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AL-ANDALUS, UNA CULTURA DE AGUA[1] Abderrahman Jah y Margarita López ¿Hispania o al-Andalus?: la tierra prometida
Al llegar a nuestra península los
musulmanes, en el año 177, le pusieron el nombre de al-Andalus –tierra
de los vándalos, según Dozy–. Así pues, podemos decir que al llegar los árabo-bereberes a Hispania venían hasta cierto punto impulsados por una popular tradición de la tierra prometida. Pero también estaban esencialmente movidos por uno de sus lemas: “la búsqueda del saber hasta la China”, de ahí que respetaran y aprovecharan lo encontrado, ya fuesen monumentos, obras públicas o tecnología.
Los árabo-bereberes encontraron la herencia romana en la cultura peninsular, que se había conservado esencialmente en las obras de San Isidoro, ya que la etapa visigoda fue corta (545-711) y culturalmente no pudo evolucionar mucho. Venían los musulmanes de la costa frontera, del Magreb, pero su lugar de origen era mucho más lejano: La Meca. Habían atravesado la aridez del desierto de Arabia y, en una asombrosa expansión, se habían afincado en Siria e Irak, entre otros muchos lugares. En tierras sirias habían conectado con la parte oriental del ya caduco Imperio Romano de Oriente (Bizancio), mientras que a través del Irak (Mesopotamia), se extendieron al Imperio Persa. Allí aprendieron las técnicas del regadío de superficie y subterráneo, deseosos como estaban de poseer y administrar ese líquido tan precioso para ellos, que era el agua. Así pues, los ingenieros musulmanes traían ya una experiencia aprendida en Siria e Irak. Sobre la infraestructura romana que encontraron introdujeron mejoras en las técnicas de construcción de presas y nuevos artificios de elevación hidráulica, mostrando que su principal preocupación era la irrigación y captación de agua, como base de una economía floreciente sustentada, principalmente, en el policultivo. Un ejemplo de sus primeras actividades, apenas recién llegados a Hispania, nos lo proporcionan las crónicas árabes que refieren cómo al llegar a Córdoba los musulmanes tuvieron que vadear el río Guadalquivir, porque el puente romano estaba destruido y, por una puerta junto al río, que llamaban de la Estatua –la imagen de alguna divinidad romana– penetraron de noche sigilosamente en la ciudad y la conquistaron. Nos enteramos así del mal estado de conservación del puente cordobés, que los musulmanes consideraban prioritario conservar para garantizar la comunicación de ambas riveras. Por ello, poco tiempo después, los jefes musulmanes de Córdoba pedían permiso al califa de Damasco, del que dependían, para reconstruir el puente sobre el Guadalquivir con las piedras de la muralla de Córdoba, pues no había en toda la comarca una cantera de donde sacarlas. El acceso sobre el río era más urgente que la propia defensa de la ciudad. Con el tiempo, comenzarían a desplegar una política hidráulica basada en el aprovechamiento del empuje de las aguas del río, especialmente en sus crecidas, para producir energía, llevar agua, también, a sus fuentes, mansiones y huertos, además de otras aplicaciones. Aún quedan restos en el Guadalquivir a su paso por Córdoba de unas de las mayores presas construidas por los hispano-musulmanes. Aguas abajo del antiguo puente romano, con una longitud de 400 metros en zigzag, apenas se vislumbran hoy sus restos sobre la superficie. Junto a la presa había tres edificaciones con cuatro molinos cada una y también una enorme rueda elevadora, la famosa rueda Albofalia, que subía el agua desde el Guadalquivir por un acueducto hasta los alcázares califales. Testimonio de esta gran obra de ingeniería nos lo dejó escrito el geógrafo al-Idrisi (s. XII), pero también hoy el viajero observador aún puede apreciar restos de los molinos árabes y de sus canalizaciones, así como el soporte de cantería de la noria y parte del canal-acueducto. También en el río Turia –Guadalaviar–, a su paso por Valencia, podemos encontrar hasta ocho presas que desviaban la corriente fluvial hasta un gran canal para el aprovisionamiento de la ciudad valenciana. De sólidos cimientos, han resistido los desbordamientos del Turia a lo largo del diez siglos y, al parecer, aún siguen contribuyendo al suministro de la ciudad. En relación al regadío, los árabo-bereberes encontraron en Hispania grandes logros técnicos e institucionales, conseguidos por los romanos en el reparto de aguas para el riego, según hemos señalado. Los propios cronistas andalusíes rindieron tributo a ese legado hidráulico romano, ya que en alguna ocasión describen con minuciosidad el sistema de canalizaciones que habían construido “los antiguos”. Famosa es la descripción del historiador al-Himyari (s. XIV) sobre unas antiguas canalizaciones. Con ello nos da noticia el autor árabe de un sistema de qanats romano[2]. Posteriormente, en nuestra historiografía han surgido apasionantes polémicas por atribuir a romanos o a árabes la paternidad de nuestro sistema de regadío. Con el respeto debido a toda discusión que pueda aportar un punto de luz a la investigación, es obvio que nuestros antepasados del medioevo dieron por válido lo que ya hemos afirmado anteriormente, y es una constante histórica: que la cultura se hereda y transmite de unos pueblos a otros y no es privativa de ninguno. Así, al reconocimiento árabe del legado romano, siguió el reconocimiento cristiano de la herencia hidráulica dejada por los musulmanes. El propio rey Jaime I de Aragón, que reconquistó Valencia para la cristiandad, reconoce en sus Fueros que las costumbres del regadío en esa ciudad son del tiempo de los sarracenos. E incluso establece que el sistema islámico de regadíos continúe como hasta entonces: “...así que podáis de ellas regar y tomar aguas sin ninguna servidumbre ni servicio ni tributo, y que toméis aquellas aguas como antiguamente era y fue establecido y acostumbrado en tiempos de sarracenos.”[3]
Para el mundo islámico el agua es origen de la vida, creada por Dios. La sura 21, aleya 30, del Sagrado Corán recuerda al hombre este origen: “¿Es que no han visto los infieles que los cielos y la tierra estaban unidos y los separamos? ¿Y que hicimos provenir del agua a todo ser viviente? ¿No creerán aún?” El agua siempre se considera un “don de Allah”. Por similitud con su sentido de gran perfección, metafóricamente se representa al agua como “bebida de la Sabiduría”. El agua tiene muchos significados dentro del Islam. No sólo es origen de vida sino que tiene un sentido purificador para el hombre, ya que purifica y limpia, tanto su exterior (el cuerpo) como su interior (el alma), éste con un sentido eminentemente espiritual. Proporcionar agua a otros hombres, e incluso a otros seres, como animales y plantas, se considera una limosna piadosa (zakat). Con agua el piadoso musulmán se purifica, antes de sus plegarias y después del acto sexual; lavándose, también, las partes íntimas tras las cotidianas necesidades fisiológicas, buscando un estado de pureza corporal. Esta búsqueda de la limpieza y purificación del cuerpo entraña una necesaria infraestructura y servicio del agua, así como un carácter gratuito a nivel público. En base a esto, en al-Andalus, como en cualquier otro lugar del mundo islámico, las ciudades y las casas debían contar con suficiente provisión de agua para cumplir esas normas. Una de las aspiraciones máximas de los soberanos andalusíes fue el de dotar de agua a las ciudades, llevándola a través de canalizaciones y haciéndola correr en las fuentes públicas. Además, ese concepto trascendente de purificación en relación al agua se mezcló con las ideas estéticas e incluso poéticas, manifestándose en una arquitectura del agua, que pobló al-Andalus de palacios de ensueño, un tanto alejados del concepto de origen. A ello contribuyeron también determinadas aspiraciones suntuarias y políticas. Por su parte, los hispano-musulmanes devotos procuraban cumplir con los preceptos de la purificación, ya teniendo sus propios aljibes o pozos en sus casas, ya aprovisionándose de agua en las fuentes públicas. Si era necesaria el agua en las calles y casas andalusíes, era completamente imprescindible un servicio de agua en las mezquitas: único lugar donde no podía faltar. En las mezquitas grandes era –y es– preceptivo
instalar una gran fuente con caños, donde los devotos hicieran sus
abluciones para la plegaria que correspondiera, así como instalar
letrinas abastecidas de agua. Al ser cinco las plegarias al día,
a distintas horas, durante toda la jornada se utilizaban con frecuencia estas
fuentes.
La preocupación sobre la pureza del agua ha sido una constante en el mundo islámico, incluso en zonas donde no es nada fácil obtener agua. Para el musulmán, el agua ha sido creada pura por Dios; sin aditivo alguno y sin contaminación. En varias suras del Corán se alude a la lluvia como bendición de Dios: “El es quien hace descender esta agua del cielo, para que vosotros la bebáis, y con ella hace crecer los pastos para vuestros rebaños. Gracias a esa agua, El hace que crezcan para vosotros los trigales, los olivos, las palmeras, las vides y toda clase de árboles frutales. ¡Cuántas señales para el que sabe y reflexiona!” (Corán, sura 16, aleyas 10 y 11). Lo cierto es que los árabes tuvieron una gran experiencia en la técnica de los qanats o conducciones subterráneas, que aprendieron en Persia, Mesopotamia y Siria, llegando a ser consumados maestros y extendiéndola por todo el norte de África y al-Andalus. El llamado qanat o canal de irrigación subterráneo conducía el agua desde el depósito localizado en el subsuelo hasta el lugar donde se necesitara. Su proyección era horizontal o con una ligera pendiente, y podía reducirse a una sola conducción o complicarse, cuando la técnica estaba muy avanzada en una red de conducciones, auténtico laberinto bajo el suelo. Las dimensiones de la galería eran considerables: 1 metro de ancho por 1,80 de alto, por lo que un hombre de pie podía circular perfectamente. Eran verdaderos acueductos subterráneos, revestidos de ladrillo en su interior, especialmente en las zonas donde la roca podía resquebrajarse. Cada cierto tramo (alrededor de 50 metros) se practicaban en las galerías unas perforaciones de comunicación con la superficie del suelo; agujeros por los que, a un tiempo, se echaban fuera los escombros acumulados en la perforación y se creaba una corriente de ventilación de aire, que evitaba la acumulación de gases y la acumulación de agua. Incluso, si la corriente de aire era de importancia, ayudaba al agua a que ésta fluyera más rápidamente. A veces estas perforaciones constituían profundos pozos verticales, de hasta 55 metros de profundidad en aquellos tramos más cercanos al depósito acuífero madre. Es curioso contemplar los paisajes de qanats en algunas zonas como Irán, donde la frecuencia de los pozos excavados y con los residuos acumulados en la superficie, en torno a la boca del pozo, dan la impresión de un habitat propio de topos. También son muy abundantes en la zona sur de Marruecos, especialmente en Tafilalet y en Marrakech y sus alrededores donde se los conoce con el nombre de juttara. Al parecer, en Marrakech fueron inicialmente construidas en época almorávide (siglo XI) por un ingeniero llamado Ibn Yunus, quien de esta forma trajo el agua a la ciudad y pudieron prodigarse sus jardines. En la actualidad existen unos trescientos cincuenta qanats de cinco kilómetros cada uno. En al-Andalus los qanats se difundieron con la dinastía Omeya, durante el siglo VIII y entre los sistemas de qanats de la España musulmana que podemos aún vislumbrar, están los de Madrid, que traían el agua desde las fuentes del río Guadarrama hasta la Villa, y los de Crevillente (Alicante), con una longitud éstos de 1.500 metros y 19 pozos de aireación. Hubo varios autores árabes que dejaron tratados más o menos voluminosos sobre esta técnica hidrológica. Un ejemplo es Ibn Wahsiyya, autor de La agricultura nabatea, obra maestra del género, muy conocida ya en el siglo X en al-Andalus, que supuso la divulgación de las más antiguas técnicas de irrigación. Fue, por así decirlo, el manual de consulta de todos los ingenieros musulmanes –muqqanis– y en el que se inspiraron los demás autores. Uno de estos muqqanis, al-Karayi, famoso matemático iranio natural de Karadj (cerca de Teherán), escribió hacia 1010 un “Tratado de las aguas subterráneas” (Kitab Inbat al-miyah al-jafiyyah), compuesto de 30 capítulos. En su contenido, al-Karayi describe de
forma minuciosa –como es usual en los autores árabes– toda la técnica
a desarrollar en torno a los sistemas de qanats. En la introducción
nos explica el motivo por el que escribió este libro: “...No hay
un tema más hermoso ni un arte más sutil, más provechoso,
que la explotación de las aguas subterráneas. Ellas son las
que hacen posible el cultivo del suelo y la vida de los habitantes...” Los sistemas de qanats no servían sólo para la agricultura, sino también para llevar agua a las ciudades, como sucedió en Marrakech. En al-Andalus ése fue el caso de Guadalajara, Crevillente, Cádiz o Madrid, entre otras ciudades. La famosa red de qanats de Madrid (ciudad cuyo nombre indica agua: Mayrit, del árabe mayra, canal de agua) ha sido tan celebrada como discutida por los distintos autores contemporáneos. Mayrit fue fundado por el emir omeya de Córdoba Muhammad I en el año 871 como plaza defensiva del paso hacia la sierra de Guadarrama. Dependiente de Toledo, en su trazado se repetían las constantes de toda ciudad islámica: alcazaba (la Almudena), mezquita aljama, baños, zocos y barrios o rabad. Encaramada en un risco a cuyo pie fluía el río Manzanares, quedaba un tanto lejos de sus aguas como para poder aprovecharlas. No obstante, a lo largo de la historia siempre se ha conocido a Madrid como la ciudad construida sobre las aguas, y esto es debido a que la leyenda decía que bajo el suelo de Madrid había numerosas corrientes de agua. A buen seguro que se trataría de la red de qanats, una red de galerías de 7 a 10 km, y con unos pozos de aireación con la superficie que a veces sobrepasan los 50 metros de profundidad. Toda esta red de irrigación subterránea hizo posible que el Madrid medieval pudiera tener en su contorno un gran número de huertas que enriquecieron la ciudad, y no sólo en el medievo sino también en época de Felipe II, quien la eligió como capital de sus reinos en 1561. la red de qanats continuó abasteciendo a Madrid a lo largo de los siglos hasta 1860, lo que es todo un record en honor de aquellos ingenieros hispano-musulmanes. Dice Ibn Jaldún, el famoso sociólogo tunecino del siglo XIV, de origen andalusí, en su célebre obra. Al-Muqaddimah, que para que la vida en una ciudad sea grata es necesario atender, al fundarla, a varias condiciones: en primer lugar, a la existencia en un solar de un río o de fuentes de agua pura y abundante, pues el agua, “don de Allah”, es cosa de capital importancia y el tenerla inmediata evitará muchas molestias a los vecinos. El agua en el mundo islámico se urbaniza para cumplir una función social en la higiene de los musulmanes, en el consumo doméstico o en el uso cortesano y religioso.
La higiene del cuerpo ha sido y es un precepto socio-religioso para las gentes del Islam. Aparte de la limpieza preceptiva mediante las abluciones rituales para la purificación del cuerpo y sus pasiones antes de realizar las plegarias o después del acto sexual, el buen musulmán no debe comenzar a comer sin haberse lavado previamente las manos y, una vez terminado el condumio, debe lavar de nuevo sus manos y enjuagarse la boca. En torno a esto se desarrollaba en el hogar andalusí todo un repertorio de artesanía doméstica del agua, desde jarras y jofainas de burda loza o de cerámica fina, hasta aguamaniles repujados, de cobre o plata, que se exibían con pulcritud ante los invitados de la casa, dependiendo del nivel económico de la familia. El jabón de olor y la toalla acompañaban al agua en este ritual para el perfecto remate de la higiene de los comensales. Al final, en las casas pudientes aparecían los picudos perfumadores de cristal de roca o de plata, rociándolo todo –comensales y alfombras– con agua de rosas de Alejandría o de China.
Los hammams se ubicaban en la parte céntrica de la ciudad, próximos a las mezquitas –ya fuese la mezquita mayor o las de los barrios–. También se localizaban en las puertas de la ciudad amurallada para servicio de los viajeros, pero siempre cerca de conducciones de agua que pudieran suministrarla en cantidad necesaria para su utilización. La disposición de las salas del
hammam, herencia de los baños de la antigüedad
romana, se articulaba en un vestíbulo que daba paso a una sala fría
(bayt al-barid) más amplia y adornada que las restantes, otra
sala tibia (bayt al-wastani) y otra caliente (bayt as-sajun).
Esta última, de paredes más gruesas y techo abovedado más
bajo para condensar el vapor, tenía en el centro un gran pilón
de agua siempre hirviendo, gracias a una caldera con un horno, instalados
bajo esta sala en la planta sótano, o en dependencia contigua. El
horno era alimentado constantemente con ramajes y palmito, por unos servidores
encargados exclusivamente de ello. En el caldario, enlosado de mármol,
había pequeñas regueras que recogían el agua sobrante,
y para regular la temperatura del agua se vertía agua más tibia
en la caldera, mediante una rueda de cangilones que la extraía de
un pozo anexo. La sala tibia se cubría con una cúpula horadada
de lucernarios con cristales de colores que dejaban pasar el sol. A lo largo
de los muros había poyetes de fábrica (mastaba) con
colchonetas para el descanso momentáneo de los bañistas o el
masaje. El resto del reposo se efectuaba en la sala llamada fría,
pero que en realidad mantenía una temperatura moderada. Su diferencia
radicaba en estar ventilada por una serie de lucernarios abiertos. Los hammams fueron muy numerosos en al-Andalus. En cada ciudad, aparte de los baños privados, había un gran número de baños públicos. Se constatan de 300 a 600 en la Córdoba del siglo X, y también debió de haber muchos baños en Granada, Sevilla, Jaén, Toledo, Valencia y otras ciudades, a juzgar por lo que van revelando las excavaciones arqueológicas. El hammam era lugar de reunión pública; por las mañanas abierto a los hombres y por las tardes reservado exclusivamente a las mujeres. Suponía un acontecimiento social como hoy podrían serlo las reuniones sociales en un selecto club. Muchas de las intrigas políticas que cambiaron el rumbo histórico de al-Andalus se gestarían en un hammam, así como muchos enredos amorosos y cotilleos públicos saldrían de estas reuniones. El baño y sus “rituales” constituían, pues, una auténtica fiesta social. Desgraciadamente, con la reconquista se fueron destruyendo los baños árabes, o destinándolos a almacenes, bodegas o abrevaderos, al considerar su utilización como focos de perversión y molicie. El papel del baño en la concepción islámica es esencialmente el de la limpieza, o de purificación de la suciedad, ya que el devoto musulmán no puede acudir a su mezquita ni cumplir con sus oraciones preceptivas sin haberse limpiado antes, esencialmente con agua. Además, el baño ha de ser asequible para todos, de ahí la abundancia de hammams públicos. Pero en la práctica cotidiana se producirá la reunión en el baño como si se tratara de un centro social del barrio correspondiente, o la utilización del baño por las clases elevadas andalusíes desde perspectivas puramente ostentosas. El hammam público proporcionaba unas igualdad social que a veces no era bien acogida, como lo demuestra un poema de un engreído andalusí que no soportaba ese carácter igualitario:
En al-Andalus los médicos, auténticos polígrafos, practicaron esencialmente una medicina preventiva, única que podía proporcionar al hombre una vida equilibrada. En este sentido, el tratado de Ibn al-Jatib –médico, poeta, historiador y visir en la Granada nazarí del siglo XIV– que conocemos como “Libro de la Higiene” pero cuyo título exacto es “Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año”, es un compendio completo de medicina preventiva y dietética, entendiéndose ésta como higiene y, a su vez, como una forma de vivir equilibrada y encaminada a la perfección a que todo buen musulmán ha de aspirar. En este contexto higiénico-dietético Ibn al-Jatib señala que “el agua es uno de los pilares del cuerpo” e indica cuáles son las clases de aguas para las bebidas, determinando las mejores en calidad, así como cuáles son las mejores aguas para el baño y cómo debe realizarse éste. Establece verdaderos tratamientos dietéticos, prescribiendo regímenes de comida y bebida según la complexión y la estación del año.
En torno a la distribución del agua, a lo largo de la historia se crearon una serie de normas y cargos que vigilaban su cumplimiento, cuyo origen se remonta a Asiria en el segundo milenio a. C. y continúa en el Imperio Romano (siglos IV a. C.-V d. C.) En al-Andalus, la distribución del regadío y la vigilancia del cumplimiento de las normas en torno a él debió ejercerlas un funcionario, el sabih al-saqiya (el zabacequia o repartidor de agua) que, aunque con cierta autonomía, estaba bajo la autoridad el qadí, encargado de administrar la justicia ordinaria. El sabih al-saqiya, nombrado por el wali (gobernador) o directamente por el emir, debió dirimir muchas disputas entre los regantes y ser celoso vigilante de que las aguas que corrían por las acequias, y las propias acequias, se mantuvieran limpias por los propios usuarios. Y tendría gran cuidado de que los rigurosos turnos de reparto del agua se cumplieran por parte de los terratenientes andalusíes, evitando toda clase de picaresca y cualquier aviesa intención de “colarse” antes de tiempo. Los azudes (al-sudd) o presas de al-Andalus cumplieron una misión muy específica: la de derivar las aguas de una corriente, más que la de almacenar agua. Sin deseo de competir con sus hermanas, las grandiosas presas levantadas siglos antes por los romanos, los azudes derivaron el agua hacia acequias, acueductos, etc., frenaron en muchas ocasiones la impetuosa corriente de los ríos en su crecida y elevaron el nivel del agua corriente a una altura necesaria para poder desviarla. Los grupos yemeníes, cuando llegaron a la península, ya conocían la técnica del azud, por haberla practicado en su Yemen natal durante varios siglos, incluso antes de Cristo. Hubo azudes en todo al-Andalus, como en las zonas regadas por aguas fluviales como Aragón, Tarragona, Valencia o Murcia, ya que este tipo de construcción era uno de los elementos necesarios para la derivación de aguas con un curso intermitente. La morfología del azud consiste en una obra de mampostería que corta la corriente de un río, con cimientos profundos y escalonados por el lado hacia el que va la dirección de la corriente.
Tal y como nos dice al-Himyari, las norias de corriente eran muy abundantes en toda la red fluvial de al-Andalus. Ya habían sido utilizadas en la península por los romanos, especialmente en la Bética, y debieron de permanecer en época visigoda por las vagas referencias que San Isidoro de Sevilla (siglo VII) hace de las rotae en su obra Etimologías. En al-Andalus debió de seguir utilizándose este tipo de rueda romana y además se utilizó otra, tal vez de origen oriental por ser frecuentes en los ríos de Oriente. A este tipo pertenecían la famosa Ñora de la vega de Murcia y la no menos famosa noria de Fez (Marruecos). En al-Andalus eran conocidas con el nombre árabe de na’ura y también con el nombre persa de dawlah. La palabra na’ura, al parecer, alude al chirrido que produce dicha rueda al girar para recoger el agua del río o de la corriente donde está instalada. Hubo ruedas de gran tamaño en
al-Andalus, ya que las dimensiones estaban, generalmente, en función
del mayor o menor desnivel del agua. Entre las grandes norias, el geógrafo
al-Idrisi (s. XII) nos describe una noria de Toledo, situada cerca del puente
de Alcántara, de la cual afirma que “el agua sube a 90 codos de altura”.[5]
Dice Ibn Luyun de Almería (1282-1349), un célebre geópono que vivió en la Granada nazarí, en el prólogo de su célebre “Tratado de agricultira”: “Alabado sea Dios por habernos facilitado tantas enseñanzas del arte de la agricultura; por ella alcanzan perfecta sazón los alimentos, y de sus secretos se manifiestan verdaderos milagros.” A su llegada a nuestra península (s. VIII) los musulmanes habían encontrado una economía agropecuaria, legada por romanos y visigodos, en base a algunos cultivos hortícolas, buena producción de cereales, vid y olivo. Por otra parte, la geografía peninsular les ofrecía agudos contrastes entre la zona seca y la húmeda, que hacían necesario un denodado trabajo agrícola para conseguir resultados aceptables. La aridez de la tierra no era extraña a los musulmanes ya que venían de zonas sometidas a constante sequía, y también estaban acostumbrados al desierto. No obstante, a partir del siglo X se produce la coyuntura idónea para que los andalusíes inicien una importante expansión agrícola. Esta coyuntura se basaba en la llegada de nueva literatura geopónica y la aparición de nuevas técnicas de cultivo que pusieron en marcha, aprovechando lo ya conseguido por romanos y visigodos, una producción agrícola más técnica y racional. De esta forma hubo que producir una serie
de cultivos exóticos de regadío, aclimatándolos por
primera vez o por medio de la reimplantación. La abundancia de estos
productos en al-Andalus fue tan grande que sería imposible hacer
referencia a todos ellos, pero teniendo siempre presente que, gracias al
agua, fueron posibles todos ellos. NOTAS.- [2]Al-Himyarí: Al-Raud Al-Mi’tár. Textos medievales 10, pp. 365-366. [3]Fuero XXXV de Valencia, en: Els furs deValencia. Compilació histórica de les lleis organiques d´este Reine, de R. Gayano Lluch, p. 106. [4]Enri Pérès, Esplendor de al-Andalus, Libros Hiperión, Madrid, 1990, pág. 343. [5]Al-Idrisí, Description de l´Afrique et de l´Espagne par Edrisi, edic. Dozy y Goeje, p. 187. |
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