MARRUECOS Y TÚNEZ:
DEL PROTECTORADO A LA INDEPENDENCIA (II) [1]

Víctor Morales Lezcano [2]


A la altura de este momento procede que pasemos revista, por separado, al proceso de independencia magrebí, en países de Protectorado y durante el decenio de 1946-1956. Recorreremos, primero, el caso de Marruecos, más complejo por razones que el lector conoce, o intuye; a continuación procederemos con el caso de Túnez. El desencadenamiento de la guerra de Argelia se solapa, se quiera o no, con la marcha del nacionalismo tunecino y marroquí hacia la meta fijada, subrepticiamente, desde los años treinta: la independencia, la constitución y el progreso. Por este motivo habrá que concederle, en su momento, la importancia intrínseca que tuvo tanto en la región como en el emergente bloque mundial denominado Tercer Mundo.

Veamos por separado el acceso a la independencia de los países magrebíes dotados de régimen de Protectorado: hispano-francés en Marruecos, exclusivamente galo en Túnez.


    El acceso a la independencia: Marruecos

El desarrollo de los acontecimientos conducentes a la independencia de Marruecos fue más complicado que el proceso de liberaciónMarruecosColonial tunecino, de resultas, sin duda, de la mayor complejidad étnica, del superior volumen de intereses europeos radicados en el país, y de que en el antiguo imperio xerifiano administraban dos potencias europeas con regímenes políticos de diferente inspiración (IV República francesa, franquismo) y persistente antagonismo histórico.

El movimiento nacionalista marroquí, motor de la acción independentista, intentó abatir al enemigo principal (Francia), mientras que, el enemigo secundario (España), fue combatido al mismo tiempo que se buscó su apoyo ocasional para obtener el objetivo denodadamente perseguido, la independencia. En la zona internacional de Tánger convergieron las tres fuerzas en pugna, más otros elementos internacionales de menor entidad que los anteriores en la tramoya del asunto.

El Manifiesto del Partido Istiklal , dicho de la independencia y la Constitución, resumía, con claridad y énfasis, las causas del descontento marroquí ante la práctica protectoral europea en el país, y expresaba en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial (su difusión pública data de enero de 1944) los fines que perseguía el nuevo movimiento nacional:

a.- Independencia e integridad territorial de Marruecos bajo auspicios de Su Majestad Mohamed V.

b.- Negociaciones con las potencias interesadas para la obtención de la independencia y la soberanía nacional, con la contrapartida del reconocimiento de los intereses legítimos de los extranjeros residentes en Marruecos.

c.- Adhesión de Marruecos a los principios de la Carta del Atlántico y participación en la Conferencia de la Paz.

d.- Inicio de las reformas necesarias para asegurar la buena marcha del país, dentro de un régimen democrático, comparable al de otros Estados musulmanes y bajo la égida de la monarquía alauí.

Rabat Una petición así no pudo ser bien vista en los círculos coloniales de Rabat y Tetuán. Y, mucho menos, en algunos sectores europeos de orientación ultra-nacionalista establecidos en la zona del sur del Protectorado desde antes de su fujación jurídica en 1912. efectivamente, colonos, terratenientes y funcionarios (civiles y militares) de nacionalidad francesa, presionarían sistemáticamente a los gobiernos y, llegado el caso, a la Presidencia de la República, para contrarrestar las peticiones istiklalíes.

El general Juin, residente general en Rabat a partir de mayo de 1947, puso la cuestión en estos duros términos: “O bien hacemos el juego al sultán, permitiéndole con nuestras concesiones que se engrandezca en la óptica de los nacionalistas y que gane ascendente –y en este caso procede que el gobierno designe a un nuevo mandatario, lo suficientemente resignado para que asista impotente al hundimiento de nuestra obra y prepare la evacuación de los franceses–, o bien se practica la política razonable seguida hasta el presente, respondiendo ‘no’ o ‘todavía no’, a las peticiones que se estimen prematuras o contrarias al interés nacional. Y en este caso puedo garantizar que con un poco de firmeza no ocurrirá nada, puesto que contamos aún con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo marroquí.”

Entre 1947 y 1951, el general Juin apoyó a fondo la segunda opción antes apuntada, es decir, la política de “mano dura” con la oleada nacionalista en el Magreb, que él –como otras autoridades europeas en la zona y, en general, en las colonias– intentó minimizar y, sobre todo, presentar como una maniobra subversiva del comunismo internacional. Los dos Residentes Generales que le sucedieron el virreinato de Rabat (Guillaume y Grandval) en poco podían rectificar una trayectoria “retencionista” que no contaba, naturalmente, con el apoyo sincero del pueblo marroquí, pero sí con el respaldo de numerosas capas de la colonia residente en el sur del país.

El contencioso franco-marroquí adquirió, desde un primer momento, un rasgo específico ya señalado en la introducción de este trabajo. Tanto el movimiento nacionalista local como la autoridad colonial cortejaron durante años al trono alauí, dado que era éste quien, o bien podía seguir legitimando el Tratado de Fez y, por tanto, la delegación de atribuciones que sus términos legalizaron [3] , o bien estimar que las peticiones del Istiklal estaban provistas de razón histórica y que había sonado la hora de iniciar una discreta colusión con aquella amplia formación política y conseguir, de consuno, la anhelada independencia.

El actor decisivo en este pulso fue, pues, Mohamed V. El discurso del Trono pronunciado el 10 de abril de 1947, en Tánger; la firme determinación del monarca de no estampar firma y sello real (dahires) a las medidas retardatarias del general Juin; su viaje a París, en octubre de 1950, para solicitar, tanto de El Eliseo como del palacio Bourbon, la modificación de los términos definitivos de las relaciones franco-marroquíes, lo hacen aparecer, en la perspectiva del tiempo transcurrido, como un factor acelerador de la confrontación inevitable entre el Istiklal y la Residencia General.

El Trono y los círculos nacionales sabían que no estaban solos. La solidaridad árabe, a veces tan frágil y poco operativa, supo actuar entonces con oportunidad y eficacia. Así, en octubre de 1951, el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto (Salah el-Din), con el apoyo tácito de los países integrantes de la Liga de Estados Árabes, presentó al Secretario General de la ONU, Trigve Lie, un comunicado que se titulaba “Violación de los principios de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas y de la Declaración de los Derechos Humanos del Hombre en Marruecos por parte de Francia”, solicitando, en consecuencia, que se inscribiera la cuestión en el orden del día de la Asamblea General del organismo internacional.

Dos fueron los puntos de apoyo básicos del comunicado:

a.- Ante la escisión franco-marroquí en suelo de Marruecos (atentados, represión, combates callejeros y aparición de guerrillas y emboscadas en el Bled [4] ), de resultas de la voluntad marroquí de obtener su independencia, y la consiguiente denegación francesa a acceder a ese legítimo derecho, la paz y la seguridad internacional comienzan a peligrar seriamente.

b.- Se trata, por tanto, de una situación que reviste un carácter internacional que la Asamblea General de la ONU debe debatir y actuar en consecuencia si procede, puesto que así ha procedido en otras coyunturas internacionales peligrosas (Indonesia, Checoslovaquia, Unión Sudafricana) donde han peligrado los principios de la Carta y la Declaración de los Derechos del Hombre.

La articulación del escrito fue rebatida por la autorizada voz del Quai d´Orsay [5] , Maurice Schuman, quien sostuvo que la política protectoral francesa en Marruecos no ponía en peligro la paz y seguridad internacionales, sino que de acuerdo con su voluntad de llevar a buen fin la razón de ser del Protectorado, estaba ensayando fórmulas de mejoras y progreso para la sociedad marroquí, sobre la que, de otra parte, ejercía una tutela jurídicamente reconocida por el concierto de las naciones. En suma, que el contencioso franco-marroquí, desde el punto de vista no sólo de la Residencia General en Rabat, sino también del Quai d´Orsay en París, había de resolverse estrictamente entre la metrópoli y el territorio no-autónomo que, internacionalmente hablando, era Marruecos entonces.

Yebala1928 Invitada a pronunciarse, la Asamblea estimó por veintiocho votos en contra, veintitrés a favor y siete abstenciones, que no procedía dar paso a la petición formulada por el ministro egipcio. Esta pírrica victoria del colonialismo, particularmente franco-británico, no podría impedir en adelante que la petición del bloque árabe (con apoyo generalizado de los representantes del naciente Tercer Mundo) se reiterara en futuras sesiones y que al “problema marroquí” se sumara la “cuestión tunecina” a partir de abril de 1952, con la diferencia de que, desde este momento, los peticionarios invocaron la intervención del Consejo de Seguridad en el doble contencioso que se estaba fraguando en el Magreb.

El punto culminante del drama llegó en agosto de 1953. Desde hacía un año, la Residencia General de Rabat, con el respaldo del Quai d´Orsay (Ministerio de Georges Bidault), había reforzado su estrategia “divisionista” entre Palacio e Istiklal, intentando decapitar al segundo y desautorizar al primero; ninguno de los dos fines fueron factibles, pero el intento de realización del segundo selló para siempre la suerte del Protectorado francés en Marruecos.

No satisfechas las fuerzas vivas europeas de la zona con haber sofocado las manifestaciones pro-independentistas, procedieron a la aplicación de una vieja maniobra colonialista: la fabricación de una alternativa de poder ficticio (Muley ben Arafa) al Trono alauí, respaldada por “viejos turbantes”, grandes caídes –entre los cuales, el controvertido Pachá de Marrakesh, Themi el-Glaui– y tropas mercenarias, muchas de origen bereber.

Se trataba no sólo de desposeer al sultán de sus competencias temporales, sino también de sustraerle su carisma espiritual en cuanto imam, o caudillo de creyentes, en la mejor tradición religiosa del Islam; la culminación del atropello se consumó con la deportación de Mohamed V a la isla de Madagascar por el mero hecho de que el monarca se resistió a abdicar, según solicitaban sus pretendidos enemigos marroquíes, hostigados tras los bastidores por el general Guillaume, con la anuencia de París.

La grave medida tomada el 20 de agosto jugó el papel de detonador. Las medinas y las villes neuvelles , los pueblos importantes, y hasta la población montañesa, se aprestaron a combatir por la legitimidad monárquica y la devoción al imam (estrechamente unidas, al menos en la sensibilidad colectiva de la sociedad marroquí de entonces).

Aunque las cabezas visibles del Istiklal estuviesen en el exilio, en arresto domiciliario, o en la estratégica ciudad de Tánger (zona internacional, no de exclusiva jurisdicción hispano-francesa), los eslabones intermedios de la cadena nacionalista impulsaron la escalada de protestas callejeras, actos terroristas e inicio de la guerrilla de liberación (futuro Ejército de Liberación Nacional) que, muy pronto, imprimió un sombrío cariz a los intereses de Francia en Marruecos.

Tetuan1957 La opinión pública internacional, por no hablar de la ONU y las fuerzas más demostrativas de la izquierda política francesa, liberales y católicos progresistas (revista Les Temps Modernes , dirigida por Sartre; Comité France-Magreb, presidido por Mauriac; Asociación Amitiés Marocaines , suerte de grupo de mediación mixto, es decir, judeo-franco-marroquí) elevó un clamor de protesta contra el desatino cometido por la autoridad mandataria en Rabat, y en evitación de que el deterioro de la situación alcanzara, en Marruecos y en todo el norte de África, unas proporciones tan dramáticas que resultara imposible restaurar un equilibrio entre las partes.

Mientras tanto, la autoridad española en Tetuán, que recaía en aquellos años en el general García Valiño, había jugado una carta sumamente curiosa, por matizarla de algún modo.


    España

Ya bajo el mandato de Varela, tanto el Alto Comisario como Franco, en El Pardo, habían continuado su política de basculación  entre represión-tolerancia con las manifestaciones nacionalistas de muy diversa índole realizadas en Tetuán, Larache, Villa Sanjurjo y Nador.

Al agravarse los acontecimientos en el sur de Marruecos, García Valiño, movido por una visceral francofobia, y Franco mismo, intentando capitalizar su política árabe ante la Liga, con sede en El Cairo, procedieron con astucia paralela, pero discrepante.

Valiño, con menos sentido de la política de Estado que Franco, favoreció las actividades nacionalistas (emisiones de radio, tráfico de armas interzonal) dirigidas a alentar moralmente, o a reforzar con municiones, la espiral del desafío istiklalí al colonialismo francés; Franco, deseando impresionar favorablemente a la Secretaría General de la Liga de Estados Árabes en la fase postrera del pleno aislamiento internacional del régimen español, seguía pensando no sólo que el “divide e impera” en Marruecos podía granjearle las simpatías musulmanas, sino que, además, la condescendencia con las actividades antifrancesas realizadas por el Istiklal con apoyo logístico en el norte del Protectorado, daría visos de aceptabilidad a su idea de un Rif autónomo, pero asociado al Estado español.

García Valiño atrajo a las autoridades más conservadoras del Protectorado español a que cerraran filas en torno al Gran Visir del Jalifa (Sidi Ahmed ben Abd el-Krim El Haddad), rechazaran el destronamiento del sultán, ratificaran la lealtad jalifiana y de toda la zona norte a la legitimidad alauí y a los tratados internacionales. Todo ello se dio cita en el cacareado acto de la Hípica de Tetuán, en enero de 1954.

Una semanas después se trasladaba Valiño en persona, acompañado de una comitiva de notables marroquíes, a presentar su adhesión a Franco en El Pardo, quien pronunció un breve discurso en el que dijo: “Yo puedo aseguraros que España seguirá fiel a los tratados y leal a sus hermanos marroquíes; defenderá con tesón la unidad de Marruecos y la letra y el espíritu de los acuerdos, sin aceptar situaciones de hecho que, en pugna con nuestro sentir, lo están también con la moral internacional y con la letra y el espíritu de los convenios concertados, seguros de que la fuerza de la razón acabará triunfando sobre la sinrazón de la fuerza.”

El dictador jugaba así su baza política a la carta de la arabidad y de la respetuosidad del régimen con las reglas del orden internacional de postguerra. De este modo pensaba ganar puntos en la ONU, obtener el apoyo político, y hasta financiero, de los países árabes con rentas petroleras, y contrarrestar la propaganda antifranquista del bloque parlamentario centro-izquierda de la IV República francesa.

Sin embargo, todos los nacionalistas del Istiklal prosiguieron su acción de fuerza en el interior y la multiplicación de gestiones pro-independentistas en el exilio. Allal el-Fassi, Ahmed Balafrej, Abdel Jalek Torres y tantos otros recurrieron a los apoyos en el exterior para hacer que, al final, Francia “arrojara la toalla” y accediera a las peticiones de origen.

Este proceso se aceleró en agosto de 1955, cuando un comité ministerial francés se reunió con una delegación marroquí en Aix-les-Bains para constituir el Consejo del Trono que, provisionalmente, representara a la autoridad xerifiana antes de que Mohamed V fuese restaurado, previa renuncia de ben Arafa. Estos pasos se fueron produciendo a partir de septiembre del mismo año para culminar en la reunión de La Celle Saint-Cloud, en la que se acordó la concesión de la independencia –y no interdependencia– a Marruecos.

Todo el resto del proceso se consumó a partir de los primeros meses de 1956: el monarca regresó, apoteósicamente acogido, a su país; la derogación del tratado de Fez abrió para Marruecos el acceso a la plena soberanía; las potencias mandatarias iniciaron la transferencia de competencias a los servicios marroquíes, zona de Tánger inclusive; Marruecos, en suma, fue admitido como Estado de pleno derecho en la ONU. Franco, por su parte, hubo de aceptar el desenlace del asunto y tendió a desentenderse del vecino meridional.


    Túnez

TunezColonial Se cerró, así, un contencioso que se venía gestando desde hacía un par de decenios y que, además, se solapó, literalmente hablando, con otro litigio en que las partes encontradas fueron Francia, de nuevo, y el movimiento nacionalista de Túnez, encarnado en el partido Neo-Destur que encabezaba Habib Burguiba.

El conflicto planteado en el territorio de la Regencia tunecina ofrece una relación de fuerzas parecida a la que se acaba de ver dentro del marco del Protectorado franco-español en Marruecos, salvo que en Túnez –como se advirtió en un principio– el contencioso fue menos complejo debido al hecho de que el enfrentamiento se produjo entre una sola potencia mandataria y la resistencia política y social al colonialismo.

De un lado, los gobiernos de la IV República francesa, no siempre con compacta unanimidad, hicieron suya la declaración de un diputado inmovilista: “Túnez, como Marruecos, reiniciarán su marcha hacia el progreso si se atina a combinar la salvaguarda de los derechos imprescindibles de los franceses del norte de África con la reafirmación de la indisolubilidad y cordial unidad franco-africana.” De otro, el conjunto de fuerzas sociales y políticas tunecinas (Unión General de Trabajadores , dirigida por Farhat Arded y Partido Neo-Destur, encabezado por Habib Burguiba) que, ante la lentitud metropolitana en escuchar las peticiones de restitución de la autonomía interna, profetizaron a través del Comandante Supremo: “Se ha vuelto una página de la historia y comienza otra nueva..., se abre una era de represión y resistencia, con su inevitable cortejo de lágrimas, duelos y rencores. El Neo-Destur ha decidido emprender la lucha con la misma resolución y coraje de que ha dado prueba en el pasado y que le ha asegurado la victoria.”

Y en medio de los dos términos encontrados, la figura del Bey de la Regencia, vástago de la dinastía husseini y depositario de una legitimidad histórica remontable a principios del siglo XVIII. En torno a su persona, Lamine Bey conseguiría, a partir de 1949, aglutinar la fidelidad de las masas populares y la estrategia nacionalista en su lucha contra los preponderantes europeos, al desengancharse progresivamente de la Residencia General y de los esfuerzos retencionistas del Quai d´Orsay, al menos hasta el advenimiento del Gabinete Mèndes-France, en junio de 1954.

Como en el caso de Marruecos, el pulso entre  la Residencia y los nacionalistas se jugó en tres tiempos muy definidos. Primero hay todo un planteamiento crítico de la situación que va desde e final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1952. Son los años de experimentación falseada de la autonomía interna para el Protectorado tunecino, que concluyen con la caída del Gabinete Chenik, el agravamiento de la cuestión social y el regreso de Burguiba a su país natal luego de cuatro años de voluntario exilio en El Cairo, capital política y cultural del Islam de entonces.

El punto muerto en la negociación de un arreglo satisfactorio para las dos partes condujo, entonces, al contencioso franco-tunecino al climax de la represión y el terror practicados paralelamente por el ejército y la policía metropolitanos y las bandas armadas y grupos guerrilleros locales. Entre 1952-54, la dialéctica de la violencia se enseñoreó de las relaciones humanas en toda la extensión  del territorio de la antigua Regencia, desde el Norte hasta el Sahel, desde Kairiuán hasta Gafsa y Gabes.

Fueron aquellos años decisivos tanto para la causa del Neo-Destur como para todo el Magreb, en el ajedrezado mundial. Con el apoyo del lobby tercermundista, Burguiba consiguió que la Asamblea General de las Naciones Unidas elevara al Consejo de Seguridad la sedicente “Cuestión de Túnez”, en la medida en que el deterioro de la situación en la Regencia podía poner en solfa la seguridad y la paz en el mundo; sin embargo, el Consejo de Seguridad rechazó la inclusión de la petición en su orden del día por cinco votos a favor (Pakistán, Brasil, Chile, China y URSS), dos en contra (Francia y Reino Unido) u cuatro abstenciones (Estados Unidos, Turquía, Grecia y Holanda), no alcanzándose los siete votos prescritos para que una moción pase a ser discutida formalmente.

Maurice Schuman, en nombre de Francia, hizo gala de su discriminación analítica para desautorizar a la ONU en calidad de parteTunez interesada en el problema franco-tunecino: “la Organización –afirmó– no posee competencia alguna para entender en situaciones creadas por el Tratado de el Bardo [6] en intervenir, en la medida en que sea, en las relaciones existentes entre los Estados del norte de África y Francia.”

La pugna se intensificó, a partir de este momento, hasta que el encuentro secreto de Mèndes-France y Burguiba (noviembre de 1954) puso los fundamentos de una pacificación creciente entre autoridades y colonos, de una parte, y movimiento armado de terroristas y fellaghas, de otra. Se inició entonces la tercera etapa del contencioso franco-tunecino, caracterizada por un postrer esfuerzo francés en mantener ascendiente y soberanía en Túnez –siempre a través de lo acordado en el Tratado de El Bardo–,  aunque concediendo una amplia gama de funciones políticas y administrativas a la burguesía local, reclutada en la capital de la nación y en las ciudades de la costa saheliana (Monastir, Susse, Mahdia y Sfax).

Dos posturas se perfilan en seguida ante esta “maniobra”: la intransigencia de Sallah Ben Yussef –no exenta de apoyo en los medios radicales de la Liga de Estados Árabes –, y la más contemporizadora de Burguiba, quien se deshace de su antagonista excomulgándole del partido, y procede a negociar con Edgard Faure, primero, y Guy Mollet, más tarde (febrero de 1956), los términos del protocolo que garantiza para el país la recuperación total, y sin recortes de ningún tipo, de la soberanía.

La simultánea crisis del trono de Marruecos, el peliagudo asunto de la guerra de Argelia, la crisis general del sistema colonial anglo-francés en conjunto, aceleró la concesión de la independencia a Túnez. Ésta fue respaldada con la incorporación del nuevo Estado a la ONU. El año siguiente, y previo referéndum, Túnez abolió la nominal figura de la Regencia y se proclamó República socialista de partido único dentro de la comunidad árabe. Habib Burguiba comenzó en su mediterráneo palacio de Cartago una era nueva para el país... y la consolidación política de su azarosa vida en calidad de presidente, “Comandante Supremo” y “Padre de la Patria” vitalicio. 

El tercer contencioso norteafricano resuelto en la segundo posguerra del siglo XX fue el que enfrentó a Francia con Argelia, tierra de expansión gala por excelencia desde 1830, y a la que la IV República sacrificó los protectorados, en la esperanza de que el “departamento de ultramar” pudiera permanecer vinculado para siempre, y con lazos indisolubles, al viejo hexágono europeo.

BIBLIOGRAFÍA

-    Ch. R. Agueron, Historie de l´Argérie Contemporaine, Paris, PUF, v. II.
-    Michel Camau, Pouvoirs et Institutions au Magreb , Túnez, Ceres, 1978.
-    Elbaki Hermassi, Leadership and National Development in North Africa, Univ. of California Press, 1972.
-    A. Julien, L´Afrique du Nord en marche. Nationalismes musulmans et souveraineté francaise, París, Julliard, 1972.
-    A. Julien, Le Maroc facé aux Imperialismes , París, Jeune Afrique, 1978.
-    Mustapha Kraiem, La classe ouvrière tunisienne et la lutte de liberation nationale (1939-1952), Tunis, 1980.
-    Miguel Martín, El colonialismo español en Marruecos, París, Ruedo Ibérico, 1973.
-    Víctor Morales Lezcano, España y el norte de África: el Protectorado en Marruecos (1912-1956) , Madrid, UNED, 1984.
-    Robert Rézette, Les partis politiques marocains, París, Colin, 1955.
-    R. le Tourneau, Evolution politique de l´Afrique de nord musulmane (1920-1961), París, Colin, 1962.
-    N. A. Ziader, Origins of Nationalism in Tunisia , Beirut, American University, 1962.


NOTAS.-

[1] Segunda parte del artículo “ Marruecos y Túnez: del Protectorado a la independencia ” (I), publicado en revista Alif Nûn nº 47, marzo de 2007. Extraído de “La independencia árabe- El nacimiento de Israel”, en Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 107-128.  Para una mayor información sobre el proceso de independencia marroquí y sobre el Marruecos actual, véase la obra del mismo autor Historia de Marruecos. De los orígenes tribales y las poblaciones nómadas a la independencia y la monarquía actual , La Esfera de los Libros, Madrid, 2006. También pueden consultarse la siguiente bibliografía:  Marruecos: aproximación a sus instituciones y a su protocolo , Edición Personal, Madrid, 2005; C. R. Pennell,  Marruecos, del imperio a la independencia , Alianza Editorial, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción).

[2] Víctor Morales Lezcano nació en Las Palmas de Gran Canaria y es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Relaciones Internacionales entre 1850 y 2000, becario del Consejo Británico y de la Comisión Fulbright en el Reino Unido y en Estados Unidos, profesor en la Universidad Autónoma de Madrid y en la UNED, y miembro del Instituto Universitario de Investigación de esta última institución. (Nota de la Redacción).

[3] Según el Tratado de Fez, firmado el 30 de marzo de 1912, el sultán Abdelhafid de Marruecos había cedido la soberanía de su país a Francia, haciendo de Marruecos un Protectorado. Como parte del tratado, Alemania reconoció las esferas de influencia francesa y española en Marruecos, recibiendo a cambio territorios en el Congo Medio (actual República del Congo) y una colonia del África Ecuatorial Francesa, los cuales se convirtieron en parte de África Oriental Alemana. España recibió algunos territorios en el norte de Marruecos, que se convirtieron en el Protectorado español en aquel país. (Nota de la Redacción).

[4] La expresión bled (del árabe culto, bilâd ) significa, en árabe dialectal, territorio, país. (Nota de la Redacción).

[5] El nº 37 de Quai d´Orsay , en París, es el lugar donde se ubica el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República francesa desde finales del siglo XIX. (Nota De la Redacción).

[6] En 1881, el ejército francés ocupó Túnez con el fin de subyugar a las tribus que dificultaban la presencia francesa en Argelia. El 12 de mayo de ese mismo año, el bey regente firmó el Tratado de Kasser Said, conocido como el Tratado de Bardo, por el cual el país pasaba a estar bajo Protectorado francés. (Nota de la Redacción).


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