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EL ISLAM MÁS PRODIGIOSO
[1]
Eugeni Casanova [2] ¡Por fin Samarcanda, la más altisonante de las ciudades de Oriente! Apenas tocar tierra pregunto por el Registán, el glorioso conjunto arquitectónico. ¿Cómo es posible que uno de los monumentos más antiguos de la ciudad quede junto a una gran avenida recta y no tenga ningún edificio al lado? Los soviéticos hicieron de las suyas arrasando entera la ciudad vieja y dejando sólo las casas emblemáticas. También levantaron una fuente ridícula delante del conjunto, y unas gradas. Avanzo para que tales excrecencias me queden a la espalda y me siento para contemplar el arenal (registán), que da cuerpo a la leyenda de Samarcanda. ¡Qué bella es! Para ver espectáculos así vale la pena hacer miles de kilómetros. En este punto se situó en otro tiempo el bazar, y en el lado norte, un caravansar; qué diferente debía de ser entonces, con los estudiantes de las tres escuelas coránicas dando vida a las piedras, y los mercaderes negociando...Los afortunados viajeros que visitaron este lugar antes de la revolución rusa lo describen como uno de los puntos más llenos de vida de Asia. Los restauradores excavaron tres metros
de tierra para recuperar la altura originaria de los edificios. En el interior,
sin embargo, sólo hablan las piedras –las baldosas, más bien:
nada les da vida, ya no hay estudiantes, ni fieles, ni tan siquiera transeúntes,
pero lo que se ve es formidable: los patios, los arcos, los arabescos,
la marquetería...en los 300 metros que hay desde el Registán
y la mezquita de Bibi Janum los feroces urbanistas del régimen trazaron
una calle recta, al final de la cual emplazaron el bazar. Los vendedores
son tayikos o uzbekos auténticos, pero todo da la impresión
de decorado. Antes florecía en ella una riquísima producción
artesanal, quizá la más importante de Turquestán;
ahora aquí no sabrían hacer ni una alpargata.
Junto al bazar postizo, la gran mezquita
de Bibi Jatum es hoy una ruina fantasmagórica. Fue ordenada construir
por Timur (el gran La mezquita fue pensada para albergar diez mil fieles; las posibilidades de la ingeniería de la época fueron forzadas al máximo y la estructura no aguantó. Poco después de ser completada empezaron a surgir grietas y en 1887, ya en estado ruinoso, un terremoto acabó el trabajo, hundiéndola. Hoy su esqueleto, como tantas cosas en esta ciudad, evoca otros tiempos. El mausoleo de Gur Emir es el tercer punto significativo de la arquitectura de esta ciudad. Se trata de un edificio pequeño, pero muy delicado. La cúpula que lo corona está recubierta –como todos los monumentos de la ciudad y del país –con azulejos de color turquesa (de ahí el nombre, el color de los turcos). A pesar de su belleza, éste es un mausoleo humilde para un caudillo tan notorio, y es que Tamerlán murió inesperadamente cuando todavía no estaba acabado el suyo en el pueblecito vecino de Shakrisabz, donde había nacido. Tras cinco horas de viaje, entro en Bujara
por una avenida repleta de rascacielos, y me parece un mal presagio. ¿Qué
debieron de hacer los soviéticos con la ciudad? Durante su época
de máximo esplendor, que corresponde a los siglos IX y X, en que fue
la capital de los persas samánidas, la urbe tuvo 300.000 habitantes,
250 escuelas coránicas y una biblioteca con 45.000 volúmenes.
La capital rivalizaba con Bagdad y era un centro de cultura internacional,
desde Al-Andalus al Yemen. La figura más notoria de este fecundo periodo
cultural fue Husain Ibn Abdulá Ibn Sina, conocido en Occidente como
Avicena, que recibió toda su formación en esta ciudad
[3]
. En 1220 Bujara fue conquistada por Gengis Khan, que practicó su política habitual de no dejar piedra sobre piedra. La ciudad todavía no se había rehecho cuando en 1370 fue conquistada por Tamerlán. En 1506 sufrió una nueva “visita”, esta vez por parte de los chabánidas uzbekos (como en Samarcanda, la población original de Bujara es tayika), que la convirtieron en su capital. Ésta llegó a su cenit a finales del siglo XVI, cuando dominó un área que comprendía los actuales estados de Uzbekistán y Tayikistán, y buena parte de Irán, Afganistán y Turkmenistán. La ciudad vivió en ese momento un segundo periodo de esplendor: tenía entonces 360 mezquitas y 80 madrasas, y acogía 30.000 estudiantes de todos los rincones del mundo islámico.
Me dirijo a pie al centro histórico y quedo deslumbrado. Se habla mucho de Samarcanda, cuando Bujara la supera veinte veces. Los edificios históricos, la gente, las calles, la atmósfera...todo es cautivador. Es un lugar vivo, una ciudad donde puedes dejarte ir sin dirigirte a ninguna parte, donde puedes pararte en cualquier rincón y gozar del espectáculo. Se ven a paisanos sentados tranquilamente –la mayoría vestidos a la usanza tradicional–, tumbados como pachás en la calle, al fresco, fumando narguiles o jugando al ajedrez en un escenario arquitectónico espectacular, pero de proporciones humanas. “Siéntate y toma algo”, me dice
un tipo con perilla y bonete mientras chupa con ganas una pipa. Debo reconocer
que quedo descolocado, una oferta así es inverosímil en un
punto de la vieja Unión Soviética. Me siento y me sirven
arroz sin mediar palabra. Estoy a la sombra de grandes árboles plantados
en el siglo XV, delante de una gran cisterna, de las que servían
para abastecer la ciudad, acompañado de gente amable y con monumentos
venerables en todas direcciones. Momentos así justifican un viaje.
El conjunto formado por la mezquita y el minarete Kalán, y la madraza
Mir-i-Arab es uno de los máximos exponentes de la arquitectura local.
El alminar –el más alto de Asia Central– mide 46,5 metros y fue levantado
en 1127. Impresionó tanto a Gengis Khan que fue el único edificio
que el mongol salvó de la piqueta. La ciudad está llena de
monumentos extraordinarios. Los antiguos decían que en Bujara la luz
va de la tierra al cielo. Los historiadores árabes la llamaron “el
paraíso del mundo”. El conjunto monumental de Jiva es exquisito.
Dentro de la ciudadela –Ichan Qala– cada edificio es un monumento, y todos
son bellísimos. Sin embargo, las piedras y los azulejos están
huérfanos de vida. Aquí los soviéticos preservaron
la vieja ciudad pero mandaron a sus habitantes al extrarradio. En Almaty, la capital de Kazajstán, tomo el tren que siguiendo uno de los ramales de la Ruta de Seda me introducirá en China, por la vieja senda por donde también penetró el Islam. Entro en realidad en un país turcomano y musulmán, el de los uigures, el Turquestán oriental –que los chinos llaman Xinjiang, la provincia del oeste [4] . La capital, Urumchi, es una ciudad inexpresiva.
La vía férrea se prolonga hacia el este por Dunhuang, donde hay enormes dunas arenosas, y Jiayuguan, el final histórico del imperio chino, donde finaliza la Gran Muralla y se encuentra un fuerte con tejados de pagoda que aparece en muchas fotografías. En Lanzhou reencuentro una comunidad musulmana en un barrio –donde hay tres mezquitas– que se encuentra junto al puente que cruza el río Amarillo, punto culminante de la Ruta de la Seda. La mayoría de los hombres llevan un casquete blanco. El vasto recorrido concluye en Xian, el final (o el origen) del gran itinerario comercial. Aquí se producía la seda. Esta fue una de las grandes urbes del mundo antiguo y capital de China para muchas de sus dinastías. En Xian de nuevo, el ansia de crear el hombre y la urbe nuevos del materialismo histórico ha dilapidado la ciudad. El único lugar entrañable del entramado urbano es el viejo barrio musulmán, donde la ruta caravanera dejó también testimonio de la última de las grandes religiones monoteístas. En él se cuece vida popular, con gente conversando en los cafés y grandes ollas de fideos en las calles. La joya arquitectónica del barrio es la mezquita, el más bello de los edificios religiosos que he visto en este país. Fue fundada nada menos que en 742, aunque las construcciones actuales son del siglo XIV. En un gran recinto con jardines hay diferentes
templetes y, al final del recorrido, la gran mezquita, con forma de pagoda.
Llego cuando acaba la oración. Sólo hay unos ancianos que
se calzan y abandonan el recinto en silencio. Quizá sean los últimos
de una saga que se inició un día lejano gracias al comercio
con Occidente.
NOTAS.- [1] Publicado en la revista Altaïr nº 10, marzo/abril de 2001. [2] Periodista y escritor, ha sido reportero de guerra y tiene publicados más de cuatro libros, entre los que se encuentran: Sahara, norte-sur, Un viaje monstruoso, Transiberiano y Ruta de la seda en tren. [3] Para más información sobre la figura de Avicena, véase Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico: desde los orígenes hasta el siglo XII en Oriente, Alianza Editorial, Madrid, 2000, págs 221-274; Henry Corbin, Avicena y el relato visionario , Editorial Paidós, Barcelona, 1995. (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre los musulmanes chinos, véase el monográfico de Alif Nûn sobre minorías islámicas , noviembre de 2002, y Redacción Alif Nûn, “ Islam en Asia Oriental ”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005. (Nota de la Redacción). A Portada |
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