REFLEXIONES DE UN MUSULMÁN
EN LA ALDEA GLOBAL
[1]

Samir Mahdi


El barco zarpó a su hora desde Barcelona hacia Beirut con escalas en Marsella, Génova, Nápoles y Alejandría. En el salón sonaba el piano y flotaba el humo del fortísimo tabaco turco que fumaban los marineros. Munir, que es libanés, Rifat, egipcio, y yo, sudanés, salimos a cubierta a tomar un té con hierbabuena.

Entonces, Munir le preguntó a Rifat: 

- ¿Es verdad que los cristianos coptos de Egipto son más bien ensimismados, recluidos en sí mismos?.

- Sí, eso parece. Pero no por ser coptos, sino por sus tradiciones fuertemente arraigadas. Hablo de los coptos de El Saiid, la región central de Egipto, que es donde abundan. En El Cairo no existe esa sensación.

- ¿Y cuántos son? ¿Siete millones?

- Posiblemente más. Ten en cuenta que Egipto tiene ahora más de cincuenta millones de habitantes y los coptos son cerca del veinte por ciento.

Luego, Munir y Rifat se adentraron en una de esas charlas interminables sobre cómo en Occidente todos los problemas políticos y sociales de la parte del mundo donde nacimos son vistos casi siempre desde una sofisticada óptica religiosa.

Yo asistía a la conversación sin pronunciar palabra. Me aburría. Había escuchado ya tantas veces ese razonamiento que, por lo demás, comparto plenamente...

De repente, Munir y Rifat se vieron envueltos en la famosa teoría de que la Humanidad puede vivir sin pan, sin amor, sin Dios incluso, pero no sin demonio; y concluyeron que con la desaparición del sistema comunista o, al menos, de su estructura estatal, ahora les toca a los árabes musulmanes representar ese papel.

La charla y su conclusión tuvieron lugar pocos meses antes de que estallara la crisis del Golfo Pérsico.

Pero no fue esto lo que me llamó la atención, sino la impresión que tuve, sin saber por qué, de que Munir y Rifat, amigos míos desde hace más de veinticinco años, eran cristianos. No se lo pregunté. Simplemente, porque en los países árabes y musulmanes no hay costumbre de preguntar a quien está al lado, por muy amigo, vecino o compañero de trabajo que sea, si es musulmán, cristiano o hebreo.

Por fin abrí la boca y se lo comenté a los dos. Me miraron perplejos. Tampoco para ellos era algo común. Fue entonces cuando Munir señaló que en Europa empezó a extrañarse al recibir este tipo de preguntas. Y que ello siempre le sorprendía, si bien entendía que era una curiosidad legítima, teniendo en cuenta que la turbulenta situación de su país, Líbano, suele ser atribuida a una disputa entre musulmanes y cristianos. Su respuesta invariable ha sido y será que es libanés. Y con eso basta.

El diálogo nos condujo a remotos recuerdos de infancia. Por ejemplo, el caso de los huevos de color. Más o menos por marzo, todos los niños nos dedicábamos a colorear huevos: celeste, amarillo, rosa, verde claro... para nosotros era una fiesta, un juego. Ahora sabemos que eso se hacía por Semana Santa. Eran, pues, los huevos de Pascua, una celebración ajena a nuestras creencias. Entonces no lo sabíamos.

Luego, nos acordamos de que el último día del año, el 31 de diciembre, había fiestas y alegría. Nochevieja, que no era, ni es, la última noche del año musulmán sino del cristiano. Pero tampoco lo sabíamos en aquellos tiempos. Se festejaba y aún se hace, y ya está.

Sin parar, fueron saliendo a relucir otros ejemplos de cosas que ignorábamos entonces, ahora no, sin que por ello haya cambiado nada. Como el hecho de que, durante el mes de Ramadán, la radio emitía y emite con frecuencia suras del Corán. Quienes tenían por costumbre tenerla puesta a todas horas las escuchaban gustosos, fueran musulmanes o cristianos.

También se recordó cómo, al final del ayuno, los mayores daban el aguinaldo a los niños. Después, nos enteramos de que muchos vecinos cristianos lo daban a niños educados en la religión del Corán. Así crecimos en los países árabes y musulmanes.

Aquellas costumbres no se asocian necesariamente a manifestaciones de fe, aunque tengan su origen en ésta. Como por ejemplo, lo mismo se escuchan las palabras del muecín desde lo alto de un minarete invitando a la oración, que el repicar de las campanas de una iglesia. O ambas al tiempo.

Rifat llegó a contar el caso, que ahora parecería inverosímil, de un señor anciano –más tarde supo que era copto– que observaba el ayuno en el Ramadán, una práctica que, en teoría, es exclusivamente islámica.

Y la palabra trajo la palabra, como se dice en árabe. De modo que los recuerdos trajeron otros recuerdos, nostalgias y también algunas críticas a nuestras costumbres.

Es el caso del ayuno, un precepto destinado a purificar cuerpo y alma y sentir el hambre de los demás pero que, de hecho y casi siempre, acaba por desvirtuarse. Así que mucha gente, sobre todo las mujeres, dedican toda la jornada de abstinencia a preparar comidas suculentas, manjares y dulces especiales para la hora del “desayuno”, que coincide en estas fechas con la puesta del sol.

En este momento, el sonido de un cañón es reproducido por las radios puestas a todo gas. Tiene por misión anunciar el fin del ayuno del día. Pero en lugar de la sana costumbre de comer dátiles y beber leche, seguida desde hace siglos por los árabes del desierto, le sucede una especie de maratón gastronómico irresistible, con decenas de viandas que abarrotan las mesas y, después, las barrigas de los comensales.

No es la única tradición que ha sido desvirtuada. En las fiestas que sucedían al Ramadán nos solían regalar muñecos de azúcar, cuyos colores estaban pintados a mano, que comíamos en abierto atentado contra los dientes. Acabaron por ser sustituidos por juguetes de plástico, algunos de los cuales son una ridícula imitación de armas.

También surgieron con el tiempo otras aberraciones, como es el caso de la repentina y mágica conversión a la beatitud, durante el Ramadán, de algunos o muchos políticos, mercaderes y libertinos en general, quienes al observarlo, o aparentar hacerlo, buscan unas simpatías inexistentes o, ya en un plano superior al de los mortales, perdones imposibles a cualquier divinidad.

Naturalmente, en la charla hubo consenso indiscutible acerca de la bondad de nuestra gastronomía, de la singularidad de sus sabores, de sus orígenes y de lo mucho que engordan. Y también de la genuina generosidad de las gentes que, poco a poco, va desapareciendo de las ciudades para ser confiada a los pueblos, ahí donde precisamente suele haber más pobreza.

Después, hubo risas nostálgicas al comentar cómo es imposible ir a la casa de alguien sin terminar viéndose al final delante de algún plato, salado o dulce, sabores que, en especial el primero, suelen ser exagerados en mi país, Sudán, donde el fuerte calor no resulta incompatible con una intensa pincelada de picante. Pero los africanos somos así, aunque también en eso los asiáticos se las traen.

Y por hablar, se habló también de cómo en otros países musulmanes de África y Asia, los ritos y tradiciones locales o tribales generaron costumbres y liturgias muy distintas de aquéllas a las que estamos habituados en los países árabes.

Es algo parecido a lo que sucede con las procesiones de Semana Santa de los pueblos andinos, en las que el cristianismo y las creencias indígenas anteriores a la conquista se funden en un formidable mosaico religioso.

O en España, sin ir más lejos, y sobre todo en Andalucía, donde celebraciones religiosas musulmanas se fueron convirtiendo con el tiempo en cristianas mediante el simple agregado de la simbología católica.

Ha pasado casi un año, y hemos vuelto a encontrarnos los tres en Roma. Pura casualidad. Esta vez sin preámbulo alguno ha saltado brutalmente a la mesa el tema de las corrientes denominadas integristas o fundamentalistas en los países árabes.

Munir ha evocado el caso libanés. Un país en el que la unidad nacional, siempre destrozada desde fuera, dio lugar a la aparición de organizaciones y partidos marginales en cuyos nombres fue colocada en alguna parte la palabra Dios, o cualquier otra relacionada con la religión.

Rifat ha hablado del caso de su pueblo, el egipcio, y de cómo la religión viene siendo cada vez más utilizada como instrumento destinado a atraer al pueblo al servicio de una u otra causa, en general política. Pueblo que, por lo demás, se refugia en la fe como manera de defenderse de unos y otros.

Yo acababa de hacer una gira por el norte de África, que es considerada árabe y musulmana, y pude confirmar las impresiones de los dos compañeros de travesía: la expresión de la fe actúa de sucedáneo de ideologías y esperanzas; y la religión, de escudo y lanza en manos de grupos que luchan a favor o en contra del poder establecido.

Por suerte, volvimos a hablar de las costumbres, aunque también aquí se ha acabado por politizar el tema. Como el del modo de vestir de los árabes en general, y de los integristas en particular.

Es decir, el velo, las cabezas cubiertas de las mujeres, sus largas mangas y vestidos, la ausencia de pintura en sus caras. Y el pelo más bien corto, las barbas más bien largas y los atuendos más bien blancos de los hombres enrolados en las filas del fundamentalismo.

En principio, el fuerte conservadurismo o, tal como es visto desde fuera, el “fanatismo” que caracteriza el modo de vestir de las mujeres, tiene una fácil explicación de carácter histórico y climatológico, válida también para los hombres: el tórrido calor del desierto obliga a cubrirse la cabeza, y los vientos de arena, la cara. El Islam apareció en los desiertos de la Península Arábiga y las tribus árabes fueron sus primeros destinatarios. Entre los musulmanes de Brunei, en cambio, difícilmente se verán atuendos protectores contra el viento del desierto.

En cuanto al conservadurismo en el comportamiento de la mujer árabe y del hombre hacia ella, la explicación resulta ya más complicada. Y es que en la raíz tribal que aún perdura entre los árabes –ahora muchas tribus se han convertido en clanes familiares, lo que viene a ser casi lo mismo–, a la mujer le estaba reservado el papel exclusivo de la administración de los asuntos familiares: la preparación de las comidas, el vestido, la higiene...

A los hombres, en cambio, les correspondían las labores de proteger a sus gentes frente a posibles agresiones exteriores y velar por proporcionarles alimentos y medios de subsistencia, lo que les obligaba a estar alejados largo tiempo de su hogar. En el fondo, se trató siempre de sociedades matriarcales.

Aunque también es cierto que se dan casos y ejemplos de tratamiento de la mujer, en varias regiones árabes, que resultan prácticamente imposibles de entender. Pero habría que recordar la inconveniencia de medir a una sociedad con los baremos de otra muy distinta en origen e historia. Y también que existen equilibrios internos, delicados pero perfectos, que rigen el funcionamiento de cada una de ellas por separado, y que a su vez resultan del todo incomprensibles para las demás.

Un capítulo aparte merecería ser dedicado al modo de hablar de los árabes. Sólo como referencia, baste saber que Dios (Alá, en árabe) es uno de los términos que más abundan en cualquier conversación, tanto que casi se ha vaciado de contenido y se ha convertido en simple sinónimo de otros como justicia, derecho, igualdad o bondad. Por poner un ejemplo, si un político árabe afirma que Alá guía sus acciones y hasta sus ejércitos, habría que traducirlo por la simple idea de que tiene la razón de su parte, o de que su causa es justa. Es cuestión de códigos.

Y así se llegó al consiguiente repaso al racismo o discriminación de que son objeto, cada día más, los árabes y los musulmanes en Europa. Munir se ha preguntado por qué cuando los europeos ven a una hindú vestida con sus ropas tradicionales, se deshacen en fascinación y les provoca fantasías ocultas y evocadoras que surgen bajo sus velos, mientras que una mujer árabe vestida como tal, es vista, casi sin excepciones, como un fantasma encadenado.

- No es por nada –dije– pero la figura de las primeras resulta más... esbelta.

Conclusión precipitada: la religión, las religiones, cuya práctica dominó inocentemente las costumbres de los árabes y no árabes, se convirtieron en argumento político y en rivalidades que pueden sacudir los cimientos del panorama social.
Quizá habría que empezar a preguntarse si los niños de los países árabes y musulmanes seguirán coloreando huevos de pascua y si habrá más coptos cristianos que observen el Ramadán.


NOTAS.-

[1] Extraído de la revista Geo nº 52, mayo de 1991. (Nota de la Redacción).


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