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POLÍTICA Y SOCIEDAD EN EL IMPERIO OTOMANO Redacción Alif Nûn Breve introducción histórico-geográfica
Desde finales del siglo XI d.C. se produjo una lenta pero continua penetración de pueblos procedentes de Asia Central en la península de Anatolia. Estos pueblos asiáticos –los turcomanos– practicaban la trashumancia y se movían al compás de sus rebaños entre los territorios montañosos del interior y las zonas de la llanura. Su ocupación de la península fue una mezcla de lentos movimientos migratorios y de enfrentamientos abiertos contra el Imperio Bizantino, que había dominado la región desde siglos atrás y que constituía la principal potencia militar y económica de la región. Aunque fueron islamizados en una fecha tan tardía como la primera mitad del siglo XIII, estos pueblos turcos pronto se erigieron en los defensores de las fronteras del Islam con el Imperio Bizantino, que durante toda la Edad Media encarnó para el subconsciente colectivo de los musulmanes orientales al enemigo cristiano por excelencia [1] . En este contexto cabe destacar la actividad militar de los llamados gazis, guerreros turcos responsables en buena medida de las primeras victorias militares contra los bizantinos.
Ni el Imperio Bizantino ni el resto de principados turcos pudieron hacer nada para impedir la expansión de la dinastía fundada por Osman, cuyos descendientes pronto fueron conocidos por el nombre de otomanos. Tras expulsar definitivamente a los bizantinos de Anatolia en 1.338, el imperio no dejó de crecer en los siglos siguientes. Durante su mayor extensión territorial, allá por el siglo XVII, se estableció en tres continentes, desde Hungría al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al este, aunque su centro de poder se mantuvo siempre en la región de la actual Turquía [2] . El Imperio Otomano sobrevivió
hasta 1.922, año en el que se constituyó la República
de Turquía, tras la participación otomana junto a Alemania
en la Primera Guerra Mundial. La derrota turco-alemana y diversos factores
de orden interno trajeron consigo el definitivo hundimiento del Imperio
Otomano, que vio reducidas sus fronteras hasta los actuales limites y transformó
su sistema político desde el tradicional Sultanato a una república
de carácter estrictamente laico
[3]
.
La división básica de
la sociedad otomana era la existente entre el reducido grupo de gobernantes,
los llamados asker (literalmente, “soldados”), y la amplia masa
de súbditos, los llamados re´aya o rayas
[4]
(literalmente, “muchedumbre”). Para ser aceptado como
miembro de la clase dominante era necesario reunir las siguientes condiciones: - Profesar lealtad al Sultán y a su Estado. Aquellos que no reunían
alguna de estas condiciones eran considerados como súbditos protegidos
del Sultán. Esta división social no Los miembros de la clase dirigente otomana poseían su propio régimen judicial y tributario. Eran considerados como siervos del Sultán, de manera que sus propiedades y sus vidas estaban a la entera disposición de éste. No obstante, existía una diferencia básica entre el concepto otomano de esclavitud y el que predominó en occidente, sobre todo a partir de la conquista de América. Los esclavos otomanos eran considerados a todos los niveles como miembros de la familia de su amo y con el mismo estatus social que éste. Así, los osmanlíes, como siervos del Sultán, adquirieron una privilegiada posición social, convirtiéndose en la clase dominante [5] . Según
la teoría política otomana, el principal atributo del soberano
era el derecho a poseer todas las fuentes de riqueza del Imperio, además
de la autoridad necesaria para explotarlas. El principal deber de la clase
dominante era el de aumentar, proteger y explotar la riqueza imperial
en beneficio del Sultán. Esta clase dirigente estaba dividida en
cuatro grupos, con funciones bien definidas, que más adelantes pasaremos
a explicar con más detalle: - La institución imperial (mülkiye), representada por el propio Sultán, centraba la jefatura y dirección de las otras instituciones y de todo el sistema de gobierno otomano. Cada una de estas instituciones mantenía su propia infraestructura educativa para formar a los nuevos miembros. Desde mediados del siglo XV, muchos de éstos eran reclutados de entre los jóvenes cristianos más capacitados, los llamados devsirmes, que tras su conversión al Islam pasaban a recibir una estricta educación dentro de los valores y la tradición otomana. Los mejores de ellos obtenían puestos en la corte y otros llegaban a formar parte de la Administración del Estado y en el Ejército, formando el disciplinado cuerpo de infantería de los jenízaros, que tantos triunfos militares proporcionó al Imperio [6] . Otro de los grupos que proporcionaba
una buena cantidad de dirigentes otomanos era el colectivo de esclavos
capturados en la guerra, procedentes básicamente del Cáucaso
y Asia Central. No obstante, ciudadanos libres, musulmanes y cristianos
procedentes de todos los rincones del imperio, engrosaron también
la clase dirigente otomana, una vez recibida la educación adecuada,
en igualdad de condiciones con los de procedencia esclava. En cuanto al resto de la población del Imperio Otomano, los llamados re´aya o rayas citados anteriormente, estaba formado por una gran variedad de comunidades étnicas, lingüísticas, culturales y religiosas. La mayor parte de la población de las provincias europeas era cristiana y pertenecía a la Iglesia Ortodoxa, aunque en Tracia, Albania, Macedonia, Bulgaria y Bosnia existían importantes comunidades musulmanas. En las provincias asiáticas, sin embargo, la población musulmana era mayoritaria, con presencia cristiana y judía en algunas ciudades. En Anatolia había cristianos griegos al oeste y armenios al este, y grupos numerosos de cristianos entre la población árabe de Siria y Egipto. Griegos, eslavos, magiares, rumanos, armenios, árabes, bereberes y turcos formaron parte de ese gran crisol multiétnico que fue el Imperio Otomano. Estas comunidades se organizaban según dos criterios fundamentales. Con fines económicos se agrupaban en distintos gremios profesionales, principalmente implantados en los centros urbanos, aunque se calcula que las ciudades tan solo albergaban al 15% de la población. El resto eran campesinos en su mayor parte y un importante número de población nómada, sobre todo en Anatolia, Península Arábiga y norte de Africa. El otro criterio de organización social era el religioso, de modo que la masa de súbditos se dividía en diversas comunidades llamadas millets, creadas en función de su filiación religiosa. Estas comunidades eran relativamente autónomas, pues poseían sus propias leyes e instituciones para administrar los asuntos domésticos [7] que afectasen a los miembros de su propia comunidad, así como su propio régimen fiscal. Cada millet estaba dirigido por su propio jefe religioso que se erigía en intermediario entre la administración otomana y los miembros de su millet [8] , además de ser el responsable de recaudar la jizya [9] y de mantener el orden público. De este modo, las minorías no musulmanas, cristianos y judíos principalmente, se integraron en la vida política y económica del Imperio [10] : Los judíos tuvieron una gran influencia en las finanzas del siglo XVI; a partir de finales del siglo XVII los griegos se convirtieron en los principales intérpretes en las oficinas del gran visir y en gobernadores de Valaquia y Moldavia, las dos provincias rumanas del Imperio; y los armenios comenzaron a despuntar en el comercio de seda iraní a partir del siglo XVI. La sociedad civil mostró
su actividad e iniciativa a través de la creación de numerosas
instituciones no gubernamentales que gestionaban buena parte de las demandas
y necesidades de las clases populares. Un buen ejemplo de ello son los
llamados waqf, fundaciones creadas y administradas por algún
notable o por los miembros del algún gremio profesional. Estas fundaciones,
basadas en principios islámicos de solidaridad, se encargaban de
atender las necesidades materiales, culturales o religiosas de los colectivos
más desfavorecidos y constituyeron un autentico “Estado dentro del
Estado” que llegaba allí donde la actuación de la administración
otomana no podía o no quería alcanzar
[11]
. La institución imperial (mülkiye).- En la cumbre del sistema de control sobre este vasto imperio se encontraba el Sultán y su familia, la llamada “casa de Osmán”. A pesar de la existencia del Sultán, que constituía la personificación de ese poder, la autoridad residía en un complejo sistema de influencias dentro de la extensa “casa de Osmán”, más que en un miembro concreto de la misma. No existía una ley de sucesión establecida, aunque ciertas costumbres de la familia conducían, en general, a sucesiones pacíficas y a reinados exentos de pugnas por el poder, debido en parte a esa descentralización del poder que permitía ejercer una amplia autoridad desde muy diversas posiciones dentro de la extensa familia del Sultán. A pesar de esa flexibilidad, hasta principios del siglo XVII la sucesión recaía por regla general en alguno de los hijos del sultán, aunque a partir de esa fecha se aceptó de forma generalizada que el miembro más anciano de la familia asumiera la sucesión. El soberano vivía inmerso en una gran familia que comprendía a las mujeres de los harim (harenes), y sus guardianes, asistentes personales, guardias de palacio y, en general, todo el amplio aparato de intendencia necesario para mantener en orden el día a día de la corte. Inmediatamente por debajo del Sultán y su familia se encontraba el más alto funcionario (sadr-i azam ) de la administración otomana, conocido como el gran visir. Sólo respondía personalmente ante el Sultán y, dependiendo de las circunstancias políticas, se constituía en la práctica en la verdadera y principal autoridad del Imperio. Esta situación se puso de manifiesto sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVII, cuando el Imperio abandonó su tradicional modelo autocrático para parecerse más a una oligarquía de funcionarios unidos por el sentimiento solidario de la educación común y, más tarde, por los lazos de sangre. En contraste, tras el reinado de Solimán el Magnifico (1.520-1.566) los sultanes tuvieron prohibido contraer matrimonio con mujeres pertenecientes a las familias otomanas, para evitar así la concentración de poder e influencia. La institución militar (seyfiye).- En su primer periodo, el ejército otomano estaba compuesto por turcos y otros habitantes de la zona rural de Anatolia. Los oficiales (espahíes o sipahis) poseían el derecho de recaudar y conservar parte de los impuestos, generalmente gravados sobre tierras agrícolas, a cambio de obtener sus servicios y los de sus soldados en tiempos de guerra. Este sistema, llamado timar , se mantuvo hasta mediados del siglo XIV, momento en el que las circunstancias políticas y militares demandaron la creación de un ejército más estable [12] . Para ello, los otomanos se sirvieron de tropas asalariadas de mercenarios, esclavos y prisioneros de guerra y, desde mediados del siglo XV, contingentes de jóvenes cristianos –los devsirmes – procedentes de los Balcanes que, tras convertirse al Islam, engrosaban las filas de la infantería jenízara. La institución administrativa (kalemiye).- A partir del siglo XVI se desarrolló
una elaborada burocracia, constituida básicamente por dos estamentos: - Los secretarios, encargados de la redacción y archivo de todo tipo de documentos oficiales. Debían poseer nociones básicas de La institución cultural (ilmiye).- Estaba formada en su mayor parte por expertos en ciencias religiosas, encargados de estudiar, mantener, interpretar y enseñar la Ley (Sharia) [14] . Su actividad básica se centraba en los tribunales, las escuelas y las mezquitas. Los jueces eran nombrados por el gobierno y percibían los emolumentos de éste. En la cúspide de esta institución se encontraba el sheij al-islam, considerado la máxima autoridad religiosa del Imperio y consejero directo del Sultán; inmediatamente por debajo estaban los dos jueces militares (kadiasker) y por último los jueces (cadíes) de las ciudades y de los diferentes distritos judiciales (qada) en los que se dividía el Imperio. Las funciones de éstos jueces eran muy variadas y en ocasiones alcanzaban un ámbito más amplio del estrictamente judicial: trataban de alcanzar acuerdos o tomar decisiones en las disputas, supervisaban las transacciones comerciales o las herencias, y actuaban como intermediarios entre el Sultán y sus gobernadores emitiendo órdenes y proclamas. Los máximos responsables de cada una de las instituciones de la administración del Estado se reunían regularmente en palacio y celebraban un consejo (divan ) donde se tomaban decisiones políticas, se recibían embajadas extranjeras, y se investigaban y se daba respuesta a quejas y peticiones, en especial las referentes a abusos de poder. En los primeros tiempos era el propio Sultán quien presidía estas reuniones de trabajo, pero con el paso del tiempo fue el gran visir quien asumió esta responsabilidad. A medida que nuevos territorios iban siendo incorporados al Imperio, se nombraban gobernadores para las principales ciudades y sus territorios adyacentes, en los que se situaban guarniciones militares con tropas imperiales. Con el paso del tiempo y con la incesante expansión territorial, los numerosos gobiernos locales (sancak) se reunieron en provincias (eyalet) de mayor extensión. El gobierno provincial era una modesta réplica de la corte imperial, en el que el gobernador se rodeaba de su extenso clan familiar, sus secretarios y contables y su consejo de altos funcionarios que se reunía periódicamente. Desde la segunda mitad del siglo XVII comenzó la ya citada pérdida de poder del Sultán y su familia en beneficio de una oligarquía de altos funcionarios civiles cercanos al gran visir. A diferencia del Sultán y su familia, no se mantenían al margen de la sociedad sino que participaban en la vida económica a través de su control de las donaciones religiosas y los impuestos y se asociaban con los comerciantes con el fin de invertir en el comercio y la agricultura. Otro tanto ocurrió con el estamento militar, que abandonó su tradicional aislamiento, de modo que los jenízaros se convirtieron en comerciantes y artesanos y, lo que es más importante, este cuerpo militar se abrió a los ciudadanos de toda condición y dejó de estar restringido únicamente a una élite. Esto supuso que fuera perdiendo su vigor inicial y que, poco a poco, fueran surgiendo pequeños ejércitos en las capitales de provincia al mando de los dirigentes locales [15] que controlaban los recursos tributarios en las zonas periféricas del Imperio. Por lo general, estas milicias carecían de la unidad de acción, la disciplina y los conocimientos militares de los que hacían gala las fuerzas jenízaras. A partir del descubrimiento
de América, el equilibrio de fuerzas entre las potencias cristianas
occidentales y el Imperio Otomano comenzó a romperse a favor de
las primeras. El mar Mediterráneo perdió protagonismo a favor
del comercio transatlántico y de las rutas comerciales por el océano
Indico. El Imperio Otomano comenzaba un largo declinar que culminaría
con su desaparición cuatrocientos años después. En cierto modo, la formación
del Imperio Otomano fue un ejemplo más del proceso que ya había
tenido lugar en numerosas ocasiones a lo largo de la historia de los pueblos
musulmanes. Pueblos nómadas con un austero estilo de vida desafiaban
la autoridad y la influencia de grandes dinastías e imperios que
habían adoptado un estilo de vida sedentario y urbano. El origen
otomano es similar al de los otros dos grandes Estados que hicieron su aparición
por las mismas fechas: los safavíes de Irán y los mongoles
de la India. En principio, los tres obtuvieron su fuerza de las áreas
habitadas por pueblos turcos y todos ellos debían su éxito
militar al uso generalizado de las armas de fuego, las cuales ya se habían
extendido en todo el hemisferio occidental. Los tres lograron imponer con
éxito políticas estables y duraderas, militarmente poderosas,
centralizadas y organizadas burocráticamente, capaces de recaudar
impuestos y de mantener la ley y el orden en un extenso territorio durante
largo tiempo. El Imperio Otomano contó con la infraestructura política
más eficaz del hemisferio occidental desde la desintegración
del Imperio Romano, y al igual que éste gobernó sobre numerosas
comunidades étnicas y religiosas de Europa, Asia y Africa por espacio,
según los casos, de entre cuatro y seis siglos. BIBLIOGRAFÍA
- Bernabé López García, El mundo árabo-islámico contemporáneo. Una historia política . Editorial Síntesis. NOTAS.- [1] Esto no fue óbice para que el mundo otomano recibieran una profunda influencia del bizantino, más sofisticado culturalmente. Así, las mezquitas otomanas basaron su modelo arquitectónico en la iglesia bizantina de Santa Sofía, en Constantinopla, y buena parte de los usos y costumbres de la corte bizantina fueron copiados literalmente por los sultanes turcos. [2] Tres fueron las capitales del imperio, todas ellas situadas en el territorio de lo que es la Turquía actual: Bursa, Edirne (la antigua Adrianópolis) y la última de ellas y más emblemática, Estambul, la antigua Constantinopla que fue arrebatada a los bizantinos en 1.453 y que en la actualidad continúa siendo el principal centro económico de la moderna república turca, a pesar de que la capital administrativa se encuentre en Ankara. [3] La instauración de la República de Turquía de inspiración laica supuso la estricta prohibición de cualquier signo religioso en el ámbito de la administración del Estado. Así, se adoptaron medidas como la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas y la prohibición del uso del velo (hiyab) dentro de edificios públicos o de la práctica religiosa dentro de los acuartelamientos militares. El idioma turco también se modificó radicalmente, cambiando el alfabeto basado en caracteres árabes por otro basado en el latino y sustituyendo los numerosos préstamos del árabe y del persa por palabras de origen turco. Hasta tal punto el cambio lingüístico fue profundo que algunos filólogos hablan de dos idiomas distintos: el turco otomano y el turco moderno. [4] Debe señalarse que el término re´aya o rayas se aplicaba a todos los súbditos, fueran éstos cristianos o musulmanes. Sólo con el inicio de la decadencia imperial, a partir del siglo XVII, se restringió el uso del término a los súbditos cristianos del Sultán. [5] Este fue un fenómeno que se dio no sólo en el Imperio Otomano sino en buena parte de los gobiernos musulmanes de la época. A este respecto, el historiador británico Basil Davidson afirma en su Historia de Africa (pág. 107): “En el marco político de la época, tanto en Africa como en otros lugares, el principal cuidado del gobernante sagaz era nombrar a sus propias guardias reales y mantener su fidelidad. En general, se reclutaba a sus miembros entre los cautivos importados; aunque legalmente se les consideraba esclavos, se les otorgaba luego un trato privilegiado y se les retribuía con generosidad [...] Eran esclavos los reyes que gobernaron los estados de la India mediaval. Los mamelucos, poderosos gobernantes de Egipto en las postrimerías de la Edad Media, eran en su origen guardas esclavos [...] Uno de los soberanos más prepotentes del Imperio de Malí, en el Sudán occidental, era un esclavo usurpador.” [6] Buena parte del éxito militar de estas unidades residió en el alto grado de disciplina interna a la que se veían sometidos. Hasta el siglo XVIII, los jenízaros vivían en un estricto régimen de aislamiento y tenían prohibido contraer matrimonio y efectuar transacciones comerciales durante el periodo de servicio activo. [7] Este modelo de amplia autonomía con respecto a las comunidades no musulmanas, en especial hacia las “gentes del Libro” (ahl al-kitâb), es decir, cristianos de las diferentes confesiones y judíos; se vino repitiendo en los diferentes gobiernos musulmanes a lo largo y ancho del mundo islámico. Buena parte de las comunidades cristianas de nestorianos y monofisitas que actualmente sobreviven en Oriente Medio e Irán así como las minorías judías del norte de Africa, se refugiaron en tierras del Islam huyendo de las persecuciones a las que se veían sometidas a causa de sus creencias por parte de las autoridades cristianas, tanto católicas como ortodoxas. Un cronista judío cuenta que el Sultán otomano Bayazid, que acogió en sus dominios a parte de los judíos expulsados de la Península Ibérica, dijo acerca de Fernando el Católico: “Este príncipe con fama de sensato ha empobrecido su reino para enriquecer el mío.” Citado por Haim Zafrani, Los judíos del occidente musulmán , “El mensaje del Islam” nº 12, mayo de 1.996, pág. 116. [8] Los grandes terratenientes y los jefes tribales actuaron de modo similar en relación a las demandas de tipo económico o social ante la administración central otomana, y se los conoció con el nombre de a’yan (notables). [9] Impuesto especial que debían abonar las minorías no musulmanas en su condic ión de “comunidades protegidas” (dhimmi) y que les permitía ser poseedores de ciertos privilegios, como la exención del servicio militar. [10] En la correspondencia de un judío turco a su correligionario establecido en Europa, leemos lo siguiente: “Turquía es un país donde cada cual vive en paz, a la sombra de su higuera y de su viña...Es un vasto espacio (literalmente «océano») que nuestro Dios, por su gracia, ha abierto ante nosotros. Allí los pórticos de la libertad están ampliamente abiertos y puedes aplicar todas las leyes y todos los preceptos del judaísmo.” Haim Zafrani, ob.cit ., pág 116 [11] Fue famoso el llamado “pilar del zaqat”, recipiente que se encontraba en la entrada de algunas mezquitas, donde los musulmanes piadosos depositaban sus limosnas para que los más desfavorecidos pudieran cubrir sus necesidades más básicas. El acceso a ese dinero era libre, de manera que cualquiera podía tomarlo. Sin embargo, las crónicas afirman que nunca dejó de haber dinero en su interior. [12] La introducción de nuevas técnicas de guerra demandó la especialización de la casta militar, por lo que no sólo se reestructuró la infantería y la caballería, sino que los otomanos crearon un cuerpo especialista de artillería e ingenieros. Además, quien se hallaba en posesión del timar no se mostraba muy deseoso de ausentarse de sus tierras para llevar a cabo largas campañas en lejanos puntos del vasto Imperio. [13] Por aquella época, el idioma oficial de la corte otomana era el turco, cuyo léxico se enriqueció con una gran cantidad de préstamos procedentes del árabe y del farsi. Estos dos idiomas eran las lenguas de prestigio en todo el oriente musulmán. El primero, por ser la lengua en que fue revelado el Sagrado Corán, y el segundo, por el flujo inagotable de producción literaria que, desde Irán, se extendió por todo el mundo islámico, desde Oriente Medio hasta la India. [14] La escuela jurídica (madhab) adoptada oficialmente por el Imperio Otomano fue la hanafi. [15] Estos jefes locales establecían alianzas de intereses con los comerciantes, los propietarios de tierras y la jerarquía religiosa de la ciudad. Mantenían el orden necesario para la prosperidad de la ciudad y, a cambio, se beneficiaban de ello. Este fue el caso del bey de Túnez o del dey de Argel. |
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