LAS RAZONES DE LA FUERZA
Extracto de la conferencia pronunciada por
Abdelmumin Aya
en Atalaya (Badajoz) el 13 de diciembre de 2003
Si a estas alturas se me obligara a
definir con una palabra el Islam, yo elegiría la palabra “fuerza”.
El Islam ha sido frecuentemente tildado de “fanático”, de “machista”,
de “irracional”, pero nunca de “débil”. En este caso sirve el dicho
de que tu verdad última es la que no pueda esgrimir en tu contra
ni siquiera el peor de tus enemigos. Y si, aún se me obligara a
definir el secreto de esta fuerza podría verse a un aprendiz de filósofo
mostrando su absoluta ignorancia ante lo que es verdaderamente importante.
Puedo afirmar que llevo tanto tiempo
investigando las razones de la fuerza del Islam como años hace que
soy musulmán, y que no obstante no llego a conclusiones que me satisfagan
completamente.
Recuerdo que fui a Valencia hace ahora
once años a un encuentro nacional del Partido Marxista Maoísta
en el que debía dar una conferencia sobre qué es el Islam.
Durante las cuatro horas que duró la conferencia y el coloquio
posterior traté de adivinar el por qué del interés
por el Islam de tantos militantes de un partido que defiende que la
religión es el opio del pueblo. El motivo vino entre las preguntas
finales: “... allí donde hay musulmanes hay gente que se subleva
ante la tiranía... ¿por qué?”. ¿Por qué
la fuerza de otras religiones e ideologías se va debilitando con
el paso del tiempo y el Islam va a más combatividad, a más
resistencia ante los avances del Sistema?
Con el tiempo he llegado a establecer,
si no quizá trece razones de la fuerza del Islam, sí al menos
trece pilares en que se apoya esta fuerza. Veámoslos:
1. Evidentemente, la fuerza que investigábamos
tendrá algo que ver con la irrenunciable apología del
yihâd del Islam. Ciertamente no entendido el yihâd
como “Guerra Santa” sino como la defensa ante la agresión. Agresión
que puede venir desde fuera o desde dentro: desde fuera con la clásica
intervención imperialista o desde dentro por parte de un tirano
(que trabaje para sí mismo o para potencias extranjeras). El arrinconamiento
de la religión a los hábitos de la beatería a los
musulmanes nos es inaceptable y hasta repulsivo. Para nosotros, la religión
tiene que ver directamente con todos los aspectos de la vida, con la economía,
con la seguridad ciudadana, con el matrimonio... porque la felicidad
del hombre no puede plantearse al margen de estos niveles de realidad.
No hay Islam posible sin yihâd. Si se pierde la dignidad de
la autodefensa, se pierde todo. Si hay miedo a la muerte, no hay vida.
En este punto, el musulmán, al que tantas veces otras religiones
le han achacado sensualidad e incluso libertinaje sexual, decide que ese
amor por la vida no compensa a cualquier precio, y así –si hace
falta- los padres mueren por la dignidad de la vida futura de sus hijos.
2. Hay quien dice que una de las razones de nuestra
fuerza es la creencia en «la otra vida». Como gente que analiza
la realidad con cierta seriedad, no podemos conformarnos con la simpleza
de una teoría que razona en círculo: “Los musulmanes son
fuertes en su creencia porque están dispuestos a morir por sus ideas,
y mueren por sus ideas porque creen firmemente en «la otra vida»”.
Si es así, la indagación sobre el origen de la fuerza no ha
concluido, sino sólo la hemos aplazado, pudiendo reformularse de
este modo: “¿Por qué los musulmanes creen con tanta fuerza
en «la otra vida» cuando muchas otras creencias han dejado de
hacerlo?”.
Hay dos respuestas que se me ocurren:
1) La respuesta del arabista, la del especialista en el mundo árabe
al servicio de los intereses económicos del Primer Mundo, dice
así: “Porque son pobres. Tienen que creer en «la otra vida»
porque no pueden creer en esta vida”. 2) La respuesta del musulmán,
que dice así: “Porque «la otra vida» en el Islam no
ha sido planteada como un objeto de fe, sino que se puede experimentar ya
ahora. El hecho de que a uno no le importe la muerte, no es por lograr «la
otra vida», sino precisamente por lograr la justicia en esta vida”.
Si los musulmanes creyeran en «la otra vida» (entendida al
modo cristiano) con tal fuerza como para inmolarse, se suicidarían
colectivamente, como los primitivos cristianos lo hicieron hasta que se
les prohibió. Para nosotros, si hay «otra vida», la hay
desde ya, y podemos trascender ahora, y trascendemos todos juntos, sin importar
quién es el que muere en yihâd y quién es el
que sigue viviendo. En resumen, el musulmán no cree en la «otra
vida», la experimenta aquí ahora, y la experimenta en
un cuerpo social vivo, el de la gente de Muhammad, en el cual los mártires
siguen tan vivos como nosotros.
3. Estrechamente relacionado con la respuesta
anterior, podíamos atribuir una importante razón de la
fuerza del Islam a la experiencia continua que tenemos los musulmanes
de la presencia de Allâh. Numerosos mecanismos contribuyen
a ello. Entre los cuales, no es el menos destacable la división del
día en cinco segmentos; así, cualquier momento del día
del musulmán es el lapso de tiempo que hay entre una s
alâ y otra. La intuición de Allâh, no como “un otro”
a la realidad, un Dios aparte de la existencia, sino más cercano
a nosotros “que nosotros a nuestra vena yugular”, soporte último
de las cosas, nos facilita estar en Él con toda naturalidad y nos
disuade de viajes galácticos al encuentro con la Verdad
. La presencia de Allâh no es ninguna experiencia paranormal: ¡es
nuestra vida cotidiana! La práctica de las cinco salawat
nos ayuda a que cada gesto de nuestra cotidianidad sea un encuentro con
Allâh. A alguien que haga diariamente sus cinco s
alawat, a sus horas, no le cuesta demasiado ir conquistando para Allâh
el tiempo -antes profano- que hay de una a otra salâ.
Las salawat son como fuertes en tierra enemiga:
hay que ir de uno a otro para acabar de conquistar todo el territorio. Cualquiera
que haya hecho de las cinco salawat el esqueleto
último de su vida cotidiana logrará sin dificultad serenidad
de carácter y peso específico en su paso por la senda espiritual,
haciéndose acreedor de esa fuerza cuyo origen estamos indagando.
4. Otro de esos espectáculos de fuerza
a que nos tiene acostumbrado el Islam es el Ramadán. Una vez al
año, los musulmanes del mundo entero ayunan un mes, durante las
horas de sol (caiga en invierno o en verano). Es cierto que el Ramadán
es una exhibición de fuerza; pero exige una mayor
fuerza de la que exhibe. Podríamos establecer una sencilla comparación.
La Iglesia Católica, con todos los medios económicos y humanos
a su alcance, no ha sido nunca capaz de organizar entre sus fieles con el
tiempo de antelación que necesitara ni siquiera un día de
ayuno al año en solidaridad con el hambre en el Tercer Mundo. Yo,
aunque sólo fuera porque año a año, siglo tras siglo,
el Ramadán siga adelante, ya estaría orgulloso de ser musulmán.
Hasta nuestros más cervales enemigos tendrán que reconocer
que mil millones de musulmanes en el mundo entero ayunando un mes al año
es una bomba en el corazón del Sistema mucho más tremenda
que estrellar un avión en el Pentágono.
5. Sin duda, gran parte del origen de la fuerza
de los países musulmanes está en la prohibición
tajante del alcohol y todo tipo de sustancias responsables del abotargamiento
de miles de millones de inteligencias a lo ancho y largo de la tierra.
El musulmán tiene la obligación islámica de estar
alerta, como un centinela. Religiones brillantes como el Budismo o poderosas
como el Cristianismo se nos representan gigantes con pies de barro desde
el momento que no aciertan a prohibir al creyente la destrucción
parcial de su cerebro, aceptando como normal, por ejemplo, el consumo de
alcohol. El alcohol ha sido siempre un arma del hombre blanco a la hora
de someter a las poblaciones aborígenes: aún hoy, los indios
norteamericanos tienen una alta tasa de alcohólicos...
Lamentablemente, así como
la erradicación del consumo de alcohol entre los musulmanes es,
hablando en términos coloquiales, un éxito de nuestra espiritualidad,
los territorios islámicos dejan mucho que desear en lo relativo
al consumo de otras sustancias igual o más nocivas, como el hachís
o el opio. En este caso, cada pueblo islámico tendrá lo
que se merezca: aquellos que ya hayan caído esclavizados bajo el
consumo de este tipo de sustancias que el Islam condena, será difícil
que puedan desembarazarse de los tiranos que los gobiernan.
6. En líneas generales, puede decirse que
el musulmán es fuerte porque está sano. La prohibición
del “descanso mental” que -¿quién puede dudarlo?- da el alcohol
es sanamente sustituido en el Islam por un amplio uso de la sexualidad
. La sexualidad ha sido bendecida por el Islam en la vida del mismo Profeta
para escándalo de los creyentes de otras religiones. ¿Cómo
va a ser lo mismo que el modelo humano de un creyente sea un hombre como
Muhammad con 9 mujeres y un buen número de concubinas, que sea
un hombre célibe como Jesús o San Pablo? El Islam sabe, desde
sus orígenes, que si demonizamos la sexualidad, nos vemos en la obligación
de inventar algún otro recurso –necesariamente perverso- para sustituir
el orgasmo, y ahí comienza nuestro debilitamiento como individuos.
Sin una sexualidad sana, la naturaleza no está sana; sin una naturaleza
sana, no puede establecer un auténtico contacto con su Señor;
y sin contacto con lo que nos mantiene en la vida, el paso de los días
marca el tiempo de nuestro debilitamiento. Una sexualidad satisfecha y
sana es una obvia razón de fuerza incomprensible para aquellos que
se hayan acogido a una religiosidad neurótica que no sabe qué
hacer con el placer.
7. Hagamos un breve repaso: una actitud valiente
respecto a dar la vida por la dignidad de la vida humana, un día
dividido por los momentos de encuentro con nuestro Señor, un mes
al año de adiestramiento en el control de nuestras necesidades,
una mente despierta, lúcida y alerta, una vida sexual sin neurosis
y falsos pudores…, todas estas razones aún no nos explican plenamente
el por qué de nuestra fuerza. Hay un mecanismo más que nos
permite no debilitarnos, y es nuestra actitud ante los propios errores.
Ante los errores y equivocaciones que cometemos, el Islam no se posiciona
ni en el sentimiento de culpabilidad del pecado de los católicos,
ni en el desvergonzado “perdónate a ti mismo” de la psicología
de autoayuda. El musulmán se hace responsable de sus actos hasta
sus últimas consecuencias sin necesidad de humillarse ni de autojustificarse.
“Esto he hecho, venga a mí lo que viniere, pero no estoy dispuesto
a denigrar mi naturaleza considerándola ‘naturaleza caída’
ni a justificar lo injustificable” es el principio del que se alimenta el
criterio de realidad, el furqân. Este furqân
, es decir, esta claridad mental de lo que entendemos por bien y mal
, sin manipular por nuestra conciencia, sin disfrazar, se va incrementando
ante cada nuevo gesto de responsabilidad. Hemos observado en nuestros últimos
años que la debilidad de carácter tiene que ver profundamente
con la confusión moral respecto a los errores y aciertos de nuestro
pasado. “He hecho mal, y aunque el mundo entero me diga que otro en mi
lugar hubiera hecho lo mismo, sé que he hecho mal”; “he hecho bien,
y aunque el mundo entero me diga lo contrario, estoy en paz”, es el modo
de hacer crecer el furqân. La manipulación del propio
pasado, la tergiversación de lo bueno en malo y viceversa, los tabúes
de lo políticamente correcto... es lo que hace débil al
hombre que no sigue una verdadera Senda. Van huyendo del bosque de la culpabilidad
y se adentran en la ciénaga del “perdónate a ti mismo”, cada
vez más perdidos, cada vez más ausentes de sí, cada
vez más débiles.
8. El Islam no tortura al creyente.
Ni con culpabilidades ni con dogmas. Es ésta una importante razón
de fuerza. La teología islámica, en comparación
con cualquier otra de las que he estudiado, puede decirse que está
en punto cero. Quizá este rasgo del Islam es el
que más desconcierte al que se acerca por primera vez a esta religión;
pero también el que le dote de mayores recursos a la hora de expandirse
entre los pueblos sin capacidad de comprender las sutiles teologías
de las otras religiones. Ser musulmán es muy fácil, y además
nunca nadie contrastará tu experiencia de Islam para revalidarla
o desecharla como no coincidente con “el Islam verdadero”. No existe “el
Islam verdadero” como una sistematización de verdades ortodoxas,
de dogmas respecto a cuestiones de fe. El Islam es los musulmanes
, y los musulmanes presentan una enorme variedad de formas de entendimiento
de lo que es “el Islam” en los diferentes lugares en los que se asienta,
que no deja de cambiar con el paso de los siglos. ¿Por qué
pienso que las teologías debilitan al hombre? Porque los dogmas
son irracionales; son un desafío a la inteligencia, y la inteligencia
es una fuente de fuerza para el individuo.
9. No existe una teología porque no hay
una Iglesia que dictamine qué es la Verdad. Lo que se piensa en
cada momento es fruto de un difícil y continuo consenso. Toda nueva
intuición de Verdad que alguien tenga, al vivir en sociedad y por
el carácter extrovertido de los musulmanes, es en seguida contrastada
con los que nos rodean. Por esa misma razón, los musulmanes están
siempre confrontando sus opiniones unos con otros. No sin cierta
violencia, a la que me gusta llamar -con los antropólogos- “violencia
ritual”; como cuando los ciervos chocan sus cuernos para ver quién
es el que se aparea con la hembra. No consiste en matar al contrincante,
sólo en demostrar en quién la Verdad late con más fuerza.
Esta violencia de todos contra todos en el Islam es lo que me ha llevado
muchas veces a prevenir a los que entran en el Islam, como lo haría
con alguien que quisiera internarse en la selva. No hay ningún requisito
previo que se exija para vivir en la selva, pero… ¡luego hay que sobrevivir
en ella! Este “carácter selvático del Islam” es lo que le ha
servido siempre de protección contra las modas culturales y los exhibicionismos
de los intelectuales advenedizos. Islam es lo que sobreviva. Y lo que sobrevive
es siempre lo más fuerte. La fuerza de cada uno se mide contra
la de los demás. Y esta confrontación tiene la bendición
del Corán: “Si no os hubiera impulsado a los unos contra los
otros os habríais corrompido”.
10. Además de la “violencia ritual” que
se muestra en la calle, en mezquitas y en comunidades, podría añadirse
una explicación en clave mística según la cual el
Shaytán estaría especialmente operativo dentro del Islam,
que es donde hay esa luz que el Shaytán tiene que ocultar. La lucha
del musulmán sincero porque su Vía no le sea arrebatada,
por ello, le exige una continua lucha contra el Shaytán. Sería
dentro del Islam donde se estaría produciendo permanentemente la
lucha entre la luz y la oscuridad, así que por cada musulmán
sincero es probable que haya nueve falsos musulmanes al servicio del Shaytán
cuya sola intención sea destruir el Islam y a los musulmanes. Un
maestro de nuestros días afirmaba: “A partir de tu entrada en el
Islam, cualquier fruto que nazca en ti será la base nutricional de
un nuevo depredador”, y otro maestro prevenía de hacer la shahâda
demasiado pronto, porque es con la shahâda con lo que ponemos
al Shaytán de sobreaviso. Fuera del Islam, el Shaytán -que
tiene cierta escasez de medios- estaría prácticamente ausente.
Si nos referimos a otras sendas espirituales, ya son difíciles y
tortuosas de por sí como para que el Shaytán gaste energía
en ellas. Si nos referimos a la vida mundana, el mero hecho de hacerse
adulto es perder la inocencia, objetivo primordial del Shaytán. Pero
todo lo que es del Shaytán sale al revés: las maniobras del
Shaytán acaba haciendo fuertes a los musulmanes supervivientes. Y
de fuerza es de lo que seguimos hablando.
11. Pero lo curioso es que, siendo la vida del
grupo una continua violencia ritual de unos contra otros, sea porque honestamente
cada uno defiende sus puntos de vista, sea por la gran cantidad de falsos
musulmanes que se encuentran entre nosotros, el Islam no concibe el aislamiento
del grupo humano. En el Islam es obligatorio vivir en sociedad. La espiritualidad
del Islam no te permite cultivar tu intimidad privada con tu Señor,
sino que es en el trato humano en donde validas tu experiencia espiritual,
donde limas tus deficiencias y donde contrastas tus vivencias espirituales,
que dejarían de ser verdaderas cuando se tornasen privadas. Si
tu experiencia espiritual no es compartible, no es verdadera. El grupo
social es enriquecido por estas experiencias de algunos de sus miembros,
y éstas a su vez son validadas por el entendimiento que el grupo
haga de ellas. Es en sociedad donde descubriremos nuestros defectos. Por
eso la sinceridad humana y la violencia de ser sinceros, es muy importante;
y es por la sociedad por la que vamos a desarrollar la virtud de la valentía
al defender a los débiles indefensos de los fuertes. He aquí
una clave importante de la fuerza del Islam: la asabiyya
, el nervio que te hace defender a tu vecino. Cuando alguien hace oídos
sordos a la injusticia de la que tiene conocimiento, ese individuo se debilita
y esa cobardía –contagiada de unos a otros- enferma a la sociedad.
Al Estado le interesa la cobardía de los súbditos, porque
esa cobardía hará precisa la policía y los ejércitos,
y su poder se vuelve necesario. Si no, ¿por qué una de las
primeras medidas de los estados coloniales ha sido siempre destruir la
vida tribal, la vida de las pequeñas comunidades humanas y concentrar
a la población en grandes núcleos urbanos? Las instituciones
estatales se hacen necesarias cuando nadie conoce a nadie y no hay fuertes
vínculos persona-persona. Hay un gran beneficio en la vida en pequeñas
comunidades humanas, siempre que conserven su modo tradicional de vivir
sin admitir elementos extraños que corrompan la vida del grupo.
Hechos aparentemente poco significativos como el paso del Paris-Dakar por
el territorio de poblaciones tradicionales tienen su origen en la intención
de desestructurar dichas sociedades. Aunque el Islam haya logrado adaptarse
a la vida ciudadana y no sólo a ella, sino a la vida de las metrópolis
de Europa o Estados Unidos, no por eso ha cambiado su naturaleza originalmente
tribal. Cuando los negros de los guetos de Nuevas York han ido a buscar una
religiosidad de fuerza que controlara la vida de sus barrios y les diera
dignidad han redescubierto el Islam.
12. Otra clave es la que se deriva
de una fuerte asabiyya: la rebeldía política
del musulmán. A veces, esta rebeldía es abierta desobediencia
civil, otras veces sólo insolidaridad emocional con el poder que
le oprime, indiferencia, falta de colaboración, espera acechante
de que llegue el tiempo propicio para la revolución. El poder en
el Islam debe ser poder natural, es decir, no tiránico, porque es
el único que se siente como procedente de Allâh. Si el hombre
siente el poder de otro hombre como una tiranía es que no es poder
natural y, si puede, le es legítimo rebelarse ante él. Es
más, le honra no admitir a otro Señor que a Allâh. Alaba
el Corán a “...los que no se someten sino a Allâh y compiten
en el bien”.
13. La última, y tal vez la
fundamental razón de la fuerza del Islam, resida en su coránico
lâ ikraha fid- dîn (“No haya compulsión
en la práctica de nuestra senda”). Al no haber Iglesia ni autoridades
de control, el mu’min (creyente) adapta su sometimiento a Allâh
a sus circunstancias personales. De este modo nunca se siente alienado
en su práctica de Islam sino tendiendo hacia sí mismo en
su progresión en su Vía. El Islam es tu Islam. Luchando
por el Islam, luchas por ti mismo, luchas porque se te deje ser tú
en tu mundo. Y luchando por ti mismo, por puro egoísmo inteligente,
luchas por el Islam. El secreto reside en la identificación de los
intereses personales con la Vía que te permite cumplirlos. El Islam
respaldaría la sentencia de Nietzsche de que “el egoísmo
es la virtud que ha sido peor comprendida por la Iglesia Católica”.
El Islam basa la felicidad en tu esfuerzo por conseguirla y no en montajes
intelectuales. Cuando estás luchando por algo justo para ti mismo,
estás haciendo Islam. Porque tú sabes mejor que nadie qué
mundo deseas. El Islam desea lo que tú deseas. El individuo, cada
individuo, con su mundo de deseos, es trascendental para el Islam, porque
lo es para la realidad. La realidad es una suma de individuos. Destruye
al individuo el que quiere edificar un Estado, fundar una Iglesia, montar
una secta... La realidad da a cada individuo el poder que tenga, que pueda
tomarse y mantener.
El Islam deja las cosas tal
como son, y las cosas de manera natural retornan incansablemente a su
origen, recreándose a sí mismas, reavivando a cada instante
su autenticidad. El musulmán se baña en la naturalidad de
las cosas y de ese modo se dota a sí mismo de la fuerza que tienen
las cosas.
En conclusión, muchas
son las razones de la fuerza del Islam, pero quizá la definitiva
sea que, precisamente porque el Islam es tu Islam, el musulmán no
esté dispuesto a hacer concesiones en su creencia, como nadie admitiría
intrusos opinando sobre si uno ama o no a su pareja. Asume una práctica
cuya eficacia comprueba. ¿Eficacia en qué? En adiestrarte en
el sometimiento a lo real. El musulmán no se inventa la realidad;
se entrena en resistirla. El Islam es “el arte de la resistencia”. No buscas
con tu Islam ni con tu creencia ser alagado ni consentido por ningún
Dios. Se nos dice que, para someternos a la realidad, tenemos que luchar
contra nuestros ídolos, nuestras identidades, nuestras certezas...
Y, para ello, se te hace polvo una y otra vez: soportas la realidad como
cualquiera (la muerte de los que te son queridos, la enfermedad, el dolor…),
pero además tienes que soportar a tus hermanos, soportar tu sociedad,
soportar al Shaytán y a los que para él trabajan, soportar
a los tiranos, a los destructores… y se te dice que todo esto compone el
mundo en el que tienes que vivir. Un mundo que tienes que cambiar en la medida
que puedas hacerlo, y -sólo en tanto que no puedas transformarlo-
verlo como la voluntad de Allâh para ti. Yihâd (esfuerzo)
y tawakkul (entrega), estas son las dos claves del Islam:
tratas de cambiar lo que consideras injusto y aceptas gozoso el resultado
como voluntad de Allâh . Este cambio de actitud, entre tratar con
toda tu energía de cambiar una situación y aceptar con gusto
el fracaso como voluntad de Allâh, requiere una flexibilidad que
es clave en la fuerza del musulmán. Lo que no sea flexible es frágil.
Y es así como los musulmanes
acabamos rotos, vencidos, abandonados en nuestro personal desierto. El
Islam es desierto. Es una nada en la que estás y una nada hacia
la que te diriges llevando el menor peso posible. Por su carácter
de nada, no sabe venderse. No tiene marketing, no se adorna para
ti ni para nadie. Tampoco sabe de proselitismos, porque no sabe sus valores.
Al Islam, al desierto, sólo llega el que es atraído sinceramente
por él. No hay razón excepto la nada para ir despojándose
de todo e ir yendo hacia el lugar en el que te pierdes, hacia la religión
sin concesiones, la religión que nada te da y te lo quita todo
donde Allâh acabará de doblegarte definitivamente. Freud,
que era un hombre sin creencias pero muy inteligente, diría que
el Islam forma parte del instinto de muerte del hombre. Pero, sin esa muerte,
no hay vida.
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