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NÛN
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Poema
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Estimados
lectores:
Todas las
grandes religiones y tradiciones espirituales poseen una dimensión
exotérica, es decir, una terminología específica y
unos ritos que les son propios y marcan las diferencias entre ellas. En
el pasado y, desgraciadamente, también en el presente, estas diferencias,
directa o indirectamente, han sido y siguen siendo la causa de no pocos
enfrentamientos entre los seres humanos. Sin embargo, no es menos cierto
que todas las religiones poseen también una dimensión interna
que las une en su esencia, y unos valores humanos válidos para cualquier
cultura.
El Islam no es ajeno a esta dualidad entre esoterismo
y exoterismo, y como tal comparte con el resto de tradiciones espirituales
idénticos valores humanos universales. En el número de este
mes vamos a tratar esta dimensión universal del Islam a través
de dos artículos. El primero de ellos nos introduce en los valores
universales de la educación islámica, apoyándose en
fuentes coránicas y en dichos del Profeta Muhammad. El segundo de
los artículos responde a la necesidad de aclarar la aparente contradicción
entre el Islam histórico, revelado en una época y un lugar
determinados, y los valores de una religión universal válida
para todo tiempo y en todo lugar.
Es su capacidad de adaptación lo que ha permitido
al Islam arraigar en tan diversos ámbitos culturales y geográficos
como lo ha hecho, sin perder un ápice de su esencia ni de su universalidad.
Uno de los espacios socioculturales donde el Islam se ha hecho cada vez
más presente es el mundo negro. Desde que a finales del siglo XIX,
Sir Richard Burton, traductor al inglés de Las mil y Una Noches,
afirmara que “tarde o temprano los negros encontrarán en el Islam su
religión natural”, las conversiones entre los negros de uno y otro
lado del Atlántico se han multiplicado. Como muestra de este fenómeno,
completamos el número de este mes con dos artículos que tienen
como hilo conductor a los musulmanes negros: “Ciudades de coral” nos sumerge
en el apogeo y la decadencia de la civilización swahili, en las costas
del África oriental; y “El factor africano en los Estados Unidos”
analiza la presencia del Islam entre los afroamericanos, como medio de recuperación
de su herencia cultural africana.
La Dirección.
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A primera vista puede parecernos
que existe una aparente contradicción entre la idea de universalidad
y una religión como el Islam. ¿Cómo puede el Islam
ser válido para todos los tiempos y en todos los lugares cuando fue
revelado en lengua árabe, difícil de dominar para la mayor
parte de la gente? ¿Cómo puede ser una religión universal
cuando contiene referencias locales y temporales al momento y lugar de la
Revelación y, por tanto, complicadas de entender para la mayoría?
¿Cómo puede ser válido el Islam en la actualidad cuando
con frecuencia se hace referencia a las decisiones tomadas por el Profeta
Muhammad, que sólo estuvo presente físicamente durante unos
pocos años al comienzo de la historia del Islam?
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El conjunto de las enseñanzas
del Islam trata de integrar a sus seguidores como miembros de una comunidad
definida, porque les hace objeto de principios, instituciones y sugerencias
en relación con quienes participan en su credo. De ahí que
en muchas ocasiones nos encontremos con orientaciones dirigidas a ellos,
bajo dicho concepto. De repente, sin embargo, en cualquier aleya (versículo
del Corán) y en cualquier hadit (tradición profética)
nos sale al encuentro un estímulo que nos conduce a ver al otro,
ya no como vecino, allegado, compañero, etc., sino en tanto que
hombre. Pues bien, en los epígrafes siguientes trataré de
aproximarme a estas enseñanzas de índole humana, genéricamente
hablando.
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Desde las regiones del África oriental, por las largas pistas que
atraviesan las gratas y risueñas tierras altas, o a través
de monótonas y hostiles llanuras casi desecadas, los comerciantes
de la antigua África del este viajaban para alcanzar las tierras
costeras de los swahili.
Estas tierras
costeras eran un mercado de primera importancia para ellos, así
como un lugar en donde descansaban antes de volver a reunir sus caravanas
de transporte y poner rumbo hacia el oeste, a sus hogares del interior.
Allí, junto al banco de coral de esa costa del océano Índico,
hallaban el bullicio y la actividad comercial de la vida de las ciudades
y tomaban contacto con el vasto mundo oriental: hacia el norte, con las
tierras de los árabes; hacia el este, con la India y Ceilán,
Malasia, Indonesia e incluso China. Podían detenerse junto a los muelles
de los puertos swahilis y contemplar los barcos que allí arribaban
de todos aquellos lejanos países, conocer a sus tripulaciones y sus
pasajeros y trocar sus mercancías del interior por las de la India
y Catay .
Este antiguo
tráfico, tan valioso para Oriente como el circuito afrooccidental
para Occidente, es conocido gracias a numerosos testimonios escritos, memorias,
cuentos y canciones, siendo atestiguado por las murallas y ruinas del coral
que, largo tiempo abandonadas, se extienden a lo largo de la espléndida
costa. Aunque hoy en día apenas queda nada de este tráfico,
aún nos puede revelar no pocas cosas de la historia de África
oriental.
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En el calor del debate sobre
multiculturalismo y diversidad en la compleja sociedad norteamericana puede
pasarse fácilmente por alto una cosa: la creciente diversidad de
la propia comunidad negra. La población negra de los Estados Unidos
jamás ha sido tan diversa como hoy en día. Su riqueza reside
en un amplio rango de subetnicidades, de afiliaciones religiosas, de espectro
ideológico y una muy compleja estructura de clases.
Si la expresión
“África global” hace referencia a los pueblos de ascendencia africana
de todo el mundo, la población negra de los Estados Unidos es un
microcosmos del África global. Hoy en día, esta población
comprende gentes de la práctica totalidad de los países negros
del mundo, de todos los miembros de la OUA (Organización para la Unidad
Africana), de la OEA (Organización de Estados Americanos), y también
de otras partes del mundo negro. Si hay en algún lugar un microcosmos
del África global, ese lugar está dentro de las fronteras
de los Estados Unidos de América. Desde hutus a haitianos, desde
bagandas a barbadeños, desde nativos de Mascate a habitantes negros
del Mississippi.
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Largo tiempo corrí tras de la necia
sabiduría y la virtud insulsa;
hasta que, al fin, llegúe a cansarme
de mi juventud triste y ridícula.
Entonces tú llegaste y me dijiste:
- Ven. ¡Yo soy la locura y la alegría!
-Hafiz
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