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VISLUMBRES MÍSTICOS El tasawwuf, un saber y un sabor para nuestros días ¡Bismil·lahi ar-rahmâni-r-rahîm ua afdalu salatin ua atammu taslim ‘ala sayyidinâ Muhammadinin-nabiyyí-l-ummiyyi ua ‘ala âlihi-t-tâhirina ua ashâbihi ajmaîn! El tasawwuf o sufismo, que de una manera un tanto abusiva ha dado en llamarse la dimensión mística del Islam, cuando, strictu sensu, no es sino una vía, ya que no se agota con él todo el fértil campo de la vivencia mística islámica; el tasawwuf, digo, ha constituido un auténtico arte de la búsqueda interior, el fermento espiritual que ha hecho crecer en armonía y plenitud la vida personal y colectiva de tantos musulmanes, hombres y mujeres, a lo largo de los últimos quince siglos. Una tradición, la sufí, que ha sido, igualmente, fuente de inspiración para el pensamiento y la indagación especulativa, y cuya contribución al desarrollo de las lenguas, las literaturas y las artes islámicas en sus múltiples facetas y manifestaciones ha sido fundamental. Y es que, a fin de cuentas, el tasawwuf constituye una enseñanza tan estética como espiritual. Se ha dicho, repetidamente, que el sufismo es la esencia del Islam. En nuestros días, el shayj Jaled Bentunes, por ejemplo, lo ha definido como el corazón del Islam. Y el corazón, recordémoslo, es el órgano que con su latir rítmico bombea vida al organismo. En realidad, nada vive sin su corazón. Por lo mismo, una religión sin mística corre el riesgo de convertirse en pura ideología, cuya única obsesión es subrayar los aspectos exteriores -y a veces accidentales- de una fe casi mecánica. Llegados a este punto, se impone una distinción trascendental. Mientras la religión, concebida como una mera creencia con ribetes morales, pretende salvar al hombre, lo que la mística persigue es transformarlo, o si se quiere, salvarlo transformándolo. El misticismo sufí busca un conocimiento y una vivencia -un saboreo, podríamos decir- más próximos y, por ende, profundos de Al·lah. El derviche anhela “cualificarse a sí mismo con las cualidades de Al·lah”, tal como afirma el hadiz profético. En palabras de Annemarie Schimmel, el tasawwuf significa, principalmente, “una interiorización del Islam, una experiencia personal del misterio central del Islam, el del tauhid, afirmación de que Dios es Uno”, o lo que es mismo, la certeza de que ninguna existencia puede situarse fuera de Al·lah. Hoy, asistimos preocupados a la creciente y ominosa ideologización del Islam. Pero, el Islam es más que eso, mucho más, no menos. El Islam no se reduce, únicamente, a una ideología política, como a veces se afirma un tanto a la ligera, desde fuera del Islam, sobre todo, pero también desde dentro. Personalmente, discrepo del uso -mal uso, mejor dicho- político de lo religioso, aunque creo en la dimensión pública, cívica y social del hecho espiritual. Digámoslo, la sufí es una espiritualidad compartida en el mundo de lo tangible, preocupada no tanto por el más allá abstracto como por el "más aquí" concreto. ¿Acaso el sufismo no es sino vivir la presencia de Al·lah en lo cotidiano? La vivencia espiritual del sufí impregna por igual todas y cada una de sus actividades, también las públicas. Como bien apunta el sabio catalán de nuestros días Raimon Panikkar: “excluir la religión del foro público es tan letal como conceder el dominio político a los clérigos”. Hoy, más que nunca, es preciso recordar que el Islam constituye, básica y fundamentalmente, una revelación espiritual, una de las grandes aventuras espirituales de la humanidad. En otras palabras, el Islam es, en primer lugar y antes que nada, una forma de relación entre Al·lah y la humanidad, una manera de entender y vivir el misterio de lo sagrado. Como afirma el reformista indio Muhammad Iqbal: “El objetivo principal del Corán -y por extensión del Islam, me atevería a decir- es despertar dentro del hombre una consciencia más elevada de sus múltiples relaciones con Al·lah y el Universo”. Qué duda cabe que en un mundo como el que nos ha tocado en suerte vivir, azotado por la ignorancia y el desasosiego existencial -pensemos en el desamparo espiritual de nuestra juventud, por ejemplo-, en el que el hombre sobrevive escindido y es empujado sin cesar hacia la dispersión más alienante, la enseñanza sufí, basada en gran medida sobre el principio de la iniciación y la transmisión espiritual, adquiere hoy un extraordinario valor, casí salvífico. El sufismo, esta sabiduría del corazón abrillantado, constituye una enseñanza tradicional de carácter iniciático. Y recordemos que tradición quiere decir etimológicamente transmisión. El sufismo, que no es secreto pero sí discreto, no se aprende, por lo tanto, de los libros, hoy abundantísimos, sino de las personas de conocimiento, que cuando lo son de verdad rebosan de generosidad. Ya lo hemos dicho antes: nos hallamos ante una espiritualidad compartida. “Toma el conocimiento del corazón de los hombres”, les aconsejaba sabiamente a los suyos el Profeta Muhammad, con Él la paz; Muhammad, que no es sino ese ser vaciado de sí mismo a través del cual transita la palabra creadora de Al·lah. El sufismo, insisto, se transmite de corazón a corazón, a través de la palabra, sí, pero también mediante el silencio. Al fin y al cabo, nada resulta más elocuente que el silencio de un sabio. ¿Acaso las palabras no se quedan a menudo impotentes en la orilla del conocimiento? Hoy como ayer, el tasawwuf se nos presenta como un saber perdurable, un ‘ilm, y al tiempo un sabor o dhauq, esto es, una experiencia gustativa de vida. De ahí, la predilección sufí por el conocimiento inmediato en contraposición a la erudición filosófica o a la mera pedantería libresca de los supuestos expertos en lo espiritual. Todo trabajo sufí serio se ha construido en el pasado -y nuestro presente no ha de constituir una excepción- teniendo en cuenta tres factores fundamentales, a saber: makân, zamân e ijuân, o lo que es lo mismo, el lugar, el tiempo y las personas. “El agua adopta el color del recipiente”, decía al-Yunaid, el maestro sufí de Bagdad, allá por el siglo X. Estoy convencido de la vigorosa actualidad de la enseñanza sufí y de lo mucho que puede ofrecernos ahora y aquí. En realidad, el tiempo del sufismo es siempre. Hoy, el rico legado sufí, tan alejado de las ñoñerías pseudoespirituales "made in California", como de los rigorismos formalistas que constriñen el espíritu de la persona, puede ayudarnos a responder de forma más enriquecedora y creativa a los dos grandes interrogantes que han preocupado a los musulmanes y las musulmanas desde los albores mismos de la Umma: qué es ser musulmán y cómo ser musulmán en cada instante de la historia. Pero, existe, a mi juicio, una cuestión fundamental que hemos de saber responder; y es la siguiente: ¿qué tasawwuf podemos y hemos de vivir ahora y aquí? Sin ánimo de ser exhaustivo, y dada la limitación de tiempo, quisiera esbozar algunas pinceladas a propósito de dicho tasawwuf. 1. Necesitamos, en primer lugar, un tasawwuf sabiamente enraizado en el Corán y la Sunna o tradición profética. Algunos sabios del Islam contemporáneo, como el ya citado Muhammad Iqbal o el iraní Sayyed Muhammad Husain Tabatabaí, nos instan calurosamente a volver de nuevo al Corán, un libro que no pide ser leído, sino más bien releído y meditado en lo insondable de nuestro ser. Hemos de bucear, nos dicen, en las profundidades semánticas de un texto oceánico, extraordinario, inimitable. Necesitamos, así pues, que el Corán nos sorprenda a cada instante, que nos sacuda cuantas veces sea preciso, que haga vibrar las fibras más íntimas de nuestra persona. En resumen, no hay sufismo sin Corán ni Sunna. Hazrat Maulaná Rumí decía: “Yo seré el esclavo del Corán mientras viva, el polvo por el que camina Muhammad el escogido. Y quien interprete mis palabras de otro modo, yo lo maldigo a él y a sus palabras”. 2. Un tasawwuf que conserve el gusto añejo de lo tradicional, lo cual no implica que carezca de la imprescindible contemporaneidad. Un signo evidente de la perversión de los tiempos actuales es que lo que en Oriente son sabidurías en Occidente se convierten en terapias. La espiritualidad sufí está cimentada en buena medida sobre el principio de la iniciación, los diferentes métodos de educación espiritual, los ejercicios y técnicas prácticas propios de cada tradición sufí y las diferentes etapas espirituales del camino interior. Por lo tanto, todo trabajo espiritual sufí requerirá, primero, de la presencia de alguien que instruya; en segundo lugar, de alguien que anhele ser instruido; y, por último, de un conocimiento ancestral. Pero, no nos confundamos: el shayj, el pir, el maestro sufí no está para ser servido y menos aún adulado, sino para servir a la comunidad. El maestro sufí lo es menos por lo que sabe que por lo que ama y sirve a los demás. En suma, no es un gurú alejado al que se le rinde pleitesía sino alguien próximo que nos alienta y contagia con su ejemplo. A propósito del papel del maestro espiritual, en la tradición sufí maulauiyya, la que arranca del persa Hazrat Maulaná Rumí, acostumbramos a decir que el agua -el discípulo- necesita de un recipiente -el maestro- para calentarse correctamente. 3. Un tasawwuf que sea útil a la transformación real de la persona y no un mero entreteniemiento, fútil y autocomplaciente. Hay que distinguir de inmediato la auténtica búsqueda mística de la mera adoración del yo, tan extendida en ciertos movimientos espirituales de masas. Por fortuna, el tasawwuf no pertenece al reino de la cantidad. El Profeta Muhammad, con Él la paz, afirmó, según quedó por recogido por Abú Hâshim as-Sufí: “Me refugio junto a Ti, lejos del conocimiento que no es de ningún provecho”. Todo trabajo espiritual serio ha de ser útil y operativo y ha de implicar, primero, la movilización de la energía latente de la persona; en segundo lugar, la ordenación o canalización de dicha energía y, por último, su transformación en amor. Sólo mover energía puede llevar al desequilibrio emocional y a la locura de la persona. Es preciso, así pues, la canalización de dicha energía, aunque tampoco esto sea suficiente. El peligro aquí será desembocar en la más obscena egolatría. Y, recordemos, toda enfermedad no es sino un exceso de yo. En definitiva, todo periplo espiritual ha de culminar en el amor desinteresado. 4. Un tasawwuf que concilie fe e inteligencia y, por lo tanto, que se aleje de aquellas pseudoespiritualidades aberrantes, absurdas y enfermizas. Frithjof Schuon ha dejado escrito que la inteligencia sólo es bella cuando no destruye la fe, y la fe sólo es bella cuando no se opone a la inteligencia. La espiritualidad en modo alguno ha de resultarle repugnante a la inteligencia. La fe de ninguna manera puede ahogar la razón. Todo trabajo interior exige lucidez, ya que sólo es posible transformar aquéllo que se conoce. 5. Un tasawwuf que no se oponga por principio al saber científico, ya que es mucho lo que la ciencia actual más consciente nos puede brindar. En los lindes de la física contemporánea, una frontera en permanente evolución, como bien señalan Frithjof Capra y otros, hallamos no pocas especulaciones, hoy aceptadas sin reparo, próximas a nuestras certezas espirituales. Si bien buena parte de la ciencia moderna occidental se construyó contra Dios y no con Él, como sucedió tiempo atrás con la gran ciencia islámica medieval, la extensión hoy de lo que podríamos llamar una mayor consciencia cuántica ha ayudado en parte a enmendar algunos de los gravísimos errores cometidos en el pasado. 6. Un tasawwuf abierto al diálogo interreligioso e intercultural. ¿Acaso no ha dicho Al·lah en el Corán: “…ua yaalnakum shuuban ua qabâ’ila litaârafú” (“…hemos hecho de vosotros pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros”) (49,13). La verdad es bella en todas sus formas. En una sociedad como la europea, cada vez más plural y heterogénea, no podemos permanecer indiferentes a los demás. Es más, no puede existir una sociedad plural sin conocimiento del otro. 7. Un tasawwuf sensible a la defensa sin paliativos de la creación, en tanto que obra de Al·lah y signo permanente e inmutable a través del cual conocerle. Seyyed Hosein Nasr nos previene al decir que la destrucción de la visión sagrada del hombre y el universo equivale, en definitiva, a la destrucción del aspecto inmutable tanto del hombre como del propio universo. En un mundo occidental tan dado a la banalización, en el que se ha destruido por completo el espíritu simbolista, la espiritualidad sufí debiera de asumir el reto de transmitir lo que la vida y la naturaleza poseen de sagrada maravilla. 8. Un tasawwuf comprometido con la demanda de justicia y la defensa de la dignidad del ser humano. La injusticia es enemiga de la vida y si existe es para ser combatida. El sufismo que precisamos en modo alguno puede ser un divertimento hedonista y escapista, sino un latido místico que se sienta concernido por todo aquello que en el mundo sucede. Nuestra dignidad es la de todos. El contacto con la realidad nos realiza. A mayor estado de uns o intimidad con Al·lah, más presencia en el mundo del insân, del ser humano. Quizás sea cierto que en el místico sufí exista un deje de individualismo, pero lo que a buen seguro no hay es el menor atisbo de aislacionismo. 9. Un tasawwuf que subraye la
necesidad perentoria de favorecer y desarrollar el pleno desenvolvimiento
espiritual de las mujeres musulmanas. No me cabe la menor duda de que necesitamos
un Islam mucho más femenino. La fe, poderosa e infatigable, de las
mujeres musulmanas ha desempeñado y debe de desempeñar aún
un papel destacado en la configuración de la comunidad musulmana.
10. un tasawwuf que propicie el despertar de una consciencia crítica musulmana. Hemos de asumir nuestras responsabilidades. Hoy que el Islam se halla en el ojo del huracán debemos aprestarnos a realizar un esfuerzo de análisis autocrítico, profundo, que huya de las explicaciones monocausales. No se puede buscar una única razón explicativa de las cosas. La realidad, toda realidad, es compleja y engendra complejidad. En ese sentido, hago mío el interrogante que Tariq Ramadan se plantea: ¿qué solución proponer para restar cualquier legitimidad a aquéllos musulmanes que pretenden actuar de forma excluyente y totalitaria en nombre del Islam? No podemos permanecer callados ni un segundo más ante la lectura sesgada de nuestros textos religiosos realizada por algunos musulmanes que se sirven de dicha interpretación reduccionista como coartada para la comisión de actos execrables. En definitiva, la perenne espiritualidad
sufí proyecta una nueva luz sobre algunos de los problemas más
acuciantes que la humanidad -y, por supuesto, también los musulmanes
y musulmanas- tiene planteados ante sí. Subamos, así pues,
en el humilde pero seguro bajel del tasawwuf y dejemos que
nos lleve, a velas desplegadas, por los mares ilimitados de Al·lah.
“Quien me busca, me encuentra. Ua Al·lahu ‘Alam¡
Pero, al fin y al cabo, ¡Al·lah es quien más sabe! |
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