LA SIGNIFICACIÓN DEL MILAGRO EN EL ISLAM


Adaptación de un extracto de la conferencia pronunciada por Abderrahmán Mohammed Maanán
[1]
el 25 de enero de 1.999

En la cultura occidental, la idea de lo milagroso y lo prodigioso se asocia habitualmente con la credulidad, de modo que el concepto queda desacreditado desde el momento en que su connotación inmediata exige una creencia sin reflexión. El gran desafío que se le plantea al musulmán es proporcionar una visión radicalmente distinta de la idea de milagro, ajustada a la perspectiva islámica.

La idea del milagro asociado con la credulidad debería ser rechazada de plano, ya que a ninguno de nosotros le gustaría ser considerado como una persona ingenua, crédula, que se deja engañar fácilmente con historias estrambóticas o inverosímiles. Desde este punto de vista, existe una resistencia lógica a “creer en milagros”. Pero vamos a ver que no se trata de creer, sino de comprender la función que los milagros cumplen dentro de un determinado sistema espiritual: ¿qué significación tiene el milagro, qué dimensiones adquiere, qué connotaciones presenta y qué sugerencias propone?

Para analizar el tema desde la perspectiva islámica, antes debemos recordar una serie de conceptos claves de la mayor importancia. El Islam posee una idea central, el tawhid , que es la Unidad y la Unicidad absoluta de Allah, Creador y Señor de los mundos. Cuando profundizamos en el significado del tawhid , descubrimos que las cosas existen en una relación de absoluta dependencia respecto a Allah, para más tarde comprender que “fuera” de Allah las cosas ni tan siquiera llegan a existir. El musulmán, cuando medita sobre la existencia, ve toda la creación disolverse continuamente, carente de esencia, de fundamento y de consistencia, pues todo muere y desaparece y nada de lo que puede ser pensado o percibido tiene entidad en sí mismo. Sin embargo, Allah está al margen de todo esto, pues El es el sustento y fundamento de todo lo que percibimos o pensamos y es la razón que permite que la creación se nos muestre y tenga consistencia y coherencia. Nosotros nos movemos en un Universo entendiendo que está regido por leyes que nos permiten establecer una concatenación de causas y efectos. Estas leyes nos ayudan a explicar el mundo de modo que podemos prever lo que va a suceder, pues responden a una repetición sistemática de los acontecimientos: sabemos que si soltamos un vaso, éste va a caer al suelo y sabemos que la ley de la gravedad rige este acontecimiento. Pero esta apreciación de las cosas nos lleva a suponer que la repetición de acontecimientos y las leyes asociadas a éstos son absolutamente necesarias para la existencia del mundo, lo cual va en contra del sentir general del Islam. El Universo en torno nuestro se difumina cuando penetramos con nuestro entendimiento y nuestro corazón en el Universo Unitario de Allah, lo que supone relativizarlo todo salvo a El. Las leyes se formulan en función de la constancia de unos acontecimientos, pero lo único necesario es Allah. El Imam al-Ashâri explicaba que “cuando bebes no es el agua la que calma tu sed, sino Allah en el agua, cuando comes no es la comida la que te alimenta, sino Allah en la comida”. Mientras sigamos considerando el mundo y las leyes que lo rigen de una manera autónoma respecto a Allah, lo único que estamos creando es un nuevo dios, un ídolo que realmente nos impedirá dar el paso hacia una espiritualidad con sentido. El Islam nos enseña que las causas no producen efectos, sino sólo Allah. Las causas simplemente coinciden con los efectos y su repetición nos da la impresión de estabilidad y constancia. Pero ¿por qué sucede así? ¿por qué Allah nos “engaña” de este modo? Los sufíes nos dicen al respecto que el Universo con sus leyes y su causalidad no es más que la expresión de la rahma (misericordia) de Allah para con nosotros, porque sólo la existencia de un Cosmos ordenado nos permite actuar y vivir en él, nos permite una existencia digna. Dejar de actuar por haber averiguado que el objeto de nuestra acción es una excusa de Allah para posibilitar la vida sería un despropósito, pues para el musulmán, y sobre todo para el sufí, el Universo es un cosmos ordenado que nos permite descubrir a Allah, cuya esencia es el caos más absoluto, ya que El es fundamentalmente libre y no está obligado absolutamente a nada.

Las “previsiones científicas” están siempre en constante cambio, como demostración de que jamás alcanzamos lo realmente efectivo de la existencia, pues ante ésta solo cabe sumergirse y entregarse, que es lo que significa la palabra “Islam”. Pero el Islam nos pide algo más, algo terrible, que es confiar en el caos que es Allah, y no sólo en el Cosmos. Al caos da miedo asomarse y son pocos los que se atreven a dar ese salto. 

En árabe, las palabras correspondientes a “milagro” son muaijisa, cuando lo realiza un profeta, y karamat , cuando lo realiza un waly, un íntimo de Allah dentro de la nación del Profeta. En el primer caso, la palabra muaijisa pertenece a la misma raíz que “anciano” (aijus). Pero ¿qué es un anciano? Alguien que ha perdido sus fuerzas, toda su potencia. Muaijisa, por tanto, en árabe es un participio activo que significa “algo que te reduce a la impotencia, destruye tus fuerzas, acaba con tus certezas y cuestiona tu universo.” Es decir, resulta que hay momentos en los que suceden cosas que cuestionan y ponen en tela de juicio toda esa confianza absoluta depositada en nuestro universo personal que divinizamos y consideramos autónomo con respecto a Allah. Así, las historias legendarias que el Corán nos narra están repletas de acontecimientos que supusieron momentos de gran quiebra y de desconcierto para los pueblos que los vivieron. Cuando Moisés abre el Mar Rojo o Saleh hace salir una camella de una roca, nuestro Universo se quiebra y nos permite abrirnos al caos. Paradójicamente, la solidez de nuestras creencias y nuestras profundas certezas nos impiden trascender. Con ellas sólo somos musulmanes superficialmente, pues mientras no estemos dispuestos a asomarnos a lo insoldable no seremos capaces de crecer espiritualmente. Ese desafío que lanza el Corán es una forma de abrirte a la posibilidad de conocerte a ti mismo de otro modo en el cual tú no seas tan protagonista, es decir, te invita a confiar y entregarte completamente a esa parte caótica de la existencia sobre la que no tenemos ningún control en absoluto, pues ya no se rige por leyes que tu razón pueda codificar.

La muaijisa, el milagro que parece realizar un profeta, en realidad es obra de Allah. El profeta sólo es un intermediario que utiliza el milagro como argumento. Las historias que aparecen en el Corán, recogidas de tradiciones anteriores de los pueblos semitas y que el Islam admite e integra en su perspectiva, no están ahí para que el musulmán se pregunte si son ciertas o no. Si las juzgamos de este modo impedimos que cumplan con la función que han venido a desempeñar, ya que tratar de integrar ese caos dentro de nuestro universo de reglas y razones carece de sentido y utilidad. El milagro es una puerta hacia lo insondable, lo infinito y lo caótico, y es inútil pretender reducirlo a nuestras limitadas estructuras mentales. La consecuencia de esta actitud sólo pueden ser una credulidad infantil o una incredulidad engreída, y ambas están muy lejos de la verdadera espiritualidad. En el momento que el milagro es interpretado desde la Unicidad más absoluta, éste comienza a desempeñar su función. Las historias que el Corán relata no pretenden describir unos sucesos supuestamente prodigiosos, sino que aspiran a recordarnos constantemente que la “secuencia lógica” de los acontecimientos no es independiente de Su verdadero Dueño, que es en realidad quien actúa según Su Voluntad, la cual se nos presenta como un enigma radical. Si aceptamos esto, debemos comprender las limitaciones de nuestra lógica y aprender que ésta debe quedar en suspenso si deseamos llegar hasta El.

La palabra castellana “milagro”, es decir, aquello que se ofrece a nuestra credulidad, es demasiado cerrada; mientras que muaijisa responde a la función que antes hemos definido como aquello que nos hunde en la mayor de las miserias porque destruye nuestros esquemas. Dice Sidi Ahmed Al ‘Alawi [2] que “el milagro sirve para el común de los musulmanes porque lo refuerza”. Pero los sufíes no precisan del milagro porque para ellos todo es absolutamente prodigioso. Según los sufíes, todo es muaijisa porque, en ultima instancia, todo carece de lógica y, por lo tanto, esto les impide aferrarse a nada que no sea Allah. Para el sufí, es tan sorprendente que el vaso caiga al suelo cuando lo soltamos como que el mar se abra cuando Moisés introduce en él su vara. Porque el sufí se mueve en el terreno de la esencia de las cosas, y no en el de sus manifestaciones externas. El sufí ha reintegrado el Universo en la Unidad y Unicidad de Allah y desea saborear hasta sus últimas consecuencias ese caos inefable que constituye la esencia de Allah.

Dice el Corán: “Allah es el que hace fluir los dos mares, uno salado y uno dulce; entre ellos hay un obstáculo (barzaj)”. Para que el universo de Allah, puro caos, y nuestro universo, con su lógica, no se mezclen y no se encuentren hay entre ellos un obstáculo, que eres tú mismo. No permitas que los dos mares se mezclen, porque ahí reside la locura. El equilibrio está en saber donde está el mar de agua salada y donde el de agua dulce. Quien es capaz de vivir esos dos aspectos constantes dentro de cada acontecimiento de la existencia, saboreará aquello que Allah le regala como rahma para hacer su vida más fructífera, y aquello que es un misterio (sirr) para que las posibilidades del Espíritu puedan abrirse ante él. Por eso, para el Islam, lo absurdo no es el milagro sino la pretensión de querer comprenderlo racionalmente. Se trata de disfrutar de la imagen propuesta, y no de asumirla crédulamente o rechazarla obstinadamente. En mi opinión, la espiritualidad occidental ha cometido el error de mezclar en su teología lo perfectamente racional, lo comprensible por aproximación y lo absolutamente misterioso, y de este modo la religión ha pasado de ser una “vivencia” a ser una “creencia”.

El Islam reinterpreta desde su propia perspectiva todas las historias milagrosas narradas en las otras tradiciones espirituales. De este modo asume un hecho sobrenatural como el nacimiento de Jesús de una madre virgen y, sin embargo, niega un posible acontecimiento histórico como es la crucifixión de Jesús. Mientras que el primero muestra la capacidad omnipotente de Allah, la aceptación del segundo supondría admitir la filiación divina de Jesús, lo que sería atentar contra el concepto islámico del tawhid .

Debemos destacar que el mayor milagro que el Islam propone a la sensibilidad humana es el propio Corán. Este es el milagro fundamental del Profeta del Islam, porque la lectura del Corán te sumerge en el desconcierto. El Islam te dice que es legítimo aferrarse a los símbolos del poder de Allah que en el Corán se describen como milagros, pero no existe una “doctrina oficial” respecto a su verdad o falsedad histórica. Cuando el Corán narra algunos de estos milagros, es curioso que los comentadores no se apliquen a justificar el hecho ni a tratar de demostrarlo racionalmente, sino que dan una lectura que convierte cada elemento de esas historias en un asomo directo a Allah. Porque la función de los milagros no es la de someterse a la creencia ni la de servir de espectáculo, sino la de abrirte al Universo de Allah, y esta función en el Islam la tiene el Corán, con sus infinitas posibilidades.


NOTAS.-

[1] Abderrahmán Mohamed Maanán nació en Melilla y es Doctor en Filosofía por la Universidad de Sevilla. Es autor de varias obras, entre las que destaca un tafsir (comentario) de una parte del Sagrado Corán, publicado en varios volúmenes. Ha traducido diversas obras del árabe, entre las que destaca Los engarces de la sabiduría, de Ibn al-‘Arabi, publicado por Ediciones Hiperión.

[2] Ahmed Al ‘Alawi fue un famoso sufí  que nació y vivió en Argelia durante la primera mitad del siglo XX. Fue el fundador de la orden sufí Alawiyya. Para más información, véase Martín Lings, Un santo sufí del siglo XX , Jose J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, 2.001. (Nota de la Redacción)  


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