LA BÚSQUEDA DE ALLAH [1]

Abderrahmán Mohamed Maanan [2]  

Bismil-lâhi r-ahmâni rahîm

“Si Le pides, Lo acusas; si Lo buscas es porque estás ausente; si buscas a otro es por falta de pudor; y si esperas de otro es porque estás lejos de Él”.
“El libro de la Sabiduría” (Kitab al-hikam), Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría [3]

Vamos a ir viendo poco a poco las implicaciones de esta sentencia de  Ibn ‘Atâ’-Allâh que, sobre todo, consigue desbaratarnos todo lo que habíamos conseguido entender hasta ahora. Quien haya empezado a intuir más o menos aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de Allâh [4] , podrá empezar a comprender lo qué significa, aunque esta comprensión, evidentemente, no le hará superar el permanente estado de perplejidad, pues se nos está diciendo que buscar a Allâh  y esperar algo de Él no tiene ningún sentido.

Nos dice la sentencia que pedir algo a Allâh es una acusación que lanzas contra Él, porque si tú Le pides o esperas algo de Él, sencillamente Lo estás acusando de desatenderte, es decir, Lo estás acusando de no saber algo que tú necesitas y que no te lo está ofreciendo ni entregando. Eso lleva implícita una acusación que supone una falta de cortesía (adâb) ante Allâh. Por lo tanto, pedir o esperar cualquier cosa de Allâh no es más que una demostración de insensatez, porque si Allâh no te estuviera sosteniendo, tú, simplemente, no existirías. De este modo, la asistencia y la atención de Allâh hacia ti es algo permanente y tú no tienes por qué pedirle absolutamente nada porque ya tienes todo lo que te está ofreciendo, y eso es todo lo que debe ofrecerte.

Ahora bien, sabemos por el Corán que constantemente se nos invita a pedirle todo a Allâh. En un hadiz se llega a decir: “Pedidle a Allâh incluso para que baje el precio de la sal”. Es decir, los sufíes nos dicen que cualquier asunto cotidiano debe ser proyectado por el ser humano hacia Allâh, pero esa súplica (du‘â’), esa invocación de Allâh, es necesario hacerla con absoluto desapego, pues el du‘â' sirve para tomar conciencia de tu dependencia de Allâh. Así, con sus actos, el musulmán no hace otra cosa que presentarse ante Allâh en un estado de pobreza espiritual (faqr), de dependencia y sujeción absolutas respecto a Aquél que le ha dado el ser y que lo alimenta constantemente. 

Este estado de absoluta necesidad y dependencia respecto a Allâh debe vivenciarlo el ser humano para tomar conciencia de lo que Ibn ‘Atâ’-Allâh nos está diciendo en la segunda parte de la sentencia: “Si Lo buscas es porque estás ausente”, pues la presencia de Allâh es aquello que mantiene la existencia de las cosas, de modo que si esa presencia no tuviera lugar, no existiría absolutamente nada. Así que si no encuentras a Allâh es simplemente porque eres tú quien está ausente a lo Real. Muchas veces hemos definido a Allâh como Aquél que hace reales las cosas. Si las cosas tienen alguna realidad, su realidad es la de Allâh, y no la propia, porque, en sí, todo lo que existe es nada. Por lo tanto, la búsqueda de Allâh no es la búsqueda de un “objeto perdido” que hay que encontrar, sino que más bien consiste en encontrarte a ti mismo, de tal manera que, cuando haces emerger tu corazón y ocultas un poco tu ego (nafs), es entonces cuando se produce un encuentro con Allâh.

Nos dice un poeta sufí de Ceuta llamado as-Sabtî: “Mi ojo llora por no ver a Allâh, siendo Él, como es, mi pupila”. En estos dos versos del poema se nos está indicando todo lo que hay que saber sobre Allâh. Allâh es la pupila con la que ves, pero lo que ves no es Allâh. Si fueras capaz de ver tu propio ojo, allí encontrarías a tu Señor, al que te rige interiormente, la Verdad (al-Haqq). Así pues, buscar a Allâh no es una búsqueda de un objeto exterior ni la búsqueda de un “otro”, de un alter ego, sino que es el acto de presentarte ante Él. 

Porque a Allâh no se Lo conoce ni se Lo ve jamás, a pesar –como dirá el shaij Sîdî Ahmad al-‘Alawî– de la fuerza de Su presencia; tan poderosa que sin ella nada existiría [5] ... pero entonces, ¿Por qué  no Lo percibimos en cada momento, si Su presencia es constante? Precisamente a causa de nuestra ausencia; es decir, vivimos en un mundo irreal, imaginado y creado por nosotros, en el cual no cabe Allâh, porque todo lo creamos exclusivamente con una función: la de mantener nuestra individualidad y afirmarnos a nosotros mismos. Eso, ya lo hemos visto en muchas ocasiones [6] , no es malo en sí mismo, pues nuestra individualidad es uno de los obsequios de Allâh. Ahora bien, desde la perspectiva sufí, esta circunstancia debe convertirse en el trampolín para alcanzar un conocimiento de Allâh partiendo de tu propio ser e individualidad, según el famoso hadiz que afirma: “Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”.

Las dos frases siguientes de la sentencia de Ibn ‘Atâ’-Allâh nos remiten al mundo y al universo. Nos dicen: “si buscas a otro [que no sea Allâh] es por falta de pudor; y si esperas de otro es porque estás lejos de Él”. Es decir, Allâh te está convocando y te está llamando continuamente, de modo que, realmente, la llamada de Allâh es algo absolutamente presente y cotidiano; sin embargo, Le estás dando la espalda cuando buscas otra cosa o fijas tu atención en todo lo que no sea Allâh; estás dándole la espalda a Quien te está invitando, y esto es una falta de pudor y de vergüenza. Además, esperar algo o invocar cualquier otra cosa que no sea Allâh, es simplemente porque te has distanciado muchísimo de Él, que es la fuente de la vida, de la paz y de todo aquello que alimenta al ser humano.

Pero el ser humano prefiere acomodarse a sus seguridades ficticias y a sus certezas inmediatas, viviendo exclusivamente a partir de su propio ego (nafs), y no desde el corazón ( qalb), único modo que nos permite a los seres humanos abrirnos hacia la Verdad. Aunque para abrir el corazón hay que romper aquello que obstaculiza esa apertura, lo cual no es otra cosa que nuestra confianza en la rutina y en la esperanza de pensar que mañana estaremos vivos [7] . Quien realmente busca a Allâh con honestidad y seriedad sabe que nunca va a llegar hasta Él. Todo lo que podemos ir aprendiendo de Allâh es que se trata de una realidad absolutamente sobrecogedora a la que no tenemos ningún modo de aferrarnos, pues todo intento de definición de Allâh se nos escapa inmediatamente. Allâh no se te ofrece; es decir, no es un objeto hacia el que puedas dirigir tu intención; porque no es algo que puedas encontrar ya que, para encontrarlo, antes tendrías que haberlo perdido. Entonces, como no ha habido ninguna pérdida, lo único que vas a encontrar al final de ese camino es una realidad representada a través de la metáfora de as-Sabtî antes citada: tu pupila (‘ain ), aquello con lo cual tú has estado mirando hacia todo lo que existe. Es decir, vas a encontrarte contigo mismo. Quien sea capaz de dar este paso conseguirá superar la sucesión de causas y efectos, el mundo de los fenómenos y de la multiplicidad, descubriendo que todo es pura apariencia de una acción unitaria, a la que llamamos acción de Allâh.

Por eso el Corán nos dice que Allâh está en el nafs de las cosas y en los horizontes, es decir, en lo más interior de ti mismo y en todo lo que te rodea; ese es el sentido de la Unidad (Tawhîd). Dice el shaij Sîdî Ahmad al-‘Alawî: “¿Cómo podría afirmar Tu unidad, si Tu unidad me excluye? y ¿cómo podría dejar de afirmar Tu unidad cuando Tu unidad es lo que me afirma?” Es decir, el mismo hecho que te excluye, también te reúne con la Vida, con el Ser, Aquello que te hace ser soberano y Aquello que niega tu soberanía es lo mismo: Allâh. ¿Cómo se puede superar esa contradicción? De ningún modo. Cuando los sufíes piden en su du‘â’ (súplica) dicen: “¡Allâh, aumenta mi perplejidad en Ti!”. Es decir, si buscamos la solución a este dilema desde una perspectiva racional, entonces ya hemos caído en la trampa de nuestra propia mente. Quizá haciendo un gran esfuerzo podamos solucionar en parte esta contradicción, construyendo un mundo de relaciones causa-efecto basándonos en la filosofía o en la ciencia, pero cuando los sufíes nos presentan las cosas como auténticos dilemas, como provocaciones a nuestra razón, lo hacen para permitirnos rebasar nuestros propios límites [8] , no para darnos soluciones; y eso sólo se consigue asumiendo la perplejidad como única vía posible, y asumiendo tu vida como un reto en el cual no tienes por qué encontrarle solución a todo. Esta necesidad de encontrar una respuesta satisfactoria para todo es debido a que, la mayoría de las veces, el ser humano busca el control de las cosas y de las situaciones, no el conocimiento; es decir, buscamos “ser dueños de nuestro destino”, pero el verdadero Conocimiento es una virtud que implica renunciar a los convencionalismos y a nuestras seguridades y certezas.

De este modo, el Islam nos enseña que debemos dirigirnos a Allâh sin ningún miedo, sin ninguna esperanza, sin nada, completamente vacíos y desnudos. Los sufíes hablan de la “actitud adámica” ante Allâh, es decir, esperar que Allâh sople en ti Su aliento (ruh), cuándo quiera y cómo quiera. Eso es lo único que hace que el conocimiento y el acercamiento a Allâh sean auténticos. Si no, tan sólo se trata del fruto de tu propia elucubración y fantasía; y eso es un fracaso, porque no has hecho más que crear un dios, un ídolo adaptado a tus propias necesidades. 

Podría parecer que estamos invitando a mantener una pasividad absoluta, pero esa pasividad absoluta de la que habla el Islam es sólo ante Allâh. En otro nivel, el de la continua actividad, queda regulado por la sharî‘a, la ley, las normas; es decir, el ritmo del universo nos invita también a darle su razón. El profeta del Islam decía: “Relacionaos con Allâh como si fuerais a morir ahora mismo, relacionaos con el dunia (el mundo), como si no fuerais a morir nunca”. 

Desde la perspectiva sufí, “la llave que abre la puerta de Allâh es que no existe llave”. Es decir, se trata de una “entrada directa”, por así decirlo, y no el resultado de unos esfuerzos, ni de una piedad devocional basada en muchos rezos o muchos ayunos. Para encontrar a Allâh, el musulmán no desfigura la realidad, ya que no se trata de cambiar nada, sino de vivir en el mundo tal y como es, puesto que aquello que nos rodea es ya la presencia de Allâh [9] . Nosotros esperamos ser favorecidos de tal manera que tengamos “experiencias milagrosas”, sin embargo, los sufíes nos están proponiendo vivir con una intensidad tal que la experiencia de lo inmediato convierta la existencia en algo maravilloso. Se trata simplemente de quitarnos los velos, no para encontrarnos con algo distinto, sino para descubrir la fuerza que hay en todo lo que existe, en lo que podemos ver, en lo que nos rodea. Ese materialismo del Islam, por llamarlo de alguna manera, encuentra lo trascendente en lo absolutamente inmediato sin la necesidad de tener que elucubrar ni imaginar un mundo mágico diferente del que existe, lo cual conduce a despreciar este mundo y a convertir el otro en una ensoñación y una fantasía, que nos impedirá vivir con intensidad el momento presente.


NOTAS.-

[1] Resumen de la charla pronunciada en Sevilla por Abderrahmán Mohamed Maanan el 26 de septiembre de 1997.

[2] Abderrahmán Mohamed Maanán nació en Melilla en 1960 y es Doctor en Filología árabe por la Universidad de Sevilla. Es autor de varias obras, como el tafsir (comentario) de una parte del Sagrado Corán (surats 78-114), publicado en cuatro volúmenes, o varios comentarios de obras clásicas como al-aqîda at-tahawiya o al-aqîda al-wâsitiya . Ha traducido diversas obras del árabe, entre las que destaca Los engarces de la sabiduría , de Ibn al-‘Arabi, publicado por Ediciones Hiperión. Su última obra publicada es Tasawwuf, introducción al sufismo , Editorial Almuzara, Córdoba, 2006. (Nota de la Redacción)

[3] Véase Ibn Ata’illah, El libro de la sabiduría , Editorial Sufí, Madrid, 2.001 (Nota de la Redacción).

[4] Véase Abderrahmán Mohamed Manan, “ ¿Qué es Allah para los musulmanes? ”, en revista Alif Nûn nº 35, febrero de 2006. (Nota de la Redacción)

[5] Esta afirmación, aparentemente paradójica, quizá pueda ser mejor comprendida a través de un relato sufí en el cual dos peces se preguntan por la existencia del agua, pues ellos son incapaces de verla ni de situarla en ningún lugar. (Nota de la Redacción).

[6] Véase Abderrahmán Mohamed Maanan, “ La iluminación ”, en revista Alif Nûn nº 42, octubre de 2006. (Nota de la Redacción).

[7] Véase Abderrahmán Mohamed Maanan, “ La esperanza ”, en revista Alif Nûn nº 46, febrero de 2007. (Nota de la Redacción).

[8] Nótese la similitud entre el planteamiento sufí y el concepto de koan, característico de la tradición budista zen . (Nota de la Redacción).

[9] “En la actualidad, la coherencia, orden y regularidad del mundo físico han alejado a muchas personas de una concepción sagrada de la Naturaleza, como si la presencia de Dios en ella sólo se manifestara a través de milagros. El hecho de que el Sol salga cada mañana sin que observemos ninguna interrupción en la regularidad del orden natural fue un argumento importante de los racionalistas del siglo dieciocho y diecinueve, e incluso actuales, en contra de la sacralidad de la Naturaleza. Pero esta regularidad demuestra, a los ojos del musulmán, precisamente lo contrario; es decir, la presencia de la Voluntad Divina, a la que todas las criaturas están subordinadas.” Redacción Alif Nûn, “ La Naturaleza sagrada ”, en revista Alif Nûn nº 35, febrero de 2006. (Nota de la Redacción).


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