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Poema
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Estimados
lectores:
La relación
entre religión y política en el mundo islámico es uno
de los asuntos que más desconcierta –y a la vez escandaliza– al moderno
pensamiento occidental. Desde Occidente a veces se olvida que en el Islam
jamás ha existido una Iglesia, en el sentido cristiano del término,
y que, por lo tanto, es difícil trasladar al mundo islámico
las mismas conclusiones obtenidas a partir las tensiones entre Iglesia
y Estado en Occidente. Por otro lado, cuando desde la modernidad se critica
la pretensión islámica de tomar partido en la administración
de los asuntos públicos, no suele tenerse en cuenta que la civilización
moderna es la primera en la historia de la humanidad que decide reducir la
religión al ámbito estrictamente privado. En este aspecto,
la moderna civilización occidental es, en cierto modo, una “anomalía”,
pues en el resto de civilizaciones humanas el sentido de lo sagrado ha impregnado
todos los aspectos de la vida cotidiana. Jesús de Nazaret dijo que
“mi reino no es de este mundo” y, sin embargo, denunció la corrupción
de los gobernantes judíos de su época y expulsó a los
mercaderes del templo; es decir, participó activamente en la sociedad
de su tiempo a partir de una postura religiosa muy concreta. En nuestra opinión,
el problema surge cuando, apelando a Dios, se aspira a instaurar un Estado
totalitario, y no cuando los creyentes musulmanes o de cualquier otra religión
pretenden participar legítimamente en política, expresando
libremente sus opiniones.
En el número de Alif Nûn de este
mes reflexionamos sobre esta delicada relación entre Islam y política
a través de diversos artículos. En el primero de ellos se aborda
este tema desde un punto de vista sociológico e histórico,
exponiendo los principios básicos del Islam sobre los que se basa su
actuación política; el segundo artículo profundiza en
las tensiones que se dan en algunos países musulmanes entre el Estado
laico moderno y la pretensiones políticas de algunos colectivos musulmanes,
para luego repasar cómo se han resuelto las contradicciones entre
poder espiritual y poder temporal en las teorías políticas del
Islam clásico. El siguiente artículo es la segunda parte del
publicado en el número anterior, donde se estudiaban las diferencias
entre el Islam moderno y el Islam clásico. En esta ocasión,
el texto se centra en demostrar cómo el Islam clásico posee
los elementos objetivos que permiten garantizar los derechos básicos
de los ciudadanos, sean éstos de la religión que sean, y critica
muy duramente las posturas políticas totalitarias de los modernos movimientos
musulmanes. Para terminar, el último artículo nos muestra como
se ha manipulado políticamente la poesía y otras manifestaciones
artísticas mediante un empleo partidista de la religión islámica
en el mundo árabe.
La Dirección.
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Los acontecimientos
que desde hace algo más de una década vienen agitando el mundo
árabe e islámico han convertido a éste en motivo de curiosidad
periodística e intelectual. La reafirmación de valores religiosos
con fines políticos ha motivado que muchas miradas busquen una nueva
consideración del proceso de cambio social que allí se está
dando. Para explicar ese proceso, Occidente suele recurrir a categorías
y conceptos sociales que no tienen nada que ver con la realidad de ese mundo,
precisamente porque en él las creencias religiosas, que se están
reafirmando sólidamente, se presentan como la única seña
de identidad frente a la dominación occidental que hasta hace poco
ha sufrido.
Esta influencia
de la religión en la vida diaria se ha dejado sentir tanto en la actividad
política como en la conducta personal, promoviendo el restablecimiento
de la única ley por la que un musulmán acepta regirse: la islámica.
Y es esto justamente lo que el llamado mundo occidental difícilmente
puede comprender, porque al exigir de la sociedad musulmana una separación
entre lo que los occidentales llaman Iglesia y Estado, están dando
muestras de un desconocimiento radical del Islam, en el que esas dos realidades
no existen como tales. Bernard Lewis lo ha denunciado claramente al
afirmar que hay una reiterativa y general aversión en Occidente a conocer
la naturaleza del Islam como un fenómeno religioso independiente, diferente
y autónomo. Esta actitud hacia el Islam persiste desde la época
medieval y se refleja, por ejemplo, en la nomenclatura adoptada para designar
a los musulmanes (moros, turcos, mahometanos) o en la muy frecuente interpretación
que se hace del Islam como un espejo del Cristianismo. Sin embargo, para
comprender la realidad del mundo árabe es preciso saber que en el
Islam los términos “religión” y “política” se hallan
estrechamente unidos y poseen una significación que no pueden tener
en los sistemas políticos occidentales
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Estudiosos musulmanes representativos
han tratado el tema de la relación entre religión y política
sin la concepción optimista según la cual los dominios privados
y público exigen una comprensión exclusiva y excluyente. El
contraargumento islámico, hoy tema frecuente en los medios de comunicación
y en los informes impresos de todo tipo , es sintomático del extendido
desencanto que ha generado el estado nacional como absoluto moral. Sin embargo,
los primeros nacionalistas musulmanes tuvieron que aguantar la presión
de las sospechas ortodoxas que los veían como promotores de las tendencias
usurpadoras del estado moderno. Así, en 1947, durante los debates constitucionales
que precedieron al establecimiento del estado de Pakistán, Muhammad
Ali Jinnah, su padre fundador y voz muy escuchada en la Asamblea Constituyente,
declaró su apoyo a una base laica, no religiosa, de la nueva nación:
“Podéis pertenecer a cualquier religión, credo o casta; esto
no tiene nada que ver con los asuntos del estado...Descubriréis –añadió
provocadoramente– que, con el transcurso del tiempo, los hindúes dejarán
de ser hindúes y los musulmanes dejarán de ser musulmanes,
no en el sentido religioso, porque eso es la fe personal de cada individuo,
sino en el sentido político, como ciudadanos del estado” . En un estallido
profético contra los reparos religiosos, Jinnah insistió en
que “Pakistán no va a ser un estado teocrático gobernado por
sacerdotes con una misión divina.”
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De acuerdo con
la teología moral akbarí, hay dos clases de mandatos divinos,
los cuales implican diferentes tipos de obligaciones humanas. Cada mandato
supone un modo distinto de acercarse a los creyentes de otras religiones.
El primer tipo de mandato divino concibe a éstos en un sentido universal,
como compañeros descendientes de Adán, el primer ser humano.
Según esta perspectiva, todos los seres humanos comparten los mismos
derechos y obligaciones naturales, los cuales se derivan del pacto contraído
entre Dios y la humanidad, antes de la creación de Adán. El
segundo tipo de mandato divino está dirigido más expresamente
al creyente musulmán en concreto. Regula las obligaciones que están
detalladas en la shari‘a, e incluye los versículos coránicos
acerca de la diferencia y la diversidad, los cuales separan a los musulmanes
de los creyentes en otras tradiciones religiosas. Estos versículos
hablan de las relaciones entre la comunidad musulmana y otras comunidades
religiosas, la relación teológica entre el Islam y otras religiones,
y las normas de interacción social, incluyendo las de la guerra.
Ibn ‘Arabi llama
al primer tipo de mandato divino, el más universal, Mandato Creador
(al-amr al-takwini) . Este mandato es “creador” porque toda la creación,
humanidad incluida, es producto de la bondad de Dios y de Su capacidad creadora.
Los versículos coránicos que mejor definen este mandato son:
“Mi misericordia abarca todas las cosas” (7:156); y “Su única orden,
cuando decreta la existencia de algo, es decirle: ‘Sé’, y es” (36:82).
Los nombres divinos de la misericordia, al-Rahman y al-Rahim, gobiernan el
Mandato Creador, porque la acción divina de crear –la concesión
de la existencia a partir de la no-existencia– es el acto más misericordioso
que Dios realiza. Lógicamente, el Mandato Creador es anterior al resto
de los mandatos divinos, porque es el que expresa de un modo más completo
la idea coránica de Unidad (Tawhîd). Según las condiciones
de este Mandato, el deber más importante del hombre es reconocer que,
en la medida en que es un ser humano y ha sido creado, tiene un Dios, un origen,
un antepasado (Adán) y una raza comunes, además de compartir
con el resto de seres humanos una misma naturaleza, dignidad y religión.
Esta religión es el Islam, en su sentido universal de reconocer y
someterse a las consecuencias de la dependencia ontológica del ser
humano respecto a Dios.
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En el origen de
la palabra “difícil” y en los fenómenos a los cuales hace referencia
en la poesía árabe preislámica, hay ciertas imágenes
que arrojan luz sobre la relación entre la poesía y sus oyentes.
Subimos una escarpada montaña; un camello rebelde rechaza que lo domen
y lo monten; la fruta que ansiamos es inaccesible; una nube está cargada
de truenos y relámpagos...estas imágenes son todo lo contrario
a la tranquilidad y la facilidad. Cuando los oyentes árabes escuchaban
una poesía “difícil”, éstas eran las imágenes
que acudían a sus mentes. Su inclinación natural los condujo
hacia una poesía que evocaba todo lo contrario a estas imágenes,
una poesía que pudiera ser asimilada sin esfuerzos ni dificultades,
como una nubecilla, un camino recto y sin desniveles, una fruta al alcance
de la mano o un dócil camello. El árabe demandaba una poesía
fácil que le permitiera dominarla intelectualmente, tomar posesión
de ella con los instrumentos cognitivos a su disposición. Cualquier
poema que no respondiera a esta exigencia era rechazado y calificado como
“difícil”, una palabra generalmente peyorativa. Se decía que
un poeta “difícil” tallaba una piedra, mientras que uno “fácil”
se sumergía en el mar.
Esta fue la relación
que prevaleció entre el poema y sus oyentes durante el periodo preislámico
de poesía oral . La misma relación continuó dándose
durante el periodo islámico, cuando, con la llegada de la escritura,
adquirió una nueva dimensión que podríamos describir
como ideológica. Cualquier debate sobre poesía árabe
debe tener en cuenta muy especialmente la actitud del musulmán hacia
su lengua. El árabe, lengua pagana antes del Islam, se convirtió
en lengua sagrada por medio de la revelación coránica, pero
no cambió en ningún otro aspecto. De este modo, el árabe
es la matriz o la madre de la Palabra de Dios y también de la poesía
preislámica, aunque ésta fuera pagana. Cuando esta Revelación
divina vino a ocupar el lugar de la inspiración poética, reclamó
ser la única fuente de conocimiento, y la poesía y los poetas
fueron desterrados de su reino. La poesía dejó de ser la palabra
de la verdad, tal y como proclamaban los poetas preislámicos. Sin embargo
–y esto merecería un estudio aparte– el Islam no suprimió la
poesía como una forma y un modo de expresión. Mas bien, anuló
el papel de la poesía y su misión cognitiva, dotándola
de una nueva función: celebrar y predicar la verdad introducida por
la revelación coránica. El Islam privó así a la
poesía de sus características del pasado –la intuición
y el poder de la revelación– y la convirtió en un instrumento
de comunicación.
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UNIDAD
Se ha hecho uno conmigo el universo,
sus párpados se visten con los míos.
Se ha hecho uno conmigo el universo,
con mi estar asombrado,
¿cuál de nosotros dos
inventará al otro?
Adonis
"
Canciones de Mihyar el de Damasco
".
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