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Uno de los fenómenos más llamativos del siglo XX es el renacer del Islam. Fenómeno que tiene lugar sobre todo en la segunda mitad de este siglo, y más especialmente a partir de los años setenta. El hecho resulta tanto más notable cuanto que el mundo islámico se hallaba aletargado, sumido en una profunda decadencia, en regresión progresiva desde tiempo atrás. Todo apuntaba a un lento pero inexorable retraimiento del Islam, incluso a su desaparición bajo la arrolladora oleada de las nuevas ideas y corrientes surgidas en Occidente en los últimos tiempos. Si dirigimos la mirada hacia los dos últimos siglos observamos, en efecto, una expansión planetaria de la moderna civilización occidental. Es éste, sin lugar a dudas, el rasgo más definitorio de esta fase histórica que va preparando el terreno para el mundo en el que actualmente vivimos. A partir del siglo XVIII se registra un auténtico proceso de occidentalización universal, que llega a su culminación con el triunfo de la revolución industrial y el avance de las ideologías igualitarias. El mundo occidental, que se ha desprendido de su propia tradición espiritual, para instaurar una civilización profana, materialista y racionalista, trata de imponer al resto de la humanidad sus propios esquemas y su forma de vida, buscando incluso someter a su poder económico, político y militar a los pueblos de todos los continentes. Los pueblos de la región islámica no serán ajenos a esta onda expansiva de tan tremendas repercusiones. La ofensiva occidentalista se cebará en ellos con especial virulencia, pues no en vano son los más próximos a ese mundo en ebullición del que partirán las líneas directrices configuradoras del orden mundial. En el mundo islámico el impacto occidentalizador tomará dos formas de manifestación principales: el colonialismo y las dictaduras modernizadoras. Los países árabes y musulmanes, tanto del norte de África como de Asia, en especial del Oriente Próximo, serán víctimas de la voracidad imperialista de los países europeos, sedientos de materias primas y de tierras y poblaciones sobre las que proyectar su poder material. Las potencias europeas, sobre todo Inglaterra y Francia, se aprovechan de la debilidad y corrupción de los gobiernos de dichos países islámicos para irlos incorporando paulatinamente a sus respectivos imperios coloniales. Esa incorporación colonialista viene acompañada, lógicamente, por la inoculación de toda clase de ideas y modos de vida occidentales, con la consiguiente laminación de las creencias y convicciones islámicas. Y esta situación se mantiene, con diversas vicisitudes, hasta la Segunda Guerra Mundial, tras la cual entra en crisis la expansión colonial europea para ceder el puesto a nuevas y más sutiles formas de neocolonialismo, sobre todo de signo soviético o norteamericano. Junto al fenómeno colonial, a veces como reacción frente a él, se registra en los países islámicos, sobre todo a partir de los años cincuenta, una corriente no menos nociva: las dictaduras revolucionarias y modernizadoras que, envueltas en el ropaje de una mística nacionalista, pretenden instaurar una ideología y unos sistemas políticos, sociales y culturales poco acordes con la tradición islámica o, peor aún, en abierta contradicción con la misma. Toda la energía de dichos regímenes dictatoriales va dirigida al establecimiento de formas laicas y secularizadas, cuando no abiertamente ateas, calcadas de las imperantes en el moderno Occidente. Se trata, pues, de una occidentalización forzada, que hace tabla rasa de todo lo que puedan ser principios o valores islámicos. Esta oleada antiislámica, forjada en el seno de los mismos pueblos musulmanes a consecuencia del contagio del bacilo occidental, se inicia ya en la segunda década del siglo XX con la revolución de Kemal Ataturk en Turquía, que se esfuerza por barrer cualquier rastro de cultura islámica, empezando por la manera de vestir o el alfabeto y terminando por el cierre de las escuelas sufíes. Es continuada posteriormente por los numerosos movimientos revolucionarios y regímenes políticos que intentan sacar de su marasmo y poner “a la altura de la historia” a las naciones afectadas, modernizándolas y occidentalizándolas, es decir, desislamizándolas de forma más o menos brusca. A esta línea obedecen, entre otras, la revolución nasserista en Egipto, la dictadura del Sha en Irán [3] , el régimen socializante del Baas en Siria e Irak [4] –con su posterior desembocadura en el sanguinario despotismo personal de Saddam Husein–, la dictadura de Siad Barr en Somalia, el régimen filomarxista del FLN en Argelia o el régimen comunista del Babrak Kermal en Afganistán. Se pueden distinguir dos vertientes o modalidades en esta corriente dictatorial secularizadora: la de inspiración socializante, incluso abiertamente marxista, situada bajo la inspiración y la férula de la Unión Soviética, y la de aliento capitalista, proamericana y antisoviética, más inclinada a confiar en la protección de los Estados Unidos. Pero el enfoque y el proyecto básico es siempre el mismo: un propósito decidido y vergonzante de desislamización a ultranza. El que muchas de estas dictaduras antiislámicas se hayan arropado en un supuesto islamismo, como ingrediente de un nacionalismo árabe –en el caso de Saddam Husein, blandiendo el Corán para dar un cierto aire de respetabilidad a su régimen ateo y antimusulmán [5] – no altera en nada la realidad ni debe inducir a engaño. Esta es, pues, la situación que presenta el mundo islámico en esta hora histórica en que las religiones van perdiendo terreno, como algo anticuado y propio de un pasado lleno de supersticiones, en beneficio de la religión laica del progreso. Todo parecía dar la razón a los heraldos del materialismo y el laicismo progresista que entonan el réquiem por ese “opio del pueblo” que, de acuerdo a sus peculiares esquemas ideológicos, constituiría la religión (la islámica al igual que todas las demás). En semejante ambiente, los pueblos musulmanes –o, al menos, sus élites dirigentes– sufren un agudo complejo de inferioridad que les hace mirar como un lastre su más valiosa herencia. Poseídos por una amnesia espiritual, se avergüenzan de su patrimonio sagrado y se aferran a las concepciones modernas importadas de Occidente como si en ellas estuviera su tabla de salvación. Pero en la segunda mitad del siglo XX tiene lugar una inversión radical de esa tendencia de regresión de lo islámico. Se produce un auténtico renacimiento del Islam, de su cultura y de sus valores. Los pueblos musulmanes vuelven sus ojos, cada vez con más fuerza y convicción, hacia su propia tradición. El hito capital en ese giro histórico, el hecho más sintomático y significativo de esta nueva andadura es la revolución del Imam Jomeini en el Irán chiíta [6] . Por primera vez en estos tiempos de ateísmo teórico y práctico triunfa una revolución de inspiración religiosa, y ello en un país tan significativo como Persia o Irán, marcado desde sus orígenes con una misión providencial en la historia de la humanidad. Desde entonces el mundo islámico no ha cesado de adquirir fuerza y protagonismo en el escenario mundial. Tras ese acontecimiento decisivo se va desencadenando en los países de cultura islámica una serie de reacciones, movimientos y corrientes organizadas que buscan revitalizar la propia tradición. El renacer del Islam ha sido acompañado por toda una serie de manifestaciones externas –políticas, sociales y culturales–, sobre las cuales nos han informado ampliamente la prensa y los medios de comunicación, aunque desgraciadamente no siempre de forma objetiva, verídica ni fiable. Manifestaciones que van desde la revolución iraní a la lucha de Chechenia por su libertad; desde la rebelión del pueblo afgano contra el régimen comunista y la ingerencia soviética –la heroica lucha de los afganos fue uno de los ingredientes que determinaron la caída del comunismo–; desde la efervescencia combativa de los núcleos musulmanes en el Líbano o Palestina a la eclosión en Turquía de grupos bien organizados que, dando la espalda a la herencia kemalista, se esfuerzan por construir una auténtica cultura islámica, acercándose a los aledaños del poder [7] ; desde los incipientes balbuceos de los movimientos fundamentalistas en Marruecos [8] a los avances del FIS en Argelia y las consiguientes reacciones de los gobernantes occidentalizados para frenar dicho avance; desde el despertar de la martirizada Bosnia, en el sudeste europeo, a la progresiva ascensión de los musulmanes negros en los Estados Unidos, bajo el liderazgo de Farrakhan [9] . ¿Quién sabía hace años que existía en el Cáucaso un país llamado Chechenia o que en Bosnia-Herzegovina existían núcleos musulmanes? He aquí algunos pequeños pero elocuentes indicios del protagonismo creciente que va adquiriendo el Islam en la segunda mitad del siglo XX. Pero junto a todo esto, que es en lo que se quedan las informaciones periodísticas, hay algo mucho más importante y profundo: el reverdecer de toda una tradición espiritual, el nuevo florecimiento de una rica herencia sagrada. El aspecto sin duda más decisivo del actual renacer islámico, aunque de esto no hablen los periódicos, es el resurgimiento intelectual, en el más riguroso sentido de la palabra. Es decir, el reaflorar del más valioso y profundo legado de la tradición islámica, de su contenido sapiencial. Se registra en nuestros días, en efecto, un redescubrimiento en toda regla de las fuentes de la sabiduría, del Irfan. Se extiende y afianza el sufismo, la corriente mística y esotérica que hunde sus raíces en los orígenes mismos de la revelación coránica. Es significativo que en este siglo, y más concretamente en los últimos decenios, se hayan escrito, precisamente en Europa, obras capitales sobre teología, filosofía, metafísica y mística islámicas. Obras como “Comprender el Islam” de Frithjof Schuon [10] , probablemente el más completo y profundo estudio sobre la visión islámica del mundo y de la vida que se haya publicado hasta ahora, o la monumental biografía del Profeta Muhammad escrita por Martin Lings [11] . No podrían dejar de citarse asimismo las eruditas aportaciones del Henry Corbin [12] , que nos han permitido conocer la riqueza de la espiritualidad persa, o los documentadísimos trabajos de Seyyed Hossein Nasr [13] sobre la ciencia, el arte y la filosofía del Islam. A ello habría que añadir las numerosas traducciones a lenguas europeas de textos clásicos de los principales maestros del irfan y del tasawuf (sufismo): Ibn Arabí, Rumi, al-Gazali, Suhrawardi [14] . Gracias a esta ingente labor intelectual, la gran riqueza espiritual y cultural del Islam resulta hoy accesible para cualquier europeo o americano que desee conocer a fondo este mundo que hemos tenido siempre tan próximo y tan distante. Forzoso es precisar que este renacimiento del Islam que tiene lugar ante nuestros ojos de forma tan espectacular se inserta cada vez con mayor fuerza, ante la crisis de la actual civilización materialista y racionalista, y que constituye uno de los rasgos sobresalientes de los tiempos que vivimos. Tras el vacío creado en el alma humana por las ideologías y concepciones ateas, inhumanas y reduccionistas que han dominado el panorama mundial durante los últimos siglos, se vuelve la mirada a la religión y la espiritualidad, única fuerza capaz de dar respuesta a los problemas que plantea la vida. No sólo resurge el Islam en nuestros días. Un renacer paralelo se da en las demás religiones. Vientos de renovación y de revitalización recorren tanto el mundo cristiano como el hindú o el budista. Baste echar una mirada a lo que ocurre con Rusia o la Europa del este donde, tras el desmantelamiento del sistema comunista, con su materialismo y su ateísmo militantes, las iglesias vuelven a llenarse de fieles ansiosos de dar sentido a sus vidas. Y algo semejante se constata en los Estados Unidos, la tierra de promisión del materialismo capitalista, donde las corrientes de renovación cristiana proliferan y crecen a pasos agigantados. Nuevas escuelas, agrupaciones o comunidades surgen por doquier con el deseo de reentroncar con las fuentes de la propia tradición espiritual, de redescubrir su mensaje prístino y sapiencial. Hay que tomar nota asimismo de la difusión que va adquiriendo la espiritualidad oriental: crece de día en día el interés por las doctrinas espirituales del Oriente –Taoísmo, Hinduismo (yoga, vedanta) y Budismo (zen, shinshu, vajrayana o Budismo tibetano)–, así como por el mensaje místico de pueblos indígenas masacrados por la civilización moderna, como por ejemplo los pieles rojas norteamericanos. Y ya que hablamos de Islam, no puede dejar de mencionarse la decisiva contribución que han hecho numerosos autores musulmanes a este general renacimiento espiritual y religioso que se extiende por todo el mundo. En Occidente hay que destacar, en este sentido, la labor del francés René Guénon, a quien corresponde el mérito de haber iniciado la llamada corriente “tradicional”, caracterizada por su ecumenismo y su profundidad esotérica. Guénon, que abrazó el Islam, insertándose en una vía sufí, terminó sus días en Egipto, donde vivió con el título de Sheikh Abdel Wahed Yahia. Nadie ha hecho tanto como René Guénon por devolver su prestigio a las ciencias sagradas y por mostrar el camino que conduce a la superación de la crisis en que se halla sumido el mundo moderno. Su obra ha sido una aportación de primer orden para la restauración de la Filosofía Perenne [15] . Son muchos los autores que han continuado la tarea iniciada por Guénon y han seguido con gran brillantez el camino por él abierto. Entre ellos abundan los que se sitúan en una perspectiva islámica, a algunos de los cuales ya nos hemos referido con anterioridad. Además de los ya citados Martin Lings y Frithjof Schuon, cabe mencionar a Mihail Valsan, Léo Schaya [16] , Titus Burckhardt [17] o Gay Eaton. Un detalle significativo que llama poderosamente la atención en tales autores es el sincero respeto a todas las tradiciones ortodoxas y el profundo conocimiento que tienen de todas ellas. Para quien se acerca por primera vez a sus textos, no deja de resultar chocante el hecho de que estos autores no se lancen a una acción de propaganda a favor de la fe en la que viven. Sorprende la ecuanimidad con la que hablan de las diversas vías espirituales de la humanidad. Nada más ajeno a sus exposiciones y enfoques que el fanatismo, el proselitismo o el partidismo superficial y exclusivista. Se trata de autores que no pretenden difundir el Islam ni buscan convertir al interlocutor o al lector, aunque ofrecen enfoques profundísimos de la tradición islámica, la cual demuestran conocer a la perfección. Uno de los efectos que ha tenido la labor intelectual de los autores mencionados ha sido precisamente la renovación en profundidad del Cristianismo, es decir, la recuperación de su más honda sabiduría, de su mensaje esotérico y metafísico. Por paradójico que pueda parecer, este ha sido uno de los frutos de la semilla sembrada por Guénon. En este campo, descuella la labor de autores como Jel Abbé Stephane, Jean Hani, Jean Borella, Louis Charbonneau-Lassay, Jean Tourniac, François Chenique, Lord Northbourne, Tage Lindbon o Phillip Sherrard, para citar sólo algunos de los más significativos. Hasta aquí hemos hablado de los aspectos positivos que presenta el renacer del Islam y de sus prometedoras esperanzas de futuro, pero es menester hablar ahora de los peligros y las amenazas que se ciernen sobre el mundo islámico en su conjunto y que pueden frustrar ese luminoso renacer como ya aconteciera en épocas pretéritas. ¿Cuáles con tales peligros? Yo señalaría tres principales, que se insinúan de forma amenazadora en la actualidad: 1º. La instrumentalización del credo islámico; 2º. El contagio de ideas occidentales; 3º. El reduccionismo de lo islámico a ciertos aspectos, con el descuido de sus dimensiones más hondas e importantes. En primer lugar, hay que alertar sobre la instrumentalización que puedan hacer del Islam determinados grupos, corrientes o individuos a los que el Islam importa muy poco, o que incluso lo desprecian y lo odian, y que no harán otra cosa que utilizarlo para ponerlo al servicio de sus obscuros objetivos: su ambición y su afán de poder, sus ideologías modernistas y materialistas, sus propósitos megalómanos o sus locuras mesiánicas. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la Argelia del FLN, que pretendía arropar su progresismo marxista con creencias islámicas, o en el Irak de Saddam Husein, cuando éste llama a la “guerra santa” o enarbola frases del Corán para movilizar a las masas en defensa de su régimen amenazado. Ocioso es hacer notar el riesgo de desnaturalización y falsificación del mensaje islámico que, injusta e inmerecidamente, puede despertar en sectores no islámicos los cuales, ignorantes de lo que el Islam realmente es, tomen esa contrafacción pseudoislámica por una expresión de islamismo. El segundo peligro que apuntábamos es el contagio de ideas o sugestiones recibidas de la moderna civilización occidental, que son completamente ajenas a la tradición islámica pero que muchos intentan amalgamar con el Corán y el credo islámico. Así, por ejemplo, las ideas de democracia, de progreso o de revolución. En este sentido, hay que mencionar también fenómenos como el socialismo, el nacionalismo o el terrorismo, fenómeno este último que ha sido acogido con suicida entusiasmo por numerosos movimientos del mundo árabe y musulmán en general. Como puede apreciarse, este fenómeno va íntimamente ligado al anterior, siendo inseparable de él. Por último, habría que aludir al peligro más grave y que está en la base de los otros dos, aunque pueda parecer de menor rango: el intento de reducir el Islam a los aspectos más superficiales y accesorios de la tradición musulmana. Es decir, la hipertrofia de su dimensión exotérica, importante sin duda, pero siempre superficial y subordinada a los aspectos más profundos y elevados. Conviene no olvidar que esta hipertrofia exotérica lleva inevitablemente asociada la pérdida de la dimensión sapiencial de dicha tradición, así como la ceguera y la aversión a ella. Y no hay que perder nunca de vista que, al igual que ocurre con cualquier otra tradición espiritual que tiene en la Sabiduría o núcleo esotérico su fuente de vida, el Irfan (sabiduría) es el corazón mismo del Islam. No habrá renacer del Islam sin una previa recuperación y afirmación del Irfan. Por el contrario, la reducción del Islam a sus aspectos más exteriores trae como consecuencia la deformación, la degeneración y el empobrecimiento de dicha tradición. Fácil es imaginar las funestas consecuencias que tiene por fuerza que acarrear la confluencia de los tres factores apuntados: instrumentalización, contagio y reduccionismo. Y hay que volver a insistir en que es el tercero de ellos el que hace posible y propicia la aparición de los otros dos. En efecto, una tradición que ha dado la espalda a su propia sabiduría está inerme ante los vaivenes que sacuden la historia y queda a merced de las aberraciones, errores y sugestiones que circulan en el ambiente. He aquí, pues, la conclusión de este somero examen: el Islam desempeña ya un gran papel en el mundo actual, sobre todo como fermento espiritual, y está llamado a desempeñar un papel todavía más importante a lo largo del siglo XXI. Para ello el mundo islámico deberá, por un lado, revitalizar su núcleo espiritual, profundizar en él y cultivarlo con esmero, pues sólo así podrá permanecer fiel a su más auténtica esencia y a su más hondo mensaje. Por otro lado, manteniendo el espíritu abierto que está en la raíz del mensaje del Profeta Muhammad, deberá evitar desplazarse hacia posiciones que impliquen una actitud de agresividad, de conquista, de violencia o de exclusivismo, que no harían sino provocar reacciones hostiles. De este modo, rechazando los engañosos cantos de sirena que le incitan a seguir otras rutas y que pretenden hacer de él un elemento perturbador o desestabilizador, el mundo islámico que despierta de nuevo podrá contribuir de manera decisiva a la edificación de un mundo más justo y armónico, un mundo que encuentre su fundamento y arraigo en la Luz Divina. Será un mensajero de paz, orden y libertad en este mundo de caos, esclavitud y violencia, y podrá al mismo tiempo desempeñar su misión histórica de puente entre Oriente y Occidente, que hoy en día se hace tan necesaria. En la esperanza de que esto ocurra, contemplando la esperanzadora promesa de este renacer y conscientes de la Fuerza sobrenatural que lo mueve, podemos decir, con nuestros hermanos musulmanes: alhamdulillah , “alabado sea Dios”. NOTAS.- [1] Conferencia pronunciada el 8 de noviembre de 1995 en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Extraído del libro El Islam ante el nuevo orden mundial , Ediciones Barbarroja, Madrid, 1996. [2] Antonio Medrano es escritor y especialista en estudio comparado de las religiones. [3] Para más información, véase Amrei Rahman, Irán: luces y sombras de una revolución , Revista Alif Nûn nº 32, noviembre de 2005. (Nota de la Redacción). [4] Para más información, véase Pedro Martínez Montávez, Siria e Iraq , Revista Alif Nûn nº 41, septiembre de 2006. (Nota de la Redacción). [5] Recordemos que la expresión Allahu akbar (Dios es el más grande) no fue incorporada a la bandera de la República de Irak sino a partir de la invasión de Kuwait en 1990, cuando Saddam Husein necesitaba legitimarse ante las masas musulmanas a través de un símbolo islámico. En cambio, cuando el dictador irakí invade la República Islámica de Irán en 1980 fue presentado en Occidente como el defensor frente a la amenaza fundamentalista islámica. (Nota de la Redacción). [6] Para más información sobre la revolución islámica de Irán puede consultarse una amplia bibliografía en castellano entre la que se puede citar: Gustavo Morales, El Irán del Imam Jomeini, Biblioteca Universitaria, Madrid 1988., Fariba Adelkhan, La revolución bajo el velo: Mujer iraní y régimen islamista, Edicions Bellaterra, Barcelona, 1996., Farhand Khosrokhavar / Oliver Roy, Irán: de la revolución a la reforma , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000, o el artículo Irán: luces y sombras de una revolución , ya citado anteriormente (véase nota 3). (Nota de la Redacción). [7] Desde marzo de 2003, el primer ministro de Turquía es Recep Tayyip Erdogan, perteneciente al partido Justicia y Desarrollo (AKP), considerado por los analistas occidentales como “islamista moderado”. Para más información, véase Thierry Zarcone, El Islam en la Turquía actual , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2005. (Nota de la Redacción). [8] Para más información, véase Malika Zeghal, Islam e islamismo en Marruecos , Edicions Bellaterra, Barcelona, 2006. (Nota de la Redacción). [9] Para más información sobre los musulmanes negros, véase Gilles Kepel, Al Oeste de Alá. La penetración del Islam en Occidente , Ediciones Paidós, Barcelona, 1995, págs 23-124; VV.AA., Malcolm. Vida y voz de un hombre negro, Editorial Txalaparta, Navarra, 1991; Akbar Muhammad, Musulmanes de los Estados Unidos: Historia, religión, política y etnicidad , revista Alif Nûn nº 29, julio de 2005. (Nota de la Redacción). [10] Véase Frithjof Schuon, Comprender el Islam , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2001. Otros títulos de este autor publicados en castellano son: Forma y substancia de las religiones , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1998; Resumen de metafísica integral , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2000; Las estaciones de la sabiduría , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2001; Perspectivas espirituales y hechos humanos , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2001; El sufismo: velo y quintaesencia , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2002; Meditaciones de viaje , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2002; Senderos de gnosis , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2002; Raíces de la condición humana , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2002; De la unidad transcendente de las religiones , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2004; (Nota de la Redacción). [11] Véase Martin Lings, Muhammad: su vida, basada en las fuentes más antiguas , Ediciones Hiperión, Madrid, 1989. Otros títulos de este autor publicados en castellano son: Un santo sufí del siglo XX , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2001; El libro de la certeza , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2002 (Nota de la Redacción). [12] Las obras de Henry Corbin publicadas hasta la fecha en castellano son: La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ‘Arabî,Historia de la filosofía islámica , Trotta, Madrid, 1994; El hombre y su ángel , Destino, Barcelona, 1994; Avicena y el relato visionario , Paidós, Barcelona, 1995; Cuerpo espiritual y tierra celeste , Siruela, Madrid, 1997; El hombre de luz en el sufismo iranio , Siruela, Madrid, 2000; Templo y contemplación , Trotta, Madrid, 2001; El encuentro con el ángel (tres relatos visionarios de S. Y. Sohravardi tomados de L´Archange empourpré), Trotta, Madrid, 2001. Varios artículos han aparecido en la revista Axis Mundi 1, 4 y 5 (1ª época) y 4 (2ª época) (1994-1999) (Nota de la Redacción). [13] Las obras de Seyyed Hossein Nasr publicadas hasta la fecha en castellano son: Hombre y naturaleza, Editorial Kier, Buenos Aires, 1.982.; Sufismo vivo, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.; Vida y pensamiento en el Islam, Editorial Herder, Barcelona, 1.985.; Poemas de la vía mística, Mandala Ediciones, Madrid, 2002. Véase también S. H. Nasr, La Sharî'a: Ley divina, norma social y humana , Revista Alif Nûn nº 28, junio de 2005. (Nota de la Redacción). [14] Podemos encontrar las siguientes obras de Ibn Arabí en castellano: Las iluminaciones de la Meca, Editorial Siruela, Madrid; El secreto de los nombres de Dios, Editorial Regional de Murcia, Murcia; Tratado de la Unidad, Ediciones Sirio, Málaga, 1987; El árbol del Universo , Editorial Sufí, Madrid, 1989; Los engarces de la sabiduría, Hiperión, Madrid, 1991; El Núcleo del Núcleo, Editorial Sirio, Málaga, 1992; Las contemplaciones de los misterios, Editorial Regional de Murcia, Murcia, 1996; El tabernáculo de las luces , Editorial Sufí, Madrid, 1998; Tratado del amor , Edaf, Madrid, 2002; Viaje al Señor del Poder , Editorial Sirio, Málaga, 2002; Textos espirituales , Editorial Sufí, Madrid, 2004; El divino gobierno del reino humano , Editorial Almuzara, Murcia, 2004 Destino, Barcelona, 1993; . Respecto a Rumi, podemos citar la siguiente bibliografía en castellano: Diwan de Shams de Tabriz , Editorial Sufí, Madrid, 1995; El libro interior , Editorial Paidós, Barcelona, 1996; Locos de Amor , Mandala Ediciones, Madrid, 1997; Poemas sufíes , Hiperión, Madrid, 1997; El canto del Sol , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1998; Fihi ma fihi , Editorial Sufí, Madrid, 2001; Luz del alma , Gaia, Madrid, 2001; Uno Magnficente , Mandala Ediciones, Madrid, 2001; Rumi, tesoro espiritual , Ediciones Oniro, Barcelona, 2002; Rubayat (ed. bilingüe) , Ediciones de Oriente y Mediterráneo, Sevilla, 2003; Mathnawi:1ª Parte , Editorial Sufí, Madrid, 2003; Mathnawi:2ª Parte, Rubayats, odas a la embriaguez mística , Ediciones Obelisco, Barcelona, 2004; En brazos del amado , Edaf, Madrid, Madrid, 2005. El filósofo y místico al-Gazali cuenta con la siguiente bibliografía en castellano: Confesiones, Alianza Editorial, Madrid, 1989; Velos de luz y sombras , Editorial Sufí, Madrid, 2000; La alquimia de la felicidad , Editorial Sufí, Madrid, 2002. Véase también Amrei Rahman, Muhammad al-Gazâli: Análisis de su pensamiento y de su trayectoria vital , Revista Alif Nûn nº 37, abril de 2006. Editorial Sufí, Madrid, 2004; Por último, la obra del Suhrawardi traducida al castellano es la siguiente: El encuentro con el ángel , Editorial Trotta, Madrid, 2002; El Arcángel púrpura (‘Aql-e sorj), Revista “Sufí” nº 4, Otoño e Invierno 2002, Editorial Nur, Madrid, págs 26-37. Para más información sobre este autor, véase también Miguel Cruz Hernández, Historia del pensamiento en el mundo islámico: desde los orígenes hasta el siglo XII en Oriente , Alianza Editorial, Madrid, 2.000, págs. 304-310 y Terry Graham, Sohrawardi: El sufí que reveló la antigua Senda de la Unicidad Divina de Persia, Revista “Sufí” nº 11, Primavera y Verano 2006, Editorial Nur, Madrid, págs 22-30. (Nota de la Redacción). [15] Para más información, véanse las siguientes obras de René Guenón traducidas al castellano: Esoterismo islámico y taoísmo , Ediciones Obelisco, Barcelona, 1992; La metafísica oriental , Ediciones Obelisco, Barcelona, 1995; Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada , Paidós Editorial, Barcelona, 1995; El reino de la cantidad y los signos de los tiempos , Paidós Editorial, Barcelona, 1997; Autoridad espiritual y poder temporal , Paidós Editorial, Barcelona, 2001; La gran tríada , Paidós Editorial, Barcelona, 2003; El rey del Mundo , Paidós Editorial, Barcelona, 2003. También puede consultarse Francisco García Bazán, René Guenón y el ocaso de la metafísica , Ediciones Obelisco, Barcelona, 1990. (Nota de la Redacción). [16] Véase Léo Schaya, La doctrina sufí de la Unidad , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2001. (Nota de la Redacción). [17] Para más información, véanse las siguientes obras de Titus Burckhardt traducidas al castellano: Ensayos sobre el conocimiento sagrado, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca; Clave espiritual de la astrología musulmana , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1998; Fez, ciudad del Islam , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 1999; Espejo del Intelecto , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2000; Introducción al sufismo , José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2006. (Nota de la Redacción). |
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