LA ALHAMBRA DE GRANADA [1]

Introducción

Alhambra

El monumento civil cumbre del arte musulmán en España es, sin duda, la Alhambra de Granada, y es también el más importante palacio musulmán que se conserva en el mundo. El nombre de la Alhambra proviene de una abreviación de Qal‘at al-Hamra (en árabe, “la fortaleza roja”), que hace referencia al color de sus muros, hechos con la arcilla de la colina sobre la que está construida, conocida como la Sabika. La Alhambra está considerada como una de las joyas más preciosas de la arquitectura y uno de los más bellos edificios de todos los tiempos. No muy lejos de ella, hacia el noreste, se yergue el exquisito palacio del Generalife, rodeado de un primoroso jardín, al que con razón se llama en árabe Yannat al-arif (“Paraíso del alarife o arquitecto”). Recientes estudios científicos demuestran la mística escondida en la geometría de la Alhambra y la originalidad y belleza de la portentosa decoración de entrelazados, estucos y alicatados azulejos del más notable testimonio islámico de Europa. El Patio de los Leones es uno de sus espacio abiertos más representativos. Igualmente, los jardines del Partal y de los Adarves con sus rimeros de macetas floridas, con recortados setos que bordean acequias, con estanques y fuentes cubiertos de nenúfares, y todo un conjunto, esplendoroso y sutil, asomándose a la legendaria ciudad, al blanco barrio del Albaicín, a las cumbres nevadas de la sierra, y a la aceitunada apacibilidad de la Vega, confirman el refrán andaluz: “Quien no ha visto ‘Graná’, no ha visto ‘ná’”.

El dominio musulmán en la Península Ibérica duró, con variaciones en los límites territoriales, hasta 1492. Además, muchosPlanta Alhambra musulmanes vivieron en España bajo dominio cristiano y, por lo menos hasta el siglo XVI, las influencias artísticas y culturales islámicas florecieron al servicio de los príncipes católicos. A pesar de casi ocho siglos de autonomía musulmana y de una cultura en sumo grado islamizante, quedan muy pocos monumentos islámicos en España y casi ninguno en Portugal. Los que se conservan sirven, sin embargo, para ilustrar, no sólo la riqueza cultural y espiritual del pueblos y los gobernantes del Islam en España, sino también la arquitectura de otras partes del mundo islámico, donde con frecuencia han desaparecido monumentos importantes. Así pues, el palacio real y los jardines nasríes de Granada sugieren no sólo otros palacios desaparecidos de la España islámica, sino además los conjuntos no conservados del Irak abasí (749-1258), del Egipto tuluní (868-906) y fatimí (969-1171), de la Palermo islámico-normanda (como el Palacio de Ziza, siglo XII) y de muchas otras sedes, especialmente las magrebíes, en Marruecos y Argelia.

Historiografía de un palacio

El historiador y diplomático norteamericano de origen escocés, Washington Irving (1783-1859) escribe en su libro Crónica de la conquista de Granada:

“Los salones ocupados hasta hacía poco por los infieles enturbantados, estaban ahora llenos de damas distinguidas y de cortesanos cristianos, que recorrían con viva curiosidad aquel palacio de tanto renombre, admirando sus patios rebosantes de verdor y sus fuentes que manan sin cesar; sus salas decoradas con elegantes arabescos y adornadas con inscripciones, y el esplendor de sus techos dorados y pintados de brillantes colores.” [2]  

Gracias a este tipo de relato dramático, la Alhambra penetró en la imaginación romántica y popular, en la época en que España se convertía en un país accesible para los literatos franceses o para los aristócratas ingleses en busca de pintoresquismo. Poco antes de Washington Irving, el escritor francés François René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848), había narrado los legendarios romances y trágicas batallas del Último Abencerraje [3] , novela aparecida en 1826. en Los Orientales (1829) del escritor y revolucionario francés Víctor Hugo (1802-1885) y en algunas de las más inspiradas páginas en verso y en prosa de su compatriota Théophile Gautier (1811-1872), en 1840 y más adelante, la Alhambra y, por extensión, Granada, se convirtieron simultáneamente en símbolos de exotismo y en ideales estéticos de belleza de la forma; en un “paraíso terrenal”, tal como Gautier la llamó [4] , o en un lugar de “bárbara magnificencia”, según Washington Irving [5] . Estas románticas asociaciones creadas por Irving, Chateaubriand, Gautier y muchos otros, tuvieron también como eco los innumerables hoteles, bares, cines y teatros llamados Alhambra o Granada en los cinco continentes.

El escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875) visitó la Alhambra en 1862:

“Aquello era delicioso, pero muy pequeño; no hallé la grandeza y el espacio que había imaginado. Sin embargo, según iba avanzando por debajo de aquellos arcos y a través de aquellos patios y salas, tenía la sensación de que el espacio se dilataba.” (Viaje por España).

Otro escritor, el anarquista norteamericano Jack London (1876-1916), nos brinda un sorprendente testimonio. A modo de prefacio, en un breve texto autobiográfico titulado Mi vida , evoca que en 1885, a los nueve años de edad, deslumbrado por la lectura reciente de los Cuentos de la Alhambra de Irving, decidió construirse con los ladrillos de una chimenea “una pequeña Alhambra privada, con sus torres, sus patios, sus miradores y demás detalles.”

Cour Alberca Tal vez con un encanto más sutil que los escritores, los pintores y paisajistas del tipo del francés Gustave Doré (1832-1883), el escocés David Roberts [6] (1796-1864) y otros como Girault de Prangey, Fred J. Lewis, Vivian, Bucknall, Asselineau..., dieron al mundo imágenes inolvidables de la Alhambra y acrecentaron notablemente su fama. Desde 1807 a 1889, numerosos y prestigiosos viajeros europeos y norteamericanos llegaron a Granada con el objetivo primordial de conocer la tan ponderada fortaleza roja de los musulmanes: Chateaubriand, Alejandro de Laborde, Washington Irving, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Théophile Gautier, Richard Ford, Edgar Quinet, Edmundo de Amicis,...

Hasta los primeros años del siglo XIX, paradójicamente, la Alhambra era una ilustre desconocida hasta para los propios españoles. En la época islámica, la fortaleza era capaz de albergar en su recinto exterior un ejército de cuarenta mil hombres. Cuando cayó en poder de los cristianos, la Alhambra fue habitada por los monarcas castellanos. Dentro de su perímetro amurallado, el emperador Carlos V comenzó a construir un monumental y pesado palacio, discordante con las armónicas líneas de la arquitectura islámica, que dejó inconcluso debido a los periódicos terremotos que conmovieron por aquel tiempo a Andalucía. Los últimos soberanos residentes en la Alhambra fueron Felipe V y su esposa, la reina Isabel de Parma, a principios del siglo XVIII, quienes se prodigaron en cultivar sus jardines y mantener las instalaciones. A su partida, el solar caería en las más completa desolación. Los magníficos salones se vieron en ruinas, los primorosos jardines destruidos e invadidos por la maleza, y el agua cantarina de las fuentes dejó de brotar. Dice Irving:

“Gradualmente fue ocupando los pabellones una población vaga y relajada: contrabandistas que se valían de la independencia de jurisdicción para matutear atrevidamente a gran escala, y ladrones y picaros y holgazanes, que convirtieron la fortaleza en refugio, dentro de cuyo asilo tramaban despojos y organizaban robos contra Granada y su vecindad.” [7]  

En el marco del enfrentamiento franco-británico de 1793-1815, el ejército napoleónico entró en Andalucía en enero de 1810. El comandante militar de Granada, Horace Sebastiani, un general revolucionario, quedó fascinado al descubrir los edificios musulmanes que dominaban las alturas de la ciudad y decidió instalar su comando en la fortaleza roja. La Alhambra, desierta y colmada de escombros, fue casi totalmente cubierta y restaurada. Los galos sacaron del abandono y la ruina al glorioso y legendario vestigio de la bizarría y del poderío musulmán español. Repararon los techos, amparando así los salones y las galerías contra las inclemencias y la acción destructora del tiempo; los curtidos zapadores y pontoneros se convirtieron en jardineros creativos que recomponían setos, estanques, conteros y plantaban arbustos y macizos de flores; restableciendo el sistema hidráulico que permitió que las fuentes y surtidores volvieran a fluir alegremente. Al tratar de preservar la Alhambra, esos soldados de Napoleón recuperaron para España el más bello y atrayente de sus monumentos históricos.

El siglo XIX descubrió a los asombrados granadinos la existencia de una ciudadela más gloriosa, portentosa y muchísimo más bella y elegante que la urbe donde habitaban, la cual los haría célebres en el mundo entero. Finalmente, en 1920, el arquitecto e islamólogo Leopoldo Torres Balbás restauró el edificio y le confirió el aspecto actual, sin duda romántico pero históricamente equívoco, ya que las estancias palaciegas prevalecen sobre la fortaleza. La Alhambra era una acrópolis concebida con fines preferentemente militares.

La joya más hermosa del Islam en Europa

El origen remoto de la cumbre fortificada de la Granada islámica data del siglo XI. Fue cuando uno de los últimos soberanos ziríes, Badis Ibn Habbús, hizo construir un palacete y algunos jardines dentro de un recinto fortificado, frente al palacio de su dinastía, ubicado en el lado sur del río Darro. Pero sería Ibn al-Ahmar, de nombre propio Muhammad, perteneciente a una noble familia musulmana que de antiguo se había establecido en Arjona (Aryúna), en la cora de Jaén (Yayyán), el primitivo fundador de la Alhambra. Era descendiente de Sad Ibn Ubada, compañero del Santo Profeta. Uqail Ibn Nasr, tío de Muhammad, fue el primero de la familia que tomó el apelativo de al-ahmar , que quiere decir “el rojo”. Los occidentales llaman nazaríes a los nasríes, a los que los musulmanes granadinos conocían como alhamares (los rojos) [8] .

Dice la prestigiosa escritora mexicana Ofelia Garza del Castillo en la introducción del famoso libro de Irving:

“La grandeza de la Alhambra comienza en 1238, cuando Muhammad ben Alahmar, de la dinastía nasarí, se apoderó de Granada, después de haber dominado Jaén, Baeza y Guadíx.

Cuando Muhammad y su gente de armas llegaron a tierra granadina, quedaron extasiados ante la belleza del suelo que pisaban; sus vegas, su exúbera vegetación, la nieve eterna de los picachos de la Sierra Nevada y el agua que corría abundante en el Darro produjeron en ellos emoción indescriptible. Habituados a vivir en tierra inhóspita, nómadas en el desierto por necesidad y por atávica costumbre, los árabes, que llegaban de tierras ayunas y carentes de vegetación, se dejaron conquistar por el suelo de Granada. Y aquellos hijos del desierto, soñadores y poetas por naturaleza, encontraron en Granada lugar propicio para realizar sus sueños, y en la vegetación y las aguas, anticipados deleites del paraíso ofrecido por Mahoma.”  [9]

Muy relevante es el testimonio del investigador e islamólogo de origen suizo convertido al Islam, Titus Burckhardt:

“...el arte de la Alhambra encontró su continuación directa en el norte de África y ahí se mantuvo vivo. La mezquta de París, que fue construída en los años veinte de nuestro siglo por artesanos marroquíes, muestra todavía toda la belleza del arte árabe granadino.

En el Islam no existe diferencia esencial entre el arte religioso y el arte civil; una habitación es siempre al mismo tiempo un lugar de oración, en el cual se pueden ejecutar los mismos ritos que en la mezquita. ‘La pila de agua en mi centro –reza una inscripción en la Sala de Embajadores o del Trono– se parece al alma de un creyente, hundido en el recuerdo de Dios’.

Patio Leones El Patio de los Leones es una imagen del paraíso, pues es originalmente un ortus conclusus , un jardín rodeado de muros, y todo jardín de este tipo es, en el Islam, una imagen del paraíso, cuyo nombre coránico al-yanna encierra los dos significados de ‘jardín’ y  ‘lugar oculto’. Hay que imaginarse las superficies entre las cuatro corrientes de agua que hoy están cubiertas de arena, como arriates cubiertos de arbustos florecientes y hierbas aromáticas. Al plano del jardín paradisíaco pertenecen siempre los cuatro ríos del paraíso que corren hacia los cuatro puntos cardinales o, procedentes de ellos, hacia el centro. Las corrientes de agua del Patio de los Leones nacen en las salas que se abren hacia el norte y hacia el sur y debajo de los baldaquines pétreos, justo al este y al oeste. El suelo de las salas se encuentra a un nivel más alto que el del jardín, así el agua que descansa primero en pilas redondas corre bajando por los umbrales hacia la fuente, donde se estanca alrededor de los leones para hundirse. Si alguien se lavaba en una de sus pilas, el agua permanecía siempre limpia y pura.” [10]


NOTAS.-

[1] Extracto del artículo publicado en la revista El Mensaje del Islam nº 10, diciembre de 1993. Para conocer en más detalle el conjunto monumental de la Alhambra y su historia, véase L. Benavides-Barajas, La Alhambra bajo la media luna , Editorial Dulcinea, Granada, 1999; Oleg Grabar, La Alhambra. Iconografía, formas y valores , Alianza Editorial, Madrid, 2006; Gonzalo M. Borrás, La Alhambra y el Generalife , Anaya, Madrid, 2003; Fernando Aznar, Guía de viaje al arte hispano-musulmán , Anaya, Madrid, 2005; Antonio Enrique, Tratado de la Alhambra hermética , Editorial Port-Royal, Granada, 2005; Mª Elena Díaz Jorge, La Alhambra y el Generalife: guía histórico-artística ,  Universidad de Granada, Granada, 2006; Pedro Salmerón, La Alhambra, estructura y paisaje , Editorial Almuzara, Córdoba, 2006; (Nota de la Redacción).

[2] De la edición en inglés, Filadelfia, 1829, vol. I, pp. 648 y ss.
Veáse también Miguel Ángel Monleón Viana, Cuadernos secretos de Washington Irving , Editorial Almuzara, Córdoba, 2006. (Nota de la Redacción).

[3] Véase la versión de la Colección Austral nº 50, Madrid, 1979.

[4] Citado por Albert Champdor, L´Alhambra de Grenade , París, 1952, pp. 12-13.

[5] Ob. cit. p. 14.

[6] Véase R. H. Shamsuddín Elía, “ David Roberts: de Granada a Jerusalén ”, en revista Alif Nûn nº 47, marzo de 2007. (Nota de la Redacción).

[7] Washington Irving, Cuentos de la Alhambra, Editorial Porrás, México, 1992, p. 30. Véase también la versión editada en España, Cuentos de la Alhambra , Alianza Editorial, Madrid, 2003. (Nota de la Redacción).

[8] Recomendamos muy especialmente consultar al respecto la obra erudita del profesor Cristóbal Torres Delgado, El antiguo reino nazarí de Granada (1232-1340), Ediciones Anel, Granada, 1974.

[9] Irving, ob. cit., p. IX.

[10] Titus Burckhardt, La civilización hispano-árabe , Alianza Editorial, Madrid, 1979, pp. 250-251.
En la versión más reciente de esta misma obra (2005), la cita aparece en las pp. 243-244. (Nota de la Redacción).


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