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Estimados
lectores:
El arte se ha revelado como una
de las actividades humanas que a lo largo de la historia mejor ha contribuido
a romper las barreras de los prejuicios raciales y culturales. Puesto
al servicio del poder, el arte se convierte en una terrible herramienta
de propaganda, pero cuando cumple su verdadera función, estimula
la creatividad y el espíritu humanos y permite que el autor de
la obra trascienda su condición individual y llegue a ser universal.
En el presente número de Alif Nûn trataremos de ilustrar
cómo la actividad artística, en sus diversas vertientes,
ha servido de puente de unión entre el mundo árabo-islámico
y el occidental, enriqueciéndose cada uno de ellos con las aportaciones
artísticas del otro. El primer artículo nos muestra el
impacto que la moderna literatura occidental ha tenido en la literatura
árabe del siglo XX, y el modo en el cual los autores árabes
han asimilado esta influencia para crear algo nuevo, con una personalidad
y un genio propios. Sin dejar de lado la literatura, en nuestro segundo
artículo nos trasladamos en el tiempo para tratar sobre ese lenguaje
mestizo que fue la literatura aljamiada, fruto de la síntesis cultural
que llevaron a cabo las comunidades mudéjar y morisca en la Península
Ibérica. Estos mismos mudéjares y moriscos fueron quienes
cruzaron el Océano Atlántico y se instalaron en toda América
Latina, llevando con ellos la impronta de su peculiar artesanía
y arquitectura, la cual se refleja en buena parte de las características
del arte colonial americano, tal y como explica en detalle el tercer artículo
del mes. Sin abandonar América, nuestro cuarto y último
artículo analiza el impacto de la presencia de las comunidades
árabes emigradas durante el siglo XX a las distintas sociedades
latinoamericanas y su reflejo en la literatura de aquel continente, mostrando
las diferentes posturas hacia lo árabe que se han dado entre los
más destacados escritores hispanoamericanos.
La Dirección.
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Los árabes
y occidente: una larga y complicada historia, y como tal tiene mucho
de conflicto, y mucho de amor y odio. La relación es tan vieja
como el Islam: la atracción y la repulsión han coexistido
de un modo alentador, y a veces de un modo trágico.
Hubo un tiempo, hace siglos, cuando “árabes y occidente” significó
guerras en España, Sicilia o Tierra Santa, pero también
supuso que los árabes impartieran sus enseñanzas a occidente.
No hace mucho, hubo un tiempo en el que “árabes y occidente” supuso
una coincidencia de intereses casi total, una cooperación en los
esfuerzos por un orden mundial soñado por los árabes con el
comienzo de este siglo, sólo para quedar defraudados veinte años
más tarde. Sin embargo, aunque por diferentes motivos y a unos niveles
insospechados, la relación nunca ha dejado de existir. Hace algo más
de cien años, los árabes comenzaron a respetar a occidente:
deseaban ponerse al nivel del mundo moderno. Occidente apreció esto,
pero estaba más interesado en las colonias, el comercio y las influencias
políticas. Este es el modo en el cual las fuerzas históricas
actúan: la relación entre naciones y entre culturas no es
un simple intercambio. Sin embargo, aunque de distinta manera, ambas partes
se enriquecieron en cierto modo. Mientras que, por motivos económicos
y estratégicos, occidente fue reemplazando poco a poco a los otomanos
en el mundo árabe; los árabes resurgieron de nuevo como nación,
inspirados no sólo en su propia historia antigua, sino en la historia
de las mismas naciones occidentales. Los ideales de la revolución
francesa, el liberalismo y la democracia parlamentaria de Inglaterra, o
la unificación de Italia y de Alemania fueron todos ellos ejemplos
a imitar. De este modo, la formación intelectual para los árabes
fue, ante todo, una fuerza política. Mientras los poderes occidentales
estaban ocupados en crear Estados árabes bajo su dominio, los pueblos
árabes buscaban cada vez más en su propia tradición.
Y todo lo que aprendieron de occidente hasta finales del siglo XIX lo pusieron
al servicio de su propia recuperación. Para los árabes, la
época moderna había comenzado. Y fueron unos comienzos repletos
de esfuerzos, conflictos y entusiasmo.
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La palabra
“aljamiado” procede del vocablo árabe ‘aŷamî, que hace referencia
a “todo lo que no es árabe”. En un contexto lingüístico,
se denomina ‘aŷamî a toda aquella lengua que no es el árabe,
y en el caso de al-Andalus, las lenguas ‘aŷamî o aljamiadas son
el conjunto de todas las lenguas romances habladas en la Península
Ibérica por las comunidades musulmanas.
Ciertamente,
el mapa lingüístico de la Península Ibérica a
la llegada del Islam a comienzos del siglo VIII merecería un estudio
más detallado. Se sabe que el territorio donde se hablaba la lengua
vasca era mucho más amplio que en la actualidad y que algunas
lenguas semíticas como el fenicio, muy similar al árabe,
podrían haber sobrevivido de un modo u otro en algunos lugares
de la costa levantina.
La evolución
de la lengua romance dentro de la comunidad musulmana de al-Andalus dependió
en gran medida del modo en el cual fue introducida la lengua árabe
en la Península, a la sazón su más importante competidora.
Si, como algunos afirman, se hubiera producido una invasión árabe
a gran escala y un desplazamiento de la población autóctona
a manos de los presuntos invasores, la lengua romance hubiese permanecido
viva solamente dentro de una minoría indígena sin influencia
sobre la masa de los ocupantes . Este es el caso, por ejemplo, de Estados
Unidos, Canadá, Australia o Argentina, donde las lenguas presentes
antes de las invasiones europeas han desaparecido casi por completo,
sin que exista apenas influencia mutua entre el castellano o el inglés
hablado en aquellos países y las distintas lenguas indígenas,
más allá de unos pocos topónimos.
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El arte mudéjar es fruto
del trabajo e instinto artístico de los artesanos musulmanes que
siguieron viviendo en los pueblos y ciudades del centro y noreste de España,
donde practicaban sus oficios tradicionales aún después
de la Reconquista de sus territorios por los norteños castellanos
y aragoneses. Durante los siglos XVI y XVII muchos de estos artesanos fueron
contratados y emigraron a las colonias españolas en las Indias,
tales como México, el Alto Perú (ahora Bolivia) , Nueva Granada
(hoy Colombia), Guatemala o Cuba. En estos países los edificios
públicos llevan hoy día claros indicios del decorado mudéjar
en sus azulejos y baldosas, y en sus rejas de hierro forjado o en su carpintería
. Esta influencia sigue hasta hoy en el trabajo de sus descendientes, los
artesanos contemporáneos, cuyo talento se manifiesta en las plazas,
mercados y edificios públicos de América latina. En los Estados
Unidos se encuentra este estilo en las “misiones” de California y Nuevo
México, en los hoteles turísticos construidos por los ferrocarriles
en la Florida a principios del siglo XX, y en mucha de la rica yesería
en el interior de los primeros cines.
Durante el periodo de gloria
árabe, la Península Ibérica formaba parte de un
mundo más amplio que se extendía desde el Atlántico
hasta las fronteras de China, al otro lado de Asia. El idioma árabe
representaba un símbolo vivo de esta unidad islámica y
pan-arábiga que vinculaba el mundo intelectual de aquella época.
En estos siglos, la cultura hispana se recordaba en árabe, mientras
que Córdoba, la capital andalusí durante tres siglos (756-1030),
fue la ciudad más brillante de Europa y la cuna de escritores,
artistas, estadistas y eruditos célebres.
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Dentro de
la historia que se nos enseña en Latinoamérica, se ignora
por completo la presencia árabe en España; lo que ella ha
significado durante tantos siglos de permanencia. De manera que muy poco
sabemos de cierto pasado de la España árabe, como si se tratara
de ocultar; aunque a todas luces es espléndido, ya que su legado
aún perdura en nuestro lenguaje, como ha dicho el poeta, escritor
y dramaturgo Antonio Gala en el prólogo a la Antología de
relatos marroquíes , publicada en Granada en 1985: “A centenares,
las más sonoras palabras de nuestro idioma son árabes”. La
misma influencia observamos en lo que clásicamente se ha denominado
las Bellas Artes, así como en la arquitectura y ciertas tradiciones.
Es como si este pasado se nos haya ocultado por un olvido, que yo lo estimo
intencionado, porque no es posible que a tantos profesores de historia no
se les ocurra hacer referencia a los alumnos de lo que ha sido en España
palanca de la historia y la cultura.
Es
interesante lo que nos dice la investigadora Luce López-Baralt en
su libro Huellas del Islam en la literatura española (de Juan Ruiz
a Juan Goytisolo) : “Muchos libros griegos, como los de Galeno, se salvan
para Occidente sólo gracias a la traducción árabe.
La Retórica y la Poética de Aristóteles y los Diálogos
de Platón son lecturas comunes para estos intelectuales privilegiados:
a través de Avicena y de Averroes sabemos que el aristotelismo y
el neoplatonismo pasan a Europa (verbigracia, a Santo Tomás) e influyen
en ella. Esta admirable labor de traducción, que dura generaciones
enteras, será, como señala acertadamente José Muñoz
Sendino, el ejemplo que siga en España Alfonso X ‘el Sabio’, tan
‘oriental’ en este sentido. Mientras Al-Rashid y Al-Ma´amün
de Bagdad estudiaban la filosofía griega y persa y la hacían
traducir, su contemporáneo en Occidente, Carlomagno, se esforzaba
por aprender a escribir su nombre. Este detalle elocuente nos habla de los
distintos grados de civilización que habían alcanzado Occidente
y Oriente por aquellos siglos.”
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LLENÉ UNA COPA CON MIS PALABRAS
Llené una copa con
mis palabras,
las destilé, las hice
fermentar, las dejé envejecer
y las escancié generosamente
en las bocas de quienes las
deseaban para expresarse.
Y dijeron amor y la mejor
broma,
y el deseo se tornó
en palabras
que salían de gargantas
de oro, de gargantas de plata,
en las que tarareaban las
palabras
y hacían albórbolas
en las bodas de nuestras aldeas...
Llené una copa con
mis palabras,
las destilé, las hice
fermentar, las dejé envejecer
y las escancié generosamente
en las bocas de quienes las
deseaban para expresarse.
Y dijeron odio y la broma
más amarga,
y la puñalada se tornó
palabra
que salía de gargantas
de cobre, de gargantas de plomo.
En ellas se carcajeaban las
palabras, ladraban,
y ladraban las prostitutas
en los arrabales de la ciudad.
Este es nuestro vino: nuestras
palabras destiladas
para que peregrinen por nuestras
entrañas,
para que las sintamos bullir
en nuestra sangre,
para que nos aterren las
visiones.
Escanciamos las palabras
con cicatería
a quienes nos aman y a quienes
nos odian
y les sueltan, como el vino,
el corazón y la lengua.
Os mantenemos ocupados,
al menos durante una noche,
con nuestras entrañas,
nuestra sangre y nuestras visiones.
Yabra Ibrahim Yabra
"Tammuz fi-l-madina"
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