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Editorial
Poema.
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Estimados lectores:
Por lo general, la influencia de la cultura islámica
sobre la latinoamericana no ha sido objeto de una atención preferente
y, en muchas ocasiones, sencillamente ha sido negada. Pero la realidad
es que durante los últimos quinientos años un permanente flujo
de ideas no ha dejado de cruzar el Atlántico desde el mundo musulmán
hasta la América post-colombina. Los esclavos negros musulmanes
llevaron consigo un modo de vida y una cultura que dejó su impronta
en todos aquellos lugares del Nuevo Mundo donde se establecieron; más
tarde, la gran cantidad de emigrantes de origen musulmán que se trasladaron
al cono sur americano han ayudado a enriquecer todas aquellas sociedades
hispanoamericanas que los acogieron, e incluso los propios conquistadores
españoles y portugueses, aún sin proponérselo, llevaron
consigo a América una cultura híbrida que durante siglos
se nutrió en el solar hispano de la convivencia entre las tres religiones
del Libro. Sobre este último fenómeno versa el primero de
los artículos del número de este mes, y en concreto sobre
la influencia del Islam en la arquitectura de América Latina.
Más cercano a la geografía islámica más convencional,
dos de los restantes artículos del presente número nos acercan
a algunas de las áreas culturales del mundo musulmán. El primero
de ellos nos presenta una breve introducción histórica al
origen y florecimiento del Islam en la India, y el segundo es la última
entrega del análisis sobre la independencia política del mundo
árabe en siglo XX. Para terminar, nos adentramos en terrenos más
metafísicos, y publicamos un interesante artículo sobre la
experiencia visionaria en el Islam chií.
La Dirección.
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América Latina recibió
los influjos del Islam precisamente de quienes pretendían hacerlo
desaparecer de su propia historia luego de siglos de absoluto predominio
filosófico sobre sus propias vidas cotidianas, y por lo mismo pretendió
negarse a aceptar su procedencia, dando muestras, una vez más, de
la incomprensión profunda de la discusión filosófica
que se escondía tras las construcciones materiales que no eran más
que el fiel reflejo de construcciones filosóficas que gozaron de
mayor autoridad durante varios siglos, sin necesidad del recurso a la violencia.
El presente trabajo pretende ayudar a develar esta discusión
filosófica, como puerta de entrada a una discusión más
honesta acerca de los resultados que en los suelos del Nuevo Mundo fueron
fruto de una de las más fértiles fusiones de espíritus
nobles que buscando enaltecer al Dios Único generaron uno de los
estilos más importantes del arte y la arquitectura islámica
y de la arquitectura hispanoamericana, el Mudéjar. No pretendo,
por tanto, constituirme en un catastro de obras, sino más bien entregar
algunos elementos filosóficos que permitan encontrar con ojos más
abiertos aquellas influencias cuya negación solo pueden significar
un alejamiento a nuestras propias raíces traicionando nuestra propia
identidad.
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Tradicionalmente, el historiador del Islam suele
subestimar el papel del subcontinente indio dentro de la historia general
de los pueblos musulmanes, considerándolo –al igual que ha hecho
con el África subsahariana, el Asia Central o el Asia Oriental– como
una simple frontera cultural y étnica con las tierras centrales del
Islam, las cuales han absorbido todo el protagonismo en la historia del
mundo islámico.
Esta situación es en parte herencia de los propios historiadores
musulmanes de la Edad Media. Salvo unas pocas y notables excepciones, la
historiografía árabe del Islam ignoró generalmente
a la India, mientras que la persa de los siglos X al XVII le prestó
una mayor atención, especialmente durante el periodo Iljaní[1]
(1256-1336), y aunque su información fue en ocasiones pobre y fragmentada,
sí reconoció el papel político jugado por la India
musulmana dentro de la historia general del mundo islámico.
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El Islam asiático comprende
también, como ya se ha señalado, a tres países musulmanes
no árabes que se extienden sobre una amplia zona de Oriente Medio
y que son de oeste a este: Turquía, Irán y Afganistán.
La historia de estos tres países
durante el siglo XX tiene un conjunto de rasgos comunes a partir de los
cuales actúan sus respectivos elementos diferenciadores. Además
de su base religiosa-cultural común fundamentada en el Islam, de su
proximidad y continuidad geográfica y de su, en ocasiones, paralelismo
histórico, los tres países inician el siglo XX como Estados
que han mantenido su independencia frente a las pretensiones del colonialismo
occidental; y los tres guardan conciencia histórica de un pasado
brillante y hasta glorioso, que anima la pervivencia y solidez de sus respectivas
personalidades nacionales, viviendo de la herencia de regímenes
anteriores, en cada caso, del anquilosado Imperio otomano, del viejo Imperio
persa y de la monarquía aristocrática y feudal afgana.
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En virtud de la orientación
racionalista de nuestra cultura, la experiencia visionaria se contempla
actualmente en Occidente como un fenómeno rigurosamente anómalo;
dado que las posibilidades noéticas del ser humano se consideran
monopolio indiscutible de la razón, filósofos y científicos
remiten tales excesos de la imaginación –facultad por lo menos sospechosa–
al supuesto oscurantismo de la fenomenología religiosa más
dudosa, cuando no a la sintomatología de la enfermedad mental. Incluso
en ámbitos con preocupaciones espirituales profundas, no deja de observarse
una cierta reticencia hacia el hecho visionario, quizá determinada,
entre otros factores, por la norma ascética que recomienda desdeñar
sistemáticamente cualquier fenomenología “anormal” que pueda
suscitarse en el proceso espiritual; norma probablemente eficaz, en términos
generales, pero que no puede pretender mayor autoridad que la derivada
del conocimiento cabal y riguroso del fenómeno en cuestión.
La experiencia visionaria queda así fundamentalmente relegada, por
una parte, al campo del pseudoesoterismo y, por otra, a movimientos más
o menos marginales dentro del cristianismo en un contexto de emotividad
desbordada y piadosa milagrería.
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EL NAKBE.
La catástrofe Palestina
"Ve y llévate el último pedazo de
mi tierra,
Abandona mi cuerpo joven
en mazmorras,
Saquea mi herencia,
Quema mis libros,
Alimenta tus perros con
mis peces,
Ve y esparce tu red de
espanto
Sobre los techos de mi
aldea,
Enemigo del hombre,
No habrá tregua
Y habré de pelear
hasta el fin,
Así apagues tus
fuegos en mis ojos,
Así me llenes de
angustia,
Así falsifiques
mis monedas,
O cortes de raíz
la sonrisa de mis hijos,
Así levantes mil
paredes,
Y clavetees mis ojos humillados,
Enemigo del hombre,
No habrá tregua
Y habré de pelear
hasta el fin"
_Samih Al Qasem
Juventud Palestina de Concepción (Chile)
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Las opiniones expresadas en los artículos
representan el punto de vista de su autor y no necesariamente
el del Editor.
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