PALESTINA, TIERRA DE LOS MENSAJES DIVINOS
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- Roger Garaudy -

¿Qué es Palestina?

Según la definición de la Encyclopoedia Británica, en la cual abunda también la Encyclopoedia Universalis, Palestina es el territorio puesto bajo Mandato británico desde 1923 a 1948. Medida histórica de un cuarto de siglo para una de las civilizaciones más antiguas de la historia, y fronteras que indican tan solo la relación de fuerza entre las potencias coloniales establecida por la Sociedad de Naciones después de la primera guerra mundial.

Por extraño que pudiera parecer no cabía otra definición geográfica para Palestina que la que el colonialismo le había dado, tal como se indica más arriba.

No podía ser de otra manera, puesto que los colonialistas habían repartido una “umma” árabe-islámica en función de sus relaciones de fuerza (igual que lo hicieron con respecto al Africa Negra, en 1875, en la Conferencia de Berlín), y en consecuencia el destino de Palestina estaba vinculado a la solución que se daría al “problema de Oriente”, es decir, a los problemas planteados por la decadencia del Imperio otomano.

Las potencias colonialistas, en el curso de la guerra de 1914-1918, ya se habían repartido los despojos del Imperio turco, incluso antes de haber logrado la victoria sobre su aliado alemán.

El Mandato británico, cualesquiera que fuesen las peripecias que pudiera sufrir, creadas por la impaciencia de los sionistas en precipitar el curso de los acontecimientos, se caracterizaba por una tendencia principal, definida, desde 1921, por Sir Hubert Young, uno de los dirigentes de la “Colonial Office”:  “El problema que debemos resolver ahora consiste en encontrar una táctica y no una estrategia. La idea estratégica general, tal como yo la concibo, es la inmigración progresiva de los judíos a Palestina hasta proporcionarles una mayoría aplastante en el país..., pero dudo que estemos en situación de confesar a los árabes lo que significa realmente nuestra política.” [2]  

La definición de Palestina durante el último siglo de su historia, desde el Congreso de Basilea, en 1897, puede ser ésta: Palestina es el sector del mundo árabe donde la potencia colonialista ha violado más abiertamente sus promesas de independencia. Tal es la causa de que el Mandato británico trazara sus fronteras geográficas.

Si dejamos a un lado esta definición colonialista de Palestina y de sus fronteras, ¿qué es Palestina en la historia?CrecienteFertil

¿Será el “país de la Biblia”? ¿Cuál de ellos? ¿La “Tierra prometida”? o ¿La “Tierra conquistada”? Esto sería olvidar que la “Tierra prometida” (Gén. 15,18): “desde el río de Egipto al Gran Río (Eufrates), fue así delimitada “por proyección”, según la “Tierra conquistada”, la del Reino de David; la “promesa” situada, de acuerdo con la Biblia, en el siglo XX antes de nuestra era, no fue registrada por escrito hasta por lo menos en tiempos del Reino de Salomón, es decir, más de mil años después.

¿Será el país de los filisteos, invasores mediterráneos del siglo XIII antes de nuestra era, que efectivamente dieron su nombre a esta tierra, de la que sin embargo sólo ocuparon la costa y únicamente durante algunos siglos? Herodoto designa a Palestina como la comarca que se extiende desde el sur de Siria hasta Egipto. Y los romanos, después de la rebelión de Bar Kochba, en el año 135 después de Jesucristo, llaman Palestina a esta provincia de su Imperio.

¿Será la “provincia de Damasco” del Imperio otomano? ¿O “Eretz Israel”, la expresión que sólo muy rara vez aparece en la Biblia [3] , pero que ha sido difundida por la literatura rabínica y explotada por el Estado sionista? Esto sería olvidar que la región costera, en particular Acre y Jaffs al norte, y Gaza al sur, no formó jamás parte de un Estado judío, ni  siquiera del Reino de David, hasta que Eretz Israel se convierte en el mito fundador del Estado sionista.

Todas estas definiciones y delimitaciones han sido atribuidas a esta realidad histórica por sus invasores o sus colonizadores temporales: griegos, romanos y bizantinos, ingleses o sionistas.

Entre los desiertos de la Península Arábiga al sur, y las llanuras desérticas de Anatolia al norte, entre los ricos deltas del Tigris y del Eufrates al este, y del Nilo al oeste, se extiende esta zona privilegiada a la que el historiador americano Breasted, a principios del siglo XX, dio el nombre de Creciente Fértil, dibujada, desde el Golfo Arábigo, por el valle del Eufrates, el curso del Oronte, y asimismo el litoral mediterráneo hasta el Delta del Nilo.

Palestina está situada en el cuerno occidental de este Creciente Fértil. Su emplazamiento, su estructura y sus límites geográficos, así como su población histórica, no determinan su destino, sino que crean las condiciones de un papel específico en el desarrollo espiritual del hombre a partir del Creciente Fértil.

Situar a Palestina en la historia, donde sólo constituyó una entidad separada en función de la codicia de sus conquistadores del exterior (conquista romana, invasión de las Cruzadas, colonización inglesa, luego sionista), es tomar conciencia de tres constantes milenarias.

1) Palestina no es sino un miembro de una unidad orgánica más vasta: es indivisible, desde la prehistoria, del conjunto del Creciente Fértil, es decir, de toda la región adonde, a partir de la cantera árabe, no cesaron de emigrar o de establecerse, de una manera casi continua, nómadas procedentes de Arabia, y se asentaron algunas veces, de forma temporal o definitiva, en Mesopotamia o en los lugares que hoy día son conocidos como Siria, Líbano y Palestina. Cualesquiera que sean los nombres que se les den: amorreos desde finales del tercer milenio, arameos a finales del segundo milenio, o cananeos como suelen llamarse más comúnmente, no designan etnias sino hegemonías sucesivas en el seno de una misma población semítica que tiene sus orígenes en la Península Arábiga.

En el ámbito de este conjunto sería igualmente arbitrario oponer radicalmente a nómadas y sedentarios. Ante todo porque el término de “nómada” encierra una serie de matices: hay nómadas “puros” que no se establecen jamás, otros que realizan recorridos regulares, con estacionamientos sedentarios temporales que los convierten en agricultores, otros que incluso participan, periódicamente, en la vida ciudadana, por su comercio o ciertos trabajos, antes de partir de nuevo. La delimitación no es por tanto tajante entre estos “nómadas” y los “sedentarios” agricultores o ciudadanos, sobre todo si se tiene en cuenta que toda esta gama (nómadas puros, nómadas semiagricultores o semiurbanos) se da en el interior de una misma tribu, y que cuantos la forman están vinculados por lazos de sangre y de origen. Así pues, no es posible constituir una historia según el esquema simplista y maniqueo del antagonismo permanente e irreductible entre nómadas y sedentarios. Antes al contrario: estas infiltraciones y estas transiciones entre los diversos modos de vida han dado al conjunto del Creciente Fértil una unidad mediante la sedimentación milenaria de poblaciones de lengua semítica y de origen arábigo.

Esta unidad se manifiesta también por medio de la complementariedad y la cooperación de sociedades de estructura y de orientación diferentes: Tiro era la capital marítima de Galilea, los galileos tenían sus empresas comerciales en Tiro, y los tirios sus sucursales en Galilea. Relaciones análogas existían entre Sidón y Damasco, entre Trípoli y Roma.

De esta forma una cadena sin fin enlazaba el sur y la costa mediterránea de una parte, y Mesopotamia que iba a desembocar en el Golfo Arábigo.

RasShamra 2) Esta unidad se expresa en el plano de la cultura y de la inteligencia. Para empezar, los descubrimientos efectuados hace un siglo, y en especial los más recientes de Ras-Shamra (Ougarit) en Marit, en Ebla desde 1975, ponen de relieve la importancia de esta región. Ebla fue el centro más importante del Próximo Oriente a partir del tercer milenio (hacia 2.300); Ougarit, habitado desde la Edad de Piedra, alcanzó, a mediados del segundo milenio, su apogeo cuando se establecieron allí los cananeos, que hablaban la antigua lengua árabe (llamada semítica) de sus antepasados de la península. Esta región constituía uno de los “principales puntos de encuentro de los pueblos y de las culturas.” [4]  

De la estratificación de los pueblos nació una sedimentación cultural, o mejor, una evolución orgánica de una misma cultura, por integración y síntesis de experiencias sucesivas, y no por enfrentamiento y rechazo. Es significativo que los hallazgos más recientes, los de Ebla a partir de 1975, hayan revelado una lengua “eblaita”, parecida al cananeo: esta lengua semítica utiliza la escritura cuneiforme de los sumerios, 2.300 años antes de nuestra era. “Según una regla sin excepción para el Próximo Oriente, los sirios utilizan al mismo tiempo el sistema gráfico cuneiforme y las dos lenguas mencionadas, o sea, la sumeria y la acadia. Se escribía de la misma forma en Mari o en Ebla...Todas estas lenguas se aproximan mucho al acadio, semítico como ellas.” [5]  

Los nómadas amorreos, diseminados en Mesopotamia, parecen haber asimilado rápidamente la gran civilización elaborada por los sumerios y los acadios. Fundaron, sobre las ruinas del imperio de Ur, una serie de reinos dinásticos, el más reciente de los cuales, Babilonia (1894 antes de la era cristiana) iba a instaurar, bajo Hammurabi (1728-1686), la unidad perdida...Un concierto de naciones fue así instaurado...cuna de una civilización original. [6]

Más de ciento cincuenta cartas de Hammurabi nos demuestran el extraordinario interés que ponía en fomentar las obras públicas, al objeto de facilitar las comunicaciones a través de todo el Creciente Fértil, ya se tratase de canales, caminos o templos.

La estela donde está grabado su código, descubierta en 1902 y conservada en el museo del Louvre, es significativa del auge cultural y político característico del Creciente Fértil.

Hammurabi no pretende llevar a cabo una ruptura: su Código integra las aportaciones de Sumer y las aportaciones semíticas de Akad. Se trata ya del código de una sociedad de mercaderes, mientras que, trece siglos después, la ley romana de las “doce tablas” no será sino la ley de campesinos primitivos y, ocho siglos más tarde, el Código de la Alianza de Moisés, como veremos más adelante, resulta anticuado comparándolo con el de Hammurabi.BustoHammurabi

En las tierras del Creciente Fértil maduraron, pues, lentamente, los temas capitales de la espiritualidad ulterior: trascendencia y más allá de la vida, unidad de Dios, profetismo revelando la voluntad de Dios, y la Ley, cuyo prototipo es el Código de Hammurabi. Todo esto era el bien común del conjunto del Creciente Fértil: desde la Mesopotamia de Hammurabi al Egipto de Akhenaton (hacia 1350), la gran visión semítica del mundo había penetrado en Egipto, con los hyksos, desde el siglo XVI antes de la era cristiana.

A este respecto, tanto por lo que se refiere a los hyksos como, después de éstos, a los asirios, que se apoderan de Mari en 1200, conviene rectificar, a la luz de las recientes excavaciones, una perspectiva histórica largo tiempo desvirtuada: no se trata, en ninguno de los dos casos, de una oleada de bárbaros que destruían a su paso las civilizaciones anteriores. Todo lo contrario: cuando se pasa de lo acadio a lo asirio, a lo neobabilónico, por ejemplo, no se trata de etnias diferentes, sino de dinastías. El país cambia de dueños, pero la continuidad de una civilización se afirma. Se trata de mantener el control y la seguridad de la inmensa red vial del Creciente Fértil, abierta a todas las incursiones nómadas. Este mantenimiento de las posibilidades de intercambio comercial y cultural provocaba evidentemente la cólera de las bandas nómadas que esperaban sacar provecho de la anarquía (la Biblia se hace eco de estas circunstancias, Jonás 3,4 y 6,11; Nahum 1,3 y 3,7; Sofonías 2,13). Este punto de vista prevaleció hasta nuestros días, en que, especialmente, los asirios y los hyksos son presentados como destructores y devastadores. Cuando los asirios, en el siglo XIII, dominan toda la red vial de la región, hasta el Mediterráneo y una parte de África, no solamente no la destruyen, sino que conservan su unidad y su seguridad; no solamente no destruyen la cultura aramea cuando se apoderan, en 732, de la última capital aramea, Damasco, sino que, por el contrario, la protegen, difundiendo en la inmensa región que controlan su lengua, el arameo, que se convertirá en la lengua común de toda esa “koiné” durante casi un milenio (el arameo será la lengua que hablará Jesucristo, siete siglos después). Asimilan la cultura de los arameos, y les confían el desempeño de tareas de ministros, de funcionarios, de educadores. Se habla con frecuencia, en los manuales de historia, de crueldad, de enemigos sometidos a torturas, que son, por desgracia, acciones que caracterizan a todas las dominaciones (Ramsés II, al que los mismos historiadores exaltan, no se privó de hacer que sus matanzas fueran glorificadas en todos los bajorrelieves de su palacio), empero se habla con menos frecuencia de las bibliotecas de los asirios, recientemente exhumadas, y de su indudable influencia en el terreno de la integración cultural. Es cierto que los asirios destruían los palacios y las fortalezas de los vencidos, pero no sus templos ni su lengua, ni su cultura; antes bien, recogieron su herencia y la propagaron.

Otro tanto había sucedido con respecto a los hyksos, que no eran en absoluto unos devastadores primitivos, sino amorreos que conservaron el legado de la religión y de la cultura de Mesopotamia y de Siria, cuyo acervo difundieron a lo largo de toda la costa mediterránea. Las excavaciones no han revelado, a su paso por Palestina, en el siglo XVI, destrucción alguna de obras de la cultura o de la fe elaboradas en Caná entre los siglos XVIII y XVII. Aportaron ese patrimonio a Egipto, donde conocerá un breve pero fulgurante florecimiento, dos siglos después, con Akhenaton, que tropezará con las reacciones de rechazo por parte de la casta sacerdotal contra el monoteísmo amorreo.

3) La unidad de civilización y de fe, en esta inmensa área del Creciente Fértil, no admite parangón con la de un imperio, como el romano, encerrado en el interior de su “limen”, defendido por sus propios ejércitos, y considerando, a la manera de los griegos, que todo aquél que no hablara su lengua y no compartiese su cultura era un “bárbaro”, alguien que no podía ser otra cosa que esclavo.

En el Creciente Fértil no existe esa segregación. La gran civilización no era defendida solamente por un ejército, sino también por su cultura que le permitía civilizar incluso a sus vencedores y asimilarlos. Las relaciones entre ciudadanos y nómadas, y esta capacidad de apertura y de integración, se expresan ya en la epopeya de Gilgamesh, patrimonio común, durante siglos, no solamente de Sumer– heredero de lengua no semítica de esta tradición y de esta función de fusión, de síntesis, de asimilación a lo otro y de lo otro–, sino de todo el Creciente Fértil: el héroe Gilgamesh, príncipe de la ciudad, se enfrenta, en combate singular, al nómada Enkidu. El triunfo corresponde al príncipe, pero el enfrentamiento no termina con la destrucción del contrario. Antes bien, entre los dos héroes, una vez Enkidu ha asimilado la cultura urbana, nace una amistad y una fraternidad profundas. Juntos emprenderán la extraordinaria aventura de la conquista de la inmortalidad, del más allá, en el cual se expresa ya la angustia de la trascendencia de lo cotidiano. Y cuando Enkidu muera para proteger a su amigo, la desesperación de Gilgamesh constituye la mejor prueba del sentido de la interioridad alcanzado por esta cultura.

Es significativo que, en una versión siria, muy anterior a la de la Biblia, donde se evoca la lucha entre Abel y Caín, el enfrentamiento no termina con el asesinato de Abel, sino con una reconciliación. La versión pública será escrita mucho después, cuando la casta sacerdotal dominante, rompiendo con la tradición semita, rechaza la asimilación y busca el aislamiento tribal para la eliminación del otro, como comprobaremos más adelante en el libro de Josué, el de las “exterminaciones sagradas”.

CodigoHammurabi Por consiguiente, en todo el perímetro del Creciente Fértil los invasores procedentes de Asia central no chocarán solamente con una frontera y con ejércitos, sino con una civilización que defiende a la civilización (una civilización jamás puede ser defendida únicamente por un ejército), de suerte que los invasores, procedente de las estepas de Asia Central, aunque resulten vencedores por la fuerza de las armas, son absorbidos por la cultura de las vencidos y asimilan su civilización. Así ocurrió con los kasitas quienes, integrándose en este mundo y en su civilización, instauraron una dinastía duradera en Mesopotamia (1595-1155).

No siempre fue así, desde luego: los goutis (2250-2120), procedentes a su vez de las estepas, rechazan esta asimilación y su dominación dura tan solo un siglo.

Otro ejemplo es el de los hititas (1650-1230), cuya dominación fue sólo duradera en Siria, después de su asimilación, como los kasitas.

El ejemplo de los romanos es aún más significativo. Palmira, centro de intercambio y de irradiación de la cultura y de las artes de toda la región, integrando en un arte oriental las aportaciones partas y helenísticas, había constituido a principios del siglo III, en razón de la debilitación de Roma, una cierta independencia, y podía tomar el relevo del Imperio romano que fallaba en la resistencia que se veía obligado a oponer al empuje de los invasores oriundos de Asia central.

Podía hacerlo merced a la fuerza misma de su civilización. El emperador Aureliano se encarnizó, en 272, en la destrucción de la ciudad. Al no concebir la defensa sino en términos militares, el Imperio prefirió negociar con las tribus “bárbaras” en las fronteras del Rhin y del Danubio. La “limes” se derrumba, y el desencadenamiento de los godos arrollará a la propia Roma.

¿Por qué no se han apercibido los historiadores de esta ley profunda de la historia milenaria del Creciente Fértil? La razón principal consiste en un prejuicio de orden religioso. La adopción, por Occidente, del Cristianismo como realización de las “promesas” bíblicas hechas a los patriarcas, la concepción teológica según la cual el Antiguo Testamento era una prefiguración alegórica del Nuevo Testamento, ha conducido a conceder a estos textos una importancia tal que ha ocultado todo lo demás. Este deslizamiento de la teología en la historia ha hecho que fuesen tomados por relatos fidedignos los símbolos teológicos grandiosos de la Biblia. Para los historiadores que no comparten la fe judía o la cristiana, los textos bíblicos, incluso después de profundas críticas, han quedado como el armazón, o al menos la hipótesis de trabajo inicial, para analizar la historia de Oriente Medio. Basándonos en el estudio de la prehistoria de esta región y de la civilización cananea, demostraremos hasta que punto esta visión teológica, consciente o inconscientemente, ha falseado la de los arqueólogos.

No obstante, el prejuicio religioso no ha sido el único en hipotecar la historia. Existe también en Occidente un prejuicio cultural, hondamente arraigado desde el Renacimiento: no ya sólo el del excepcionalismo judío, sino el del excepcionalismo griego, el “milagro griego”.

Lo mismo que el prejuicio religioso del excepcionalismo judío ha presentado el monoteísmo como un relámpago surgiendo en el desierto religioso, y  ha construido a partir de ese momento una historia lineal que va desde Abraham hasta la filosofía de la historia de Hegel, de igual modo el prejuicio cultural del excepcionalismo griego entraña la reanudación de la misma oposición del relámpago y del desierto: el “milagro griego” y la “barbarie” ambiente, como si la cultura helénica hubiera surgido de la nada o, poco menos, como Minerva surgió armada de la cabeza de Júpiter.

Se llama, por ejemplo, “filósofos griegos”, antes de Sócrates, a una pléyade de pensadores geniales: Tales, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, todos ellos de lengua griega, pero que han nacido y trabajan en una satrapía del Imperio de Persia, en Asia Menor, en Mileto, en Elea, en Efeso, y cuyo pensamiento se nutre de toda la cultura de Asia, de Persia, del Creciente Fértil y, por añadidura, de la India. De este modo se le atribuye a Grecia algo que no deriva en absoluto del pasado griego, sino que constituye, por el contrario, la evidencia de su origen asiático.

Asimismo se llama Padres griegos, en la historia cristiana, al maravilloso florecimiento teológico brotado en suelo asiático de toda la cultura que irradia en torno al Creciente Fértil, crisol de los mensajes divinos. Sus principales centros fueron Antioquia, en la Siria actual; Capadocia, en la Turquía actual; Alejandría, en el Egipto actual. Desde Ignacio de Antioquia, Policarpo de Esmirna, a Justino, nacido en Nablus, Palestina, a Tertuliano, nacido en Cartago, en el actual Túnez, formado en la escuela de “montanismo” de Asia Menor; desde Clemente de Alejandría y el egipcio Orígenes a los Padres de Capadocia como Gregorio de Naziance y Gregorio de Nicea, a Juan Crisóstomo de Antioquia, Efrén el sirio, Cirilo de Jerusalén y Cirilo de Alejandría, hasta San Juan Damasceno.

EscrituraCuneiforme Las joyas espirituales más bellas del pensamiento cristiano viviente nacieron por tanto en el Creciente Fértil (como el propio Jesucristo), y en el área geográfica donde alcanzaba su irradiación: en Asia Menor y en África del norte. Este exclusivismo de Occidente conduciría al Gran Cisma.

Para encajar la historia de Palestina en el Creciente Fértil tenemos que romper con este etnocentrismo occidental, empezando por el mito del pretendido “milagro griego”.

Para ilustrar con un ejemplo los prejuicios de esta “desorientación” de la historia en beneficio de Occidente y del helenismo, Palmira, centro de irradiación de todas las culturas del Próximo Oriente, ha sido considerada con demasiada frecuencia como una simple parada de la civilización grecorromana, cuando lo cierto es que se trataba de una capital que organizaba toda la red de comunicaciones viales, lugar de intercambio cultural y espiritual, desde el Mediterráneo hasta las Indias.

Peor aún: se ha encontrado “arqueólogos” para tratar de explicar Ras-Shamra (Ougarit), como “una parada comercial” de los chipriotas, a partir del prejuicio según el cual Grecia es el centro y la fuente de toda civilización, mientras que, como veremos, las descubrimientos hechos en este emplazamiento arqueológico demuestran que se trata de un centro de cultura cuya influencia se extendía a todo el Creciente Fértil.

Hemos visto cuáles son las consecuencias políticas de esta visión cultural falseada: el Imperio romano, que no se identificaba con lo que existe de específicamente oriental en la civilización de Palmira, en lugar de ver en ésta el centro civilizador que podía preservar el patrimonio humano frente a las invasiones de Asia Central, prefiere destruirla, en 272, porque no era romana.

Finalmente, un tercer prejuicio ha pesado como una losa sobre esta historia: el prejuicio político-militar del Imperio y de la nación.

En la tradición occidental, al igual que la historia hebrea ha permanecido como prototipo de la religión, y el “milagro griego” como prototipo de la cultura, el Imperio romano se ha mantenido como el prototipo de la unidad política.

Un territorio encerrado por fronteras, protegido por un ejército encargado de contener los asaltos de los bárbaros (es decir, de todos los demás), y un pueblo sometido a una misma ley, de la que el Código de Justiniano ha constituido, a su vez, el prototipo, reactualizado por el Código napoleónico.

Este esquema de una sociedad “cerrada” continúa siendo el de todos los nacionalismos y el de todos los racismos, desde el paneslavismo al pangermanismo, desde Maurice Barres a Charles Maurras, desde Mussolini a Hitler. No examinaremos aquí, de momento, las implicaciones políticas, sino solamente los daños culturales que acarrea al prohibir la comprensión de lo que pueden ser las sociedades “abiertas”, del tipo de las que el Creciente Fértil proporcionó uno de los primeros modelos: una red articulada de civilización, en cuyo interior no solo se afirman, sino que se fecundan mutuamente las unidades interdependientes.

El proyecto de Hammurabi (1728-1686), tal como aparece en sus cartas, es significativo por su respeto de las peculiaridades regionales en todos sus niveles: administrativo, lingüístico, religioso y legislativo. Es el polo opuesto del Imperio romano.

En este movimiento de intercambio y de síntesis, de asimilación y de integración, se crea orgánicamente un mundo; y no imperios, una civilización que unifica sin dominar, que civiliza sin desposeer. Una civilización abierta, que intercambia, recibe y da, hospitalaria y emigrante, apegada a su suelo y atraída por lo lejano.

La historia del Creciente Fértil, que es la de una epopeya auténticamente humana, la de la maduración milenaria, mediante una revolución continua, de dimensiones humanas de trascendencia y de comunidad, no puede, menos que cualquier otra, reducirse a la historia de los reyes y de las guerras. Ninguna historia, por otro lado, puede reducirse a ello. Pero, si bien es cierto que después de Ibn Jaldún y de Montesquieu, la historia enseñada ya no es exclusivamente la de las dinastías y las batallas, todavía sigue siendo en exceso la historia de las dominaciones.

El ensayo que hemos emprendido para situar la historia de Palestina, como crisol de los mensajes divinos, nos conduce a un problema más vasto porque, de su solución, depende hoy día el porvenir del planeta: ¿elegiremos el modelo de las sociedades cerradas, y crearemos un futuro de imperios enfrentados en un “equilibrio de terror” o, por el contrario, escogeremos el modelo de sociedades abiertas, para edificar un mundo de diálogo y de fecundación mutua, en el que las creaciones específicas de cada cual afirmen su originalidad no por el rechazo del otro, sino por la integración, la asimilación de lo humano y de lo divino de lo que el otro es portador?

De esto depende la vida o la muerte de nuestros hijos: ¿dejar que se construya a sí mismo un mundo imperial, o construir un mundo armonioso?

Nuestra investigación histórica no tendría sentido si no fuera, a través de una meditación sobre Palestina en la historia y sobre este crisol de los mensajes divinos, una contribución para aportar la respuesta.


Preámbulo prehistórico

La estructura geográfica de Palestina es sencilla. Tres franjas paralelas a la costa mediterránea, orientadas de norte a sur. La extensa depresión, muy bajo el nivel del mar, que va desde el lago Houle (en la actualidad desecado) al golfo de Aqaba en el Mar Rojo, jalonada por el lago de Tibériades (o mar de Galilea), el río Jordán, el Mar Muerto, y dominada por tres importantes acantilados al oeste, constituye una especie de corte que marca la frontera oriental.

A partir de los acantilados, una segunda franja paralela de montañas y de llanuras desciende en ondulaciones y pendientes hacia el litoral. En realidad constituye una antigua zona de población y una “ruta de las cumbres”.

Finalmente encontramos la franja costera, particularmente fértil, irrigada, pero también fragmentada por los cursos de agua intermitentes que descienden de las montañas.

La diferencia es notable entre esta región y la de los dos grandes deltas, el del Tigris y el Eufrates y el del Nilo. En los dos extremos del Creciente Fértil, donde nacieron las civilizaciones mán antiguas del mundo, la de Mesopotamia y la de Egipto, estos grandes ríos constituían una red hidráulica unificadora. Exigían, para amansar al temible gigante de las aguas, grandes imperios centralizados formando una fuerza única compuesta por millones de hombres. Palestina, por el contrario, vio nacer varios milenios antes que Grecia, “ciudades Estado”, de las cuales evocaremos sus formas sucesivas y sis vicisitudes, pero que, a diferencia de los grandes imperios centralizados, no establecían, en la comunidad, un abismo entre los individuos y los poderes.

Entre los polos de atracción de los dos grandes imperios, a veces juguete de sus rivalidades y víctima de su dominación, a veces lugar de encuentro de sus culturas y enriqueciéndose de sus relaciones, en ocasiones punto de equilibrio entre sus fuerzas y libre en consecuencia de afirmar su autonomía y su identidad cultural, Palestina no puede ser definida como un “sitio de paso”. Constituye, en la encrucijada de tres continentes –Asia, África y la Europa mediterránea–, un foco de irradiación donde, a partir de un diálogo milenario entre las civilizaciones, de un intercambio de refinadas culturas, se ha elaborado una síntesis original que ha aportado al mundo una de las contribuciones espirituales más bellas. Desde la primera civilización de Caná, de la cual los descubrimientos de Ras-Shamra, en 1929, y los de Ebla a partir de 1975, han comenzado a revelarnos su riqueza –antes del florecimiento de los profetas hebreos, el anuncio del reino de Dios proclamado por Jesucristo y el Islam– integrando los mensajes anteriores y abriéndolos a una comunidad sin límites.

Por tanto, el Creciente Fértil puede muy bien ser definido como una parcela del mundo que ha contribuido, más que cualquier otra, a conducir los hombres a Dios. Tal vez más todavía que el nacimiento de la herramienta, que prueba la superación por parte del hombre de la vida animal, la fe es testimonio, por el trato que se da a los muertos, de que la existencia no se limita a la vida biológica. El hombre no es sólo el animal que fabrica herramientas, es el único animal que construye tumbas y templos.

Mesopotamia comienza hacia las postrimerías del cuarto milenio (3100) con las migraciones en masa de la época de la antigua Edad de Bronce. Probablemente, estas oleadas tienen su origen en la Península Arábiga, cantera de tribus nómadas que abandonan el desierto para hallar una naturaleza más acogedora, recorriendo para ello el Creciente Fértil, remontando el curso del Eufrates, y después el del Oronte, para instalarse finalmente en las ricas tierras de Palestina donde, después de haber conocido, en contacto con ciudades sirias como Biblos, las formas de vida urbana y el arte de la construcción en ladrillo, se establecen de forma duradera.

Estos emigrantes, en los albores de los tiempos históricos, ya pueden ser llamados cananeos, siguiendo la costumbre de la Biblia, que da este nombre a los habitantes semitas de Palestina antes de la llegada de los israelitas. Fuerza es recordar, sin embargo, que este nombre es convencional porque Caná no se menciona en los textos extrabíblicos antes de la mitad del segundo milenio. [7]  

Conviene señalar que el nombre de “semita” no designa una raza o una etnia, sino ante todo unn grupo lingüístico. Las lenguas “semíticas” se caracterizan esencialmente por raíces de tres consonantes para sus verbos que, además, solo tienen dos “tiempos”, el perfecto y el imperfecto.

Las múltiples migraciones serán, hasta la invasión de Alejandro en 333 a.C, oleadas de un mismo movimiento “semita”, ya se trate de los arameos, que se detienen en Siria, de los hebreos en el siglo XIII a.C, de los nabateos en el siglo IV, que apenas van más allá de Petra, o de los musulmanes de Arabia, que en el 638 de nuestra era llegan a un país árabe al cabo de más de tres mil años y lo liberan del yugo romano de Bizancio. Las lenguas árabe y hebrea están estrechamente emparentadas; los hebreos eran un grupo de tribus semitas entre otras, cuya lengua primitiva, el arameo, es a la vez la matriz del árabe y del hebreo, sin que el uno y el otro designen una raza ni una etnia, sino un modo de vida, el del beduino.

Los hebreos son tribus semitas, oriundas de la Península Arábiga, y llevan una existencia nómada, como todas las demás, en el Creciente Fértil, desde Mesopotamia a Egipto, para instalarse, por fin, en Palestina y “civilizarse”, convirtiéndose en sedentarios tras su contacto con la cultura cananea.

El escenario de estas migraciones es siempre el mismo: los invasores nómadas, ya sean amorreos, arameos, hebreos, nabateos o musulmanes de Arabia, pasan, en el Creciente Fértil, de la vida nómada a la vida sedentaria, asimilan la fundamental civilización cananea y a su vez aportan, con cada nueva oleada, la contribución de las virtudes del beduino.

Los cimientos fundamentales se asientan en la tierra de Caná y en el pueblo y la cultura cananeas que, después de cinco mil años de migración semita, desde 3100 a.C. hasta finales del siglo XX de nuestra era, constituyen el pueblo palestino. La humanidad debe sobre todo la Creciente Fértil la escritura alfabética que, en el siglo XV a.C., creó el movimiento más formidable de democratización de la cultura al pasar de los ideogramas jeroglíficos de Egipto o de los cuneiformes de Mesopotamia, que se contaban por centenares y eran privilegio de sabios, sacerdotes o escribas, a una simple anotación de los sonidos, reducidos a una veintena de signos y, por consiguiente, accesibles a un círculo infinitamente más amplio. Esta fue una de las “revoluciones culturales” más profundas de la epopeya humana. La otra inmensa aportación del Creciente Fértil a la humanización de la especie humana fue el desarrollo de la dimensión trascendente del hombre.

Es cierto que el Creciente Fértil, lugar de tránsito de las caravanas, vio confluir en su territorio el marfil y el oro de África; la mirra, el incienso y las especias de la India y el sur de Arabia; el ámbar y la seda de China y de Asia Central; el trigo y los cedros de Siria y, por mar, el cobre de Chipre, los productos de Creta y del mar Egeo, al igual que de Egipto.

También es cierto que allí se desbordaron, en el flujo y reflujo de los imperios, los ejércitos de todos los conquistadores: el del Egipto de los faraones, de Asiria y de Babilonia, de los “pueblos de la mar” y del Imperio persa, de los hebreos,  los de Alejandro, de los romanos y de los bizantinos, la expansión árabe, la invasión de los mongoles y la de las Cruzadas, la dominación otomana, la incursión de Bonaparte hasta San Juan de Acre, la colonización occidental de Inglaterra y después la del sionismo. Desde Thutmes III hasta Nabuconodosor, desde Godofredo de Bouillón a Bonaparte, desde Ibrahm Pachá al general Allenby, las tropas extranjeras recorrieron las mismas rutas y se enfrentaron en los mismos campos de batalla. Los sueños de los conquistadores giraron sobre esta tierra como un torbellino de hojas muertas, y las arenas cubrieron la sangre.

Lo que permanece por encima de las hegemonías efímeras y las dominaciones es la continuidad de un pueblo y de una cultura arraigadas en esta tierra desde hace cinco mil años, desde los cananeos al alborear de la historia a los palestinos de hoy. Es necesario no subestimar la aportación de las elevadas espiritualidades para no incurrir en un excepcionalismo triunfalista, como si el florecimiento de lo divino en Palestina fuera una flor del desierto.

LenguasOrienteMedio En 1959 fue hallado en Meggido un fragmento de la epopeya mesopotámica de Gilgamesh, difundida en diversas lenguas, en el segundo milenio antes de nuestra era. Lo divino bulle ya en el alma del héroe cuando a partir de la conquista de la inmortalidad apostrofa al dios Shamash que trata de disuadirle: “Si esta empresa no debe ser realizada ¿por qué, Shamash, has sembrado en mi corazón este deseo inquieto?”

En las inscripciones funerarias de Ai, cerca de Betel, se encuentra un eco del “Libro de los muertos” egipcio de mediados del segundo milenio: “Dios, aquí vive en mí como yo vivo en vos...”, y la llamada del Dios que está en el hombre, en las estelas egipcias de Paheri de El Kab: “Que puedas atravesar la eternidad con tu alma impregnada de dulzura, en la gracia del Dios que está en ti”, o las enseñanzas relativas al rey Merikare (hacia 1200 a.C.): “Si le alcanza la muerte sin haber pecado permanecerá ahí  abajo como un Dios, para dar libremente sus pasos de eternidad”.

El Creciente Fértil conoció el Código de Hammurabi, rey de Babilonia, siglos antes del Decálogo, y del monoteísmo de Akhenaton, el faraón visionario de “El himno del Sol”, del cual el salmo 104 de la Biblia utiliza las imágenes, siglos antes de que Isaías desplegase todas las consecuencias del monoteísmo.

A partir de esa rica y profunda herencia podremos delimitar mejor la aportación específica del Creciente Fértil a la espiritualidad humana, a través de la “Biblia cananea”, descubierta en Ras-Shamra, Siria, en 1929, a través de la Torah y de los profetas hebreos, a través del Evangelio de Jesucristo y del mensaje del Islam.

La compleja relación entre una tierra, un pueblo, una cultura, no puede entenderse, en Palestina, sino basándonos en su origen histórico: la civilización cananea y las aportaciones sucesivas que ésta ha integrado y que la han enriquecido.


NOTAS.-

[1] Roger Garaudy, Palestina, tierra de los mensajes divinos , Introducción, págs 7-24, Editorial Fundamentos, Madrid, 1987.

[2] Doreen Ingrams: Palestine Papers (1917-1922) Sedes of conflicts: N.Y. Brazilles, 1973, p. 14.

[3] Père R. de Vaux, Histoire ancienne d´Israël , Ed. Galbalda, París, 1971, p. 18.

[4] “Au pays de Baal et d´Astarté”. (Sous la direction de Pierre Amiet), p. 17.

[5] Ibídem. p. 68.

[6] Ibídem. p. 103.

[7] Pére de Vaus, Histoire d´Israel, p. 58.

 
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