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Poema
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Estimados lectores:
Con este número se cumple
un año desde que la nueva Redacción se hizo cargo de la
revista Alif Nûn. Esperamos haber sido fieles a nuestro objetivo,
que no es más que el de ofrecer una información plural
y equilibrada en relación a los distintos aspectos del mundo árabe
e islámico, una materia en la que, desgraciadamente, la objetividad
en su tratamiento no es la moneda más corriente. Pensamos sinceramente
que el conocimiento del mundo árabe e islámico no sólo
sirve para aproximarnos a otras culturas y modos de pensar sino, fundamentalmente,
para conocer una parte fundamental de nuestro propio pasado y, por extensión,
de nuestro presente y nuestro futuro; puesto que ambas civilizaciones,
la occidental y la árabe e islámica, están condenadas
a entenderse si desean sobrevivir en un mundo cada vez más globalizado.
Tratando de poner nuestro granito de arena en esta tarea de entendimiento,
el número de este mes nos ofrece la segunda parte del artículo
dedicado a la independencia y construcción nacional del mundo
árabe del siglo XX. Publicamos también una reflexión
sobre la función y la significación del milagro dentro
del Islam, y una aproximación a la figura y la obra de Mohammed
al-Gazâli (el Algazel de los latinos), ese gran pensador
musulmán del siglo XI que marcó un antes y un después
en la filosofía y, en general, en toda la producción intelectual
del mundo islámico. Por último, les acercamos a la experiencia
personal de alguien que ha vivido a caballo entre las dos orillas del
Estrecho de Gibraltar, esos catorce kilómetros de mar que
nos acercan –y, en ocasiones, nos alejan– de nuestro desconocido vecino
Marruecos.
La Dirección.
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Como se ha ido indicando, el Panarabismo, o movimiento de unión
árabe, se manifiesta y desarrolla de forma paralela e íntimamente
unido al nacionalismo árabe: independencia y unidad árabes
han sido aspiraciones históricas comunes, que se han mantenido
durante un largo tiempo esencialmente interrelacionadas, y aún hoy
así se mantienen. El Panarabismo se define como el movimiento de
carácter histórico que tiende a la colaboración y
la unión de todos los Estados árabes de Asia y de Africa para
la formación de una nación árabe.
Los orígenes de este
movimiento, estudiado por Boutros-Ghali y E. Jouve, entre otros autores,
son antiguos, aunque difusos, y se encuentran en los propios comienzos
de la historia del gran imperio medieval árabe; el Panarabismo
moderno resurge durante la primera mitad del siglo XIX a partir de un
cierto renacimiento cultural y político centrado en el Egipto
de Mohamed Ali, que tiende a transformarse en el foco del movimiento
y a reagrupar en torno suyo a los países árabes asiáticos.
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En la cultura occidental,
la idea de lo milagroso y lo prodigioso se asocia habitualmente con la
credulidad, de modo que el concepto queda desacreditado desde el momento
en que su connotación inmediata exige una creencia sin reflexión.
El gran desafío que se le plantea al musulmán es proporcionar
una visión radicalmente distinta de la idea de milagro, ajustada
a la perspectiva islámica.
La idea
del milagro asociado con la credulidad debería ser rechazada de
plano, ya que a ninguno de nosotros le gustaría ser considerado
como una persona ingenua, crédula, que se deja engañar fácilmente
con historias estrambóticas o inverosímiles. Desde este
punto de vista, existe una resistencia lógica a “creer en milagros”.
Pero vamos a ver que no se trata de creer, sino de comprender la función
que los milagros cumplen dentro de un determinado sistema espiritual:
¿qué significación tiene el milagro, qué
dimensiones adquiere, qué connotaciones presenta y qué sugerencias
propone?
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Para comprender el pensamiento,
la producción intelectual y la trayectoria vital de las grandes
figuras de la humanidad –y al-Gazâli, sin duda, es una de ellas–
es necesario conocer el entorno social, político, económico
y cultural del periodo histórico y del espacio geográfico
en el que vivieron inmersos estos personajes. En el caso que nos ocupa
se trata del convulso siglo XI d.C en las tierras musulmanas de Asia occidental,
agitadas por tensiones religiosas y políticas de todo tipo.
A mediados del siglo XI
d.C. aparece en las tierras centrales del oriente musulmán una
dinastía de origen turco que se hace dueña de la Transoxania
y poco después del Jurasán. Son los selyúcidas,
llamados así en honor de un jefe nómada llamado Selyuq,
que en el año 1.058 logró apoderarse de Irak, obteniendo
el título de sultán de parte del califa ‘abbasí.
En su proceso de expansión, los selyúcidas llegaron a poner
los pies en el territorio bizantino de la península anatólica,
dando el primer paso para la posterior conquista turca de la totalidad
de Anatolia y de la ciudad de Constantinopla, llevada a cabo por otra dinastía
turca, los otomanos , en 1.453.
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Todo es azar. La singularidad
de ser nacional, de pertenecer a un “grupo” predeterminado por la territorialidad,
por la raza o por el idioma, no tiene más razón de ser
que la de haber nacido en ese lugar que unas fronteras políticas
delimitan como el área inalterable y sagrada de esa comunidad.
Y la pregunta es la siguiente: ¿por qué yo, como individuo,
he de pertenecer a ese grupo y no a otro, a esa nacionalidad y no a otra?
¿Por el simple hecho de haber nacido dentro de los contornos del
mapa que dibuja esa nación? ¿Por ese accidente frente al
que, obviamente, no tuve la oportunidad de decidir si quería que
ocurriera en ese lugar en vez de en otro? Sentada esta premisa, he de confesar
que me considero extranjero, que me confieso extranjero.
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SAMEH
Aunque mi tierra esté
lejos,
aunque tome café por las mañanas
en la rutina diaria
que de ocho a seis se hace,
mi piel es negra.
Aunque viva en el portal tres,
de una calle cualquiera,
de un cualquier primero B
que esté haciendo esquina,
mi piel es negra.
Aunque sea un ser humano
y sepa que
tengo amigos
donde dejar mis dudas
y mi melancolía,
mi piel es negra.
Aunque me vista de traje,
aunque compre en las tiendas
y en los bares me digan:
“¿Qué quiere usted, caballero?”,
mi piel es negra.
Y tus ojos
me dicen,
que yo no soy de aquí,
que esta no es mi patria,
que aunque intente olvidarme,
mi piel es negra.
Juan Álvarez Salas
Extraído de psicoinmigracion.com
Portal para profesionales de la Inmigración
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