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Estimados
lectores:
Frente al Islam
fanático y los musulmanes retrógrados que acaparan los titulares
de los medios de comunicación, existe otra dimensión del Islam
que permanece oculta y desconocida para la mayoría de los occidentales,
un Islam que ha prosperado a lo largo de catorce siglos y que ha dado lugar
a una de las civilizaciones más brillantes de la humanidad. En el
presente número de Alif-Nûn trataremos de presentar las bases
teológicas y metafísicas de este Islam tradicional, así
como algunos de sus logros materiales. El primer artículo de este
mes ofrece un panorama general de ese Islam tradicional que ahora se muestra
en franca decadencia, explicando sus diferencias con el moderno pensamiento
occidental y, lo que es más importante, con los actuales movimientos
fundamentalistas de corte islamista que tanto daño están haciendo
al conjunto de los musulmanes. El segundo artículo profundiza en las
diversas manifestaciones musicales, tanto a nivel culto como popular, que
se han dado en el mundo islámico tradicional y el impacto que significó
el contacto con occidente. Otro de los ámbitos de manifestación
de la civilización tradicional es el sufismo, y uno de sus principales
representantes ha sido sin duda el sheij Mahmud Shabestari, de cuya figura
nos ocupamos en detalle en nuestro tercer artículo de este mes. Para
terminar, les ofrecemos la segunda parte dedicada a los árabes cristianos,
centrándonos en esta ocasión en la situación de este
colectivo tras la colonización de Oriente Medio por parte de las potencias
occidentales y la creación de las modernas naciones-estado.
La Dirección.
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Si hace dos siglos un occidental –o
para el caso, un confuciano chino o un hindú de la India– hubiera
pretendido estudiar el Islam, no habría encontrado una única
tradición islámica. Tal persona podría haber descubierto
numerosas escuelas de pensamiento e interpretaciones jurídicas y teológicas,
e incluso sectas que se mantenían separadas del cuerpo principal de
la comunidad. Además, podría haber encontrado creencias y prácticas
tanto ortodoxas como heterodoxas. Pero todo lo que pudiera haber observado
–desde las palabras esotéricas de un maestro sufí a las sentencias
jurídicas de un ‘âlim (sabio), desde las estrictas opiniones
teológicas de un doctor hanbali de Damasco hasta las afirmaciones
poco equilibradas de algunas formas extremas de Shi‘ismo– pertenecería
en mayor o menor grado a la tradición islámica, es decir, a
ese único árbol de origen divino cuyas raíces son el
Corán y el Hadîz, y cuyo tronco y ramas constituyen el cuerpo
de la tradición que ha crecido a partir de esas raíces a lo
largo de unos catorce siglos en casi una cuarta parte de todo el mundo habitado.
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La música de la edad dorada
del Islam ha sido elogiada y descrita con gran detalle por filósofos
y escritores, pero cualquier intento de reconstruirla en la actualidad parece
enfrentarse con dificultades inevitables. Se transmitía oralmente
y no era anotada, por lo que dependemos por completo de la interpretación
de las fuentes literarias. ¿No podríamos intentar cubrir ese
hueco acudiendo a la música actual y usándola para aclarar
las fuentes? Después de todo, la música del mundo islámico
tiene un fuerte apego a la continuidad de la tradición. No obstante,
existen dos inconvenientes principales. En primer lugar, la música
de las distintas zonas ha ido adquiriendo un fuerte color local, por tanto,
¿qué variante deberíamos elegir como la más cercana
al original? En segundo lugar, el contacto con otras culturas ha afectado
radicalmente a la música islámica a lo largo de su historia.
De hecho, los archivos sonoros recopilados desde las primeras grabaciones
demuestran con claridad los cambios profundos y significativos que pueden
producirse en menos de un siglo. Aunque es verdad que los cambios provocados
por la presión moderna en las últimas décadas han sido
especialmente llamativos, esto no significa que no se hayan producido presiones
similares durante los trece siglos anteriores de tradición musical
islámica. Los estilos musicales de los países musulmanes actuales
deben verse, por tanto, como los diversos descendientes de la antigua tradición,
pero no como su imagen exacta.
La música islámica fue
el fruto de un afortunado encuentro entre diversas culturas musicales, produciendo
una “nueva música” que poseía características y conceptos
de todas ellas, con el elemento árabe actuando como catalizador. Este
encuentro, sin embargo, sólo tuvo lugar a nivel de la música
“culta”. Los diversos estilos étnicos y regionales iban a mantenerse
casi intactos, y de hecho han sobrevivido hasta hoy en día a la sombra
de la música culta, conservando su carácter particular, aunque
influyendo y siendo influidos por ésta de vez en cuando
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El sheij Sa’d-ol Din o Naŷm-ol Din Mahmud
ibn ‘Abdol Karim, conocido como sheij Mahmud Shabestari, es uno de las grandes
personalidades de la gnosis mística persa (‘erfân-e Irân).
Su gran renombre lo debe, en gran medida, a ser el autor de El jardín
del misterio y, a pesar de ello, se sabe poco de su vida.
Nace en la ciudad de Shabestar (Irán)
, bajo el reinado de Arqun Jân (r. 683/1284 a 690/1291), situándose
la fecha de su nacimiento alrededor de 687-688/1288-1289.
Tras un tiempo dedicado a los estudios
en la ciudad de Tabriz, comienza a viajar. Viaja a Egipto, Damasco, Heŷâz
y a otros centros islámicos de la época y, según parece,
viaja también a Kermân (sudeste de Irán), donde se casa
con una mujer de Kermân . El mismo maestro en su obra “La carta de la
felicidad” (Sa‘adat nâmah), en su biografía escribe:
Viajando a lugares como Egipto, Damasco
y Heŷâz,
¡oh, amigo!, recorrí día
y noche largos caminos.
Finalmente, el maestro regresa a Tabriz
y, en poco tiempo, se convierte en uno de los gnósticos más
reconocidos de su tiempo. Amir Hoseini Herawi, otro conocido gnóstico
de Jorâsân (noreste de Irán) del siglo VII/XIV, envía
una carta desde Herat en la que formula una serie de preguntas al maestro,
cuyas respuestas a dichas preguntas constituyen el contenido de El jardín
del misterio.
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Durante las Capitulaciones, las misiones religiosas occidentales
iban a beneficiarse de una amplia protección. Fue entonces cuando
las comunidades cristianas de oriente establecieron contactos duraderos con
las órdenes misioneras de occidente y las Iglesias autocéfalas
orientales fueron objeto de la lenta pero constante influencia de la cultura
latina.
Al margen del paréntesis
de las Cruzadas, las comunidades cristianas de ambas orillas del Mediterráneo
se conocían muy poco entre sí. Aunque las Cruzadas vieron
nacer las relaciones entre la Iglesia Católica Romana y los maronitas,
sin embargo dejaron amargos recuerdos, sobre todo entre los cristianos orientales,
después del saqueo de Constantinopla en 1204 . Aparte de la larga
y constante presencia de la orden franciscana, que se mantenía allí
desde las Cruzadas en “Tierra Santa”, las misiones católicas sólo
regresaron a oriente a partir del siglo XVII. Los capuchinos llegaron a
Alepo, en Siria, en 1625, y más tarde a la costa libanesa y a Irak.
Los jesuitas se establecieron en Estambul en 1609, y después en Siria,
Beirut y El Cairo. Los carmelitas llegaron a Alepo en 1626, los dominicos
se establecieron en Mosul en 1750, y los lazaristas sustituyeron a los jesuitas
cuando esta orden fue disuelta en 1773. La influencia latina hizo sentir
su presencia y trajo consigo dos consecuencias.
La primera fue
la creación de una red muy tupida de escuelas, instituciones de caridad
y núcleos de influencia latina. Las provincias del Imperio Otomano
iban a verse enredadas en una maraña de instituciones misioneras
de todo tipo. No todas las comunidades orientales aprobaron este hecho en
la misma medida, y algunas no lo aprobaron en absoluto.
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El que anda
ocupado con el mundo,
está privado de la visión del Amado.
La gente mundanal rinde culto a sus pasiones y deseos,
bebe vinagre pero actúa como si estuviera ebria.
Vaciar el corazón del deseo del mundo
es lo principal en la Senda,
lo secundario son las prácticas espirituales
y el recorrido interior y exterior.
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