LITERATURA ÁRABE CLÁSICA (II)[1]:
El periodo ‘abbasí


Redacción Alif Nûn


Introducción

Entre los años 750 y 1258, la dinastía ‘abbasí se mantuvo al frente del Califato. Su imperio trasladó la capital desde Damasco a Bagdad, ciudad fundada en el siglo VIII, y se caracterizó por su administración basada en menor medida en las alianzas étnicas árabes y con una vocación mucho más universalista. A diferencia del periodo Omeya, el elemento árabe dejó de ser el dominante y otros pueblos islamizados, en especial el persa, pasaron a ejercer una influencia decisiva tanto en el terreno político –muchos secretarios y ministros fueron persas y de otras nacionalidades– como en el cultural, a través del desarrollo de una nueva literatura, sobre todo la poesía, escrita en lengua árabe[2].

Califato Abbasi

A partir del califa al-Ma’amûn (813-833), científicos y artistas versados en todas las disciplinas, y entre ellos los literatos y poetas, abandonaron sus ciudades natales y se dirigieron a Bagdad, donde fueron amparados bajo la protección y el mecenazgo de los califas  y de las clases acomodadas al servicio de la corte, creándose de este modo el entorno idóneo para el gran florecimiento cultural que experimentó el mundo islámico en los siglos siguientes.

El primer periodo ‘abbasí, que transcurre desde el año 750 hasta finales del siglo IX, se caracterizó por un importante auge intelectual y un original desarrollo cultural favorecidos por una estabilidad política que permitió el nacimiento de una sociedad plural abierta a las civilizaciones recién incorporadas al imperio, a las que integra, mediante el uso del idioma árabe y de la religión islámica, pero a la vez respeta en sus particularidades culturales. Esta capacidad de asimilación permitió el nacimiento de una nueva literatura abierta a la influencia cultural de algunos pueblos no árabes, la cual terminó por imponer definitivamente los valores, la estética, las inquietudes y los intereses sociales propios de la nueva sociedad urbana nacida ya durante el periodo Omeya, frente al sentir beduino de las antiguas generaciones.

Sin embargo, desde finales del siglo IX y hasta 1258, fecha de la caída del imperio ‘abbasí provocada por la toma de Bagdad a manos de los ejércitos mongoles, la literatura árabe oriental, y en general todas las manifestaciones culturales, entran en un periodo de anquilosamiento caracterizado por una recreación permanente de los antiguos esquemas formales y por una cierta actitud reflexiva e incluso circunspecta, fruto de la descomposición del poder ‘abbasí y de la decadencia del Califato.


La poesía de los “modernos” (muhdazûn)

La poesía de los “modernos” (muhdazûn) continúa la línea ya iniciada por los poetas urbanos del periodo Omeya[3], recreando el ambiente y el entorno de la nueva sociedad árabe sedentaria, culta y próspera. En esta nueva sociedad el poeta no sólo desempeña su tradicional papel social e incluso político, sino que cada vez irá dando una mayor importancia al aspecto literario y estético de sus obras, para lo cual romperá con el estilo “barroco” y en muchas ocasiones afectado de la poesía árabe anterior mediante la composición de poemas breves con un lenguaje exento de arcaísmos. El esquema tradicional de la casida también se verá afectado y tendrá lugar en nacimiento de nuevos géneros independientes, con una temática mucho más amplia, como el amoroso (gazal)[4], el báquico (jamriyyat), el descriptivo (wasfiyyat) o el ascético (zuhdiyyat), e incluso algunos subgéneros como el floral (nawriyyat) o el cinegético (tardiyyat).

El primer poeta modernista es el persa Bassar ibn Burd. En él concurren todas las características de la nueva poesía: lenguaje sencillo y realista, recurso frecuente al diálogo y un novedoso enfoque de los temas tratados. Ciego de nacimiento, su obra muestra un profundo escepticismo, tal vez debido a su minusvalía física. Trabajó a las órdenes de la dinastía Omeya y más tarde de la ‘abbasí, aunque también se prodigó en la poesía  amorosa, mucha de la cual fue dedicada a su amada ‘Abda en el mismo tono susceptible y atormentado que caracterizó toda su obra. Acusado de ser un hereje (zindiq) maniqueo[5], de frecuentar a los pobres y a los marginados y de simpatizar con el “nacionalismo anti-árabe” (shu’ubiyya)[6], murió flagelado en el año 784. A él se remonta el empleo de una nueva retórica (badi’) basada en la redundancia sonora y en el uso de novedosas e insólitas imágenes:

La noche.-
Ya sin ellos,
cuando la noche se me hace eterna,
me pregunto si a la noche sucederá el día.
Mis ojos, como si mis párpados les quedasen pequeños,
ya no se cierran.
Su corazón parece una pelota brincando en vano
sin conseguir unirlos.


De oídas.-
Gentes, mi oído se ha enamorado
pues el oído se enamora, a veces, antes que el ojo.
Me dicen: “¿deliras por alguien a quien no viste?”
Y les digo:
“el oído, como el ojo, se prenda antes que el corazón”.

  El segundo de los poetas modernistas, y quizá el más importante, es Abu Nuwas (m. 825). Fue un enamorado de los placeres de la vida urbana, a los que dedicó parte de sus poemas y, haciendo honor a su calificativo de poeta “moderno”, fue un firme partidario de la desacralización de los valores religiosos y tradicionales, lo cual demostró a lo largo de su obra:

A la pregunta: “¿quieres peregrinar a La Meca?”
respondí: “sí, cuando se agoten los placeres de Bagdad”.
Si no salgo de casa de la alcahueta o el vinatero ¿cómo voy a peregrinar?

Sus aportaciones a la poesía árabe fueron inmensas, pues, gracias a sus cualidades literarias, géneros como el cinegético (tardiyyat), el báquico (jamriyyat):

Entre las gentes no tengo igual.Abu Nuwas
Mi agua es el vino, mi aperitivo los besos.
Mi lecho son los traseros
desde que me levanto hasta que me acuesto.


Deja ya los reproches,
que el reproche no hace sino tentar
y sáname con el vino
que es quien provoca el mal.


O, en su última etapa, el ascético (zuhdiyyat):

Hasta ti llega la poesía de un muerto
en palabras de un vivo
entre la vida y la muerte suspendido.
Las desgracias han debilitado su cuerpo
hasta hacerlo casi invisible.
Ni rastro de lo que fui
hallarías en mi semblante
si me observaras.
Pero el parpadeo de tus ojos
curaría al extenuado por la enfermedad.

Alcanzaron por derecho propio categoría literaria y con el tiempo llegaron a convertirse en clásicos de la literatura árabe.

De madre persa, perfeccionó su conocimiento del idioma árabe con estancias en el desierto con los beduinos[7]. Debido a su talento, pronto entró al servicio del Califa Harun al-Rashid (786-809), al que pronto le unió una gran amistad, hasta el punto de convertirse en preceptor del príncipe al-Amin, hijo del califa. A pesar de este hecho, tradicionalmente ha sido considerado como un simpatizante del “nacionalismo anti-árabe” (shu’ubiyya) aunque, a la luz de los últimos estudios, más bien habría que situar su animadversión en un terreno estrictamente literario, lo que le condujo a criticar y burlarse agriamente de las formas poéticas tradicionales entre los árabes, como la casida, por considerarlas repetitivas y estereotipadas, denunciando el convencionalismo y la falta de talento de aquellos poetas que escriben como los antiguos:

Un desgraciado hizo alto para interrogar,
lamentándose, a los vestigios,
y yo hice un alto para preguntar por la taberna del lugar [...]
Los beduinos no son nadie ante Dios.
Que no se sequen las lágrimas de quien llore por una piedra
ni halle serenidad el corazón de quien se inclina por una estaca.
¡Qué diferencia  entre quien describe en la taberna las excelencias del vino
y aquél que llora por una zanja y una camella! [...]

Su aparición como bufón de Harun al-Rashid en “Las mil y una noches”, que recoge algunos de sus poemas amorosos, lo han rodeado de una aureola legendaria, sin duda alimentada también por su falta de pudor a la hora de manifestar su orientación sexual[8]:

[...] Deja esas cosas inexistentes y bebe vino añejo azafranado,
de ése que separa al cuerpo del espíritu,
escanciado por la mano de un joven fino de talle,
derecho como la rama de sauce que la fatiga no curva [...]


Aquélla a quien amo me envío un mensajero
que suscitó mi amor.
“Bienvenido seas, enviado amado, engalanado de perfume”.
Lo cortejé con palabras, pero de mí se apartó diciendo:
“Me estás tentando.
Uno como tú no puede amar a uno como yo
cuando perdidamente lo ama una rubia grácil”.
Cumplida su misión, acudí a la cita con el corazón espantado.
“Ahora sale a relucir lo que de ti me asombra y desconozco.
Falso embaucador que en cuaderno llevas la cuenta de unos y otros.
Pierde las cabras quien las confía al lobo.”

Contemporáneo y admirador de Abu Nuwas fue Abu-l-‘Atahiyya (748-825), uno de los pocos poetas modernistas de pura ascendencia árabe. De formación autodidacta, tuvo que ganarse la vida como alfarero a causa de sus orígenes humildes que no le dieron la oportunidad de recibir una sólida formación académica. Esta circunstancia se refleja en toda su obra, donde manifiesta un cierto sentimiento de inferioridad y una fuerte animadversión contra las clases acaudaladas:

Acumulan riquezas sin poder llevarlas a la tumba.
Más provechoso es cuanto hicieron que cuanto dejan.

Su poesía alcanzó una gran difusión popular debido a su lenguaje sencillo y espontáneo, cercano al habla de las clases humildes de donde él provenía, lo que le hizo incurrir a menudo en el uso del encabalgamiento (tadmin)[9]. Fue el máximo representante del género ascético (zuhdiyyat), con una poesía que gira en torno a la caducidad de la vida y su inevitable final:

Ni por un instante estás a salvo de la muerte
aunque te escondas tras puertas y centinelas.
El blanco de las flechas de la muerte somos,
tras nuestra coraza, cada uno de nosotros.
Esperas la salvación pero sus caminos no tomaste.
No discurre el navío en lecho seco.


Engendrad para la muerte. Construid para la destrucción.
Todos pasareis.
Muerte, de ti no hallo escapatoria.
Cuando llegas eres imparcial.
Asaltas a mi vejez
como la vejez asalta a la juventud.

Incluso la clase gobernante se atrevió a adentrarse en el terreno literario, de modo que personajes como el príncipe ‘abbasí Ibn al- Mu’tazz llegó a ser considerado como uno de los grandes representantes de la poesía modernista. Murió estrangulado por sus opositores políticos tras ascender al poder en el año 908 y ejercer como Califa por un solo día. No sólo es considerado como un gran poeta que sobresalió en el género descriptivo (wasfiyyat) sino que fue un reconocido estudioso de la poesía de su tiempo, como lo demuestra su obra titulada “Libro de la retórica” (Kitab al-badi’) en la que se analizan la génesis, evolución y clasificación de las distintas figuras retóricas empleadas en la poesía. Veamos ahora una muestra de su obra:

A la par.-
Ojalá supiera quien te apartó de mí.
Sin duda, seducido, ignora
que será mi igual en la alegría
para entrar mañana, como yo, en las cuitas.


Sólo los envidiosos me denigran
y ésta es una de las mejores deshoras
pues envidiosos y éxito van a la par.
Si el uno se va, se van los otros.
Si posees la gloria, pierdes el apoyo de los parientes
y si nadie te envidia, nadie te solicita.



La reacción neoclásica

El siglo IX verá una recuperación de los valores poéticos clásicos frente a los modernos valores de la nueva literatura urbana que se habían impuesto desde el siglo VIII. No obstante, este nuevo florecimiento clásico no verá su consolidación definitiva hasta bien iniciado el siglo X. Dos son los autores que encabezarán esta primera reacción neoclásica: Abu Tammam (m. 845) y al-Buhturi (m. 897).

El primero de ellos, Abu Tammam, trabajó a las órdenes de los califas ‘abbasíes como poeta de la corte, alcanzando su máxima gloria bajo el gobierno de al-Mu’tasim (833-842). A pesar de esta circunstancia, sus orígenes fueron humildes, pues era hijo de un tabernero cristiano de Damasco. Por esta razón ideó una falsa genealogía para ocultar sus orígenes y vistió siempre a la antigua usanza beduina como un modo de reafirmar su falso linaje y como símbolo de la recuperación de los valores tradicionales de los nómadas del desierto frente al aburguesamiento de la sociedad urbana, una constante que acompañó a toda su obra y, en general, a toda la producción literaria de los poetas árabes neoclásicos. 

Por lo general se reconoce la originalidad y la innovación de su producción literaria, a pesar de su deseo de regresar a las formas poéticas de antaño. Este hecho no le impide prescindir en sus poemas, contrariamente a la norma clásica, del prólogo amoroso, o introducir nuevas figuras estilísticas como el juego de contrarios; todo lo cual llevó a una parte de la crítica a acusarlo de “oscurantismo” (gumud) y de emplear expresiones crípticas en sus poesías:

Antítesis.-
Una lluvia diluye el horizonte despejado
dejando tras ella una claridad
Que casi se echa a llover de tan bella.

No obstante, su lenguaje innovador ha sido reivindicado por algunos poetas árabes actuales, como es el caso de Adonis[10]. Un lenguaje que empleó incluso en los numerosos poemas donde recoge importantes acontecimientos históricos de su época[11], como la batalla de Amorium, una famosa casida que describe de manera grandilocuente la victoria de los ejércitos árabes sobre los bizantinos en el año 838:

[...] ¡Oh, victoria de victorias!, tan grandiosa
que no pueden contenerla los versos de un poema
ni de un discurso la prosa.
Victoria por la que se abrieron las puertas del cielo, una tras otra
y por la que la tierra estrenó nuevas galas.
¡Oh, día de Amorium!, colmaste nuestras esperanzas
con una respuesta
más dulce que la leche melosa [...]

También es autor de una célebre antología titulada Hamasa (bravura), que representa una de las principales fuentes de estudio de la poesía árabe preislámica.

Discípulo de Abu Tamman fue al-Buhturi, poeta cortesano bajo el califato de al-Mutawakkil (847-861). Al igual que su maestro, se prodigó en el género histórico, aunque también destaca por sus descripciones de la naturaleza –el llamado género floral (nawriyyat)– e incluso de las construcciones arquitectónicas, géneros éstos que fueron muy raramente cultivados por los poetas árabes orientales, pero  que experimentaron una extraordinaria aceptación dentro de la poesía árabe occidental, especialmente en el mundo andalusí de los siglos XI y XII[12].

  Veamos un ejemplo de su obra:

Alberca de los jardines de Samarra[13].-
Es blanca plata derretida al fundirse los lingotes,
pero cuando el viento sopla sobre ella
se convierte en loriga[14] bruñida;
cuando la cubre el sol, ríe,
cuando llueve, llora;
cuando las estrellas se miran en ella,
se convierte en firmamento donde ellas están colocadas.

Otro de los grandes discípulos de Abu Tammam, muy estimado por éste, fue ‘Abd as-Salam ibn Raghan (777-849), más conocidoSamarra como Dik al-Yinn, sobrenombre que significa  “el gallo del diablo” y que le fue adjudicado por asesinar a su amada y luego componer un poema de autoinculpación, aunque sin visos de arrepentimiento:

Ojalá no hubiera ganado tu afecto
ni hubiese llegado a la unión contigo,
porque lo único que conseguí fue el oprobio.
El ignorante, en su ignorancia,
me reprocha no haber sido indulgente,
sin saber que indulgente fui mientras ignoraba.
¿Por qué sólo yo amé y maté?
Seré desgraciado el resto de mi vida y te lloraré
por lo que hiciste, no por lo que hice.

Nació en Hims (Siria), en el seno de la comunidad musulmana chií, y toda su vida transcurrió en aquel país. Buena prueba de su filiación religiosa son sus elegías compuestas en honor del imam Husain, nieto del Profeta Muhammad y personaje muy venerado por el chiísmo[15]. No obstante, la composición de poemas de temática religiosa no le impidió escribir poemas eróticos, tan al gusto de su tiempo, así como panegíricos y epigramas, todos ellos caracterizados por el empleo de palabras y expresiones complejas, así como por el reiterado uso de figuras estilísticas de redundancia sonora.

También algunas mujeres tuvieron su lugar destacado como poetisas. Tal es el caso de Mahbuba, esclava cantora del Califa al-Mutawakkil (847-861). Nacida en Basora (Irak) y de pura estirpe árabe, las crónicas la describen como una bellísima  y elocuente mujer que supo ganarse la confianza del Califa y le demostró su fidelidad hasta el final de sus días, tal y como muestra este poema suyo:

Como apreciar la vida si Yafar[16] no está.
Rey a quien estos ojos vieron derribado y asesinado.
Todos han superado su dolor y su tristeza excepto Mahbuba
quien, de comprarse la muerte, cara la compraría por verse
sepultada.

Su amor hacía el Califa fue tan celebrado que incluso aparece reflejado en “las Mil y una noches”: “Cuando murió al-Mutawakkil se consolaron de su muerte todas las esclavas menos Mahbuba....cuando murió éste, Mahbuba le lloró hasta su fin y fue sepultada a su lado. ¡Dios tenga misericordia de ambos!”[17].    

El último de los grandes poetas en lengua árabe de este periodo es Ibn al-Rumi. De padre persa y madre bizantina, defendió el Islam chií y se mostró contrario a la dinastía ‘abbasí. Se sitúa, por lo tanto, al margen del poder establecido y critica agriamente a los poetas cortesanos aduladores de los califas:

Cuando un hombre loa a otro por dinero;
al insistir lo desacredita.
No habría alargado la cuerda del cubo
de no haber juzgado lejana el agua del pozo.

Algunos críticos lo consideran el poeta de mayor inventiva, destacando en la descripción de las debilidades y los defectos humanos, así como en la poesía satírica, no exenta de un cierto sarcasmo y sentido del humor:

Sin ser inmortal ni eterno
hasta consigo mismo es tacaño Isa.
De puro tacaño, si pudiera, por un solo orificio respiraría.

NOTAS.-

[1]Segunda parte del artículo Literatura árabe clásica: La época de Muhammad, los primeros Califas y el periodo Omeya aparecido en el nº 40 de la revista “Alif Nûn”, julio de 2006. Las traducciones de todas las poesías que aparecen en el artículo están extraídas de Josefina Veglison Elías de Molins, La poesía árabe clásica, Ediciones Hiperión, Madrid, 1997.

[2]
El árabe llegó a convertirse en una auténtica lengua franca empleada como idioma de comunicación y de cultura en todo el mundo musulmán. De este modo, y a pesar de que el idioma materno del pueblo persa es el farsi, muchos autores persas escribieron multitud de obras que han llegado a ser consideradas como verdaderos clásicos de la literatura escrita en árabe.

[3]
Véase Redacción Alif Nûn, Literatura árabe clásica: La época de Muhammad, los primeros Califas y el periodo Omeya, en revista “Alif Nûn” nº 40, julio de 2006.

[4]
Aunque el género amoroso (gazal) vio la luz durante el periodo Omeya, es durante el ‘abbasí cuando se consolida definitivamente, dando lugar a algunos subgéneros como el dedicado al amor hacia los mancebos o adolescentes (gulamiyyat), o incluso el amor obsceno (muyun).

[5]
El maniqueísmo es la religión  tradicional mayoritariamente practicada en Persia antes de la llegada de los musulmanes.

[6]Aunque en su mayoría islamizados y parcialmente arabizados, muchos pueblos no árabes –en especial los persas– fueron muy sensibles a la dominación política de los árabes y lideraron un movimiento de reivindicación de su propia cultura y de sus costumbres.

[7]
Los lingüistas árabes antiguos estaban de acuerdo en elogiar la pureza lingüística de los beduinos y en despreciar y condenar los “errores” lingüísticos de los hablantes urbanos. Para más información, véase Redacción Alif Nûn, Dialectología árabe, Revista “Alif Nûn” nº 27, mayo de 2005.

[8]
Abu Nuwas significa “el que lleva mechones colgantes sobre la frente” y, con el tiempo, la expresión nuwasi, sobrenombre que adoptó para sí mismo el propio autor en algunos de sus poemas, pasó a ser sinónimo de “homosexual” en la lengua árabe popular.

[9]
El encabalgamiento consiste en dejar pendiente de completar, al final de un verso o hemistiquio, una palabra o una frase que habitualmente tendrían unidad fonética y sintáctica. Por ejemplo: “Y mientras miserable / mente se están los otros abrasando” o “¿Quién me dijera, cuando en las pasadas / horas en tanto bien por vos me vía.”

[10]
Alí Ahmad Said Esber, Adonis (Qasabin, Siria, 1930) es poeta, crítico y antólogo de la poesía árabe tradicional. Entre sus obras se encuentran algunas de las más significativas de la poesía árabe contemporánea, como Canciones de Mihyar el de Damasco (1961), el Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y la noche (1965) o Epitafio para Nueva York (1971). 

[11]
Este afán historicista hizo escribir a as-Suli (m.948) lo siguiente: “Dios no ha hecho a Abu Tammam un poeta: su producción está más cercana al arte de la oratoria y de la prosa que al de la poesía.”

[12]
Para más información, véase Redacción Alif Nûn, Lengua y literatura árabe de al-Andalus (III), revista “Alif Nûn” nº 35, febrero de 2006.

[13]
Ciudad situada junto al río Tigris, unos cien kilómetros al noroeste de Bagdad. Fue fundada en el año 835 y desde esa fecha hasta el 892 fue la capital del Califato ‘abbasí . Su Gran Mezquita, que data del año 856 y que en la actualidad se encuentra parcialmente en ruinas como consecuencia de un ataque terrorista, llegó a ser la mayor del mundo.

[14]Armadura hecha de láminas pequeñas e imbricadas, a modo de escamas, por lo común fabricadas de acero.

[15]
El imam Husein, tercero de los doce imames según la perspectiva del Islam chií, murió asesinado en la ciudad de Karbala (Irak) en 680 a manos del Yazid, el gobernador Omeya de la región. Desde entonces, los musulmanes chiítas celebran este acontecimiento conmemorando su martirio durante la festividad de Ashura.

[16]
Yafar fue el nombre propio del Califa al-Mutawakkil.

[17]
Véase Las mil y una noches, Editorial Destino, Barcelona, 2002.


 
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