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LENGUA Y LITERATURA ARABE DE AL-ANDALUS
( I )
-Redacción Alif Nûn-
CAPÍTULO I:
LA LENGUA ARABE: SU EVOLUCION Y APRENDIZAJE Introducción La estrecha relación entre la lengua árabe –tanto en sus distintas formas dialectales como en su versión moderna “estándar”– y el “árabe coránico” ha sido patente a lo largo de los siglos. A causa de este fenómeno, y aunque de un modo desigual, el proceso de arabización y el de islamización fueron de la mano en muchas ocasiones[1]. De este modo, el árabe se convirtió en la “lengua oficial” de la religión islámica y por extensión, del Estado, la sociedad y la cultura que esta religión trajo consigo. Hasta la época del profeta Muhammad (siglos VI-VII d.C.) el árabe era una lengua tribal carente de una gramática escrita y de un léxico específico que tratara las diversas ramas del saber, tal y como se las conocía en los grandes imperios (persa y bizantino, principalmente) que rodeaban la Península Arábiga. Sin embargo, a raíz de la expansión del Islam a través del vasto territorio comprendido entre el valle del Indo y el Océano Atlántico, comenzó a considerarse de un modo especial el estudio del lenguaje en el cual había sido revelado el Corán, comprendiendo no sólo el estudio de la gramática (nahw) y la lexicografía (lugah), sino de todos los demás aspectos del lenguaje. En el caso de al-Andalus, la lengua
árabe fue adoptada por los no musulmanes sólo tras la aparición
de una gran tradición literaria y la implantación en la
península de una sociedad y un Estado musulmanes fuertemente organizados.
El árabe fue empleado con frecuencia por cristianos y judíos
como lengua de expresión intelectual y se convirtió en signo
de cultura y prestigio social entre musulmanes y no musulmanes del medioevo
hispano. De este modo, constituyó un importante factor en la unidad
de al-Andalus y se convirtió en el vínculo más duradero
entre al-Andalus y el oriente musulmán. Se construyó un lenguaje
literario común entre ambos mundos y se generó una importante
literatura, parte de la cual fue traducida al latín y a las lenguas
romances a partir del siglo XII d.C., de forma que el legado cultural árabe
e islámico ayudó a producir y acelerar el Renacimiento europeo. Puede afirmarse que los primeros estudios lingüísticos sistemáticos de la lengua árabe tuvieron lugar simultáneamente en las ciudades de Kufah y Basora, ambas situadas en el actual Irak, que en su origen fueron campamentos militares a la llegada del Islam a aquellas tierras, pero que llegaron a convertirse en grandes ciudades cosmopolitas. Ambas ciudades fueron rivales en lo político y en lo intelectual, y cada una de ellas desarrolló su propio punto de vista en cuanto a determinados problemas lingüísticos, siendo ambas el punto de partida del enunciado de importantes criterios lingüísticos en cuanto a la codificación del lenguaje y el desarrollo de la filología árabe. Así, lo que se acordaba o establecía en Basora o Kufah era considerado como dogma lingüístico que era escrupulosamente seguido en los demás centros intelectuales del mundo musulmán. En el caso de al-Andalus, Chudi al-Nahwi fue el primero en introducir la obra de al-Kisa’i de Kufah, estableciendo así la superioridad de la tradición de esta ciudad, hasta que al-Qali de Bagdad logró al fin dar preferencia a la escuela de Basora. Por regla general, los filólogos
árabes eran a la vez gramáticos y lexicógrafos, y
todo árabe considerado culto debía conocer estas materias
y debía poder participar en cualquier discusión lingüística.
Una elevada posición social requería un conocimiento profundo
de las ciencias religiosas, la poesía y las letras, materias todas
ellas íntimamente relacionadas con el lenguaje. Estos requisitos
impuestos en la sociedad tradicional del oriente musulmán eran también
comunes entre los eruditos hispano-árabes y, en suma, los estudios
lingüísticos de la España musulmana no pueden separarse
de los orientales, ya que eran emulación e imitación de
éstos. Por lo que podemos juzgar, la lengua árabe estaba en un proceso continuo de cambio a la llegada del Islam a la Península Ibérica a principios del siglo VIII d.C. La expansión del Islam significó la llegada del idioma árabe a territorios muy alejados de su origen y supuso el contacto y la convivencia con pueblos y culturas muy distintas que, en muchos casos, adoptaron el árabe como idioma propio y en otros influyeron con sus propios idiomas en la lengua del Corán, a la vez que recibían la influencia de ésta[2]. Especialmente en la Península Ibérica, una arabización a gran escala parecía improbable. En primer lugar, la mezcla lingüística del territorio incluía el latín, que era el lenguaje de la iglesia, el Estado y la literatura; las lenguas romances derivadas del latín, habladas por la mayoría de la población; y el hebreo, empleado por la población judía, principalmente con fines religiosos. En segundo lugar, es dudoso que los contingentes de musulmanes árabes y beréberes que llegaron a la península tuviesen una uniformidad lingüística. Incluso los propios árabes hablaban diferentes dialectos y se establecieron en diversas regiones de acuerdo con sus relaciones tribales, perpetuando así algunas particularidades de su habla. Ocuparon la mitad sur de la península, hasta Toledo, al norte del cual se extendida la llamada “tierra de nadie”, o territorios poblados tan solo por unos pocos colonos beréberes, los cuales, además del árabe, hablaban varios idiomas propios. Por otro lado, existieron factores que dieron ímpetu a la arabización. Aunque los recién llegados eran una minoría[3], su número aumentó con la llegada de nuevos inmigrantes y contingentes militares. Estos inmigrantes, hombres en su mayoría, tomaron esposas y concubinas, y sus hijos aprendieron las lenguas del padre y de la madre. A medida que crecía el número de conversos al Islam, la lengua árabe pasó a tener una mayor importancia y se convirtió en un factor de unidad entre los musulmanes en particular y posteriormente entre los andalusíes en general, fueran musulmanes o no. Igualmente importante, en un principio, fue la presencia de los Omeyas, bajo cuyo gobierno en el oriente musulmán el árabe fue declarado lengua oficial del imperio a principios del siglo VII d.C. Los Omeyas estaban orgullosos de su ascendencia árabe y de su lengua, y contribuyeron enormemente a la arabización del imperio a través de las costumbres, la religión y el idioma. Con el establecimiento de los Omeyas en al-Andalus se hizo habitual entre la población no musulmana el aprendizaje y la adopción del árabe como medio de comunicación diaria y de expresión literaria, especialmente a partir del siglo IX d.C. Muchos mozárabes[4] adoptaron nombres árabes que añadieron a sus nombres de familia latinos y sirvieron como funcionarios civiles en la administración, a menudo de intérpretes y traductores. El obispo de Córdoba, Recemundo (conocido como Rabi ibn Zayd), sabía árabe y latín y fue enviado por Abd al-Rahman III en misión diplomática a Alemania[5]. Los judíos hispanos se arabizaron completamente y escribieron sus obras más importantes en árabe, además de participar activamente en la vida económica, social y política de al-Andalus. No obstante, la influencia del árabe no acabó con las lenguas romances. La situación política y social de al-Andalus era tal que obligaba a cada una las comunidades que convivían en su territorio al aprendizaje del idioma de las restantes, lo que condujo a un extenso bilingüísmo. Al-Jusani, en su Historia de los jueces de Córdoba, da pruebas de que las lenguas romances eran generalmente usadas en Córdoba, incluso en los tribunales. Sin embargo, a juzgar por la gran cantidad
de literatura en árabe, parece que esta lengua gozaba de preeminencia
en aquella sociedad políglota y se estudiaba tan intensamente que
se convirtió en la lengua de la cultura por excelencia. Los estudios
lingüísticos inspirados en modelos orientales ocuparon la
vanguardia del plan de estudios. A causa de su alejamiento de la fuente
de origen, los andalusíes ponían especial atención
en la elocuencia o corrección (fasahah) del lenguaje. A
este respecto, Ibn Jaldun escribe: “Los filólogos y profesores de árabe en al-Andalus se hallan más cerca de adquirir y enseñar las costumbres (lingüísticas) que otros. Emplean versos y proverbios evidentemente árabes con este fin, e investigan en sus clases una gran cantidad de combinaciones de nombres (árabes). Así, una importante cantidad de hábitos (lingüísticos) se hace accesible a los principiantes al comienzo de (su) instrucción. (Sus) almas quedan impresionadas por ello y preparadas para recibirla y aceptarla.” Mientras el dominio musulmán se mantuvo sobre buena parte de la Península Ibérica, el interés por la lengua árabe y la consecuente arabización prosperaron, alcanzando su punto álgido durante los siglos X y XI. Sin embargo, con el avance de las conquistas cristianas, el panorama se fue modificando gradualmente y, aunque el árabe y su estudio aún tuvieron algunos defensores de talento, su influencia sobre la población disminuyó drásticamente ya a partir del siglo XIII, de modo que, excepto en el reino de Granada, el árabe dejó de ser la lengua de la diplomacia y de la cultura. Desde luego, aún perduró durante un tiempo, pero tuvo que competir con el resto de lenguas peninsulares, que aumentaban rápidamente su importancia, tanto a nivel escrito como hablado. Ya en el siglo XI el Poema del mío Cid gozaba de gran popularidad, y durante el siglo XIII en los territorios cristianos peninsulares ya existían instituciones educativas en Palencia, Salamanca y otros lugares. Alfonso X dio una nueva dimensión e importancia a la lengua castellana con sus escritos y, paradójicamente, a través de la traducción al castellano de numerosas obras escritas en árabe. De este modo, los pueblos cristianos peninsulares comenzaron a adquirir una conciencia lingüística que culminó en la completa relatinización de la Península Ibérica durante los siglos XVI y XVII, primero a través de las purgas sistemáticas contra la religión y las costumbres de los musulmanes y con la completa prohibición de la lengua árabe, y posteriormente con la definitiva expulsión de éstos[6].
El estudio del lenguaje era parte integral del estudio de las ciencias religiosas y, a consecuencia de esto, los profesores (mu‘addibûn) gozaban de gran demanda y de la estima y admiración de la población en general. Al principio los andalusíes dependían completamente de los eruditos orientales para su educación. Algunos profesores provenían del oriente musulmán y otros eran andalusíes que habían sido educados allí. Entre éstos últimos podemos mencionar a Chudi (m. 814 d.C.), que se hizo acreedor al título de gramático (nahawi), Abd al-Malik ibn Habib (m. 845 d.C.), Qasim ibn Thabit (m. 915 d.C.) o Qasim ibn Asbagh (m. 915 d.C.). Todos ellos estudiaron con las principales autoridades de oriente y volvieron a al-Andalus, donde fueron famosos profesores, y sus discípulos llegaron a ser filólogos excepcionales. Aunque en al-Andalus se escribieron pocas obras sobre filología y lexicografía hasta el siglo IX d.C., esta situación cambió a partir del siglo siguiente, cuando filólogos andalusíes como al-Qali (m. 967 d.C), Ibn al-Qutiyah (m. 987 d.C.) o al-Zubaydi (m.989 d.C.) escribieron libros que podían compararse con los de eruditos procedentes del oriente musulmán. Como estos últimos, los eruditos andalusíes fueron primera y principalmente filólogos que escribieron y se preocuparon sobre todos los aspectos del lenguaje, incluso acerca del uso incorrecto del idioma por parte de las clases populares y de los escritores vulgares. Celebraron animadas sesiones lingüísticas y llamaron la atención sobre las incursiones del lenguaje coloquial y los barbarismos en el idioma escrito, pero su mayor logro residió en sus comentarios y resúmenes de las grandes obras procedentes del oriente musulmán, haciendo de sus autores figuras conocidas en al-Andalus. El siglo XI fue testigo en al-Andalus de una gran inestabilidad política que desembocó en el fraccionamiento del territorio bajo dominio musulmán en diferentes reinos de taifas. A pesar de esta circunstancia, se produjo una gran actividad cultural en ciudades como Córdoba, Sevilla, Almería, Toledo o Denia. Aunque la mayoría de los autores literarios más destacados en este siglo eran poetas, muchos de ellos también fueron filólogos muy capacitados. Pasemos a trazar una breve semblanza de algunos de ellos: Ibn Hazm.- Aunque su figura es más recordada como teólogo y jurista que como filólogo, también expresó su opinión acerca del modo y el alcance del estudio del lenguaje y reflexionó sobre sus orígenes y otras cuestiones lingüísticas. Participó en la polémica entre los partidarios de un lenguaje originado en la enseñanza divina y los que, por el contrario, apoyaban un origen basado en la convención humana, y adoptó un posicionamiento favorable hacia los primeros, basándose en el versículo coránico que dice: “Dios enseño a Adán todos los nombres”. Intentó también probar racionalmente esta afirmación argumentando que si el lenguaje fuera el resultado de la convención humana, entonces los seres humanos debieron ponerse de acuerdo para inventar el lenguaje sin tener medios de comunicación, inteligencia ni recursos técnicos, todo lo cual es necesario para analizar y conocer la esencia de las cosas. Por lo tanto, según su opinión, es falso que el lenguaje sea un acto resultado de la convención humana o dictado por el entorno físico, y acaba afirmando que el lenguaje debe su existencia a Dios, Creador y Maestro del hombre. Con singular imparcialidad, no se atreve a afirmar, al contrario de muchos musulmanes antes y después de él, que la lengua árabe sea la primera que Dios enseñó a Adán, ni apoya la superioridad de unas lenguas sobre otras, diciendo que mucha gente pretende que su idioma es el mejor y más excelente de todos y que tal creencia es, en su opinión, una tontería mayúscula. Ibn Sidah.- Fue el filólogo árabe más destacado en el al-Andalus del siglo XI, y su influencia sobre la lexicografía árabe ha perdurado durante varias generaciones. Nació ciego, en Murcia, y recibió la primera educación de su padre. Llegó a desarrollar una portentosa memoria que le permitía recordar en su totalidad voluminosos libros sobre distintas materias, y en especial las relacionadas con el estudio del lenguaje. Poco más se sabe sobre su vida, excepto que residió en la corte de Muchahid al-Amiri, gobernante de Denia, al que dedicó en sus obras grandes elogios. Se le atribuyen varias obras importantes, entre las que destacan un comentario sobre una obra clásica sobre filología titulada Garib al-Musannaf , y el libro de lexicografía titulado al-Muhkam, considerado el mejor y más acertado de su época, cuyo objetivo fue elaborar un extenso diccionario con análisis sistemáticos de las formas verbales y una exhaustiva mención de la opinión de sus predecesores. Respecto al origen del lenguaje, su opinión se mantiene entre la de los que abogan por el origen divino y la de los que afirman que es resultado de la convención humana. Asegura que, tras considerar esta cuestión durante largo tiempo, encontró que ambos puntos de vista contaban con argumentos convincentes. En relación con el árabe, afirmaba sin embargo que era un idioma tan noble, perfecto y elegante que Dios debía haber ayudado a que así fuera con Su magisterio e inspiración. Además de los dos ya citados, otros expertos filólogos y lexicógrafos del siglo XI fueron: Ibn al-Iflili (m. 1.049), Ibn Sarrach (m. 1.097), Ibn Sayyid (m. 1.127), Abu al-Hachchach al-Alam (m. 1.083) o Abu Ubayd al-Bakri (m. 1.094). A pesar de que durante los siglos XII
y XIII se produjo el declive de la influencia de la lengua árabe
y del proceso de arabización de la península[7], esta
circunstancia no impidió que la cultura musulmana de al-Andalus
todavía produjera expertos lingüistas, entre los que cabe
destacar: Ibn Malik.- Fue, sin duda, el lingüista más influyente del siglo XIII en al-Andalus y, quizá, en todo el mundo islámico. Nacido en Jaén en 1.208, recibió una sólida formación lingüística y viajó durante mucho tiempo por el oriente musulmán, dedicando buena parte de su vida a enseñar en Alepo, Hamah y Damasco, donde fue conocido como el más erudito de los gramáticos. Su mayor merito reside en la simplificación y versificación de la gramática árabe a través de su obra de mil versos, el Alfiyyah, que gozó de gran popularidad en su tiempo e incluso en la actualidad. Se trata del compendio y resumen de una obra más amplia llamada al-Kafiyah al-Shafiyah, que consta de tres mil versos. También escribió numerosas obras sobre gramática y lexicografía que tuvieron gran influencia en sus discípulos y en generaciones posteriores. Falleció en 1.274. Abu Hayyan.- Contemporáneo de Ibn Malik, fue poeta, gramático y comentarista del Corán. Nació en Granada en 1.256 y allí recibió su primera educación, para más tarde estudiar en Málaga y Almería hasta aproximadamente 1.281. Debido a algunas diferencias con uno de sus profesores, abandonó su tierra natal y viajó por diversos lugares del mundo islámico como Ceuta, Túnez, El Cairo, Alejandría, Etiopía o La Meca. Fue profesor en El Cairo donde fue conocido como “jefe de los gramáticos” y “príncipe de los creyentes en gramática”. De él se dijo que “si hubiese sido contemporáneo de los eruditos de Basora, los hubiese instruído”.
La persecución sistemática
que sufrió el uso de la lengua árabe desde la caída
del reino de Granada en 1.492 hasta la expulsión definitiva de los
moriscos más de un siglo después, no pudo borrar la convivencia
fecunda que durante siglos se estableció, tanto en territorio cristiano
como musulmán, entre las diversas lenguas habladas en la Península
Ibérica. Esta convivencia trajo como consecuencia una profunda
influencia mutua, que en el caso del castellano supuso la adopción
de una gran cantidad de expresiones árabes que permitieron cubrir
una amplia gama de términos usados en la vida cotidiana, así
como vocablos relacionados con las ciencias, las artes y otras ramas del
saber. Buena parte de las palabras que en castellano
comienzan por “al” –que corresponde al artículo determinado en
árabe– provienen de este idioma[8]: almirante, albañil, alberca,
alfarero, alférez, álgebra, aljibe, alcanfor, alcohol, almacén,
almohada y muchas otras... Pero la influencia del árabe en el castellano
va más allá de un amplio préstamo de palabras, e incluye
cierto número de cambios morfológicos y fonéticos, como
es el empleo de la “j”, que reemplazó a menudo la “s” inicial de algunas
palabras latinas. Además, una multitud de expresiones árabes
se incorporaron al castellano, bien en su forma original (ojalá/insha’allah)
o bien a través de la traducción literal (“si Dios quiere”,
“vaya con Dios” o “Dios te guarde”). Podemos afirmar que durante el periodo de la presencia musulmana en la Península Ibérica, las identidades lingüísticas de las diversas comunidades religiosas que convivían en al-Andalus no estaban tan definidas como pudiera parecer. No sólo los judíos y los cristianos se expresaron con naturalidad en lengua árabe, idioma dominante en aquellos momentos en el territorio musulmán, sino que los mismos musulmanes también utilizaron habitualmente las lenguas romances de la península. De este modo se desarrolló una rica literatura árabe que se nutrió con el trabajo de autores cristianos y judíos y, a su vez, autores musulmanes enriquecieron las lenguas romances de la península con sus obras literarias, ya fueran aljamiadas o no. En cuanto al proceso de decadencia cultural
del árabe en la Península Ibérica, éste fue
consecuencia de una combinación de factores que van desde la presión
militar y política ejercida por los reinos cristianos peninsulares,
hasta razones de índole interna, como la implantación, con
la llegada de los almorávides y de los almohades, de un modelo político
menos favorable a la libertad de pensamiento necesaria para el florecimiento
cultural. BIBLOGRAFIA
[2]
Como ejemplo de pueblos no árabes que adoptaron la lengua
árabe como idioma propio se pueden citar algunos pueblos camitas
del norte de Africa que fueron tempranamente islamizados. Hoy en día
podemos descubrir la impronta de sus propias leguas beréberes en las
formas dialectales del árabe que se han originado en esas tierras.- Henri Pérès, Esplendor de al-Andalus, Ediciones Hiperión, Madrid, 1.990. NOTAS.- [1] No podemos comparar, por ejemplo, el grado de arabización de los pueblos beréberes del norte de Africa con el de las poblaciones negras del Africa Occidental Subsahariana. En ambos casos las poblaciones son mayoritariamente musulmanas, pero en el primero han sido absorbidos en gran medida por la cultura y el idioma árabe dominantes, mientras que en el segundo se ha mantenido una gran independencia cultural y lingüística, a pesar del proceso de islamización.
Como ejemplo de lenguas de pueblos islamizados que tuvieron y tienen un amplio contacto con la lengua árabe podemos citar el farsi, hablado en Irán y el norte de Afganistán o el urdu, hablado en Pakistán. Estas leguas han llegado a incorporar, en algunos casos, más de la mitad de su vocabulario directamente del árabe, pero a su vez han influido con multitud de términos en la lengua árabe, especialmente en el caso del farsi. [3] Al contrario de lo que la historia oficial ha venido afirmando, la presencia árabe en la Península Ibérica durante la dominación islámica fue minoritaria. El grueso de los musulmanes que habitaron la península estaba formado por población de origen hispano-romano y visigodo que aceptó el Islam como su religión. Para más información véase Ignacio Olagüe, La revolución islámica en Occidente, ed. Plurabelle, Córdoba, 2.004. [4] Se denomina mozárabes a las poblaciones cristianas que permanecieron en los territorios de la Península Ibérica gobernados por los musulmanes. [5] Para más información sobre este acontecimiento histórico puede consultarse, Jesús Sánchez Adalid, El Mozárabe, Ediciones B, Barcelona. [6] Debemos hacer notar que, ya mucho antes de la definitiva expulsión en 1.609-1.613, las comunidades musulmanas y los musulmanes conversos al Cristianismo (moriscos) usaban ampliamente el castellano y el resto de lenguas de la península, como lo prueba la rica y numerosa, aunque desgraciadamente desconocida, literatura aljamiada. Véase Alvaro Galmés de Fuentes, Los manuscritos aljamiado-moriscos de la Biblioteca dela Real Academia de la Historia, Real Academia de la Historia, Madrid, 1.998. [7] Si bien, como ya hemos comentado antes, este proceso de decadencia de la cultura árabe coincidió con el avance de las conquistas cristianas, no podemos olvidar que en ese mismo periodo el poder político en al-Andalus pasó a manos de las dinastías beréberes de los almorávides (al-murabitûn) y de los almohades (al-muhaiddûn), que trajeron consigo una modo de vida y una concepción del mundo radicalmente distintos al de sus correligionarios andalusíes. Esta circunstancia influyó decisivamente en el posterior desarrollo cultural en al-Andalus. [8] Otras muchos vocablos castellanos que también proceden del árabe no han dado lugar necesariamente a palabras iniciadas por “al”. Así, tenemos, por ejemplo: adalid, aduana, fonda, limón, etc...por no hablar de los numerosos topónimos árabes que pueblan la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal. |