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LA UNIVERSALIDAD
DE LA EDUCACION ISLAMICA (I) [1] Abderraman Cherif-Chergui [2] El conjunto de las enseñanzas
del Islam trata de integrar a sus seguidores como miembros de una comunidad
definida, porque les hace objeto de principios, instituciones y sugerencias
en relación con quienes participan en su credo. De ahí que
en muchas ocasiones nos encontremos con orientaciones dirigidas a ellos, bajo
dicho concepto. De repente, sin embargo, en cualquier aleya (versículo
del Corán) y en cualquier hadit (tradición
profética) nos sale al encuentro un estímulo que nos conduce
a ver al otro, ya no como vecino, allegado, compañero, etc., sino
en tanto que hombre. Pues bien, en los epígrafes siguientes trataré
de aproximarme a estas enseñanzas de índole humana, genéricamente
hablando. El primer fundamento que vincula a los
hombres entre sí viene dado por su “unidad espiritual”. Me explicaré
para evitar una confusión de términos. El Islam establece
un origen único de todas las criaturas, un alma (nafs), que
también significa espíritu. Esta alma es la fuente, por así
decirlo, de la cual proceden todos los hombres, tanto hembras como varones.
Evidentemente se trata del Acto Creador primario, pues la continuidad vital,
la procreación, está concebida en sus términos propios. Respecto de este fundamento de la unidad
humana original, existe toda una gama de aleyas, entre las cuales éstas
pueden ser representativas
[3]
: 1.- “Es Él quien os ha creado de una sola alma” (6, 98). Las tres aleyas, como puede observarse, aluden a ese fenómeno que he denominado “unidad espiritual”. Así queda igualada la humanidad, aun dentro de su diversidad y peculiar individualidad. Es una igualdad que el profeta expresa en una gráfica e intuitiva imagen: “los hombres son tan iguales como las púas de un peine.” Sobre la coordenada anterior, unidad original, se yergue otra: la hermandad. En esencia, las enseñanzas anteriores denotan este segundo fundamento, por sí solas. Sin embargo, encontramos suficiente material que alude explícitamente a dicho concepto. Además, parece necesaria una intervención directa, la vivificación del factor esencial para solidificar los vínculos entre los hombres como tales. A este respecto, dice Muhammad: “El hombre es hermano del hombre, quiera o no” [4] . Es un hecho absoluto, innegable e inviolable. Ningún factor racial, geográfico, cultural, etc., es válido para diferenciar a los hombres, en el sentido de segregación y enfrentamiento. Ni siquiera el fenómeno religioso –que tantos siglos ha sido utilizado y se sigue utilizando aún como elemento separativo– es capaz de justificar estas actitudes agresivas. En realidad, como veremos más adelante, cualquier fenómeno podría ser un alegato (cuando se empeña en ello) menos el religioso. Ahora bien, ¿no son contradictorias estas enseñanzas con el objeto real de nuestro análisis? Porque, de hecho, se observan diferencias de toda índole, ya no sólo raciales, sino culturales, ideológicas, psicológicas, etc. A juzgar por las orientaciones, que expondremos a continuación, parece como si los discípulos del profeta –convencidos del origen único de la humanidad– sufrieran esta duda. Las enseñanzas, coránicas sobre todo, vienen a ser una especie de respuesta al interrogante anterior. En todas ellas descubrimos una idea básica: las diferencias observables entre los hombres son de carácter existencial. Así lo enseña el Libro: “Los hombres constituían una sola comunidad, hasta que Dios envío profetas predicadores, asistidos por el Libro de la Verdad, para juzgar entre ellos sus discrepancias” (2, 213). No obstante, ¿a qué se deben estas discrepancias?; ¿son una maldición divina?; ¿es algo que llevaba el hombre en sí mismo?; en una palabra, ¿por qué se escindió esa unidad esencial? No pretendo, evidentemente, adentrarme en el ámbito metafísico y filosófico del fenómeno. Sólo quisiera llamar la atención hacia aleyas que sugieren la idea de que este hecho es una necesidad vital. Incluso cabe afirmar que se trata de un valor beneficioso para la humanidad y que subyace a su ser. Este valor es su individualidad, concepto que Muhammad inculcó a sus discípulos. Dentro de esta línea, encontramos dos aleyas que, además de esclarecer lo anterior, introducen una nueva nota. La primera viene a decir: “Los hombres constituían una comunidad única, y discreparon. Y si (esto) no hubiera sido un decreto previo de tu Señor se hubiera decidido entre ellos en lo que divergen” (19, 19). La segunda establece: “Si tu Señor hubiese querido habría hecho de los hombres una comunidad única. (De ahí que) continuarán discrepando, salvo aquéllos a quienes tu Señor tiene misericordia. Para ello les ha creado” (11, 118-119). Hay en estas aleyas una sugerencia reveladora, capaz de constituir una rica tesis de trabajo, acerca de la unidad-diversidad de los seres humanos. La idea –desde otra perspectiva y con otros fines– se desarrolló dentro de las leyes filogenéticas y ontogenéticas. Asimismo, dentro de los conceptos: “inconsciente colectivo” e “inconsciente personal”, definidos por Jung. Pero dejemos esto a un lado. Lo que nos interesa aquí es la vertiente educativa de las orientaciones hasta ahora expuestas. Podemos, por lo tanto, deducir las siguientes conclusiones: Primera: Los seres humanos con iguales todos, sin distinción alguna en el plano esencial, ya que han sido creados de “una sola alma”. Segunda: La unidad original no significa homogeneidad en su desarrollo y existencia. Tercera: El Acto Creador divino imprimió al hombre ambas notas: igualdad y diversidad. Por esto, aunque los hombres discreparon más tarde, llevaban en su naturaleza los elementos diferenciadores: “es un decreto previo de tu Señor” y “para ello les ha creado”. Son estas dos expresiones que aluden con suficiente claridad a esta idea. Cuarta: Teniendo en cuenta este fenómeno, las divergencias humanas son inherentes a esa peculiar estructura. Son, en una palabra, manifestaciones que confirman su individualidad; “continuarán discrepando” es otra expresión que hace de esa individualidad un hecho perenne. Por consiguiente, y puesto que así
lo dispuso el Señor, no deben interpretarse dichas diferencias como
desigualdades, en el sentido de “mejor-peor”, “superior-inferior”, etc.
Las características y rasgos que distinguen a los hombres no constituyen
parte de su ser, sino de su modo de ser. Es resultado de la taqwâ
, como decía Muhammad, es decir, del comportamiento; ello, a su
vez, es una consecuencia ineludible de otros muchos factores: fisiológicos,
ambientales, educativos e incluso –como veremos– metafísicos. Además de las enseñanzas alegadas en el epígrafe anterior, que por sí solas contribuyen a crear esta mentalidad, se dispone de un número rico de aleyas y hadites con este fin. Trataré de analizar algunas que explícitamente orientan y estimulan a una convivencia universal. Veamos, de entrada, esta aleya: “Hombres, os hemos creado de un varón y de una hembra, y os hemos dispuesto en grupos y tribus para que os conozcáis. El más noble de vosotros ante Dios es el más piadoso” (49, 13). Nos encontramos con una misión primaria de los hombres, conocerse. El acercamiento interindividual o entre grupos, libre de prejuicios, estereotipos y otras imágenes mentales negativas es un firme paso hacia la amistad. Porque, entre los factores que dificultan el desarrollo de ésta se halla ese mutuo recelo que albergamos los unos respecto de los otros. Sin embargo, predisponer al individuo dentro de aquella línea: la diversidad de pueblos, es un estímulo a la interacción, significa conquistar la mitad de las distancias entre los seres humanos. Como primera providencia, se evitarán al sujeto las inhibiciones psíquicas engendradas por la “leyenda negra” que cada grupo inculca a sus miembros en contra de los integrantes del otro u otros. Así, las relaciones humanas estarán en vías de un devenir más espontáneo y condescendiente. La aceptación, como fenómeno básico en una convivencia enriquecedora, vendrá a ser un rasgo personal. El respeto y la estima mutuos podrán surgir en cualquier momento y espacio. Allá donde se encuentran dos o más individuos nacerá un encuentro que conforme y haga más fecunda esa esencial hermandad. Eso por una parte. Por otra, llama nuestra atención la última frase de la aleya que nos ocupa. Se ponen de relieve dos conceptos, riquísimos ambos en sus denotaciones y connotaciones: karâma y taqwâ, nobleza y piedad, respectivamente. No es necesario, para nuestros fines, traer a colación las acepciones de aquellos dos vocablos, pues sus –más o menos– equivalentes en castellano poseen también esa riqueza semántica. Fijémonos, sin embargo, en la enseñanza que inspira la aleya: “el más noble de vosotros, ante Dios, es el más piadoso”. Cabe inferir de aquí toda una gama de sugerencias: - Primera, “la nobleza es ante Dios”, lo cual puede significar que, a nivel humano, no es distintiva esta característica, es decir, no se constituye en una nota diferenciadora. De este modo, nos sentimos dentro del marco de la igualdad predicada. Creo conveniente recordar aquí las nociones expuestas en otro lugar que, a simple vista, parecerían contradictorias con la base que ahora desarrollamos. En el capítulo sobre la sensibilización del individuo hablamos de las distinciones que Dios hace de unos respecto de otros. Se han alegado allí razones del Libro y de la Sunna acerca de las finalidades que este hecho implica, en el plano social. Es un fenómeno inherente a la estructura de las comunidades humanas e indispensable para su desarrollo. Pero de ninguna manera ha de inducir a que unos individuos exploten, rechacen o desprecien a otros. Esto es, en síntesis, la línea seguida en dicho capítulo. Por ello, no creemos que pueda entrar en pugna con el concepto de la igualdad, como resultado de la unidad esencial. El origen de todos hace que “los más nobles” lo sean ante Dios. - Segunda, “el más piadoso” aclara la frase que le precede; esto es una perogrullada, desde el punto de vista literario. No obstante, el panorama adquiere otro color bajo el prisma educativo. Quien sea más piadoso reduce la nobleza al comportamiento. Así, el individuo más insignificante ante sus semejantes podría ser el más noble ante Dios. Viceversa, el más distinguido material o intelectualmente quizá resulte el más vil para el Señor. La cuestión, así, aparece con una extraordinaria dimensión socioeducativa. Porque el sumo valor de un hombre, fuera quien fuere, es precisamente su humanismo, es decir, su entrega al otro, como establece Muhammad en este hadit: “Todos los hombres son criaturas de Dios; el más amado por Él es el más beneficioso de las criaturas” [5] . El principio de distinción, por lo tanto, no se halla ligado al linaje, rango intelectual, o a las posesiones materiales sino, básicamente, al comportamiento. - Tercera conclusión: el que “la nobleza sea solo ante Dios, según la piedad de cada uno” alude a una coordenada fundamental para la convivencia humana: los hombres no deben aceptarse o rechazarse sobre el concepto de la adecuación o inadecuación de la conducta de cada uno de ellos. Esto lo hemos esbozado en otro lugar. Pero añadamos aquí que el musulmán está llamado a aceptar a su semejante genéricamente hablando, por el simple y suficiente hecho de serlo. Dentro de esta línea, viene a decir Muhammad: “La cumbre de la razón, después de creer en Dios, es manifestar amistad a la gente y hacer el bien tanto al bondadoso como al libertino”. [6] Esta se revela como la aceptación humana en su más pura y genuina expresión. Porque el hecho de que un individuo fuera libertino no significa que no necesite el calor de sus semejantes. Quizá tenga mayor carencia que los demás y requiera más comprensión. Su libertinaje, además, mientras no trascienda hacia otros, cae dentro de sus “responsabilidades personales”. Responderá por su comportamiento ante el Señor, como vimos que enseñaba el profeta. Si, por el contrario, llega a constituir una transgresión, un atropello a los derechos del otro o a los valores sociales, incurrirá en una falta que concierne a las autoridades correspondientes. Todo lo que se le permite al individuo, en este sentido, es hacer uso de su papel como miembro de la comunidad: “estimular al bien y reprobar el mal”. Más, este papel no implica, de ninguna manera, sentimientos adversos o actitudes agresivas. Es, en el fondo, otro modo de entrega al otro, una ayuda intelectual y moral, llena de estima y de comprensión. El acercamiento al otro, pues, se revela como una prueba de madurez mental. Si nos fijamos en el h adi t anterior nos daremos cuenta de que esta conducta representa el máximo desarrollo del hombre, ya que dice: “la cumbre de la razón es, reconocida la existencia de Dios, manifestar amistad a la gente”. Dicho de otra manera, “la cumbre de la razón” parece como si fuera una categoría a la que sólo acceden las privilegiadas mentes humanas. En este supuesto caso, la razón se situaría en el más elevado peldaño de su evolución para contemplarse a sí misma; entonces, por su parte, descubriría su propia limitación y, como consecuencia, reconocería al Ser Supremo; por otra parte, vislumbraría su pertenencia al ente común que, esencialmente, integra a todos los hombres y, como anhelo de encontrarse en todos se entregaría a ellos; en este acercamiento desaparecerían las diferencias que entonces le mantenían alejado de sus semejantes. - La cuarta y última sugerencia de la expresión “el más noble es el más piadoso” atañe a su carácter motivacional. En mi opinión, es un estímulo que incide directamente sobre el yo del individuo. Porque el deseo consciente o inconsciente de conquistar la categoría del “más noble ante Dios” es capaz de movilizar las energías del hombre para ser “más piadoso”. Las motivaciones de esta índole pueden resultar fecundas, dado que se dirigen a las cuerdas sensibles del sujeto; ponen a su ser potencial en actividad, utilizando precisamente la sugestión; después, ésta se vigoriza y comienza a actuar desde dentro. Volvamos a la identidad de los hombres, según inculca el Islam a sus seguidores. Aludía antes a la idea de que se descubre una especie de ente común en el cual participarían todos los seres humanos. Seleccionaré a continuación algunas enseñanzas que contribuyen a ilustrar este concepto y estimulan a la convivencia universal. Después de narrar el Libro el suceso de Caín y Abel establece: “...Quien mate a una persona sin (que ésta haya matado a) otra o (haya causado) corrupción en el medio, es como si hubiese matado a todos los hombres” (5, 32). Es una mentalización directa, sin rodeos ni metáforas: un individuo equivale a la humanidad íntegra; privarle de la vida constituye un atentado contra todos y cada uno de los integrantes del género; asimismo, evitarle la muerte significa un rescate de dicha totalidad. Es una identificación absoluta que convierte al mundo en una sola familia. La entrega del uno al otro, a nivel
universal y sin distinción alguna, aparece como una exigencia de
las condiciones humanas. La interdependencia de los hombres es el resultado
de su propia carencia. Una carencia ineludible que se manifiesta en todos
los ámbitos vitales; material, intelectual y espiritual. Es ésta
una característica que subyace a la vida y que el hombre sólo
puede subsanar aunando sus esfuerzos. Para que cada individuo se conciba
a sí mismo como un elemento integrante de la familia humana es necesario,
claro está, educarle dentro de esta línea. Y “una filosofía
contemporánea de la educación debe adoptar como fin válido
un principio elevado de la vida: tal es el principio de la persona humana.”
[7]
NOTAS.- [1] Extracto del capítulo IX del libro La ideología islámica: dimensión psicoeducativa , Instituto Hispano-árabe de Cultura / Instituto Internacional de Estudios Laborales, Madrid, 1977. págs. 259-284. (Nota de la Redacción) . [2] Abderraman Cherif-Chergui nació en Marruecos, es Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Psicología. (Nota de la Redacción). [3] Para la traducción de las aleyas en castellano hemos utilizado, en general, la obra del profesor Juan Vernet (“El Corán”). [4] Al-Ajlâq wa-l-wâ ŷibât , 121. Colección de hadites. [5] Ibidem. [6] Ibidem. [7] Mantovani, J. Educación y vida. Losada, Buenos Aires, 1959, pág. 30. A Portada |
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