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Poema
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Estimados
lectores:
Antes del nacimiento de los grandes imperios y de las modernas
naciones-estado, los seres humanos se desplazaban libremente de un
lado a otro y viajaban sin pedir cuentas a nadie, de modo que
las grandes migraciones de la antigüedad hicieron posible que el
hombre poblara los cinco continentes. Podemos decir que el instinto de
viajar se conservó a lo largo de los siglos en el alma de aquel
homo sapiens cazador y recolector que terminó por adoptar un modo
de vida sedentario. Además de la simple supervivencia, el viaje
y la exploración humanas se han visto motivados por un espíritu
de aventura y un deseo de aprender que han diferenciado al hombre del
resto de las criaturas de este planeta.
En lo que respecta
a la civilización musulmana, la emigración y los viajes
han marcado profundamente la historia del Islam, hasta el punto de que
el calendario musulmán se inicia con la hégira o emigración
del Profeta Muhammad, en el año 622 d.C., desde su ciudad natal,
La Meca, hasta Medina, lugar donde fue acogido junto a sus seguidores y
desde donde organizó la primera sociedad islámica en libertad.
Además, la peregrinación a La Meca, establecida como uno
de los pilares del Islam, ha convertido el hecho de viajar en un asunto
de lo más natural para los musulmanes, de manera que, antes de la
colonización europea, cualquier musulmán podía atravesar
el mundo islámico de un extremo al otro, sin más limitaciones
que las impuestas por la dureza de los medios de transporte de la época
y por el peligro de los salteadores de caminos o los piratas. No obstante,
su condición de musulmán estaba por encima de cualquier consideración
racial o lingüística, y el viajero nunca era considerado extranjero
en tierras del Islam.
En el presente número de Alif Nûn
analizamos el fenómeno de los viajes y las exploraciones en
el mundo islámico a través de tres artículos. El
primero de ellos hace un repaso de los grandes cartógrafos, viajeros
y exploradores musulmanes del medioevo, en el marco del desarrollo científico
del Islam medieval. El segundo artículo nos acerca a la figura
de David Roberts, pintor escocés del siglo XIX que viajó
por Andalucía, Egipto y buena parte de Asia occidental y, animado
por la “fiebre orientalista” del Romanticismo europeo, reflejó como
nadie en sus pinturas los últimos retazos de un mundo árabe
tradicional que, tras la colonización europea, ya nunca volvería
a ser el mismo. El tercer artículo nos narra la llegada a Fez del
viajero e intelectual suizo Titus Burckhardt, quien nos ofrece un delicioso
retrato costumbrista de esta ciudad, corazón e historia viva de Marruecos.
Para terminar, y sin abandonar el magreb árabe, les ofrecemos la
primera parte del artículo dedicado al proceso de independencia nacional
de Marruecos Y Túnez.
La Dirección.
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Ideado
por los griegos y tras caer en desuso en la Europa medieval, el astrolabio
volvió a ser usado por los astrónomos árabes, reunidos
por el califa al-Ma’amûn en la “Casa de la Sabiduría” (Bait
al-Hikmah) de Bagdad, desde la primera mitad del siglo IX . El astrolabio
es un instrumento empleado para observar la posición de los astros,
y los árabes lo usaron para resolver algunos problemas de triángulos
esféricos relacionados con las practicas religiosas, tales como
predecir con exactitud el momento en el que comienza el Ramadán,
aunque también lo utilizaron para orientarse en sus viajes marítimos.
Otro tanto sucedió con la brújula, cuya invención
se atribuye a los chinos, y la cual aparece mencionada por primera vez
en las crónicas árabes en el año 1220, aunque probablemente
ya fuera utilizada por los árabes desde hacía años,
siendo ellos quienes, con toda seguridad, la introdujeron en Europa, donde
pronto fue empleada por los vikingos.
Durante el estancamiento de la cartografía y de los estudios
geográficos en la Europa medieval, los árabes y musulmanes,
gracias al uso extendido de la brújula y el astrolabio, fueron
capaces de realizar excelentes mapas y cartas geográficas de gran
exactitud que más tarde supondrían una valiosa información
para los grandes cartógrafos catalanes e italianos del Renacimiento
europeo o para la elaboración, a partir del siglo XIII, de las primeras
cartas náuticas en Europa, a las que se denominó “cartas
portulanas” o, simplemente, “portulanos”.
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David Roberts
nació en Stockbridge, una aldea cercana a Edimburgo, la capital
de Escocia, el 24 de octubre de 1796. su padre era zapatero remendón
y su madre una dedicada ama de casa. A pesar de las dificultades económicas
y la vida misérrima, sus padres se esmeraron en brindar al joven
David ciertos conocimientos, despertando su curiosidad hacia países
lejanos y alimentando su espíritu para la aventura. Así, un
día David decoró la pequeña cocina de aquel humilde
hogar escocés, dibujando escenas silvestres para mostrar a su madre
los arrebatos de su inspiración y el ingenio de sus trazos.
A los dieciséis años ya se ganaba la vida como pintor escenográfico
de un circo. Allí quedó fascinado por las escenas de la
obra Alí Babá y los cuarenta ladrones. “Bagdad con sus innumerables
minaretes me resultaba un lugar muy familiar, como si la hubiera conocido
en sueños”, confesaría en sus escritos años más
tarde.
En esos
días nunca podría haber imaginado que viajaría al
Oriente y se convertiría en uno de los más famosos pintores
británicos de paisajes musulmanes.
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Una geoda
de amatista llena de miles de cristales y rodeada de una cinta de color
verde plateado: así era Fez, la ciudad antigua de Fez, a la
luz del crepúsculo. A medida que descendíamos hacia ella,
el pequeño valle en el que se encuentra la ciudad se iba ensanchando;
los innumerables cristales, uniformes pero irregularmente acoplados, se
dibujaban con mayor claridad; una de sus caras era clara, mientras que la
otra, la que recibía el viento dominante, estaba oscurecida y deslucida
por la intemperie. Entre ellos y el cinturón verde plateado de los
olivos apareció la muralla de la ciudad antigua con sus torres. Las
pequeñas caravanas de asnos avanzaban, como en el pasado, hacia Bâb
al-Gissa, la puerta que teníamos más cerca, y de ésta
salían al viento de la tarde, en dirección a la inmensidad
verde, hombres y niños en vestido marroquí; pues era primavera,
y las colinas de los alrededores estaban cubiertas de flores amarillas y
azules.
En el corazón
de la ciudad, en el punto más bajo del valle, se podía distinguir
el tejado en forma de tienda de tejas verdes que cubre la cúpula
de la tumba de Idrîs, santo fundador de Fez; al lado había
un minarete. No lejos de allí aparecían los tejados también
verdes de la antigua universidad coránica de al-Qarawiyyîn.
Cuanto más nos acercábamos a la ciudad, más minaretes
veíamos elevarse hacia el cielo, torres cuadradas, de tejado plano,
parecidas a las torres románicas de las ciudades de Italia. Debía
de haber centenares de ellos. Estos minaretes revelan la situación
de las mezquitas más grandes; otras mezquitas más pequeñas,
más numerosas todavía, se ocultan a la vista en medio de
la confusión de los altos bloques de las casas, de un color blanco
grisáceo y, en este momento, rojizo. Una ciudad llena de santuarios:
entre los primeros viajeros europeos que la visitaron a principios de siglo,
unos hablaban de un “feudo del fanatismo” y otros la evocaban, maravillados,
como un lugar de oración perpetua.
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El renacimiento
cultural y político del mundo árabe-islámico, operado
en Egipto y otros países musulmanes en torno a 1850-1900, y denominado
nahdah, no dejó de tener repercusiones en los países del
Magreb árabe, es decir, en los Protectorados de Marruecos y Túnez,
y en el territorio de ultramar, luego Departamento francés de Argelia.
El mariscal Lyautey había
escrito que el Islam es una “amplia caja de resonancia” y que lo que suceda
en un punto geográfico de su ámbito tiene, a la larga, efectos
de demostración en otros puntos de la comunidad cultural que nutre
aquella religión. Con el despertar nacionalista del mundo árabe
se confirmó la aguda frase, fruto de la observación, del
legendario mariscal y primer residente general francés en Rabat;
el renacimiento árabe-islámico del Oriente Próximo
no dejó de tener repercusiones –todo lo lentas y moduladas a “a
la magrebí” que se quiera –, pero notorias y de peso, en el extremo
occidente del ecumene árabe-islámico, el Magreb.
Muy pronto
hubo repercusiones prenacionalistas en el Magreb árabe. ¿De
qué otro modo se pueden llamar sino los síntomas “regeneracionistas”
de los ulemas o doctores de la ley y buen saber coránicos que desde
las Universidades (Zitune de Túnez, Karawiyyîn de Fez), los
círculos de la autoridad y el poder (Majzén marroquí
durante el reinado de Muley Hassan, 1873-1894) y la palabra escrita o transmitida
verbalmente, reclaman para sí y para la sociedad a la que pertenecen,
una purificación religiosa y un adecentamiento del Estado?
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EL AGUADOR
Avanza el aguador por la calleja
bajo la sombra azul del emparrado.
Con el odre de cabra en un costado
va agitando el naqusa mientras deja
su pregón por el aire. Se refleja
un destello de sol en el dorado
de sus cuencos de cobre. Un perfumado
aliento de azahar cierne la vieja
pared blanca de cal donde la tarde
estalla de calor. Hay un alarde
de cegadora luz. Y calle arriba
se pierde el aguador con paso lento
y queda por el aire un soñoliento
frescor de generosa fuente viva.
- Ricardo
J. Barceló
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