LENGUA Y LITERATURA ARABE DE AL-ANDALUS (III)


- Redacción Alif Nûn -


Temas generales inspirados en la Naturaleza

Los poetas andalusíes, obligados a desplazarse frecuentemente por las necesidades de su condición, debieron de tener ocasión de contemplar todo tipo de entornos y paisajes, de modo que dejaron transparentar en sus versos algo del concepto que se habían formado sobre el medio en el que vivían. Así, a partir del siglo XI, se manifiestan en al-Andalus modos de sentir y comprender que son propios de los habitantes de esta tierra y que los alejan de los musulmanes árabes orientales a los que, hasta entonces, los andalusíes habían rendido una especie de “vasallaje artístico”. Algunos temas iniciados en el oriente musulmán van a tomar en al-Andalus un desarrollo que parecerá invadir toda la producción poética. La poesía que incorpora elementos de la naturaleza –inerte o viva–, como ciudades, palacios y lugares placenteros, valles y montañas, jardines y vergeles, aguas mansas y torrentes, o el mar y los barcos, podría ser considerada, dada su gran producción e importancia, como esencialmente andalusí. Por el contrario, otros temas que pertenecen al fondo común de la literatura árabe no tienen en al-Andalus más que un lugar accesorio. Son los dedicados a describir los fenómenos atmosféricos, los cuerpos celestes o los animales, tanto salvajes como domésticos. Sin embargo, cabe destacar que a estos últimos temas –ya muy repetidos en oriente y convencionales por su antigüedad, su frecuencia y su expresión estereotipada– el poeta andalusí sabrá insuflarles vida nueva con una interpretación más antropomórfica de la naturaleza. Este color local es el que confiere a la literatura hispano-musulmana, y a la poesía en particular, un toque de imaginación que tiñe incluso aquellos temas que pasan por ser convencionales y que, a partir del siglo XI, la distinguen definitivamente de la oriental.

Los críticos y literatos han atribuido este tratamiento literario de la naturaleza tan marcadamente andalusí a la excepcional fertilidad del suelo andaluz. No obstante, pensamos que esta apreciación resulta un tanto apresurada, dado que al-Andalus venía a designar la totalidad de la Península Ibérica bajo dominio musulmán[1], con toda su gran variedad de climas y paisajes. Demasiado a menudo se han identificado los verdes campos y los fértiles vergeles descritos en la literatura andalusí con las tierras andaluzas o, a lo más, con la región de Levante o del Algarbe portugués.

Sea como fuere, al-Andalus fue considerada tanto por musulmanes orientales como occidentales como un lugar privilegiado. Dice Abu ‘Ubayd al-Bakri, literato andalusí del siglo XI: “al-Andalus es como Siria por lo ameno de su clima y la pureza de su aire, como el Yemen por su temperatura moderada y constante, como la India por sus perfumes penetrantes, como el Ahwaz por la importancia de sus rentas, como la China por sus piedras preciosas, como Adén por los productos útiles de su litoral.” La visión que los poetas tienen de al-Andalus no difiere en absoluto. Así, dice un anónimo:

¡Qué país tan admirable es este al-Andalus que no cesa de procurarme toda clase de alegrías!
No hay más que pájaros gorjeadores, frescas sombras espesas, aguas rutilantes y palacios!

La admiración más entusiasta fue expresada por Ibn Jafaya, el poeta de Alcira, en estos términos:

¡Oh, habitantes de al-Andalus, qué felicidad la vuestra al tener aguas, sombras, ríos y árboles!
El Jardín[2] de la Felicidad Eterna no está fuera sino en vuestro territorio; si me fuera dado elegir, es este lugar el que escogería.
No creáis que mañana entraréis en el infierno: ¡no se entra después del Paraíso en el averno! [...]
El Paraíso, en al-Andalus, tiene una belleza que se muestra como una desposada y el soplo de la brisa está deliciosamente perfumado.
En efecto, el resplandor de sus soleadas mañanas viene de una boca con hermosa dentadura y la negrura de sus noches del rojo profundo de los labios.
Cada vez que la brisa sopla como un viento del Este, me digo: “¡Ah, qué violenta pasión siento por al-Andalus!”


No será la única vez que veamos a un andalusí calificar a su patria de “el Paraíso de la tierra”. En sus panegíricos, los poetas andalusíes compararon a veces la ciudad donde fueron recibidos y que más tarde tuvieron que abandonar, con el paraíso del que Adán fue expulsado. Así, el poeta al Nahli, expulsado por al-Mu’tasim de Almería, dirá:

[...] no hay persona en el mundo que me pueda hacer feliz.
Almería era un paraíso, pero he cometido una falta tan grave como Adán.


Los poetas andalusíes del siglo XI mostraron su amor hacia al-Andalus considerándola como un territorio netamente distinto al resto del mundo musulmán y describiendo los lugares en los que vivieron durante su juventud o durante su vida errante de hombres adultos. Sus versos nos permiten ilustrar cada una de las ciudades andalusíes y nos trazan un vívido retrato de las moradas señoriales, los lugares de recreo y los palacios y castillos de la época, aunque en vano buscaremos en sus composiciones cuadros realistas que abarquen el conjunto completo de una ciudad, con su cinturón de barrios populares y, a veces, todo hay que decirlo, con su miseria. Unas veces obligados por su servidumbre a los gobernantes, mecenas de su producción artística, y en otras haciendo gala de esa imaginación tan característica de la que ya hemos hablado; el caso es que los poetas andalusíes raramente mostraran el lado más amargo de la vida en las ciudades. 

Las grandes ciudades costeras o atravesadas por algún río importante son comparadas habitualmente con una novia engalanada para una boda. Cuando se encontraba en Córdoba, a orillas del río Guadalquivir, Ibn Hisn dirá de Sevilla:

¡Me acuerdo de ti con tal pasión que sería capaz de hacer morir al celoso, preocupado sin descaso de atormentar a los enamorados!
Te pareces, cuando el sol está en el ocaso, a una novia esculpida en la belleza.
El río es tu collar, la montaña tu diadema que el cielo corona como un jacinto.

Los andalusíes fueron, en general, amantes de las grandes construcciones, y así lo reflejaron en su literatura. Ash-Sharqundi en el siglo XII, dirá con respecto a Sevilla: “los burgos de ash-Sharaf superan a todos los demás por la feliz elección de las casas y por el cuidado que los habitantes dedican tanto a su interior como a su exterior, de suerte que bajo el blanco encalado parecen estrellas en un cielo de olivares.” Incluso al Califa Abderrahman al-Nasir, constructor de Medina Zahara (Medinat az-Zahra) y responsable de una de las más importantes ampliaciones de la mezquita de Córdoba, se le atribuye el siguiente dístico:

Cuando los reyes quieren perpetuar para la posteridad el recuerdo de sus más bellos pensamientos, lo hacen por medio del lenguaje de las bellas construcciones.
Un edificio, cuando es de grandes proporciones, indica la majestad del rango del constructor[3].

Fue Córdoba, capital del califato Omeya en occidente, la que mereció más elogios por parte de los poetas andalusíes. Cuando Sevilla era todavía una ciudad de segundo orden, Córdoba ya había difundido los destellos de su fama hasta Europa Central, de modo que una religiosa sajona del siglo X llamada Roswitha, decía a propósito de esta ciudad: “Joya brillante del mundo, ciudad nueva y magnífica, orgullosa por su fuerza, celebrada por sus delicias, resplandeciente por la plena posesión de todos los bienes.” Y un poeta anónimo la celebraba de este modo:

Por cuatro cosas supera Córdoba a las demás metrópolis: por el puente sobre el Guadalquivir y
por su gran mezquita.
He aquí las dos primeras; por el palacio de az-Zahra, la tercera; por la ciencia, la cosa más considerable, la cuarta.


La mujer y el amor

En los temas de la naturaleza a los que se hace referencia dentro de la literatura andalusí, la mujer aparece habitualmente asociada a la hermosura del paisaje de al-Andalus, de modo que la belleza de los jardines, las corrientes de agua, las flores o las piedras se comparaba con la boca, la mejilla o los ojos de la mujer amada. Incluso los colores, sobre todo el rojo y el amarillo, simbolizan diversos aspectos de ese amor. Así, el amarillo representa la inquietud, el enamorado pálido que se consume en la duda; mientras que el rojo es el pudor, la virgen coqueta que se complace en torturar a su enamorado. 

En esta sociedad en la que el Islam impuso ciertas normas y estableció ciertas conductas, la mujer jugó un papel de primer orden. Raros son los andalusíes que consideraban a la mujer como un ser inferior y que puedan decir con Ibn al-Haddad:

Rompe el pacto que te liga a ella, como ella lo ha roto, para ser equitativo, y concede al amor que ella te ha inspirado olvido y consuelo amando a otra mujer; pues las muchachas de cuello de cisne son como los jardines, física y moralmente: un transeúnte corta una flor; otro, después de él, cortará una segunda[4].


Menos raros son los que censuran, al menos en verso, la libertad de la que disponen las mujeres y piden para ellas un estilo de vida más pudoroso y recatado. Uno de éstos fue Abu Abdellah Ibn Musadif de Ronda, que desearía que las mujeres salieran menos a menudo:

Impide a tus mujeres legítimas salir, y cuando lo hagan no muestres un rostro sereno.
No prestes atención a la que, de entre ellas, se encolerice. Esta cólera es una prueba de que conseguirás tus fines.
¡Eh!, ¿no son como las perlas por la apariencia? Las perlas salen del nácar para ser puestas en un estuche.


Y no es de extrañar esta preocupación de algunos “guardianes de la moral”, dado que las mujeres ejercían incluso como expertas amazonas[5]. Un verso de Abu-l-Fadl Ibn Sharaf nos lo viene a confirmar cuando habla de un antiguo amor:

Ha montado a horcajadas uno de sus corceles de rápida carrera
que se deja conducir por ella como una tímida gacela.


Esta libertad de la que disfrutaba la mujer andalusí nos permite comprender mejor la abundancia de poemas compuestos en su honor. Muchos de ellos, cargados de sensualidad, estaban dedicados a cantantes o músicas que provocaban la pasión de los poetas. Lugar importante se concede a los atributos físicos de la gacela, el antílope y la vaca salvaje, así como a las características físicas de las dunas y los arbustos. Incluso se impusieron diversas modas femeninas a lo largo de la época andalusí: si el ideal clásico fue la morena de larga y hermosa cabellera, el siglo XI sintió un gran entusiasmo por las rubias y los cabellos cortos. 

No obstante, encontramos fragmentos no menos numerosos en los que se observa un verdadero culto a la mujer, donde no sólo se ensalzaba la belleza física sino las cualidades morales del género femenino. Son de destacar las descripciones de escenas en las que el amante va al encuentro de su amada, ya sea de noche o de día, en un entorno natural o en el secreto de una alcoba. La sensualidad superficial se alterna con una elevada lírica que demuestra que el espíritu del poeta andalusí iba más allá de la simple materia, como reflejo de una sociedad que nos proporciona una de las páginas más brillantes de nuestra historia.

Como muestra, un par de ejemplos que ilustran todo lo expuesto. Así se expresa Ibn al-Bayn al-Batalyawsi acerca de la belleza femenina:

Ellos han tomado la aurora para fragmentarla en mejillas; han tomado  las ramas de arak[6] para hacer talles.
Han juzgado que los grandes jacintos eran indignos de sus cuellos, por ello les han dado estrellas brillantes por collares.
Han depositado las pupilas de las vacas salvajes en sus párpados, y con esas pupilas ellas han capturado a los intrépidos leones valerosos.
A los hombres no les ha bastado con portar aceros [de las lanzas] y hojas [de los sables]; han llamado en su ayuda a los ojos y los senos [de las mujeres hermosas].
Han llamado en su ayuda a las trenzas [de sus cabellos], y así nos han hecho saber que la luz del día podía estar unida a [la negrura] de la noche.
Ellos han trabajado [como orfebres] las bocas [de sus mujeres] valiéndose de margaritas; en esas bocas es donde se encontraría el agua de la vida si uno pudiera abrevar en ella por la mañana.


Y al-Mu’tamid condensa el arquetipo de la belleza femenina, a través de unos versos dedicados a su amada Umm ‘Ubayda:

Es antílope por el cuello, gacela por los ojos, jardín de colinas por el perfume y arbusto de suelo arenoso por el talle.


BIBLIOGRAFÍA


-    Fernando de la Granja, Maqamas y risalas andaluzas, Instituto Hispano-árabe de Cultura, Madrid, 1.976.
-    Enri Pérès, Esplendor de al-Andalus, Ediciones Hiperión, Madrid, 1.990.
-    Az-Zarnuji, Instrucción del estudiante. El método de aprender, Ediciones Hiperión, Madrid, 1.991.
-    María Jesús Rubiera Mata, Literatura hispanoárabe, Mapfre, Madrid, 1.992.
-    Teresa Gárrulo, La literatura árabe de al-Andalus, Ediciones Hiperión, Madrid, 1.998.


 
NOTAS.-

[1]Téngase en cuenta, por ejemplo, que algunos territorios andaluces cayeron en manos cristianas antes que algunas localidades situadas mucho más al norte, como es el caso de Zaragoza.

[2]En numerosas ocasiones el Corán emplea la palabra jardín (al-yanna) como sinónimo del Paraíso. Véase, por ejemplo, Corán 2:82, 3:15 ó 4:13, entre otros versículos.

[3]Por mucho que el alfaquí Mundir ibn Sa’id al-Balluti protestara enérgicamente en nombre de las leyes religiosas contra la locura de construir del Califa y el lujo inaudito que había desplegado en la ornamentación de Medina Zahara, no fue capaz de moderar el gusto por el dispendio del Abderrahman ni su amor a las obras monumentales.

[4]Al margen de la amargura y el desengaño del autor, el texto refleja la libertad e independencia de la que gozaban las mujeres andalusíes a la hora de relacionarse con el sexo opuesto.

[5]En algunos entornos musulmanes se considera que algunas actividades como la equitación o el uso del arco y las flechas deben estar vedadas a la mujeres. Todavía hoy, en el Reino de Arabia Saudí, a las mujeres les está prohibido la conducción de cualquier tipo de vehículos.

[6]El arbusto conocido como arak (nombre científico salvadora pérsica) era y es utilizado en todo el mundo árabe para elaborar el miswak, un palo pequeño que desde tiempos inmemoriales se ha empleado para la limpieza de los dientes y la higiene bucal en general.


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