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Si hay algo que caracteriza de una forma radical al Islam es su obsesión absoluta con el tema de la unidad de Allâh. “Allâh es Uno” es una afirmación radical dentro del Islam y constituye su fundamento y su base, de modo que el Islam se configura a sí mismo como una senda para la comprensión del significado de esta afirmación. Esa senda para la comprensión de lo que significa la Unidad de lo esencial, de al-Haqq, de la Verdad, es el llamado tauhîd. El tauhîd, por lo tanto, es la acción que realiza el ser humano para conocer lo que significa que Allâh es Uno, porque esta afirmación no se ofrece como un dato, sino como el resultado de un proceso a través del cual el hombre, al reunificarse a sí mismo, va comprendiendo lo que significa la unidad de Allâh. Los sufíes siempre han dicho que el uno no es simplemente un número y que, con la afirmación de que Allâh es Uno no nos estamos refiriendo exclusivamente a un aspecto cuantitativo, sino a algo que está mucho más allá de eso, y que hace referencia al aspecto cualitativo de lo esencial, de al-Haqq, de la Verdad. No se trata, por lo tanto, de aceptar esa afirmación sin más, sino de realizar todo aquello que sea necesario para comprender realmente qué es lo que significa. A través de las enseñanzas de los sufíes descubrimos que esa afirmación de que Allâh es Uno es mucho más radical de lo que pueda intuirse. Para un musulmán normal, afirmar que Allâh es Uno tiene un sentido y un efecto inmediatos que consiste en la negación de cualquier forma idolátrica, el rechazo a los dioses y el rechazo a cualquier cosa que el hombre adopte como objeto de su adoración. Simplemente, no hay nada que adorar en esta existencia y, por lo tanto, el hombre es libre ante su Señor Uno, al cual debe descubrir. En la práctica, eso hace que el mundo musulmán sea bastante anárquico porque es una comunidad acéfala, sin cabeza. No hay Papa y no hay una “institucionalización de la trascendencia”, sino que cada musulmán es protagonista de su propia búsqueda de aquello a lo que llamamos Allâh, y que resulta ser lo que encontrará al final de un proceso que llamamos tauhîd, el camino de la Unificación. Unificándose, reuniéndose consigo mismo, reduciéndose a su propia unidad, descubre frente a él a Allâh. Del mismo modo que el ser humano ha sido creado para manifestar a Allâh, en su búsqueda de Allâh el ser humano se descubre a sí mismo. Dice Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría
en su “Libro de la sabiduría” (Kitab al hikam)[2] : “Signo de Su poder reductor (del poder reductor de Allâh) es el que te haya cegado ante Él desviando tu mirada hacia lo que no existe. ¿Cómo podría imaginarse que Lo ocultara algo cuando Él es el que muestra las cosas? ¿Cómo podría imaginarse que Lo ocultara algo cuando Él es el que Se muestra a través de cada cosa? ¿Cómo podría imaginarse que Lo ocultara algo cuando Él es el que Se muestra en cada cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara cuando Él es el que Se muestra a toda cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara cuando Él es evidente antes de la existencia de cualquier cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara cuando Él es más evidente que cualquier cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara siendo Él el Uno junto al que no hay ninguna cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara cuando Él está más cerca de ti que toda cosa? ¿Cómo podría imaginarse que algo Lo ocultara cuando, si no fuera por Él, nada aparecería? ¿Cómo aparecería la existencia en la nada, o cómo se afirmaría lo efímero junto a lo caracterizado por lo eterno?” Estas sentencias insisten continuamente en que nada oculta a Allâh. Para los sufíes, Allâh es más que evidente, pues es lo único que el ser humano puede ver. Sin embargo, la fuerza reductora de Allâh es precisamente la que nos impide verlo. Dice Ibn ‘Ayîba, el comentarista de estas sentencias, que al-Qahhâr es uno de los nombres de Allâh, y significa “reductor”, “vencedor”, “invencible”. Esto quiere decir que Él nos vence en todo momento, pero ¿cómo se manifiesta esta característica Suya?: Él es invisible al mostrarse y se muestra en la invisibilidad. Pero el gran signo de su poder reductor y, a la vez, la gran paradoja, es que El está oculto tras un velo que no existe. Y así se ha dicho: Él está cerca sin proximidad, está lejos en Su cercanía, y está próximo cuando más se distancia. No se deja ver por las criaturas cuando en todo momento se está mostrando a ellas, pero lo ven en el mundo invisible. ¿Por qué se dice que a El Lo vela una cortina que no existe? Esa cortina es el wahm, la ilusión; y la ilusión es algo que carece de realidad. Lo que impide verlo es Su misma presencia reductora. Esto nos distancia enormemente de lo que podemos entender como Dios. Dios, ya lo hemos dicho muchas veces, es un concepto que lo manejamos y lo podemos manipular fácilmente, como de hecho se ha manipulado. Sin embargo, Allâh es absolutamente esencial, y los musulmanes lo dejamos en esa esencialidad; y lo único que pretendemos es descubrirlo. Mientras que la criatura humana tiende a someter a su racionalidad aquello a lo que denominamos Allâh, el musulmán pretende simplemente retirar ese velo que Lo oculta, y que sin embargo no es nada. Como decía un famoso sufí: “Llegué a las puertas de Allâh y pregunté: ¿dónde está la llave? Y me respondieron: no hay llave, ésa es la llave”. Lo esencial de todo el proceso del tauhîd es descubrir que todo cuanto existe vela a Allâh y, a la vez, no lo vela; tan solo Lo cubre mientras fijemos nuestra visión exclusivamente en ese mundo formal. Si por un instante fuéramos capaces de atravesar esa cortina, lo que descubriríamos es que la cortina no existe, es decir, que no hay llave. Simplemente Allâh está absolutamente inalterable en Su realidad esencial, sosteniéndolo todo, sin tocarlo, sin rozarlo, inmediatamente cercano, terriblemente remoto. Esto es lo que nos enseñan básicamente estas sentencias del shaij Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría, que nos vuelve a repetir constantemente que no podría ser lógico que algo creado en el tiempo y en el espacio pudiera ocultar a la Verdad. No la oculta; es el hombre el que tiene una perspectiva determinada por la que, al fijarse en lo formal, no se permite a sí mismo volcarse hacia ese universo interior donde Allâh sí es evidente. Para un musulmán, Allâh no es más que la suma de una serie de contradicciones: Lejano en la cercanía y cercano en la lejanía, visible en lo invisible e invisible en lo visible...Esta perspectiva nos aleja enormemente del concepto de un dios-ser en cierta manera distanciado de la realidad, pues Allâh no es un alter ego, sino que es la Verdad que todo lo abarca; y en todo aquello que es verdadero está Allâh, pero con una presencia que no hace del Islam una doctrina panteísta ni encarnacionista, ni hace del Islam ningún tipo de “teísmo”, de modo que no existe ese Dios al cual hemos idealizado y cuya existencia es una cuestión de fe. No se trata de eso en el Islam, sino de seguir todo un proceso que, a la vez que te va transformando, va cambiando tu percepción de Allâh. Efectivamente, nos dice el shaij Ibn ‘Ayîba cuando comenta estas sentencias, que mientras tú existas Allâh es una teoría, y cuando Allâh existe tú eres la teoría. Cuando llegamos a distinguir la realidad de lo ilusorio resulta que lo real es Allâh y lo ilusorio –es decir, lo pasajero, lo efímero, lo accidental, lo que no puede ser afirmado en ningún momento porque carece de realidad– es una simple adherencia que hemos transformado en muestro dios en el momento en que le dimos una consistencia de la que carece. Allâh es, por lo tanto, un abismo y un desafío que, si lo afrontamos, nos permitirá ir aprendiendo cosas sobre aquello que subyace en esa realidad que no es otra cosa que Allâh. Cuando hablamos de Allâh no nos enfrentamos con un concepto. Para conocer a Allâh es necesaria esa transformación previa que nos permita ir imbuyéndonos de los significados últimos de esa Unidad absoluta y radical de lo Real (al-Haqq), es decir, el tauhîd. En el Islam, tenemos que asumir esa indefinición de Allâh como único paso posible si realmente queremos acercarnos al tauhîd. En una invitación que hace a todas las Gentes del Libro –a los cristianos, a los judíos y a todas las comunidades del mundo– el Corán nos enseña: “Venid, acudid a lo que es esencial: que Allâh es Uno; y dejad todo lo demás.” Todo lo demás se convierte en aquello que el ser humano ha ido teorizando en torno a la divinidad y que ha ido personalizando, antropomorfizando, idealizando o abstrayendo. Sin embargo, Allâh es esa permanente tensión a la que es sometido el musulmán para que sea capaz de ir descubriendo cosas, y el Corán, en su lenguaje, no es otra cosa más que una continua invitación a sumergirse en ese océano del tauhîd, en ese océano de la Unidad que constituye la esencia del Islam. Por lo tanto, como ya lo hemos dicho, el Islam se configura como senda hacia un conocimiento de lo universal, de lo Uno y de lo múltiple, para que realmente seamos capaces de vivir cada realidad en el ámbito que le corresponde: estar en el mundo de lo inmediato y estar en el âjira, en el universo de Allâh, en el universo de la Unidad, en el universo mágico de ese tauhîd que es lo que impregna a toda la creación. Si somos capaces de dar ese paso realmente habremos rasgado ese velo que no es más que una ilusión y que, según dice el shaij al-‘Alawî[3], no es otra cosa que nuestra propia ceguera e incapacidad para penetrar la materialidad de las cosas y que nos impide llegar a lo esencial. Pero, ¿qué es lo esencial? Es algo tremendamente sencillo porque está reducido a la Unidad, es el Uno. No hay nada más sencillo, menos compuesto y menos complicado que eso a lo que llamamos Allâh, el ser verdadero y el generador de todas las cosas que se manifiesta de diez mil maneras, y se expresa y se revela continuamente. Descubrir la revelación de Allâh en cada criatura es la misión del sufí. El sufí no llega a la plenitud cuando conoce a Allâh como Uno sino cuando vuelve de esa experiencia a su universo formal y a su vida cotidiana, y es capaz de descubrir la revelación de ese Uno –al que ha llegado tras un proceso muy duro– en cada realidad concreta y cotidiana. Es entonces cuando se dice que ha alcanzado la ma‘rifa, ese conocimiento superior al que ya nos hemos referido en otras ocasiones. “Nada oculta a Allâh” es una frase tremendamente impactante que nos pone en tensión porque realmente ninguno de nosotros vemos a Allâh. ¿Cómo es entonces que nada Lo oculta? Se nos está diciendo que en cada momento no hacemos otra cosa más que ver a Allâh; porque si Allâh es lo real, sólo sobre lo real puede recaer tu mirada. Si no podemos ver ninguna cosa que sea falsa o que no exista, entonces no dejamos de ver a Allâh en ningún momento, pero entonces ¿cómo es que no Lo veo? La respuesta es que estamos ciegos o, mejor dicho, estamos viendo fantasmas, wahm, ilusión, la cual es necesaria para no perder la cordura. No se trata de romper con esa cordura porque evidentemente, como dicen los sufíes, Allâh es el Reductor (al-Qahhâr); y nos ha reducido a esa ceguera por alguna razón. Si Él se manifestara con toda su fuerza no permitiría la existencia de nada. Si Allâh se mostrara en toda Su plenitud, entonces toda la creación desaparecería y quedaríamos aniquilados en Él, porque junto a El no puede existir ninguna otra cosa. Él nos permite la pequeña ilusión de nuestra propia autonomía con la que nos identificamos a nosotros mismos y a los distintos seres individuales que nos rodean. Eso es querido por Allâh y, por lo tanto, es bueno. Ahora bien, para llegar realmente al conocimiento y a la vivencia de Allâh es necesario trascender nuestra propia cotidianidad e individualidad. Allâh nos ha hecho emerger para que nos distingamos unos de otros y, para ello, Él se ha “relegado”. El sufí busca invertir ese orden: se retrotrae, llega a su propio corazón y, según otra sentencia de Ibn ‘Atâ’-Allâh de Alejandría, “se oculta en las tierras de la oscuridad” para permitir emerger a Allâh. Y ése es el momento de su sabiduría, de su ma‘rifa, de su conocimiento superior que lo transforma por completo. Sin embargo, no se queda en ese éxtasis, en esa experiencia cumbre, en ese fanâ’ que lo ha reducido y que ha aniquilado su existencia, sino que regresa al mundo de la cotidianidad, aunque aparece completamente transformado y convertido en eso a lo que llamamos el hombre perfecto (al-insân al-kâmil), el hombre absoluto; es decir, el hombre que ha tenido la experiencia de lo Uno, que ha llegado a reunificar su universo y el universo de Allâh. No obstante, no se trata de divinizar al ser humano sino de todo lo contrario, es decir, de realizarse plenamente como ser humano, a través de una experiencia que, como bien saben los sufíes, está al alcance de todos, en la medida en que todos nosotros somos seres humanos. Simplemente se trata de beber directamente de la fuente original de todo, arrancando ese velo que nos ciega, y que está formado por el aspecto más externo (dunia) de los seres y los objetos que nos rodean. Para ello, el hombre debe borrar sus límites, debe transgredir los muros que ha construido en torno a él mismo, y así acabar con la ilusión que ha tejido alrededor de él; debe abandonar su aislamiento absoluto y debe emerger a la unicidad de Allâh, que es el océano del tauhîd, como dirán los grandes maestros. Los sufíes explican nuestra existencia de un modo muy hermoso. Nos dicen que Allâh es sabio, pero si no existiera la creación El no tendría nada que saber. Allâh es poderoso, pero si no tuviera nada sobre lo que ejercer Su poder, no tendría ningún sentido. Allâh es perdonador; pero si nadie cometiera una falta y no tuviera a quien perdonar, sería absurdo. Es decir, nosotros existimos, el universo existe, para manifestar eso que en el pensamiento islámico se llama los nombres de Allâh. Hay un dicho profético (hadiz) que afirma: “Yo –está hablando Allâh– era un tesoro oculto y creé la creación para conocerme.” De este modo, Allâh se ve a sí mismo en lo creado; es decir, ve Su poder, ve Su sabiduría, ve Su indulgencia, etc...Porque en realidad todo lo que existe no es más que un compendio de los nombres de Allâh. El shaij Sîdî Ahmad al-‘Alawî nos ofrece una imagen en la cual compara a la creación y a Allâh con una esterilla hecha de esparto. Allâh sería el esparto y la esterilla sería el mundo. Nos dice que la esterilla no es más que un nombre, pues si eliminamos el esparto no queda nada. Asimismo, el universo no es más que una palabra, un nombre, que se compone de las infinitas combinaciones de los nombres de Allâh. Ibn al-‘Arabî, en sus “Revelaciones de La Meca” (Futûhât al-makkiyya) , su obra máxima, empieza diciendo en la introducción: “‘Abd ar-Rahmân no es ‘Abd ar-Rahîm, ‘Abd ar-Rahîm no es ‘Abd-Allâh, ‘Abd-Allâh no es ‘Abd ar-Razzâq...” Es decir, cada ser humano es distinto uno de otro, dependiendo del nombre o la serie de nombres de Allâh que traduce, y que pueden variar a lo largo de su vida. Cada uno de nosotros manifestamos algún nombre de Allâh. Allâh se conoce en ti y Allâh se busca en ti para comprenderse y para conocerse. Esta es la estrecha relación que existe entre Allâh y tú, y que hace de Allâh algo más cercano a ti que tú mismo, porque tú no existes realmente. Tu entidad, aquello que constituye tu esencia, es Allâh. Eso no quiere decir que tú seas Allâh: la esterilla no es el esparto, pero la esterilla no existiría sin el esparto, pues éste es la esencia y la materia prima de aquélla. Para conocerte realmente, lo que tú debes conocer es el nombre divino que te sostiene. NOTAS.- [1]Extracto y adaptación de la charla pronunciada en Sevilla por Abderrahmán Mohamed Maanán el 11 de julio de 1997. Abderrahmán Mohamed Maanán nació en Melilla y es Doctor en Filosofía por la Universidad de Sevilla. Es autor de varias obras, entre las que destaca un tafsir (comentario) de una parte del Sagrado Corán, publicado en varios volúmenes. Ha traducido diversas obras del árabe, entre las que destaca Los engarces de la sabiduría, de Ibn al-‘Arabi, publicado por Ediciones Hiperión. [2]Para más información, véase Ibn Ata’illah, El libro de la sabiduría, Editorial Sufí, Madrid, 2.001. [3]Ahmed Al ‘Alawi fue un famoso sufí que nació y vivió en Argelia durante la primera mitad del siglo XX. Fue el fundador de la orden sufí Alawiyya. Para más información, véase Martín Lings, Un santo sufí del siglo XX, Jose J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2.001. |
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