LITERATURA ÁRABE CLÁSICA (III)[1]
El periodo ‘abbasí


Redacción Alif Nûn


Segunda etapa ‘abbasí: El regreso a los valores clásicos

La segunda mitad del siglo X dará testimonio del florecimiento y la consolidación definitiva de los valores literarios clásicos, representados por el gusto hacia la antigua literatura árabe –en especial, la poesía–, su retórica, y los valores humanos del artista beduino frente al poeta urbano; representados los primeros por la nobleza de carácter y la lealtad, y los segundos por la vida disipada y la corrupción de las costumbres. Este regreso hacia los valores tradicionales y las antiguas costumbres se produce buscando refugio frente a una etapa de gran inestabilidad política, con el inicio de la disgregación del imperio, la descentralización del poder califal –cuya autoridad, en muchos casos, es ya puramente simbólica y nominal– y la consiguiente decadencia cultural, política y económica. En efecto, estos fueron años en los que los diferentes grupos étnicos que formaban parte del Califato se disputaban el poder. La aristocracia árabe, los ministros persas y los militares turcos se entregaron a una lucha de influencias que provocó la ruina del poder central y la definitiva descomposición del Califato.

Como es natural, la producción literaria también se verá afectada por esta situación de crisis y desunión políticas. Así, los literatos de la época mantendrán una actitud meditabunda y reflexiva, y su obra se teñirá de pesimismo, con un regreso en el plano formal al esquema clásico de la casida y a un lenguaje plagado de arcaísmos.

El arquetipo del poeta árabe de esta época será Abu-l-Tayyib Ahmad ibn Husein, más conocido por el sobrenombre de al-mutanabbi, es decir, “el que se las da de profeta”. Al-Mutanabbi encarna mejor que ningún otro poeta el amor por los valores clásicos y tradicionales, pues plasma como nadie el viejo ideal beduino, al que apela constantemente en su poesía:

Lo bueno de la civilización urbana siempre viene de fuera;
Lo bueno es, en cambio, consustancial a la vida beduina.

Probablemente se trata del poeta más admirado dentro del mundo árabe –especialmente en el Magreb, donde todavía hoy es uno de los poetas más leídos– y el que mejor representa los valores de su tradición. El uso de un lenguaje plagado de hipérboles y una filosofía de la vida pesimista y descreída serán las señas de identidad de este poeta que marcará un antes y un después dentro la poesía árabe.

Nació en Kufa (Irak) el año 915 y, al igual que otros grandes poetas como Abu Nuwas[2], adquirió un gran dominio de la lengua árabe gracias a sus estancias entre los beduinos del desierto. Según algunas fuentes, el apodo de al-mutanabbi se debe a que durante su juventud participó en una rebelión de tendencias cármatas que le costó pasar algún tiempo en la cárcel[3]. No obstante, transcurridos esos primeros años de efervescencia juvenil, invirtió todo su talento en el quehacer poético y entre los años 940 y 948 trabajó en Alepo (Siria) como panegirista al servicio de Sayf al-Dawla, uno de los muchos príncipes árabes que crecieron a la sombra de la descomposición política del Califato. 

A juicio de al-Mutanabbi, Sayf al-Dawla representaba la imagen ideal del monarca mecenas y guerrero, tal y como lo hace notar en este poema:

Cada hombre es fruto de las costumbres de su época
y la costumbre de Sayf al-Dawla es alancear al enemigo.
Desmentir las falsas alarmas con su presencia
y ser feliz con cuanto maquina el enemigo [...]


No obstante, su figura cayó en desgracia dentro de la corte y se vio obligado a abandonarla. A pesar de esto, al-Mutanabbi continúa demostrando un cierto aprecio por su mentor, lamentándose de la incapacidad de los nuevos poetas que rodean a Sayf al-Dawla para alabar sus cualidades:

Me solivianté por él
al ver que sus cualidades nadie describía
y las barbaridades que en poesía se decían.
Es que al dirigirme de noche a una tierra lejana
yo me llevé su secreto oculto en la noche.


Poco después entró al servicio de Kafur, un antiguo esclavo negro que ejercía como regente en Egipto. Una vez más, la relación entre gobernante y poeta acaba mal debido a unas supuestas promesas incumplidas por parte del regente egipcio. A diferencia de su anterior mecenas, Kafur sí pasará a ser el blanco de las ácidas sátiras de al-Mutanabbi:

Jamás habría pensado llegar a vivir en una época
en que un perro alabado me maltrataría.
Jamás habría imaginado que la gente llegara a perderse
cuando uno como Abu-l-Bayda[4] aquí se halla;
ni que cobardes barbilampiños
obedecieran a un negro de hocico perforado
que, hambriento, come de mis vituallas y me retiene
para que de él pueda decirse
que es hombre de inmenso poder [...]


A pesar de ser uno de los grandes iconos de la literatura árabe de todos los tiempos, al-Mutanabbi no escapa a las duras criticas vertidas por algunos autores árabes actuales como Taha Husain[5], que llega a decir: “Si [al-Mutanabbi] se hubiera encontrado a gusto junto a Kafur, como lo había estado con Sayf al-Dawla, no habría pensado en el atrevimiento ni en esa poesía pura, tan desacorde con la personalidad de Kafur. Todo esto indica que, para al-Mutanabbi, la poesía era un medio, no un fin; que era esclavo de la ambición y el dinero, no de la belleza y el arte.”[6] 

No cabe duda de que, desde la perspectiva actual, al-Mutanabbi hace gala de un racismo y un machismo poco disimulados. Del primero ya hemos dado una muestra a través del poema dedicado a su mecenas negro Kafur, mientras que el segundo se demuestra en este extracto de un poema dedicado a Jawla, la hermana de Sayf al-Dawla:

[...] Aunque fuiste creada hembra, noble fuiste creada;
no hembra en mente y consideración.


Una percepción de la mujer que, sin embargo, no es incompatible con la visión de la amada como objeto de veneración y sacrificio incondicional:

Sé humilde ante ella.
Estés lejos o cerca, sométete,
pues quien no ama no se humilla ni se somete.


No obstante, junto al racismo y la misoginia, nuestro autor también muestra a través de su poesía los rasgos más elevados de su carácter, representados por el arquetipo del beduino inteligente, a la par que noble y valeroso, aunque todo ello envuelto en un clima de exaltación bélica que, desde la perspectiva de la época, constituía una muestra evidente de virilidad:

El juicio prima sobre el valor.
El pensamiento es lo primero,
el valor ocupa el segundo lugar;
pero cuando ambos se dan en la misma persona
entonces ésta alcanza las más altas cotas.
A menudo el joven hiere a sus rivales con el pensamiento
antes de entrecruzar las lanzas.
Si no fuera por la mente,
más digno de honores sería el león que el hombre,
no rivalizaría entre sí la gente
ni las manos de los bravos campeones
dirigirían las puntas de las lanzas.


Al-Mutanabbi murió el año 965, en un viaje de regreso a Bagdad durante el cual fue atacado por una partida de ladrones beduinos.

A la sombra del genio de al-Mutanabbi creció Abu-l-‘Ala’ al-Ma‘arri (973-1057), el segundo gran poeta árabe de este periodo y probablemente el arquetipo del poeta filósofo. Motivado en parte por sus limitaciones físicas[7], al-Ma‘arri llevará hasta sus últimas consecuencias el estilo pesimista y escéptico que ya apuntaba su predecesor al-Mutanabbi, tal y como reflejan los siguientes poemas:

 Lo que mi padre perpetró contra mí
 yo no lo perpetré contra nadie[8].

La vida es toda ella una carga.
Lo sorprendente es que haya quien desee prolongarla.
La tristeza a la hora de morir
es doble que el gozo a la hora de nacer.

Me veo en mis tres cárceles
y no preguntes por la funesta elección:
he perdido la vista,
permanezco recluido en casa
y en el vil cuerpo está recluida el alma.


Mientras que, en el aspecto formal, nuestro autor puede ser calificado como neoclásico, en el tratamiento de ciertos temas es un claro continuador de los poetas modernistas (muhdazûn) del final del periodo Omeya y principios del ‘abbasí –lo cual queda demostrado por la forma escéptica y extremadamente crítica de abordar ciertos asuntos como el de la religión– si bien es cierto que su actitud vital es marcadamente distinta:

Vino Jesús y derogó la ley de Moisés.
Vino Mahoma con sus cinco oraciones.
Y la gente, equiparando el mañana al ayer, se decía:
Vendrá otra religión.
Lo absurdo puedo decirlo en voz alta,
mas cuando digo algo cierto,
lo hago en un suave murmullo de voz

No des crédito a los dichos de los profetas,
son falsedades que ellos mismos compusieron.
La gente vivía tranquila hasta que vinieron ellos
y con su sinrazón los atormentaron[9].


Vegetariano y un gran defensor de la naturaleza, el estilo de vida de al-Ma‘arri fue extremadamente sobrio, tal y como evidencian los siguientes poemas:

No comas injustamente lo que procede del mar.
No apetezcas comer la carne tierna, recién matada,
ni la que murió de muerte natural.
No atrapes los pájaros, en su ignorancia, tendiéndoles
trampas,
pues la opresión es el mal de los abominables [...]

Los observadores dicen:
practica el ascetismo,
pero se equivocan en sus conjeturas.
Tuve que domar mis arduas esperanzas,
que caballos eran en soleados pastos.
No renuncié a los placeres, sino que los mejores placeres
pasaron junto a mí de largo.
No hallo bien ninguno en frecuentar a la gente,
y ¿quién me traerá a los esquivos si recluido ando?


En buena medida, su obra ha sido conocida en nuestros días gracias a autores como Asín Palacios, que le dedica su atención en su libro “La escatología musulmana en la Divina Comedia”, estableciendo ciertos paralelismos entre la Risâlat al-gufrân (Epístola del perdón) de al-Ma‘arri y la “Divina Comedia” de Dante.[10]


El nacimiento de un nuevo género: la narrativa histórica

Los árabes del periodo preislámico apenas escribieron textos en prosa y la poesía dominaba casi por completo el panorama literario de la yahiliya. Tan solo se han trasmitido algunos fragmentos de una rudimentaria prosa rimada y rítmica empleada por los brujos y adivinos tribales y por los predicadores. Este estilo de escribir en prosa recibe el nombre de say’ y cuando se escucha su lectura se asemeja a una especie de salmodia, debido a que se agrupan palabras y frases que tienen una misma estructura morfo-sintáctica. 

Sin embargo, es a partir del siglo VIII cuando comienza a cultivarse un nuevo estilo de prosa de carácter historicista, relatando a través de diversas obras el pasado de los pueblos árabes y tratando de dar una explicación histórica a ciertos aspectos de la cultura de los pueblos árabes preislámicos, como por ejemplo una ruina ignorada, algún proverbio o la referencia poco clara en algún poema a cierto personaje histórico[11].

No obstante, estos trabajos distan mucho de ser lo que en la actualidad podría considerarse como ciencia histórica, y obras más o menos rigurosas comparten escenario con cierto número de relatos que narran maravillosas historias sobre pueblos antiguos desaparecidos, gentes de un tamaño y poder descomunales como la tribu de los ‘Ad, o relatos sobre monumentos y ciudades grandiosas como la de Iram, con sus hermosos edificios de oro. A partir de restos arqueológicos auténticos encontrados al sur de la Península Arábiga se elaboran relatos épicos como la historia de Bilquis, la famosa reina de Saba que visitó al rey Salomón, o la del palacio de Gumdan, situado en la ciudad de Sana’a’ (Yemen), que tenía siete pisos de alabastro traslúcido.

Este afán historicista no sólo se limitó a recoger la historia de los antiguos, sino que también mostró su interés en relatar acontecimientos históricos más recientes, como algunos relatos épicos llamados magazi sobre los enfrentamientos bélicos del profeta Muhammad contra sus enemigos, que fueron recogidos por Musa ibn ‘Uqba (m. 758); o narraciones sobre las conquistas musulmanas posteriores que fueron recopiladas durante el siglo IX por al-Waqidi (m.822) y que recibieron el nombre genérico de futuhat (conquistas).


Conclusión[12]

Ibn Qutayba (m. 889) afirmaba muy juiciosamente que la calidad de un poeta no debe valorarse basándose en su antigüedad sino en su capacidad y talento literarios. De este modo atacaba a la idea tradicional según la cual el mejor poeta (aschar) es el más antiguo (aqdam). No obstante, la línea divisoria entre ambas tendencias, tradicional y modernista, siempre tuvo unos contornos muy difusos. Abu Nuwwas, el principal poeta modernista que tanto criticaba el estilo poético de los beduinos del desierto, recurrió a la tradicional estancia entre éstos para mejorar su formación poética y su dominio del árabe y, en su Diwan de poesía, las casidas escritas según los cánones tradicionales conviven con la nueva poesía de carácter erótico y báquico, tan al gusto de su época. Por el contrario, insignes poetas neoclásicos como Abu Tammam recurren a innovadoras formas poéticas muy alejadas de los modos de expresión tradicionales.

Esto nos permite concluir que el conjunto de la poesía árabe –tanto la modernista como la neoclásica– entre los siglos VIII y XI mantuvo una cierta unidad de criterios dentro de la aparente diversidad, basada en la búsqueda de una nueva estética mediante el uso de figuras brillantes e innovadoras.



NOTAS.-

[1]
Tercera parte del artículo Literatura árabe clásica aparecido en los  números 40 y 41 de la revista “Alif Nûn”, publicados en julio y septiembre de 2006, respectivamente. Las traducciones de todas las poesías que aparecen en el artículo están extraídas de Josefina Veglison Elías de Molins, La poesía árabe clásica, Ediciones Hiperión, Madrid, 1997.

[2]Para más información, véase Redacción Alif Nûn, Literatura árabe clásica(II): el periodo ‘abbasí, Revista Alif Nûn, septiembre de 2006.


[3]Otras fuentes afirman que el sobrenombre de al-mutanabbi se debe a su autoproclamación como profeta durante su estancia entre los beduinos, aunque esta versión resulta más improbable debido a que una afirmación de esta naturaleza probablemente le hubiera costado algo más que una simple condena carcelaria.
Los cármatas constituyeron un movimiento político y religioso escindido a partir del chiísmo ismaelí. Se desarrolló durante los siglos IX y X en Irak y Bahrein, lugar este ultimo en el que los cármatas llegaron a fundar una dinastía que gobernó durante más de ochenta años (894-977). Se los ha llegado a considerar un movimiento “protocomunista”, aunque con una cierta tendencia milenarista, que combatió tanto al Califato ‘abbasí como a la dinastía ismaelí de los fatimíes de Egipto.

[4]Abu-l-bayda significa “padre de la blanca”, y se trata de una alusión satírica a Kafur, que era de raza negra.

[5]Taha Husein (1889-1973) es una de las figuras más importantes de la literatura egipcia contemporánea. Pueden encontrarse las siguientes obras del autor en castellano: Ma`a Abi l'-Ala' fi Siyni-hi (con Abu l-`Ala' en su prisión), Instituto de Estudios Islámicos, Madrid, 1990; Los días: memorias de infancia y juventud, Ediciones del Viento, La Coruña, 2004. (Nota de la Redacción).

[6]Citado por Josefina Veglison Elías de Molins, ob. cit. pág. 183.

[7]Al-Ma‘arri perdió la vista a los cuatro años de edad por efectos de la viruela y forma parte de la gran tradición de literatos árabes invidentes, entre los que se encuentran autores como Bassar ibn Burd, Ibn Sida de Murcia o, en la actualidad, Taha Husein. Para más información, véase Darío Cabanelas Rodríguez, Ibn Sida de Murcia, el mayor lexicógrafo de al-Andalus, Ed. Regional de Murcia, Murcia, 1986 y Redacción Alif Nûn, ob.cit.


[8]El autor se refiere al hecho de no haber tenido hijos.

[9]Podemos comparar los dos poemas anteriores con los siguientes versos del poeta modernista Abu Nuwas: A la pregunta: “¿quieres peregrinar a La Meca?”/ respondí: “sí, cuando se agoten los placeres de Bagdad”./ Si no salgo de casa de la alcahueta o el vinatero ¿cómo voy a peregrinar?. Mientras que al-Ma‘arri se indigna con la religión, Abu Nuwas se mofa de ella. Para más información, véase Redacción Alif Nûn, ob.cit

[10]Para más información, véase Miguel Asín Palacios, La escatología musulmana en la Divina Comedia, Ediciones Hiperión, Madrid, 1984, págs. 89-108.

[11]Si bien, por su temática, algunos los textos preislámicos denominados say’ también podrían ser considerados de carácter historicista, dado que también relatan las hazañas guerreras de las tribus y los héroes árabes (ayyam al-‘arab); por su estilo literario no pueden ser considerados prosa en un sentido estricto.

[12]Para más información sobre los autores citados en esta sección, véase Redacción Alif Nûn, ob.cit.

 
© KÁLAMO LIBROS, S.L. Copyright, Madrid 2006 - Ap. Correos 41018 - 28080 MADRID  (España)