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Una geoda de amatista llena de miles de cristales y rodeada de una cinta de color verde plateado: así era Fez, la ciudad antigua de Fez, a la luz del crepúsculo. A medida que descendíamos hacia ella, el pequeño valle en el que se encuentra la ciudad se iba ensanchando; los innumerables cristales, uniformes pero irregularmente acoplados, se dibujaban con mayor claridad; una de sus caras era clara, mientras que la otra, la que recibía el viento dominante, estaba oscurecida y deslucida por la intemperie. Entre ellos y el cinturón verde plateado de los olivos apareció la muralla de la ciudad antigua con sus torres. Las pequeñas caravanas de asnos avanzaban, como en el pasado, hacia Bâb al-Gissa, la puerta que teníamos más cerca, y de ésta salían al viento de la tarde, en dirección a la inmensidad verde, hombres y niños en vestido marroquí; pues era primavera, y las colinas de los alrededores estaban cubiertas de flores amarillas y azules.
Me preguntaba si la ciudad antigua habría cambiado interiormente durante los veinticinco años que había estado lejos de ella. Su aspecto era el mismo de antes: antigua, gastada por las inclemencias del tiempo, replegada dentro de sus murallas. Sólo algunos grupos de casas blancas en terreno abierto, donde antes nadie se había atrevido a instalarse, y unas pocas cabañas miserables metidas en canteras de caliza abandonadas, mostraban que el ejército de los pobres había irrumpido fuera de la protección de las antiguas murallas. A nuestra izquierda, hacia el este, la hondonada en la que se encuentra Fez se habría hacia la depresión del río Sabû: un valle ancho y llano en cuyo horizonte se elevaba una ramificación del Atlas Medio, el Bû Iblân, todavía cubierto de nieve. Hacia el oeste, en un nivel un poco más alto, comenzaba la llanura en la que están Fâs jadîd (la “nueva Fez”) y, más lejos, la ciudad moderna construida por los franceses. La ciudad se acercaba, y al mismo tiempo aparecía en mi interior, surgida de la oscuridad del recuerdo, con sus mil caras y sus interrogaciones apremiantes, pues me había sido familiar; bien conocida y, sin embargo, permanecía llena de secretos insondables. En ella yo había experimentado otro mundo y otra época, un mundo de la Edad Media que quizás ya no existía, un mundo austero y sin embargo seductor, pobre por fuera pero rico interiormente. Era una ciudad que había tenido que plegarse al dominio extranjero y que había aceptado en silencio la llegada de un nuevo orden dominado por el poder de las máquinas, pero que interiormente había permanecido fiel a sí misma; porque, cuando llegué allí por primera vez, los hombres que habían pasado su juventud en un mundo tradicional inalterado eran todavía los jefes de las familias. Para muchos de ellos, el espíritu que antaño creó la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada era más próximo y más real que todas las innovaciones que el dominio europeo había traído consigo. Pero desde entonces había crecido una nueva generación que desde la infancia debió de quedar deslumbrada por el poder europeo, una generación que en gran medida había asistido a escuelas francesas y que, por consiguiente, llevaba dentro el aguijón de una contradicción casi insuperable. Pues, ¿cómo se podría conciliar la vida tradicional heredada que, a pesar de toda su sobriedad, llevaba en sí el tesoro de un sentido eterno, y el mundo europeo moderno que, como se demuestra palpablemente, es una fuerza orientada enteramente hacia este mundo, hacia las posesiones y los goces, y que desprecia totalmente lo sagrado? Aquellos hombres espléndidos de la generación que ahora agonizaba y que yo había conocido antaño habían sido conquistados exteriormente, pero en su interior habían permanecido libres; la generación más joven, por otra parte, obtuvo una victoria exterior cuando Marruecos consiguió la independencia política hace unos años, pero ahora corría el grave riesgo de sucumbir interiormente. Por tanto, no dejaba de sentir cierta ansiedad al regresar a la ciudad que me era tan familiar, pues nada es más doloroso que la visión de un pueblo desposeído de su mejor patrimonio a cambio de dinero, prisas y dispersión. Frente a la puerta de ciudad aún
estaba el abandonado cementerio con sus tumbas irregularmente dispuestas
entre senderos de mulas En aquel preciso instante desapareció de las torres el último resplandor rosado. El sol se había puesto completamente y sólo el verde oro del cielo arrojaba una luz suave que no formaba sombras y en la que todas las cosas parecían flotar como si no tuvieran peso y como si resplandecieran por sí mismas. En aquel mismo momento resonó desde lo alto de los minaretes la dilatada llamada a la oración de la puesta de sol. Aparecieron luces en las torres. Pero la ciudad estaba silenciosa; sólo algunas voces, como lamentos bruscamente interrumpidos, llegaron a nuestros oídos. El viento que de pronto se había levantado y que, en la parte alta de la ciudad, soplaba de la montaña hacia el valle, cortó el sonido. Pero la gente que esperaba había oído la llamada. Podíamos ver a hombres aislados o en grupos que extendías sus esteras de oración y se volvían hacia el sudeste, la dirección de La Meca. Otros cruzaban apresuradamente la puerta para llegar a una mezquita, y fue con éstos con quienes entramos en la ciudad. Nos vimos inmediatamente envueltos en la media luz de las estrellas calles que descienden con fuerte pendiente desde las diversas puertas hasta la hondonada en que se encuentran los grandes santuarios rodeados de zocos o calles comerciales (aswâq ; sing. sûq). En las calles, todo lo que se puede ver de las casas son los altos muros, oscurecidos por el paso del tiempo y casi enteramente sin ventanas. Las únicas puertas abiertas son las de los fanâdîq (sing. funduq) o caravansares, donde los campesinos y los beduinos que van a la ciudad dejan sus caballos y bestias de carga en unos espacios abiertos que rodean un patio y donde pueden alquilar una habitación en el piso superior para pasar la noche o para guardar sus mercancías. Por lo demás, la calle es como un desfiladero profundo, medio a oscuras, con sinuosidades imprevistas, a menudo cubierta por puentes que van de edificio a otro y con la anchura justa para que puedan cruzarse apretadamente dos mulas. En todas partes se oye el grito de ¡bâlek! ¡balêk! (“¡atención! ¡atención!”). Así se abren paso entre la multitud los muleros y los porteadores con sus pesadas cargas sobre la cabeza. Sólo más abajo empiezan las tiendas, en las que el viajero recién llegado puede encontrar los artículos de primera necesidad; también están allí los talabarteros, los cesteros y los figoneros que preparan platos sabrosos en pequeños fuegos de carbón de leña. Pasamos por delante de ellos y llegamos a la calles de los especieros (Sûq al-’Attârîn ), que atraviesa todo el centro de la ciudad y en la que las tiendas se suceden sin interrupción pegadas unas a otras, como una hilera de simples cajas que se abren por delante, como en la Europa medieval, y sin más espacio que el necesario para que el vendedor pueda sentarse entre sus mercancías amontonadas. Nada despierta tanto los recuerdos como los olores; nada hace tan presente el pasado como ellos. Sí, aquí estaba Fez: el perfume de la madera de cedro y las aceitunas frescas, el olor seco y polvoriento de los montones de trigo, el olor acre del cuero recién curtido y, finalmente, en el Sûq al-’Attârîn, la mezcla de todos los perfumes de Oriente, pues aquí se venden todas las especias que antaño los mercaderes traían de la India a Europa como mercancía sumamente preciada. Y de vez en cuando se captaba el dulce perfume del incienso de sándalo que emanaba del interior de una mezquita. También los sonidos son inconfundibles. Podría encontrar mi camino con los ojos cerrados por el ruido de las pezuñas sobre el empinado pavimento, por el grito monótono de los mendigos agachados en los rincones de las callejuelas, y por el tintineo argentino de las campanillas con las que los aguadores anuncian su presencia cuando, abriéndose paso a través de los sûqs, ofrecen agua a los sedientos. Pero ahora sólo prestaba atención a los rostros que emergían aquí y allá a la luz de las lámparas recién encendidas, y de vez en cuando creía reconocer algún viejo amigo o conocido. Pero sólo veía los rasgos de tipos raciales familiares: a veces figuras graves y dignas, otras veces el tipo urbano astuto y ligeramente burlón, pero ninguna cara conocida. También había jóvenes, vestidos más o menos a la europea, con la marca de unos tiempos nuevos en la frente y que a veces miraban desafiadora e inquisitivamente al extranjero.
Alrededor de la mezquita del santo Idrîs hay una estrecha calleja en la que unas vigas situadas a la altura de un hombre impiden el paso a caballos y bestias de carga y que constituyen el límite del hurm, el santuario, dentro del cual antaño nadie podía ser perseguido. Esta norma sólo se violó una vez, poco tiempo antes de la retirada de los franceses, durante la rebelión contra el sultán Ben ‘Arafa, impuesto por Francia. Caminamos a lo largo de los muros exteriores del santuario, decorados con arabescos, pasamos junto a la pequeña ventana enrejada que se abre sobre la tumba y llegamos a otra calle brillantemente iluminada que nos llevó cerca de la gran mezquita y universidad de al-Qarawiyyîn. En las calles que la rodean están las pequeñas oficinas de los abogados y notarios y también tienen allí sus tiendas los libreros y encuadernadores, exactamente igual que sus colegas cristianos de antaño a la sombra de las grandes catedrales. Mientras pasábamos por delante, lanzamos una ojeada a través de las numerosas puertas de la mezquita y vimos el bosque iluminado de las columnas, donde resonaba la recitación rítmica de las suras del Corán. Después atravesamos el barrio de los caldereros, en el que los martillos ya reposaban y sólo aquí y allá algún artesano atareado aún pulía y examinaba un recipiente a la luz de su lámpara, y llegamos a los puentes situados en el punto más bajo de la ciudad para subir desde allí hasta la puerta del otro lado, Bâb al-Futûh. Al mirar atrás vimos la ciudad antigua que se extendía a nuestros pies como una brillante beta de cuarzo. Supe entonces que el rostro de Fez, la antaño familiar y sin embargo desconocida Fez, estaba intacto. Pero su alma ¿seguía viva como antes? Unos días más tarde, un amigo marroquí nos invitó a pasar una velada en su casa, que, como todas las casas marroquíes, sólo se abría a un patio interior, completamente blanco, en que crecían rosas en abundancia y un naranjo en el que resplandecían a la vez flores y frutos. La habitación de la planta baja, en la que los invitados se sentaban en grupos de tres o cuatro sobre bajos divanes, se abría a este patio. Entre los presentes había un muchacho árabe, pequeño y de piel oscura, cuyo delgado rostro estaba como transfigurado por un fuego interior así como por una sonrisa de niño. El dueño de la casa nos dijo que era el mejor cantor de canciones espirituales de todo el país. Después de comer, le invitó a que cantara para nosotros. El joven cerró los ojos y empezó, primero con suavidad y después cada vez más fuerte, a cantar una qasîda, una canción de amor simbólica. Y algunos de los invitados, que se habían juntado a su alrededor y se habían echado hacia atrás las capuchas de sus chilabas, cantaron el estribillo, que contenía la shahâda (el testimonio de la Unidad Divina), en un áspero y antiguo estilo andaluz. Los versos árabes del poema se sucedían con un ritmo rápido e intenso, mientras que la respuesta del estribillo surgía como una amplia oleada. De pronto, el volumen del coro, que hasta entonces sólo había “respondido” al cantor, fluyó sin interrupción y se ramificó en varios ritmos paralelos, sobre los cuales la voz del cantor dominaba en un tuno más alto, como un canto de júbilo celestial por encima de un himno guerrero. Era milagroso cómo las numerosas líneas melódicas nunca se juntaban en aquellos acordes que dejan reposar a la corriente del sentimiento como en un amplio lecho y que prometen al anhelo humano una consolidación demasiado fácil, demasiado humana; la melodía nunca se convertía en un “espacio” mundanal, sus diversas líneas nunca se juntaban como reconciliándose, sino que fluían sin fin, dando vueltas incansablemente alrededor de un centro silencioso, que cada vez se hacía más audible, como una presencia intemporal, un “espacio” espiritual sin pasado ni futuro, un “ahora” cristalino en el que toda impaciencia se extinguía. Esto era Fez, la inalterable e indestructible
Fez.
NOTAS.- [1] Extraído de Titus Burckhardt, Fez, ciudad del Islam, José J. de Olañeta, editor, Barcelona, 1999, págs. 7-15. (Nota de la Redacción). [2] Titus Burckhardt (1908-1984), nació en una familia acomodada de Basilea (Suiza), aunque su lugar de nacimiento fue Florencia (Italia). Converso al Islam con el nombre de Ibrahim I´zz al-Dan, fue director artístico de la Urs Graf Publishing House de Lausanne y Olten. Allí realizó manuscritos excepcionalmente brillantes y dirigió una serie de volúmenes titulados “Estados del Espíritu”. Su libro, Fez, Ciudad del Islam fue parte de esta serie. En 1972, la UNESCO le encargó realizar un inventario de la herencia arquitectónica de Fez, que había sido colocada en la lista del Patrimonio Universal de la UNESCO. En los tres años siguientes fue el consejero cultural de un equipo multinacional e interdisciplinario de diseñadores urbanísticos, arquitectos, restauradores y otros especialistas para implantar un plan maestro para conservar la ciudad vieja de Fez. Además de la obra citada, otros libros del autor son: Ensayos sobre el conocimiento sagrado , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca; Clave espiritual de la astrología musulmana, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1998; El arte del Islam , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1999; Espejo del Intelecto, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2000; Alquimia, Editorial Paidós, Barcelona, 2000; La civilización hispano-árabe, Alianza Editorial, Madrid, 2005; Introducción al sufismo , Editorial Paidós, Barcelona, 2006. (Nota de la Redacción). A Portada |
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