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AL-BIRUNI,
UN PRECURSOR DE LA CIENCIA MODERNA [1] Abû Raihan Muhammad ibn Ahmad al-Biruni
nació el 4 de septiembre de 973, en las inmediaciones de la ciudad
de Kath, entonces El primer instructor del futuro sabio
fue un griego al que conoció por azar cuando era todavía niño:
le habían encargado que llevara a aquel hombre culto plantas semillas
y frutas. De ahí nació su vocación por el estudio
de la naturaleza. El heleno fue también quien le despertó
el interés por la historia y la literatura de los clásicos.
Las alusiones de al-Biruni a muchos filósofos y científicos
de la Grecia antigua dan fe de las enseñanzas de su anónimo
preceptor. Conocía muy bien La Ilíada y La Odisea de
Homero y había estudiado también las Leyes y el
Fedón de Platón, así como la obras de Aristóteles
y las de Arquímedes y Demócrito. Para el joven estudioso musulmán,
todo lo que le parecía juicioso en la filosofía helénica
revestía gran importancia. A la edad de diecisiete años nuestro sabio ya sabía utilizar un círculo graduado en medios grados para observar la altura del sol en el meridiano de Kath y así deducir la latitud de la ciudad. El 14 de octubre de 1018, encontrándose en una aldea al sur de Kabul, la actual capital de la República de Afganistán, al intentar medir la altura del sol y no disponer de instrumento adecuado, al-Biruni trazó un aro graduado en el anverso de una plancha de cálculo y, con un hilo de plomada, lo utilizó como improvisado cuadrante. Sobre la base de los resultados obtenidos, calculó la latitud de la localidad. Ese mismo año, hallándose en el Fuerte de Nandana, a unos cien kilómetros al sur de Islamabad, la actual capital de la República Islámica de Pakistán, al-Biruni consiguió medir el radio y la circunferencia de la Tierra, un logro que los europeos tardarían varios centenares de años en alcanzar.
Hacia el año 1000, al-Biruni se instaló en la ciudad de Gorgán, en la provincia de Mazandarán, en la actual República Islámica de Irán. Allí, protegido por soberano al-Qabús, logró concluir su Cronología de las antiguas naciones. “En este libro –escribe, cuando acababa de cumplir veintisiete años– me he propuesto determinar del modo más exacto posible la duración de las distintas eras de la humanidad.” En la Cronología, el investigador podrá descubrir las sutilezas de los calendarios islámico, griego, hebreo, persa, cristiano, etc. La crónica de los soberanos, de los héroes y de los acontecimientos políticos se entremezclan con la descripción de la civilización y de las costumbres. Se trata de una obra de historia y etnografía sin parangón, de un valor inapreciable. Hacia 1930, los historiadores y arqueólogos rusos se inspiraron en el rico caudal de datos que posee este tratado. Esto se explica por muchas razones. Por ejemplo, al-Biruni es el único que puede explicarnos el calendario sogdiano [2] , cuyo conocimiento es indispensable para comprender ciertos documentos de principios del siglo VIII. Y también es el único que nos habla de la historia de Juarizm antes del Islam. El sultán Mahmud de Ghazni (971-1030),
hijo de Abu Mansur Sabuktigin (942-997) –aquél que desplazó
a los samaníes
[3]
y “Decir la verdad” «Sólo es digno de alabanza aquél que se aparta de la mentira y se adhiere siempre a la verdad, gozando de respeto incluso ente los mentirosos, por no mencionar a los demás Se ha dicho en el Sagrado Corán: “¡Oh, creyentes!, sed justos, fieles testigos de la verdad por Dios, incluso si ella va contra vosotros mismos, contra vuestros padres o contra vuestros allegados. Sea la persona rica o pobre, porque a Dios atañe el juzgarlo” (sura 4, aleya 135), y el Mesías dice al respecto en el Evangelio: “No temas la cólera de los reyes al decir la verdad ante ellos, ya que sólo tienen poder sobre tu cuerpo, pero no sobre tu alma” (Mateo 10:10-28; Lucas 12:4-5). Con estas palabras el Mesías nos exhorta al coraje moral.» Libro de la India Aunque formando parte del séquito de un ejército victorioso, al-Biruni procuró hacer olvidar tal circunstancia. Y así, ante sus maestros indostanos se presentó simplemente como estudiante. Para poder estudiar a fondo los textos religiosos y científicos de los indios, aprendió el sánscrito a los cuarenta y cinco años de edad y rápidamente supo elevarse al nivel de sus maestros. Éstos se convirtieron pronto en sus alumnos, a los que al-Biruni enseñó en sus líneas esenciales el pensamiento islámico, cristiano, judío, mazdeísta y maniqueo [6] . Tal fue su popularidad que afectuosamente le otorgaron el sobrenombre de “Océano sin límites”. Al-Biruni será uno de los primeros
musulmanes que estudie con simpatía la filosofía y las ciencia
de la India, enseñando como El resultado de casi más de doce años de permanencia en la India se tradujo en la realización de su obra colosal conocida en árabe como Kitâb al-Hind (“Libro de la India”) [7] , que pasó a ser la principal fuente de información sobre ese enorme y antiquísimo país. En su pormenorizada obra, al-Biruni explica el sistema de castas [8] , la filosofía, las ciencias exactas, la religión, las supersticiones, las leyes y costumbres, las leyendas, el sistema de pesas y medidas, la literatura, la geografía y, por supuesto, la historia. En una parte del libro, el crítico historiador musulmán señala: “Por desgracia, los indios no dan mucha importancia al curso histórico de los acontecimientos; son muy descuidados en la enumeración cronológica de sus reyes y, cuando se les insta a alguna aclaración y no saben qué decir, están enseguida dispuestos a contar cuentos”. Parafraseando a al-Biruni, un escritor inglés del siglo XIX que fue administrador de la India británica, Thomas Babington (1800-1859), primer varón de Macaulay, dice con cierta ironía respecto de las defectuosas compilaciones indias: “¿Debemos dar importancia a una ciencia de la historia según la cual hubo muchos reyes de treinta pies de altura y reinos que duraron mil años, y a una geografía con mares de azúcar y mantequilla?” [9] . Sin embargo, al-Biruni, en su detallado relato, no tiene ningún prejuicio racial y siente un gran respeto por la refinada civilización de un país que le era totalmente extraño. En el mismo relato cita veinticuatro libros de catorce autores griegos y apela a cuarenta fuentes en sánscrito. Al-Biruni procuraba no solamente acumular
conocimientos sino también difundir su saber. De ahí que
tradujera al sánscrito los Elementos de Euclides y sus propias
obras de astronomía y geografía. Incluso, estimando que las
versiones existentes no eran buenas, tradujo nuevamente al árabe
y al persa un clásico de la literatura brahmánica del siglo
VI, el Panchatantra
[10]
. Durante el reinado del sultán Masud, hijo de Mahmud, al-Biruni completó su gran obra de astronomía llamada al-Qanun al-Masudi (“El canon de Masud”), dedicada a su soberano, y en la que, a juicio de los lectores de su tiempo y de siglos posteriores, supera ampliamente a su remoto inspirador, el alejandrino Claudio Tolomeo (90-168).
La curiosidad de al-Biruni abarcaba los campos más diversos, si bien la mayor parte de sus obras se refieren a la astronomía, la geografía, la física y la geodesia. Su última obra es una Farmacopea en la que estudia las plantas y su aplicación en medicina. En ella establece una clasificación, acompañada de descripciones de los vegetales, los animales y los minerales, y presenta las plantas medicinales por orden alfabético. Además de su designación en árabe, cita unos novecientos nombres en persa, setecientos en griego, cuatrocientos en siriaco [11] y trescientos cincuenta en hindi. Sus coetáneos decían de al-Biruni: “Salvo dos días de fiesta al año [12] , su mano no abandona nunca la pluma, sus ojos no cesan de observar ni su espíritu de meditar”. Semejante constancia explica que al morir hacia 1048, a los setenta y cinco años de edad, hubiera escrito de su puño y letra más de ciento cincuenta libros, entre ellos setenta tratados de astronomía, veinte de matemáticas y dieciocho obras literarias –incluidas las traducciones– y bibliográficas. Ello explica también su reputación de cartógrafo, meteorólogo y físico, a la par que filósofo, historiador y etnógrafo.
Muy especial importancia para comprender las ideas filosóficas de al-Biruni tiene su concepción del saber y los métodos utilizados para alcanzarlo. A juicio de al-Biruni, el saber es a la vez dinámico y estático, es decir, que creía firmemente en el desarrollo gradual de formas precisas de conocimiento y, al mismo tiempo, en la inmutabilidad del saber esencial derivado de la Revelación divina. Además de ser pionero en los
estudios de religión comparada y de la historia de las religiones,
hay que considerarlo también como uno de los precursores de la historia
de la ciencia. Y, sin embargo, no perdió nunca de vista el conocimiento
inmutable, que para él era el Sagrado Corán y el cuerpo de
hadices o tradiciones del Profeta, y constituía la matriz de todas
las ciencias humanas que evolucionan y se desarrollan. En el marco de la
civilización islámica, al-Biruni destacó la importancia
del conocimiento puro y la búsqueda del saber al servicio de la perfección
del hombre
[13]
, en contraposición a quienes hacían hincapié
en su utilidad. Por supuesto, en la medida en que el gran pensador islámico
hablaba en el contexto de la concepción tradicional del mundo, su
defensa del Tanto en las ciencias exactas como en
las humanas y teológicas, al-Biruni dio pruebas de un notable espíritu
de síntesis. Todavía hoy se le puede citar como ejemplo
de respeto a las costumbres y a las creencias de los otros. El gran sabio
islámico enseña la tolerancia gracias al conocimiento de los
distintos pueblos. Como el decía: “Para amar a los pueblos, aprended
su lengua y respetad sus costumbres, sus hábitos, su pensamiento
y su religión”.
NOTAS.- [1] Extracto del artículo publicado en la revista El Mensaje del Islam nº 12, mayo de 1996. (Nota de la Redacción). [2] Los sogdianos fueron un pueblo de lengua irania que vivió en una zona que ocupa parte del actual Tayikistán y de Uzbekistán y que englobaba las ciudades de Samarcanda y Bujara. (Nota de la Redacción). [3] La dinastía de los samánidas o samaníes se extendió entre 819 y 1005. Fue fundada por Samán Jodá, un noble iraní de la ciudad de Balj (hoy Afganistán). La capital de este imperio estaba ubicada en Bujara (hoy Uzbekistán). En ella florecieron la ciencia y la cultura del Islam con grandes sabios como Abu Bakr Muhammad ibn Zakariya al-Razi, más conocido por los latinos como Rhazes (865-923), famoso médico y filósofo iraní nacido en Rayy, y Abi Ali al-Hussein ibn Abdallah ibn Sina (980-1037), el Avicena de la latinidad, celebérrimo médico y filósofo, precursor de las ciencias modernas y uno de los paradignas que serviría a los europeos para impulsar su Renacimiento. En la corte samaní descollaron dos grandes poetas iraníes, Abu Abdallah Yafar ibn Muhammad al-Rudaki (859-940), llamado el “Padre de la poesía persa”, y Abu Mansur Muhammad ibn Ahmad ad-Daqiqi, fallecido hacia 981, quien ejerció una gran influencia sobre su compatriota Firdusí. [4] Ghazna, hoy llamada Ghazni, ubicada en el camino que va de Kabul a Kandahar (en el Afganistán actual), fue la capital del reino de los ghaznávides o gaznauíes, el cual se extendía desde Juarizm hasta la India occidental y duró entre 977 y 1186. allí se congregaron numerosos poetas y sabios de lengua persa como Onsorí (muerto hacia 1040) y Firdusí (935-1020), el autor del Shah Nameh (“Libro de los reyes”). Al-Biruni vivió la mayor parte de su vida en Ghazni y allí murió en 1048. [5] Véase Redacción Alif Nûn, “ La India musulmana ”, en revista Alif Nûn nº 38, mayo de 2006. (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre el mazdeísmo, véase Mojgan Watson, “Zoroastro: el custodio del fuego de la vida”, en revista Sufí nº 12 , otoño e invierno 2006, Editorial Nur, Madrid, págs. 4-11. (Nota de la Redacción). [7] El nombre completo del libro en árabe es Tahqiq ma li’l-Hind (“Investigación sobre la India”). Los musulmanes anteriores a al-Biruni conocían la India gracias a los trabajos del nauta llamado Suleimán el Mercader, que hacia 920 publicó su Ajbar al-Hind (“Informe sobre la India”), y de Buzurg ibn Shahriyar Ramhurmuzí, el autor de Aya’ib al-Hind (“Maravillas de la India”), conocido hacia 953. Véase al respecto el excelente libro de J. O´Kane, The Ship of Suleiman, Londres, 1972. También puede consultarse Redacción Alif Nûn, “ Cartógrafos, exploradores y viajeros musulmanes ”, en revista Alif Nûn nº 47, marzo de 2007. (Nota de la Redacción). [8] Para mas información sobre el sistema de castas hindú desde una perspectiva islámica, véase Muhammad A. Herrera, “ Islam e Hinduismo ”, en revista Alif Nûn nº 26, abril de 2005. (Nota de la Redacción). [9] La confusión entre historia y mito no es, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de los pueblos del subcontinente indio. Durante siglos, los propios occidentales han creído al píe de la letra en los sucesos maravillosos descritos en la Biblia y, en la Edad Media, inventaron fantásticas historias sobre extraños pueblos más allá de las fronteras de Europa. Entretanto, los árabes, desde el siglo VIII, también narraron maravillosos relatos sobre pueblos antiguos desaparecidos, gentes de un tamaño y poder descomunales, como la tribu de los ‘Ad, o relatos sobre monumentos y ciudades grandiosas como la de Iram, con sus hermosos edificios de oro. Véase Redacción Alif Nûn, “ Literatura árabe clásica (III). El periodo ‘abbasí ”, en revista Alif Nûn nº 42, octubre de 2006. (Nota de la Redacción). [10] El libro de fábulas de Panchatantra proviene de la época de la dinastía gupta, fundada por Chandragupta en 320, que reinó en la mayor parte de la India central entre los siglos IV y VI. El soberano persa sasánida Cosroes Anushiuán el Justo (531-579) hizo traducir al pahlaví una versión de este clásico de la literatura india. El marco del Panchatantra nos revela que fue escrito para la educación de tres príncipes imprudentes. Lo que ellos pueden aprender no es la árida teoría de la ciencia, sino la experiencia de la vida expuesta en ejemplos prácticos. Más allá de su carácter pícaro o frívolo, el Panchatantra tiene un fondo eminentemente político. [11] El siriaco es un dialecto, hoy extinto, del arameo, lengua semita emparentada con el árabe y el hebreo. Tuvo gran expansión en el Oriente Próximo entre los siglos II y VIII d.C., durante los cuales fue la lengua de cultura más importante de la zona, junto con el griego. De un modo general, el término “siríaco” se utiliza frecuentemente para referirse a todo el arameo clásico, pero más específicamente, a la lengua clásica de la ciudad de Edesa, que se convirtió en el idioma litúrgico de la Iglesia Monofisita Siria (Jacobita). (Nota de la Redacción). [12] Sin duda, las dos fiestas a las que se refiere el texto son la del final del ayuno del mes de ramadán y la del cordero, celebrada al final de la peregrinación a La Meca. (Nota de la Redacción.) [13] Según la sentencia del Profeta Muhammad que afirma: “La tinta del sabio es más sagrada que la sangre del mártir.” (Nota de la Redacción). [14] El Barón Bernard Carra de Vaux (1867-?) fue un islamólogo y orientalista francés, profesor de árabe del Instituto Católico de París, que escribió numerosos artículos y folletos sobre el Islam y las tradiciones musulmanas. Además de la ya señalada, sus obras principales son: Le Mahométisme, le gente sémitique et le genie aryen dans L´Islam (1897), Gazali (1902), y La doctrine de l´Islam , por la que obtuvo el premio Monyon (París, 1910) . A Portada |
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