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LA ESPERANZA
[1]
Abderrahman Mohammed Maanan [2] Hay un aspecto sobre el que se insiste bastante en el camino sufí, y es el hecho de que, si hay algo que impide alcanzar el conocimiento de Allah y la posibilidad de acercarse a Él, son nuestras propias esperanzas y expectativas de poder hacerlo. Las esperanzas del ser humano son el mayor obstáculo a la hora de acercarse a Allah. Pero ¿qué entendemos por esperanza? Los sufíes llaman esperanza (‘amal) al autoengaño que nos hace creer que mañana estaremos vivos. Esa esperanza en que la rutina de las cosas se repetirá un día tras otro, y en la sucesión de los días y de las noches que nos hace postergar cualquier esfuerzo en ese acercamiento hacia Allah. Una sentencia de Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría dice que “aplazar tus acciones para el momento en que tengas tiempo libre es una muestra de la insensatez del nafs (ego)” [3] . Es decir, dejar para más tarde lo que tienes que hacer ahora es una tontería porque nada te asegura que dispondrás de una segunda oportunidad. Esta actitud proviene del hecho de que actuamos más con nuestro nafs, -con el ego, con nuestros apegos y nuestras rutinas...-, que con nuestra razón; lo cual nos demuestra que la precariedad de nuestra existencia es realmente nuestra esencia. Por lo tanto, en ningún momento podemos asegurar que volveremos a respirar en el siguiente instante. Esta esperanza es un obstáculo porque consiste, al fin y al cabo, en una nueva afirmación de nuestro nafs, en convertir nuestro ego en la medida de todas las cosas y, en definitiva, en una suposición irracional. Esperar que se cumplan los ritmos a los que estamos acostumbrados es un obstáculo porque supone una confianza injustificada, ya que la experiencia demuestra que un accidente imprevisto, una enfermedad con la que no contabas o cualquier otro acontecimiento inesperado puede acabar con nuestra vida en el momento más imprevisto. En realidad, no podemos calibrar, medir ni saber en ningún momento qué es lo que nos espera. Esa falta de conocimiento, esa ignorancia esencial es lo que debemos aceptar para poder empezar a dar pasos con consistencia en la Vía espiritual. La falta de esperanza es considerada por los sufíes como absolutamente creadora, desde el momento en que nos sitúa en una tensión tal que nos obliga a ir tomando decisiones en cada momento, el cual puede ser el último [4] . El Corán nos enseña continuamente que lo único cierto es Allah y nuestro encuentro con Él tras la muerte. Por lo tanto, la empresa en la que debe sumergirse el musulmán tiene dos vertientes: primera, la búsqueda de un conocimiento de aquello que es esencial y a lo que llamamos Allah; y segunda, la preparación para ese encuentro que es absolutamente inevitable, y hacia el cual nos dirigimos desde nuestro nacimiento. Es más, ese encuentro es algo que se produce en cada momento, porque sin él nada de lo real, nada de lo que existe, tendría la más mínima consistencia. Si el encuentro con Allah es el destino final de nuestra existencia y de la de todo ser viviente, entonces deberíamos acercarnos a él de la manera más consciente posible. Así, el Corán nos enseña que lo único con lo cual puedes contar frente a Allah cuando te presentes ante Él son tus propias acciones. Junto a la Sunna y la tradición islámica, el Corán también nos muestra cómo convertir esas acciones en aspiración a Allah. Hay una tradición profética (hadiz) muy hermosa en la cual se afirma que el ser humano realiza esfuerzos en función de la meta que se proponga. Si se propone encontrar y conseguir cosas, entonces puede ser afortunado o puede no serlo, y puede encontrar lo que busca o no. Las cosas pueden ocurrir según sus expectativas o puede ser de otra manera; sin embargo, quien se propone encontrar a Allah ya Lo ha encontrado. Es decir, esa simple aspiración (himma ), esa fuerza espiritual, es la que nos permite descubrir aquello que estamos buscando. Y si se trata de Allah, como está “más cerca de él [del hombre] que su vena yugular” [5] , como Allah está más cerca de ti que tú mismo, entonces ya Lo has encontrado de hecho, y desde este momento se trata de convertir ese encuentro repentino con Allah en fuente de bendiciones para ti. Como ya hemos afirmado anteriormente, Ibn ‘Atâ’-Allâh nos dice que retrasar o posponer para un mejor momento cualquier acto que nos permita reconocer a Allah y acercarnos a Él, no es más que un signo de nuestra insensatez. Y esto, por una razón muy sencilla. Según acabamos de ver, es imposible tener la seguridad de que nos llegue una segunda oportunidad. Es decir, no podemos contar con el siguiente instante de nuestra vida, no nos pertenece y no podemos permitirnos el lujo de desperdiciarlo porque puede ser una oportunidad perdida. Ibn ‘Ayîba, en su comentario a esta sentencia de Ibn ‘Atâ’-Allâh, dice que el tiempo pasado no puede recuperarse, y el que tenemos no posee ningún valor porque el tiempo presente es un instante insignificante que se escapa entre nuestras manos. Es decir, no tienes nada, salvo este instante que es absolutamente precario y el cual realmente no tiene ninguna entidad ni valor. El tiempo pasado ya no existe, pero el futuro ni tan siquiera podemos contar con él. Por lo tanto, relegar o postergar nuestras acciones y nuestro esfuerzo por encontrar lo esencial de las cosas y nuestra preparación para ese encuentro con Allah que es inevitable, debe ser -nos invitan los sufíes a que sea-, ahora, en este mismo instante. Si no, estamos perdiendo lo único que realmente nos puede guiar hasta Allah, que es este momento en cuestión. Relegarlo para más tarde es una aventura y, sobre todo, es una perdida de percepción y de comprensión de lo esencial, de lo real, que no es más que nuestra más absoluta pobreza (fakr) [6] respecto a Allah. Y es con esa ignorancia esencial y con esa pobreza espiritual con las que debemos dirigirnos a Allah. Por eso nuestra acción en Allah o hacia Allah tiene un sólo nombre posible: Islam, es decir, absoluto abandono. No podemos acercarnos a Allah con ningún tipo de conocimiento, ni tan siquiera con ningún tipo de mérito personal. Somos el absoluto vacío que habita en este insignificante y precario instante que es el momento presente (waqt). Ésa es nuestra única oportunidad real. Hacer las cosas en el futuro es una insensatez. Se dice que es una insensatez del nafs, porque el nafs es, por definición, insensato. Decíamos antes que el nafs funciona a base de esos impulsos primarios y que sólo la reflexión pausada y calmada de la razón y de la inteligencia, es la que puede ayudarnos a despertar a ese conocimiento, terrible para el ser humano, el cual consiste en aceptar que, salvo Allah, todo lo que podamos esperar es absolutamente vano. Por lo tanto, repitiendo el comentario con el que empieza Ibn ‘Ayîba, no hay mayor obstáculo para la realización espiritual, es decir, para acercarse a Allah y encontrarse con Él, que las esperanzas. Jamás debemos esperar nada, porque nada, en ningún momento, nos ha sido garantizado. Nos lo garantiza exclusivamente la rutina, pero la rutina no es un principio de conocimiento ni tiene ninguna consistencia. Dice el sevillano Abû Madian [7] : “Quien se adhiere a la promesa de sus esperanzas no dejará de postergar sus obligaciones”. Comentando esta sentencia, dice el shaij Al-‘Alawî [8] : “Demuestras bastante ignorancia al esperar lo que no existe y abandonar lo que existe. Si supieras lo que tienes entre tus manos, lo que te espera realmente, saldrías de tu inconsciencia, y es que la verdad está más cerca de ti que tú de ti mismo”. “Lo que existe” se trata simplemente de un momento de îmân , es decir, de apertura hacia lo Real, con la suficiente intensidad como para poder recibir a Allah e impregnarse con toda Su fuerza y toda Su belleza. Todo lo demás, todo lo que el nafs crea, todas las seguridades con las que nos revestimos, todas nuestras esperanzas de futuro, son absolutamente inconsistentes. Estamos creyendo en una quimera que ni siquiera podemos demostrar, sino que simplemente son ilusiones, fantasías y esperanzas ¿Qué es lo único que tenemos como garantía? El instante presente. Siguiendo el hilo de la sentencia de Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría, citaremos un hadiz del profeta Muhammad que dice: “Hay dos bienes que engañan al ser humano, y éstos son la salud y la desocupación”. Estar desocupado y con el corazón tranquilo, gozando de buena salud, es algo que todos deseamos. El hadiz nos dice que son cosas buenas, evidentemente deseables. Sin embargo, en la existencia de esa salud y de esa desocupación absoluta del corazón y del cuerpo ponemos excesivas esperanzas que suponen una error de perspectiva importante. Hemos puesto confianza en algo que no es Allah, que sería esa salud y esa desocupación que nos permitan sentar las bases para desarrollarnos espiritualmente de una forma perfecta. Pero no se trata de esperar “el momento oportuno”, relajados y saludables, para empezar el proceso, pues puede ser que esa circunstancia no se dé nunca y lo único que hagamos sea buscarnos excusas para no comenzar a andar el camino. Puede resultar un poco duro decirlo, pero lo cierto es que la muerte que nos espera a todos es lo único que podemos esperar con absoluta certeza, mientras que todo lo demás, nuestros proyectos y buenas intenciones para el futuro, son simples sueños, devaneos de la mente y buenos deseos, pero carecen de la consistencia que requiere cualquier planteamiento serio dentro del camino espiritual. Esto no quiere decir que debamos sentirnos permanentemente angustiados por la muerte, sino que la toma de conciencia de nuestra radical pobreza espiritual debe servirnos de acicate para emprender la acción aquí y ahora, depositando nuestra confianza en lo único Real, Allah. El puesto central que Allah ocupa dentro de la cosmovisión islámica, y particularmente en el sufismo, exige la negación de todas nuestras certezas y el abandono de todas nuestras seguridades [9] . Dice el shaij al-‘Alawî: “Sé absolutamente realista en lo que se te exige en cada momento”. Es decir, según mi entender, cada instante en el cual vivimos nos exige vivirlo plenamente, olvidándonos por completo del destino, de nuestro pasado y de nuestro futuro. De igual modo que durante nuestra vida cotidiana nos esforzamos en los quehaceres diarios y no nos preocupamos de cuestiones metafísicas como la predestinación o el libre albedrío, así también debemos dirigir nuestros esfuerzos en dirección a Allah, sin detenernos en sutilezas metafísicas. A esto se refiere el shaij al-‘Alawî cuando dice “sé absolutamente realista”. Es decir, debemos ser consecuentes con nosotros mismos, pues éste es un camino eminentemente práctico. En este mismo sentido nos dice Ibn ‘Ayîba que el ser humano debe ordenar su tiempo de tal modo que lo ocupe de la mejor manera posible. Debe invertir su tiempo para con Allah, para con su sustento, para con su estudio, etc. Es decir, ya que vivimos en el mundo de los asbâb, de las causas, debemos actuar en consecuencia y no mostrarnos perezosos frente a Allah. Lo mismo que hacemos esfuerzos para conseguir cosas, también debemos actuar para poder acercarnos a Allah. ¿Por qué? Porque vivimos en el mundo de la acción. Fuera queda el destino, relegado al universo de la haqîqa , de la esencia de las cosas. No lo olvidamos completamente pero no estamos allí; lo podemos tener en mente pero en realidad no lo estamos viviendo, pues estamos viviendo en la pura acción. Incluso nuestra búsqueda de Allah es pura acción, ya que esta búsqueda nace de nuestro deseo y también nos exige un esfuerzo. Ese esfuerzo consiste en la realización de determinados actos, quizá ficticios, porque realmente en sí no tienen ninguna esencia que obliguen a Allah a responderte, aunque suponen un cierto compromiso por esforzarte con la intención de conseguir un deseo determinado, que en este caso es Allah mismo [10] . Es decir, Allah ha puesto vías hacia Él, y desde el momento en que estimulamos en nosotros la himma, esa aspiración y esa fuerza de la voluntad por acercarnos hacia Él, Allah se nos ofrece inmediatamente. A este respecto existe un hadiz en el cual se nos dice claramente que “las acciones valen por las intenciones”. Es decir, si tenemos como intención a Allah, entonces ya hemos cumplido realmente con lo que se nos exige, con aquello que nos “capacita para”. Ahora, simplemente deberemos ir limando nuestras “asperezas”, abandonando nuestra insensatez para que el encuentro con Allah resulte efectivo. Para operar este encuentro existen tres niveles de significación: islâm, îmân e ihsân. El islâm designa la realización de los actos que exige la sharî‘a, la ley. Musulmán [11] es, por tanto, quien hace el salâ , previas abluciones, quien ayuna durante el mes de ramadán, quien paga el zakâ si tiene riqueza, y quien realiza la peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida y si tiene los recursos para ello. Es decir, es musulmán quien amolda su vida cotidiana a las exigencias de esa ciencia que es la sharî‘a, la ley. El segundo grado es el del mu’min , es decir, el poseedor de îmân . El îmân , traducido como “apertura hacia Allah”, supone la introducción en el universo de Allah, en el conocimiento y en el saboreo de la sutileza de ese universo unitario. Por último está el ihsân , la excelencia, cuyo poseedor es el mu hsin, es decir, aquél que ve a Allah en todo lo que existe. El islam sería la norma
y el camino; el îmân sería la actitud para andar
el camino; y el ihsân sería el Objetivo que se
alcanza tras andar el camino. Pero un camino que debe ser transitado, no
como sometimiento a unas reglas sino mediante una actitud vital en la cual,
a través del Amor (ishq), nos abandonemos por completo a la
voluntad de Allah en todos los aspectos de nuestra existencia. NOTAS.- [1] Extracto y adaptación de una charla pronunciada en Sevilla el 19 de septiembre de 1997. (Nota de la Redacción). [2] Abderrahmán Mohamed Maanán nació en Melilla en 1960 y es Doctor en Filología árabe por la Universidad de Sevilla. Es autor de varias obras, como el tafsir (comentario) de una parte del Sagrado Corán ( surats 78-114), publicado en cuatro volúmenes, o varios comentarios de obras clásicas como al-aqîda at-tahawiya o al-aqîda al-wâsitiya . Ha traducido diversas obras del árabe, entre las que destaca Los engarces de la sabiduría, de Ibn al-‘Arabi, publicado por Ediciones Hiperión. Su última obra publicada es Tasawwuf, introducción al sufismo , Editorial Almuzara, Córdoba, 2006. (Nota de la Redacción) [3] Véase Ibn Ata’illah, El libro de la sabiduría , Editorial Sufí, Madrid, 2.001 (Nota de la Redacción) [4] Una sentencia del profeta Muhammad dice: “vive para esta vida como si fueras a hacerlo eternamente y vive para la otra como si fueras a morir mañana.” (Nota de la Redacción). [5] Corán, 50:16 (Nota de la Redacción). [6] Para una mayor información sobre el concepto de fakr, véase Javad Nurbakhsh, La pobreza espiritual en el sufismo , Editorial Nur, Madrid, 1997. (Nota de la Redacción). [7] Para más información sobre este maestro sufí del siglo XII nacido en Cantillana (Sevilla), véase Miguel Asín Palacios, Šâdilîes y alumbrados , Libros Hiperión, Madrid, 1990, págs. 30-37; Terry Graham, “Abu Madian: Un sufí español representante de la gnosis del Jorâsân”, en revista Sufí nº 3 , Editorial Nur, Madrid, primavera de 2002, págs. 34-41. (Nota de la Redacción) [8] Para más información sobre el shaij Al-‘Alawî, véase Martín Lings, Un santo sufí del siglo XX. El šaij Ahmad Al-‘Alawî, su herencia y su legado espirituales , Olañeta Editor, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [9] Cuando al heredero espiritual de shaij Al-‘Alawî, shaij ‘Adda Bentounes (1898-1952), le pidieron una definición del sufismo, éste contestó: “Lo que sabes, olvídalo; lo que tienes, entrégalo; lo que te llegue, no lo rechaces.” Para una información más detallada sobre el pensamiento de shaij ‘Adda Bentounes y de la orden sufí ‘alawiyya , a la que perteneció, véase shaij Khaled Bentounès, El sufismo, corazón del Islam , Ediciones Obelisco, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [10] Un viejo dicho sufí afirma: “No todo el que corre tras la gacela puede alcanzarla, pero es seguro que quien la alcance, deberá correr detrás de ella.” (Nota de la Redacción). [11] En árabe, muslîm , es decir, el que practica el Islam. (Nota de la Redacción). A Portada |
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