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CIUDADES DE CORAL
[1]
Basil Davidson [2] Desde las regiones del África oriental, por las largas pistas que atraviesan las gratas y risueñas tierras altas, o a través de monótonas y hostiles llanuras casi desecadas, los comerciantes de la antigua África del este viajaban para alcanzar las tierras costeras de los swahili. Estas tierras costeras eran un mercado de primera importancia para ellos, así como un lugar en donde descansaban antes de volver a reunir sus caravanas de transporte y poner rumbo hacia el oeste, a sus hogares del interior. Allí, junto al banco de coral de esa costa del océano Índico, hallaban el bullicio y la actividad comercial de la vida de las ciudades y tomaban contacto con el vasto mundo oriental: hacia el norte, con las tierras de los árabes; hacia el este, con la India y Ceilán, Malasia, Indonesia e incluso China. Podían detenerse junto a los muelles de los puertos swahilis y contemplar los barcos que allí arribaban de todos aquellos lejanos países, conocer a sus tripulaciones y sus pasajeros y trocar sus mercancías del interior por las de la India y Catay [3] . Este antiguo tráfico, tan valioso
para Oriente como el circuito afrooccidental para Occidente, es conocido
gracias a numerosos testimonios escritos, memorias, cuentos y canciones,
siendo atestiguado por las murallas y ruinas del coral que, largo tiempo
abandonadas, se extienden a lo largo de la espléndida costa.
Aunque hoy en día apenas queda nada de este tráfico, aún
nos puede revelar no pocas cosas de la historia de África oriental.
Han pasado mil ochocientos años desde que un capitán griego que trabajaba para el Egipto romano compilara la primera narración detallada del comercio del África oriental para ilustración de sus compañeros marineros. Hablaba de los puertos que existían a lo largo de la costa, de sus exportaciones e importaciones, de su hospitalidad, costumbres, intereses y aptitudes. Muchos siguieron a este marinero desconocido, pero fueron los árabes, y sobre todo los nativos de la Arabia meridional y el Golfo Pérsico, de puertos como Mascate y Siraf, quienes, al asociarse con africanos de la costa, vincularon por primera vez a Lamu y sus puertos hermanos con una red comercial marítima que se expandía por el océano Índico [4] . En torno al año 700 se registró en esta costa la aparición regular de intermediarios comerciales. Aunque africana por su población y carácter, esta civilización se hizo crecientemente musulmana por su religión y por el cariz que fue tomando la cultura local. Por eso adoptó el nombre que aún conserva en nuestros días: swahili. Aunque zanj era la palabra utilizada por los árabes medievales para designar a los pueblos de África oriental, el término era evidentemente mucho más antiguo. Algo semejante sucede en aquel primitivo relato del capitán griego del Egipto romano, quien, al referirse a la costa de África oriental, habla del “litoral de Azania”. Este nombre subsiste hoy en el de la isla de Zanzíbar, o Zanj-bahr (costa de los zanj). Con todo, para referirse a esta tierra costera, los árabes medievales se servían del término swahil o “ribera” –variante de la misma palabra árabe, sahel, empleada para designar las “riberas” del África occidental o el océano de roca y arena del Sahara–. Al unirse a la cultura del Islam, la población de los antiguos puertos como el de Luma continuó hablando su propia lengua bantú [5] , pero adoptó también algunas de las palabras que utilizaban los visitantes árabes. Y empezó a llamarse a sí misma swahili: el pueblo de la costa.
Del mismo modo que en África occidental, los líderes y mercaderes de los “puertos intermediarios” aceptaron el Islam, integrándose al tiempo en la civilización más vasta del mundo exterior. Crearon una cultura musulmana sin perder su carácter e identidad africanos, del mismo modo que los numerosos musulmanes conservaron los suyos y, más tarde, los africanos se cristianizaron sin dejar de ser africanos. El estudio de la historia swahili es muy revelador para comprender la evolución general de África. Aunque se desconoce su ubicación exacta, el más meridional de estos puertos comerciales, que los griegos del Egipto romano conocían con el nombre de Rhapta, se hallaba probablemente cerca del delta del río Rufiji, en la parte sur de la actual Tanzania. En 1967, el arqueólogo británico Neville Chittick demostró que el puerto más antiguo de la época musulmana estaba en la isla de Manda, junto a Lamu, donde al parecer cobró forma un asentamiento comercial a principios del siglo IX. Tras el de Manda, surgieron otros muchos asentamientos comerciales, desde Mogadiscio a Brava, en la actual Somalia, hasta los puertos situados más de tres mil kilómetros al sur. Algunos crecieron en ciudades Estado poderosas y ricas como Malindi y Mombasa, en el norte, y Kilwa, en el sur; otros, como los de Manda y Mafia, eran puertos insulares de menor importancia. Pero todos habían alcanzado cierta fama a lo largo de la costa y al otro lado del océano, y eran bien conocidos en el reino y en las comunidades del interior de África. Su reputación fue realzada por
los relatos de numerosos viajeros, y también por los fabulosos
y populares cuentos del viejo Bagdad: Las mil y una noches. En una
narración árabe del siglo IX se cuenta como Simbad el marino
llegó en sus viajes al lejano sur y halló allí cosas
maravillosas: “Bendecidos por un viento favorable, avanzamos velozmente sobre las grandes rutas espumosas del mar, comerciando de puerto en puerto y de isla en isla, vendiendo y trocando nuestras mercancías, y regateando con mercaderes y oficiales dondequiera que echábamos el ancla.”
En la literatura árabe medieval hay muchas obras sobre “los caminos y los reinos”. Al-Masudi, uno de los primeros y mejores geógrafos árabes de la Edad Media, se retiró a Fustat, la antigua ciudad de El Cairo, muy poco antes de la conquista fatimí [7] del siglo X y al final de su larga y arriesgada vida resumió lo que había aprendido y visto. Dio a su libro, que aún hoy es de amena lectura, el acertado y sugerente título de Las praderas de oro y las minas de piedras preciosas.
“Pues los mares son como montañas que los marineros llaman ‘olas ciegas’ porque descargan en profundos valles sin romper nunca en espuma. Mucho he viajado por los mares: los de China, el Mediterráneo, el Caspio y el mar Rojo; pero, según he visto, ninguno de ellos es tan peligroso como el que baña las tierras de los zanj .” Está aquí justificado el uso de la palabra “civilización”, aún en su más estricto sentido de “vida de la ciudad”. Los swahilis construyeron ciudades y se convirtieron, en términos medievales, en un pueblo marcadamente urbano. Utilizaron en las construcciones la piedra de coral de sus costas, una tosca laja gris de la orilla del océano Índico, acanalada, muy dura cuando se seca, y particularmente adecuada para la edificación en aquella zona. En su estilo, esta arquitectura es también característica; aunque desde el siglo X en adelante se inspira cada vez más en las tradiciones musulmanas, no por ello deja de mantenerse fiel a las corrientes autóctonas. Entre los vestigios del coral de las antiguas ciudades swahilis y en la parte central de la costa, las mezquitas despliegan adornos de origen absolutamente local. Sus hermosos mirhabs [8] apuntan fielmente a La Meca –hacia el norte, a los efectos–; junto a ellos hay tumbas marcadas por columnas de piedra de un tipo que no existe en parte alguna. En este marco descubrimos de nuevo una actitud africana de apertura hacia las nuevas ideas y formas procedentes de otros lugares. Las columnas de las tumbas fueron decoradas con placas de porcelana china o fina cerámica del Golfo Pérsico (algunas todavía pueden verse en su sitio). Mezquitas y casas muestran las mismas maneras decorativas. Los swahilis de las ciudades costeras crearon una tradición oral rica en canciones y composiciones épicas, y a partir del siglo XVIII forjaron también una original literatura autóctona que utilizaba la escritura árabe como vehículo de expresión. Las convenciones de sus versos bien pueden haber seguido a menudo los modelos árabes, pero el contenido y significado de su poesía conservaron acusadamente sus características propias. Todo esto revela el papel de los
swahilis como intermediarios comerciales entre las caravanas
del interior y los barcos de allende los mares. Sus propios empresarios
hacían largos viajes en ambas direcciones, participando en el comercio
de las caravanas con los reinos de la cultura zimbabwe
[9]
y aprovechando las técnicas marítimas
de la región. Al igual que los árabes y los indios, los
swahilis poseían los necesarios conocimientos
técnicos de navegación –inicialmente aprendidos de los chinos–
para viajar a largas distancias. Estas técnicas las habían
adquirido mucho antes de que se dominaran en aguas del Atlántico.
Comprendían la utilización de velas latinas, capaces, al
menos en cierta medida, de “perforar el viento”, y el empleo de la brújula,
así como la fijación de posiciones recurriendo como puntos
de referencia a la estrella polar y a los astros próximos a ella. Aunque más tarde serían muy olvidadas, las ciudades portuarias de los swahilis gozaron de gran reputación en el mundo medieval. En la Sicilia del siglo XII, el historiador árabe Al-Idrisi escribía que exportaban hierro “a todas las tierras de la India”. Un comisionado chino de comercio exterior de la provincia Fukién de la China meridional señalaba en 1226 que las ciudades de África oriental importaban “tejidos blancos de algodón, porcelana, cobre y algodón rojo” mediante barcos que llegaban todos los años de los Estados marítimos de la India occidental. Pese a que en sus viajes al Lejano Oriente nunca alcanzó el África oriental, el italiano Marco Polo aludió a “la costa de los zanj” en su libro de viajes de 1295. Los reyes swahilis intercambiaron embajadores con lejanos monarcas y les enviaron suntuosos presentes. En 1414 la ciudad de Malindi llegó a obsequiar al emperador de China con una jirafa, a pesar de los enormes problemas que planteaba el transporte de tan alargado animal y el empeño de mantenerlo con vida durante el largo viaje por mar. Este peculiar acto de diplomacia tuvo una interesante secuela. En 1417 el almirante chino Cheng Ho inició una serie de viajes a occidente que le llevaron hasta Malindi en el mismo año. No mucho después, en una segunda oportunidad, atracaría en otros puertos swahilis. Hacia el este se enviaban el oro
y el marfil, así como los cuernos de rinoceronte (muy apreciados
por sus supuestas virtudes virilizadoras) y algunos esclavos. Los cautivos,
siempre muy pocos, procedían de la costa o de la gran isla de Madagascar.
Pese a su considerable violencia y los sufrimientos que imponía,
este comercio medieval de esclavos en el océano Índico
era un negocio de menor cuantía, que nunca llegaba a traducirse
en la despoblación de comunidades enteras. Los esclavos transportados
eran utilizados casi exclusivamente en las faenas domésticas y
en el servicio militar, como sucedía en la Europa de la misma época. Estas ciudades de coral siguieron
floreciendo hasta principios del siglo XVI, cuando sobrevino el desastre
[10]
. Con todo, los primeros visitantes portugueses tuvieron
tiempo de describir su opulencia y bienestar antes de que desaparecieran.
Los reyes de Mafia, Zanzíbar y Pemba, escribe Duarte Barbosa: “[...] viven con gran lujo. Visten finas prendas de seda y algodón compradas en Mombasa a los mercaderes (indios) de Cambay. Sus mujeres también van vestidas opulentamente y llevan joyas de fino oro de Sofala, con mucha plata, pendientes, collares, ajorcas y brazaletes; sus vestidos son también de buena seda. Las ciudades más grandes tienen casas de muchos pisos. Se elevan hilera tras hilera a medida que el terreno gana en altura desde las playas.” Según Duarte, Mombasa es “un lugar muy agradable, con soberbias casa de piedra y mortero, bien alineadas en calles. Es un centro de gran actividad comercial, con un buen puerto en el que siempre hay amarradas embarcaciones de todo tipo; grandes barcos hacen un servicio regular entre Mombasa y Sofala, y otros comunican con el gran reino de Cambay.” Mombasa rivalizaba con Kilwa, la “Reina del Sur”, pero Kilwa probablemente la aventajaba. Largo tiempo abandonada y en ruinas, la ciudad se mantenía sobre una isla – Kilwa kisiwani , “Kilwa de la isla”– en el marco de una suntuosa bahía protegida del océano por casi todos sus lados (bahía que, según dirían los marineros británicos del siglo XIX, era lo bastante extensa como para albergar a la mitad de la armada real). Desde esta posición privilegiada, los reyes de Kilwa fortalecieron su poder y riqueza a partir del año 1100; el espíritu emprendedor de la ciudad les permitió monopolizar el comercio de exportación de oro y marfil de los reinos interiores de Zimbabwe. Enriqueciéndose con el comercio
y los elevados impuestos sobre las importaciones y exportaciones que pasaban
por sus manos, los reyes y mercaderes de Kilwa gozaban de un alto nivel
de vida. Lo que queda de su ciudad es suficiente para demostrar que el pródigo
despliegue de riqueza se convirtió en moda y que se entregaron a
él al menos durante tres siglos. Nada lo refleja mejor que el espléndido
palacio construido por uno de sus reyes en el siglo XIV; pese a su ruinoso
estado, no deja de ser impresionante. Por un pequeño precio, un ki-dhow (modesto barco provisto de una sola vela crujiente y, en ocasiones, una hélice) nos conduce en nuestros días a través de la desierta bahía de Kilwa hasta el palacio de Husuni Kubwa, el gran Husuni. Al acercarse a la orilla, abriéndonos paso por entre los manglares, llegamos a una pequeña playa, y tenemos que vadear para acercarnos a tierra. Unos escalones en pésimo estado suben desde el mar. Junto a la cima del despeñadero se alzan las ruinas del palacio, con un gran baño octogonal que usaban el rey y sus damas, situado al borde del acantilado iluminado por el sol. Junto a docenas de habitaciones privadas y salas de audiencia, proliferaban los almacenes y los edificios, formando un complejo que estuvo habitado y fue utilizado durante unos ciento cincuenta años. Las construcciones de este gran conjunto de Kilwa figuran entre las mencionadas por Ibn Battuta, que estuvo allí en 1332 de paso para la India. Al dictar sus memorias muchos años más tarde. Recordó a Kilwa como una de las ciudades más impresionantes que había visto. “Toda ella –escribió– está elegantemente construida”. [11] La gran mezquita cercana también
se hallaba allí en la época de Ibn Battuta. Cien años
después sería perfeccionada y ampliada con cúpulas
adicionales, cuando se añadieron viviendas para los devotos y los
eruditos que vivían o se alojaban en ella. En las inmediaciones
del mundo musulmán del siglo XV, estamos ante otra prueba de grandeza
y ambición cívicas. Para Duarte Barbosa, que también
pasó por allí poco después de 1500, Kilwa era “una
ciudad con muchas casas agradables de piedra y mortero, provistas de numerosas
ventanas que, de acuerdo con nuestros gustos, se hallan muy bien dispuestas
en calles, con muchos tejados planos”. Aproximadamente en los mismos años,
un artista portugués hizo un dibujo de ella que obviamente distaba
de ser irreal. Barbosa hizo constar la existencia de las puertas talladas que todavía pueden verse en la actualidad; aunque hoy sea difícil de imaginar, decía que, alrededor de la ciudad, había “huertos y jardines llenos de árboles” bien regados con agua dulce. También había una “tierra llena de alimentos”: parte del negocio de Kilwa consistía en suministrar frutas y hortalizas a las caravanas terrestres y los barcos que llegaban ávidos de víveres tras sus largos viajes. Aunque un castillo guardaba la ciudad, su sentido era fundamentalmente local. Ni las caravanas llegadas por tierra ni las flotas del océano arribaban con intenciones agresivas, aunque esta situación cambiaría más adelante. Tanto los indios como los chinos poseían la fuerza y la técnica necesarias para acometer invasiones ultramarinas, pero no parece que desearan poner en práctica sus conocimientos, al menos en el África oriental. Sin embargo, en aquellos mismos años otra empresa marítima se dirigía furtivamente hacia el este desde el Atlántico por el extremo meridional de África. Esta nueva iniciativa iba a cambiarlo todo. Tocaba a su fin siglos de un comercio generalmente pacífico. Lo que al principio fue una advertencia pronto se hizo realidad.
“En el año 903 de la Hégira (1498 d.C.) –escribe un historiador casi contemporáneo del esplendor de Kilwa– llegaron noticias de la tierra de Mozambique, a la que habían arribado hombres de la tierra de los francos [esto es, de Europa].” Estos hombres llevaban tres barcos, “y el nombre de su capitán era Al-Mirati [el Almirante Vaco de Gama]”. Así, al descubrir a “los francos”, los swahilis y sus asociados del océano Índico descubrieron también una piratería que sobrepasaba todo cuanto conocían. Los portugueses no sólo demolieron y saquearon las ciudades, sino que, además –y esto sería, a la larga, mucho peor–, se hicieron con el control del comercio en el océano Índico y acabaron por eliminarlo. En su segundo viaje, Da Gama dijo
al rey de Kilwa que prendería fuego a la ciudad hasta los cimientos
si no rendía homenaje y tributo al rey de Portugal. Ravasio
siguió el ejemplo en Zanzíbar. Saldaña tomó
por asalto Berbera, Soares asoló Zeila, y Da Cuhna atacó
Brava, donde, según el informe contemporáneo de Barbosa,
“mataron a muchos y tomaron gran botín de oro y plata”. Pero ninguna
de las ciudades de coral sufrió tan cruentamente como Kilwa y Mombasa,
las más ricas de la costa. El rey de Mombasa escribió a
su vecino, el de Malindi, que su población, al regresar a la ciudad
después de la partida de los invasores, no halló “ser viviente
en ella, ni hombre ni mujer, joven o viejo; ni niño alguno por
pequeño que fuera. Todos los que no habían logrado escapar
habían sido muertos y quemados”. Las ciudades swahilis del
norte llegaron a recobrarse, y la cultura local alcanzó nuevas
conquistas; sin embargo, el espléndido pasado empezó a
ser un recuerdo. En un poema del 1815, el popular Utendi wa Inkishafi
(“El despertar de las almas”), de un poeta de Lamu
[12]
, se cantan las glorias pretéritas y las vanidades
de la ambición. Nos habla de “hombres ricos con plata y oro” que
andaban “con la cabeza orgullosamente erguida y los ojos cerrados con
desdén”.Vivían en casas “radiantemente iluminadas con lámparas
de cristal y bronce [donde] las noches son como los días”; para
quedar reducidas, al final, a polvo y cenizas. La esencia de este lamento
de Lamu se expresa en dos de sus versos: Donde una vez la porcelana estuviera en hornacinas Ése fue, exactamente,
el sino de Kilwa. En 1817, dos oficiales británicos de la fragata
Nisus desembarcaron en la isla de Kilwa. Se abrieron
paso desde la playa a través de la enmarañada maleza
y quedaron asombrados al hallar numerosas ruinas cubiertas por la vegetación,
preguntándose qué olvidado pueblo podría haberlas
enterrado.
[13]
NOTAS.- [1] Extracto del capítulo 10 (“Ciudades de coral”) y 11 (“El desastre de Occidente”) del libro La Historia de Africa , Ediciones Folio, S.A., Barcelona, 1992. (Nota de la Redacción). [2] Basil Davidson (Reino Unido, 1914) es Doctor en literatura, Doctor honoris causa por las universidades de Ibadan (Nigeria) y Edimburgo (Escocia) y autor de más de veinte libros sobre historia y cultura africanas. (Nota de la Redacción). [3] Catay es el nombre que se dio en los relatos de Marco Polo a la región asiática que comprendía los territorios situados entre los ríos Yangzi y Amarillo, en la actual China. El término parece proceder de la palabra khitan o kitán, nombre del grupo étnico que dominaba el norte de China durante la época en la que, según su relato, Marco Polo habría visitado esa región. (Nota de la Redacción). [4] Si bien los vínculos económicos entre el África oriental, Persia y el Mar Rojo se fueron debilitando, la memoria de aquel glorioso periodo no se perdió entre los africanos. Así, debido a la gran afluencia de viajeros procedentes de la ciudad persa de Shiraz hasta las costas de África oriental, el término shirazi se convirtió en sinónimo de “extranjero” en lengua swahili, y hasta la fecha continúa empleándose ese vocablo. Además, todavía en la actualidad, como signo de prestigio social es habitual que los nativos de Zanzíbar remonten su genealogía hasta los antiguos comerciantes persas y árabes que visitaban sus costas. Para más información sobre los comerciantes árabes en el océano Índico, véase Jordi Esteva, Los árabes del mar , Editorial Península, Barcelona, 2005. (Nota de la Redacción). [5] Los bantúes forman un conjunto de pueblos racial y culturalmente muy heterogéneos que hablan un grupo de idiomas emparentados lingüísticamente. En la actualidad habitan en buena parte del África central y oriental, aunque se cree que proceden del área comprendida entre los ríos Níger y Congo y que, desde el siglo VIII d.C y en oleadas sucesivas, fueron extendiéndose por el área que actualmente habitan. (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre el Islam y los imperios musulmanes en África occidental, véase Basil Davidson, “Los imperios musulmanes del África occidental”, en revista Alif Nûn nº 33, diciembre de 2005; Lamin Sanneh, La corona y el turbante. El Islam en las sociedades del África occidental , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2001. (Nota de la Redacción). [7] Dinastía chiíta ismaelí que gobernó buena parte del norte de África entre los años 909 y 1171. (Nota de la Redacción). [8] El mirhab es el nicho situado en una de las paredes de la mezquita que indica la dirección a La Meca, hacia la cual los fieles musulmanes dirigen sus oraciones rituales. (Nota de la Redacción). [9] La cultura zimbawe giró en torno al reino de Monomotapa, el cual ocupó buena parte de los modernos estados de Zimbawe y Mozambique, y fue la organización política más estable y duradera del cono sur africano desde su formación en el siglo X hasta la llegada de los portugueses cinco siglos más tarde. Zimbawe es una palabra de la etnia shona que significa “corte real”. Para más información, véase Basil Davidson, ob. cit., págs 61-72, Editorial Folio, Barcelona, 1.992. (Nota de la Redacción). [10] El autor se refiere al saqueo que las ciudades costeras del África oriental sufrieron a manos de los portugueses. (Nota de la Redacción). [11] Para más información, véase Ibn Battuta, A través del Islam , Alianza Editorial, Madrid, 2005, págs 356-372. (Nota de la Redacción). [12] Sayyid Abdallah bin Nasir. (Nota de la Redacción). [13] Los propios ingleses también se encargaron de esquilmar aquellas tierras, fieles a la filosofía de Cecil Rhodes (1856-1902), que deseaba hacer realidad el viejo anhelo de los británicos por extender sus dominios desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo. Tal y como escribió el propio Rhodes: “Sostengo que somos la mejor raza del mundo y que cuanto mayor sea la extensión del globo que habitemos, tanto mejor será para la raza humana. Piénsese en esas zonas que ahora están habitadas por los más despreciables especimenes de los seres humanos. ¡Qué transformación se produciría si se llevaran a la órbita de la influencia anglosajona!” Citado en Basil Davidson, op. cit. págs. 175-176. (Nota de la Redacción). A Portada |
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