EL ESTADO NAZARÍ [1]
Último reino musulmán de la Península Ibérica


F. Fernández y González


Al ascender al trono de San Fernando el heredero de don Juan II, todo parecia augurar el aniquilamiento y destruccion del reino nasarita. Dejábanlo entender así la postracion del poderío de Granada, conducida arrebatadamente á su ruina en las últimas guerras civiles, no menos que las generosas disposiciones del cuarto Enrique, quien haciéndose eco de las disposiciones de sus súbditos, mostró á las claras su buena decisión de arrojar á los muslimes de la Península, colocando por orla y feston de su escudo real dos ramos de granado, símbolo del blanco á que dirigia sus propósitos y de la apetecida agregacion que ambicionaba[2].

Ni faltó por otra parte ocasion oportuna para dar comienzo á su empresa, ministrándosela muy favorable la desapoderada soberbia del sultan granadino, quien no tan atento á las leyes del buen parecer cuanto conviniera á la integridad de su reino, aventuróse á romper las treguas desde que supo su advenimiento al trono. Resuelto don Enrique á castigar aquella descortesía, no omitió ninguna diligencia propia, para aparejarse un triunfo capaz de competir con los clarísimos de sus ilustres mayores. Comenzó por enviar á Roma al conde de Tendilla, para que solicitase del Pontífice el indulto de cruzada, gracia que concedió Nicolás V, acompañándola de exhortaciones al clero español, á fin de secundar y favorecer la guerra intentada contra los sarracenos. Celebró al mismo objeto Córtes en Cuellar, y habiendo juntado ejército numerosísimo llegaba á vista de la capital de los Benu-Nasar, cuando le detuvieron en su propósito temores y desconfianzas de los grandes, que rodeaban su persona. Repitió, sin embargo, la entrada al año siguiente, aunque con flojedad visible y frialdad harto marcada, puesto el pretexto á sus vacilaciones, que no sufria su ánimo ver derramar despiadadamente la inocente sangre de sus súbditos.

Ni parecia mostrar mayores brios el principio de la campaña de 1457, si la muerte de Gracilazo de la Vega, acaecida en una escaramuza, no hubiera reanimado el espíritu marcial del rey, quien vengó aquella desgracia apoderándose de Jimena.

MusulmanesXIII Entendida por el rey de Granada la nueva faz que iban tomando los asuntos de la guerra, comenzó á recelarse de sus medios, para contrarrestar el poderío de don Enrique, y despachándole embajadores, trató de ofrecérsele por vasallo, á condicion de enviarle anualmente diez mil doblas y seiscientos cristianos cautivos, concierto en que vino el castellano, con excluir solamente de las treguas la frontera de Jaen. Á todo se sometió Sad, remitiendo con buena diligencia las párias de aquel año, con que tuvo vin aquella campaña, volviendo don Enrique á Córdoba alegre y victorioso.

Achaque era de las capitulaciones asentadas, el dejar abierto un portillo para la guerra, mayormente deseándola el de Castilla, fiado en el éxito que le aseguraban así el número como la disciplina de los suyos.

Esto, no obstante, habiendo caido en poder de los muslimes el conde de Castañeda, quien mantenia el campo fronterizo, vióse obligado don Enrique á enviar uno de sus capitanes á los moros, para trocar las treguas en paces. El tratado, que se firmó entonces, duró hasta 1460, en que roto por el principe Abo-l-Hacen, quien entró osadamente por Estepa, sucediéronse duras represalias por los cristianos, que conquistaron á Gibraltar y Archidona. Tras estos triunfos caminaba don Enrique para Gibraltar, á fin de tomar posesion de la ciudad ganada por los suyos, sin perdonar nada de cuanto encontraba á su paso en la vega de Granada, cuando salióle al encuentro el sultan á fin de demandarle una conferencia. Convenidos sobre el asunto de las treguas, comieron juntos ambos soberanos, quedando tan amigos en particular, y sus vasallos tan pagados los unos de los otros, que por algun tiempo moros y cristianos anduvieron tan seguros en el reino vecino como en el de que eran naturales.

En tanto arreciaba el viento de la discordia en Granada, llegando al cabo el descontento el año 1262, en que apretados tambien los sarracenos por la cruda guerra que les hacia el condestable don Miguel Lúcas, intentaron darse por vasallos mudejares al rey de Castilla, bien que se limitasen á tomar por soberano de manos del mismo, á un infante llamado Ismail, que habia buscado un asilo en un córte y le acompañaba en sus guerras[3]. No por eso se inquietaron los ánimos de aquella bulliciosa aristocracia militar, que gastaba en pocos dias el prestigio de sus monarcas, apareciendo á poco triunfante en la capital Abo-l-Hacen Alí, hijo de Sad, con el apoyo de los parciales de su padre.

Murió este príncipe en 1465, y aunque á lo último vivia desterrado en Almería por influencia de algunos fanáticos, que pusieron en el trono á su hijo Abo-lHacen, cargando á aquel que mantenia relaciones con los cristianos, estallaron á su muerte grandes desavenencias y rivalidades sin tasa ni medida, entre sus hijos, poco dispuesto Muley Abo-Abdillah, llamado El-Zagal, á que Abo-l-Hacen conservase el trono. Temiendo E-Zagal de las superiores fuerzas de su hermano, llegó á Lorca para solicitar el auxilio del adelantado de Murcia don Pedro Fajardo, á quien escribió asimismo desde Almería la reina viuda, llamada la Horra, interesándole por el príncipe y enviándole sesenta mil doblas de oro. Escribióle tambien Abo-l-Hacen por su parte, ofreciéndole cantidad mayor si quisiese venir en entregar á su hermano; pero contestó don Pedro, según pertenecia á su nobleza, que jamás recibiria dinero de ninguno de los dos en deservicio de alguno de los mismos, bien que pudiera permanecer El-Zagal á su lado todo el tiempo que fuere su voluntad, pues habia venido á ponerse bajo su amparo. De allí á poco movióse otra sedición contra el presuntuoso Abo-l-Hacen, dirigida por un alcaide de gran crédito, llamado Al-Querzoti, quien resentido contra su soberano, pasó á Archidona á verse con don Enrique, á quien ofreció magníficos presentes, que tuvo en mucho el príncipe castellano.

Á vueltas de estas diferencias entre castellanos y granadinos, mostrábanse con singularidad unidos en el ejercicio de las virtudes y prácticas caballerescas, en que eran tan extremados así cristianos como moros, De ello ofreció una prueba insigne el suceso de don Alonso Aguilar con don Diego de Córdoba. Ofendido este por sinrazon de aquel caballero, pidió campo al rey de Castilla para volver por su honor en desafio, y como no lo obtuviera de don Enrique, acudió á Abo-l-Hacen, quien se lo otorgó muy solemnemente, quedando menospreciada la persona de su adversario, que no asistiera al combate, con acciones de gran denuesto.TextoAljamiado

Murió don Enrique á 12 de Diciembre de 1474. Fue muy amigo de construcciones, según lo acreditan las fábricas que hizo levantar en Madrid y Segovia, y gran aficionado á las costumbres de los muslimes, de los cuales se valia como reparo contra sus enemigos, aun tolerándoles algunas demasías[4], no sin frecuente escándalo de muchas personas piadosas.

Con todo, contribuyó más de lo que se cree á debilitar el reino de Granada, dejando una rica herencia para lo porvenir á sus inmediatos sucesores.

Y no porque al advenimiento de estos careciese el desgraciado reino de Granada de la suerte de tener un soberano valeroso, sino por la interior gangrena, que consumia por todas partes las debilitadas fuerzas de aquel miserable estado.

Presa el pais sarraceno desde el reinado de Muhammad VIII, del fatal hábito de discordias civiles sobre la mal fijada sucesión á la corona, desgarrábanlo á la continua enemigos bandos, los cuales pretendian gobernar á nombre de los monarcas, que colocaban en el trono. Por efecto de semejante estado de disolución, establecíase una constante lucha entre el soberano reinante y los vástagos de las dinastías caidas, los cuales buscaban el apoyo secreto de los cristianos, cuando no se les adelantaban los individuos de la propia familia real, enemistados por las rivalidades del harem, engendradoras de odios entre hermanos de distintas madres. En particular habia tomado arraigo en Almería la familia del sultan Yusuf Aben-Al-Maul, cuyos hijos, con mantener el gobierno de la ciudad y de todo el territorio hasta Baza, bajo el modesto título de alcaydes, si parecian obedientes en lo exterior, eran en realidad hostiles al sultan de Granada, no siendo poco á fortalecer su independencia la confianza en sus poderosos vecinos, como quienes emparentados por la princesa Ceti-Meriem, esposa de don Pedro Venegas con la primera nobleza de Castilla, mostraban un carácter harto asimilable á la sociedad cristiana, mediante una especia de transición entre el espíritu muslímico más intransigente de los reyes de Granada y la humilde postración de los vasallos mudejares.

¿Qué mucho que el imperio sarraceno, minado por tantos y tan contrarios enemigos, llevando la carcoma de destrucción en su seno, se hallara falto de la robustez necesaria, para contrastar las pruebas terribles, que muy presto debian amenazarle?

No habia fallecido aun don Enrique IV, y hallábase todavía reciente del suceso del casamiento de don Fernando de Aragon con doña Isabel, infanta de Castilla, cuando el infante de Almería Aben-Celim Ibrahim An-Nayar, hábil en lo de presentir la elevación futura de ambos esposos, buscó empeñadamente la amistad de don Fernando, ya ofreciendo sin rescate al rey su padre dos cautivos aragoneses que tenia, ya enviando á aquel príncipe magníficos presentes en caballos y alcatifas de seda y oro para su esposa, todo con el objeto de procurar su alianza contra el rey Abo-l-Hacen y prevenir el apoyo de los monarcas futuros[5]. Á pesar del sigilo puesto en tales relaciones, no fueron tan secretos aquellos tratos que no trascendiese su noticia, hasta llegar á los oidos del rey moro, quien aprovechando las ocupaciones que atraian la atención de aquellos príncipes al comienzo de su reinado, entró en tierra de Murcia y quemó á Cieza, atrevimiento que castió don Pedro Faxardo, cautivando en Cartagena toda la gente que echaron en su playa unas fustas granadinas. En vano invocó las treguas el de Granada, contestóle con altivez el adelantado, manifestándole que no se consideraba obligado á respetar un tratado, que habia él menospreciado primero.

En tal estado de cosas, sometióse Abo-l-Hacen á enviar mensaje á los Reyes Católicos, que estaban en Sevilla, pidiendo la prorrogación de las treguas; mas como exigieran aquellos príncipes las párias que se habian pagado ñá sus antecesores, repugnándolo el sultan, y emprendidas de nuevo las hostilidades, comenzaron las operaciones de la guerra con la toma de Zahara por los muslimes, á que siguió á poco la de Alhama por los cristianos. Resultados eran estos, que con parecer muy semejantes, fueron de muy diferentes efectos para las partes contendientes, como quiera que Zahara fue cobrada en breve por los defensores de la Cruz, mientras Alhama, combatida inútilmente por varios ejércitos granadinos, quedó agregada para siempre al territorio de Castilla.

En aquel tiempo anidaba la discordia más que nunca en el palacio y casa real del monarca moro. Habia tenido Abo-l-Hacen de su primera esposa, llamada la Horra, hija de su tio el Izquierdo, dos hijos varones de grandes esperanzas, Abo-Abdillah Muhammad y Abo-l-Hechich Yusuf; pero pasada la mocedad de aquella princesa, dábase á preferir á otra esposa cristiana, hija del alcaide de Martos. De aquí resultaron partidos y rivalidades en la familia, que no conteniéndose en los límites del palacio, vinieron á trascender al pueblo, el cual apasionándose por la causa de la sultana Horra, dio á esta atrevimiento de aprovechar la ocasión de la salida de su esposo, que se habia partido par Loja, al efecto de proclamar en su lugar por monarca á su propio hijo Abo-Abdillah. Sabido todo por Abo-l-Hacen huyó á Málaga, donde pudo aun sostenerse, con el favor de su hermano El-Zagal, así como en Guadix y Almería, hasta que intentando Abo-Abdillah autorizarse con algunos triunfos, hizo la desgraciada campaña de Lucena, en que quedó prisionero de los Reyes Católicos. Tornóse entonces el anciano sultan á Granada, donde vino á combatirle su hijo, libre ya y ayudado por los cristianos, á quienes habia prometido vasallaje y la entrega de sus dominios todos, cuando tuviesen en su poder á Guadiz y Almería. Exasperado el pueblo por la debilidad de Abo-l-Hacen, declaróse por su hermano El-Zagal, que estaba en Málaga, quien con el consentimiento de aquel príncipe fue reconocido por rey en la capital, mientras el soberano depuesto se retiraba tristemente á Salobreña. Con esto continuaron, sin embargo, los disturbios civiles, haciéndose cruda guerra en las calles de Granada Abo-Abdillah, que tenia el Albaizin con algunos guerreros cristianos, y El-Zagal, que moraba en la Alhambra, por quien mantenian aun el infante Aben-Celim á Almería y su hijo Yahia á Guadiz. Así aquel hermoso reino de Granada, fundado por el rey caballero Muhammad al-Galib-billah el de Arjona, y engrandecido por tantos príncipes ilustres, dechados de virtudes políticas y de acendrado patriotismo, era precipitado en la ruina por dos ambiciosos vulgares, auxiliado uno por el enemigo del pueblo, que acababa de vender miserablemente; antiguo aliado el segundo de los cristianos y sostenido por los aliados de estos: ambos anteponiendo á toda conveniencia la de su interés individual, y traidores ambos á sus creencias, á su nacionalidad y á su patria.

Embestida Velez-Málaga por los cristianos, salió á defenderla El-Zagal, de donde se retiró á Guadix para mantener esta plaza. En tanto caian en poder de los soldados de los Reyes Católicos unas tras otras numerosas ciudades y lugares: Loja, Moclin, Illora, Baños, Velez-Málaga y Bentome. Rindióse asimismo Málaga, desamparada por Abo-Abdillah (el rey Chico), quien hizo causa comun con los vencedores, mediando para la entrega de aquella ciudad[6] uno de sus vecinos más principales (1487).

Al año siguiente, viéndose amenazados los de Vera por los triunfos de las armas de Castilla, puestos sus pactos con el adelantado de Murcia don Juan Chacon, diéronse por vasallos de los Reyes Católicos, mediante libertad de sus haciendas y personas, condiciones á que accedieron los monarcas, con ponerles por alcaide á su maestresala Gracilazo de la Vega. El mismo ejemplo siguieron los más de los pueblos del rio Almanzora, señaladamente Velez-Blanco, Velez-Rubio, Muxicar Cuevas, Belefique, Güescar, Purchena, Tabara, Alboréa, Serena, Torrilla, Monxacar, Tabernas y Benamaurel, cuyos alfaqueques vinieron para ofrecerse por vasallos mudejares[7], pagando los mismos tributos que á los reyes de Granada. Tambien se habia rendido Baza por capitulación, y convenidos los cristianos con El-Zagal y con Yahia An-Nayar entraron por concierto á Guadix, Almería y Almuñecar. Bien es verdad que no se hacian notar los cristianos por la escrupulosidad guardada en el mantenimiento de los pactos á que se empeñaban; mas no debe merecer poca disculpa la grandeza de la idea ante que todo lo sacrificaban, no olvidaba del todo la manera de complicidad en que incurrian los propios muslimes. Habian prometido los castellanos en las capitulaciones de Baza que cuantos deseasen permanecer podrían hacerlo á su albedrío, á pesar de lo que, entrada que fué por los mismos, fueron forzados á salir los sarracenos y confinados en un arrabal para estorbar que se sublevasen[8].

Ni parece que mostraron mayor puntualidad en la observancia del tratado ajustado con el rey Zagal, á quien prometieron concederle bajo su obediencia las fortalezas y lugares que entregara, como quiera que se limitasen á satisfacer á los alcaides muslimes, que se dejaban desposeer de sus gobiernos, á trueco de grandes liberalidades y obsequios de parte del soberano de Castilla. Aprovechando este la expedición del rey de Granada á Salobreña, entró en la vega, acompañado de tornadizos y mudejares[9], y después de destruir el castillo de la Mala y otros, caminando en seguida para Guadix, desalojó á los muslimes de la ciudad y de sus arrabales.

Quejoso de aquellas infracciones El-Zagal y arrepentido de su conducta, al par que encendido en amargo despecho, se apresuró á pasar al África. Bloqueada, por último, Granada casi enteramente, y estrechada por hambre, trató á la postre de rendirse por capitulación; mas temiendo sus habitantes la repetición de lo sucedido en Guadix, insistieron en particular con sus embajadores, para que pactasen señaladamente que hubiese de firmar los conciertos el jefe de la religión cristiana residente en Roma[10].

Fueron en verdad las capitulaciones de Granada las más favorables de las concedidas á los pueblos de la Península, muestra grande de la tolerancia de los Reyes Católicos y del significado y poder que aun tenian los muslimes, bien que por su carácter anormal y extraordinario no se avenian á ser duraderas. Con ellas se asentaron algunas estipulaciones a favor del sultan y de su familia, otorgándole á él particularmente cantidad de ducados de renta cada año y la propiedad de la taâ y Valle de Purchena, con los lugares de Verja, Dalia, Marchena, Volodui, Lachar, Andarax, Jubiles, Jubilem, Jijar, Ferreira, Poqueira y Órgiba y todos los heredamientos, pechos y derechos de las dichas taâs y lugares.

Reducido á las rentas de dichas posesiones, vivió Abo-Abdillah un año en Andarax, hasta que abusando de su confianza su alguazir Aben-Comixa, vendido á los intereses de los Reyes Católicos, enajenó sin su consentimiento[11] las propiedades mencionadas en ochenta mil doblas de oro, que vino á presentarle en Andarax, donde tenia un simulacro de córte, no sin amonestarle sobre la conveniencia de pasar á África.

Ejecutólo, sin dilación, el infortunado Abo-Abdillah, embarcándose en Almería, de donde pasó á Melilla y otros lugares, hasta que fijó su residencia en Fez. Allí presentó al sultan de los Benu-Marin una larga casida, que todavía se nos ha conservado, en demanda de hospitalidad y auxilio. Lograda la primera, dióse á labrar magníficos alcázares en la Calle de España de aquella ciudad, los cuales han permanecido por mucho tiempo. Murió en ella el año 1536, y fue el lugar de su sepultura á la salida de la misma, fuera de la puerta de Ex–Xarea. Sobreviviéronle dos hijos llamados Yusuf y Ahmad, padres de una descendencia tan numerosa y desvalida, que al cabo de un siglo, según el testimonio de Al-Maccari, veíanse forzados sus nietos á acudir á los hospicios y mandas piadosas establecidas para los mendigos y los necesitados[12].

Volviendo á los moros de Granada, regíanlos al principio con algun respeto á las capitulaciones asentadas, el prudentísimo arzobispo fray Hernando de Talavera, y los consumados políticos conde de Tendilla y Hernando de Zafra. Con esto íbanse convirtiendo poco á poco, mayormente por el ascendiente del primero, quien les trataba con evangélica mansedumbre, trabajando por predicarles en su propia lengua, en la cual hizo componer é imprimir una gramática y un diccionario. Los resultados de aquella propaganda juiciosa no eran tan lentos, que no ofreciesen á cada instante considerables deserciones de la ley del Islam, forzado undia el venerable prelado á bautizar hasta tres mil catecúmenos[13].

Con todo, parecia caminar la conversión poco rápidamente á algunos sacerdotes, menos advertidos que celosos, los cuales aprobaban por justo el usar de la fuerza y aun olvidarse de los tratados, á vueltas de granjear algunos fieles á la religión de Jesucristo.

Dirigia esta opinión en Granada el nuevo confesor de la Reina y arzobispo toledano don fray Francisco Ximenes de Cisneros, el cual, emprendiendo de público una cruzada contra los renegados, castigaba con destemplado rigor á aquellos agarenos, que parecian llegar á mal la conversión de los suyos[14]. Comenzaron á representar los sarracenos que se faltaba á lo acordado en las capitulaciones; pero el arzobispo, sin curarse mucho de sus quejas, caminaba adelante en sus proyectos, con que irritados los ánimos de los que se consideraban ofendidos, dejárose llevar fácilmente á la rebeldía, produciendo una asonada en el Albaizin. Fue la ocasión del levantamiento la violencia, que quisieron ejercer á vista de los moros en una moza hija de un renegado, dos familiares del arzobispo, quienes pretendian llevarla presa. Á los gritos de la fóven, alborotados los muslimes, cayeron sobre los agresores, de los cuales quedó muerto uno de ellos, llegando los sediciosos á cercar la casa de Cisneros, situada en la Alcazaba. Á dicha acertó á librarle del peligro oportuno socorro despachado por el conde de Tendilla, sin aquietarse, or tanto, los moros, quienes permanecieron en rebelión diez dias, calmándose solamente ante la presencia y en virtud de las exhortaciones de Hernando de Talavera, no sin obtener de antemano promesa formal del conde de concederles perdon por su falta.

Ni aun así cejó el arzobispo Ximenez en la prosecución del fin que se proponia, y aunque desgraciado en tal suceso y motivo de disgusto para los reyes, quienes le cargaban la culpa del motin pasado, pudo tanto su persuasión para con los monarcas, que por último le autorizaron tácitamente á continuar las violencias comenzadas. Para cohonestar en lo sucesivo aquella manera de proceder, representó dicho arzobispo que las capitulaciones no tenian ya fuerza para la sublevación y rebeldía en que habian incurrido los moros, levantándose contra su persona, con otras especiosas razones consignadas con algun viso de exageración en las propias historias de los árabes[15]. Abrió además una información sobre los sucesos de la sedición pasada, que pusiese á los sarracenos en la penosa alternativa de la conversión ó la muerte.

Exasperados los muslimes, escribieron al Soldan de Egipto sobre la infraccion de las capitulaciones, con lo cual se determinó aquel príncipe á despachar una embajada al Papa, para que requiriese á los Reyes Católicos al cumplimiento de aquellos pactos, si no queria que fuesen expulsados de sus dominios cuantos cristiauos tenian en ellos su morada. Remitió el mensaje el Pontifica á los soberanos españoles, los cuales acordaron con buena diligencia enviar á la córte de aquel monarca poderoso al erudito Pedro Mártir de Anglería, qien supo justificar con tan buen tino la conducta empleada por Cisneros, que todavía agradeció á los Reyes Católicos la protección dispensada á sus correligionarios[16]. Perdida toda esperanza de socorro, resignáronse los moros granadinos á bautizarse en masa, calculándose en cincuenta mil el número de los que en esta ocasión vinieron en recibir el bautismo (1499).

Á la noticia de los sucesos que se verificaban en la capital, levantáronse los muslimes en la Alpujarra en defensa de sus derechos y libertades[17], llegando á deshora las templadas instrucciones de los reyes dirigidas á prevenirlo[18]. Domeñada, sin embargo, la rebelión por los esfuerzos de Gonzalo de Córdoba y la presencia del Rey Católico, movidos á la sumisión, quién por fuerza, quién por halagos, imitaron todos los habitantes de aquel país el ejemplo de los moros granadinos. Así entraron en el gremio de la Iglesia Católica, los muslimes de la Alpujarra, Baza, Guadix y Almería, como lo ejecutaron á poco los de la sierra de Filabrés, que levantados á principio de 1501, prefirieron igualmente la sumisión al castigo.

De mayor importancia que estas rebeliones la promovida en la Serranía de Ronda, como que dio ocasión al sangriento desastre de Sierra Bermeja, no obtuvo desenlace diferente. Prefiriendo los moros de aquellos lugares el bautismo á la muerte ó la pérdida de sus bienes con traslación al África, ganado tambien el castillo de Belefique, último asilo de la revuelta con igual fortuna[19], pareció libre la parte más meridional de la Península Ibérica de la influencia de los sarracenos, como vasallos mudejares.

Quedaba, no obstante, crecido número de muslimes con sus privilegios en otras provincias y lugares de Castilla, los cuales como fuesen obstáculo á la unidad religiosa que meditaban los Reyes, resueltos estos á asegurarla á toda costa, expidieron en Sevilla á 11 de Febrero de 1502 una pragmática muy semejante al edicto publicado contra los judíos, previniendo á los moros no bautizados, existentes en los reinos de Castilla y de Leon, que recibiesen todos el bautismo ó saliesen de España en el término de dos meses y medio, puesta excepcion únicamente en los varones menores de catorce años y en las hembras que no concedíaseles vender sus bienes y llevarse su valor en efectos que no fuesen oro ni plata, ni otros de extracción prohibida, debiendo pasar á país que no fuese África ni Turquía, con los cuales mantenia España guerra[20].

Nada sabemos del número que saliera por entonces de esta clase de moros; pero es de presumir, que, ora repugnando las condiciones de salida, ora aleccionados por las desgracias de los judíos emigrados, convertidos más ó menos sinceramente, vinieran á engrosar casi todos la clase, ya muy numerosa, de los muslimes bautizados ó moriscos.

Todavía permanecieron en el reino considerable número de sarracenos cautivos, no comprendidos en las órdenes de conversión ni de expulsión, los cuales, rescatándose á plazo con el producto de sus ocupaciones, constituyeron una clase de moros llamados cortados hasta época relativamente reciente. Aunque más tolerante con estos mahometanos la legislación de la última centuria, que sobrellevaba su permanencia en nuestro suelo, cuando no escandalizaban con sus acciones, prevenia, sin embargo, su expulsión á tiempos en aquellos casos en que su excesivo número pudiera ser perjudicial al público sosiego ó á los ritos de nuestra religión católica[21].


NOTAS.-

[1]Extraído del libro Estado social y político de los mudéjares de Castilla, cap. IV, parte segunda, libros Hiperión. El texto fue premiado por la Real Academia de Historia en 1.865. (N. de la Redacción)

[2]En algunos escudos de sus armas en el monasterio del Parral hizo poner esta empresa de la granada con el mote: Agrio dulce. Véase à Colmenares, Historia de Segovia, pág. 365.

[3]Refiriéndose el autor de la preciosa Chrónica del famoso Condestable don Miguel Lúcas de Iranzo á estos acontecimientos, se expresa en los siguientes términos: “Tan quebrantados se sentian (los mors) de la guerra que este señor les facia, que todos los comunes, en especial los del Alcazaba é Albaicin eran de intención que se diesen al rey nuestro señor, é viviesen por modejares en aquella ciudad y su tierra. É al fin, pensando ampararse de tantos trabajos, deliberaron de tomar por su rey al infante Ismail, que á la sazon por mandado del rey nuestro señor era venido de su córte, do gran tiempo con su alteza habia andado, y estovo en la parte de Málaga, de Ronda é Setenil”. Bib. Nacional, Ms G. 126, año MCCCCLII, cap. VIII. Memorial histórico, t. VIII, pág 95. Adviértese poca conformidad, en punto al reinado de dicho Ismail, en las historias de este tiempo.

[4]Colmenares, Historia de Segovia, página 369 y siguientes. El mismo autor, refiriendo, págs. 386 y 387, los sucesos del año 1466, al exponer la primera aplicación de la Santa Hermanad, dice lo siguiente: “Uno de sus primeros efectos fue en nuestra ciudad; porque llegando alguna gente de mala sospecha y peor traza, con algunos moros, que dezian ser cirados del rey, á hospedarse en Zamarramala, arrabal (como hemos dicho) de nuestra ciudad, pidiendo aposento como soldados, les fue respondido como tenian privilegio de pechos y aposentos, por la vela que hacian en los alcázares, que todo permanece hoy. La gente era inquieta, los vecinos briosos: vinieron á las manos; hubo heridos y muertos, Súpose en la ciudad la revuelta; la Santa Hermandad despachó ministros, que prendiendo á algunos, averiguada con verdad la causa, los asaetearon, con que se temia más y se robaba menos”.

[5]Benavides, Memoria sobre las guerras de Granada. Apéndice II.

[6]Véase la cédula y capitulación de los documentos justificativos colocados al fin de Reyes Católicos otorgada á este fin, en los esta obra.

[7]En el texto de las capitulaciones asentadas con los mismos á 7 de Diciembre de 1489, inserto en los citados Documentos, se expresan de esta manera los Reyes Católicos: “Primeramente, que nos tomamos é rescebimos por nuestros vasallos mudexares á los dichos alguaciles é alfaquíes, alcadis, caballeros, viejos é buenos hombres de la dicha ciudad de Purchena é de todas las dichas villas é lugares del rio de Almanzora, é valle de Purchena, é sierra de Filabres, é so nuestro amparo é seguro defendimiento real”. Etc.

[8]Al-Maccari, texto árabe, t. II, página 809.

[9]Ibidem, página 810.

[10]Ibidem, págs. 811 y 812.

[11]Entre otros testimonios que pudieran dar fé de la embozada política de los Reyes Católicos en este punto, baste señalar el siguiente de un historiador que les era harto afecto, y el cual, con encubiertas palabras, deja entender sin ningun asomo de duda la coaccion, ejercida en el monarca mahometano: “Y porque esto era cosa de muy grande peligro, quedar el rrey Chiquito en aquel rreino que estaua casi todo poblado de moros, donde podia, cada que le pareciese, rebatar el rreino y poner en necesidad á los reyes católicos, quando hirieron al rrey cathólico en Barcelona, el rrey Chiquito envió cient caualleros moros, criados suyos, y al Pequeñi, que era un hombre principal, que después se llamó don Fernando Enrriquez: y el Rey y la Reyna Cathólico y por su mandado, trataron con estos caballeros moros que el rey Chiquito vendiese todo lo que tenia en el reino de Granada, y así se hizo y le dieron ciertos mill castellanos, con que el rey Chiquito pasase allende, y lo mismo se hizo con otros caualleros moros, que tenian algunos bienes, y de esto pesó en el alma al rey Chiquito, y se quexaba y dezia que sus mensajeros no auian tenido poder para esta contratación; mas fuéle forçoso cumplir lo que se habia capitulado y pasó allende”. Chrónica de los Reyes Cathólicos. Bib. Nac. MS. G. 72, f. 362.

[12]Al-Maccari, t. II, págs. 814 y 815.

[13]Pedraza, Historia Ecles. de Granada, pág. 187.

[14]“Y quedóse en Granada el arzobispo de Toledo don frray Francisco Ximenes, que después fue cardenal: con buen celo quísose informar de todos los moros que en qualquiera manera venian del linaje de xpistianos, y hazíales traer ante sí, y por buenas palabras y persuasiones procuraba con ellos que se convertiesen á nuestra saneta fé Cathólica, porque dezia que sin gravísimo pecado no se podia permitir que uiuiesen en ley de moros, y los que se convertían de esta manera en merced, dáualos y gratificáualos, y á los que no se querian convertir echáyalos en la cárcel, y trauajaba con ellos por todos los medios posibles, que se convertiessen. Pareció que esto tocaba á muchos moros y se escandalizauan de ello”. Chrónica de los Reyes Cathólicos, MS. Citado.

[15]“Después los cristianos violaron el tratado y quebrantaron las capitulaciones, punto por punto, hasta que se impuso á los muslimes el recibir la religión cristiana el año 904, en virtud de causas y razones, de las cuales la más fuerte y valedera venia á ser la siguiente: <<Los eclesiásticos, decian, han dispuesto en punto á los cristianos, que abrazaron el islamismo, que sean complidos á volver á su ley antigua>>, y lo tuvieron que hacer, aunque hubiera sus contestaciones sobre ello, porque no contaban con poder ni fuerza. Luego, pasando á otro por menor, solian decir á un muslim: <<Tu abuelo era cristiano y abrazó el Islam: tórnate cristiano>>; y como este proceder escandaloso hiciese que el Albaizin se levantase contra los ministros de justicia y les diese muerte, se ofreció otro motivo para hacerles fuerza, diciéndoles: <<Ha venido órden del rey, que quien se haya sublevado contra él ha de morir ó abrazar la religión cristiana>>. Al-Maccari, texto árabe, t. II, pág. 813.

[16]Pedro Mártir de Anglería, Legatio Babilónica. Epistolae. Lafuente, Historia de España, t. X, pág. 119. El mencionado Pedro Mártir, aunque partidario, al parecer, de la política usada con los moros, formulaba su juicio acerca de la sinceridad de su conversión en las frases siguientes: “Lex est illis proposita, utrum supplicium malint an baptismum. Ad Christum conversi sunt omnes, Regibus id suadente Archiepiscopo Toletano ne perirent. Tu vero inquies hisdem in suum Mahometen vivunt animis atque id iure merito suspiciendum est. Durum namque maiorum instituta relinquere, at tamen ego existimo, consultum optime fuisse, ipsorum admittere postulata, paulatim namqe nova superveniente disciplina iure nunc saltem, et infantum atque eo tutius nepotum inanibus illis superstitionibus abrasis novis infuentur ritibus; de senescentibus, qui callosis animis induruenrunt, haud ego equidem id futurum inficior”. Epístola 215, lib. XIII.

[17]“En este mismo tiempo se levantaron las Alpuxarras, que estaban todas pobladas de moros, donde por ser tierra fuerte y braua de su sitio se fueron muchos moros huyendo, y la razón deste leuantamiento fue por no tornarse xpistianos”. Chrónica de los Reyes Cathólicos, MS. Citado.

[18]Véase la carta confirmatoria de sus privilegios, dirigida en Enero de 1500 á Alí Dordux, cadí de la Jarquía y Garbía de Málaga, á los cadíes, alguaciles, viejos é hombres buenos del mismo obispado. Archivo de Simancas, Registro general del sello.

[19]“É dende á pocos dias (de sosegada la Sierra Bermeja) se levantó un castillo que dicen Belefique, que es muy fuerte, de su sitio, y allí se recogieron algunos moros y xpistianos nuevos y eligieron por su capitan ó rrey un negro, que era valiente hombre. Y los reyes católicos enviaron contra ellos al alcayde de donceles que entonces era, que después fue marqués de Comares, con gente de caballo y de pié, y auiéndolos tendio cercados algunos dias se entregaron á merce, y fizieron justicia del negro y de los principales del levantamiento, y todos los demás quedaron libres, y los que no eran xpistianos se bautizaron, y con esto acabó toda la conversión del rreyno de Granada, y las rebeliones que por causa de dicha rebelión se hicieron”. Chrónica de los Reyes Cathólicos, MS. Citado.

[20]Pragmáticas del reino, fóls 6 y 7. Lafuente, Historia de España, t. X, página 132. Novísima Recopilación, lib. XII, tít. II, ley III.

[21]Novísima Recopilación. Ibidem, título II, ley V de don Felipe V en Buen Retiro á 20 de Setiembre de 1711. Durante el siglo XVIII habíanse dado varias leyes sobre los esclavos no bautizados para expulsarlos de la córte; pero ni la medida debió cumplirse con rigor, ni obedecida de buena fé, según lo indica la repetición de semejantes leyes.



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