NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM

Redacción Alif Nûn




Introducción

Map Islamic World El nacimiento y posterior expansión de la comunidad musulmana ( Ummah [1] ) ha fascinado desde su inicio debido a la sorprendente rapidez con la que un reducido grupo de musulmanes procedentes de la Península Arábiga –un lugar atrapado entre el Imperio Bizantino y el Sasánida, dos de los grandes centros de poder político y económico de su época– fue capaz en menos de un siglo de extender su dominio y su influencia sobre buena parte del mundo conocido en el siglo VII d.C. A la muerte del profeta Muhammad en 632 d.C., la influencia del Islam apenas alcanzaba la totalidad de la Península Arábiga; menos de ochenta años después, en 711, los musulmanes cruzaban al oeste el Estrecho de Gibraltar, y por el este llegaban a los fértiles valles del río Indo. 

Desde Occidente, la explicación que se ha dado a este fenómeno ha sido, en la mayor parte de los casos y salvo honrosas excepciones, de una enorme simplicidad: el Islam es una religión de naturaleza violenta que permite a sus seguidores imponer sus creencias por la fuerza de las armas [2] . Por lo tanto, la conquista militar y la coacción habrían sido, desde este punto de vista, los factores fundamentales que explicarían la rápida expansión del Islam. 

El Islam, aunque por encima de todo es una religión que se ocupa del bienestar espiritual de sus seguidores, no ha escapado, como cualquier otra religión o ideología sin excepción, a las luces y las sombras de la historia. Sin embargo, si el Islam se redujese simplemente a un Imperio que se impuso por medio de la violencia y el poder militar, no habría sido capaz de convertirse en el modelo de vida para tantos millones de seres humanos. Otros imperios se construyeron en menos tiempo y fueron más extensos, pero no ocupan en la historia una posición tan central ni son objeto de tanta atención. El mismo régimen nazi conquistó por la fuerza de las armas casi toda Europa occidental y buena parte de la Unión Soviética y Europa del este en menos de tres años y, no obstante, su terrible ideología no fue capaz de sobrevivir. No queda más remedio, por tanto, que aceptar una pluralidad de factores, mucho más allá de la supuesta naturaleza violenta e intolerante de la ideología islámica, para poder explicar razonablemente el tremendo éxito del Islam como una religión y un sistema de vida integral que en la actualidad profesa una cuarta parte de la humanidad.

En este artículo trataremos de esbozar los factores que, desde un punto de vista estrictamente sociológico e histórico, han dado lugar al nacimiento y la expansión de la ideología islámica, sin aventurarnos a analizar factores de tipo psicológico y espiritual, que sin duda tienen una importancia capital pero que están más allá del objeto de este estudio.

La sociedad árabe preislámica [3]

Para entender correctamente el nacimiento del Islam [4] es necesario conocer las circunstancias históricas y sociológicas que sirvieron de caldo de cultivo y permitieron la aparición de esta religión.

El interior de la Península Arábiga en época preislámica estaba dominado por grupos tribales, algunos de los cuales eran sedentarios –este es el caso de los Banû Quraish, tribu a la que pertenecía el Profeta Muhammad– y ejercían el comercio o se establecían en enclaves fértiles donde era posible practicar una agricultura rudimentaria, mientras que otros eran nómadas que vivían del pastoreo y, eventualmente, del pillaje. Las fuentes nos hablan de grandes tribus cuyos miembros se consideraban descendientes de un antepasado común; no obstante, al margen de la veracidad histórica de dicho antepasado, debemos considerar estas tribus como agrupaciones que establecían entre sí alianzas políticas, legitimándose éstas en supuestos lazos de sangre. En determinadas circunstancias, estas alianzas podían cristalizar en confederaciones dirigidas por una familia, e incluso podían dar lugar a auténticas dinastías regias, como ocurrió en el caso de los Banû Lajm, quienes se asentaron en la frontera con el Imperio Sasánida o, a finales del siglo V d.C., el reino de Kinda, establecido en el centro de la Península Arábiga.

Estas tribus han continuado existiendo durante siglos, a veces en una misma región y otras veces ampliando su territorio. Los BanûArabia Preislamica Hilal son un ejemplo de cómo una tribu puede permanecer a lo largo del tiempo y dar un sentido de unidad a grupos de diversos orígenes, tanto árabes como beréberes. De igual modo, los nombres de Hasid y Bakil han continuado existiendo hasta la actualidad en el suroeste de Arabia. De este modo, podemos considerar a la tribu árabe como una amalgama de elementos dispersos en permanente estado de integración y desintegración. Si acercamos el objetivo hasta llegar a enfocar cada uno de dichos elementos, lo que descubrimos son los clanes. Éstos, a diferencia de los grandes grupos tribales, si pueden considerarse como una agrupación basada en verdaderos vínculos de parentesco. Reunían a familias extensas que, en el caso de los nómadas, se organizaban en torno a campamentos móviles que trasladaban sus rebaños de un lugar a otro en busca de mejores pastos.

En la organización interna de los clanes imperaba una sólida estructura patriarcal en la que el papel de la mujer era subalterno con respecto al hombre. La descendencia se establecía a través de una estricta línea paterna, y prácticas como la poliginia ilimitada y el repudio sin ningún tipo de cortapisas por parte del hombre hacia sus esposas configuraban una sociedad de clara preponderancia masculina.

El sistema legislativo se reducía a un conjunto de leyes no escritas que todos los clanes aceptaban en mayor o menor grado. Los vínculos de solidaridad eran los que permitían a los miembros del clan sobrevivir en un entorno donde las duras condiciones de vida exigían que los intereses individuales estuvieran sometidos al bien colectivo. A pesar de esa preponderancia de lo colectivo, cualquier individuo podía invocar la ayuda de su clan para defenderse de una agresión o del asesinato de un pariente por parte de un grupo rival. Gracias a este apoyo, el agredido o la familia de la víctima tenía derecho, si lo deseaban, a exigir una venganza basada en la Ley del Talión o, en su caso, a una compensación económica o en especies para reparar la ofensa, llamada “precio de sangre”.

En lo que respecta al panorama religioso de la Arabia preislámica, es muy difícil trazar una descripción única de las prácticas religiosas de sus habitantes. Ya de por sí, Asia occidental era un complejo mosaico de religiones que hasta cierto punto tuvo su reflejo en la sociedad árabe de los siglos V y VI d.C. De este modo, el Cristianismo había calado con cierta fuerza entre los grupos árabes establecidos en zonas cercanas a los grandes imperios. Por ejemplo, los Banû Gassân, grupo nómada que controlaba una amplia área que se extendía entre la margen este del río Jordán y el curso alto del río Éufrates, eran cristianos seguidores del dogma monofisita, mientras que los Lajmíes adoptaron la fe cristiana en su versión nestoriana [5] . También el Judaísmo había encontrado sus adeptos entre los árabes del sur de la Península Arábiga, así como en la región del Hiŷâz, lugar de nacimiento del Profeta Muhammad. Por otro lado, existen evidencias de que algunos árabes llamados hanif profesaban una forma de religión monoteísta, distinta al Judaísmo y al Cristianismo [6] . El resto de los árabes, es decir, la gran mayoría, practicaban ciertas formas de culto a los astros y tenían vagas nociones de la supervivencia del alma. El culto a los betilos, piedras informes en las cuales suponían que habitaba la divinidad, estaba muy extendido. La gente también acudía a determinados lugares de culto donde se celebraban fiestas y ferias en ciertos meses del año. El más famoso de estos santuarios era el de la Caaba, en la ciudad de La Meca [7] . Allí se ofrecía culto a cientos de divinidades, entre las que destacan Hubal, al-Lât, al-´Uzzà o al-Manât. Por lo general, la celebración de estos encuentros religiosos producía grandes beneficios económicos que eran controlados por las familias aristocráticas de las ciudades donde tenían lugar estas fiestas.

La Arabia preislámica y el mundo exterior

Sería erróneo pensar que la Península Arábiga era un territorio aislado del resto del mundo en la época preislámica. Es cierto que grandes áreas desérticas la separaban de las zonas más fértiles del Asia occidental, pero aparte de dichos desiertos no había otras fronteras naturales que la aislaran de Siria y Palestina por el norte, y de Mesopotamia por el este. Dueños de este desierto, las tribus árabes podían alcanzar estas regiones más ricas [8]

La influencia de los principales poderes políticos que dominaban en las regiones fértiles de Asia occidental se dejó sentir entre algunos árabes. En vísperas de la aparición del Islam, eran dos las potencias que rivalizaban por el dominio en la zona: por un lado, Bizancio, heredero en oriente del antiguo Imperio Romano, controlaba Siria, Egipto y la alta Mesopotamia; por el otro, el Imperio Sasánida, con centro en Ctesifonte, 30 km. al sureste de la actual Bagdad, dominaba la media y baja Mesopotamia, junto a los extensos territorios al este del río Tigris. Heredero de la gran tradición política y cultural persa, el Imperio Sasánida dejó una profunda impronta en las tierras que dominaba, una huella que habría de pervivir mucho tiempo después de la propia llegada del Islam.

Tanto bizantinos como sasánidas procuraron mantener buenas relaciones con los árabes vecinos a sus respectivos imperios. Siguiendo un precedente establecido por los emperadores romanos, Bizancio reclutó a árabes establecidos en las tierras limítrofes con Siria para que sirvieran como tropas encargadas de vigilar las áreas desérticas frente a los ataques de los nómadas del interior de Arabia. Durante el siglo VI d.C., el principal apoyo de Bizancio en estas regiones fue una confederación de tribus dirigida por los Banû Gassân. El valor estratégico que para Bizancio tenía la alianza con los Banû Gassân se incrementó debido a la rivalidad con el Imperio Sasánida. Los emperadores persas habían seguido una táctica idéntica a la de sus enemigos los bizantinos. No menos vulnerables a los ataques de los nómadas, optaron también por establecer pactos con los árabes establecidos en territorios vecinos a Mesopotamia. Estos árabes estaban regidos por la dinastía de los Banû Lajm y, al contrario de lo que ocurría con los Banû Gassân, sí contaban con un centro urbano de consideración: la ciudad de al-Hîra, situada cerca del Eúfrates, la cual llegó a su apogeo durante la primera mitad del siglo VI d.C. Las relaciones de estas dos tribus árabes con sus respectivos imperios distaron mucho de ser tranquilas, debido a interferencias provocadas por nuevas alianzas con otras tribus árabes establecidas más al sur.

Las regiones costeras del suroeste de Arabia, en la zona del Yemen, fueron también codiciadas por los dos imperios, debido a su relativa prosperidad agraria y su importancia estratégica en las rutas marítimas que atravesaban el Índico y el Mar Rojo. En este caso existía un tercer elemento en discordia: el reino cristiano de Axum, en Abisinia, con el que las poblaciones del sur de Arabia mantenían estrechos vínculos. Durante el siglo VI, los emperadores bizantinos acordaron alianzas con los monarcas de Axum con el fin de asegurar una ruta marítima para el comercio de la seda proveniente de Asia oriental que pudiera competir con la ruta terrestre a través de Asia central, amenazada siempre por los conflictos con el Imperio Sasánida. Los reyes de Axum comprendieron el papel estratégico que desempeñaba el Yemen en esta ruta, y decidieron incorporar este territorio a sus dominios durante la primera mitad del siglo VI. Sin embargo, el dominio abisinio sobre el sur de Arabia no llegó a ser muy prolongado, pues el gobernador de la región rompió al poco tiempo sus vínculos con el gobierno central. Su gobierno tampoco fue duradero: en torno al 570, el emperador sasánida conquistó la zona, estableciendo una especie de protectorado dependiente de Ctesifonte. En este flanco, los persas habían ganado la partida al Imperio Bizantino.

A comienzos del siglo VII, coincidiendo con la época de las primeras revelaciones recibidas por el Profeta Muhammad, el enfrentamiento entre bizantinos y sasánidas experimentó un recrudecimiento. Entre el año 605 y el 620, los ejércitos persas arrebataron a los bizantinos todas sus posesiones en Siria, Palestina y Egipto, y el futuro del Imperio Bizantino fue puesto en entredicho. Sólo la vigorosa reacción del emperador Heraclio (610-641) pudo invertir esta tendencia y los bizantinos pudieron iniciar una contraofensiva que les permitió recuperar sus antiguas posesiones entre los años 620 y 630.  [9]

No obstante, el esfuerzo bélico de Heraclio no pudo verse recompensado como él hubiera deseado. Poco tiempo después, bizantinos y sasánidas tuvieron que enfrentarse a la llegada de los árabes musulmanes. En buena medida, la influencia de ambos imperios en la Península Arábiga contribuyó a crear entre las tribus árabes el caldo de cultivo necesario para que en su seno surgiera un poder político bien consolidado, el cual sirvió de armazón protector de la nueva religión islámica y permitió que ésta pudiera dejar de ser una simple predicación a nivel local para convertirse en una religión con vocación universal que llevaría a los árabes a cambiar en los años siguientes todo el orden político y geoestratégico en la región. El Imperio Bizantino retrocedía hasta Asia Menor, dejando sus posesiones del Creciente Fértil en manos de los musulmanes [10] , mientras que el Imperio Sasánida se hundía estrepitosamente frente al avance musulmán, aunque dejaría una impronta cultural indeleble en el seno de la nueva civilización islámica.

El cambio social y en nacimiento de una nueva comunidad de creyentes

Ya hemos visto qué tipo de sociedad tribal era la árabe preislámica y cómo ésta se unifica a través de la figura de Muhammad y su nueva religión, pero ¿acaso esta nueva sociedad surgida del nuevo orden religioso tenía capacidad para emprender una masiva conquista militar? Algunos datos nos muestran que esto resulta bastante improbable. Tan sólo el factor demográfico nos indica que toda la población de la Península Arábiga –un desierto escasamente poblado– apenas alcanzaría una mínima fracción de la población contenida en los imperios bizantino o sasánida, los cuales disponían de unos espacios naturales con unas condiciones mucho más benignas para facilitar el poblamiento humano. La desproporción numérica entre los ejércitos de estos dos imperios, por un lado, y los musulmanes, por el otro, haría prácticamente inviable una victoria exclusivamente militar de estos últimos, a no ser que demos crédito al supuesto carácter “milagroso” de la conquista árabe.

Por tanto, ¿qué factores favorecieron la expansión del Islam? Tuvieron que darse un conjunto de condiciones adecuadas para que las masas que vivían en el Indostán, en Asia Menor, en Asia Central, en el Creciente Fértil o en el norte de África abandonaran sus creencias ancestrales para adherirse a la nueva fe. Para comprender la expansión del Islam es necesario comparar este movimiento de ideas con procesos históricos similares producidos en otras épocas en el un marco geográfico similar. La Roma imperial, por ejemplo, poseía un eficaz ejército que no dudaba en emplear cuando juzgaba necesario, pero a su vez fue portadora de unos valores civilizadores que transmitió con éxito a buena parte de los territorios bajo su dominio, valores que con en tiempo se convirtieron en una herencia fundamental para la construcción de todo el pensamiento occidental. Más recientemente, los Estados Unidos han construido su imperio [11] a partir de la conquista militar de su territorio a costa de los pieles rojas o los mexicanos y, sin embargo, gran parte del llamado american way of life (al margen de las simpatías o antipatías que pueda inspirarnos) no se ha impuesto a nivel mundial por la vía militar, a pesar de que el gobierno estadounidense ejerza la violencia siempre que lo considere oportuno para defender sus intereses.

De este modo, vemos como el Islam continuó su expansión por las altas planicies de Asia central y los márgenes del Océano Índico cuando en el siglo XIII ya no existía ni la sombra de una superioridad militar de los ejércitos musulmanes y la dinastía árabe abbasí estaba en franca decadencia. A partir del siglo XIII surge una nueva potencia militar dentro del mundo musulmán: el Imperio Otomano. Sin embargo, en todos los territorios dominados por los otomanos apenas se producen conversiones al Islam, salvo algunas poblaciones en la Europa balcánica [12] . Una vez más, se demuestra que el poder militar no fue un factor decisivo en la expansión de la ideología islámica. 

Hasta tal punto continúo la expansión por vías pacíficas, que los mongoles, los cuales invadieron y devastaron gran parte de los territorios musulmanes situados en Asia, terminaron por aceptar el Islam y fundaron una gran civilización musulmana la India [13] . Lo mismo se puede decir respecto a China, el sudeste asiático y África subsahariana, lugares donde el Islam se expandió fundamentalmente a través de las órdenes sufíes y los comerciantes. [14]  

Aunque sería ingenuo ignorar el factor militar, todo lo expuesto nos demuestra que las razones del éxito del Islam hay que buscarlas en un amplio y potente movimiento de ideas, unido a la crisis religiosa que existía en mayor o menor grado en las regiones donde el Islam cristalizó en un primer momento.

Con respecto al primer punto, es decir, las ideas-fuerza transmitidas por Islam, podemos decir que, como utopía espiritual que es, la nueva religión trajo consigo un tipo de fraternidad más amplia que la tribal y basada en la justicia social universal, uno de los principios generales más reiterados en el Corán. De este modo, el Islam dio lugar a una nueva forma de organización política y social construida esencialmente sobre el hecho religioso. Es decir, aunque la comunidad musulmana conservara elementos tomados de la antigua organización tribal preislámica, las nuevas normas que la rigen se van a fundamentar en la religión y no en los lazos de sangre. La unidad emerge como el gran pilar de cohesión social, frente a la disgregación tribal característica de la sociedad árabe preislámica. 

La religión musulmana trajo un nuevo orden teocrático de carácter igualitario: la soberanía pertenece exclusivamente a Dios y, parafraseando al Profeta Muhammad, “todos los seres humanos son iguales, como las púas de un peine”. Sobre esta doble vertiente se construyó una nueva cosmovisión en la cual la división entre poder político y poder religioso no tiene fundamento alguno.

Respecto a la crisis religiosa por la que atravesaban los territorios donde el Islam se fue estableciendo, descubrimos que tanto el Imperio Sasánida como el Bizantino se enfrentaban por aquel tiempo a profundas convulsiones sociales de carácter religioso que servirían de caldo de cultivo para una más fácil expansión del Islam. La mayor parte de la población del Imperio Sasánida profesaba el Zoroastrismo, religión que a finales del siglo V d.C. y comienzos del VI había sufrido una fuerte conmoción como consecuencia de la predicación de un reformador religioso llamado Mazdak, quien dio vida a un movimiento social con fuertes tintes revolucionarios, dejando una profunda huella en la sociedad. En el caso del Imperio Bizantino, la pugna era de otra índole. Cristianos de diversas confesiones (trinitarios, monofisitas, nestorianos, arrianos,...) se disputaban la hegemonía desde que se estableciera la doctrina trinitaria entre los concilios de Nicea (395) y Calcedonia (451). El Imperio Bizantino era el garante de la ortodoxia trinitaria, y la persecución y represión contra las “herejías” cristianas estaba a la orden del día, lo cual proporcionó una ventaja indirecta a la expansión del Islam. Cuando los musulmanes llegaron a Egipto, Siria y Persia, el pueblo los recibió como liberadores.

Conclusión

Con todo lo expuesto podemos afirmar que el nacimiento y posterior expansión del Islam fue el producto de una crisis de valores en la sociedad de su época, unido a la reafirmación de una serie de ideas-fuerza que encontraron un terreno propicio para expansión en aquellos lugares donde el Islam fue penetrando. Hemos tratado de trasladar los acontecimientos históricos y sociales a una escala humana para comprender que el triunfo del Islam como religión planetaria no ha sido el producto de un supuesto “milagro”, como tratan de hacernos creer algunos hagiógrafos, ni de una “imposición por la espada”, como se ha empeñado en afirmar buena parte de la historiografía occidental.

BIBLIOGRAFÍA
-    Bernard Lewis, Los árabes en la historia , Editorial Edhasa, Barcelona, 1996.
-    María Eugenia Aubet, Comercio y colonialismo en el Próximo Oriente antiguo , Editorial Bellaterra, Barcelona, 2007.
-    Jean-Pierre Claris / Chevalier de Florian, Compendio de la historia de los árabes , Editorial Extramuros, Sevilla, 2007.
-    Richard Fletcher, La cruz y la media luna , Editorial Península, Barcelona, 2005.
-    Henri Bresc, Europa y el Islam en la Edad Media , Editorial Crítica, Barcelona, 2001.
-    Albert Hourani, La historia de los árabes , Ediciones B, Barcelona, 2004.
-    Dolors Bramon, Una introducción al Islam: Religión, historia y cultura , Editorial Crítica, Barcelona, 2002.
-    Claude Cahen, El Islam. Desde los orígenes hasta el inicio del Imperio Otomano , Editorial Siglo XXI, Madrid, 2002.
-    Hans Küng, El Islam. Historia, presente, futuro , Editorial Trotta, Madrid, 2006.
-    S. M. Bloom / Sheila S. Blair, Islam. Mil años de ciencia y poder , Editorial Piados, Barcelona, 2003.
-    Juan Vernet, Los orígenes del Islam , Editorial El Acantilado, Barcelona, 2001.
-    John Victor Tolan, Sarracenos. El Islam en la imaginación medieval europea , Universidad de Valencia, Valencia, 2007.


NOTAS.-

[1] El vocablo árabe ummah procede de la misma raíz que la palabra “madre” ( umm).

[2] Ignacio Olagüe, Vicente Blasco Ibáñez, Américo Castro, Antonio Gala, Juan Goytisolo o Roger Garaudy, entre otros, son buenos ejemplos de autores occidentales cuyo análisis ha ido más allá de los simples eslóganes y frases prefabricadas respecto al Islam y los musulmanes. Véase, entre otras, obras como La revolución islámica en Occidente , de Ignacio Olagüe; A la sombra de la catedral , de Vicente Blasco Ibáñez; España en su historia: Cristianos, moros y judíos, de Américo Castro; Granada de los Nazaríes , de Antonio Gala; Reivindicación del Conde Don Julián , de Juan Goytisolo, o El Islam en Occidente, de Roger Graudy, por citar sólo algunos ejemplos.

[3] Para más información, véase Abdelatif Oufkir, “ Sociedad y cultura de la Arabia preislámica ”, en revista Alif Nûn nº 36, marzo de 2006.

[4] Desde un punto de vista religioso, el Islam, según los musulmanes, no tiene su origen con el Profeta Muhammad, sino que es la “religión primordial” que han profesado todos los profetas.

[5] Para más información sobre el Cristianismo entre los árabes, y sobre nestorianos y monofisitas, véase Joseph Maila, “ Los árabes cristianos (I) ”, en revista Alif Nûn nº 56, enero de 2008.

[6] En el Corán se dice que el Profeta Abraham era un hanif. Véase, por ejemplo, Corán 3: 67. 

[7] Según los musulmanes, la Caaba fue construida por el Profeta Abraham y su hijo Ismael, y en su origen estuvo dedicada al culto del Dios Único, pero con el paso de las generaciones su uso fue degenerando hasta convertirse en un panteón politeísta. Una de las misiones del Profeta Muhammad fue restituir el culto al Dios Único en la Caaba.

[8] El mismo Muhammad, antes de iniciar su misión profética,  trabajó como comerciante transportando caravanas de camellos hasta la región de Siria.

[9] El mismo Corán hace referencia a este hecho y pronostica, como así fue, la futura victoria de los bizantinos: “Los bizantinos han sido vencidos en los confines del país. Pero, después de su derrota, vencerán dentro de varios años. Todo está en manos de Dios, tanto el pasado como el futuro.” (Corán, 30: 2-4).

[10] Sobre la llegada de los musulmanes al Creciente Fértil y su pugna con el Imperio Bizantino, véase Roger Garoudy, “ La Palestina islamizada ”, en revista Alif Nûn nº 56, enero de 2008.

[11] Calificamos a Estados Unidos como imperio pues comparte con otros imperios que se han sucedido a lo largo de la historia una pretensión de dominio universal y de imposición, por vías violentas o de simple persuasión, de su sistema de valores y de sus intereses geoestratégicos, disponiendo además de los medios materiales para llevar a efecto, al menos en parte, estas pretensiones.

[12] Para más información, véase Redacción Alif Nûn, “ Política y sociedad en el Imperio Otomano ”, en revista Alif Nûn nº 34, enero de 2006.

[13] Los mongoles, siendo ya musulmanes, invadieron la India a comienzos del siglo XVI, combatiendo contra otros reinos gobernados por musulmanes, como el Sultanato de Delhi, y otros de religión hinduista. El factor religioso, por lo tanto, tuvo una importancia secundaria en la formación de este imperio. En efecto, los uzbecos –también musulmanes– aniquilaron casi por completo en 1507 a los mongoles en el área que había sido el centro de su poderío: la Transoxiana y el Jurasán. Perseguidas las tropas mongolas, éstas se retiraron al sur de la cordillera del Hindu Kush y decidieron aprovechar las discordias existentes en el subcontinente indio para invadirlo. Para más información sobre la India musulmana, véase Redacción Alif Nûn, “ La India musulmana: desde la llegada del Islam hasta la caída del Sultanato de Delhi ”, en revista Alif Nûn nº 38, mayo de 2006.

[14] Para saber más sobre la expansión del Islam en el África subsahariana, véase Lamine Sanneh, La corona y el turbante: el Islam en las sociedades de África occidental , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2001; Basil Davidson, “Los imperios musulmanes del África occidental ”, en revista Alif Nûn nº 33, diciembre de 2005; Ibrahim A. G. Panjwani, “ El Islam en África oriental: los musulmanes en Malawi ”, en revista Alif Nûn nº 36, marzo de 2006; Basil Davidson, “ Ciudades de coral ”, en revista Alif Nûn nº 45, enero de 2007. Respecto al Islam en Asia oriental, puede consultarse Michel Gilquin, Los musulmanes de Tailandia , Kálamo / Irasec, Madrid, 2004; Élisabeth Halles, Musulmanes de China , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2008; Redacción Alif Nûn, “ El Islam en Asia oriental ”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005.


A Portada
© 2008 KÁLAMO LIBROS, S.L.,  MADRID  (España)