|
LOS NOMBRES DE AL-LÂH - Abdennur Prado- Dice el Qur’án: todo lo
creamos por pares. En el mundo de las formas, todo es dual: femenino-masculino,
húmedo-seco, alto-bajo, oscuro-luminoso, etc. Toda cualidad tiene
otra que se le opone, y con la que busca estar en equilibrio. Cuando el
frío aprieta, buscamos el calor. Cuando nos elevamos demasiado sentimos
el vértigo de las alturas, deseamos estar sobre la tierra. Lo único
que podemos oponer a la destrucción son nuevas creaciones, la luz
a la oscuridad y el amor al odio. Devolver miseria por miseria es no encontrar
el equilibrio, no devolver las cosas a su sitio. La Realidad Única
es lo único que no está sujeto a estas polaridades, es el
“lugar” de origen y polo de orientación de todo lo creado. En la
cosmología coránica, Dios es un principio indual e indiferenciado.
En Él todo está perfectamente equilibrado, han cesado completamente
las oposiciones y todo se ha conciliado en Uno, está pacificado-equilibrado.
De ahí que en el Qur’án Al-lâh sea llamado al-Yâmi’
(el Reunidor), y as-Salâm (el Pacificador) y al-‘Adl
(el Justo), y Al-lâh diga que ha establecido la Balanza: al-Miçan.
Entre los Más Bellos Nombres de
Al-lâh, también se dan polaridades, significando la vida
intradivina. El concepto Coránico de la divinidad no corresponde
con la idea del Motor inmóvil de Aristóteles, ni del Big
Bang de los físicos, un principio Creador situado en lo remoto de
los tiempos y cuya actividad continúa tan solo por inercia. Por
el contrario, en el Qur’án Al-lâh es al-Hayy
(el Viviente), una Realidad absolutamente dinámica y omniabarcante,
que no cesa de crear, y no tiene necesidad de descansar, pues no se cansa.
Esto quiere decir que la Creación está siempre en su comienzo,
que todo es nuevo para aquel que es capaz de una mirada renovada sobre el
mundo. Entre los Nombres “polares” de Al-lâh hay algunos evidentes,
pues el propio Qur’án los da juntos: al-Jâfid al-Râfi’
(el Abatidor-Elevador), al-Mu’izz al-Mudhill (el Ennoblecedor-Envilecedor),
al-Muqaddim al-Mu’ajjir (el Adelantador-Retardador), al-Awwal
al-Âjir (el Primero-Último), al-Zâhir al-Bâtin
(el Manifiesto-Oculto). Otro tipo de polaridades se dan entre diferentes
Nombres, tales como al-Muhyî (el Vivificador, que da
la vida) y al-Mumît (el Mortificador, que quita la vida), o
al-Muntaqim (el Castigador) y al-‘Afû (el Indulgente).
Observando los diferentes Nombres de
Al-lâh que aparecen en el Qur’án, los sabios del islam
han señalado la preeminencia de dos tipos de Nombres, a modo de clasificación,
y a través de la cual podemos conocer algo de Al-lâh, en la
medida de nuestras posibilidades. Se constata la existencia de Nombres de
Majestad (asmâ al-Yalâl) y de Nombres de Belleza (asmâ
al-Yamâl). Los de Majestad son mayoritarios: al-Malik
(el Rey), al-‘Azîz (el Poderoso), al-Ÿabbâr (el
Dominador), al-Mutakabbir (el Altivo), al-Quddús
(el Insondable), al-Qahhâr (el Subyugador), al-‘Alî
(el Altísimo), al-Kabir (el Grande), al-Ÿalil
(el Majestuoso), etc. Son Nombres que infunden temor, porque hablan de Su
grandeza y de la insignificancia del hombre, criatura constantemente expuesta
al dolor y a la alegría, criatura dependiente, necesitada de alimentos
y ternura. Como Nombres de Belleza, señalar al-Rahmân
(el Misericordioso o Matricial), al-Rahîm (el Compasivo
o Matriciante), al-Halîm (el Manso), as-Salâm
(la Paz) y al-Wadûd (el Cariñoso), entre otros. Son
Nombres que nos invitan a confiar en Él y a amarle, pues a través
de ellos Al-lâh se muestra Compasivo, Cercano, Dulce, Cariñoso. En cierto sentido, esta clasificación
es arbitraria: todos los Nombres de Al-lâh son al mismo tiempo de
Majestad y de Belleza, pues no cabe establecer una separación en
lo que es Uno. Esta dualidad corresponde a los modos como los seres creados
captamos la Presencia de Al-lâh, y tiene realidad en la medida en
que el Qur’án permite establecerla, como un modo de acercamiento
a lo Insondable. Por un lado, Al-lâh se nos presenta como una Realidad
inabarcable para el ser humano, que está más allá
de todo cuanto podamos decir, pensar o concebir. Este aspecto de Al-lâh
se expresa en la exclamación “Al-lâhu Akbar”, constantemente
en boca de los musulmanes: Al-lâh es más grande. Por otro
lado, Al-lâh es algo íntimo al hombre, quien puede captar
su Presencia, un soplo de misericordia que todo lo recorre. Dice el Qur’án:
“Al-lâh está más cerca del hombre que su vena yugular”,
y “Miréis donde miréis, ahí está la Faz de
Al-lâh”. Los Nombres de Majestad corresponden a la trascendencia
de Al-lâh, al hecho de que Él es incomparable. Los Nombres de
Belleza corresponden a Su cercanía, a la inmanencia de Al-lâh
en las cosas. Así pues, Al-lâh es al mismo
tiempo cercano e inasible, trascendente e inmanente. Es visible en todo
lo creado, pero no puede ser fijado en nada, ni comparado con nada, ni
representado. El Qur’án dice que allí donde miremos
está la faz de Al-lâh, y sin embargo, si yo digo de algo “esto
es Al-lâh” estoy cometiendo shirk, asociando algo a Al-lâh,
la peor de las transgresiones que puede cometer un ser humano. Para comprender
esta paradoja, debemos entender que se trata de las dificultades de nuestra
mente dual para captar a Al-lâh en si mismo, lo que no es criatura
sino anterior a toda criatura, y por tanto no está sometido a las
mismas condiciones espacio-temporales que nosotros. En este sentido, se ha
hablado de la divinidad como un círculo infinito, lo cual puede decirse,
pero es imposible de ser comprendido, visualizado o representado. Con esto
rompemos con las reglas de la lógica, sin que ello signifique caer
en la irracionalidad. Se trata, más bien, de tener conciencia de
las limitaciones de la mente humana, que no es sino un órgano físico,
parte de un ser vivo que se desarrolla en un medio muy determinado. De ahí
que la tradición advierta sobre la imposibilidad de comprensión
última del tawhîd, la Unicidad de todo lo creado,
la Unidad sin número del Uno. En palabras del célebre maestro
de Bagdad Abû Bakr al-Shiblî (m. 334/945):
Desde nuestro universo conceptual, donde
se establecen las dualidades y las categorías, no puede captarse
la Realidad Única en su esencia, aunque si podemos acceder a ella
de algún modo: mediante los actos de culto, la oración, la
recitación, la meditación, la contemplación, la alabanza,
el recuerdo. Mediante la práctica de adoración (‘ibada)
entramos en contacto con el Uno, superamos las oposiciones y nos sumergimos
en la Realidad Única de la que nunca fuimos desgajados. Comprendemos
(siquiera brevemente) que el mundo de las formas es una manifestación
del Uno, no algo separado. Aprendemos a amar la Realidad en si misma, a
desapegarnos de todos los señuelos, de todo sueño de saber
o de dominio, y nos remitimos al principio generador de vida y de muerte
que hay detrás de todo lo aparente. Vamos desde las apariencias a
la Fuente, pues sólo allí vislumbramos una solución
de nuestra situación de seres contingentes, limitados por el espacio-tiempo.
Una forma especial de ‘ibada, muy
practicada por los musulmanes, es la recitación de los Más
Bellos Nombres de Al-lâh. A través de la interiorización
y repetición mecánica de un determinado Nombre entramos en
contacto con esta cualidad en lo más profundo de nosotros mismos.
La tradición ofrece centenares de fórmulas, basadas en el conocimiento
de los estados psíquicos y espirituales del hombre. La repetición
de determinado Nombre puede ofrecernos una clave de curación o de
conocimiento. Este conocimiento no es para ser entendido, sino para ser saboreado
(dzawq). Pero Al-lâh sabe más. Abdennur Prado
abdel@webislam.com |