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Poema
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Estimados
lectores:
Quizá
sean las manifestaciones artísticas uno de los aspectos más
evidentes a la hora de reconocer la originalidad de una determinada civilización.
Cuando visitamos cualquier país, durante algún tiempo puede
ocurrir que nos pasen inadvertidos algunos usos y costumbres de sus gentes,
pero difícilmente podremos ignorar la, según los casos,
grandeza o la modestia de sus construcciones civiles o religiosas. En
cierto modo, comprendiendo el arte de un pueblo podremos entender el espíritu
que lo anima y seremos capaces de percibir las transformaciones que se
operan en su modo de ver el mundo a través de la modificación
de su percepción de la estética. Mientras que en la Edad
Media, por ejemplo, los nuevos núcleos urbanos crecían en
torno a la iglesia o la mezquita, que de este modo se convertían
en el eje en torno al cual giraba toda la vida social de la comunidad;
en la actualidad, las nuevas promociones de viviendas, tanto en Oriente
como en Occidente, se levantan alrededor de la oficina bancaria que concede
los préstamos para la adquisición de dichas viviendas, y
al centro comercial de turno que satisface nuestros deseos consumistas.
Un cambio de perspectiva que es difícil ignorar.
El primero de los artículos de
este mes analiza los principios del arte islámico tradicional
y de algunas de sus manifestaciones más significativas, inscribiéndolo
en el marco del Tawhîd o Unicidad divina, idea central que atraviesa
toda la doctrina islámica. En el segundo artículo nos ocupamos
de una disciplina artística que en el Islam ha estado rodeada por
la polémica, pues muchos de los doctores de la ley han dudado sobre
su licitud. Nos estamos refiriendo a la música, y más concretamente
al estilo andalusí, nacido en el al-Andalus medieval, y del
cual es heredero buena parte de la tradición de música culta
en el norte de África. Sin abandonar el arte de al-Andalus, el tercer
artículo nos sumerge en la fantasía de unas de las construcciones
más notables de todo el mundo musulmán: la Alhambra de Granada.
El texto se centra en la suerte que corrió esta increíble
obra arquitectónica después de 1492, una vez que los musulmanes
dejaron de administrar la hermosa ciudad de Granada.
Difícilmente podríamos
ver construcciones de esta clase en un mundo islámico moderno
que, desde los rascacielos de Kuala-Lumpur hasta los centros financieros
de los países del Golfo o de ciudades como Casablanca, se ha visto
cada vez más absorbido por una modernidad respecto a la cual parece
que ya no puede darse marcha atrás. Nuestro último artículo
destaca las contradicciones de ese pensamiento islámico moderno
que ha olvidado mil cuatrocientos años de tradición y, en
contraposición, trata de recuperar los valores de un Islam clásico
que permitan a la comunidad islámica asumir la modernidad desde la
perspectiva de su propia tradición.
La Dirección.
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Cualquiera
de nosotros puede admirar la belleza serena y profunda de una mezquita,
o detenerse asombrado ante la prolija y complicada ejecución de un
arabesco decorativo, o evaluar el hermoso equilibrio que se desprende de
una composición caligráfica. Pero algo muy importante se nos
escapa en esas consideraciones estéticas generales: el espíritu,
la esencia subyacente en esas manifestaciones artísticas, el significado
que encierran.
El Islam es una cosmovisión, un modo de vida completo, y como no
podía ser de otro modo, el arte es un órgano vivo e interactuante
de ese todo. El Islam es uno en los elementos fundamentales de sus manifestaciones
estéticas, sea en una grácil mezquita magrebí, erigida
sobre un bosque de finas columnas, como en una sólida mezquita
de estilo mogol en el centro de la India. Comprender, entonces, el arte
islámico significará entender el Islam, penetrar en los
sentidos de su Libro, el Sagrado Corán, evaluar la jerarquía
metafísica del Profeta
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Como todas
las otras formas de la cultura, la música en Al-Andalus nació
de la fecundación recíproca del Oriente y el Occidente. Fenómeno
que se dio desde la más remota antigüedad.
Cuando el
Islam comienza a penetrar en la Península Ibérica a partir
de la primera mitad del siglo VIII, existía ya, en Oriente, una
rica literatura sobre teorías musicales. Con lo Omeyas de Damasco
(660-750), y bajo la influencia de las tradiciones siriacas, la música
árabe había cesado de ser la melopea rudimentaria de los camelleros.
Nacieron dos
escuelas, una en La Meca y otra en Medina. En ellas, por encima de los poemas
cantados preislámicos (los moallaqats) habían desarrollado
el verso medido (sobre todo el octosílabo), los cantos elegíacos,
y una forma de arte en la que la melodía conquista su autonomía
en relación al texto del poema.
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El monumento
civil cumbre del arte musulmán en España es, sin duda, la
Alhambra de Granada, y es también el más importante palacio
musulmán que se conserva en el mundo. El nombre de la Alhambra proviene
de una abreviación de Qal‘at al-Hamra (en árabe, “la fortaleza
roja”), que hace referencia al color de sus muros, hechos con la arcilla
de la colina sobre la que está construida, conocida como la Sabika.
La Alhambra está considerada como una de las joyas más preciosas
de la arquitectura y uno de los más bellos edificios de todos los
tiempos. No muy lejos de ella, hacia el noreste, se yergue el exquisito palacio
del Generalife, rodeado de un primoroso jardín, al que con razón
se llama en árabe Yannat al-arif (“Paraíso del alarife o arquitecto”).
Recientes estudios científicos demuestran la mística escondida
en la geometría de la Alhambra y la originalidad y belleza de la portentosa
decoración de entrelazados, estucos y alicatados azulejos del más
notable testimonio islámico de Europa. El Patio de los Leones es uno
de sus espacio abiertos más representativos. Igualmente, los jardines
del Partal y de los Adarves con sus rimeros de macetas floridas, con recortados
setos que bordean acequias, con estanques y fuentes cubiertos de nenúfares,
y todo un conjunto, esplendoroso y sutil, asomándose a la legendaria
ciudad, al blanco barrio del Albaicín, a las cumbres nevadas de la
sierra, y a la aceitunada apacibilidad de la Vega, confirman el refrán
andaluz: “Quien no ha visto ‘Graná’, no ha visto ‘ná’”.
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Dos son las más destacadas criticas vertidas contra la tradición
sufí por parte de sus modernos opositores musulmanes. La primera
es que el sufismo no representa el auténtico Islam. Supuestamente,
esto se debe a que sus enseñanzas no proceden directamente del Corán,
ni del Profeta Muhammad o de las primeras generaciones de musulmanes (al-salaf
al-salih). Según este argumento salafí , el sufismo seria
un “caballo de Troya” para justificar las innovaciones procedentes de civilizaciones
no islámicas como Grecia, Persia y la India. La polémica salafí
comenzó pronto en la historia del Islam, y a menudo se asocia con
los argumentos antisufíes de algunos eruditos de la escuela hanbali
como Ibn al-Yawzi (m. 1201), en su obra Talbis Iblis, o Ibn Taymiyya (m.
1328), en sus críticas contra Ibn ‘Arabi . Estos argumentos recibieron
un nuevo impulso durante el siglo XX por parte del reformador modernista
Muhammad Rashid Rida (m. 1935), quien editó los trabajos de Ibn Taymiyya
e influyó más tarde en ideólogos salafíes como
Hasan al-Banna (m. 1949), fundador de los Hermanos Musulmanes . Aunque descubrió
ciertos valores en lo que él llamó sufismo “puro”, Banna
condenó la tradición sufí en su conjunto por introducir
ideas extranjeras, tales como “las ciencias de la filosofía y la
lógica, y el pensamiento heredado de los pueblos antiguos.” Esto
lo llevo a afirmar que “en nombre del sufismo se dejó el paso abierto
para que cruzaran la puerta los ateos, los apóstatas y los corruptores
de la fe.”
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EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS
¿Habéis sentido,
en la noche de estrellas perfumada
algo más doloroso que su triste gemido?
Todo reposa en vago encantamiento
en la plata fuida de la luna.
Entre el olor a nardos que se aspira en el viento,
la frescura del agua es como una
mano que refrescase la sien calenturienta...
¡La voz del agua es santa!
Quien la profunda música de su acento adivina
comprenderá algún día la palabra divina.
¡El agua es gula donde Dios sus misterios canta!
La sangre de Granada corre por esas fuentes,
y en el hondo silencio de las noches serenas,
al escuchar sus músicas sobre los viejos puentes
la sentimos que corre también por nuestras venas...
Francisco Villaespesa (1877-1936)
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