MARRUECOS Y TÚNEZ:
DEL PROTECTORADO A LA INDEPENDENCIA (I) [1]


Víctor Morales Lezcano [2]

El renacimiento cultural y político del mundo árabe-islámico, operado en Egipto y otros países musulmanes en torno a 1850-1900, y denominado nahdah, no dejó de tener repercusiones en los países del Magreb árabe, es decir, en los Protectorados de Marruecos y Túnez, y en el territorio de ultramar, luego Departamento francés de Argelia.

El mariscal Lyautey había escrito que el Islam es una “amplia caja de resonancia” y que lo que suceda en un punto geográfico de su ámbito tiene, a la larga, efectos de demostración en otros puntos de la comunidad cultural que nutre aquella religión. Con el despertar nacionalista del mundo árabe se confirmó la aguda frase, fruto de la observación, del legendario mariscal y primer residente general francés en Rabat; el renacimiento árabe-islámico del Oriente Próximo no dejó de tener repercusiones –todo lo lentas y moduladas a “a la magrebí” que se quiera –, pero notorias y de peso, en el extremo occidente del ecumene árabe-islámico, el Magreb.

Muy pronto hubo repercusiones prenacionalistas en el Magreb árabe. ¿De qué otro modo se pueden llamar sino los síntomas “regeneracionistas” de los ulemas o doctores de la ley y buen saber coránicos que desde las Universidades (Zitune de Túnez, Karawiyyîn de Fez), los círculos de la autoridad y el poder (Majzén [3] marroquí durante el reinado de Muley Hassan, 1873-1894) y la palabra escrita o transmitida verbalmente, reclaman para sí y para la sociedad a la que pertenecen, una purificación religiosa y un adecentamiento del Estado?

TumbaMohamedV Esta petición de reformas ( islâh) puede leerse, desde sus orígenes, como un difuso sentimiento nacionalista. De hecho, ha sido visto así por un intelectual académico como Abdallah Laroui [4] : “El movimiento pacificador fue una cultura que resistió, un grupo social que se defendió, un poder central que se reforzó frente a sus concurrentes locales, una clase mercantil que descubrió las virtudes de la austeridad –al menos durante el periodo de 1890-1930–, pero todas estas manifestaciones desbordaron, en cada instante, su propia inspiración, que, por ello mismo, sobrevivió a todas las peripecias coloniales y postcoloniales impidiendo que se implantara en el Magreb una corriente reformista liberal.”

Nos encontramos, pues, en las antinomias de todo regeneracionismo de inspiración tradicionalista, en la medida en que la corriente de renovación se estrella tanto contra el esclerosamiento del tejido social como contra los poderes coloniales, un doble obstáculo difícil de vencer. En cualquier caso, el movimiento nacionalista del Magreb árabe contó con un precedente reformista que tuvo varias manifestaciones a lo largo del proceso de consolidación colonialista europeo (Túnez, como se recordará, devino Protectorado francés a partir de 1882, mientras que el condominio hispano-francés en Marruecos data de 1912).

El nacionalismo magrebí, como todo movimiento de liberación en las colonias, no fue sólo una corriente ideológica anónima ni un vago sentimiento de identidad cultural y política deseoso de proclamar sus derechos y aspiraciones, sino que se trató también, como en otras instancias parecidas, de una corriente de lucha, protagonizada por minorías y muchedumbres, a lo largo de unos decenios cruciales (1930-1950), para acelerar e intensificar sus viejas peticiones reformistas, mutadas al final en exigencia de una retrocesión jurídico-política, al tiempo que administrativa, es decir, la independencia y soberanía nacional sin recorte alguno.

El nacionalismo magrebí tuvo componentes muy heterogéneos en su ideología y en sus manifestaciones, desde su filiación etno-cultural (arabidad e Islam) hasta sus objetivos políticos (libertad, Constitución, justicia social), pasando por los rasgos específicos de todo nacionalismo a la defensiva (xenofobia, mitificación de los valores propios). Todo ello autoriza a que pueda considerarse como una “variante local” del movimiento nacionalista del mundo árabe.

AbdelKrim Un estudioso del fenómeno, Michel Camau, ha escrito que “la reivindicación de instituciones políticas de tipo liberal durante la etapa colonial no puede interpretarse como la reproducción, en el Magreb, del fenómeno que ha conocido Europa durante el siglo XIX con sus revoluciones nacionales.” Y añade para marcar las diferencias entre un doble proceso parangonado por algunos historiadores: “El Magreb se encontró comprometido en un proceso de revolución nacional, en efecto, pero no de tónica liberal-burguesa. La reivindicación de instituciones políticas de carácter liberal se pasaba de raya a causa de las múltiples aspiraciones propias de sociedades desestructuradas por la colonización y marcadas por una profunda heterogeneidad.” Es decir, que la exaltación de un ideal demoliberal por parte del nacionalismo magrebí se traducirá –debido a la especificidad socioeconómica y cultural de la zona– con el advenimiento de la independencia (Túnez y Marruecos a partir de 1956, Argelia a partir de 1962), en una flagrante contradicción política en tanto en cuanto las realidades prácticas de aquella ideología no son fácilmente encontrables en la cotidianeidad política del Magreb de hoy en día.

Más allá, sin embargo, de esta observación, interesa destacar aquí la importancia que poseyeron, en la lucha magrebí por la independencia, tanto los partidos políticos como las fuerzas religiosas y culturales de índole nacionalista. Y ello en la medida en que fueron todos –los primeros, muy en particular– los agentes más dinámicos del nacionalismo local en su pugna con el colonialismo europeo.

No creemos que sea ocioso apurar esta introducción con unas claves elementales que permitan entender con más acuidad el proceso histórico cuya recuperación se iniciará en seguida. Entre ellas, la que nos parece fundamental es la referente a los partidos políticos en el Magreb, por la sencilla razón de que los conceptos al uso dentro de la politología occidental (partidos de cuadros, partidos de masas, por poner un ejemplo) no son idóneos ni para una comprensión de la realidad constitutiva de la variante norteafricana ni para el seguimiento de su actuación histórica completa.

Robert Rézette, en una monografía que es clásica dentro de la literatura especializada sobre el Magreb, ha definido al partido político marroquí (definición que, con un poco de latitud, se puede hacer extensiva al resto de los partidos políticos de la zona durante el periodo colonial). Escribe Rézette que “el partido (magrebí) es de origen exterior y posee el carácter de una liga y de una agrupación clandestina. Es un partido que se define por referencia a su actitud hacia el Protectorado; por último, es definible porque sin aproximarse todavía a un tipo sociológico netamente caracterizado, reviste ya ciertos aspectos que le diferencian claramente del clan.”

En efecto, el partido político magrebí, a partir de los años treinta, posee unos orígenes atípicos, si se contempla con visión eurocéntrica. Nace y se desarrolla –cuando la administración europea lo permite– sin una organización burocrática surgida desde dentro de una sociedad en la que existe ya un electorado a quien hay que arrastrar, con vistas a obtener en las Cámaras el mayor número de representantes posible. En este sentido, se trata de un partido atípico; es, además de lo anterior, una suerte de liga (kutlat) integrada por minorías activas encargadas de generar la propaganda de su causa (movilización de las masas en el zoco, en la calle, en la mezquita incluso) y el fomento de la agitación (y, llegado el caso, la aplicación de medidas “terroristas” que hagan viables sus aspiraciones).

El despliegue de su comportamiento histórico resulta ininteligible si no se tiene en cuenta también que el partido político magrebí –factor precioso en la lucha por la independencia nacional– actúa siempre movido por su rechazo de la Administración colonial, paralela o superpuesta a la autóctona. Contra aquélla dirige sus ataques, más crispados mientras más violentos se vuelven los aparatos represivos al servicio de los colonos europeos residentes en los Protectorados. En Marruecos y Túnez veremos cómo el forcejeo entre los partidos políticos y la Residencia General estuvo determinado por el esfuerzo y la estrategia de ambos contendientes para atraerse y mantener dentro de su esfera de influencia a la autoridad tradicional (trono alauí, dinastía husseini del beylicato de Túnez) [5] , es decir, a la fuente de toda legitimidad política dentro de la comunidad (Umma).

El factor diferencial por excelencia entre el fenómeno de marras en los dos países está en que, mientras en Túnez, Francia administraba en solitario, en Marruecos hubo de compartir con España la gestión mandataria; lo que, sin duda, hizo el caso más complejo, ya que los partidos políticos marroquíes hubieron de acoplar su estrategia a las zonas territoriales en que se dividió el viejo imperio xerifiano a partir del Tratado de Fez (1912). En cuanto a Argelia, el pulso entre los partidos, asociaciones de ulemas y movimientos sociales con el gobierno general y el colonato francés, se atuvo a una dinámica muy parecida a la que se produjo en países magrebíes de Protectorados, con la sustancial diferencia de que en Argelia había sido abolida, desde la ocupación francesa, la autoridad legítima del poder (dey), con lo cual faltó siempre un eje de gravitación carismático, sentido como tal o invocable, tácticamente al menos, como sí hicieron, en cambio, las minorías dirigentes del nacionalismo tunecino y marroquí en su confrontación contra Francia y España [6] .

Por último, hay que subrayar el carácter interclasista de estos partidos –todavía perceptible hoy en el Neo-Destur y en el Istiklal–, el asentamiento preferentemente urbano de sus dirigentes y gran parte de sus seguidores, y la distancia palpable que les separa de los movimientos de resistencia primaria –como los habido en la kabila de Argelia o en el Rif de Marruecos– que trajeron en jaque a los cuerpos de tropa expedicionarios franceses y españoles, por no hablar de los obstáculos que opuso la cofradía de los Senussi al colonialismo italiano en Libia [7] .

Este rasgo sociológico de los partidos magrebíes –ya ostensible en el periodo de entreguerras– no hizo sino acentuarse a partir de 1945. Los efectos transformadores que indujo el colonialismo europeo en el norte de África tendieron a que el campo y la montaña, es decir, el Bled, en la usanza terminológica de la literatura antropológica, cayera bajo los efectos de la dominación extranjera con más facilidad que las Cashba. Se invertía, de este modo, el sentido de la relación existente entre la sociedad autóctona y los europeos residentes en el norte de África; si en un principio había sido el clan o la federación de tribus (de procedencia berebere, muy notoriamente) los que constituyeron el grueso de los obstáculos encontrados por los europeos en su trayectoria colonial en el Magreb, con el paso de los decenios, fue en la ciudad y no en el campo donde comenzó a germinar el grano nacionalista, fruto de la simiente cultural islámica, con frecuencia injertada de liberalismo y socialismo de raigambre occidental.

Es más, fue en el Bled , y no en la ciudad, donde el colonialismo encontró sus principales aliados durante los diez últimos años de administración europea del Magreb; fue en el Bled donde Franco reclutó cadíes favorables a la causa del “alzamiento nacional” [8] y donde el general Juin logró movilizar cuantiosos contingentes bereberes con los que intentar disuadir al trono alauí de su proclividad hacia el Movimiento por la Independencia y la Constitución (Istiklal). Fue, por tanto, en el campo y la montaña donde, al final, se produjo con intensidad una característica, no sólo típica de las sociedades magrebíes durante su “noche colonial”, sino, en general, de toda sociedad que ha sufrido la ocupación de su suelo y la interrupción de sus tradiciones, y que consiste en una colaboración con el extranjero al que, de otra parte, se detesta; en una “complicidad” que se practica con el árbitro pasajero de la situación cuya potestad se desea aniquilar.

Los factores desencadenantes

Una vez hecha la caracterización interna del nacionalismo en el Magreb árabe, y pergeñada la especificidad de los partidos políticos y asociaciones responsables de la revuelta contra la administración europea, pasemos a considerar, siquiera brevemente, los otros factores desencadenantes del fenómeno, antes de entrar en su recuperación detallada a lo largo del último decenio de “cohabitación” euro-magrebí (1946-1956).

El primer factor de tipo externo, desencadenante de la revuelta colonial tanto en el Magreb como en la periferia colonial de Europa, se remonta a la alocución del presidente norteamericano Wilson en enero de 1918, cuyo punto número 5 empezaba reconociendo la necesidad de ejecutar “un ajuste libre, amplio y absolutamente imparcial de las peticiones coloniales basadas en una estricta observancia del principio...de que los intereses de los pueblos afectados deben tener igual peso que las peticiones de los gobiernos cuyo título habrá que precisar.”

No sólo la declaración del poderoso presidente norteamericano, sino la solidaridad manifiesta de la III Internacional (condición octava del Komintern) con las naciones oprimidas por el imperialismo, vino a poner un punto más de reforzamiento a la revuelta colonial en Asia y África. El Informe de la Comisión para las cuestiones nacional y colonial , elaborado en el II Congreso del Komintern (julio de 1920), profundizaba en la línea de solidaridad anteriormente invocada, aunque el crucial problema de la dirección de las guerras de liberación nacional por la “burguesía reformista” de las sociedades colonizadas creo una “agonía” teórica de la que difícilmente saldrían airosos los partidos comunistas de Francia y España, y algunos partidos magrebíes de implantación amplia, como fue el caso del partido comunista de Argelia; especialmente, claro está, durante la guerra de liberación nacional, emprendida en noviembre de 1954.

Durante el periodo de entreguerras, el internacionalismo pacifista y pretendidamente justiciero del bloque de potencias demoliberal, alentó a algunos dirigentes reformistas en las colonias, en el sentido de darles a entender que, tras una aplicación “gradual” de las reformas, se podría llegar a una amplia autonomía interna, particularmente en países de Protectorado. Este planteamiento, muy caro a la filosofía política del mundo anglosajón, encontró eco en los medios gubernamentales del Frente Popular francés, elegido en mayo-junio de 1936, e intentó llevarlo a efecto en todo el Magreb a través del proyecto, citado siempre con el nombre de sus tutores, Blum-Violette.

La debilidad de la coalición progresista operada en Francia, la firme oposición del colonato y de muchas autoridades francesas en el Magreb (Argelia, muy en particular) y el ambiente internacional de los años que corrían, dieron al traste con el proyecto.

Llegó, de este modo, la hora del desencanto irreversible para los nacionalistas del norte de África. La relación entre los interesados en resolver el conflicto había llegado a un punto muerto. Y ello fue así porque las esperanzas de una aplicación metódica e ininterrumpida de las reformas, solicitadas a las autoridades europeas de Túnez, Tetuán y Rabat, entre 1934 y 1936, a poco o nada habían abocado. Ni las precoces peticiones tunecinas, expresadas en un “pliego de agravios” que data de enero de 1921, e inspiradas en los planteamientos de Abdelaziz Taabi, padre fundador del movimiento constitucionalista; ni el Plan de Reformas elaborado por el Comité de Acción Marroquí en 1934, y sometido a la consideración del sultán y del Residente General de Francia; ni tampoco los escritos y misiones marroquíes dirigidos a los gobiernos de la II República española, desde mayo de 1931 hasta el verano de 1936, tuvieron la acogida esperada, y no se convirtieron en pauta conductora de la política colonial franco-española en Túnez y Marruecos.

También las esperanzas de cambio en el estado económico (ayuda al campesino indígena), social (acceso de los magrebíes a la función pública en pie de igualdad), educativo (extensión de la enseñanza primaria obligatoria a todos los sectores sociales) y jurídico (respeto del estatuto musulmán del ciudadano argelino que fuera nacionalizado francés) se vieron –por lo pronto, en Argelia– muy desalentadas por la realidad de los hechos, para desánimo de posibilistas como Ferhat Abbas y exasperación del ala radical del nacionalismo local, encabezado por Hach Messali.

Este desencanto impulsó a viarios partidos y asociaciones magrebíes a arrojar la máscara que les cubría el rostro y proclamar –ahora con un fundamento de peso– que, estrangulada la vía de acceso gradual a las reformas, sólo quedaba una salida decorosa: la lucha por la independencia, no importaba a qué precio.

HabibBurguiba Habib Burguiba, joven provinciano de talento y vigor inusitado, que había estudiado en la Sorbona, no tardará en afirmar, en nombre del recién escindido Neo-Destur, o Partido de la Constitución : “la independencia de Túnez, complementada con un tratado de amistad y unión con la República francesa, garantizador de los intereses de toda la colonia extranjera, es el ideal del movimiento tunecino nacionalista, destinado a hacer de la protección francesa una entente espontánea entre dos pueblos libres, sin ninguna idea de preponderancia o dominación, idea que no posee razón de ser alguna a la luz de la profunda solidaridad que existe entre los intereses de los dos pueblos.”

Este estado de ánimo cundió pronto en el Magreb, pero la mano dura de los Residentes Generales (Peyrouton en Túnez), a veces, o su mezcla de energía y savoir-faire (Nouguès en Rabat), en otras, desmontaron la ofensiva nacionalista en toda la zona, estratégicamente preciosa para Francia.

Precisamente en el norte de Marruecos se había desencadenado la guerra de España, un conflicto civil en teoría, precursor de hecho de la confrontación internacional del periodo 1939-45.

Porque es bastante sabido que desde Egipto a Marruecos, –es decir, prácticamente a lo largo de todo el norte de África–, las potencias europeas integrantes del sistema de Estados fascistas (Eje Berlín-Roma, sobre todo, y la España gobernada desde El Pardo, a partir del final de la guerra civil) no dejaron de auto-postularse como “defensoras del Islam” contra sus opresores, es decir, Francia e Inglaterra.

Entramos así en el otro factor externo desencadenante de la ulterior lucha armada de los movimientos nacionalistas del Magreb a partir de 1946, es decir, la Segunda Guerra Mundial. Antes de su estallido, algunas instituciones “orientalistas” italianas habían cortejado a grupos reducidos de notables locales en Libia y Egipto, prometiéndoles un porvenir libre y seguro bajo la égida fascista en el Mediterráneo. También Franco había prometido a Abdel Jalek Torres y a otros líderes nacionalistas en la zona del Protectorado español en Marruecos “las mejores rosas del rosal de la paz”, cuando concluyera la guerra de España. Sin embargo, la potencia que catalizó más el escenario magrebí fue, naturalmente, Alemania.

Más de un líder del panarabismo había estrechado filas con el apocalíptico dictum germano de los años treinta –“un viento salutífero sopla a través de Europa, barriendo con las impurezas de un mundo enfermo”–. Por ejemplo, el mufti de Jerusalén, Amin el-Hussein, huésped de Hitler en Berlín, o el emir Arslan, más que simpatizante incondicional de la causa fascista, musulmán despechado tanto por la política prosionista de Gran Bretaña en el Oriente Próximo como por el inmovilismo francés en los Mandatos, Protectorados y posesiones habitados por población correligionaria suya.

Con el estallido del conflicto y el éxito inicial de las divisiones alemanas en Polonia, primero, y en el frente del oeste en la primavera y verano de 1940, la estrella germana subió muchos puntos en la valoración que de ella hicieron algunos círculos nacionalistas del mundo árabe-islámico en toda la cuenca del Mediterráneo. El Magreb no fue, naturalmente, una excepción.

Partidos y cenáculos de agitación tan desencantados con las reformas solicitadas, prometidas y nunca aplicadas –como los “amigos políticos” de Allal el Fassi en el Protectorado francés de Marruecos; de Abdel Jalek Torres en Tetuán, y del doctor Habib Thameur en la capital de la vieja Tunicia– no tuvieron empacho en flirtear con los cónsules de Italia y Alemania en sus países respectivos, o con los agentes ítalo-alemanes al servicio de las organizaciones fascistas en el extranjero, cuando no fue el caso de las autoridades falangistas del “Nuevo Estado” español. Subyacía en la apuesta del nacionalismo magrebí, la esperanza de una victoria final del Eje en la Guerra Mundial.

La apuesta –lo sabemos– no salió bien. El viraje impreso al conflicto a partir de finales de 1942, con el desembarco de los aliados en las costas de Casablanca, Argel, Orán y Bizerta, inclinó el fiel la balanza del lado de las potencias demoliberales; los movimientos nacionalistas en todo el Magreb (El Neo-Destur en Túnez, el Partido Popular de Argelia, el Istiklal en Marruecos) captaron rápidamente el cambio de signo operado en la arena internacional con la derrota del Eje, el triunfo de los aliados y el “rodaje” de las instituciones hegemónicas en las relaciones internacionales de posguerra; dos de las cuales serían repetidamente utilizadas por los partidos magrebíes en su lucha contra la Administración europea; a saber, la Organización de las Naciones Unidas y la Liga de Estados Árabes.

Obvio resultaba en la inmediata postguerra que el nuevo foro internacional tuviese que propugnar el “fomento entre las naciones de relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos”. No menos lo era que la Unión Soviética, e incluso los Estados Unidos, iban a suscribir la inminente descolonización de la plataforma colonial anglo-francesa, para escándalo y ruina de Londres y París.

Lo que no estaba muy claro, sin embargo, era la orientación y, sobre todo, la eficacia de la recién fundada Liga de Estados Árabes en el asunto concerniente a la lucha magrebí por la obtención de la independencia. Muy pronto se aclararon las dudas, y no tardó en quedar despejado el panorama. En el primer Congreso del Magreb árabe, celebrado en El Cairo (febrero de 1947), el secretario del importante lobby internacional, Abderramán Azzan Pachá, pronunció las inequívocas palabras que siguen: “Los magrebinos fueron en tiempos pasados el sostén de la nación árabe y serán el sostén del porvenir. Han sido afectados por los daños del imperialismo, y por eso se merecen, más que nadie, la simpatía y la ayuda. La Liga de Estados Árabes, que es el arma de todos nosotros por la lucha de la libertad, no sólo está al servicio de las naciones (árabes) independientes, sino que ayuda, en primer lugar, a los pueblos que aún siguen sometidos al imperialismo, a la cabeza de los cuales se encuentran los pueblos del Magreb árabe.”

El ala izquierda del panarabismo de posguerra imponía su criterio, al menos en el terreno de la política internacional recomendable para la Liga (que ahí es nada), por encima de otros criterios más conservadores. Los líderes magrebíes, conscientes de que ya estaban agotadas las vías de acceso gradual a las reformas, de que su época de aplicación, incluso había sido superada por los acontecimientos mundiales, y a sabiendas de que la atmósfera reinante en la arena internacional, a la altura de 1945-46, les era propicia para iniciar una escalada de reivindicaciones independentistas, no tardaron en llevar a efecto  la acción política vehículo de sus aspiraciones.

La labor iba a ser más delicada de lo previsto, a pesar de los buenos auspicios y del decidido empeño nacionalista de las minorías dirigentes y amplias capas de la población musulmana de la zona. Y es que suele ocurrir que cuando surge un conflicto en la historia, cada parte encontrada cree que solamente ella cuenta con recursos materiales y voluntad moral, olvidando, por lo general, que el antagonista no suele estar ayuno de los unos ni de la otra, y que la resolución del problema puede dilatarse temporalmente, como ocurrió, en efecto, en el norte de África.


BIBLIOGRAFÍA

-    Ch. R. Agueron, Historie de l´Argérie Contemporaine, Paris, PUF, v. II.
-    Michel Camau, Pouvoirs et Institutions au Magreb , Túnez, Ceres, 1978.
-    Elbaki Hermassi, Leadership and National Development in North Africa, Univ. of California Press, 1972.
-    A. Julien, L´Afrique du Nord en marche . Nationalismes musulmans et souveraineté francaise, París, Julliard, 1972.
-    A. Julien, Le Maroc facé aux Imperialismes, París, Jeune Afrique, 1978.
-    Mustapha Kraiem, La classe ouvrière tunisienne et la lutte de liberation nationale (1939-1952), Tunis, 1980.
-    Miguel Martín, El colonialismo español en Marruecos, París, Ruedo Ibérico, 1973.
-    Víctor Morales Lezcano, España y el norte de África: el Protectorado en Marruecos (1912-1956), Madrid, UNED, 1984.
-    Robert Rézette, Les partis politiques marocains, París, Colin, 1955.
-    R. le Tourneau, Evolution politique de l´Afrique de nord musulmane (1920-1961), París, Colin, 1962.
-    N. A. Ziader, Origins of Nationalism in Tunisia, Beirut, American University, 1962.


NOTAS.-

[1] Extraído de “La independencia árabe- El nacimiento de Israel”, en Historia Universal-Siglo XX nº 24, Historia 16, págs. 107-128.  Para una mayor información sobre el proceso de independencia marroquí y sobre el Marruecos actual, véase la obra del mismo autor Historia de Marruecos. De los orígenes tribales y las poblaciones nómadas a la independencia y la monarquía actual , La Esfera de los Libros, Madrid, 2006. También pueden consultarse la siguiente bibliografía:  Marruecos: aproximación a sus instituciones y a su protocolo, Edición Personal, Madrid, 2005; C. R. Pennell, Marruecos, del imperio a la independencia, Alianza Editorial, Madrid, 2006. (Nota de la Redacción).

[2] Víctor Morales Lezcano nació en Las Palmas de Gran Canaria y es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Relaciones Internacionales entre 1850 y 2000, becario del Consejo Británico y de la Comisión Fulbright en el Reino Unido y en Estados Unidos, profesor en la Universidad Autónoma de Madrid y en la UNED, y miembro del Instituto Universitario de Investigación de esta última institución. (Nota de la Redacción).

[3] Majzen es una palabra árabe que significa “almacén” y que designaba antiguamente al Estado marroquí. En la actualidad el Estado marroquí no recibe oficialmente el nombre de Majzen , pero el término sigue siendo de uso corriente para referirse a la élite dirigente del país, agrupada alrededor del rey y formada por miembros de su familia y allegados. (Nota de la Redacción).

[4] Abdallah Laroui (Azemmour, 1933), es profesor de Historia Moderna y de Historiografía en la Universidad Mohamed V de Rabat. (Nota de la Redacción).

[5]
El beylicato fue el territorio sometido a la autoridad del bey, nombre con el que se conoció a los soberanos tunecinos desde el siglo XVI, cuando Túnez pasó a estar bajo la administración del Imperio Otomano. El bey dependía del sultán de Constantinopla hasta que en 1590 se hizo con el poder un dey (oficial jenízaro), el cual relegó al bey a un puesto honorífico. Murad II (1659-75) recuperó el poder que anteriormente tenían los beys , después de encarcelar al último dey en 1671. En la primera mitad del siglo XVIII se suprime el deyato, y comienza la dinastía que se mantuvo en el poder en Túnez hasta 1957. (Nota de la Redacción).

[6]
Para conocer más sobre algunos aspectos sociológicos de la Argelia colonial, véase Franz Fanon, “ La mujer argelina: su papel como factor de resistencia anticolonial ”, en revista Alif Nûn nº 43, noviembre de 2006. (Nota de la Redacción).

[7]
La cofradía Senussi o Senusiyya fue una orden político-religiosa fundada en 1837 en La Meca, y se erigió como una de las fuerzas de oposición más poderosas a la colonización italiana de Libia, a partir de 1911. Entre 1951 y 1969, el jefe de la cofradía, Idriss as-Senussi, reinó en Libia con el nombre de Idriss I, hasta que el golpe de Estado del Coronel Gaddafi lo expulsó del poder. En la actualidad, una tercera parte de la población libia está afiliada a esta cofradía. (Nota de la Redacción).

[8]
Véase Francisco Sánchez Ruano, Islam y guerra civil española, La Esfera de los Libros, Madrid, 2004. En  esta obra se analiza la participación de los marroquíes en la contienda, tanto a favor del bando franquista como del republicano. (Nota de la Redacción).


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