|
LA INDIA MUSULMANA Desde la llegada del Islam hasta la caída del Sultanato de Delhi Redacción Alif Nûn Introducción
Tradicionalmente, el historiador del Islam suele subestimar el papel del subcontinente indio dentro de la historia general de los pueblos musulmanes, considerándolo –al igual que ha hecho con el África subsahariana, el Asia Central o el Asia Oriental– como una simple frontera cultural y étnica con las tierras centrales del Islam, las cuales han absorbido todo el protagonismo en la historia del mundo islámico. Esta situación es en parte herencia
de los propios historiadores musulmanes de la Edad Media. Salvo unas
pocas y notables excepciones, la historiografía árabe del
Islam ignoró generalmente a la India, mientras que la persa de
los siglos X al XVII le prestó una mayor atención, especialmente
durante el periodo Iljaní
[1]
(1256-1336), y aunque su información fue en
ocasiones pobre y fragmentada, sí reconoció el papel político
jugado por la India musulmana dentro de la historia general del mundo
islámico. En términos generales, la historiografía occidental sobre la India musulmana se basó en fuentes árabes y siguió la línea de estudios de éstas. Políticamente, el subcontinente indio pasó a formar parte del imperio británico desde la segunda mitad del siglo XVIII y fue considerado como una unidad política, histórica y geográfica del todo diferente al Próximo Oriente, que desde la perspectiva occidental fue percibido erróneamente como el área exclusiva de desarrollo cultural y político del mundo islámico. En la mayoría de las universidades occidentales los estudios islámicos son aún sinónimo de estudios de Oriente Próximo y se centran por completo en el mundo árabe, Turquía e Irán, y en menor medida en el norte de África, ignorando la India, Asia Central y Oriental o África Subsahariana, cuyo estudio pasa a ser relegado a disciplinas ajenas al mundo musulmán. Sólo recientemente la India islámica y Pakistán han comenzado a estudiarse dentro de la estructura general de la historia islámica. El Islam se estableció en la India en una fecha tan temprana como la primera década del siglo VIII, durante el gobierno de los Omeyas, de modo que las regiones de Sind y Punjab del Sur formaron una provincia del califato omeya, más tarde fueron parte integrante del califato abbasí y luego de que éstos abandonaran la zona, se integraron en el Estado musulmán de los saffaríes [2] . Durante los siglos XI y XII buena parte de la India noroccidental se constituyó en un Estado musulmán ismaelí, con vínculos ideológicos e incluso políticos con los fatimíes de Egipto. En este mismo periodo de tiempo, monarcas ubicados en las ciudades afganas de Gazna y Gur gobernaron en amplias áreas del norte de la India y realizaron importantes expediciones por el resto del país.
La India musulmana entre los siglos VIII
y XVI: una breve aproximación histórica
La primera ola de expansión del Islam bajo el gobierno del segundo califa, Omar ibn al-Jattab, casi llegó a las fronteras de la India, pero no fue hasta el año 711 cuando, gracias al genio organizador del gobernador de Irak, Hayyay ibn Yusuf, combinado con la acción militar de su yerno Muhammad ibn Qasim, permitió a los musulmanes ocupar y conquistar el Punyab meridional y, más al sur, la región de Sind, que recibe su nombre del río Indo. La segunda ola de expansión de los musulmanes hacia la India, iniciada en 986, la protagonizaron los turco-afganos que constituían el ejército de los gaznawíes, llamados así por proceder de la ciudad afgana de Gazna. Este proceso de expansión culminó con las incursiones del monarca Mahmud de Gazna, que entre los años 998 y 1030 incorporó a su Estado la totalidad de la región del Punjab y ciertas áreas al este del río Indo. El Punjab gaznawí se integró por completo en la corriente de la cultura islámica, aportando valiosas contribuciones a los estudios de las ciencias religiosas islámicas, de la historia, del sufismo y, sobre todo, a la producción literaria –en especial, la poesía– en lengua persa [3] . En el terreno político, en los últimos años de dominio gaznawi se produjo el traslado de la capitalidad desde Gazna, en Afganistán, a Lahore, ya en el subcontinente indio. Los gaznawíes fueron sucedidos por los guríes, dinastía también procedente de Afganistán, concretamente de la ciudad de Gur. Durante el gobierno de Mohammad ibn Sam Gurí, los musulmanes acabaron con la última resistencia ofrecida por los rajputs, la principal casta militar hindú, y ocuparon Bengala y el resto de principados de las llanuras indias del norte gobernados por éstos. A su muerte en 1206, Mohammad ibn Sam Gurí fue sucedido por uno de sus esclavos llamado Qutb al-Din Aybak, que sentó las bases de los que llegaría a ser el Sultanato de Delhi. Los primeros sultanes de Delhi fueron conocidos con el nombre de “sultanes esclavos”, pues tres de ellos fueron esclavos manumitidos por los sultanes anteriores [4] . El poder de los llamados “sultanes esclavos”
de la India se consolidó durante el reinado de Iltemis (1210-1236).
Éste tuvo que enfrentarse con el resto de esclavos que aspiraban
a la sucesión, a quienes derrotó uno tras otro. Bajo el
gobierno de Iltemis, todo el norte de la India, desde el Indo por el
oeste hasta el golfo de Bengala por el este, quedó sometido a la
soberanía del sultán de Delhi. En 1221, el ejército
mongol encabezado por Gengis Jan llegó hasta el valle del Indo
en persecución del sha Yalal al-Din Jwarizm, gobernante persa
que se enfrentó sin éxito a las invasiones mongolas. A pesar
de ser correligionarios, Iltemis no apoyó ni ofreció asilo
al huido, evitando así la hostilidad y las represalias del ejército
mongol. Entretanto, en sus fronteras meridionales, Iltemis subyugó
a varios principados indios y de este modo, asegurándose las fronteras
tanto al norte como al sur de su imperio, proporcionó unidad y solidez
al naciente Estado musulmán en un periodo en el que la mayor parte
del mundo islámico oriental comenzaba a sufrir la devastación
de las terribles invasiones mongolas. La culminación del proceso
de construcción de su Estado lo buscó a través de la
legitimidad proporcionada por la investidura que le otorgó el califa
abbasí al-Muntansir (1226-1242). Este acto era puramente simbólico,
pues la independencia política del Sultanato de Delhi era total
respecto a la autoridad abbasí, y más teniendo en cuenta
la situación de debilidad en la que se encontraba Bagdad frente
a la amenaza del poder mongol. No obstante, los sultanes de Delhi continuaron
rindiendo homenaje a los califas abbasíes a través de la
acuñación de monedas y en los sermones de los viernes, incluso
después de la caída del Califato en 1258 y el saqueo de Bagdad
por los mongoles, perpetuando de este modo el mito de la soberanía
abbasí, en un periodo en el cual la unidad política del mundo
islámico era ya sólo un vago recuerdo. A la muerte de Iltemis en 1236 ascendió al trono Radiyya Begum. Hija de áquel, sólo se mantuvo en el poder durante cuatro años, pero, no obstante, ha pasado a la historia como la primera mujer musulmana al frente del poder en la historia del Islam en el subcontinente indio [5] . Fue entronizada, no sin reservas, por los nobles de origen turco, que a pesar de no sentirse complacidos por el hecho de ser gobernados por una mujer, no vieron una mejor alternativa a la sucesión de su padre. Sin embargo, pronto pudieron descubrir que Radiyya era una mujer muy capaz que condujo con acierto los asuntos políticos y militares, tal y como demostró sofocando al instante un levantamiento ismaelí que se produjo en Delhi. Tenaz y combativa, le gustaba provocar vistiendo atuendos masculinos en sus comparecencias públicas. Su caída no se produjo por ninguna razón de Estado ni por acontecimiento político alguno, y su gobierno podría haberse prolongado mucho más en el tiempo si no hubiera sido por las excesivas atenciones que, desde la perspectiva del estamento nobiliario, la soberana dispensaba a un esclavo negro de nombre Yaqut. Esta situación provocó que los nobles se levantaran contra ella, la destronaran y la ejecutaran. El siguiente cuarto de siglo contempló una cierta pérdida de la autoridad de los sultanes y el incremento de la influencia política de los llamados chihlgan, el poderoso estamento de esclavos cortesanos creado por el sultán Iltemis. Esta situación se vio drásticamente modificada con la llegada al poder de Giyat al-Din Balban en 1266. Procedente él mismo de la casta chihlgan, pasó sus años de juventud como cautivo y esclavo de los mongoles, a los que llegó a conocer en profundidad. A la muerte de su yerno Nasir al-Din Muhammad, Balban ascendió al trono y acabó con el poder del los chihlgan, creando en su lugar un poderoso ejército dirigido por un grupo de generales leales y experimentados, lo que le permitió restablecer el orden en el imperio. A la vista de la amenaza mongola, renunció a la política expansionista en el resto de la India y se concentró en asegurar los límites del imperio, para lo cual estableció un sistema de marcas fronterizas extraordinariamente eficaz, y tuvo que hacer frente a una rebelión en Bengala entre los años 1280 y 1281, que reprimió con firmeza. A pesar de todo ello, en 1285 los mongoles lo sorprendieron en una emboscada y le dieron muerte. Lo sucedió su popular y hábil hijo Muhammad Balban, que no le sobrevivió mucho tiempo, y tras éste reinó un incompetente nieto de Giyat al-Din, que puso fin a la dinastía de los “sultanes esclavos” de Delhi. El vacío de poder dejado por esta peculiar dinastía de soberanos esclavos fue cubierto por los jalyíes, una familia de afganos de cultura turca que, debido a su condición de extranjeros, se enfrentaron a una cierta resistencia antes de que su primer sultán, Yalal al-Din Firuz, accediera al trono en 1290. Era ya anciano cuando comenzó a reinar, y seis años más tarde fue asesinado por su ambicioso yerno Ala al-Din Jaryi, quien protagonizó las primeras incursiones musulmanas en el sur de la India. Gracias a las grandes riquezas obtenidas como botín de guerra en aquellas campañas, Ala al-Din fue capaz de hacerse con el trono. Durante su veinte años de gobierno –de 1296 a 1316– el Sultanato de Delhi se convirtió en un verdadero imperio continental, conquistando uno tras otro la casi totalidad de los reinos hindúes del sur y del oeste del subcontinente. A la muerte de Ala al-Din Jaryi, la dinastía degeneró y fue perdiendo poder e influencia, hasta que el trono pasó a manos de Jusraw Jan, un indio que vivía en la corte y que accedió al poder gracias a ser el favorito del sultán gobernante. Jusraw apostató del Islam y sumió al reino en la anarquía, pues fue incapaz de administrar un gobierno del que perdió la confianza a consecuencia de su apostasía. Esta circunstancia fue aprovechada por Giyat al-Din Tugluq –también conocido como Gazi Malik–, un noble de origen turco que durante muchos años había sido defensor de las marcas fronterizas establecidas contra los mongoles.
Fueron años de constante decadencia del Sultanato de Delhi que, no obstante, vivió un nuevo florecimiento durante el gobierno de Firuz Tugluq. Éste accedió al poder en 1351 tras suceder a su primo Mohammed. Fue el suyo un largo reinado de treinta y siete años en el que trató de gobernar de acuerdo a la ley musulmana y durante el cual, a pesar de unas cuantas expediciones militares sin consecuencias, se disfrutó de cierta tranquilidad y paz dentro de las fronteras del imperio. Pero esta situación no duró mucho más tiempo y tras la muerte de Firuz en 1388, la dinastía tugluq y, con ella, el Sultanato de Delhi, inició un largo proceso de decadencia. La mayoría de las provincias se independizaron sin que los posteriores sultanes pudieran hacer nada por evitarlo, y en 1398 sobrevino la destructora invasión de Tamerlán, que desde sus amplios dominios de Asia Central atacó al Sultanato y saqueó por completo la ciudad de Delhi. Este terrible acontecimiento acabo, en la práctica, con el Sultanato y redujo su territorio a los alrededores de la capital. Encabezado por una nueva dinastía, los llamados sayyids, que gobernaron durante la primera mitad del siglo XV (1413-1451); el Sultanato de Delhi sólo era una sombra de lo que fue y su importante actividad cultural e intelectual se fragmentó y fue transferida a los Estados que nacieron de su desmembramiento. Bengala, Jawpur, Malwa, Gujarat, Jandes, Cachemira, Bijapur, Ahmadnagar o Golconda fueron algunos de esos Estados sucesores que bebieron de la herencia del Sultanato de Delhi. Los tres últimos –Bijapur, Ahmadnagar y Golconda– fueron sultanatos gobernados por autoridades chiíes, aunque el grueso de su población era sunní; mientras que el resto de los gobernantes de la India islámica, al igual que su población, permaneció fiel al sunnismo. El Sultanato de Delhi vivió un corto y limitado periodo de renacimiento bajo la jefatura de la dinastía afgana de los lodíes. Esta dinastía fue fundada por Bahlul Lodi (1451-1489), que amplió las fronteras del Sultanato conquistando e incorporando el reino de Jawpur. Sin embargo, el más brillante monarca que produjo esta dinastía fue su hijo Sikandar Lodi (1489-1517), que extendió las fronteras y el prestigio del Sultanato conquistando la provincia de Bihar y derrotando a varios principados gobernados por los rajputs hindúes. No obstante, a su muerte, la situación volvió a degenerar, en esta ocasión de un modo ya definitivo. En 1526 el monarca Ibrahim se enfrentó y fue derrotado por Babur, su propio padre y antecesor en el poder. La guerra fraticida acabó con los últimos restos de lo que fue el glorioso Sultanato de Delhi, que tan brillantes páginas escribió en el libro de la historia india.
Sin embargo, lejos de desaparecer, el
Islam en la India cobró nuevos impulsos procedentes de donde menos
pudiera imaginarse. Una parte de los mongoles, antaño enemigos
acérrimos de los musulmanes, terminaron por adoptar la religión
de los conquistados, se convirtieron en sedentarios y se refinaron hasta
el punto de crear una de las civilizaciones más brillantes que
ha dado la India en toda su historia. El emperador Akbar –el Grande– o
el impresionante conjunto constructivo del Taj Mahal son algunas muestras
de aquel periodo, que se extendió hasta la conquista británica
de la India en el siglo XVIII. NOTAS.-
[1]
El Estado Iljaní surgió en Persia y Mesopotamia
tras las conquistas mongolas de buena parte de las tierras centrales del
mundo musulmán. Sometidos nominalmente a la autoridad del Gran Jan
–de ahí su nombre de iljanes, es decir, virreyes–, los soberanos
de esta dinastía fueron descendiente del Gran Jan mongol Hülegü,
muerto en 1265.
[2] Dinastía de emires autónomos, fundada pot Yaqub ben Layt as-Saffar, llamado el cobrero o calderero, que se alzó con el poder en el Sistán a finales del siglo IX. Se configuró como un movimiento urbano que se erigió en defensa de la ortodoxia sunní frente al vacío de poder dejado en la zona por los abbasíes. El califa abbasí reconocería el emirato de los saffaríes sobre Tujaristán, Kermán, Sistán y Sind, y más tarde confirmaría su dominio sobre Jurasán, Fars y Siyistán; todos ellos territorios sotuados en la zona comprendida entre Irán y el subcontinente indio. [3] Los pueblos de la India bajo gobierno islámico mantuvieron sus propios idiomas, tanto hablados como escritos, pero la lengua persa (farsi) se convirtió en el idioma de prestigio social y cultural, desempeñando un papel muy similar al del latín en la cristiandad de la Edad Media, excepto en lo que respecta a la función litúrgica y religiosa, que fue desempeñada por la lengua árabe. [4] Los gobernantes esclavos se dieron a lo largo y ancho del mundo islámico: desde los mamelucos de Egipto hasta el Imperio Otomano, pasando por algunos reyes de los grandes imperios musulmanes de África Occidental, como el de Malí. [5] Mucho más tarde, ya en época contemporánea, otras mujeres como Benazir Buto han dirigido las riendas de la moderna República de Pakistán. A Portada |
|
© 2006 KÁLAMO LIBROS,
S.L., Madrid (España)
|