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YO SOY EXTRANJERO Sergio Barce Todo es azar. La singularidad de ser nacional,
de pertenecer a un “grupo” predeterminado por la territorialidad, por la
raza o por el idioma, no tiene más razón de ser que la de haber
nacido en ese lugar que unas fronteras políticas delimitan como el
área inalterable y sagrada de esa comunidad. Y la pregunta es la siguiente:
¿por qué yo, como individuo, he de pertenecer a ese grupo y
no a otro, a esa nacionalidad y no a otra? ¿Por el simple hecho de
haber nacido dentro de los contornos del mapa que dibuja esa nación?
¿Por ese accidente frente al que, obviamente, no tuve la oportunidad
de decidir si quería que ocurriera en ese lugar en vez de en otro?
Sentada esta premisa, he de confesar que me considero extranjero, que me
confieso extranjero. Por un hecho fortuito, la decisión de mi madre de que su primer hijo viera la luz en la ciudad a donde se habían trasladado sus padres, nací en Málaga. Sin embargo, vivíamos en Larache, Marruecos, la ciudad en la que crecí y en la que me hice hombre, aunque la dejara con apenas trece años, y en la que habían nacido mis padres y mis abuelos. Ese accidente premeditado de mi madre hizo que naciera en territorio español y que, aunque mis padres mantenían la nacionalidad española, me otorgaban además, si existían dudas, por nacimiento, tal condición. Mi niñez transcurrió en mi pueblo, en Larache, porque uno es, al final, del lugar donde pasas tus primeros años y donde se graban los recuerdos más nítidos y más emotivos. Málaga sólo era un lugar lejano en el mapa de España y que a mí poco me decía. En Larache viví la extraordinaria experiencia de crecer entre cristianos, musulmanes y judíos, y tuve la fortuna de que gracias a esa convivencia pacífica, siempre presidida por el respeto y la tolerancia mutua, conociera las costumbres de las tres culturas monoteístas fundamentales. Celebrábamos tanto la fiesta del Mulud como el día de Reyes o la fiesta del Purim; nos invitaban las familias musulmanas al anochecer del primer día de ayuno del mes de Ramadán y nosotros al día de Navidad, mientras las familias hebreas nos recibían con matzas en el Pessaj. Con trece años recién cumplidos supe que yo era extranjero. Ocurrió que, por razones de trabajo, mi padre hubo de dejar la ciudad que amábamos y trasladarnos, cosas del destino, a Málaga, el lugar de mi accidental nacimiento. Y, como relato en mi cuento “Moro”, descubrí, con asombro, qué era la intolerancia. Me permito, para ilustrar tal experiencia, transcribir un fragmento de ese relato: “…El viaje hasta Tánger fue tan silencioso que duró un suspiro. Yo permanecí con la cabeza hundida entre los hombros hasta llegar al barco, como si me hubiese tragado la lengua. Todo quedaba lejos, así, sin más. Cuando veo a los emigrantes marroquíes viajar por las autovías en dirección a Algeciras, con todos esos bultos pertrechados en los maleteros y en las bacas de sus vehículos, no puedo evitar el ver de nuevo a mi familia en aquel Renault 10 amarillo, con matrícula de Larache, desembarcando en el mismo puerto de Algeciras al que ahora ellos se dirigen. No hay diferencia alguna. Todos viajamos con la misma memoria a nuestras espaldas. Pocos días después, ya en Málaga, asistí a mi primera clase en mi nuevo colegio. El profesor, al que apodaban El Pichi, me presentó de mala gana al resto de la clase e, inmediatamente, se acercó a mí. Me ordenó que abriese el libro de inglés y que leyese un párrafo, un párrafo que me indicó displicente con un dedo histérico. Luego apoyó, de manera amenazadora, su puño cerrado en mi cabeza. Jamás había oído antes una palabra en inglés y, mucho menos, lo había visto escrito, porque en Marruecos sólo estudiábamos francés. De manera que comencé a leer como pude. Imagino que pronuncié aquellas letras absurdas imitando al francés o algo así. En resumen, me lo inventé. El profesor me hizo callar de inmediato dándome un coscorrón, que provocó el consiguiente alboroto de los chavales que se mofaron de mi ignorancia. Yo no me atrevía a levantar la cabeza ni a llevarme la mano a la nuca, pese al dolor, pero el Pichi siseó para que le prestara atención. -Así que no sabes leer este texto... –sus ojos pequeños y huidizos se achicaron, como si me escrutara para cerciorarse de que permanecía atento a su discurso. Se llevó entonces las manos a la espalda, dio unos pasitos en la tarima, junto a su mesa, y arrastró sus palabras con un desprecio que yo desconocía-. Moro... Mi pupitre se agigantó, como engulléndome, y yo me convertí en un insignificante insecto, notando mis mejillas arder como ascuas. Por primera vez en mi vida me sentía solo, acobardado y extranjero. Permanecí encerrado en mi dormitorio durante toda la tarde. Mi habitación no tenía ventanas. Era un séptimo asediado por otros bloques de ladrillo visto y terrazas anónimas. Mi paisaje se dibujó en el techo arrugado de la habitación. Echaba de menos a Lotfi Barrada y a Juan Carlos Palarea y a Yankovich y a José Gabriel... Tumbado boca arriba, mis ojos veían las callejuelas de mi pueblo y recé con todas mis ansias para despertar de esa pesadilla, para despertar en la habitación de Luís, para despertar donde nunca me habían humillado, donde siempre me había sentido seguro y feliz”. Esta experiencia iniciática, profundamente grabada en mi memoria, supuso un cambio absoluto en mi percepción de las cosas, del mundo, de la realidad prefabricada. El hecho de que en el país del que se me decía que era el mío se me considerara extraño, y que en aquel otro donde jamás se nos consideraría nacionales (en Marruecos no se nos concedía la nacionalidad aunque se hubiera nacido en territorio marroquí) nunca nos sentimos foráneos, grabó en mi alma un sentimiento de desarraigo que mis padres han compartido conmigo durante los años en los que hemos vivido alejados de Larache. Y el desarraigo te convierte, al fin y a la postre, en extranjero. No eres de aquí ni de allí, sólo perteneces al vacilante viento del destino que te lleva a su antojo. Y ser extranjero te hace más tolerante, abierto, sensible, generoso. Es, realmente, todo un privilegio. Aunque he de revelar que siempre queda encallada una parte de tu ser en un lugar, justamente aquél en el que abandonas la niñez, donde crees, con la ayuda de la traicionera nostalgia que todo lo endulza, que fuiste absolutamente feliz, como contaba en mi relato.
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