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REVOLUCIÓN E INDEPENDENCIA DEL MUNDO ÁRABE-ISLÁMICO (Parte I) Con el despertar de los pueblos colonizados,
el fin del colonialismo y el acceso a la independencia de estos pueblos,
la historia del siglo XX ha vivido el proceso revolucionario más
sintomático de nuestro tiempo actual; el resurgimiento de estos
pueblos imprime a la historia contemporánea un carácter diferente
de cuanto se había conocido hasta ahora, y la rebelión de
los pueblos de Asia y de África contra Europa es, en palabras de
G. Barraclough, el síntoma más inequívoco del
advenimiento de una nueva era. Este fenómeno histórico
constituye en su conjunto el proceso de descolonización; por él,
todas las colonias repartidas por el mundo, dependientes de Europa, se
levantan contra ella y luchan por la libertad y la independencia, en general
durante el período de entreguerras, y la alcanzan tras la Segunda
Guerra Mundial. Este fenómeno totalmente nuevo y trascendental durante los años centrales del siglo XX, supone, por un lado, la liquidación de los Imperios coloniales europeos constituidos en la época del imperialismo, y, de manera paralela, el surgimiento de nuevos Estados independientes en los antiguos territorios dependientes. La descolonización es el proceso histórico de la lucha de estos pueblos contra el predominio europeo, que pierde su hegemonía colonial y ve surgir nuevas naciones afroasiáticas, con todas las consecuencias que este gran cambio lleva consigo, en el plano nacional e internacional. Puede decirse que el proceso descolonizador
se desarrolla y continúa en torno a tres grandes conjuntos a escala
continental: en primer lugar, la rebelión de Asia; en segundo lugar,
el movimiento de revolución e independencia del mundo árabe
e islámico, que corresponde considerar aquí; y, en tercer
lugar, el despertar de Africa negra. De esta forma, hacen un mundo nuevo
y una nueva época que harán cambiar totalmente la historia
universal. Areas geohistóricas del Islam
El Islam comprende una serie de espacios geográficos relacionados unos con otros, sujetos en sus márgenes a modificaciones bastante intensas; ya que su historia no ha sido ni es una historia apacible, escribe F. Braudel. Dentro del mundo islámico conviene distinguir entre los árabes -mundo árabe, países árabes- y el Islam no árabe -musulmanes, mundo islámico-, conceptos que se utilizan indistintamente y de manera ambigua confundiendo ambas realidades y colectividades, y que si bien tienen rasgos históricos y religiosos comunes, en otros aspectos son muy diferentes entre sí. Para M. Rodinson tres caracteres definen a los árabes y constituyen la arabidad: en primer lugar, hablar la lengua árabe, en sus diversas variedades, y considerarla su lengua natural; en segundo lugar, estimar patrimonio suyo la historia y los rasgos culturales de los árabes, que engloban a la religión islámica, y en tercer lugar, reivindicar la identidad árabe, poseer conciencia de arabidad. Tales son los llamados pueblos o países árabes. El Islam, como religión y como sistema de vida, tiene una relación particularmente estrecha con los árabes, siendo éstos su núcleo y su agente difusor y creador; pero el Islam al difundirse por inmensas y variadas zonas geográficas y entre muy diferentes pueblos deja de ser un sistema exclusivo de los árabes. De esta manera en la historia y en la actualidad, pueblos no árabes asumen y representan, en un primer plano, la defensa del Islam, con el que se han identificado totalmente; fue el caso del Imperio otomano, entre otros. En la actualidad, se encuentran en Oriente Medio, diferenciados del conjunto árabe, varios y singularizados pueblos islámicos no árabes. En síntesis, en el mundo islámico del siglo XXI pueden señalarse, encabalgadas entre dos continentes, tres principales grandes áreas geohistóricas, dejando al margen otras más diferenciadas regiones de islamismo o arabidad, en zonas de Asia y Africa: a) Los países árabes de Asia suroccidental, que integran el llamado Próximo Oriente, y que con su centro geográfico en la Península Arábiga se extienden por el Creciente Fértil hacia el Mediterráneo oriental; se trata de Estados en los que predomina la etnia árabe, en los que la lengua es el árabe y que proclaman su arabidad, como señala M. Rodinson: Arabia Saudita, Yemen del Norte y del Sur, Emiratos Arabes Unidos, Estados del Golfo, Irak, Siria, Jordania, Líbano. Este conjunto forma una zona geográfica coherente, en la que se encuentra el enclave no árabe del Estado de Israel. b) Los países islámicos no árabes de Oriente se extienden al norte de la anterior en Asia occidental, y son de oeste a este: Turquía, Irán, Afganistán y Pakistan. c) Los países árabes del
norte de Africa, desde los Estados del Nilo: Egipto -más vinculado
en su evolución histórica a los países árabes
del Próximo Oriente- y Sudán, hasta los del Magreb, entre
el Mediterráneo y el Atlántico: Túnez, Argelia y Marruecos,
además de Libia entre ambas zonas; carácter árabe
tienen también en Africa oriental, Somalia, y en la occidental,
Mauritania y Sahara. Fases de la historia
del Islam La historia del Islam -árabe y no árabe- ha conocido una agitada evolución desde sus orígenes en el siglo VII hasta el siglo XX, cuando se registra el resurgimiento de la nación árabe. A lo largo del siglo XIX el Islam se identifica con el Imperio otomano, al que está históricamente vinculado, pero que tras su pasada grandeza, nacida en el siglo XVI y mantenida durante más de tres centurias, inicia una fase de decadencia, en el mismo siglo XIX; por el paulatino hundimiento interior del Imperio turco, las divisiones entre los distintos pueblos islámicos, el sometimiento del pueblo árabe a la dependencia imperial turca, y la acción dominante del colonialismo europeo que acaba por imponerse totalmente al Islam y sobre la práctica totalidad de los países árabes.
A partir de estos precedentes, la historia del Islam durante el siglo XX tiene las siguientes fases: 1ª) En los comienzos del silgo XX y durante la Primera Guerra Mundial la situación del mundo islámico, en especial en el Próximo Oriente, está dominada por la acción de tres fuerzas que rivalizan entre sí: En primer lugar, el Imperio turco que
hasta entonces es la potencia predominante y que al ser derrotada en el
conflicto, como aliada de Alemania, tiene que abandonar su soberanía
sobre los territorios árabes y entra en un período de alteraciones
internas que enfrentan al viejo Sultanato en decadencia con los nacionalistas
revolucionarios de tendencia republicana. En segundo lugar, el resurgimiento de los pueblos árabes movilizados por el nacionalismo renovador -donde se impone el de talante tradicional- que, liberados del dominio turco, aspiran a crear una nación árabe independiente: los núcleos de acción árabe se encuentram por un lado, en los diversos Estados árabes deseminados por la península Arábiga entre los que sobresalen el reino de Nejdz con capital en Ryad y regido por Ibn Saud, y el reino del Hezjaz, con las ciudades santas de La Meca y Medina, y gobernado por el hachemita Hussein, rival del anterior, y por otro, en el área formada por Siria, Iraq y Líbano a través de grupos organizados de acción política, pero algo confuso e impreciso que acaba por ser desplazado por el anterior. Y en tercer lugar, la intervención francobritánica que desea llenar el vacío que deja Turquía y controlar a los pueblos árabes por dos tipos de intereses: de un lado, políticos, primero como aliados contra los turcos, aliados a su vez de los alemanes, y después contra los rusos soviéticos; y de otro, económicos, para controlar el petróleo de la región; en este sentido, Gran Bretaña despliega una gran actividad polítco-militar con envío de agentes -Lawrence de Arabia-, pactos con los árabes -con Hezjaz en 1916- y al mismo tiempo Balfour formula en 1917 su declaración en apoyo de la creación de un "hogar nacional judío" en Palestina. 2ª) A lo largo del período
de entreguerras, ente la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se extiende
una nueva fase caracterizada por el resurgimiento y reorganización
del pueblo árabe y la renovación del mundo islámico
no árabe; es el inicio del proceso de revolución y descolonización
del Islam y su acceso a un estado de soberanía e independencia,
pero también de división y conflictos. Derrotado, en efecto, el Imperio turco tras el armisticio de Mudros en 1918, se firma el Tratado de paz de Sèvres en 1920 -luego revisado por el de Lausanna en 1923- que consagra su abandono forzado de los países árabes, en los que se ha impuesto la presencia franco-británica, dominando a los pueblos árabes y sobre cuyo destino futuro deciden las potencias en el marco de la Sociedad de Naciones. Se llega así al establecimiento de los Mandatos orientales en virtud de los acuerdos del organismo internacional en 1919: el Tratado de San Remo y el convenio de París, ambos en 1920, bajo la tutela de Gran Bretaña y Francia. La situación, por tanto, queda dominada por la presencia y los intereses del colonialismo europeo, que organiza los Mandatos en su beneficio, y en cuyo maro queda sometido y dividido el pueblo árabe. Los Mandatos británicos se organizan como monarquías árabes y evolucionan pronto hacia una autonomía controlada: Iraq, regido por el hachemita Feysal, es prácticamente independiente desde 1930; Transjordania, creado por Inglaterra como Emirato en 1923 y gobernado por el también hachemita Abdullah; y Palestina, bajo administración directa británica al existir el conflicto entre las contrapuestas promesas inglesas y los intereses enfrentados de árabes y judíos. Los Mandatos franceses se organizan como
Repúblicas, y tanto Siria como Líbano acceden a una autonomía
controlada en 1936. En Arabia, mientras tanto, se produce el enfrentamiento
de hachemitas del Hezjaz y sauditas del Nejdz, entre 1919 y 1932; el rey
Ibn Saud somete a la mayoría de los reinos peninsulares y expulsa
a los hachemitas, constituyendo en 1932 el reino unificado de Arabia Saudita.
En 1920 se reconoce la independiencia de Omán, y en 1937 Yemen se
organiza también como reino independiente. Por último, 1922,
Inglaterra concede a Egipto una independencia teórica y formal, reorganizándose
el Estado con la Constitución de 1923, como una monarquía
regida por el rey Fuad (1923-36). En definitiva, entre la fuerza del nacionalismo árabe y la de los aliados europeos se impone ésta, dando como resultado la división de los árabes y su dependencia al quedar organizados en diferentes Estados bajo tutela occidental; y entre las distintas corrientes del nacionalismo árabe predomina la de carácter conservador y oligárquico, representada por las grandes familias tradicionales y aristocráticas árabes, que cuenta con el apoyo y la ayuda de Occidente y configura así unas nuevas naciones árabes de talante entre conservador -las repúblicas- y feudal -los reinos-, pero siempre prooccidental. Esta situación general se mantiene sin grandes cambios durante la Segunda Guerra Mundial, a lo largo de la cual, a pesar de la existencia de algunas corrientes nacionalistas proalemanas y la presión de los sentimientos antibritánicos, los árabes permanecen unidos a los aliados. 3ª) Entre 1945 y 1952 se extiende
la tercera fase, en la que al término de la Segunda Guerra Mundial
se consolidan e incrementan las independencias de los países árabes
del Próximo Oriente, aunque en unas condiciones y circunstancias
muy determinadas. Estas independencias son la fórmula política
que representan los deseos de las respectivas oligarquías árabes
nacionales, vinculadas con los intereses económicos occidentales,
y que se combianan en la expresión de un nacionalismo conservador
aliado con Occidente: en 1945 Iraq es ya independiente, y en 1946 lo son
Siria y Líbano, y también Transjordania, que en 1949 se convierte
en el reino de Jordania. El ideal de la unidad árabe se materializa,
si bien de forma limitada y con la protección británica, en
la constitución de la Liga de Estados Arabes que nace en El Cairo
en marzo de 1945. Un nuevo e importante factor de movilidad en la región es el final del mandato británico en Palestina, el plan de partición del territorio acordado por la ONU en noviembre de 1947 y el nacimiento del Estado de Israel, en mayo de 1948, como consecuencia de los compromisos internacionales contraídos por Occidente con los movimientos sionistas en auge, y que da origen a una inmediata guerra entre Israel y los Estados árabes en 1948-49; continuada con otras en 1956, 1967 y 1973, terminadas en sendas victorias israelitas. Al mismo tiempo, y de manera paralela, en esta fase adquieren un gran desarrollo los movimientos nacionalistas de los países árabes del norte de Africa que se manifiestan y luchan claramente en favor de la independencia de las naciones magrebíes: Marruecos, Túnez y Argelia. Libia, por su parte, obtiene de los aliados la independencia formal como monarquía en 1951. 4ª) Desde 1952 y hasta 1979 se extiende la cuarta fase: por un lado, se completan las independencias de todos los países árabes, y por otro surgen revoluciones en algunos de estos países, con un carácter popular y antioccidental y en contra de los regímenes prooccidentales y conservadores establecidos. En julio de 1952 se produce, en este sentido, un cambio fundamental para la historia de todo el mundo árabe: es la revolución egipcia que transforma a este país en una República en 1953 y a Nasser en su presidente en 1954, y que anima un movimiento nacionalista popular y antioccidental por todos los países árabes en los que tanto la revolución como su dirigente alcanzan gran difusión e influencia. Desde este momento el mundo árabe queda agitado por unas tensiones profundas que ponen en peligro el entramado oligárquico levantado por Occidente, y que se polarizan entre unos regímenes conservadores prooccidentales que intentan mantenerse a salvo, y unos movimientos revolucionarios de talante popular y socialista, nacionalistas y antioccidentales, que buscan conseguir para el mundo árabe su auténtica independencia e identidad histórica. Las revoluciones se propagan y en los países donde triunfan, dan nacimiento a nuevas Re´públicas: Iraq en 1958, Yemen del Norte en 1962, Argelia también en 1962 al mismo tiempo que obtiene la independencia, al igual que en Yemen del Sur en 1967, y Libia en 1969.
Otro factor a tener en cuenta en esta fase es el mantenimiento de la presencia occidental, aunque en sustitución de Gran Bretaña como potencia predominante en la región interviene de manera creciente y casi exclusiva desde 1949-54 Estados Unidos que organiza una política de pactos militares -el de Bagdad en 1955, luego transformado en la CENTO (Organización del Tratado del Centro) en 1959-, y alianzas bilaterales -con Israel, Arabia Saudita, Turquía e Irán- en apoyo de los intereses occidentales, y en concreto norteamericanos, con lo que la región queda inmersa en la dinámica internacional de la guerra fría. En el orden económico, con implicaciones internacionales en todos los aspectos, el petróleo de la zona se convierte en protagonista mundial al crearse en 1960 la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y más acusadamente desde 1973, al desencadenarse la crisis económica de nuestro tiempo. Por último el conflicto entre Israel y los países árabes persiste tras la primera contienda en 1948-49 y continúa en una serie de guerras sucesivas -cuatro en total-: en 1956 la de la crisis de Suez, en 1967 la de los Seis Días y la campaña del Sinaí, y en 1973 la del Yom Kippur; y en 1969 se constituye la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) bajo la dirección de Yasser Arafat como defensora, por medio de la lucha armada contra Israel, de la creación de una Palestina árabe. Y en el otro extremo del mundo árabe, en el Africa occidental atlántica, se inicia en 1975 un nuevo y largo conflicto que divide y enfrenta a los países magrebíes y árabes: el del Sahara Occidental tras el abandono del territorio por España. 5ª) Desde 1979, en fin, divrersos síntomas parecen señalar que el mundo árabe-islámico ha entrado en una nueva fase de su agitada evolución histórica. Los hechos más significativos en este sentido se registran, por un lado, entre los países islámicos no árabes: en 1979 triunfa la revolución islámica en Irán proclamándose la República que inicia una singular experiencia de organización política revolucionaria sobre la ortodoxia y renovación del Islam. En 1978 en Afganistán se impone un régimen de tipo comunista que intenta aunar marxismo e islamismo en la tarea de reconstrucción nacional; y en 1980 Turquía conoce un golpe de Estado que inicia, una vez más en su historia, una nueva fase de dictadura militar. Por otro lado, el conflicto del Próximo Oriente, y con él las relaciones entre Israel y los países árabes, parecen en una nueva fase al firmarse la paz entre Egipto e Israel por los acuerdos de Camp David en 1978-79, bajo el patrocinio norteamericano, y quedar la OLP como la única fuerza en lucha activa contra Israel; principalmente para acabar con la acción palestina en Líbano -agitado al mismo tiempo por una interminable guerra civil- Israel invade este país en el verano de 1982 en lo que ha sido considerado por algunos como la quinata guerra árabe-israelí, que da como resultado la ocupación del sur libanés por el ejército israelí, la salida de los palestinos del país tras la cruenta batalla de Beirut, y la firma, en 1983, de un tratado de paz entre Israel y Líbano, anulado por el Gobierno libanés en 1984. Al mismo tiempo, en el otro extemo del mundo islámico, en el Africa Altántica, se prolonga inacabable el conflicto del Sahara Occidental que afecta directamente a todos los países del Magreb y se proyecta en sus repercusiones y consecuencias a todo el mundo árabe. El nacionalismo árabe La descolonización del Islam y de los pueblos árabes, como ya se ha indicado, se incia con el proceso hacia las autonomías e independencias entre los países árabes del Próximo Oriente, que hasta la Primera Guerra Mundial son dependientes del Imperio turco y que tras su derrota, al finalizar el conflicto, quedan sometidos al régimen de Mandatos internacionales bajo la tutela francobritánica, unido a la dependencia de Egipto respecto a Gran Bretaña, y con la modernización autoritaria de los países islámicos no árabes de Oriente Medio: Turquía e Irán. Así durante el período de entreguerras, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el pueblo árabe desarrolla su conciencia nacional arabidad, y va dando nacimiento a los nuevos Estados islámicos de Asia occidental, que organizan su vida independiente en una conflictiva evolución histórica, al mismo tiempo que mantienen el ideal de la unidad árabe. Este proceso descolonizador del despertar árabe es históricamente paralelo al de la rebelión de Asia, y algo anterior al despertar de Africa, teniendo sus propios factores y componentes históricos. El nacionalismo árabe adquiere su fundamento histórico en la civilización árabe-islámica que a su vez tiene su base geográfica en Arabia y el Próximo Oriente, su cimiento religioso-ideológico en el Corán y su soporte étnico y social en el pueblo árabe, como ha sintetizado F. Braudel. Los fundamentos de esta cultura se encuentran en un hombre, Mahoma; un libro, el Corán; y una religión, el Islam. Lo que M. Rodinson llama arabismo es el nacionalismo árabe próximo al tipo actual, cuyo modelo fue formándose en Europa a través de una lenta evolución desde la Edad Media; se creó así el concepto de Nación-Estado, que tras haberse difundido por Europa y América fue asumido por las élites de los países colonizados, a las que sirvió igualmente para movilizar a las masas locales contra la dominación extranjera. Así el arabismo o nacionalismo árabe se desarrolla poco a poco en función de situaciones y acontecimientos que las diversas teorizaciones iban siguiendo, por aproximaciones sucesivas, desde mediados del siglo XIX y sobre todo a comienzos del XX. Después de un pasado histórico
de esplendor, unidad y grandeza, el pueblo árabe se encontraba a
mediados del siglo XIX en una situación de división interna
y de sometimiento al poder turco que se había impuesto y extendido
desde el siglo XVI sobre todos los países árabes, como exclusivo
y poderoso representante del Islam; pero de esta decadente situación
surgirán las primeras manifestaciones de recuperación de los
valores perdidos, aunque latentes y vivos, de toma de conciencia y formación
de una renovada identidad común, y en definitiva de reconstrucción
de la nación árabe. El nacionalismo árabe se configura
lentamente desde mediados del siglo XIX al reencontrarse en la ideología
colectiva social elementos étnicos: el pueblo árabe; y religiosos:
el Islam; con una cultura y expresión común: la lengua; así
como con la conciencia de una gloriosa historia de unidad, que constituyen
el andamiaje del nuevo nacionalismo árabe. Las manifestaciones iniciales de este movimiento están representadas por la fase denominada por M. Rodinson de "protonacionalismo islámico", que corresponden a la segunda mitad del siglo XIX y que tienen un doble carácter: de renacimiento cultural y de concienciación política. La hostilidad hacia el poder turco ha ido desarrollando la conciencia de una identidad árabe en el Asia árabe, pero la ideología organizada y elaborada tarda en formarse y en conseguir una audiencia importante, siendo más bien un protonacionalismo islámico de matiz antiimperialista. Pero a finales del siglo XIX se generaliza esa atmósfera hostil a los turcos entre los árabes de Asia por la acción conjunta y lenta de varios factores: la mala adminsitración otomana, el predominio turco en el Asia árabe, el despotismo del sultán, el florecimiento de los estudios literarios árabes y la toma de conciencia árabe dentro de la historia del Islam; aunque este descontento no desemboca en la idea de un Estado árabe más que entre minorías y limitado a Siria, Líbano y Palestina, hacia 1880. Una reacción cultural, ideológica y política del nacionalismo árabe se produce a comienzos del siglo XX, que da nueva animación y carácter al movimiento, aunque sólo durante una corta etapa, al quedar debilitado y dividido en tiempos de la Primera Guerra Mundial. En síntesis, como expone M. Cherif, con anterioridad a la Gran Guerra, los países árabes que caen en su mayoría bajo la dominación colonial de Europa, conocen, al mismo tiempo que el sometimiento político, el impacto de la economía y de la civilización europeas. Si las transformaciones sociales afectan lentamente a las masas populares, no ocurre lo mismo para el desarrollo del sentimiento nacional, que emerge incontestablemente en un cierto número de países árabes en el curso de esta época; anima así múltiples acciones populares que, aunque desordenadas e ineficaces, constribuyen a fortificar el sentimiento nacional y a preparar los movimientos más vastos de posguerra. Factores del desarrollo nacionalista árabe
en esta fase son: el primer manifiesto claro de este nacionalismo representado
por la obra de Abd el-Rahman El-Kawakibi (1849-1903) titulada La
madre de las ciudades, es decir La Meca, aparecida en 1901; la acción
del palestino Nayib Azuri, que en 1904 funda en París la Liga de
la Patria Arabe y en 1907 la revista L'Independance Arabe; el
nuevo ambiente creado en el Imperio turco desde 1908 al producirse la revolución
de los jóvenes turcos, y evolucionar el descontento árabe hacia
la fundación de sociedads político-culturales que exigían
igualdad de derechos para los árabes en el Imperio, en Estambul, Beirut,
El Cairo, y también de carácter secreto, como Fatat (1911),
que ya pedía la independiencia árabe, y que organizó,
en colaboración con otras sociedades, en París en 1913 un Congreso
Nacional Arabe, aunque sus resultados decepcionaron. En tiempos de la Primera Guerra Mundial el nacionalismo árabe, como se ha indicado, aparece debilitado y dividido, entre los grupos minoritarios que actúan en Líbano, Siria e Iraq y en el exilio, y la oligarquía tradicional de los reinos árabes que defienden sus territorios y sus derechos históricos feudales; entre estas diversas tendencias acaba por imponerse, contando con la alianza de las potencias europeas, un nacionalismo árabe de carácter conservador, oligárquico y tradicional que se concreta en la formación de varias naciones árabes frente al viejo ideal de la unidad árabe. Al comienzo del período de entreguerras, sectores del nacionalismo árabe se consideran traicionados por los países occidentales, que se habían impuesto en la región aliados con las oligarquías árabes, y comienzan un proceso de rebelión y lucha en favor de una auténtica unidad e independencia, de talante revolucionario, contra los occidentales y la oligarquía, que cubre todo el período y marca definitivamente hasta nuestros días la ideología nacionalista árabe. Estos movimientos nacionalistas renovadores se extienden por el Próximo Oriente asiático -Siria, Iraq, Palestina-; y también comienzan a difundirse y generalizarse por los pueblos árabes de Africa del norte: ideológicamente el foco sigue siendo en Egipto la Universidad de El Cairo y otros centros de acción, y políticamente tiene gran eco la República del Rif (1921-27) de Abd el-Krim. Este período de entreguerras, escribe M. Cherif, registra en definitiva el desarrollo de la conciencia nacional bajo la influencia de múltiples factores, de los que algunos constituyen, sin embargo, un freno a este desarrollo. Las masas populares participan en ese movimiento nacional bajo la dirección de una intelligentsia salida de la pequeña burguesía o de las mismas clases populares, y las formas de acción evoluciona en el seno de la organización. Durante la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo árabe se mantiene a la expectativa, aunque alcanza una fuerte tendencia proalemana por hostilidad hacia los aliados franco-británicos. Con el fin de recuperar a la opinión árabe, los británicos, principalmente, toman medidas tendentes a favorecer algunas aspiraciones del nacionalismo como son la detención de la inmigración judía a Palestina (en mayo de 1939), la proclamación de su simpatía por la causa de la unidad árabe (declaración de Eden en mayo de 1941), y ayuda a los Estados de Siria y Líbano a obtener su independencia de Francia; este esfuerzo desemboca en la creación de la Liga Arabe en El Cairo en marzo de 1945, con el patrocinio británico. Al término del conflicto, el nacionalismo
árabe ha alcanzado algunos de sus objetivos, aunque de manera parcial
y limitada; en estos años, si por un lado los países árabes
van a obtener su plena independencia, que constituía una de sus viejas
aspiraciones, por otro el constante ideal de la unidad árabe parece
inalcanzable al consolidarse los nuevos nacionalismo, a veces no sólo
no solidarios, sino enfrentados entre sí, en el marco de las naciones
árabes ya existentes, y manteniéndose sólo por encima
de ellas el sueño de la unidad que sólo logra materializarse,
de manera insuficiente, en la Liga Arabe. Después de la Segunda Guerra Mundial,
en opinión de M. Cherif, la conciencia nacional se extiende y se abre
a nuevas dimensiones, como los problemas sociales, bajo la influencia de
cuadros nuevos, de organizaciones democráticas populares y de los ejemplos
exteriores. En razón de los progresos de la economía, de los
medios de transporte y de comunicaciones, de la opinión y del pensamiento,
las clases populares amplían su participación en los movimientos
nacionales y extienden su influencia; los cuadros se diferencian y a menudo
llegan a tener un carácter más popular. Las formas de acción
se diversifican en: formas de acción organizadas sobre una escala
más vasta, pacíficas, pero también violentas; y se integran
en una especie de frente internacional contra el colonialismo y sus secuelas,
que desembocan en la descolonización del mundo árabe-islámico. [Revista "Siglo XX" Historia
Universal nº 24.] NOTAS.- [1]Historiador. Profesor de Historia Contemporánea. Universidad Complutense de Madrid. |
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