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Poema
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Estimados lectores:
Pasado ya el mes de Ramadán,
volvemos a dirigir los pasos de nuestra publicación hacia un
enfoque más sociológico e histórico. Así,
este mes presentamos un artículo que pasa revista a los casi veintisiete
años transcurridos desde la revolución islámica de
Irán, en un análisis que trata de huir de las acusaciones
o los elogios fáciles pero vacíos de contenido. El segundo
artículo se adentra en el vasto pero desconocido mundo del Islam
en Asia Oriental, revisando el desarrollo histórico y social de
la presencia islámica en aquellas tierras. Tratamos también
de introducir al lector en el entorno cultural que hizo posible la presencia
y desarrollo de la lengua árabe en la Península Ibérica
y, por último y como excepción que confirma la regla, publicamos
un breve ensayo que reflexiona sobre la necesidad de repensar el sentido
de la Revelación, desde la personalísima experiencia transmitida
por un musulmán español.
La Dirección.
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Quizá sea la revolución
islámica de Irán uno de los acontecimientos históricos
peor comprendidos del siglo XX, incluso dentro del propio mundo musulmán.
Ha generando las opiniones más extremas, que van desde la adhesión
inquebrantable y su aclamación como luz y guía para la
liberación de los pueblos oprimidos hasta su condena más
firme y su declaración como modelo de una sociedad retrógrada
y anacrónica. De cualquier modo, todos estos puntos de vista han
servido para atraer la atención sobre este fenómeno de dimensiones
sociales, económicas, políticas y religiosas que, sin duda,
ha influido e influirá de manera decisiva, no sólo sobre
el devenir de un país como Irán sino sobre la totalidad de
la comunidad islámica mundial y, como consecuencia, sobre el mundo
entero.
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Por razones geopolíticas e históricas, el mundo occidental
se ha aproximado al islámico básicamente a través
de la cultura y civilización árabes. Demasiado a menudo se
olvida que los árabes tan sólo representan apenas el 20%
de la totalidad de los musulmanes y que las mayores concentraciones demográficas
del mundo islámico se sitúan en Asia Oriental, asociada
por el subconsciente colectivo occidental con el Budismo y que, sin embargo,
recibió y asumió el mensaje coránico desde ya hace
varios siglos.
El presente artículo pretende ser un breve acercamiento histórico
a la presencia del Islam en estas tierras, circunstancia que sirvió
para enriquecer el panorama cultural del Islam y, a su vez, para introducir
savia nueva en la rica y milenaria tradición espiritual del Extremo
Oriente.
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La estrecha relación
entre la lengua árabe –tanto en sus distintas formas dialectales
como en su versión moderna “estándar”– y el “árabe
coránico” ha sido patente a lo largo de los siglos. A causa de
este fenómeno, y aunque de un modo desigual, el proceso de arabización
y el de islamización fueron de la mano en muchas ocasiones . De
este modo, el árabe se convirtió en la “lengua oficial” de
la religión islámica y por extensión, del Estado, la
sociedad y la cultura que esta religión trajo consigo.
Hasta la época
del profeta Muhammad (siglos VI-VII d.C.) el árabe era una lengua
tribal carente de una gramática escrita y de un léxico específico
que tratara las diversas ramas del saber, tal y como se las conocía
en los grandes imperios (persa y bizantino, principalmente) que rodeaban
la Península Arábiga. Sin embargo, a raíz de la expansión
del Islam a través del vasto territorio comprendido entre el valle
del Indo y el Océano Atlántico, comenzó a considerarse
de un modo especial el estudio del lenguaje en el cual había sido
revelado el Corán, comprendiendo no sólo el estudio de la
gramática (nahw) y la lexicografía (lugah),
sino de todos los demás aspectos del lenguaje.
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La Revelación no es
acceder al cofre escondido de la Sabiduría Universal ni viene
a resolver nuestras dudas acerca de absolutamente todo, porque no pretende
proporcionar seguridades. Más bien todo lo contrario: Pretende
derrotar nuestras certezas para mostrarnos que lo Real no se reduce al
pequeño mundo de nuestros egos, de nuestras alegrías y nuestras
penas, sino que la existencia, el mundo que nos rodea en todos sus niveles
de manifestación, definitivamente nos sobrepasa. Y nos enseña
a percibir la perplejidad y el asombro de sentirnos vivos cada mañana.
Y nos enseña a amar esa sensación.
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El corazón que no sintió el amor o no está
enamorado, no es un corazón,
si el corazón no juega al juego del amor, no es más
que puro barro.
Sólo el amor es la Verdad; salvo Él, todo es ilusorio.
Por eso, en la mirada del enamorado de Dios no existe falsedad.
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