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EL AUGE DE EUROPA Y LA RESPUESTA DEL
ISLAM
HASTA MEDIADOS DEL SIGLO XX [1] Francis Robinson y Peter Brown [2] El avance de los europeos
En los siglos XIX y XX los musulmanes
experimentaron una serie de desastres. La lenta erosión del poder
en los límites fronterizos de su mundo durante el siglo XVIII se
trocó en una decadencia galopante tan pronto como el imperialismo
europeo envolvió a su comunidad. Ello trajo consigo todo un rosario
de amenazas al corazón mismo de la civilización islámica:
misioneros cristianos, filosofías seglares, la doctrina El comienzo simbólico de la nueva era llegó con la invasión francesa de Egipto, en 1798. El ejército revolucionario representaba las nuevas fuerzas de la razón, del nacionalismo y del poder estatal; su acción compendiaba la nueva confianza de los europeos, que desde la época de las cruzadas no habían osado violar la situación del Mediterráneo oriental. A los tres años, británicos y otomanos habían expulsado a los intrusos; pero había empezado la vigorosa marcha europea hacia delante. En las islas del sureste asiático, el gobierno holandés se hizo con el control de la Compañía de la India Oriental en 1800 y extendió su autoridad por el archipiélago, en un proceso que terminó con la guerra de Aceh en 1908. En la India, los británicos eran reconocidos como la potencia suprema en 1818, y cuarenta años después controlaban a toda la población, ya fuera directamente, ya a través de príncipes indios. Las exigencias estratégicas de tan vasta posesión los empujaron hacia otros territorios musulmanes. Los afganos, favorecidos por su medio, sus hábitos belicosos y su posición de parachoques entre las ambiciones de la India británica y la Rusia zarista, fueron capaces de mantener su independencia. En el Golfo Pérsico, por otra parte, el poderío británico iba en constante aumento, al tiempo que crecía en el Irán meridional y a lo largo de las costas arábigas del Océano Índico. Más al oeste, la construcción del Canal de Suez en 1869 y la competencia europea por el poder, culminaron en el gobierno de amplios territorios muslímicos. En 1882 los británicos ocuparon Egipto, lo cual produjo, a su vez, el establecimiento en 1898 de un “condominio” anglo-egipcio sobre el Sudán del Nilo, en el que fueron los anglosajones los que ejercían realmente el poder. En la costa oriental africana compartieron las considerables posesiones de los sultanes de Zanzíbar con Alemania e Italia, mientras que lejos de allí, en la otra ribera del Océano Índico ya habían empezado hacia la década de 1870 a reforzar su hegemonía sobre los sultanatos de los diferentes Estados malayos.
A lo largo del siglo XIX, el Imperio
Otomano fue el único centro importante de poder en manos musulmanas.
Pero, incluso dentro del mismo, los islámicos fueron cayendo en manos
de infieles. Las potencias europeas, decididas a que ninguna de ellas tomara
ventajas sobre las demás, pusieron en juego todo tipo de recursos
financieros, políticos y militares para afianzar su influencia en el
imperio. El resultado directo de todo ello fue que los pueblos cristianos
de los Balcanes –griegos, serbios, rumanos y búlgaros– con el apoyo
de una u otra potencia europea, se sacudieron el yugo otomano, y las poblaciones
musulmanas asentadas desde tiempo atrás en sus territorios, perdieron
las tierras y a veces también la vida. Al estallar la Primera Guerra
Mundial, sólo quedaba Rumelia de lo que en tiempos había sido
el vasto imperio de Europa. La misma Gran Guerra vio cómo los pueblos
árabes empujaban a las fuerzas otomanas dentro de Anatolia y dividían
sus despojos con sus aliados franceses. En 1920 los otomanos, cuyos súbditos
eran ahora principalmente turcos, estaban combatiendo por mantenerse en
su terreno central de Anatolia, que los europeos intentaban desmembrar de
acuerdo con las estipulaciones del tratado de Sèvres, ocupando militarmente
ciertas zonas o creando una provincia griega cristiana en el oeste o un
Estado armenio cristiano en el este. Ése fue el momento de mayor
declive de la fortuna islámica. Ya no existía ninguna gran
potencia muslímica que pudiera proteger a la comunidad. Sólo
Afganistán, el Yemen y los musulmanes de Arabia central podrían
pretender algún tipo de independencia. Las grandes ciudades islámicas,
tan repletas de glorias pasadas –Damasco, Bagdad, El Cairo, Samarcanda– habían
sido conquistadas sin excepción por potencias infieles. Sólo
Estambul continuaba siendo libre, aunque ya sin la voluntad ni la capacidad
de asumir la dirección de los asuntos islámicos. El futuro,
además, no se vislumbraba nada prometedor.
Mas, con el desarrollo del poderío
europeo, al Islam se le reveló claramente la naturaleza fundamental
de los retos que se le Ésos eran los retos que cuestionaban la organización de la sociedad islámica y de sus valores. Y tanto más severos cuanto que el Islam, a diferencia de otras grandes religiones, establecía reglas de conducta social hasta en los detalles más nimios; Dios había gobernado con toda precisión la conducta de la primera comunidad muslímica de Medina. Ahora, en cambio, algunas de las creencias y prácticas más apreciadas en Europa parecían chocar violentamente con sus órdenes divinas. No obstante, ese cúmulo de desafíos
llegaba a nivel de Estado. Desde 1800, el problema apremiante para los musulmanes
era una cuestión de poder: el de regir sus propios destinos. El
instrumento capital del nuevo vigor europeísta Los musulmanes tuvieron que elegir. O
ignorar el reto europeo, en cuyo caso corrían el riesgo de una conquista
y, si eran conquistados, de una servidumbre continuada, o empeñarse
en sacar ventaja de las nuevas fuentes de poder que Europa había descubierto.
También podían aprender los nuevos conocimientos, adiestrar
nuevos ejércitos, construir nuevas fábricas, edificar la maquinaria
del Estado moderno y configurar una visión nueva y “moderna” del
mundo. Y, además, trabajar por la conciliación de todas esas
cosas con los modelos de una vida islámica, revelados en el Corán.
Sólo que, al hacerlo así, corrían el riesgo de
que las instituciones centrales de la sociedad islámica pudieran
marchitarse. La Sharia podía parecer superflua, los
ulamas y sufíes irrelevantes y los musulmanes ya no
sabrían cómo someterse. Pero se exponían, en su esfuerzo
por incorporar las nuevas energías en el entramado islámico,
a transformarse ellos mismos por obra de aquello que esperaban que podría
hacerlos fuertes, a convertirse simple y llanamente en una cáscara
islámica de lenguaje, memoria y cultura que envolviera un espíritu
secular, materialista y cuasi-europeo. NOTAS.- [1] Extraído de El mundo islámico, esplendor de una fe, Ediciones del Prado, Madrid, 1992, volumen II, págs. 130-134. (Nota de la Redacción). [2] Francis Robinson es profesor de Historia en el Royal Holloway College de la Universidad de Londres. Peter Brown es profesor de Historia Antigua y Arqueología Mediterránea en la Universidad de Berkeley, California. [3] Para más información, véase Víctor Morales Lezcano, “ Marruecos y Túnez: del protectorado a la independencia ”, en revista Alif Nûn nos 47 (marzo de 2007) y 48 (abril de 2007). (Nota de la Redacción). [4] Para más información sobre estos Estados islámicos subsaharianos, véase Basil Davidson, “ Los imperios musulmanes del África Occidental ”, en revista Alif Nûn nº 33, diciembre de 2005. (Nota de la Redacción). [5] Sobre la ocupación italiana de Libia y la posterior resistencia, véase el interesante largometraje dirigido por Moustapha Akkad, El león del desierto. (Nota de la Redacción). [6] Las discusiones filosóficas acerca de la conciliación entre fe y razón no han sido ajenas a la civilización islámica, y numerosos autores como Avicena o Averroes, por citar sólo unos pocos, debatieron sobre estos asuntos muchos siglos antes de la colonización europea. Para más información, véase Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico: desde los orígenes hasta el siglo XII en Oriente , Alianza Editorial, Madrid, 2.000. A Portada |
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