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CARTÓGRAFOS, EXPLORADORES
Y VIAJEROS MUSULMANES Redacción Alif Nûn Cartografía y estudios geográficos en el mundo islámico Ideado por los griegos y tras caer en desuso en la Europa medieval, el astrolabio volvió a ser usado por los astrónomos árabes, reunidos por el califa al-Ma’amûn en la “Casa de la Sabiduría” (Bait al-Hikmah) de Bagdad, desde la primera mitad del siglo IX [1] . El astrolabio es un instrumento empleado para observar la posición de los astros, y los árabes lo usaron para resolver algunos problemas de triángulos esféricos relacionados con las practicas religiosas, tales como predecir con exactitud el momento en el que comienza el Ramadán, aunque también lo utilizaron para orientarse en sus viajes marítimos. Otro tanto sucedió con la brújula, cuya invención se atribuye a los chinos, y la cual aparece mencionada por primera vez en las crónicas árabes en el año 1220, aunque probablemente ya fuera utilizada por los árabes desde hacía años, siendo ellos quienes, con toda seguridad, la introdujeron en Europa, donde pronto fue empleada por los vikingos. Durante el estancamiento de la cartografía y de los estudios geográficos en la Europa medieval, los árabes y musulmanes, gracias al uso extendido de la brújula y el astrolabio, fueron capaces de realizar excelentes mapas y cartas geográficas de gran exactitud que más tarde supondrían una valiosa información para los grandes cartógrafos catalanes e italianos del Renacimiento europeo o para la elaboración, a partir del siglo XIII, de las primeras cartas náuticas en Europa, a las que se denominó “cartas portulanas” o, simplemente, “portulanos”. Entre los siglos VIII y IX, después de un largo periodo de silencio, se inicia un movimiento de recuperación de los clásicos griegos por parte de los estudiosos árabes. A partir del siglo IX, el mundo islámico produce su propia cartografía, convirtiéndose en el continuador del desarrollo científico antiguo. Estos avances cartográficos llegaron a Europa gracias a los intercambios comerciales con los musulmanes, los cuales se hicieron más fluidos durante el siglo XIII, facilitando un mayor conocimiento del mundo islámico por parte de los europeos. A partir del siglo IX, la civilización musulmana comenzó a afirmar con insistencia la esfericidad de la tierra, sin que esta circunstancia plantease ningún problema teológico para las autoridades religiosas del Islam medieval. El astrónomo de origen persa Abu-l-Abbas al-Fargani (813-882), conocido en el mundo latino como Alfraganus, estableció en su Libro de la ciencia de las estrellas y movimientos celestes que la longitud del perímetro terrestre en el ecuador es de 20.400 millas árabes, es decir, unos 40.260 km., una cifra asombrosamente cercana a su valor correcto de 40.075 km., el cual vendría a ser confirmado más de un siglo después por el gran matemático y astrónomo al-Biruni [2] (973-1048), quien, en su Canon de Masud sobre el cielo y las estrellas, y mediante el uso del astrolabio, calculó el radio de la esfera terrestre con un error inferior al 1% de su valor medio actualmente aceptado [3] .
Desde comienzos de la Edad Media, los territorios centrales del Islam estuvieron atravesados por las rutas del comercio internacional, en especial, la llamada Ruta de la Seda , que conectaba Europa del este con Oriente Próximo y el Extremo Oriente a través de una red de rutas caravaneras que transitaban toda Asia. La otra gran ruta comercial conectaba las más importantes ciudades del norte de África, como Fez, Túnez o El Cairo, con los grandes imperios musulmanes del África subsahariana, mediante una red de caminos que atravesaban todo el desierto del Sahara. De este modo, el Islam se expandió regularmente a lo largo de esas arterias comerciales, penetrado hasta el corazón de Asia y de África.
En otras ocasiones se trataba de simples cuentos populares repletos de fantasía –como el famoso relato de “Simbad el marino”, narrado en Las mil y una noches– aunque también abundaron las precisas descripciones de las tierras y de las gentes con las que se entraba en contacto. Este es el caso de obras como el Ajbar al-Sin (“Informe sobre China”) y el Ajbar al-Hind (“Informe sobre India”), escritas ambas por Suleiman el Comerciante, o el famoso Aya´ib al-Hind (“Maravillas de la India”), escrito a mediados del siglo X por al-Ramhurmuzi. Otra obra a destacar es el Kitab al-masalik ua-l-mamalik (“Libro de los caminos y los países”), de Ibn Jurdadhbih, escrito en una fecha tan temprana como el año 846. A partir del siglo XII, en el caso del occidente árabe-musulmán (magreb), este género literario se conoció con el nombre de rihla, vocablo que en lengua árabe viene a significar “viaje por etapas”, aunque terminó por hacer referencia tanto al viaje propiamente dicho como a la posterior descripción de mismo en forma de crónica escrita. Las razones más frecuentes de los viajes eran la peregrinación ritual a La Meca, los viajes de estudios a alguno de los grandes centros de saber del oriente musulmán (El Cairo, Bagdad o Damasco, principalmente), el comercio a larga distancia o el simple deseo de aventuras, que impulsaba a los viajeros más al este, hacia Persia, India o China, o también hacia el Cáucaso y Rusia. Son numerosos los viajeros musulmanes que encarnan el arquetipo del espíritu aventurero de la época. El primero de ellos, Abu-l-Hassan Ali ibn al-Hussain al-Masudi (871-957), representa uno de los autores culminantes de la llamada literatura de viajes. Nacido en Bagdad y muerto en El Cairo, además de ser un infatigable viajero que recorrió buena parte de Oriente –India, China o Sri Lanka–, al-Andalus y las costas de África oriental, estudió diversas disciplinas como cosmología, historia o geografía, culminando sus trabajos con el libro titulado Muruj adh-dhahab wa maadin al-jawhar (“Los prados de oro y las canteras de joyas”), obra enciclopédica de treinta volúmenes donde refleja las observaciones y los estudios realizados durante sus viajes. El segundo de estos grandes viajeros musulmanes es Abu Hamid al-Garnati (1080-1169). Como indica su apodo al-garnati, nació en Granada, y recorrió el norte de África, Siria, Iraq, Persia, Transoxiana [7] y el sur y centro de Rusia. Su crónica de viajes, titulada Tuhfat al-albab (“Regalo de los corazones”) [8] , es la principal representante de la cosmografía popular de la época. Sin abandonar el mundo islámico occidental, cabe destacar a Ibn Yubair (1145-1217), valenciano de Játiva que escribió una rihla de gran importancia, debido a la abundancia de los datos etnográficos e históricos aportados y a su calidad literaria. Realizó tres viajes a oriente; en el primero (1183-1185) llegó a La Meca pasando por Egipto y visitó también Siria, Iraq, Palestina y Sicilia; volvió a oriente tras la toma de Jerusalén por Saladino en 1187, en un viaje que duró también dos años. Bastante tiempo después, en 1217, emprendió un tercer viaje, de nuevo con destino a La Meca, pero falleció en Alejandría (Egipto) antes de llegar a su destino. Probablemente, el más conocido de todos los viajeros musulmanes de la Edad Media sea Shamsuddin abu Abdullah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, más conocido como Ibn Battûta. Nacido en Tánger –como bien indica su gentilicio at-tanyi– en 1304, emprendió viaje en junio de 1325 con intención de realizar la peregrinación a La Meca. Llegó a la ciudad santa tras recorrer todo el norte de África, Palestina y Siria, y de ahí volvió a ponerse en marcha recorriendo Iraq y buena parte de Persia (en concreto, Kurdistán, al noroeste del país y Fars, al sur). Regresó a La Meca y residió en ella por espacio de tres años, para visitar luego el sur de la Península Arábiga, regresar a La Meca, emprender un nuevo viaje a Egipto y Siria, y de allí a la península de Anatolia, el sur de Rusia y finalmente Constantinopla, que por aquella época era capital del Imperio Bizantino. Tras una estancia en esta ciudad recorre los territorios de la Horda de Oro [9] , dirigiéndose hacia el este hasta llegar al valle del Indo en septiembre de 1333. Residió durante diez años en la India y en las islas Maldivas y luego siguió viaje a oriente, hasta llegar a Ceilán, Bengala y China. Hacia 1347 emprendió el camino de regreso y llegó a Fez en noviembre de 1349, veinticuatro años después de abandonar su ciudad de origen, donde se establecería unos pocos años antes de comenzar de nuevo sus viajes, en esta ocasión por al-Ándalus y el África occidental, hasta la curva del río Níger. Una vez de vuelta a Marruecos escribió
un pormenorizado relato de sus viajes
[10]
. Prácticamente todo lo que sabemos sobre su Tras la publicación de su Rihla o libro de viajes, se conoce poco de la vida de Ibn Battûta. Tan solo sabemos que podría haber sido nombrado qadi (juez) en Marruecos y que allí murió en algún momento entre 1368 y 1377. Durante siglos su libro fue desconocido, incluso dentro del mundo musulmán, pero en el siglo XIX fue redescubierto y traducido a varios idiomas europeos. Desde entonces Ibn Battûta ha aumentado su fama y es ahora una figura bien conocida en todo el mundo, llegando a ser recordado en algunos círculos occidentales como “el Marco Polo árabe”. El último de los grandes aventureros
musulmanes del periodo medieval es Hasan ibn Muhammad al-Wazzan al-Fasi,
más conocido en occidente por el nombre cristiano de Juan León
el Africano. Aunque nacido en el reino nazarí de Granada en el año
1488, en las postrimerías de la Edad Media, su figura todavía
representa el viejo espíritu de aventura que animó a los
viajeros y exploradores musulmanes del medioevo. El Papa le solicitó que escribiera una obra en la que recopilara todos los conocimientos adquiridos durante sus viajes por África. Así, León El Africano compuso, en lengua italiana, su obra más importante, la cual llevó como título Della descrittione dell'Africa et delle cose notabli che ivi sono (“Descripción de África y de las cosas notables que allí hay”) [12] . Tan importante fue este texto de Hasan ibn Muhammad, que durante mucho tiempo no existió otra obra en occidente donde se hablara de Sudán. Fallecido León X en 1521, Hasan se trasladó a Boloña, visitó otras ciudades italianas como Florencia o Nápoles, y todavía tuvo tiempo de redactar otros libros como una traducción al árabe de las Cartas de San Pablo, las biografías de treinta personajes árabes ilustres (de los cuales veinticinco son musulmanes y cinco judíos), o un diccionario trilingüe árabe-latín-hebreo. Los últimos años de su
vida transcurrieron en Túnez, donde se convirtió de nuevo
al Islam y falleció en torno a 1554. Si bien es conocido el hecho de que, durante la Edad Media, los pueblos de la rivera atlántica carecían, en principio, de los conocimientos y los recursos técnicos necesarios para emprender navegaciones trasatlánticas [13] , varias evidencias históricas nos muestran los intentos de muchos musulmanes por adentrarse en aguas del Océano Atlántico antes de 1492, y algunos textos sugieren la posibilidad de que algunos de ellos pudieran haber alcanzado las costas americanas. El más antiguo de estos textos es el ya citado Muruj adh-dhahab wa maadin al-jawhar (“Los prados de oro y las canteras de joyas”), de al-Masudi (871-957), en el cual se afirma que, durante el reinado del califa andalusí Abdullah ibn Muhammad (888-912), un navegante cordobés llamado Jashjash ibn Said ibn Asuad zarpó de Delba (Palos) en 889 y, cruzando el “mar tenebroso”, llegó a un territorio desconocido (ard majhula) de donde regresó con tesoros fabulosos. Otro texto de principios del siglo XI escrito por un historiador andalusí llamado Abu Bakr ibn Umar al-Gutiyya nos relata que durante el reinado de tercer califa cordobés Hisham II (965-1013), otro navegante musulmán llamado Ibn Farruj, de Granada, partió en febrero de 999, adentrándose en el Atlántico y desembarcando poco después en Gando (Gran Canaria) para visitar al rey guanche Guanariga. De allí continuó hacia el oeste, donde vio y puso nombre a dos islas, Capraria y Pluitana, regresando a al-Andalus en mayo de 999. Pocos años más tarde, el geógrafo y cartógrafo de origen marroquí al-Idrisi (véase supra), en su ya citado Nuzhat al-Mushtak fi Ijtirak al-Afak (“Pasatiempo de quien está poseído por el deseo de abrir horizontes”), nos relata la historia de los hermanos al-Mugarribun –también conocidos por el nombre latinizado de “los Almagrurinos”–, quienes en el año 1013 zarparon desde Lisboa para adentrarse en el “mar de las tinieblas” (bahr adh-dhulumat) para, después de casi dos meses de navegación, alcanzar “la isla de los hombres rojos” [14] . Uno de los textos mejor documentados sobre estos viajes trasatlánticos en época precolombina es es el de Ibn Fadl al-Umari (1300-1384), historiador sirio residente en El Cairo, quien, en su libro Massâlik al-absâr fi mamâlik al-amsâr, –sirviéndose del testimonio de Amir Hayib, guía particular del emperador de Malí, Mansa Musa, en su visita a El Cairo durante su peregrinación a La Meca– nos narra el viaje desde las costas del actual Senegal de una flota de doscientos barcos fletados por el anterior monarca de Malí en dirección al oeste, y cargados con abundante agua y provisiones. Partió la expedición y transcurrió mucho tiempo sin que nadie volviera, hasta que al fin uno solo de los barcos regresó, explicando su capitán que todas las demás naves habían sido tragadas por lo que parecía un río de poderosa corriente. El monarca no creyó esta narración y, junto a una flota aún mayor, se decidió él mismo a aventurarse en un nuevo viaje del que ya nunca regresaría.
El mapa de Reis está dibujado sobre piel de gacela y en él se representa una costa brasileña mucho más proporcionada y a una distancia de la costa de África occidental mucho más exacta que en la mayoría de los mapas europeos de la primera mitad del siglo XVI. Además se aprecia una cadena montañosa a lo largo de Sudamérica, la cual ha sido identificada como los Andes. Los ríos que parten de ella, lógicamente se consideran el Amazonas, el Orinoco y el Río de la Plata; y el animal con dos cuernos que se halla junto a las montañas podría ser una llama. El mapa llega a representar incluso una parte de lo que podría ser el continente antártico. A pesar de todas las especulaciones
respecto a la posibilidad de que el mapa pudiera haberse elaborado a partir
de fuentes precolombinas desconocidas que poseyeran conocimientos geográficos
sobre el continente americano, la mayoría de los expertos actuales
opinan que el citado mapa es una extraordinaria y bella compilación
de todo el saber cartográfico acumulado durante la Edad Media y,
sobre todo, durante la primera década del siglo XVI. Antes de que los pueblos de Europa occidental
iniciaran a partir del siglo XVI la llamada “época de los descubrimientos”
y entraran en contacto con otras tierras y civilizaciones desconocidas para
ellos, otras culturas del Viejo Mundo, como la musulmana o la china, trataron
de estudiar y comprender el mundo que las rodeaba a través de la
ciencia y de los viajes. Durante todo el medioevo, los pueblos afroasiáticos
exploraron su entorno por tierra y por mar
[16]
, y elaboraron modelos astronómicos
que no llegarían a ser formulados ni aceptados en Europa hasta varios
siglos después. De este modo, buena parte de los pueblos musulmanes
conocían la redondez de la tierra, a la vez que viajaban a los lugares
más remotos, guiados por una insaciable curiosidad y un verdadero
afán de conocimiento
[17]
. NOTAS.- [1] Véase Regis Morelon, “ La ciencia astronómica en la civilización musulmana ”, en revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. [2] Matemático, astrónomo, físico, filósofo, astrólogo, viajero, historiador y farmacéutico, Abû Rahîm Muhammad ibn Ahmad al Biruni fue, junto a figuras como Ibn Sina (Avicena) o Ibn Rushd (Averroes), el precedente de los llamados “hombres del Renacimiento” que cinco siglos más tarde harían florecer el conocimiento en toda Europa. [3] En Europa no se llegó a obtener un resultado equivalente a los cálculos de Alfraganus y al-Biruni hasta el siglo XVI. [4] Buena parte de la terminología náutica en castellano y portugués proviene de la lengua árabe: dársena, almirante, tarifa, fragata, amarra, zozobrar, falúa, calafate, azimut, chalupa, etc.... [5] Véase Ibrahim A. G. Panjwani, “ El Islam en África oriental: los musulmanes en Malawi ”, en revista Alif Nûn nº 36, marzo de 2006; Basil Davidson, “ Ciudades de coral ”, en revista Alif Nûn nº 45, enero de 2007. [6] Véase Jordi Esteva, Los árabes del mar , Editorial Península, Barcelona, 2005; Redacción Alif Nûn, “ El Islam en Asia oriental ”, en revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005. [7] Región histórica del Turkestán, en Asia central, situada entre el Mar del Aral y la meseta del Pamir, actualmente repartida entre los países de Uzbekistán, Kazajstán, Turkmenistán y Tayikistán. [8] Véase Abu Hamid al-Garnati, El regalo de los espíritus , CSIC, Madrid, 1990. [9] Estado mongol que abarcó parte de las actuales Rusia, Ucrania y Kazajstán. [10] Véase Ibn Battuta, A través del Islam , Alianza Editorial, Madrid, 2005. [11] Véase Basil Davidson, “ Los imperios musulmanes del África occidental ”, en revista Alif Nûn nº 33, diciembre de 2005. [12] Véase Juan León Africano, Descripción general del África y de las cosas peregrinas que allí hay, Legado Andalusí, Granada, 2004. [13] La verdadera dificultad radicaría en el regreso desde las costas americanas, pues para ello deberían afrontar los vientos y corrientes del este, y aún no existían al oeste del Océano Índico aparejos de navegación que permitieran a los barcos hacer tal cosa. [14] Para más información, además de la citada obra de al-Idrisi, puede consultarse Vicente Blasco Ibáñez, En busca del Gran Khan; Ibrahim H. Hallar, Descubrimiento de América por los musulmanes , Edición de autor, Buenos Aires, 1959. [15] Un mapa de Johannes de Stobnicza pudo ser accesible para Piri Reis, pues fue impreso en Cracovia —una edición de Ptolomeo— en 1512. Este podría ser uno de los mapas dibujados “en la época de Alejandro Magno” a que hace referencia el propio Reis, considerando la confusión que existía entre los dos Ptolomeos (siendo el más antiguo Claudio Ptolomeo, astrónomo, matemático y geógrafo griego del siglo II a.C.) [16] Hoy en día se habla sobre la posibilidad de que el almirante chino Zhen He, de religión musulmana, diera la vuelta al mundo entre los años 1421 y 1423 al mando de una numerosa flota de barcos. Véase Gavin Menzies, 1421: El año en que China descubrió el mundo, Editorial Grijalbo, Barcelona, 2003. [17] Una sentencia del Profeta Muhammad afirma: “Busca el conocimiento, aunque sea en la China.” A Portada |
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