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SIRIA E IRAQ[1] Pedro Martínez Montávez[2] Aunque Siria, Mandato francés desde 1920, alcanza oficialmente la independencia el año 1941, lo cierto es que no ejerce de hecho la soberanía nacional hasta 1946, cuando las últimas tropas francesas salen del país. Perfilada ya como república parlamentaria –al menos teóricamente– desde el año 1937, la Siria plenamente independiente de los años que ahora nos ocupan va a seguir contando formalmente con este mismo sistema de gobierno, aunque en la mayor parte de los casos se trate simplemente de una pura ficción. De hecho, el régimen republicano parlamentario se ve drásticamente coartado por la serie de pronunciamientos o golpes de Estado que se suceden desde 1949, y que someten al país a los tajantes métodos de la dictadura militar. Este acceso del Ejército al ejercicio directo y prácticamente absoluto del poder es una de las claves y características indiscutibles de la vida política siria durante estos años. Y en tal sentido, la etapa del segundo gobierno del coronel kurdo Adib al-Shishakli (1951-1954) resulta, en todos los aspectos, especialmente representativa. Y aunque durante los años inmediatamente posteriores el poder vuelva a manos de los civiles, el sistema se encuentra en franco proceso de deterioro, y tampoco el Ejército renuncia definitivamente a las prácticas de participación directa e intervención a las que se había acostumbrado. De hecho, la situación de crisis no hace sino aumentar y la falta de control político es total. Ello sirve para explicar, en gran medida, el enorme interés, el auténtico entusiasmo, con el que la casi totalidad de los dirigentes y del propio pueblo ven, desde el primer momento que ello parece posible, la unión con el Egipto nasserista, entonces en el inicio de su apogeo y de su representatividad, y la asunción de la ideología nacionalista árabe. Es el propio Ejército el que acelera en buena parte las iniciativas unitarias y el que contribuye para animar aún más a los dirigentes civiles. En conclusión, le presidente de la República Shukri al-Quwati, y el ministro de Asuntos Exteriores, Salah al-Din al-Bitar, brindan al presidente egipcio una oportunidad prácticamente ineludible –a pesar de los innegables recelos parciales que éste sentía a tales efectos– y la RAU (República Árabe Unida) es entusiásticamente proclamada, y aprobada casi unánimemente por vía de referéndum, el 22 de febrero de 1958. este trascendental acontecimiento político, aunque tenga después muy breve duración y quede reducido, en el contexto puramente político, a una ingrata peripecia, abre indudablemente un nuevo periodo en la historia siria contemporánea. Por consiguiente, la experiencia política que Siria vive a lo largo de este periodo (1948-1958) va a ser, evidentemente, singular, y ni en el propio marco árabe encuentra en realidad ejemplos parangonables. En este aspecto de su existencia contemporánea, como en tantos otros de carácter no ya político sino también social, cultural y económico, Siria aparece y actúa como una entidad claramente diferenciada, particular, que sigue sus propias pautas y hábitos de comportamiento; que se ajusta a unos esquemas específicos, en muy escasa medida asimilables a los de otros países de la zona. En muchos aspectos y en no pocas ocasiones, el caso sirio ha de tratar de explicarse en sí mismo y a partir de sus propias peculiaridades ha de ser entendido y analizado. Dentro de este esquema, la lucha por el poder reviste en Siria ya, desde un principio, caracteres y dimensiones muy especiales y significativas que desbordan desde un principio, claramente, el presumible ámbito puramente local. Al constituir Siria, en muchos aspectos, además, el corazón del arabismo –y no sólo como programa político de aplicación en el presente– la lucha por Siria asumirá mayoritariamente también categoría de lucha por la teoría y posible puesta en práctica de la idea. Unidad y fragmentación, por consiguiente, no serán nunca especulaciones abstractas ni etiquetas de sentido político nada más; tendrán siempre enraizamientos más hondos y se dispararán hacia dimensiones más lejanas y ambiciosas. La complejidad y el significado profundo de lo que ocurra en Siria constituirán habitualmente ejemplo y reflejo de excepcional importancia dentro del ámbito árabe general, y específicamente del Mashriq o Próximo Oriente. Entre el 4 y el 6 de abril de 1947 tiene
lugar en Damasco el primer Congreso, fundacional, de un nuevo partido político:
al-Baaz al-arabi (el resurgir –o el renacimiento– árabe
), llamado desde entonces a tener una participación muy directa e
intensísima en casi todas las iniciativas y problemas políticos
que agiten esta zona. Queda así constituido en partido político
lo que hasta entonces había venido siendo, fundamentalmente, un movimiento
ideológico. Lo que puede considerarse como protohistoria del Baaz había empezado antes, durante los años treinta, impulsado por tres profesores universitarios de evidente formación cultural francesa: Michel Aflaq, filósofo e historiador; Salah al-Din al-Bitar, científico; y Zaki al-Arsuzi, historiador, filósofo y lingüista. Un año antes había aparecido asimismo el primer número del periódico portavoz del grupo, que leva ya el lema que lo distinguirá desde entonces: “Una sola nación árabe, dueña de una misión eterna”, ideado por Arsuzi. El Congreso fundacional elige unánimemente a Aflaq –desde entonces líder indiscutible– como presidente del partido, y un órgano ejecutivo de tres miembros. El Baaz no cuenta por entonces sino con unas pocas centenas de militantes, con predominio, seguramente, de los procedentes de grupos sociales o confesionales minoritarios en el país: griegos ortodoxos –como el propio Aflaq– musulmanes alawíes[3] –como Arsuzi– y drusos[4]. El Baaz no llegará al poder en Siria hasta el año 1963, y a lo largo de este periodo se distinguen dos fases de desarrollo: la primera, hasta 1953, supone el final de su etapa de formación y de consolidación. A partir de ese año, el partido entrará definitivamente en la efervescencia –como dice Carré– de la lucha por el poder. De cualquier manera, no hay que olvidar que este partido, que ha hecho habitualmente gala de una extraordinaria pericia en los juegos de la estrategia política –tan complicada y sinuosa, volvemos a recordar, en el caso concreto de Siria– y que siempre manejó con suma habilidad apoyos condicionados y retiradas asimismo de confianza parcial a la mayor parte de los diversos dirigentes que en su país, vertiginosamente, se fueron sucediendo, contó ya desde el mismo año 1949 con algún representante en varios gabinetes ministeriales. La dictadura de Shishakli, que termina transitoriamente con las libertades civiles y disuelve los partidos políticos –relativamente numerosos en el país–, contribuye decisivamente para que el partido modifique algunas de sus estructuras y comportamientos. En el año 1953 se produce la fusión con el Partido Socialista Árabe de Akram al-Hurani, fuerte sobre todo en la región de Hama y vinculado especialmente a la pequeña y media burguesía, tanto campesina como artesanal y comerciante. A partir de ese momento, el Baaz unirá a su epíteto nacionalista-árabe el de socialista, y así quedará definitivamente catalogado. De otra parte, es evidente que el Baaz acertó a valorar correctamente, desde un principio, el cada vez más claro y destacado ascendente que la poderosa personalidad del presidente egipcio iba adquiriendo en el panorama político y social árabe, y en tal sentido, hizo habitualmente todo lo posible para acercarse a Nasser y plantear objetivos y procedimientos políticos comunes, a pesar de las indudables reticencias parciales que éste solió manifestar al respecto. Es evidente que el genérico proyecto nacionalista y unitario abría una amplia zona de convergencia o coincidencia para ambas perspectivas políticas; pero no lo es menos que se producía asimismo una no menos amplia gama de diferencias, tanto en aspectos puramente teóricos como de simple praxis política. Lo cierto es que, con la proclamación de la RAU, el Baaz no obtendría grandes ventajas, como le sucedería prácticamente igual al propio Ejército sirio. Por su parte, el partido ha mantenido siempre la tesis de que tuvo que pagar un precio muy alto por aquella efímera unión. Durante estos años, asimismo, el Baaz desarrolla unas maniobras de penetración de cierto alcance en las filas del ejército sirio, y oficiales de tendencias progresistas se afilian a él. En gran medida, esto permite la llegada del partido al poder, en 1963, aunque los planteamientos resulten ya muy diferentes y ello lleve definitivamente a la gran escisión. Desde 1948, inicia asimismo su expansión por otros países árabes, comenzada en la Transjordania de entonces, para ampliarse desde principios de los cincuenta a Iraq y Líbano –en ambos países arraigará especialmente, por causas distintas– algunos Estados de la Península Arábiga, Libia...En este sentido, 1952 es considerado como el año del despegue árabe del Baaz que, sin embargo, no encuentra fácil acomodo en Egipto. Se preocupará asimismo claramente, a partir de 1956, de enlazar con la revolución argelina, que fascina a todo el mundo árabe prácticamente. A lo largo de todo este proceso de expansión, se seguirá un esquema de secciones y células, y habrá dos escalones de dirección y gobierno: el nacional, que cubre todo el mundo árabe, y el regional, propio de cada país. Dentro del marco general del movimiento comunista en el mundo árabe oriental, el partido comunista sirio, que en buena parte sigue funcionando todavía conjuntamente con el libanés, aparece como un grupo dotado de una especial organización y coherencia interna, a pesar de tratarse también de un grupo reducido. De hecho, la militancia comunista se reduce casi en exclusividad a círculos intelectuales y estudiantiles, y cuenta con escasa representación obrera. Por otra parte, y como resulta en última instancia inevitable, la actuación y los objetivos del comunismo sirio han de acomodarse también fundamentalmente a los del hecho ideológico, político y socio-cultural que define todavía a la zona y resulta preeminente: el movimiento de liberación nacional, y los ajustes y acoplamientos, en tal sentido, no resultan habitualmente ni fáciles ni cómodos. Su secretario general, Jaled Bakdash, es un político pragmático que se ve obligado además, con frecuencia, a renunciar transitoriamente o posponer muchos de los principios u objetivos básicos del partido, que parecen sencillamente irrealizables. Quizá tampoco estaría de más recordar, en este contexto, que a finales de este periodo se inicia una cierta penetración soviética en el país, que adquiere alguna importancia en el terreno económico especialmente. Otros partidos o grupos políticos van quedando reducidos simplemente a asociaciones francamente minoritarias y desprovistas prácticamente de incidencia real en la orientación y construcción del país. Es el caso, por ejemplo, de los pequeños partidos nacionalistas burgueses, soportes teóricos y escaparate de los ficticios responsables gubernamentales, absolutamente desprestigiados en el servil y anacrónico politiqueo cotidiano, y del propio Partido Social Nacionalista Sirio –defensor a ultranza de la idea de la Gran Siria– que sólo en tierras libanesas se mantendrá con alguna mayor entidad.
Si desde un punto de vista esencialmente político los años que nos ocupan aparecen en Siria tanto como una época compleja como, fundamentalmente, de transición, preparación de nuevas opciones y tanteo, desde una perspectiva de análisis de la sociedad tales características se refrendan, y al tiempo se incrementan y agudizan. Al margen de cualquier tendencia ideológica o interpretativa, la comprobación de este hecho se impone inexorablemente y como principio y punto de partida. Si la Siria definitivamente independiente ha de plantearse ante todo una tarea urgente e inexcusable: la construcción de un Estado –y dentro del molde, bastante impuesto, del Estado-nación que responde en definitiva mayoritariamente a un modelo de cuño occidental–, subyace en todo ello, no con menos urgencia y dramatismo, aunque no acierte a reflejarse en muchas ocasiones pertinentemente en el acontecer político, otra tarea no menos inexcusable: la suficiente construcción armónica, o al menos conformación, de una sociedad moderna, adecuada tanto a su pasado genuino y su idiosincrasia como a las experiencias inevitables de su tiempo. Fenómeno complejo y doloroso siempre, y más aún en un contexto como el sirio, que no sólo se ha caracterizado secularmente por la presencia y mantenimiento de minorías de variable entidad, sino precisamente por lo polifacético y variopinto de esas minorías, que responden a muy distintos orígenes, naturalezas o condiciones: confesionales o subconfesionales, étnicos, culturales y de forma de vida, lingüísticos y hasta, posiblemente, nacionales o, la menos, casi-nacionales. La complejidad y potencial conflictividad de esta entreverada trama social resultan evidentes; más aún cuando se encuentran en situación de franca vulnerabilidad frente a la acción exterior, que suele actuar sin escrúpulos. ¿En qué medida y con qué alcance la sociedad siria, modificándose, se va conformando también a lo largo de los años?, ¿y en que cabe plantearse la pregunta, más allá de los límites de la pura hipótesis o de la especulación metodológica? Ciertamente, el plazo es breve y la alta tensión política parece arrastrarlo todo. No obstante, sería erróneo deducir que no se experimente también, o se inicie al menos, algún indicio o apunte de transformación social, anuncios de procesos que, en líneas generales, se intensificarán y radicalizarán a lo largo de los años siguientes. Así, por ejemplo, cabe observar cómo el incipiente movimiento sindical va adquiriendo cierta dimensión y hasta un evidente sentido reivindicativo y de lucha en defensa de sus derechos, especialmente en ciertos sectores como el textil. En 1956, por ejemplo, la Confederación Sindical Siria toma en realidad la iniciativa de construcción de la Confederación Internacional de Sindicatos Árabes. Es evidente que la Siria plenamente independiente de estos primeros años no cuenta todavía con unos programas de renovación social plenamente orgánicos y tratados, puntualmente diseñados y cumplidos, pero es no menos cierto que, concretamente en algunos terrenos, se producen hechos sumamente importantes e indicativos. Así, por ejemplo, en el campo educativo, en donde se da un crecimiento notable de la población escolar, a casi todos los niveles. En el terreno de la sanidad y salud públicas, sin embargo, los niveles de desarrollo son aún bastante más bajos e insatisfactorios. Las que podemos considerar manifestaciones culturales más restringidas o refinadas se siguen produciendo, en general, con rasgos más acusados de tradicionalismo o conservadurismo. En el plano literario y del pensamiento, por ejemplo, es francamente difícil encontrar en la Siria de estos años algún movimiento de carácter decididamente renovador; quizá, algún apunte se observa ya en la producción narrativa. De cualquier manera, este país ha contado siempre con una indudable élite intelectual, sólidamente formada tanto en los saberes propiamente árabes como en culturas occidentales, cuya actuación se deja sentir no sólo dentro de sus fronteras, sino que llega también a todo el mundo árabe y deja su impronta. Y en este terreno cultural, quizá cabría recordar también el incipiente desarrollo que experimentan asimismo algunas manifestaciones que, en principio, pueden considerarse esencialmente importadas: el cine o las artes figurativas. En el terreno económico, la situación se produce también con rasgos un tanto contradictorios y paradójicos. A pesar de la indudable inestabilidad y convulsión políticas de estos años, la economía siria muestra un cierto índice de estabilidad y de parcial crecimiento, aunque con ello no pretenda afirmarse que esté firmemente establecida y aplicada. No, pero sí hay que insistir en el hecho de que, hablando en términos relativos y de contraste con otras de la zona, no deja de moverse dentro de coordenadas y porcentajes bastante razonables, y aun contando con que los dos pilares fundamentales sobre los que se sigue asentando son los tradicionales en el país: la agricultura y el comercio ante todo, y que Siria aún carece casi por completo de las ventajas derivadas del petróleo. A lo largo de la dictadura de Shiskakli,
por ejemplo, algunas medidas de carácter voluntarista y tibiamente
reformista, que suelen ser propias de los regímenes dictatoriales y
personalistas, se toman también en Siria, y afectan principalmente
al campo de la agricultura y de la producción textil. Se trata, sin
embargo, de iniciativas moderadas, inorgánicas, de simple mecánica
inmediata de respuesta, y que no sirven para encaminar al país, naturalmente,
por el camino de la auténtica renovación, ni para encarar sus
auténticos problemas crónicos.
El periodo que nos ocupa significa, en
Iraq, la última etapa de gobierno y el final sangriento de la dinastía
de origen hachemí entronizada de rebote en julio de 1921, con la protagonista
participación británica, en la figura del emir Faysal. Otro
día de otro julio –el 14 de 1958– esta dinastía cae estrepitosamente,
y el joven rey Faysal II y el ex presidente, su tío Abdullah, son
asesinados y prácticamente destrozados por la multitud. Dos días
después el todopoderoso primer ministro Nuri al-Said, que había
sido identificado a pesar de su disfraz de mujer, se suicida. Comienza entonces una nueva etapa, radicalmente distinta en lo político, del Iraq contemporáneo: la republicana, iniciada en principio bajo el liderazgo del general Abdel Karim Qasem. Aunque en muchos principios y objetivos, este nuevo sistema republicano y revolucionario experimente pocos años después radicales transformaciones y esté habitualmente sometido a una existencia convulsa, sumamente revuelta, en trance de definitivo asentamiento. La figura absolutamente dominante en el panorama político del país durante esto años es Nuri al-Said, quien bien como primer ministro, oficialmente, o bien entre bastidores, dirige prácticamente el país desde comienzos de los años treinta. Preside el gobierno en catorce ocasiones, y su predominio es absoluto desde 1945. No obstante, hasta el año 1953, en que Faysal II es nombrado rey, Iraq vive formalmente en régimen de regencia, desempeñada por Abdullah desde la muerte –¿o asesinato?– en 1939 del rey Ghazi, padre de Faysal. De cualquier manera, la amplia influencia del regente se sigue manteniendo también después del advenimiento del nuevo rey. Durante estos años, la política iraquí persigue unos objetivos fundamentales muy simples, mantenidos y concretos, para cuyo diseño y aplicación hay un principio prácticamente único y rigurosamente predominante: la colaboración con Gran Bretaña, o más aún, el sometimiento servil a ésta y a las concepciones occidentalistas, neocoloniales, que ello impone. En el interior, asimismo, interesará únicamente la continuidad de la dinastía y en el ámbito exterior interárabe se perseguirá ante todo el contrarrestar el creciente protagonismo y popularidad que va adquiriendo Egipto. Como puede comprenderse, Iraq se vincula cada vez con mayor claridad y compromiso a la línea de defensa de los intereses occidentales en la zona y de resuelta oposición a lo que, dentro del esquema estratégico global, puede representar la asechanza y la posible penetración soviética. La conclusión del Pacto de Bagdad el año 1955, entre Iraq, Irán, Turquía y Gran Bretaña –que seguirá, por un anejo, conservando gran parte de las ventajas militares de que disponía en el país– no es sino la culminación coherente de este ambicioso proyecto político que fracasará, sin embargo, estrepitosamente, tres años más tarde. En realidad, la llamada Pax Británica
sobre la zona del Próximo Oriente estaba prácticamente sentenciada
desde hacía ya siete u ocho años, y el pronunciamiento militar
egipcio del año 1952, con el triunfo de los Oficiales libres
y la ideología revolucionaria que aportan, es el primer anuncio clarísimo
y revelador de que otra era histórica, sencillamente, se abre en tan
conflictiva y neurálgica región. Tal hecho, y el enorme ascendiente
y prestigio que el régimen nasserista adquiere desde ese momento
en todo el mundo árabe –y en especial a partir de 1956– constituyen
un factor decisivo para la nueva orientación política y social
que toma Iraq, radicalmente diferente en todos los aspectos y manifestaciones.
De hecho, a lo largo de estos últimos años de su existencia, el régimen monárquico iraquí tiene que hacer frente a una evidente impopularidad y a grandes dificultades, y sólo puede mantenerse a la fuerza y ejerciendo una actividad claramente represiva. Todo ello, irremisiblemente, acaba erosionándolo por completo. En realidad, esa oposición de amplia base popular había impedido ya al primer ministro la ratificación de un nuevo tratado anglo-iraquí en 1948. A partir de entonces, la política de represión, de aniquilación de los enemigos políticos y de supresión de las libertades aumenta y va ir posibilitando y precipitando la radical protesta posterior. Algunos grupos políticos como los comunistas la van a sufrir especialmente, y también algunas minorías como la judía, aunque no se conozcan con certeza las presumibles complicidades que parcialmente contrajera con el sionismo[5]. La oposición y el descontento no hacen sino crecer a lo largo de los años cincuenta, y ya desde un primer momento, abarcando además capas cada vez más amplias y significativas de la sociedad. Obreros e intelectuales, por ejemplo, van teniendo progresivamente la impresión más nítida y profunda de la identidad final de su lucha, y en el Ejército se inician y consolidan asimismo unos movimientos e iniciativas similares. Desde el año 1952 al menos una serie de grupos y células se van constituyendo y actuando en este sentido, tanto en el contexto militar como en el civil. El poder establecido, aunque lo intente, es incapaz de atajar estos movimientos y sólo acierta a intensificar, por el contrario, actuaciones cada vez más represivas, antidemocráticas e impopulares: supresión de los partidos políticos, control drástico de la prensa, persecuciones, encarcelamientos... Ni las líneas maestras de la política exterior ni interior se modifican, y tampoco es adecuadamente aprovechada la inicial fuente de desarrollo que el generoso recurso petrolífero puede significar. Ante la inminente amenaza que representan, indiscutiblemente, el cada vez más agobiante acoso nasserista y, en definitiva, la formación de la RAU, se recurre a medidas radicalmente inviables e inadecuadas: la tentativa de una Unión Árabe, por ejemplo, con el reino también hachemí de Jordania, en mayo de 1958. El sentimiento profundo de protesta, el fervor nacionalista y revolucionario, la actuación de los diversos grupos políticos –que funcionan prácticamente conjuntados en un transitorio frente nacional– no encontrará, por el contrario, obstáculo alguno para terminar brutal y congruentemente con el sistema en julio del mismo año, como se ha dicho. Curiosamente, quizá, en el panorama de las fuerzas políticas iraquíes de la época, ninguna tiene todavía una entidad considerable ni actúa, por consiguiente, de manera claramente destacada. En realidad, el único partido que contaba con cierta tradición parcial en el país y un mínimo de organización era el comunista, pero el régimen lo somete a una durísima persecución. El Baaz, por otra parte, comienza a organizarse en Iraq a lo largo de estos años, y su indudable protagonismo llegará un poco más tarde. Y en cuanto al nacionalismo kurdo, no cuenta aún prácticamente con suficiente infraestructura organizativa ni se presenta como movimiento cohesionado. En este sentido, por consiguiente, se observan diferencias significativas entre el panorama político sirio de la época y el iraquí. El partido comunista iraquí había comenzado a actuar aproximadamente a mediados de los años treinta, y había podido participar activamente en bastantes de los movimientos de protesta obreros que, desde aquellos años, se produjeron en el país, especialmente en la región norte. Como decíamos, sometido, sin embargo, a constante persecución y prohibición, la ejecución de su secretario general Yusuf Salman Fadhd y de la mayoría de sus dirigentes el año 1949, significa un durísimo golpe. A partir de ese momento, el partido tiene que proceder a una importante reestructuración interna en la cual, seguramente, la participación kurda y de la comunidad musulmana chií resulta predominante en muchos aspectos. Aunque la fundación de la rama iraquí del Baaz puede fecharse en abril del año 1949, el partido hace prácticamente su aparición en 1952, para oficializarse poco después. No obstante, como se ha adelantado, a lo largo de estos años se ve obligado también a llevar una existencia casi clandestina, encubierta, pues también es objeto de persecución desde el poder. Y cuando el frente unido nacional, prácticamente exigido por las circunstancias y la estrategia política, se constituya para terminar con el régimen, el Baaz será todavía una formación de carácter menor, con escasa incidencia aún en el Ejército. Su militantes procederán sobre todo de los profesionales y de la clase media.
Socialmente, y aunque Iraq sea también un país en el cual las minorías constituyen sin duda un fenómeno digno de tenerse en cuenta, el hecho no llega a adquirir el rango y la destacada incidencia que tiene por razones naturales en Siria, en casi todos los órdenes de la existencia. De hecho, la población es, de manera mayoritaria, musulmana, aunque se distribuya en las dos grandes comunidades conocidas: la sunní y la chií; seguramente, de forma bastante proporcionada en lo numérico, pero produciéndose también el habitual desequilibrio o asimetría en detrimento de los chiíes, en cuanto a repercusión económica, sociocultural y de mantenimiento delos recursos de poder.
Este sentimiento nacional, que nunca ha visto concretadas sus aspiraciones máximas, ha pasado por múltiples peripecias y vicisitudes, entre otras razones, porque el pueblo kurdo vive repartido entre varios Estados de la zona. Y aunque las iniciativas de autonomía se produzcan ya durante los treinta y los cuarenta –en ocasiones, con extremada violencia– y a ellas colaboren también varias influencias y ayudas extranjeras, lo cierto es que el movimiento nacional kurdo no cuenta todavía con organización suficiente durante estos años. Y por otra parte, tampoco hay que olvidar que los kurdos intervinieron también activamente en la revolución antimonárquica de 1958. Aunque de hecho se trate de características aplicables en general a todos los países de la zona, el Iraq moderno ha experimentado un crecimiento demográfico de porcentaje notablemente elevado, y un importante éxodo rural. Estos dos hechos se producen también, incuestionablemente, a lo largo de los años que nos ocupan, pero es evidente que el régimen monárquico no supo o no quiso habilitar ni los tratamientos ni los principios de solución mínimos que se imponían. En este sentido, el régimen revolucionario que se instala el año 1958, a lo largo de sus distintas fórmulas y variantes, impulsa un desarrollo sociocultural enormemente ambicioso, de gran envergadura, sumamente nacional en principios y objetivos, y así ha de ser reconocido, por encima de cualquier otra ponderación y al margen de los logros efectivos y variables que obtenga. El esfuerzo de reconstrucción del país es, sin duda alguna, enorme, puesto que se parte de situaciones mucho más atrasadas y depauperadas. Ni en el entorno educativo, por ejemplo, ni en el de la organización sanitaria o similares, cabe encontrar durante el final del régimen monárquico, intentos apreciables de transformación social y modernización efectiva del país. Teniendo en cuenta esta situación
general, puede parecer en principio sorprendente el carácter auténticamente
renovador e inconformista que tienen algunas manifestaciones culturales del
país durante estos años, no exentas, además, sino todo
lo contrario, de notable calidad estética. En buena parte, la historia contemporánea del Iraq no se explica sin tener en cuenta también un hecho físico predominante: el petróleo. Los ricos yacimientos se sitúan tanto en el norte como en el sur del país[6]. El total de la industria petrolera estaba absolutamente puesta en manos, desde 1929, de la Irak Petroleum Company (IPC), con sus filiales. Quiere esto decir que, como ha venido siendo norma de cumplimiento tajante y habitual, los beneficios de la explotación de tan impresionante recurso iban casi en su totalidad fuera del país –dentro del consabido circuito de producción y aprovechamiento colonial y capitalista– y ni aún los que quedaban dentro y se derivaban de la minoritaria participación oficial de la empresa eran adecuadamente aprovechados. La producción salía desde mediados de los treinta por un oleoducto que iba desde Kirkuk al Mediterráneo que, aunque doblado a finales de los cuarenta, quedó paralizado en su rama sur, la que llegaba a Haifa, a partir de 1948. En 1952 se construiría un nuevo oleoducto que desemboca en el puerto sirio de Banias. Durante estos años, la explotación
experimenta, con algunos altibajos coyunturales, in fuerte crecimiento, y
entre 1948 y 1953, por ejemplo, los ingresos petroleros se multiplicarán
en un 25,5. Hecho que no hay que desdeñar, asimismo, aunque de momento
no incida directamente en Iraq, será la nacionalización del
petróleo iraní por Mossadegh el año 1951[7]. El posterior
régimen revolucionario iraquí llevará a cabo la nacionalización
entre 1972 y 1975[8]. NOTAS.- [1]Extraído del nº 24 de la revista Historia Universal-Siglo XX, "La independencia árabe-El nacimiento de Israel". Historia 16. (Nota de la Redacción). [2]Catedrático de Lengua y Literatura árabes en la Universidad Autónoma de Madrid. [3]Esta minoría religiosa –representa en torno al 15% del total de la población siria– es considerada como una rama escindida del Islam chií, aunque en la mayor parte del mundo islámico los alawies no son considerados como musulmanes. Desde 1966 y hasta la actualidad, la comunidad alawi ha venido gobernando los destinos de Siria a través del control ejercido por un partido Baaz liderado, primero por Hafez el-Asad y a la muerte de éste en 2000, por su hijo Bashar. (Nota de la Redacción). [4]Junto a los alawies, los drusos constituyen la otra gran “herejía” musulmana establecida en Oriente Medio, con presencia en Siria, Jordania, Israel y Líbano. Se establecieron como comunidad bien definida a partir del siglo X d.C. y su creencia incorpora elementos gnósticos y neoplatónicos sobre una base indiscutiblemente islámica. (Nota de la Redacción). [5]“En el año 1950 comenzaron en Bagdad ciertos actos terroristas: ante las reticencias de los judíos iraquíes en inscribirse en las listas de inmigración de Israel, los servicios secretos no dudaron, para convencerlos de que estaban en peligro, en arrojar bombas contra ellos. El ataque contra la sinagoga Shem-Tou causó tres muertos y decenas de heridos. Así comenzó el éxodo bautizado como “Operación Ali Baba”. Roger Garaudy, Palestina, tierra de los mensajes divinos, Editorial Fundamentos, Madrid, 1987, págs 344-345. En este texto el autor cita las propias fuentes israelíes de donde obtiene la información, entre ellas el semanario israelí Ha´olam Hazeh o el mismo Tribunal de primera instancia de Tel Aviv. (Nota de la Redacción). [6]Estos son, respectivamente, los lugares de mayor presencia de kurdos y de chiíes, lo que sin duda ha marcado las políticas de hostigamiento por parte de los sucesivos gobiernos iraquíes hacia ambas comunidades. (Nota de la Redacción). [7]El Frente Nacional del Dr. Mossadegh alcanzó el poder en Irán tras las elecciones democráticas celebradas en 1950. El nuevo Parlamento salido de aquellas elecciones aprobó la ley de nacionalización del petróleo y retiró las concesiones de explotación otorgadas a la Anglo-Iranian Oil Company y a la URSS. Como consecuencia, Gran Bretaña, la Unión Soviética y los Estados Unidos bloquearon las ventas de petróleo iraní. En 1953 un golpe de Estado organizado por los Estados Unidos destituyó al gobierno del Dr. Mossadegh y entregó el poder al sha, que durante los siguientes diez años lo ejerció de manera dictatorial. Para más información, véase Amrei Arman, Irán: luces y sombras de una revolución, revista “Alif-Nûn” nº 32, noviembre de 2005. (Nota de la Redacción). [8]Ya bajo el gobierno de Saddam Husein, que alcanzó el poder en 1970. (Nota de la Redacción). |
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