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EL CONCEPTO DE RELIGIÓN EN LAS
"EPÍSTOLAS DE LOS HERMANOS DE LA PUREZA" Ricardo-Felipe Albert Reyna [1] 1.- Introducción
Tradicionalmente se han separado los ámbitos de la Cristiandad latina, la Cristiandad Griega y el mundo del Islam como si de tres campos de estudio independientes se tratara [2] . Como herederos en los que se ha refractado parte del legado de la Antigüedad, entendida en su doble vertiente del mundo greco-latino y del Oriente Próximo, cabe, sin embargo, buscar rasgos compartidos a pesar de los desarrollos particulares de cada ámbito. Centrándonos en la herencia común del helenismo podemos hacer un seguimiento de la pervivencia que ha tenido y de las épocas en las que renace y florece con mayor vigor. Pues bien, uno de los focos de atención de la cultura helénica es el hombre como portador de valores absolutos. Y la tesis que defiende esta forma de enfoque y valoración de la existencia humana recibe el nombre de humanismo (aunque este término haya sido y siga siendo aplicado también a otras maneras de fijar la atención en el ser humano). Épocas de renacimiento humanista
las tenemos en los tres ámbitos culturales mencionados. Por lo que
se refiere al mundo del Islam, la época de mayor atención
ha recibido y que pueda caracterizarse como culturalmente humanista es,
sin duda, la que extiende entre los siglos III H / IX d. C. y IV H / X d.
C, periodo durante el cual habrían sido probablemente compuestas Las
Rasā’il Ijwān al-Safā’. Las Rasā’il Ijwān al-Safā’ [3[ , título que aquí traducimos como Epístolas de los Hermanos de la Pureza, son una obra enciclopédica de autoría desconocida y discutida, redactada en el oriente árabe islámico en la época de esplendor del califato ‛abbāsí. La obra consta de cincuenta y dos tratados en forma de epístolas, agrupadas en cuatro núcleos temáticos o secciones: las ciencias propedéuticas (necesarias para la comprensión y asimilación de las siguientes), las ciencias físico-naturales, las ciencias psíquico-intelectuales y las ciencias metafísicas o reveladas. Cada grupo de epístolas presupone el anterior, y los mismos objetos van siendo tratados desde el punto de vista de las distintas ciencias a la manera de una espiral, cada vez en un nivel más espiritual, menos material, dentro de un plan pedagógico que confiesa querer llevar al lector desde las profundidades del mundo de la materia hasta la altura sublime del espíritu. El reconocido carácter enciclopédico de las Rasā’il Ijwān al-Safā’ y la orientación de su contenido han sido interpretados y subrayados como una nota heterodoxa y discordante frente al Islam de la corte ‛abbāsí, de modo que han solido ser adscritas a sectores sociales marginales con pretensiones y aspiraciones a la Verdad y al Poder. Incluso se ha dicho a veces que estamos ante una obra de autoría šī‛í ismā‛īlí, pero lo cierto es que el texto predica un universalismo islámico explícitamente enfrentado a todo tipo de sectarismo, tanto šī‛í como no šī‛í. Lo que no se ha hecho, y es lo que aquí
emprendemos, es presentar esta obra liberándola de los ropajes que
se les han ido añadiendo por parte de varias generaciones de investigadores,
los cuales se habían sumado a varios siglos de prescindir de su
lectura desde una presunción ingenua, a veces condenatoria, de conocer
sus contenidos. En la época y cultura de las que
estamos hablando el marco intelectual predominante es el neoplatonismo, que
tiñe toda actividad Recordemos que en este neoplatonismo
común a las tres tradiciones religiosas de la época la creación
es una emanación del Dios Único a través de un número
de hipóstasis que, en general, y en el caso particular que aquí
nos interesa, pueden reducirse a tres: Intelecto, Alma y Materia. Diversos
enfoques analíticos permiten distinguir y desglosar estos tres niveles
de análisis en un número indefinido de capas o etapas atemporales
de aquella emanación en su despliegue universal, pero las tres indicadas
son categorías suficientes para comprender la estructura de un universo
que a cada paso refleja la jerarquía descendente desde Dios, pasando
por el Intelecto, todavía en esencia uno, y por el Alma, ya múltiple
como exige el principio de dinamicidad (recordemos que mientras permaneciéramos
en la esfera del Ser único parmenídeo seguiríamos
en el campo de lo inmóvil); emanación que se agota, desde
un punto de vista descendente, en la Materia, en el polo opuesto de la existencia. Sobre la base de esta visión del mundo podemos comprender que el ser humano refleje también esta estructura jerárquica y que en él podamos encontrar un intelecto, verdadero imām oculto, pero presente entre los hombres, al que pocos siguen; un alma que lo impulsa a los fines que el intelecto le fija (o no le fija); y un cuerpo inerte, vehículo para la acción del alma, con el que interactuamos con otros individuos. Es decir, que en el ser humano, según lo expuesto en las Epístolas de los Hermanos de la Pureza , podemos distinguir un número de dimensiones constitutivas que nos permiten aprehender su esencia. Sus dimensiones más nobles son las cognitivas, que consisten en la aprehensión del conocimiento por parte del intelecto. A ellas están subordinadas las dimensiones pragmáticas, consistentes en la actividad impulsada por el alma. Y al final de la jerarquía descendente están las dimensiones sociales, propias de la interacción entre los individuos realizada a través del cuerpo. Sin embargo, el ser humano posee una
cuarta dimensión, la dimensión espiritual, que integra todas
las otras dimensiones y que abarca la totalidad del hombre, de un modo
análogo a como el ser humano resume y refleja en sí mismo
la estructura de la creación entera. Desde un punto de vista cognitivo el ser humano ocupa una posición central en el universo como vehículo de las formas desde la materia hacia el intelecto pasando por el alma. También desde un punto de vista pragmático ocupa una posición central como vehículo de las formas, pero en este caso desde el intelecto hacia la materia, pasando igualmente por el alma. Y desde un punto de vista social la centralidad humana en el cosmos se manifiesta como ámbito, empíricamente interpersonal y espiritualmente suprapersonal, que encabeza y asume el retorno de la emanación hipostática hacia su Origen Divino. Pero nuestra obra hace un tratamiento
frecuente del fenómeno religioso como caso particular de esa reintegración
de la emanación hipostática, no circunscrita ahora a un ámbito
particular cualquiera, ni en lo literal ni en lo metafórico, sino
abierta a los esfuerzos directos de convertir en una realidad consciente
y práctica el vínculo que une a Creador y criatura, esfuerzos
que suelen recibir el nombre de religión. Aunque las Epístolas de los Hermanos de la Pureza parecen afirmar que la idolatría ( ‛ibādat al-asnām) es “la religión más antigua y la más generalizada de todas” [4] , cuando nos presentan la historia de esa misma idolatría leemos que los primeros sabios “se servían de los ángeles para intentar acercarse a Dios”, práctica cuyas apariencias fueron adoptadas después por otras personas sin saber realmente lo que hacían y, así, aquel servirse de los ángeles fue transformándose primero en una adoración de los ángeles, luego de los astros y, finalmente, de meros ídolos inertes [5] . El punto de partida de la historia religiosa de la humanidad, pues, no es para nuestra obra dicha idolatría, sino que ésta es el resultado de una degeneración que no se mantiene a la altura de un estado más elevado anterior. El transcurso del tiempo y la degeneración religiosa aparecen, en un primer momento, como realidades paralelas. La religión, en su sentido primigenio, y de acuerdo con este esbozo de historia natural de la misma, es un camino hacia Dios [6] ; más exactamente, es un camino por el que el ser humano busca el Paraíso del amor creativo de Dios [7] . Cabe incluso más precisión cuando leemos que el objetivo de la religión es despertar al hombre de la ignorancia al conocimiento, con lo cual queda liberado de las limitaciones materiales, entre ellas las temporales, y alcanza la felicidad [8] . Ese objetivo está siempre referido a los hombres particulares y, por ello, se cifra en una regeneración moral [9] : si aquel despertar al conocimiento es real, no dejará de manifestarse en el dominio de la acción. El conocimiento de la realidad que proporcionan las religiones es siempre el mismo, y éstas se diferencian solamente en los métodos o caminos que presentan, y que siempre llevan hacia el mismo Dios [10] : “La verdad se encuentra presente en todas las religiones y puede ser expresada en todas las lenguas.” [11] Las diferencias posibles entre los métodos de las distintas religiones, y la diversidad dentro de cada una de ellas, se dan en los aspectos siguientes: a) La letra de la revelación: divergencia providencial para que el provecho de la revelación llegue a todo tipo de personas, cada uno receptivo a un aspecto determinado de la revelación. b) El sentido de un mismo mensaje revelado: a causa de las capacidades diversas de los intérpretes del mismo. c) Los misterios y verdades revelados: divididos entre las distintas religiones y escuelas para contrarrestar las interpretaciones estrechas, impedir la autocomplacencia y empujar a la búsqueda del saber. d) Los dirigentes: las más de cuarenta virtudes humanas y angélicas de los profetas se reparten diversamente entre los herederos de su saber y su misión. e) La aplicación práctica del mensaje: siempre hay quien se queda en el sentido literal aparente de la revelación, también hay quien sigue la interpretación que hacen otros, algunos realizan un esfuerzo personal de comprensión, según su capacidad, y otros más buscan noticias que les hagan entender el contexto de la predicación [12] . En cualquier caso, los profetas son médicos de las almas, y éstas se ven afectadas por enfermedades bien diversas, aunque puedan resumirse en la ignorancia y la conducta agresiva [13] . Con lo cual tenemos que cada religión es una especie de medicamento contra algunas enfermedades del alma: aquéllas contra las que está providencialmente dirigido. Recordemos que esa conducta agresiva no es más que la traducción material de la ignorancia del alma que está sumergida en el océano opaco del cuerpo y sus servidumbres. Lo que nos queda, pues, como concepto
de religión es una revelación plural del conocimiento de
Dios y de diversos métodos para que la humanidad ignorante pueda
alcanzar ese mismo saber y librarse de la opresión de la materia.
Esa vía práctica de conocimiento liberador que es cada religión
termina refractándose en un arco iris religioso, plasmación
lógica de la revelación en el mundo de la multiplicidad, que
necesariamente ha de incluir las formas más degeneradas de la idolatría.
Estos conocimientos se asimilan gradualmente [19] , resumiéndose en cinco afirmaciones (de la existencia de un transfondo único de toda la existencia, de la capacidad humana de acceder a ese conocimiento, de la existencia de maestros que lo transmitan, de la actuación de esos maestros como tales y de la transcendencia de la existencia humana) y en su correspondiente confirmación vivencial [20] , para lo cual lo primero que hay que hacer es seguir el método práctico enseñado por un profeta determinado [21] . Ese método práctico, la
“Ley” enseñada por cada profeta, tiene en cuenta a la vez el interés
de todos y cada uno, a diferencia de los La Ley de cada religión, al referirse
a su lado práctico, regula la conducta humana mediante mandatos
y prohibiciones
[24]
, acciones corporales que se remiten a unos
sentidos espirituales, de acuerdo con la correspondencia entre los dos
aspectos, corporal y espiritual, del ser humano
[25]
. Sentidos que son de una importancia fundamental, ya que
los ritos, si están desprovistos de sentido, no dejan de ser un simple
juego infantil en cualquier religión
[26]
: deben abarcar lo material y lo espiritual
[27]
. El mero seguir el ejemplo material de los profetas es el
primer aspecto, y el segundo es hacerlo afirmando vivencialmente la unidad
y unicidad de Dios, cosa muy difícil de hacer porque significa la
muerte del cuerpo, apartar el alma de todo a lo que dirige sus apetencias
y comprender el verdadero ser de todas las criaturas
[28]
. Como botón de muestra de los sentidos de algunos
ritos de la tradición islámica se nos dice que la Fiesta de
la Ruptura del Ayuno se corresponde con todo comienzo y aparición en
la existencia; la Fiesta del Sacrificio, con la desaparición del mal
y la imperfección; el día de la muerte del Profeta, con la
ocultación y la desaparición de la existencia manifiesta
[29]
. O, en otra ocasión, leemos que el
sentido del sacrificio conocido materialmente es el de entregarse a Dios
con todo el ser sacrificando sin miedos los aspectos corporales de éste
[30]
. En cualquier caso se trata de dos aspectos
que conviene mantener diferenciados, ya que los sentidos son un asunto espiritual,
del alma, mientras que las conductas en las que aquéllos se encarnan
son un asunto positivo, práctico y mundano con el que sólo
se pretende dar a los mismos un marco material, firme y estable
[31]
. Las Epístolas de los Hermanos de la Pureza se extienden en la consideración de toda una serie de cuestiones de tipo religioso al hilo de su exposición del concepto de religión. Así vemos la valoración positiva que hacen del método y del conocimiento aportados por el Islam histórico sobre la base de que éste abarca y asume como propios los contenidos de las demás revelaciones y propone una conducta equilibrada como la más apropiada para la generalidad de la humanidad [32] . O vemos también la extensión con la que consideran el concepto de profecía y su prolongación más allá de la persona de los profetas. Asimismo se detienen a contemplar los diferentes tipos de actitudes posibles ante la revelación profética, según predomine un componente u otro de la personalidad humana: el intelectual, el anímico o el material. Por último, el círculo
de la religión refleja un número de focos que no por ser
tratados de un modo secundario dejarían de tener importancia en el
edificio del pensamiento que exponemos: hay toda una teodicea que depende
de un concepto suprarracional de Dios, como hay una ética de base
intelectualista que explica el destino del hombre, con una comprensión
pragmática de la inercia religiosa y una denuncia de las guerras sacrílegas
que se libran en el nombre de la religión y de Dios. Dicho lo cual, puede considerarse conclusa
esta breve exposición del concepto de religión en las
Epístolas de los Hermanos de la Pureza como camino consciente
de reintegración del ser humano desde su polo material, a través
de sus dimensiones anímico-pragmáticas e intelecto-cognitivas,
hasta el fundamento supraintelectual de su existencia; reintegración
en la cual el hombre no se desprende de sus dimensiones constitutivas
sino que hace irradiar en ellas la luz que lo espera al final de su caminar. NOTAS.- [1] Ricardo-Felipe Albert nació en Málaga en 1962 y viene estudiando algunos aspectos teóricos y prácticos del Islam desde la década de los años ochenta. Doctor en Filología árabe por la Universidad Complutense de Madrid, se ha dedicado al aprendizaje y a la enseñanza, en el Centro Cultural Islámico de Madrid, en el proyecto de Universidad Averroes / Ibn Rushd de Córdoba, y en la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente imparte clases como Profesor en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos. El texto que presentamos es una breve síntesis de uno de los capítulos de la tesis doctoral redactada por el autor, titulada La antropología de los Ijwān al-Safā’. (Nota de la Redacción). [2] Cf. Grunebaum, Gustave E. von: Medieval Islam. A vital study of Islam at its zenith. 2ª ed., Chicago, 1953, p. 1. [3] La edición utilizada, con este título, es la de Beirut (1957), única comercialmente accesible. La estructura de las referencias que se hacen a ella es como sigue: la letra R (de risāla) indica la epístola, identificada por su número de orden; el número romano (I, II, III, IV) es el del volumen en que se encuentra dicha epístola; terminando con la(s) página(s) de referencia. [4] R. 42, III, p. 480. [5] R. 42, III, pp. 482-483. [6] R. 22, II, p. 367. [7] R. 31, III, p. 155. [8] R. 43, IV, p. 5. [9] R. 22, II, pp. 325-328. [10] R. 26, II, pp. 470-471. [11] R. 42, III, p. 501. [12] R. 42, III, pp. 488-491. [13] R. 48, IV, p. 162. [14] R. 42, III, p. 452. [15] R. 47, IV, p. 129. [16] R. 42, III, pp. 511-512. [17] R. 48, IV, pp. 161-162. [18] R. 7, I, p. 274. [19] R. 46, IV, pp. 109-110. [20] R. 46, IV, pp. 67-68. [21] R. 46, IV, p. 76. [22] R. 46, IV, pp. 79-80. [23] R. 42, III, p. 492. [24] R. 46, IV, p. 77. [25] R. 42, III, p. 486. [26] R. 20, II, p. 140. [27] R. 19, II, p. 125. [28] R. 50, IV, pp. 261-263. [29] R. 50, IV, pp. 267-268. La Fiesta de la Ruptura del Ayuno es la que pone el punto final al ayuno del mes de ramadán, mientras que la Fiesta del Sacrificio es la que cierra la peregrinación mayor (haŷŷ) al santuario de la Ka‛ba, en La Meca. El ayuno en ramadán y la peregrinación mayor son dos de los cinco pilares sobre los que el musulmán construye su Islam. Los otros son el testimonio (de que Dios no hay más que uno y de que Muhammad es portador de Su mensaje), la oración y el azaque (la “devolución” a los necesitados de la parte de los bienes propios que en legitimidad les pertenece a ellos). Los aspectos formales de los cinco pilares vienen definidos canónicamente. [30] R. 50, IV, pp. 270-271. [31] R. 52, IV, p. 460. [32] R. 48, IV, p. 195. A Portada |
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