilidades, será siempre una población de la clase superior, una minoría muy cultivada y evolucionada, cuya fuerza estará constituida por su inteligencia y su riqueza. No habrá una población de campesinos vigorosos.” Con ellos se altera la índole y la finalidad del sionismo, al extremo de que ya es imposible reconocerlo. La fundación de Paole Sion –del que desciende el actual laborismo israelí– reencaminó a los inmigrantes al cultivo de la tierra, aunque las propias necesidades de la comunidad judía en Palestina se encargaron de demostrar que el sionismo sería inviable si se limitaba a ese aspecto. Hoy es evidente que no hubiera nacido el Estado de Israel de haberse compuesto con labradores la comunidad judía. Una nueva crisis se produjo tras la Gran Guerra. En 1925, Vladimir Jabotinski fundó la Unión Mundial de los Revisionistas Judíos. Hasta entonces, pensadores y políticos sionistas estaban de acuerdo en que se lograría la plenitud con la fundación del Estado judío, y esto ocurriría cuando la situación lo permitiera. Los revisionistas de Jabotinski pensaban que la creación del Estado judío debía ser inmediata y ocupando ambas márgenes del Jordán, lo que equivaldría, evidentemente, a la formación de un Estado judeo-árabe impuesto por la fuerza. Para ello proponían la educación militar y nacionalista de la juventud (movimiento juvenil Betar), la restauración de la Legión Judía y mayor actividad política exterior. La polémica continuó al estallar la Segunda Guerra Mundial. Las ideas revisionistas fueron pronto arrinconadas por los hechos. Era evidente para la mayoría de los sionistas que se evitarían persecuciones como la nazi si el Estado era sólo judío y contaba con garantías internacionales. Pero esta situación, muy clara en Palestina y aún en las perseguidas comunidades judías europeas, no era igual en Estados Unidos. Allí llegó, en abril de 1942, David Ben Gurión, presidente del Comité Ejecutivo de la organización sionista. Las noticias que traía de Europa eran catastróficas. El espionaje judío conocía los planes nazis formulados en la conferencia de Wansee respecto a la “solución final”: reclusión de todos los judíos en campos de concentración, separación de sexos, aniquilación por medio de trabajos forzados y exigua alimentación y adecuado “tratamiento” para quienes sobrevivieran a tales pruebas. Ben Gurión conmovió a su auditorio con narraciones como la del desgraciado buque Struma , que logró llegar a la “tierra prometida” con 668 judíos. Allí fue controlado por las autoridades británicas, que impidieron el desembarco de los pasajeros y los devolvieron a su punto de partida. El viejo Struma naufragó en esa singladura y perecieron todos sus pasajeros. El líder sionista había creado mucha expectación cuando reunió la Conferencia Sionista Extraordinaria el 11 de mayo en el hotel neoyorquino Biltmore. Allí, Ben Gurión consiguió que se apoyasen sus tesis: rechazo del Libro Blanco, derechos judíos a tomar parte en el esfuerzo bélico aliado [7] y creación de una patria para los judíos una vez concluida la guerra. Este programa nació con plomo en las alas. Muchos norteamericanos mostraban su reticencia respecto al tercer punto, suponiendo, con toda lógica, que la formación de un Estado sólo judío en Palestina chocaría con los intereses de la población árabe y con el panarabismo de los países circundantes, y que sería causa de conflictividad futura. Por su parte, los ingleses no retiraron el Libro Blanco, aunque hicieron la vista gorda docenas de veces.
La vida de la comunidad judía en Palestina durante la guerra estuvo atormentada por las noticias de los crímenes nazis y, hasta finales de 1942, por la amenaza militar alemana. Cuando Rommel llegó al Alamein en el verano de 1942, los judíos prepararon un plan de evacuación de ancianos y niños a Persia, mientras estudiaban la forma de combatir con todos los capaces de empuñar un arma. Pasada esta amenaza, quedó la angustia por lo que pudiera estar ocurriendo a amigos, parientes o compatriotas en los campos nazis de exterminio o por los rumores y bulos sobre la llegada de buques cargados de inmigrantes clandestinos. También hubo acciones terroristas, adiestramiento militar secreto, robos de armas, encuadramiento de grupos de acción...El 6 de noviembre de 1944 fue asesinado en El Cairo Lord Moyne, ministro británico de Estado, que en 1941 había sugerido la posibilidad de crear en Europa el Estado judío, oferta descartada rotundamente por los líderes sionistas. Se acusó del asesinato a los pistoleros del Irgun. [8] La situación económica judía en Palestina era boyante. Gran Bretaña compró durante dos años casi toda la producción palestina para satisfacer las necesidades de su ejército destacado en el norte de África y continúo las adquisiciones agrícolas masivas hasta el final de la contienda, hasta el punto de que en 1945 adeudaba a la comunidad sionista cerca de 190 millones de libras esterlinas. La evolución del censo judío en Palestina fue escasa entre 1939, año en que entró en vigor el Libro Blanco, y 1948, fecha de la creación del Estado de Israel. En esos nueve años llegaron a Palestina 153.000 inmigrantes judíos, cifra superior en 78.000 personas a las disposiciones británicas. Las autoridades sionistas pretendieron tener un millón de judíos en Palestina para cuando terminase la guerra, y apenas lograron contar con 600.000. El día en que partieron las tropas británicas, 14 de mayo de 1948, los judíos en Palestina eran aproximadamente un tercio de la población del territorio. Respecto a los judíos, la situación
internacional era de conmiseración y apoyo conforme se iban conociendo
los genocidios nazis. En los países americanos, en los Países
Bajos, en Francia, en los países eslavos, se levantó un clamor
en favor de los judíos. En la propia Gran Bretaña, los laboristas
de Attlee, recién llegados al poder, se mostraron partidarios de
la causa judía en Palestina. Irritados por el pangermanismo, que,
en general, inspiraba las simpatías árabes, llegaron a hacer
declaraciones en favor de una expulsión de los árabes palestinos
a los países limítrofes. En agosto de 1945, Truman pidió
a Attlee que admitiera 100.000 judíos en Palestina de forma inmediata,
y en diciembre, el Congreso de los Estados Unidos solicitó
a Londres que abriera Palestina, sin restricción alguna, a los inmigrantes
judíos. Un mes antes se había formado una comisión
anglo-norteamericana para estudiar de nuevo el problema planteado en Palestina
por el sionismo. Rápidamente cambió la situación internacional
y Londres mantuvo el Libro Blanco en vigor. Independientemente de sus simpatías,
persistían sus intereses económicos y estratégicos,
muy vinculados a los países árabes. En el interior, la vida en Palestina se complicaba. El terrorismo judío, fundamentalmente el del Irgun y el del Stern, se había adueñado de la calle. Puestos de policía, acuartelamientos militares, clubes de oficiales, almacenes británicos, patrullas, todo cuanto prometiera un botín de armas, dinero o promoción política, eran los blancos elegidos. La facción sionista ortodoxa,
la que tejía complejas tramas internacionales para llegar al Estado
de Israel por consenso mundial, estaba En 1946 la lucha se generalizó. Los árabes, que habían asistido impotentes y estupefactos al incremento de la violencia entre judíos y británicos, y que padecían los estados de sitio impuestos por la potencia administradora, decidieron pasar a la acción activa. En febrero se decretó en Palestina una huelga general. En mayo, jefes de Estado árabes reunidos en Egipto reafirmaron el carácter árabe de Palestina. En junio se reunía la Liga Árabe en Bludán (Siria), alcanzando acuerdos contra los intereses norteamericano-británicos en sus tierras, caso de no ser atendidas sus reclamaciones sobre Palestina. Ese año, el Irgun realizó el más importante atentado de su tremenda historia: la voladura del hotel King David, de Jerusalén, sede del gobierno del Mandato británico y de su Estado Mayor militar. Fue el 22 de julio de 1946. En represalia a un asalto británico a la Agencia Judía, que funcionaba en una legalidad consentida, de la que se llevaron comprometedores documentos, la Haganah permitió que el Irgun llevase a cabo esa operación, planeada con anterioridad. Los comandos del Irgun introdujeron en botes de leche 250 kilos de dinamita y gelignita, y los colocaron en los sótanos del ala sur del hotel, simulando un suministro de Café Regence, que se hallaba en los bajos de esa zona. Los botes estaban dotados de un mecanismo de relojería y de un sistema que impedía su desactivación. A las 12:10 de la mañana, los comandos del Irgun advirtieron de la colocación de los explosivos a la telefonista del hotel King David, a la redacción del Palestina Post y al consulado francés de Jerusalén. A las 12:37 se produjo la tremenda explosión que desgarró aquel ala del edificio hasta el tejado. Seis pisos de hormigón se desplomaron como una tarta de merengue. Más de 200 personas fueron afectadas gravemente por la explosión y murieron 91 de ellas. Aún hoy es difícil de explicar porque no fue evacuado el edificio. Las medidas policiales para frenar al Irgun fueron inútiles. Stern también contribuía a la oleada de terror. La Haganah, aún manteniendo una postura menos belicosa, no desperdiciaba un minuto para incrementar sus arsenales y mejorar su adiestramiento. Millares de armas y cientos de cartuchos eran robados. Cuando la policía británica capturaba a un terrorista no podía condenarle a muerte porque los terroristas judíos capturaban oficiales ingleses y amenazaban con ahorcarles si les ocurría algo a sus compañeros. Y así sucedió en varias ocasiones. Tras la ejecución de cuatro miembros del Irgun, esta organización asaltó la prisión de Acre, liberando a los prisioneros. Después de que ahorcaran a tres hombres suyos, el Irgun asesinó a dos suboficiales británicos, cuando ya en las Naciones Unidas se hablaba de la partición de Palestina. Éste era el panorama cuando,
el 17 de febrero de 1947, Londres anunció que iba a entregar su Mandato
sobre Palestina a las Naciones Unidas. El 28 de abril se abrió la
sesión especial de la ONU sobre Palestina, asistiendo como invitados
algunos miembros de la Agencia Judía. El caballo de batalla de los
debates que se sucedieron fue si el problema de Palestina estaba vinculado
al problema judío o éste era independiente de aquél.
Aquel mundo, anonadado aún por el genocidio nazi contra los judíos,
no pudo separar ambos temas, de modo que formó un Comité Especial
de las Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP), que dedicó
dos meses a estudiar el problema sobre el terreno. El 31 de agosto, el UNSCOP presentó su informe y dos planes. El primero proponía: a) la creación de dos Estados, uno árabe y otro judío; b)la admisión en Palestina de 150.000 inmigrantes judíos; c) la abolición de la ley que impedía la compra de tierras en Palestina a los judíos. El segundo plan, calificado de “minoritario”, sugería la formación de un Estado binacional árabe-judío, con autonomía para cada sector. En ambos casos se pedía el final del Mandato británico. En el primero, Jerusalén tendría un estatuto internacional y, en el segundo, sería la capital del Estado árabe-judío. Los árabes rechazaron el informe y ambos planes y amenazaron con la guerra si se llevaba a cabo la partición. Los sionistas se inclinaron por el primer proyecto. Londres se manifestó contra las sugerencias del UNSCOP. Washington apoyó las aspiraciones judías (por entonces, el presidente Truman necesitaba los votos judíos para ganar las elecciones de 1948). Moscú apoyó decididamente las aspiraciones sionistas. Su delegado en la ONU, Andrei Gromiko, invocó en la sesión del 26 de noviembre la histórica ligazón entre el pueblo judío y Palestina, los derechos sagrados de un pueblo a la supervivencia, tras veinte siglos de persecuciones y tras el holocausto provocado por los nazis. Tras cuatro días de tormentosas sesiones, el 29 de noviembre se acordó la partición de Palestina. Treinta y tres miembros, entre ellos Estados Unidos y la URSS, votaron a favor; trece en contra (Egipto, Siria, Líbano, Iraq, Arabia Saudita, Yemen, Afganistán, Pakistán, Irán, Turquía, India, Grecia y Cuba), diez se abstuvieron, entre ellos Gran Bretaña. Esa partición otorgaba a los
árabes la Franja de Gaza y una pequeña zona del Neguev, limítrofe
con el Sinaí, parte de Galilea, con más Totalmente contrarios a dicha partición, los pueblos árabes hicieron notar tanto antes como después de la votación que jamás aceptarían aquel juicio salomónico. Por los pasillos de las Naciones Unidas comenzó a pronunciarse en árabe una frase que ya ha perdido vigencia, aunque aún la formulan los dirigentes árabes más extremistas: “echaremos a los judíos al mar”. La reacción judía fue, por el contrario, de enorme júbilo. Ciertamente, las tierras que la ONU les entregaba no parecían demasiado abundantes para congregar en ellas al pueblo judío, pero sí suficientes para los que entonces se encontraban en la “tierra prometida” y para acoger al medio millón de judíos que aún estaban desplazados como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, los líderes sionistas no podían ocultar su preocupación por el inmediato futuro: Gran Bretaña anunció que el 15 de mayo de 1948 terminaría su Mandato y los árabes habían comenzado ostensibles preparativos bélicos para cuando partieran los ingleses. La guerra, pues, parecía inminente y la Haganah inició una preparación intensiva para hacer frente al previsible ataque árabe. En esa época comenzaron a fabricarse en Palestina –naturalmente, en la clandestinidad– algunos cañones de modelo anticuado, morteros, ametralladoras pesadas y armas individuales. Por otra parte, los líderes del sionismo pidieron inútilmente armas a Estados Unidos y a la URSS, aunque finalmente Moscú sugirió al gobierno checoslovaco que vendiera algunas a los judíos. Francia también aceptó vender excedentes de la Segunda Guerra Mundial. Antes de iniciarse el conflicto ya habían entrado clandestinamente varias docenas de cañones ligeros, ametralladoras y un millar de fusiles. Puede decirse que a comienzos de mayo de 1948 los judíos disponían de un armamento suficiente como para equipar de forma bastante completa a unos 45.000 hombres. Entretanto, Palestina vivía la guerra. Los encuentros armados y los asaltos a aldeas o establecimientos eran diarios. Los ingleses apenas podían controlar la situación, auténticamente apabullados por la violencia de ambos bandos, sobre todo por parte de los judíos, que aprovecharon aquellos meses para aterrorizar a la población palestina y crear problemas a los ingleses.
Entre los meses de enero y mayo, las dos comunidades enfrentadas comenzaron a tomar posiciones de cara a la partición de Palestina, al cese del Mandato británico y a la eventual guerra. Toda la estrategia judía estuvo encaminada al sostenimiento de las tierras que la partición de la ONU les concedía y a mantener Jerusalén, ciudad cuya internacionalización ni judíos ni árabes deseaban. Entretanto, los países árabes hacían llamamientos a los palestinos para que evacuasen los territorios ocupados por los judíos y evitaran encontrarse entre dos fuegos en las próximas hostilidades. El éxodo palestino continuó hasta la creación del Estado de Israel, dejando desiertas muchas aldeas. La mayoría de los beduinos del norte plantaron sus tiendas en la región concedida a los árabes o en el desierto del Neguev, suponiendo que la guerra no llegaría a esta desolada zona. Los judíos veían con alegría el éxodo de los palestinos, les evitaba temores de una “quinta columna” y limpiaba su territorio para el momento de la independencia. A eso había sido dirigido, en parte, su terrorismo, pese a que a última hora quisiesen cubrirse las espaldas ante la opinión pública internacional y lanzasen llamamientos a la población palestina para que permaneciesen en sus hogares, garantizándoles su seguridad. En ese periodo previo a la creación
del Estado de Israel, la lucha se centró fundamentalmente en el
control de Jerusalén. La ciudad estaba rodeada de zonas pobladas
por los árabes y dentro del territorio concedido por las Naciones
Unidas a los árabes. Dentro de la ciudad, la población era
prácticamente similar en ambas comunidades, hallándose los
barrios judíos entremezclados con los árabes. La primera medida
tomada por los palestinos fue incomunicar a los judíos de la ciudad
con sus zonas, cosa que resultó relativamente fácil. De cualquier
forma, el Palmach
[9]
logró mantener un pasillo abierto para el abastecimiento
de los judíos a costa de un gran esfuerzo. Este corredor, Tel-Aviv-Ramle-Latrun-Jerusalén,
sería el eje de la inmediata guerra. El último mes de la presencia británica en Palestina fue caótico. Árabes y judíos se enfrentaban en guerra abierta, mientras los ingleses preparaban su partida sin adoptar una política bien definida respecto a la resolución de la ONU, lo que terminaría acarreándoles el reproche de todas las partes en conflicto.
Los judíos también se sintieron perjudicados. Ben Gurión escribe: “[...] La Administración de Palestina se estaba desintegrando, pero aún trataba, directa o indirectamente, de impedir o al menos poner trabas para que la comunidad judía se defendiera. Oponiéndose a la decisión de la ONU, la Administración se negó a abandonar el puerto de Tel-Aviv el 7 de febrero; aunque su policía y su ejército evacuaron la región de Tel-Aviv, los barcos de guerra ingleses siguieron navegando frente a sus costas.” Tampoco los árabes se callaron sus quejas, pues aunque casi nunca se impidió a los comandos de liberación árabes la ocupación de fuertes que las tropas inglesas iban evacuando, a veces las tropas británicas se divirtieron situando a igual distancia a árabes y judíos, y viendo cómo ambos se precipitaban hacia las fortificaciones y combatían por su ocupación. Por otra parte, nunca pudieron tolerar que la potencia mandataria que el 15 de enero había firmado un tratado de amistad con Iraq y que vendía armas a Siria, permitiera la existencia de un auténtico ejército regular judío bien equipado, que operaba a la luz del día. Así estaban las cosas cuando el 14 de mayo de 1948, víspera de la conclusión del Mandato británico, se reunieron en Tel-Aviv los 13 miembros de la “administración nacional” sionista para redactar la Declaración de Independencia. El punto más debatido fue el de las fronteras. Según unos, en la Declaración se debía precisar los límites del nuevo Estado, tal como habían sido especificados en la declaración de las Naciones Unidas, según los restantes, que terminarían imponiéndose, esa precisión estaba fuera de lugar. La intención sionista era proclamar
la independencia de Israel en Jerusalén, mostrando claramente que
no renunciaba a la vieja capital judía. Sin embargo, la ciudad estaba
cercada y el tránsito por el corredor mantenido por la Haganah
era lento y peligroso. Por tanto, se decidió realizar el acto en
Tel-Aviv. A las cuatro de la tarde del mismo día se reunieron los
miembros del Consejo Nacional Judío, los representantes de la Organización
Sionista Mundial, dirigentes de los partidos, rabinos, jefes de las organizaciones
económicas y militares, artistas, literatos y periodistas, 200 personas
en total. David Ben Gurión leyó la Declaración de
Independencia y después el primer manifiesto del Consejo que, por
virtud de la Declaración, se convertía en el Consejo Provisional
del Estado. BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA
· Michel Warschawski, A tumba abierta. La crisis de la sociedad israelí , Editorial Icaria, Barcelona, 2004. NOTAS.- [1] Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 73-100. [2] El periodista e historiador español David Solar es divulgador de temas históricos, especialmente sobre historia contemporánea. Como periodista ha cubierto varios conflictos como la descolonización del Sáhara, con el antiguo Diario 16 , y posteriormente ha realizado trabajos para el diario El Mundo. Actualmente es director de la revista La Aventura de la Historia , donde ha publicado numerosos artículos. (Nota de la Redacción). [3] Literalmente, “subidas”. En la terminología sionista son subidas a Sión, es decir “oleadas de retorno”. [4] La primera es una granja colectiva donde todo es común, la segunda es mixta: comunes son los medios de producción y la comercialización del producto; privados, el trabajo, el salario y el consumo. [5] El dunum equivale a 10 áreas, es decir, 1000 metros cuadrados. [6] Censo oficial de 1931. [7] Se calcula que para entonces combatían en el ejército británico más de 30.000 voluntarios judíos, pero lo que deseaba la Agencia Judía era la creación de una unidad sionista, que fuera la base del futuro ejército de Israel; para eso, sus agentes estaban robando armas desde el comienzo de la guerra en los arsenales británicos de Oriente Medio. [8] Irgun Zvai Leumi, organización militar secreta fundada por V. Jabotinski en 1937. Su principal dirigente fue Menahem Begín. [9] Palmach, brazo armado de la Haganah, que en 1948 contaba con cuatro batallones y un total de 2.200 hombres. A Portada |
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