LOS IMPERIOS MUSULMANES DEL AFRICA OCCIDENTAL
[1]

Basil Davidson[2]

Varias de las ciudades “portuarias” de la costa meridional del Sahara han sobrevivido en los tiempos modernos; ninguna de ellas tan sólida como Kano, en el país de Hausa, al norte de Nigeria. Hoy en día, Kano constituye un bullicioso centro de actividad comercial e industrial, con escuelas y colegios superiores y numerosos edificios que albergan instituciones del gobierno local y estatal. Pese a ello, continúa siendo un lugar en donde son fáciles de detectar los nexos entre el actual desarrollo y su pasada historia, que se observan de la manera más patente en las murallas y puertas que rodean la parte más antigua de la ciudad.

Las murallas datan de hace siglos. Ya en 1500, un viajero norteafricano escribió un libro que ha llegado hasta nosotros, en el que dice de Kano que estaba “rodeada por una muralla hecha de vigas de madera y arcilla cocida; sus casas están construidas de los mismos materiales”. Con todo, las murallas y empresas de Kano tenían ya una larga historia en 1500.

El mismo viajero cuenta que los habitantes de Kano eran “civilizados artesanos y ricos mercaderes”, y era la suya una prosperidad duradera. Trescientos años antes, Heinrich Barth, explorador alemán, calculaba que la ciudad contaba con unos 30.000 habitantes, y quedó notablemente impresionado por la producción de tejidos de algodón en los pequeños talleres que existían en sus alrededores. Procedente de Europa, con sus “infernales fábricas” y demás horrores de la revolución industrial, la situación que allí encontró era bien diferente:

“...Si tenemos en cuenta que esta industria no se orienta aquí, como en Europa, en inmensos establecimientos que degradan al hombre a la más vil condición, sino que proporciona empleo y apoyo a las familias sin obligarles a sacrificar sus hábitos domésticos, hemos de suponer que Kano debe ser uno de los países más felices del mundo.”


A su juicio, lo único que dejaba de desear era el gobierno de la época. Bien es verdad que a mediados del siglo pasado, cuando Barth visitó la ciudad, la vida política de Kano había atravesado ya numerosas etapas.

Fundada aproximadamente en el año mil, la ciudad se había convertido en la capital de uno de los reinos hausas del norte de Nigeria. En 1400, el gobierno hausa había establecido un sutil sistema de control y equilibrios  en el uso del poder político, y el rey de Kano, lejos de ejercer un poder despótico, se había convertido, en el sentido literal de la palabra, en un monarca constitucional. El comercio y la producción realizada con fines comerciales –de productos alimenticios o artículos manufacturados– aportaban la base económica, y en Kano esta producción comercial se realizaba a gran escala. Al expandirse este tipo de economía, también lo hizo su proyección comercial, y el país  pasó a formar parte de las redes de larga distancia que conectaban a las comunidades silvícolas del sur con las comunidades transaharianas del lejano norte. Se planteó entonces el interrogante de quién controlaría estas redes de expansión.Guardia Emir Nigeria

La primera respuesta, en términos de organización de gobierno, consistió en establecer un “sistema familiar”, cuyo funcionamiento en estados hausa como el de Kano no debió ser muy diferente al propio de los antiguos estados de Ghana y Malí, donde, como sabemos, las familias dominantes dividían y subdividían el poder entres sus miembros (en su mayoría hombres, pero, en ocasiones, también algunas mujeres). El resultado de este procedimiento era que el propio rey (o, más raramente, la reina) no pasaba de ser sino “el primero entre los iguales”. Aunque el sistema funcionó bastante bien durante algún tiempo, a medida que se ampliaba los reyes comprobaban que los tíos, hermanos o sobrinos solían apropiarse de territorios y pugnaban por independizarse. Entonces, los impuestos y tributos dejaban de fluir en cantidad suficiente, siendo retenidos en su origen. Así, empezaron a escasear los ingresos de los reyes para los regalos y pagos que exigía el mantenimiento de su autoridad.

La solución a este problema se debió en gran parte a los códigos jurídicos y administrativos del Islam, la religión del profeta Mahoma, que tenía entonces creciente popularidad entre los gobernantes y las poblaciones urbanas del sur del Sahara. Consistía esencialmente en socavar el sistema familiar de gobierno nombrando gobernadores, tesoreros, generales y otros dirigentes que no pertenecían a ninguna familia dominante. Según se comprobó, lo ideal era que procedieran de familias humildes, preferiblemente de condición servil, de manera que toda su carrera y su medio de subsistencia dependieran de la voluntad y el favor del rey, su señor. Estos “hombres del rey” eran enfrentados a los nobles hereditarios.

El cambio no se produjo con facilidad y algunos reyes que intentaron llevarlo a cabo fueron rápidamente derribados por los indignados nobles; otros, más astutos, corrieron mejor suerte y llevaron adelante sus planes. Gradualmente, cada sistema vino a apoyarse en una combinación de hombres designados y nobles hereditarios. En términos generales, éste era el sistema que funcionaba en Kano cuando nuestro viajero norteafricano admiraba sus puertas y murallas alrededor de 1500.

Lo que se denomina “defensa” es siempre algo prioritario para el sistema monárquico. En África occidental, la primera innovación importante de la época de construcción de imperios fue la caballería con estribos; al igual que en Europa y Asia, los soldados a caballo sin fuertes sujeciones en los pies eran fácilmente derribados por la lanza o la maza. En cambio, los jinetes con estribos, bien entrenados y en número suficiente, eran capaces de ganar cualquier batalla que emprendieran. No es exagerado afirmar que, al menos a partir de 1350, todos estos grandes sistemas políticos fueron levantados y mantenidos –o, en su caso, destruidos– por aguerridos soldados de caballería. Éstos sofocaban las revueltas, protegían las rutas de las caravanas, acometían provechosas conquistas y cuidaban de la seguridad de los reyes.

Pero debía tratarse siempre de soldados regulares. Sólo los soldados profesionales podían estar bien entrenados en el arte de la caballería hallándose siempre disponibles. Además, ningún rey podía poner sin riesgo en manos de aficionados las onerosas monturas y demás pertrechos que conllevaba aquella caballería con estribos –cota de malla, armadura acolchada para el caballo, buenas armas–, dejando que los utilizaran para fines privados y posiblemente subversivos. Por eso, los reyes reclutaban soldados profesionales –por lo general, hombres de condición servil, capturados en la guerra o privados de derechos civiles– y guardaban sus armerías bajo llave a la espera de que su uso fuera necesario.

El sistema dio resultado en África como en otros lugares. Tuvo, además, la ventaja, muy apreciada por monarcas y cortesanos, de permitir espléndidas demostraciones ceremoniales. Un escritor kanuri nos ha dejado una descripción de testigo presencial sobre una de las ceremonias celebrada en el decenio de 1560, cuando su señor, el rey de Karem-Bornu (Nigeria nororiental), mai Idris Alooma, recibió a unos embajadores del poderoso sultán del Imperio otomano. Con el mai desfilaban soldados a caballo provistos de acolchada armadura..., considerablemente más vistosos que las escoltas motorizadas de nuestros días:

“Todos los soldados montaron a caballo después de equiparse a sí mismos y a sus monturas con armaduras, petos, escudos y sus mejores galas. Tras cabalgar un breve trecho, nos reunimos con el sultán. Los soldados de nuestro soberano estaban dispuestos hacia el oeste, fila tras fila, dejando espacio entre ellas para que cualquier caballo inquieto pudiera evolucionar. Luego, nuestros jinetes cargaron en homenaje, y los embajadores se dirigieron al galope hacia nosotros. Este movimiento se prolongó durante largo rato, hasta que los soldados de infantería se sintieron fatigados por permanecer de pie.
Mis prudentes amigos y consejeros, ¿habéis visto alguna vez un rey que pueda compararse a nuestro soberano en este momento?”

Las armas de fuego fueron la siguiente innovación militar. Requerían también el manejo de profesionales. Muy pocas de ellas aparecieron en el Sudán[3] occidental o en alguna parte del África occidental antes de 1500. Luego se empezaron a reclutar pequeños escuadrones de mosqueteros a quienes se pertrechaba con el armamento de avancarga de la época, que solía importarse de las colonias otomanas en el norte de África y Egipto. Pero el valor militar de estas armas apenas iba más allá del ruido que hacían y del prestigio que deparaban a sus portadores. El poder de matar vendría más tarde.

El Islam en el África occidental

Con sus innovaciones militares e impresionantes demostraciones de fuerza, los vastos imperios de África occidental trajeron largos periodos de paz y prosperidad a sus territorios. Ibn Battuta, escritor tangerino del siglo XIV, pasó algún tiempo en Malí en 1352 y nos hizo llegar las impresiones de su estancia en aquel país[4]. Era la suya la vida de un estudioso itinerante, figura bastante común en aquellos tiempos tanto en tierras del Islam como en la Europa cristiana. Los viajes de Ibn Batuta le habían llevado ya hasta la China; a su llegada a Malí estaba capacitado, pues, para hacer comparaciones. En conjunto, quedó impresionado por lo que veía. A propósito de la gente de Malí señalaba:

“Una de sus buenas características es su falta de opresión. Son el pueblo más ajeno a ella, y su sultán [el emperador de Malí] no permite a nadie que la practique. Otra de sus buenas características es la seguridad que reina en todo el país, de tal modo que ningún viajero ni morador tiene nada que temer de ladrones o usurpadores.”


Mapa Siglo XIV Los habitantes del país le parecieron honrados y devotos. Vestían finas vestiduras blancas “los viernes”, el día de descanso de los musulmanes; y si ese día “un hombre no va temprano a la mezquita, no encuentra sitio alguno para orar a causa de la gran muchedumbre”. Se daba mucha importancia a la memorización del Corán, sancionándose las faltas cometidas en este sentido: “Ponen grilletes a sus hijos si manifiestan algún fallo en esta memorización, y no se los retiran hasta que no lo subsanan.” Por su sentido conservador, Ibn Battuta veía en esto algo digno de aprobación, al tiempo que se sentía repetidamente sorprendido por la relativa libertad de la que gozaban las mujeres del África occidental.

El Islam había llegado allí más de 500 años antes, con los mercaderes de las caravanas de los siglos VIII o IX; su penetración, sin embargo, había sido lenta. Hasta el siglo XI, los reyes y las cortes de África occidental no percibieron la utilidad de aceptarlo entre sus creencias. Respetaron en todo momento, sin embargo, los santuarios y credos ancestrales de los pueblos que gobernaban. A partir del siglo mencionado, y durante muchos años –bien entrado el siglo XVIII en la mayoría de las regiones de esa parte de África–, el Islam mantuvo su presencia religiosa en las ciudades, mientras los campesinos rendían culto a sus propios dioses, como lo habían venido haciendo desde tiempos inmemoriales.

Pero el Islam resultaba cada vez más interesante para los gobernantes, acosados por los nuevos problemas del desarrollo. Y era tanto más fácil aceptarlo por cuanto, a diferencia de lo que más tarde sucedería con el Cristianismo, podía admitir diversas lealtades locales y costumbres religiosas siempre que sus adeptos confesaran la existencia de un solo Dios y admitieran que Mahoma era su profeta.

Para esos gobernantes, la atracción del Islam radicaba en que vinculaba a sus cortes al mundo –más vasto– de la umma musulmana, la “familia” islámica, y les libraba por tanto del aislamiento provincial. La peregrinación a La Meca vino a ser un gran negocio para todo aquel que podía permitírsela. Al margen de ello, el Islam aportaba un elemento unificador de fe y camaradería más allá de las tradicionales divisiones (étnicas o de otra naturaleza).

De este modo, y por la influencia de sus códigos jurídicos y administrativos, el Islam actuaba en aquellos tiempos como una fe auténticamente modernizadora. Una de sus principales innovaciones consistía en su insistencia en la importancia de la alfabetización y en el valor del conocimiento teórico. Los niños pequeños tenían que recitar el Corán de memoria, mientras que los mayores estudiaban diversas ramas de la ciencia musulmana, fueran civiles o religiosas. Las grandes ciudades del Sudán occidental se convirtieron en destacados centros del saber que fueron reconocidos en todo el mundo musulmán.

En los centros urbanos se congregaban comunidades eruditas que intercambiaban a sus especialistas itinerantes con los de remotas regiones: África del norte, Egipto, la España musulmana y otros lugares aún más alejados. Se crearon bibliotecas que alcanzaron gran estima. Se escribieron y publicaron libros en copias manuscritas: historias como las tarijs o crónicas, escritas en Tombuctú, así como una gran variedad de obras de comentario secular o religioso, tales como las famosas Ahmed Baba (algunas de las cuales aún circulan en nuestros días). Según un informe del siglo XVI, el comercio de libros en la región era más rentable que ningún otro.

Los reyes consultaban a juristas prominentes y les pedían consejo: ¿qué resolución debe adoptar un gobernante musulmán ante la desnudez de las muchachas y las jóvenes solteras? ¿Cuál es el mejor modo de regular los mercados? ¿A quién ha de corresponder la decisión final en materias tales como la normalización de pesos y medidas, las facilidades de crédito o el pago de deudas? ¿En qué terrenos debe imponerse la ley islámica –la sharia– sobre las costumbres locales? Poco a poco, y a medida que los sistemas se hacían más complejos, la contribución del Islam quedó entretejida en la vida cultural y económica de los grandes imperios del África occidental.

Los viejos “puertos” del sur


Como hemos visto, el comercio fue el elemento medular de estos imperios, y las ciudades “portuarias” de la “costa” sahariana, que aprovisionaban a las caravanas que iban rumbo a los páramos del norte y las acogían a su regreso, tenían una gran importancia. Ninguno de esos puertos era más importante (desde 1300) que el de Jenne, emplazado en la región central de la actual república de Malí. Gracias a su sólida situación defensiva, en el delta interior del río Níger, con los anchos brazos del río protegiendo a la ciudad por ambos lados, Jenne pudo defender su independencia largo tiempo. A diferencia de Tombuctú, nunca fue una ciudad imperial.

En nuestros días sigue encerrada entre sus murallas ocre-marrón de tierra batida, como si nada hubiera cambiado excepto la carretera que conduce a ella. Allí, la historia puede plasmarse en el calor del mediodía, con una hilera de camellos o un tumulto de mercaderes (y ambos abundan sobremanera), que se reúnen y arremolinan en la famosa plaza del mercado, sita ante los umbrales de la noble e imponente mezquita.

“A esta bendita ciudad se debe”, escribía el cronista de Tombuctú, Abderrahman As-Sadi en torno a 1650, “el que las caravanas acudan a Tombuctú de todos los puntos del horizonte”. Aunque por entonces ya había quedado atrás el periodo de auge de los grandes sistemas de organización, este historiador soninke podía afirmar todavía que “Jenne es una gran ciudad, floreciente y rica, uno de los grandes mercados del mundo musulmán”. Los mercaderes de sal llegaban allí procedentes del lejano norte, en tanto que los de oro se aproximaban desde el sur. Abundaban también los hombres llenos de erudición, “que son jurisconsultos, teólogos, personas tan devotas como virtuosas” aunque es éste un cuadro trazado por un patriota local, pero no por ello deja de tener valor.

Hoy en día, Yenne es una pequeña ciudad provinciana de la moderna república de Malí; Mopti, vecina ciudad nigeriana, ha cobrado mayor importancia. Si los mercaderes de las dyula o caravanas mandinkas ya no abarrotan las puertas de Jenne, era éste el camino que seguían, rumbo al norte, desde las minas y estaciones de lavado de oro de Asante, a través de Bigho, en la selva virgen, y Bobodyulasso, en las llanuras. Y el camino por donde se importaban las mercancías, y en especial la sal del Sahara.

Las mercancías de lujo llegaban también al sur a través del desierto. Eran siempre artículos esenciales en el comercio caravanero a larga distancia, ya que los beneficios más sustanciales se obtenían con las mercancías de poco peso y gran valor. Cuando una fuerza británica invasora saqueó el palacio Kumasi del rey de Asante en 1896, encontró entre el botín un hermoso cántaro de metal hecho en Inglaterra, con una marca que lo data en el reinado de Ricardo II, poco antes del año 1400. Alguien debió llevarlo allí a través de Jenne.

Ese desconocido mercader de antaño habría llegado al sur por Tombuctú, la principal terminal meridional desde finales del siglo XII, situada en el límite del desierto. De maravillosa reputación, Tombuctú sigue siendo una ciudad cautivadora con sus mercados y recuerdos, sus confortables viviendas escondidas tras la faz silenciosa de las murallas cargadas de polvo, y sus emprendedores comerciantes, que aún sueñan con hacer fortuna en las grandes rutas del desierto.Mezquita Jenne

Desde Tombuctú, las caravanas que se dirigían al norte habían de afrontar el reto del desierto en semanas de penoso caminar, hasta los “puertos” situados en la costa septentrional. El Sahara era entonces de dimensiones un poco menores, pero cruzarlo a pie o en camello seguía siendo tan doloroso como hoy.

Hacia el norte fueron las caravanas durante siglos. Por lo menos durante 700 años abastecieron los grandes circuitos del comercio interregional e intercontinental que sostuvieron la gloriosa Edad Media musulmana y contemplaron el desarrollo de la Europa cristiana. Y a lo largo de ese mismo ciclo trascendental de la historia, los pueblos de África occidental, en sus praderas o en sus regiones boscosas cercanas a la costa, evolucionaron y se diversificaron. Su organización económica y política, centrada primero en sencillos sistemas de frágil articulación y en formas primitivas de crecimiento económico, fue transformándose hasta abocar en organizaciones sólidas y complejas. Es la civilización multicultural, forjada a lo largo de esos siglos, lo que constituye la base del África occidental que hoy conocemos.

A través del gran desierto

Al dirigirnos hacia el norte desde Jenne y Tombuctú, Ibn Battuta puede ser nuestro guía. El escritor marroquí registró con particular sensibilidad su última travesía del Sahara, en 1352, y su relato del viaje aún sigue siendo ameno en nuestros días. En una primera parte, viajó con una caravana bereber hasta Tacada, gran centro de extracción de sal del desierto; desde allí, cambiando de caravanas, se dirigió al noroeste, llegando a Sijilmasa y a su hogar de Fez en etapas sucesivas. Aunque caminaba con un grupo numeroso, realizó el viaje en un tiempo relativamente breve. Una moderna caravana sahariana suele avanzar a un promedio de 34 kilómetros al día si todo va bien, y la de Ibn Batuta, en el tramo más duro de la travesía, alcanzó en realidad los 27 kilómetros diarios.

Aunque al principio los peligros parecían más aparentes que reales, la situación cambió bien pronto. A propósito de su anterior travesía hacia el sur, Ibn Batuta recuerda:

“En aquellos días solíamos ir a la cabeza de la caravana, y cada vez que encontrábamos un lugar adecuado, nos deteníamos para apacentar a nuestros animales. Así seguimos haciéndolo hasta que un hombre llamado Ibn Ziri se perdió en el desierto. A partir de ese momento, ni íbamos delante ni nos quedábamos rezagados.”

Se buscó al hombre en las inmensas arenas en donde no había una gota de agua, pero no se ele encontró. Luego, unos días mas tarde,

“hallamos una caravana en nuestro camino, y nos dijeron que unos hombres se habían separado de ellos. Encontramos a uno de ellos muerto; conservaba sus ropas y llevaba un látigo en la mano, bajo un pequeño árbol de los que crecen en la arena. Había agua aproximadamente a una milla de él.”

Para sobrevivir era esencial contar con un takshif o guía, siempre un bereber, nacido y criado en el desierto. Al acercarse al oasis de Walata, se le enviaba delante para que preparase la recepción. Pero,

“a veces, el takshif perece en esa inmensidad, y las gentes de Walata nada saben de la caravana; entonces mueren todos los viajeros, o muchos de ellos (con sus pellejos de agua vacíos, antes de que llegue la ayuda).”

Los demonios de la sed y el calor abundaban en aquellas enormes extensiones desoladas:

“Cuando el takshif va solo, juegan con él y le seducen desviándole de su propósito. Pierde la vida porque no hay camino ni rastro bien definido; tan solo arena arrastrada por el viento. Se ven montañas de arena en su lugar, y luego se ven las mismas montañas transportadas a otro.”

El takshif fiable, dice Ibn Battuta, es aquel que ha hecho el viaje muchas veces. “Me pareció notable que nuestro guía fuera ciego de un ojo y tuviera dañado el otro y que, a pesar de ello, conociera el camino mejor que nadie.” Les condujo con seguridad hasta Walata y, a juicio de todos, se ganó cabalmente su paga de 100 mitcals de oro (420 gramos).

A Ibn Battuta le gustó Walata y permaneció allí durante 50 días. Sus pobladores le parecieron “extraños y curiosos en muchos aspectos”, no siendo el menos importante de éstos la libertad de que gozaban las mujeres y la ausencia de celos entre sus compañeros. En la visita que hizo al juez principal de Walata, este dignatario le presentó a “una mujer joven de notable belleza”:

“Al verla, vacilé y quise retirarme, pero ella se rió de mí sin mostrar timidez alguna. Me dijo el juez: «¿Por qué se va? Es mi amiga». Me desconcertó la actitud de ambos, no en vano él era un erudito y un peregrino.”


Supo que el mismo juez se proponía llevar consigo a su amiga el año siguiente en otra peregrinación. Para Ibn Battuta, era aún peor la falta de celos entre los hombres:

“Un día, visité a Abu Muhammad Yandakan Al-Masufi, en cuya compañía había llegado, y le encontré sentado sobre una alfombra. En el patio de su casa había un carruaje endoselado y, dentro de él, una mujer sentada conversando con un hombre. Dije a Abu Muhammad: «¿Quién es esa mujer?» y me respondió: «Es mi esposa.»
«¿Qué relación tiene ese hombre con ella?»
«Es su amigo.»
«¿Está de acuerdo con eso, usted, que ha vivido en nuestro país y conoce las enseñanzas de la sharia?»
Abu Muhammad me replicó: «La asociación de las mujeres con los hombres es grata para nosotros y forma parte de la buena conducta, a la que no se asimila sospecha alguna. Estas mujeres no son como las de su país.»
Quede asombrado por su laxitud, le deje, y no volví más. Me invitó varias veces, pero no acepté.”


Aunque muchas sorpresas aguardaban a Ibn Battuta en su travesía del desierto, todo le fue bien y no sufrió daño alguno excepto en sus convicciones acerca de lo que era correcto y adecuado. A finales de diciembre de 1353 dejó el desierto tras él y subió a las montañas del Atlas, cubiertas por la nieve, por caminos que le parecieron más difíciles que “cualquiera de los que he conocido en Bujara, Samarcanda, Jurasán y la tierra de los turcos”. Por fin, llegó a su destino, a los jardines de Fez, cuajados de fuentes, donde le dio la bienvenida el sultán de Marruecos, “jefe de los creyentes –a quien Dios sostenga–, y besé su noble mano, juzgándome afortunado por ver su rostro bendito”.



NOTAS.-

[1]Extraído del capítulo 8 (“El impacto del Islam”) del libro La Historia de Africa, Ediciones Folio, S.A., Barcelona, 1.992.

[2]Basil Davidson es Doctor en literatura, doctor honoris causa por las universidades de Ibadan (Nigeria) y Edimburgo (Escocia) y autor de más de veinte libros sobre Africa.

[3]El autor emplea aquí la palabra “Sudán” en su acepción original, que procede del árabe y significa “tierra de negros”, y no haciendo referencia al actual país que lleva el mismo nombre. (N. de Redacción Alif Nûn).

[4]Para más información, véase Ibn Battuta, A través del Islam, Alianza Editorial, Madrid, 2005. (N. de Redacción Alif Nûn).