SIETE ASPECTOS DE LA VIOLENCIA
EN LAS FUENTES ISLÁMICAS

(Justificaciones apócrifas y auténticas)
-Conferencia pronunciada en 2003 en la ciudad de Castellón-

Vicente Haya


1) Violencia en la legislación: lapidación
2) Violencia contra la mujer: daraba 
3) Violencia por preservar la religión: apostasía
4) Violencias contra las minorías en tierra islámica
5) Violencia de guerra: ÿihâd
6) Violencia contra el kâfir
7) Violencia contra el tirano


BISMIL-LÂHI RAHMÂNI RAHîM

Prometo no decir una sola mentira… Éste debería ser el “juramento hipocrático” de los que hablan en público... Y el del musulmán debería añadir: Prometo no hacer proselitismo ni tratar de manipular a nadie. Prometo no simular una sabiduría que no tengo ni ocultar lo que sea de vuestro interés de lo que yo sepa. Prometo no usar de mi palabra como arma de poder… Éste decir las cosas tal como uno las siente es un lujo de musulmán, un personaje de nuestra sociedad que a priori no despierta simpatías. Y su refugio es la verdad porque no tiene mucho que perder. Pero me han traído, no como representante –espero- del Islam, sino como musulmán que asume la palabra como algo para ser compartido con los demás y no se autoconfina en el guetto, así que comencemos… 

No deseo hacer de esta conferencia un empedrado de textos en los que el Islam invita al amor entre los hombres –textos que, naturalmente, existen- porque es un trabajo que ya están haciendo muchos musulmanes e incluso no musulmanes afectos al ecumenismo entre las religiones. Mi senda es hermosa, huelga decirlo: es la dulzura de los pequeños y trascendentales descubrimientos del hombre del desierto, y Allâh es Rahmân, producción constante de vida, fecundidad incesante que nos sostiene. Pero de todo eso ya han hablado los sufíes, ahí está Rumi, ahí está Ibn ‘Arabî… Yo prefiero no hacer perder el tiempo a nadie ni perderlo yo mismo, y tratar de dar a todo el que ha venido algo más que palabras de segunda mano.

…Hay tantos capítulos relativos a la violencia en el Islam y tantos textos que explicar que no sé por dónde comenzar ni cómo llegaré al final… He dividido la ponencia en dos partes: En la primera hablaré de las falsas justificaciones de la violencia en el Islam y, en la segunda, me referiré a las verdaderas justificaciones de la violencia en el Islam.

Empezaremos por un tema que desgraciadamente está de moda:


1) Violencia en la legislación: lapidación

Espero no detenerme demasiado tiempo en este tema, puesto que no hay absolutamente ningún texto en el Corán que justifique la lapidación. Más al contrario, en el Corán (24:2) se prescribe una pena distinta, ya estudiaremos cuál y en qué condiciones. ¿De dónde ha salido, pues, la lapidación que se practica en Nigeria, en Arabia Saudí, en Afganistán y hasta hace unos meses en Irán?

En los tiempos del Profeta, las sociedades constituidas en base a la Torá que servían de modelo a los árabes dispersos, lapidaban. Sólo hay que abrir cualquiera de las biblias que han llegado hasta nosotros para leer:

  • (Si un hombre aborreciere a la esposa que le ha sido dada diciendo que no llegó virgen y puede probarlo) sacarán a la joven a la puerta de la casa de su padre y la apedrearán en presencia de la gente de su ciudad y morirá, porque cometió vileza en Israel fornicando cuando estaba en casa de su padre; así extirparás el mal de en medio de ti (Deut. 13-21).
  • Cuando una virgen estuviere comprometida legalmente con un hombre y otro hombre la hallare dentro de la ciudad y se acostase con ella, sacaréis a ambos a las puertas de aquella ciudad y los apedrearéis hasta que mueran (Deut. 23-24).

Sobre esta costumbre preislámica, el Profeta quiso aplicar el buen juicio y la bondad de corazón que le caracterizó y dificultó siempre el cumplimiento de esta pena. De modo que la tradición sólo conoce cinco lapidaciones “ordenadas” por el Profeta. Cuatro de ellas son autoconfesiones; cuento resumidamente quizá la más citada de todas en Muslim y Bujari:

Un hombre que se autoconfiesa culpable de adulterio y va a Abu Bakr a decírselo. Abu Bakr le dice que, si nadie se ha enterado, se calle y se arrepienta. El hombre va a ‘Omar, que le dice igual. Y finalmente a Muhammad que por dos, tres o cuatro veces lo rechaza (según la versión del hadiz que usemos). Él insiste y Muhammad pregunta a su familia si está loco. Luego le pregunta a los que le acompañaban si había bebido. Por último, le pregunta a él si quizá sólo ha besado o abrazado o mirado a la mujer. Luego le pregunta si está casado. Y Muhammad prescribe su lapidación[1].

Las cuatro son de este tenor. Veamos otro ejemplo:

Una mujer le dijo que había sido adúltera y que estaba embarazada. El Mensajero le dijo que se fuera hasta que hubiera dado a luz (9 meses). Ella volvió y el Mensajero le dijo que se fuera hasta que destetase al niño (2 años y medio según el uso, como queda reflejado en Corán 26:15). Ella volvió y el Mensajero le dijo que se fuera y que no volviera hasta que no encontrase a alguien de su confianza para cuidar al niño. Y, a pesar de todo ello, la mujer volvió al Mensajero, y fue lapidada[2]. Hadiz del Muwatta, Libro 41:5

Son historias extrañas desde nuestro punto de vista hasta que llegamos a la conclusión de que estas personas deseaban algún tipo de martirio. 

El quinto caso es diferente. Los judíos bajo el gobierno del Profeta, le traen a Muhammad, ya legislador, a un judío sorprendido en adulterio. Él pregunta qué pena es la que su Ley prescribe para él. Y prescribe lo que en su Ley hay escrito. Es decir, que estamos en el caso del legislador musulmán que va a respetar el derecho de cada pueblo sometido a su gobierno. Las leyes no se han hecho, en principio, para torturar a los pueblos, sino que son la plasmación del modo libre de organizarse de una serie de personas. El legislador musulmán puede no estar de acuerdo con esas leyes pero debe respetarlas.

No puedo alargarme en los pormerores de la narración que nos muestra a un Profeta luchando a brazo partido contra su sociedad por eliminar una práctica brutal e inhumana. Finalmente, desciende la aleya de la luz en la que se cambia claramente la pena de la lapidación por la de azotes tan sólo cinco años antes de la muerte del Profeta. Tenemos la suerte, sin embargo, de contar con textos en los que se constata que la nueva pena fue ya aplicada por Muhammad.

¿Qué es lo que ocurre? Que ‘Omar, el segundo califa lapidó y defendió a muerte la práctica de la lapidación en un tiempo en el que todavía no estaba compilado el Corán, basándose en la sunna del Profeta. Cuando el Corán fue compilado y estuvo a ojos de cualquiera la contradicción de una costumbre sin base coránica (más aún, contra-coránica), esta cuestión se constituyó en una especie de cuadratura del círculo irresoluble durante toda nuestra edad media. Si se dice que la costumbre heredada de ‘Omar (y también de ‘Ali) va contra el Corán atentamos contra nuestra propia tradición y la honorabilidad de los compañeros del Profeta, a los que amamos y respetamos; y, si se sigue aplicando, vamos contra el Corán. Los legisladores medievales (siguiendo la pauta del Corán y el Profeta) cuadraron el círculo complicando la verificación del delito hasta lo imposible. No se decía que era una práctica anti-coránica a condición de que fuera imposible ejecutarla. Así, para que el adulterio se verifique:

los cuatro testigos “no deben ser familiares ni amigos del denunciante”, ni tener motivos de simpatía ni antipatía, ni nada que ganar con la condena de ninguno de los dos;  deben ser testigos presenciales, no sirviendo un testimonio meramente circunstancial, y no pueden huir, morir ni dudar de su testimonio hasta el cumplimiento de la pena. Las versiones de los testigos no pueden presentar discrepancias.  Los inculpados tienen que ser descubiertos “en el acto” y, por si fuera poco: “es necesario que no pase un hilo entre los dos cuerpos”, para que no haya dudas de que el coito está siendo consumado.

La historia es mucho más compleja, pero el hecho es que durante siglos de hecho se dejó de lapidar en el Islam. Es en los últimos tiempos, los mismos que viven el descrédito programado del Islam por su actitud con la mujer y por la brutalidad de la Guerra Santa que practicamos, en los que vuelve a salir esa shari‘a sin fundamento coránico descaradamente financiada por Arabia Saudí, que es ese país que es defendido en las guerras por Estados Unidos. De Arabia Saudí salen los legisladores de Nigeria y salieron los de Afganistán.

No puedo alargarme más. Os invitaría a leer la publicación del texto completo de la investigación que hice acerca de la lapidación, pero desgraciadamente mis relaciones pésimas con los dirigentes actuales del Islam español impiden que la misma pueda verse publicada en ningún medio de difusión islámico, así que los interesados tendrán que solicitármelo personalmente a vicentehaya@yahoo.es


2) Violencia contra la mujer: daraba

Diferente, y sin embargo parecido, es el caso de la supuesta legitimidad coránica a los malos tratos a la esposa. “Diferente” porque en este caso hay al menos algo en el Corán que malinterpretar para llegar a la conclusión a la que un derecho islámico profundamente machista ha querido llegar. “Parecido” porque es este complejo del hombre, no necesariamente árabe, frente a la mujer, el que ha sido el motor de esta serie de manipulaciones de la Revelación para hacerla decir lo que convenía.

Si queremos tener un permiso para pegar a nuestras mujeres, no tenemos más que torturar -hasta que confiese haber cometido el delito que no ha cometido- a la palabra árabe daraba, que se halla en el pasaje coránico 4:34, que dice así: 

“Ar-riÿâl  qawwâmûn ‘alâ  an-nisâa’  bimâ  faddal  Allâh  ba’adahum  ‘alâ  ba’ad  wa bimâ  anfaqû  min  amwâlihim  fa-s-sâlihât  qânitât  hâfidzât  lilgaib  bimâ  hafidza Allâh  wa  l-latî  tajâfûna nushûçahunna  fa’dzûhunna  wa  ihÿurûhunna  fî  l-madâÿi’  wa  idribûhunna  fa-in  at’nakum fa-lâ tabgû ‘alaihunna sabîlâ inna Allâh kâna ‘aliyyâ kabîra” .

Respecto a lo que nos ocupa, una traducción aceptable podría ser: 

“Y en relación a aquéllas de las que tengáis prueba de su hostilidad, hacedlas entrar en razón (discutid con calma la cuestión), evitadlas (abandonad su intimidad), e imprimid en ellas la necesidad de un cambio”

Y una selección de traducciones inaceptables, sería: 

“Y respecto a aquéllas de las que temáis que no os sean sumisas, reñidles, encerradlas en sus habitaciones, y golpeadlas”.

No quiero transformar esta conferencia en un galimatías de sutilidades filológicas, pero las más de las veces, la teología es filología, y hay mucho en juego en deslegitimar a los que quieren justificar sus más bajos instintos como voluntad de Dios. Sin entrar en honduras, daraba en efecto puede significar “golpear o pegar”, pero también otros ochenta significados, algunos de los más frecuentes son:

“Hacer indicaciones, acuñar (moneda), poner (un ejemplo), citar (un refrán), mezclar, multiplicar, pulsar, latir, abatirse (sobre), tañer, hacer fuego, bombardear, viajar, infligir, tirar, plantar una tienda, hacer una araña su tela, imponer, hacer la salât, separar, dividir, inclinarse a, llamar a la puerta, batir un récord, tapiar, decapitar, imitar, irse por las nubes, quedarse cabizbajo, tomar parte, tachar una palabra, esforzarse inútilmente, llenarse de pavor, sitiar, poner una inyección, evolucionar, circular, doler, agitarse, moverse, fijar un plazo, dar parte, secuestrar, alejarse, señalar, batir un récord, no dejar oír, hacer el saludo militar, hacer el amor, etc...”.

Si queremos entender el pasaje coránico deberemos hacer un esfuerzo por dilucidar qué hay de común en la mayor parte de estas acepciones. ¿Qué está haciendo alguien que toca a una puerta, alguien que tañe una campana, alguien que nos hace indicaciones? Está llamando nuestra atención. ¿Qué hace alguien que en una conversación cita un refrán o que pone un ejemplo? Está causándonos un efecto de atención. ¿Qué sentimos ante alguien que está cabizbajo, o alguien que está agitado, alguien que tiene pavor, que se esfuerza inútilmente, o alguien al que le duele algo? Está forzando que estemos atentos a él. ¿Qué efecto nos causa una araña tejiendo su tela? Una llamada a nuestra atención.  ¿Qué es dentro de un texto una palabra tachada?  Un golpe de atención. ¿Que nos causa alguien que bate un récord? Una impresión de asombro. ¿Qué nos ocurre cuando sabemos que alguien ha viajado, o si vemos que alguien se aleja, señala algo, alguien que no deja oír o hace un saludo marcial? Que atendemos especialmente.  Y también ¿qué te supone alguien que te golpea o se abalanza sobre ti, alguien que te da un plazo límite? Está haciéndote notar que algo está mal: llamando tu atención. Si oímos que alguien ha cometido un secuestro, ¿qué sentimos? Una fuerte impresión que llama nuestra atención. ¿Qué hace un musulmán respecto de Allâh cuando hace la salât? Llamar su atención... Los ejemplos aún pueden multiplicarse, pero, en todos los casos, qué se está haciendo cuando se emplea daraba?  Se está causando una llamada de atención. Eso es lo que hacen, porque ése es el sentido de la palabra daraba, hacer algo espectacular que llama la atención, “dar un golpe de efecto”, en perfecto castellano. 

En realidad, tenemos un caso perfecto de daraba en la vida del Profeta. Lamentablemente, a algunos musulmanes les ha sido más sencillo recomendar una paliza ejemplar a la mujer ‘poco dócil’ —nefasta traducción de nushuç— que trata de imitar al Profeta. Si recordamos la única ocasión en que el Profeta vivió una especie de rebelión doméstica, no le puso una mano encima a ninguna de ellas. ¿Qué hizo nuestro amado Nabí? Discutió la cuestión con ellas, se abstuvo de tener relaciones íntimas con ninguna de ellas y se fue de la casa durante veintinueve noches. Dicen los historiadores —v.gr.Tabari— que tanto sus mujeres como toda la ciudad se conmocionó por lo que pasaba. ¡Esto es daraba!: Causar una fuerte impresión para hacer cambiar de actitud. Y ésta es la sunna del Profeta.

Así, en principio, frente a un verbo que —para los más contumaces— resulta ambiguo, tenemos una sunna clara y terminante, una sunna que a muchos musulmanes basta y sobra para saber cómo comportarse, a menos que la opinión de los traductores del árabe respecto a un solo verbo del Corán pese más que la conocida y contrastada vida de nuestro amado Profeta. El Profeta jamás pegó a ninguna mujer. Esto es un dato incontrovertible atestiguado por numerosos testimonios. An-nisâí recoge el siguiente fragmento de un hadiz de ‘Aisha (r.a): daraba Rasulullah, s.a.a.s., imra´t lahu wa lâ jâdaman qat, wa lâ daraba biyadihi shaiân qat il-la fî sabilil-lah aw tantahaka haramât Allâh fayantaqama Allâh” (‘Rasulul-lah jamás maltrató a ninguna de sus mujeres, ni a ninguno de sus sirvientes, y ni siquiera golpeó con la mano cosa alguna, excepto por el camino de Allâh o por la trasgresión de lo haram castigado por Allâh’, es decir, en guerra, lo cual nos lleva a un tema que será tratado en seguida)[3].

No puedo extenderme mucho más. Nosotros los musulmanes sabemos que el Profeta jamás pegó a una mujer y que el Corán no pudo darle una orden (no un permiso, una orden: el verbo está en imperativo) que no cumpliera para ser un transmisor veraz. Cualquiera que esté interesado en el documento que fue publicado por la comunidad islámica española a este respecto puede consultar en www.webislam.com


3) Violencia por preservar la religión: apostasía

Sólo conozco un texto que permita a un musulmán verter la sangre de un musulmán que abandona el Islam, pero –eso sí- es el primero que a los conversos se nos pone en las manos. Pertenece a la compilación de los cuarenta hadices de An-Nawâwî, editado desde hace una veintena de años e incluso regalado a los musulmanes nuevos por algunas mezquitas. En este libro se cita uno de los hadices que han causado más deserciones previas a la entrada en el Islam que pueden concebirse, al poder leerse:

“No es lícito la sangre de un musulmán, salvo (…) aquel que abandona su religión y se separa de la Comunidad” (Nawawi, hadiz 14).

Lamentablemente, hace veinte años apenas había conversos que explicaran que la “apostasía” entre los que rodeaban al Profeta no era una moda intelectual ni el “tic” de un erudito, era -literalmente- fâraqa-yufariqu: “enfrentarse, ponerse en el bando de en frente”. No es ese inocente “separarse de la comunidad” de la traducción presentada. Es una postura activa y beligerante por extinguir a los musulmanes y al Islam. Normalmente, en árabe usaremos el verbo irtadda-yartaddu (contraponerse, impedir…), pero en esta ocasión el verbo usado es aún más fuerte. Es dejar el bando de los que sobreviven siendo minoría entre no-musulmanes y pasarse al bando de los que los combaten. Evidentemente, entre esto y lo que nosotros entendemos por el sano ejercicio de la apostasía hay un mundo. 

No estoy diciendo en ningún momento que no sea peligroso ser apóstata en tierra de Islam, sobre todo con lo sencillo que es en tierra islámica ser un mal musulmán sin que a nadie le importe un comino nuestra actitud; lo que digo es que, en todo lugar donde se castigue con la pena de muerte a alguien por haber abandonado el Islam, no se está cumpliendo más que con la letra, e incluso con la letra mal leída y no con el espíritu de este hadiz, por otra parte sin apoyatura coránica, es decir, hadiz shadda (aislado, aberrante).


4) Violencias contra las minorías en tierra islámica

Dar al-Islam cuenta con 1.500.000.000 de almas que se han hecho musulmanas como han podido, sin misioneros que les explique nada ni Iglesia que controle lo que sucede en nombre del Islam, con acceso o sin él al árabe de las fuentes y con poca posibilidad por tanto de cambiar a corto plazo costumbres locales por costumbres islámicas. La Umma es un territorio en proceso de Islam; conviene que dejemos de hablar de “terrotorios islámicos” (y mucho menos de “estados islámicos”) y que comencemos a hablar de gente más o menos cerca del Islam. No se nos pongan por tanto ejemplos de atrocidades que ocurren aquí y allá, sino en todo caso –de poder hacerse- háblesenos de gentes que siguen textos atroces. Éste es el sentido de mi charla. No voy a exculpar abominaciones de ningún tipo, voy a decir que -si lo son- no son Islam, al menos el Islam del Profeta Muhammad. 

Aquí hay misioneros que lo han sido en tierra islámica y os hablarán de cosas verdaderas que han vivido, mientras que yo sólo os traigo un puñado de textos. Pero la verdad es que mi religión no es como la de ellos porque –para bien y para mal- carece de mecanismos de autocontrol. Hemos decidido que el hombre se haga a sí mismo, y que las sociedades encuentren su propio camino, y el precio es siempre incomprensible para el observador de fuera, el que pertenece a otro mundo y se inmiscuye casi siempre con la mejor voluntad.

En nuestra tradición, en nuestra historia, contamos con miles de ejemplos de delicadeza en el trato con las “minorías en tierra islámica”… Para comenzar, habría que explicar que un dzimmí no es sólo y estrictamente una “minoría étnica o religiosa” en tierra islámica, sino un protegido de la autoridad islámica[4].

El origen del dzimmí se encuentra en el viejo código tribal árabe de hospitalidad y protección al vencido que lo solicitase. Por él cualquier miembro podía, al menos temporalmente, dar asilo político, es decir, protección válida contra todo, a individuos que buscaban refugio (al-aman ma´ruf). Siguiendo las instrucciones coránicas pertinentes, esta institución del Islam se desarrolló en tratados de relación permanentes (al-aman mu´abbad) entre el estado islámico y sus habitantes no musulmanes de entre las religiones del Libro, lo que se ha llamado al-dzimma.

Compruébese, por poner sólo un ejemplo, el pacto de Muhammad con los cristianos de Najrán en 631, que disfrutaban de protección “de sus vidas, propiedad, tierras, fe, templos y todas sus pertenencias” al igual que los musulmanes.

Bajo este estatus, las minorías religiosas en el mundo musulmán disfrutaban de una autonomía prácticamente completa y de autogestión en cuestiones religiosas, incluidos los asuntos personales, familiares, leyes de herencia y ley criminal cuando las ofensas se cometían en el seno de la minoría. A este respecto los incluidos en al-dzimma quedaban fuera del monopolio de jurisdicción legal que los estados nacionales reclaman habitualmente para todo su territorio. 


Derecho a la protección 

El primero de sus derechos es el de disfrutar de la protección y garantías de la administración. Esta protección es frente a cualquier agresión, ya sea extranjera, ya sea proveniente del interior. El Profeta dijo: "Yo me querellaré ante Allâh contra aquél que sea injusto hacia alguien con quien haya pactado, quien viole alguno de sus derechos o le imponga algo superior a sus fuerzas o le arrebata algo sin su consentimiento" (as-Súnan al-Kubrà). Y también enseñó: "Quien dañe a un dzimmí es mí adversario, y quien rivalice conmigo rivalizará contra Él el Día de la Resurrección". 

Los alfaquíes, pertenezcan a la escuela de derecho a la que pertenezcan, han afirmado e insistido en que es obligación del Imam evitar que un musulmán cause cualquier tipo de daño a los dzimmíes, así como guardar sus intereses, pues desde el momento en que el Profeta les concedido su Dimma o Protección pertenecen a la Casa del Islam. Incluso ha habido alfaquíes que han declarado que violar los derechos de un dzimmí es peor que hacerlo a un musulmán (puede verse en la fflishia de Ibri 'Abidîn). 


Derecho a la vida física 

El derecho a la protección implica la inviolabilidad de sus vidas y cuerpos. El Profeta dijo: "Quién mate a alguien con el que tenga contraído un pacto no olerá el perfume del Paraíso" (al-Bujari). Según estas palabras, tal acto es considerado como un delito grave que impide al musulmán la consecución de su más alta aspiración espiritual. 

El Corán establece la pena de muerte para quien cometa un homicidio. ¿Debe un musulmán ser condenado a muerte por el asesinato de un dzimmí. Sobre este asunto hay divergencias. Según algunos alfaquíes se le aplica la condena si lo ha matado a traición y por arrogancia, como sucedió a un musulmán que mató a un copto y fue condenado a muerte por Abâna ibn 'Uzmân, emir de Medina y tenido por uno de sus más eminentes alfaquíes. 

No obstante, según otros juristas, como Abû Hanîfa, las condiciones para la pena son las mismas que en todos los casos, ateniéndose el juez al Corán y a la Sunna que no establecen diferencias (salvo algunos hadices que no tienen en cuenta debido a lo categórico de otros textos) considerando que la Dzimma establece una protección absoluta de la vida de los dzimmíes. Es decir, se olvida el castigo sólo si los parientes de la víctima perdonan al asesino, tal como ocurre con los musulmanes. Se cuenta que ante 'Alí, el cuarto de los califas de Medina, fue presentado un musulmán acusado de haber matado a un dzimmí, y se pudo probar que efectivamente era el autor del asesinato. Por tanto, se ordenó ejecutarlo, pero en ese momento se presentó el hermano de la víctima y anunció que perdonaba al asesino. 'Alí se negó a suspender la ejecución pensando que tal vez lo habían amenazado, pero el dzimmí le dijo: "Su muerte no me devolverá a mi hermano”, y convenció al califa de haber tomado la decisión libremente (este relato aparece en las antiguas recopilaciones de at-Tabarâni y at-Baihaqi). 

Un gobernador preguntó al califa omeya 'Omar ibn 'Abd al-‘Aziz qué debía hacer en el caso de un musulmán que había matado a un dzimmí, y 'Omar le ordenó dejar la decisión a la familia de la víctima. Ésta no perdonó al asesino que fue entonces ejecutado (as-Súnan al-Kubrà). Según estos precedentes, por lo mismo se amputa la mano al que roba a un dzimmí. Ésta fue la práctica en el Imperio Otomano que estableció la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos, siguiendo con ello el ejemplo de las épocas clásicas del Islam. En cuanto al hadiz supuestamente discriminador en el que el Profeta dice que no debe ser condenado a muerte un musulmán a causa de un no musulmán, es interpretado por los alfaquíes como referencia al enemigo en estado de guerra. 

Junto a la protección de la vida se enumera el derecho a la integridad física. En los tratados de jurisprudencia se señala que no pueden ser sometidos a ninguna arbitrariedad, ni tan siquiera someterlos a guardar cola bajo el sol. Hakîm ibn Hisham, que había sido antiguo compañero del Profeta, vio en Alepo a un recaudador de impuestos ante el que unos nabateos esperaban expuestos al sol para pagar su impuesto, y Hakim le dijo: "¿Qué es esto? He oído decir al Profeta que Allâh  torturará a los que torturen a la gente en el mundo" (Muslim). 

‘Ali, dando órdenes a uno de sus administradores, le dijo: "Cuando vayas a recaudar sus impuestos (se refiere a los dzimmíes) no aceptes que te den ropa en invierno ni nada de aquello con lo que se alimenten ni tomes animales que les sirvan para trabajar. No golpees a ninguno por dinero ni le obligues si se niega a pagar. No vendas las propiedades de nadie para cobrar el impuesto. Se nos ha ordenado en el Corán que tomemos lo que bien puedan darnos. Si contravienes lo que te ordeno piensa en Allâh al que debieras temer más que a mí. Si me llega la noticia de que has cometido alguna injusticia no dudes que te destituiré". El recaudador le dijo: "Si lo hago así volveré tal como me voy". Y ‘Ali replicó: "Aunque vuelvas como te vas" (Podemos leer este relato en al-Jarây de Abû Yûsuf la obra más antigua sobre impuestos en el Islam). 


El derecho a la propiedad 

Según Yûsuf al-Qardâwî, los musulmanes de todas las escuelas, de todas las regiones y de todos los tiempos están de acuerdo sobre la inviolabilidad de los bienes de los dzimmíes (véase en Ghayr al-Muslimîn fi l-Muytama ‘al-Islâmi). Abu Yûsuf en su libro al-Jarây sobre impuestos recoge la siguiente tradición: "El Profeta declaró acerca de los cristianos de Nayrân: Nayrân y sus alrededores pertenecen a nuestra vecindad y a la de Allâh. Su garantía que puede prestarles obliga al Profeta a ordenar a los musulmanes que no violen sus bienes, ni sus creencias, ni su comercio, ni nada que haya bajo sus manos, sea poco o mucho...". 

'Omar, el segundo califa, escribió a 'Ubayda ibn al-Yarrâh, uno de sus generales: "Impide que los musulmanes se atrevan a causar a los dzimmíes cualquier daño y que les arrebaten el sustento, salvo el que ellos quieran compartir". 

Gracias a estos precedentes, se castiga al que robe a un dzimmí y se le devuelve su patrimonio si le ha sido quitado injustamente. De igual modo, la Ley islámica establece que hay que respetar las deudas contraídas con ellos, condenándose con prisión al que pudiendo hacerlo se niegue a saldar su deuda. 

El respeto a sus bienes y propiedades es absoluto, incluso cuando estos no sean considerados como tales por los musulmanes. Por ejemplo, el vino y los cerdos no son considerados por el derecho musulmán como riquezas a respetar entre los musulmanes: destruirlos no es considerado una falta, incluso se considera meritorio. Pero si su propietario es un dzimmí no está permitido causarles daño alguno, y el musulmán que lo hiciere sería multado, tal como dictan los manuales hanafíes. 


El derecho al honor 

El Islam garantiza el derecho al honor y a la intimidad tanto de los musulmanes como de los dzimmíes. Nadie puede insultarlos impunemente ni arrojar contra ellos acusaciones indemostrables, ni mentirles descaradamente, ni darles apodos que no deseen, ni calumniarlos, ni negarles su genealogía. 

En al-Furûq, al-Qaráfi escribió: "El pacto de la Dzimma nos obliga respecto a ellos porque están en nuestra vecindad y bajo nuestra protección en tanto que somos mayoría. La garantía se la ha concedido Allâh, su Profeta y la nación del Islam. Quién los agreda y ofenda aunque sólo sea de palabra pone en entredicho a Allâh, a su Profeta y a los musulmanes, y comete con ello una falta grave". 

En ad-Durr al-Mujtâr, manual de derecho hanafí, se dice: “Es obligación del Imam impedir incluso con la fuerza cualquier daño que se pueda hacer a un dzimmí, incluso las calumnias que puedan decirse de él, pues lo mismo en que están condenadas y penadas entre nosotros, deben estarlo en relación a ellos”. 


Derecho a la libertad de culto

1. La religión de los dimmíes

Un dzimmí no puede ser obligado a abandonar su religión, ni presionado de ningún modo para que renuncie a sus creencias. El fundamento está en el mismo Corán, en el ya citado: "El Islam no puede ser impuesto" (al-Báqara, 256). lbn Kazîr en su Tafsir, comentando el primero de estos versículos, dice: “No obliguéis a nadie a entrar en el Islam, porque es claro y evidente en sus argumentos y pruebas, y no exige por tanto que se lo impongáis a nadie". 

Una de las prácticas extrañas en la época preislámica y durante los primeros años del Islam en Medina era que las mujeres estériles hacían el voto de hacer judíos a sus hijos si llegaban a tenerlos, de modo que en la comunidad israelita se podía encontrar a niños que, con la conversión de sus padres al Islam, pasaban a tener ascendencia musulmana. Cuando los padres intentaron recuperar a sus hijos, el Profeta les repitió el versículo mencionado: "El Islam no puede ser impuesto”. En esos momentos se había desatado en la ciudad un agudo conflicto entre musulmanes y judíos, pero a pesar de que los musulmanes querían rescatar a sus hijos de la subordinación a sus enemigos, a pesar de las circunstancias en que habían pasado a formar parte de la comunidad judía, a pesar de todo el Corán se oponía a cualquier violencia por motivos de pertenencia a un grupo. 

Una de las cláusulas con la que los musulmanes se obligaban a sí mismos cuando se les rindió Jerusalem era la siguiente: 

“Ésta es la garantía que ofrece 'Omar ibn al-Jattáb a los habitantes de Jerusalem: les garantiza sus vidas, sus bienes, sus iglesias, sus crucifijos y todo lo que tenga que ver con sus creencias. Sus iglesias no serán habitadas por musulmanes, ni se destruirán, ni se les arrebatará nada de sus enseres. No serán obligados a abandonar su religión..." (en at-Tárij de at-Tabari). Jálid lbn al-Wâlîd prometió a los cristianos que “...podrían hacer sonar las campanas de sus iglesias a la hora que quisieran, fuera de día o de noche, salvo en los momentos en que los musulmanes realizaran sus oraciones, así como sacar las cruces los días de sus fiestas" (al-Jaráy de Abú Yúsuf).

A través de este significado de la creencia en el Islam, el musulmán se compromete a respetar y honrar todas y cada una de las misiones proféticas en las que, además, debe creer. Por esta razón, el Profeta, sobre él la Paz, permitió a la delegación cristiana proveniente de la región árabe de Nayran, en el Yemen, el que pernoctara en su mezquita de Medina y que fuera su alojamiento durante el tiempo que durara su estancia en la ciudad. Ésta se prolongó durante más de veinte días, de lo que se puede inferir que los miembros de la delegación llevaron a cabo sus oraciones y ruegos en el interior de la mezquita tal como se describe en el Tafsir al-Corán al-aazim -Comentario del Sublime Corán- de Ibn Kazir, Vol. V, pág. 348, inserto en la explicación del versículo 61 de la sura de la Familia de `Imrán (Corán, III):

"Algunos cristianos árabes de Nayran, sacerdotes y monjes, llegaron hasta el Enviado de Dios, sobre él la Paz, por orden de Heraclio para hacer indagaciones acerca de su misión. Se presentaron ante él en su mezquita cuando éste ya había realizado la oración de la tarde. El momento de su entrada coincidió con el horario de sus rezos. Entonces el Enviado dijo a los musulmanes presentes: ‘Dejadlos que cumplan con sus oraciones". Entonces, los integrantes de la delegación se levantaron y ejecutaron sus plegarias en la mezquita en dirección al Oriente".

Debemos recordar que estas citas están cogidas de fuentes respetadas por los musulmanes y tienen un valor ejemplar que todos estiman debido a la autoridad moral de los sabios a los que se atribuyen estas decisiones, que se convierten en precedentes vinculantes. 

 Lo único que el Islam exige de los dzimmíes es que respeten la sensibilidad de los musulmanes. Esto ha hecho que algunos alfaquíes opinen que no deben hacer gala de su religión en público ni erigir iglesias o sinagogas donde antes no las hubiera. Pero a pesar de esta extendida opinión, la práctica a este respecto ha sido la de una permisividad casi absoluta. Efectivamente, no han dejado de ser construidas nuevas iglesias y sinagogas en espacios mayoritariamente musulmanes, incluso en lugares donde nunca habían existido, como en Fustat, una ciudad egipcia construida por los musulmanes. El historiador al-Maqrizi enumera muchos ejemplos de templos renovados o nuevos durante la época omeya y abbasí. Incluso insinúa que el esplendor del Islam enriqueció a las comunidades dzimmíes que expresaron su auge con la construcción de numerosas iglesias y sinagogas. 

2. La obligación coránica de respetar la libertad de culto

El Corán es un verdadero manifiesto de pluralismo religioso hasta el punto de que el Islam se caracteriza, en la teoría y en la práctica, por lo que podríamos denominar ‘tolerancia estructural’. 

El Corán enseña a respetar las creencias y los templos de los no-musulmanes en cualquier caso, sean o no dzimmies. Es más, el Corán declara lícito combatir para proteger las convicciones: "Queda autorizada la lucha a aquellos que son objeto de injusticia. Allâh los ayudará. Es lícito combatir para aquellos que han sido expulsados de sus hogares sin razón, y sólo porque han dicho: ¡Nuestro único Señor es Allâh. Si no fuera porque Allâh empuja a unos hombres contra otros hubieran sido destruidas las ermitas, las sinagogas, las oraciones y las mezquitas en las que se recuerda con energía el nombre de Allâh” (al-Hayy, 38-39). 

El pluralismo religioso en Islam se basa en varios versículos del Corán, algunos de ellos vistos. Citemos otros:

 “Y di: ‘La verdad [ha venido ahora] de vuestro Sustentador’: así pues, quien quiera, que crea, y quien quiera, que la rechace.” (Corán: 18, 29)
 “Hemos asignado a cada comunidad formas de adoración [distintas], que deberían observar. Así pues, [Oh creyente] no permitas que esos [que siguen formas distintas a la tuya] te arrastren a disputar sobre esta cuestión, sino llama a tu Sustentador...” (Corán: 22, 67)
“A cada uno de vosotros le hemos asignado una ley y un modo de vida [distintos]. Y si Dios hubiera querido, ciertamente, os habría hecho una sola comunidad: pero [lo dispuso así] para probaros en lo que os ha dado. Competid, pues, unos con otros en hacer buenas obras. Habréis de volver todos a Dios: y, entonces, Él os hará entender aquello sobre lo que discrepabais”. (Corán: 5, 48)
           “Para vosotros vuestra adoración y para mí la mía.”  (Corán: 109, 6)
"Y si [intentan] discutir contigo, di [simplemente]: ´Dios sabe bien lo que hacéis´". (Corán: 22, 68)

Podría continuar, pero estos maravillosos pasajes coránicos bastan para demostrar que los musulmanes consideran:

—    el pluralismo religioso no sólo normal sino beneficioso.
—    la creencia religiosa como algo personal en lo que no hay que interferir.
—    las especulaciones religiosas y las disputas dogmáticas como inútiles.
            Subrayaríamos esta actitud si sirviera para una coexistencia pacífica del Islam con otras religiones, una existencia respetuosa de unos junto a otros. 

Sobre esta sólida base teológica, reforzada por la sunna del profeta, los juristas islámicos han desarrollado, dentro del campo jurídico o siyar, un detallado código para la protección legal de las minorías religiosas. Precediendo a los modernos convenios más de 1.400 años, la ley islámica —Sharî‘a— proporciona a las minorías un estatus liberal que no se ha podido superar hasta hoy.

3. Los fundamentos del miedo a la intransigencia islámica

Es cierto que en la historia musulmana no siempre se mantuvieron en los preceptos de la religión, especialmente en la Edad Media, cuando la confrontación entre el mundo cristiano y musulmán entraba en su punto álgido con las Cruzadas, la Reconquista y las campañas otomanas en Europa central. Durante ese período, la mayoría de los fuqaha llegó a interpretaciones que en nuestra opinión no pueden reconciliarse ni con el Corán ni con la Sunna. Así, An-Nawawi escribió que “un no-musulmán que tiene que pagar su tasa debe ser tratado con desdén por el cobrador” y dijo que los no-musulmanes no podían construir iglesias en las nuevas ciudades musulmanas, no podían cabalgar ni “hacer sonar las campanas de sus iglesias”.

Otros querían prohibirles la exhibición de cruces, construir más alto que sus vecinos musulmanes o consumir cerdo y alcohol. Todo esto fue la excepción y no la regla. 

Los europeos están cada vez más preocupados por la posibilidad de que sus poblaciones musulmanas —a causa de su demografía, de su emigración adicional y de sus actividades de dawa— puedan ser culturalmente dominantes, y temen sin motivo la intransigencia de unos futuros gobernantes islámicos. Esta idea es especialmente amenazadora para muchos porque se asume que los musulmanes, una vez en el poder, suprimirán a los cristianos y a las demás minorías. 

Las discusiones acerca de si el Islam es tolerante o no por naturaleza derivan de la interpretación del conocido aya del sura Al Imran: “Inna ad-din ´aind Allâh al-Islam”. Si este pasaje se interpretase así: “La única religión verdadera a los ojos de Allâh es el Islam”, queriéndose indicar con “Islam” la religión y la civilización islámicas tal y como se han desarrollado históricamente, entonces esta aya puede verse como triunfalista, exclusivista y potencialmente como una doctrina peligrosa. Afortunadamente este parecer sólo puede basarse en unas pocas traducciones contemporáneas del Corán al inglés.
Para contrarrestar este impacto hay que informar a los no musulmanes del hecho de que es casi unánime la interpretación actual del sura 3, aya 19, entre los eruditos coránicos de que hay que entenderla del modo que hubo de entenderse antes del establecimiento del Islam como un específico estilo de vida, es decir, como ‘sumisión a Dios’ o ‘aceptación de Su Voluntad’, de forma que Al Imran en realidad dice: “La única religión [verdadera] ante Dios es la sumisión [del hombre] a Él”.
El mismo problema surge cuando al-Islam ingenuamente se deja sin traducir en el aya 85 de Al-Imran en lugar de interpretarlo como:
“Pues quien busque una religión que no sea la sumisión a Dios, no le será aceptada.” (Corán, 3:85)

Garantías de los derechos

        El Islam formula esos derechos, ahora bien, ¿cómo los garantiza? En primer lugar los garantiza la autoridad innegable que tiene el Corán entre los musulmanes: "Cuando Allâh toma una decisión, ningún creyente ni ninguna creyente tienen derecho a elegir por sí mismos" (al-Ahzáb, 36). El imperativo coránico tiene entre ellos una fuerza definitiva e incontestable, Y si el Islam es un hecho tan homogéneo en sus características fundamentales, si sus enseñanzas son tan universalmente aceptadas sin existir discrepancias, a pesar de la ausencia de instituciones encargadas de su protección y difusión, es debido sin duda al peso absoluto del Corán sobre las consecuencias. Es suficiente conocer a musulmanes para darse cuenta de que no se toman a la ligera las enseñanzas contenidas en el Libro revelado. El mundo islámico es movido por un visceral respeto a la fuente misma del Islam, y el hecho de que algo aparezca ordenado en sus páginas es suficiente para asegurar su cumplimiento a rajatabla, o al menos el musulmán aspira a seguirlo fielmente como signo de adhesión inquebrantable a su propia conciencia. El Corán ordena innumerables veces dejar de lado el egoísmo, los intereses personales, las rencillas y los valores individuales para abrir paso a sus enseñanzas destinadas a construir una comunidad con un claro ideal de justicia y equidad por encima de particularismos y pertenencias. 

Y si bien no puede esperarse que todos y cada uno sean estrictos en su cumplimiento con las enseñanzas del Islam, la sociedad musulmana en su conjunto se hace responsable de corregir actitudes individuales que se aparten de la regla común. Un dzimmí dañado en sus derechos no tardará en encontrar a quien lo apoye en su causa, como ha sucedido en muchas ocasiones. Y si es un gobernador el que comete la injusticia se encontrará con la oposición de los alfaquíes creadores de la opinión común del respeto debido a las minorías. En cualquier caso, es prácticamente imposible que los dzimmíes se encuentren aislados en un contexto musulmán. Siempre se alzará junto a ellos una voz de protesta que no callará hasta no ver restaurados los derechos que les garantizan el Corán y la Tradición. Un ejemplo gráfico y repetido es la postura de al-Awza`i, uno de los primeros formuladores de la jurisprudencia islámica: el gobernador abbasí de su tiempo ordenó desterrar a una comunidad dzimmí que habitaba en un pueblo de la sierra del Líbano porque algunos de ellos se habían opuesto a pagar la yizia. El tal gobernador era pariente próximo del mismísimo califa. Al-Awza`i le envió el siguiente mensaje: 

“¿Cómo te atreves a castigar a muchos por la falta de unos pocos? ¿Por qué expulsas a inocentes de sus casas y de sus tierras? El Corán dice: “Que un mal no siga a otro”. Esta es la enseñanza que debes seguir y el ejemplo que debes imitar. Guarda las palabras del Profeta, que dijo: “Yo soy el contrincante de aquél que dañe a un dimmí  o lo sobrecargue con lo que no pueda soportar.  No son esclavos, sino libres, y ningún derecho tienes a obligarles a cambiar de residencia” (en Fútûh al-BuIdán de al-Baládzuri).
Ninguna injusticia cometida contra los dzimmíes ha sido larga. Los anales del Islam recogen la siguiente historia: el califa omeya al-Walîd ibn 'Abd al-Malik confiscó a los cristianos una iglesia para permitir el agrandamiento de una mezquita. Cuando le sucedió a la cabeza de los musulmanes 'Omar ibn 'Abd al-'Aziz se presentaron ante él los cristianos quejándose de su antecesor. El nuevo califa ordenó que les fuera devuelta la iglesia aunque para ello hubiera que demoler la mezquita (Futúh al-Buldán).
Al-Walîd ibn Yazid mandó deportar a los dzimmíes de Chipre ante la inminencia de un ataque bizantino. Aunque lo hacía para protegerles, estos no querían abandonar sus tierras e hicieron pública su queja, que llegó a todos lados. Hubo una reacción inmediata a su favor por parte de los alfaquíes y del pueblo llano, y al-Walîd tuvo que retractarse de su decisión, lo cual se cuenta en su biografía como una virtud elogiable que lo hacía digno de la responsabilidad que detentaba (Futúh al-Buldán). 

¿Quién puede considerarse dzimmí?

Este estatus de minoría es tan generoso que a veces va contra los intereses de la comunidad islámica. Por ejemplo en los Balcanes, el imperio otomano preparó su propia caída adhiriéndose a las normas de las minorías islámicas aún cuando, en el siglo XIX, esto iba a alimentar inevitablemente los nacionalismos de tinte religioso griego, serbio y búlgaro. Cuando esos países se independizaron, sus instituciones dzimmí sirvieron inicialmente como instituciones del incipiente estado.

Es dudoso que el estatus de dzimmí sea el de ciudadano a medias. Al contrario, según la opinión de muchos autores musulmanes contemporáneos, en una nación-estado la situación del moderno dzimmí corresponde al concepto moderno de ciudadano.

Esto supone que, en un moderno estado musulmán, un no musulmán está sujeto a unos impuestos iguales a los de los musulmanes.

En este contexto la cuestión que se plantea es, desde una perspectiva actual, quiénes están legitimados para recibir la protección de su autonomía cultural y religiosa. Originalmente sólo judíos y cristianos eran considerados dzimmíes, hasta que el Profeta del Islam aceptó también a los zoroastrianos de Bahrain. Más tarde, los sabeos y “todos los que siguen a alguno de los profetas” tendrán dicha consideración, siempre que tengan un libro santo o algo que pudo haber sido un libro y que no sean politeístas.

Esta definición ha ampliado sus límites. Así lo sugiere Ahmed el-Borai según el cual, además de la gente del Libro, los musulmanes deben proteger incluso al no creyente “al menos mientras no haya recibido el mensaje”.

Esta extraordinaria concepción, que, si se aceptara ampliamente facilitaría las relaciones entre musulmanes y agnósticos, ateos y materialistas en occidente se basa en at-Tauba (sura 9, aya 6) que dice: 

“Y si alguno de aquellos que atribuyen divinidad a otros junto con Dios busca tu protección, concédesela, para que tenga ocasión de escuchar la palabra de Dios; y luego hazle llegar a donde esté seguro: esto, porque son gentes que no conocen [la verdad].”

5) Violencia de guerra: ÿihâd

La palabra Ÿihâd significa "esfuerzo", y es el fundamento mismo del Islam. Algunos autores lo consideran el sexto pilar de nuestra espiritualidad, pero en realidad es el cimiento sobre el que se asienta todo el Dîn, toda nuestra experiencia de Allâh. Sin Ÿihâd no hay Islam. Pero el Ÿihâd no es la consabida  “Guerra Santa”. En esta conferencia veremos los límites y la función del Ÿihâd en el Islam, que son precisamente lo que lo diferencian de la “Guerra Santa”, sin por ello llegar al discurso fácil de que el Islam sea una forma nueva de pacifismo. Es cierto que los musulmanes aspiran al Salam, a la paz que es esencia del Islam (y que se halla en la raíz árabe de la misma palabra). Pero el salam no es la propuesta de un pacifismo a cualquier precio. El pacifismo que predica Occidente, por sanas que sean las intenciones de muchos de los que lo llevan a cabo, normalmente se basa en lo que se quiera menos en un verdadero diálogo entre las culturas; es más bien un arma arrojadiza con la que se exige a los pueblos del Tercer Mundo la más absoluta de las sumisiones mediante la identificación con los valores de los que los oprimen. 

Las declaraciones de principios pacifistas pueden ser hermosas, pero no cambian a los hombres. El Islam tiene en cuenta las realidades concretas que llevan a no hacerse ninguna ilusión en cuanto a la disposición de los hombres a entablar guerras por interés o deseo de poder. Por todo ello, en el Islam la posibilidad de la violencia es esencial para que las cosas estén en su sitio. El hombre según el Islam debe poner orden en el mundo y debe hacerlo con el uso de la fuerza: 

“Hemos hecho descender el Libro y la Balanza, para que los pueblos puedan dispensar justicia; y hemos hecho descender el Hierro, en el que hay fuerza violenta...” 57:25

Así pues, para que nadie se lleve a engaño y piense que el que sigue es uno más de tantos discursos fabricados en el marketing de las religiones, como musulmán afirmo que en el Islam se defiende desde el principio que el hombre puede usar legítimamente de la violencia. Pero ¿Qué tipo de violencia? 


La paz como ideología exportable al Tercer Mundo

“Justa es la guerra cuando es necesaria”... No son palabras de Muhammad, sino de Tito Livio, en la base del pensamiento occidental acerca de la guerra, como piedra fundacional del ius belli (el derecho de guerra en el Derecho Romano)... Pero pudo haber sido un hadiz del Profeta. Nos damos cuenta que las frases no son lo que significan sino quién las dice...  No deja de tener su punto de humor que un romano pudiera decir Si vis pacem, para bellum [“Si quieres la paz, prepara la guerra”] y, sin embargo, que nos resulte incómodo oír los versículos coránicos de idéntico contenido “Los kuffâr querrían que descuidaseis vuestras armas y bagajes para caer sobre vosotros como un solo hombre” (4:102)... 

¿Qué está sucediendo de un tiempo a esta parte que en teoría se condena firmemente toda actitud violenta mientras que, de hecho, más que nunca se recurre a ella por parte de las naciones poderosas? Se trata de desactivar la capacidad de respuesta de las naciones más jóvenes usando para ello de la religión o la ideología (que, de facto, son la misma cosa). Es una crueldad por parte de nosotros los occidentales calificar de “vandálica” la actitud de violencia de ciertos pueblos que ahora la precisan (como antes nosotros la necesitamos para llegar a donde estamos); estos calificativos “incivilizados, bárbaros, atrasados” son una nueva  forma nuestra de violencia contra ellos... De modo que no es suficiente con haberles sacado a estos pueblos y seguirles sacando el petróleo, el gas natural, los diamantes... mantenerlos empobrecidos, envueltos en guerras intestinas cuyas armas las hemos vendido nosotros, no es suficiente haber alterado su ritmo natural de desenvolvimiento como culturas confundiéndolos y acomplejándolos, tras haber matado a sus líderes espirituales…, no, al parecer es esencial que, además, si en un arrebato de desesperación por salir de esa situación usan la guerra –la misma que nosotros usamos contra ellos- sean calificados por nosotros de “vándalos”.  Esta actitud nuestra es una burla intolerable.

Al contrario que la mentalidad imperante que entiende la religión en términos de paz espiritual, el Islam propone la acción –no sólo pero también la acción violenta- como vía hacia la realización de los valores a los que aspira. El mito de la paz espiritual tiene su historia. Cuando Gandi predica su credo de la no-violencia es, con relativa rapidez, asimilado por los objetivos del Imperialismo. Se lleva al paroxismo del mito la figura de Gandi: gracias a su política de no-violencia, habría logrado la independencia de su país, liberándolo de las garras inglesas. Es falso. Llevaban los musulmanes siglos luchando contra la dominación británica en la India hasta agotarla. Pero le interesaba más a las autoridades coloniales entregar el país a un "pacifista", asegurándose de este modo la lealtad y obediencia de la ex-colonia. Lo mismo se haría en todos los territorios -prácticamente en todo el mundo- ocupados por los europeos. También a los musulmanes se les ayudó a crear movimientos islámicos que extirparan la Guerra Santa de su exposición doctrinal (Ahmadiya, Wahabismo, Bahai). Convenía transformar el Islam en una religión de beatos. Esta postura resultaría extraordinariamente conveniente a los intereses de países occidentales en tierra islámica en unos momentos en los que los musulmanes eran sometidos a toda suerte de humillaciones. 

Pero frente a este “Islam de laboratorio” privado de Ÿihâd algunos pasajes del Corán y los hadices del Profeta no se dejan manipular: no hay la menor duda de que el Islam no es piedad religiosa sino acción... “El Paraíso está a la sombra de las espadas”, nos dijo nuestro Profeta... En algunos hadices se nos informa que un día de vigilancia del enemigo es mejor que un mes de ayuno, que disparar una flecha por Allâh es mejor que liberar un esclavo y que la dedicación al Ÿihâd es mejor que setenta años en la propia casa haciendo salat (Riad Salihin).

El problema era que el Islam, a diferencia de otras culturas tradicionales, oponía -allí donde quiera que estaba instalado- una resistencia enconada a la ocupación de sus tierras. Donde había musulmanes, el colonialismo conquistaba cada palmo de tierra a base de fuego y sangre, incluso una vez "pacificado" el país, los colonos debían permanentemente estar en alerta. No podían reconocer el origen de ese espíritu de lucha con el que los "indígenas" defendían decididamente sus casas y familias, eran incapaces de comprender qué mecanismos se ponían en marcha aglutinando a pueblos enteros que carecían de instituciones administrativas complejas ni Estados en los que enmarcarlas. Faltos de explicaciones, se justificaron recurriendo al tópico oportuno del sanguinario fanatismo musulmán. Este "análisis" conoció un inmediato triunfo, y legiones de expertos se pusieron a estudiar el fenómeno. Era necesario descubrir las fuentes del problema para atajarlo. Era imprescindible desprestigiar el Islam ante cierto auditorio occidental que empezaba a criticar los genocidios que se perpetraban en nombre de la civilización. El mito de la barbarie musulmana servía a todas las causas: explicaba el fracaso de los misioneros, que no lograban evangelizar a los "testarudos moros"; justificaba las masacres de los militares, que no hacían sino defenderse de tribus salvajes que se negaban a ser pacificadas y recibir los dones de la civilización mundial; tranquilizaba las conciencias en Europa, sobre todo la de sus banqueros... Y había que desacreditar el Islam ante los propios musulmanes, había que desarraigarlos para hacerlos inofensivos. Se insistió hasta la saciedad en lo del fanatismo, y toda la historia del Islam fue interpretada bajo la luz de esa clave.

Había que explicar, entre otras cosas, cómo había podido difundirse el Islam entre pueblos tan distintos. Sólo la sed de sangre, connatural al Islam, arrastrando en pos de sí a naciones bárbaras deseosas de botín, pudo reclutar ejércitos con los que conquistar el mundo. El triunfo se debió a la crueldad, el asesinato y la humillación. Los vencidos se hacían musulmanes bajo terribles presiones o para librarse del pago de impuestos. Es suficiente leer cualquier manual de uso en las escuelas para descubrir la pervivencia de estas baboserías. En creencias tales hemos sido educados muchos de nosotros. El Islam es sinónimo de "Guerra Santa"...

Lo que sucede en realidad -lo que está en el trasfondo de todo- es que la incomprensión y el interés funcionan creando mentiras a las que aferrarse. El Ÿihâd, núcleo central del Islam, se transforma en el mayor de los peligros. No pudiendo ser interpretado según los modelos asumidos como propios de la espiritualidad, es frontalmente combatido. A los musulmanes, cuando se defienden, se les acusa de agresividad, terrorismo y violencia, y como el Islam les ha inculcado esa necesidad imperiosa de rechazar las imposiciones, es el responsable directo del fanatismo que impide a los "nativos" absorber la única civilización posible, la de Occidente. Hay tanta hipocresía en esto que es difícil analizarlo con sangre fría: ¿Cómo aceptar sin más los crímenes que se han cometido tras el escaparate de la exportación de los valores de la civilización europea? 

Para los musulmanes, el Ÿihâd es la respuesta del Islam a todo intento de someter al hombre a cualquier esclavitud. Es el esfuerzo individual y colectivo que debe emprenderse contra las agresiones. El Islam entiende que la vida y la dignidad están por encima de todo, y deben ser defendidas como causa que se antepone a todos los intereses. El Ÿihâd tiene un valor supremo: cuando un musulmán lucha por su tierra, está luchando por Allâh; cuando combate por su gente, está luchando por Allâh. El Islam es radicalmente solidario y hace suya la causa de todos los oprimidos: la injusticia es enemiga del dîn, cualquiera que sea su forma. El tirano es el verdadero Tagut, el ídolo a combatir, el shaytán contra el que se ejerce el exorcismo del Ÿihâd

En la actualidad, el Islam sufre los ataques de enemigos emboscados en muchos frentes: el peor es el de los Estados supuestamente islámicos surgidos tras las independencias formales de las tierras tradicionalmente islámicas, Estados concebidos para ejercer el mismo papel coercitivo contra los pueblos musulmanes y servir a intereses extranjeros. El Islam estará siempre fuera de los mecanismos que Occidente invente para dominar a los seres humanos. Eso es lo que le es connatural, y por ello el Ÿihâd formará parte del entresijo más íntimo de los musulmanes. Esa rebeldía brota de modo natural de la idea clara de que Allâh es Uno, y sólo Él es el Señor de los Mundos. La esclavitud, la indignidad, son contrarios a la aspiración del que sabe que sólo Allâh es más Grande. El Islam enseña un igualitarismo que se basa en una concepción de la existencia y no en un discurso demagógico.

No sin razón, se ha afirmado que los musulmanes son tolerantes hasta la ingenuidad. El Islam siempre ha sido una cultura abierta, pronta a recibir las aportaciones de la humanidad entera. Esta actitud está fuertemente enraizada en la personalidad de cada pueblo musulmán. Es suficiente con pasear por un zoco para detectar esta realidad. El Islam es un lugar de encuentros, no una religión ni un dogma[5]; es una aspiración expresada por el Corán mismo que invita a las gentes a hermanarse en lo que les es común, la libertad en Allâh. Esa libertad tiene su garante en el Ÿihâd, entendido como esfuerzo por superar las barreras que constriñen al ser humano. 

Muhammad (s.a.s.) hablaba de los dos combates que debe emprender cada musulmán. A uno lo llamaba “Ÿihâd menor”, que consiste en luchar contra los tiranos de cualquier clase que reducen al hombre a la miseria. Al otro lo llamaba “Ÿihâd mayor”, que es el afán por superarse, la conquista de la libertad en lo más íntimo de la propia personalidad. Y también enseñaba que esas luchas no tienen techo, que siempre habría alguna mentira que derribar, porque lo radicalmente humano es la acción, la vida como movimiento continuo, el trasiego como finalidad en sí mismo, el trabajo como satisfacción en el que el hombre trasciende todos los límites y se alza sobre todos los muros y divisa el espacio infinito del que lo ha creado y del que ha brotado.


Condiciones y límites del Ÿihâd en el Islam

Que el Islam bajo ningún concepto sea un tipo de pacifismo, no quiere decir que en su ejercicio de violencia “todo valga”. En lo que se refiere a las condiciones y límites de la violencia, tenemos una guía clara en el Corán, en la sunna del Profeta y en las costumbres de los compañeros del Profeta[6].

Lo primero que habría que aclarar es lo que está prohibido en acción de guerra:

  • Está prohibido matar no combatientes (Mabsit de Sarajisy, X, 64).
  • Está prohibido matar niños y mujeres  (Muwatta, libro 21, hadices 8,9,11)[7].
  • Está prohibido matar a los criados y los esclavos que acompañen a sus amos y no tengan parte en la lucha (Mabsut de Sarajisy, X, 64).
  • Está prohibido matar a impedidos de cualquier clase que les haga no poder participar en la lucha: ancianos, ciegos, desvalidos, locos, etc. (Mabsut de Sarajisy, y Sharhj al-Siyar al-Kabir, IV, 78).
  • Está prohibido matar monjes, ermitaños u hombres de religión de cualquier clase (Muwatta, libro 21, hadiz  10; palabras del Profeta y costumbre de Abu Bakr)[8].
  • Está prohibido matar a los comerciantes, mercaderes, contratistas y similares, que no tomen parte en la lucha (Jaray de Yahya, p. 34, Jaray de Abu Yusuf, p. 122).
  • Está prohibido matar a los campesinos que no tomen parte en la lucha (Costumbre de Abu Bakr en Tabari, 2026 y 2031; y ‘Omar en Ibn Rush Bidayah al-Masjtihad I, 131).
  • Está prohibido torturar a los enemigos y mutilar sus cuerpos (al-Bidaya de Averroes).
  • Está prohibido matar si no es con arma hombre-hombre, como la espada o la flecha; por ejemplo, se prohíbe el uso del fuego (Costumbre de ‘Omar basada en un hadiz del Profeta)[9] y las máquinas de guerras que causaren matanzas indiscriminadas -como las catapultas- sólo se permiten siempre si se sabe que en la fortaleza no hay mujeres no combatientes, ancianos o niños (Corán 48:25)[10].
  • Pero, incluso, están prohibidas acciones tales como talar árboles frutales, sacrificar ovejas o ganado si no es para alimentarse ese mismo día, quemar o dispersar abejas... (Costumbre de Abu Bakr, Riad Salihin, libro 21: 10)[11].
  • Asimismo, está prohibido destruir edificios, ni siquiera deshabitados (costumbre de Abu Bakr).

Antes de entablar combate, el Profeta daba últimas oportunidades a sus enemigos: “Cuando os enfrentéis a los hostiles mushrikun [los enemigos del Profeta], emplazadles a tres cosas. Aceptad lo que consientan y evitad (atacar)les:

  1. Emplazadles a convertirse al Islam. Si consienten en ello, aceptadlo y evitad (atacar)les.
  2. Emplazadles a que se pongan en marcha hacia la morada de los emigrantes (i.e. la ciudad de Medina) y comunicadles que, si lo hacen así, tendrán los mismos derechos y deberes que los que allí van.
  3. Si no quieren hacerlo y prefieren quedarse en su propio territorio, hacedles saber que serán como los beduinos conversos, que están sometidos a la autoridad de Allâh como los demás creyentes, pero no tienen derecho a parte del botín, a menos que se unan a los musulmanes en la guerra.
  4. Si se niegan a ello, emplazadles al pago de un tributo de sumisión y protección (la yizia)[12]. Si consienten, aceptadlo y evitad (atacar)les. Pero si lo rechazan, entonces invocad la ayuda de Allâh y atacadles.

El musulmán no lucha siempre que se le deja el menor escape. En un hadiz del Profeta se aconseja expresamente no desear la lucha:

“¡Oh, gentes, no deseeis el enfrentamiento con el enemigo, pedid a Allâh que os ponga a salvo. Pero cuando os enfrenteis a él, hacedlo con paciencia y sabed que el Jardín está a la sombra de las espadas!” (Riad Salihin, 1331)

En el modus operandi en guerra del Profeta había toda una sabiduría de evitar la confrontación, que quedó plasmada en nuestro Libro (que es también, como otras muchas cosas, un libro del ‘Arte de la guerra’)[13]:

"Preparad cuanta fuerza y caballería seáis capaz de juntar para intimidar a los enemigos de Allâh y a vuestros enemigos” (8:60)
Para intimidar, no para atacar. Porque la mejor forma de no entrar en combate es ser respetado. El Profeta esperaba mucho antes de entrar en batalla. Se levantaba temprano y se iba a donde tendría lugar, ponía a cada uno en su sitio (3:121), y esperaba. A veces llegó a esperar días enteros, sin querer dar la orden de ataque. En una ocasión, esto logró desmantelar una batalla, haciendo retirarse al ejército enemigo. Pero normalmente esperaba todo el día y al atardecer, cuando descendía sobre ellos un aire leve al que el Profeta llamaba ‘la sakiná’, daba la orden de atacar. En cuanto el ejército enemigo pedía la paz, el Profeta la aceptaba[14]. Nunca rompió un pacto y, si temía que el otro que lo había firmado, fuera a romperlo, denunciaba que no se fiaba de ese pacto y que quedaba roto (8:58) antes de atacar al enemigo (Hay una fuerte condena coránica de hacer pactos falsos)[15] .  En otra ocasión, no llegó a guerrear porque hizo abrir un foso que rodeara la ciudad en que había sido sitiado para evitar el asalto de las tropas enemigas, y mientras, infiltró en el campo enemigo a algunos que divulgaban falsos rumores.

Otra aclaración fundamental a la hora de entender el Ÿihâd es la relativa a las circunstancias en las que debe practicarse, y para ello, nada mejor que la guía del Corán[16]:

Combatid en la senda de Allâh a quienes os combaten, pero no provoquéis su hostilidad; en verdad Allâh no ama a quienes provocan la hostilidad.
Matadles donde quiera que los encontréis y expulsadles de donde os hayan expulsado; la persecución (de los justos) es peor que la matanza (de los opresores). Sin embargo, no los combatáis en el recinto de la Mezquita Sagrada hasta que ellos no os combatan allí; pero si os combaten, matadles. Ésa será la recompensa de los destructores. Sin embargo, si cambian de idea, Allâh perdona, es compasivo.
Combatidles hasta que no haya más persecución (para vosotros por vuestra religión) y el dîn sea el de Allâh; entonces, si se arrepienten, que no haya enemistad más que contra los que sigan haciendo el mal. El mes sagrado por el mes sagrado, que las cosas sagradas sean sometidas la ley del talión; así que cualquiera que os ataque, atacadle también de la misma forma (2:190-4).

En todo el Corán no se encuentra un solo versículo en el que se hable de hacer el Ÿihâd para convertir a los infieles; más al contrario, es conocido de todos los musulmanes la aya “Lâ ikraha fid-dîn” [‘no haya compulsión en materia de religión’] 2:256, así como la famosa aya:

 “Si tu Señor lo hubiera querido, habrían creído todos los que están en la tierra. ¿Puedes tú forzar a los hombres para que sean creyentes?” (10:99)

Y, mucho menos, el motivo del Ÿihâd es jamás el lucro personal o la ambición. Tiene que ser el mismísimo Hasan al-Banna (fundador del grupo de los Hermanos Musulmanes, que no se distinguen por su delicadeza de interpretación del Islam) el que nos recuerde que la palabra árabe “guerra” [qitâl] jamás es usada en los tratados de jurisprudencia islámica. Porque la guerra fuera del estrecho marco del Ÿihâd –la autodefensa de la opresión- está prohibida. En un dicho de ‘Omar queda claro el rechazo a la lucha por el botín, de paso que nos recuerda las cualidades del guerrero musulmán (del que ya dijera Sánchez Dragó que dio origen al caballero andante español):

“La nobleza del mu’min es su presencia de Allâh (taqua). Su Senda es su doble estirpe. Su hombría es su buen carácter. La audacia y la cobardía son sólo instintos que Allâh pone donde Él quiere. El cobarde rehuye defender aún a su padre y a su madre, y el valiente lucha por el combate mismo, no por el botín. Ser matado es sólo una de las formas de encontrar la muerte, y el mártir es aquel que se entrega a sí mismo esperando la recompensa de Allâh” (Muwatta, libro 21 hadiz 35)

El motivo del Ÿihâd es siempre por la agresión recibida con anterioridad, como muestran los versículos mencionados “combatid a quienes os combaten”. Veamos en otros versículos algo idéntico:

"Combatid continuamente a los mushrikûn [politeístas], al igual que ellos os combaten continuamente" (9:36)
"Si entonces se retiran y no os combaten, sino que os ofrecen la paz, Allâh no os ha dado autorización contra ellos. Si no se retiran ni os ofrecen la paz ni contienen sus manos, tomadlos y matadles allí donde quiera que los encontréis" (4:90-1).
"Si violan sus juramentos tras haber pactado (con vosotros la paz) y os atacan por vuestra religión, combatid a los jefes de los destructores; ellos no respetan sus juramentos; tal vez cesen (en su hostigamiento). ¿No combatiréis a un pueblo que ha roto sus juramentos y ha procurado expulsar al Mensajero, y que tomó la iniciativa contra vosotros?"

Está claro que el musulmán no disfruta con el Ÿihâd. Esto ya aparece en el Corán:

“Se os prescribe el combate, aunque os repugne”

La legitimidad del Ÿihâd no le viene de que lo realicen los que tienen la verdad para imponerse sobre los que consideran que están equivocados, sino de ser una guerra de auto-defensa por la hostilidad sufrida. Una vez y otra en el Corán se hace referencia a los momentos históricos que sufrió Muhammad y su pequeña comunidad antes de que bajaran ‘los versículos de la guerra’. Resumamos estas circunstancias históricas, para comprender aún mejor, una figura como la de Muhammad, en las etapas principales de su vida:

  1. La misión secreta, en la que sólo un pequeño grupo de gente aceptaba lo que trasmitía Muhammad, básicamente familiares y amigos.
  2. La misión pública dirigida a su tribu y después a toda la humanidad.
  3. El período de negociaciones durante el que los mequíes intentaron que el Profeta desistiese de propagar su Mensaje a cambio de poder y riquezas.
  4. El período de violencia y opresión. La historia ha recogido casos espeluznantes de tortura.
  5. La emigración a Etiopía para salvar la vida Muhammad y sus seguidores.
  6. La etapa de artimañas, intrigas y conspiraciones contra el Profeta, en la que se forzó al clan al que pertenecía tribalmente Muhammad (los Banu ‘abd Manaf) a entregar al Profeta y a sus compañeros, o, en su defecto, a inhibirse de su defensa en caso de atacarles los mushrikûn.
  7. El período de búsqueda de refugio en al-Ta-if (a 45 millas de Meca), cuyo pueblo no les prestaron hospitalidad y les humillaron, obligándoles a volver sobre sus pasos.
  8. Intento frustrado de asesinato de Muhammad.
  9. La etapa de la emigración a Medina (la Hiÿra), donde cierto sector de la sociedad de Medina recibió al Profeta como un hombre sabio y noble perseguido por la fidelidad a su conciencia.
  10. La enemistad entre los musulmanes en Medina y los judíos que allí habitaban, ante el desconcierto de Muhammad que no esperaba que ellos (como “gente del Libro” que eran y porque los había ayudado ya con antelación en la guerra que tuvieron los judíos con los mushrikûn) conspiraron contra él y sus mensajeros. Muhammad pactó con los judíos para poder centrarse en las amenazas de sus antiguos enemigos, que estaban causando un gran sufrimiento a los musulmanes que no habían podido emigrar a Medina y seguían en Meca.
  11. El período de la provocación. Muhammad comprendió que, o conseguía que los medinenses entendiesen el Islam, o los mequíes acabarían por infiltrarse en Medina y atacarles por sorpresa, sobre todo, porque el pacto con los judíos no le ofrecía confianza. Una alianza mequíes-judíos de Medina supondría una nueva expulsión, y quién sabe si más aún. Por todas estas razones, el Mensajero y sus compañeros se prepararon para resistir a los que se oponían a la existencia del Islam.  Muhammad se enzarzó en múltiples escaramuzas con ellos y les demostró su fuerza y su decisión en proteger la existencia del Islam y “a los oprimidos, hombres, mujeres y niños que gritan: ¡Oh Señor nuestro, sácanos de esta ciudad de injustos! (...) ¡Danos un defensor designado por ti!” (4:75).
  12. Los judíos (al menos tres tribus judías de Medina) rompen su pacto con Muhammad y presentan batallas, que, finalmente, consolidan a Muhammad en Medina.
  13. Por último, la entrada triunfal de Meca por el Profeta y sus seguidores, sin represalias para los vencidos.

Deducimos que Muhammad sólo combatió a los que lo combatieron, y que su lucha no tuvo más objetivo que rechazar la opresión y defenderse de la agresión, y poner fin a la persecución de la que era objeto por motivos de conciencia. Y esto es exactamente lo que prescriben los versículos de la guerra que antes hemos visto. Verdaderamente habría sido justo que se les hubiera permitido a los musulmanes desde el principio defenderse de la agresión; pero lo único que se les decía se parecía mucho al mensaje de ‘Isa de poner la otra mejilla:

“No seáis como la gente que no razona y afirméis que si los demás os tratan bien vosotros haréis lo mismo y si os causan daño vosotros también lo haréis. Acostumbraos más bien a hacer el bien si os tratan bien y a no hacer el mal si os tratan mal” (Tirmidzi, 5129).
“Responde a una mala acción con una buena y aquel que era tu enemigo será tu amigo” (Corán).

Cada vez que los primeros musulmanes sentían la necesidad de resistir a la opresión y vengarse de sus opresores, el Profeta los retenía: “No se me ha ordenado combatir”, solía decir. Hasta que recibieron el permiso de Allâh. El texto no tiene desperdicio para los que creen que el Islam es una religión fanática que no permite la libertad de culto:

“Se ha concedido el permiso a quienes combaten porque han sufrido injustamente; Allâh es capaz de ayudar a quienes han sido expulsados de sus casas sin justificación, sólo por decir “Allâh es nuestro Señor”. Si Allâh no os enfrentase a los unos contra los otros, se habrían destruido muchas ermitas, sinagogas, oratorios y mezquitas en los que se menciona el nombre de Dios” (22:39-40).

Es decir, el permiso que desciende a los creyentes no es para satisfacer la venganza, ni siquiera para lograr la auto-defensa sino para defender la vida de todos los creyentes, para defender la libertad de conciencia y de culto. 


La expansión militar islámica

No voy a negar que hubiera una ofensiva armada en los primeros tiempos del Islam. Nada que no sea verdad me interesa. Creo que fue un hecho típicamente tribal, resultado de un fenómeno humano clásico, que los sociólogos, antropólogos, psicólogos y etólogos conocen bien, a saber, la necesidad del enfrentamiento guerrero para la reafirmación del grupo[17] . Hecho antropológico y no exclusivamente religioso, constatable allí donde hay sociedad humana. Sin embargo, sí quiero resaltar que el tinte islámico que se le dio a estas confrontaciones, contribuyó a darle cordura.

Sin rechazar la realidad de los conflictos armados que tuvieran lugar, a poco de conocer determinados datos, se nos reconocerá que debió ocurrir algo sustancialmente diferente al resto de las invasiones que conocemos (romana, germana, mongol, etc...), o de lo contrario, es insólito que un ejército de nómadas conquisten en menos de un siglo tierras pertenecientes a Imperios como el bizantino y el persa, desde Irán a Andalucía, y, lo que es más insólito, que mantengan hasta la actualidad la práctica totalidad de estos territorios.

Otro dato curioso, de dejarnos guiar por la versión oficial, es la significativa pobreza de esa Arabia de la que teóricamente parte una expansión militar destinada a crear un Imperio. Nunca en la Historia el origen de un Imperio ha sido tan pobre tras conseguirlo como en este caso... Se estará de acuerdo con nosotros que estamos ante circunstancias peculiares que nos hacen sospechar que no sea tan plano el análisis de los hechos como nos pretenden hacer ver algunos.

Particularmente curioso sería, en este sentido, el caso de la supuesta invasión de España, uno de los pocos territorios más tarde perdidos para el Islam. ¿Cómo es posible que un Imperio como el Romano en su esplendor tardase por tierra 200 años en conquistar lo que unos árabes que tenían que cruzar el Estrecho tardaron siete? En concreto, la pretendida invasión árabe de la Península ha sido sobradamente estudiada por Ignacio Olagüe en su Revolución islámica en Occidente y sistemáticamente ignorada por los historiadores.

Pero no hay que acudir a un maldito de la Historia (autoexilado en Francia en tiempos de la Dictadura) para reconocer que hubo claves de éxito en la expansión islámica. Nos remitimos al manual de uso de los estudiantes de Historia en la universidad española, un clásico medievalista de la Escuela de Anales, Claude Cahen[18]:

“Un primer punto a señalar es que la conquista, en opinión de los habitantes de los territorios conquistados, no rompía la continuidad de su existencia local. Las dinastías habían caído o habían sido eliminadas, pero de ello no se seguía como consecuencia inevitable la transformación de las instituciones que regían la vida cotidiana. La tradición posterior distinguirá con demasiada nitidez, por razones que luego consideraremos, los territorios sometidos “por la fuerza” de los sometidos “por tratado”; en este último caso, que de hecho es el de la mayoría de las grandes ciudades con su provincia, los términos de la capitulación precisaban derechos y deberes de los habitantes; incluso aunque los textos de las capitulaciones que han llegado hasta nosotros no ofrezcan demasiadas garantías de autenticidad, no hay duda de que representan la concepción que la antigua administración califal tenía del régimen a aplicar. Pero, en realidad, no existe diferencia fundamental entre los casos de capitulación y los otros, porque los nuevos amos siempre conservaron ‘grosso modo’ todo lo posible del régimen anterior, sin duda por razones políticas, pero sobre todo en razón de la incapacidad en que se hubieran visto, extranjeros sin formación administrativa, si hubiesen querido reemplazar el personal indígena y transformar las instituciones. Bien entendido, en la cúspide de la jerarquía social se ponía ahora el ejército ocupante, que tenía su propia organización y que era el beneficiario del trabajo y de los impuestos de las poblaciones, ocupando la misma posición que las aristocracias anteriores: pero esto es todo lo que en un principio sufre transformación. Una conquista, cuyas consecuencias progresivas deberían figurar entre las más considerables de la Historia, comenzó por no tener más que algunas pequeñas perceptibles (...) [Fuera del territorio de Arabia] la idea de una conversión general no parece haber preocupado a los conquistadores. Lo único que se pide es, pues, sumisión, con su protección como contrapartida”.

Acreditando esto último, merece la pena copiarse un texto de Abu Yusuf en su Kitâb al-jaraÿ:

“Después de que Abu ‘Ubayda hubo concluido un tratado de paz con un pueblo de Siria y hubo recaudado el impuesto de sumisión (jizia) y el impuesto sobre la tierra (jaraÿ), fue informado de que los bizantinos estaban reclutando tropas contra él y que la situación se había vuelto crítica para él y los musulmanes. Entonces escribió a los gobernantes musulmanes de las ciudades con las que había firmado tratados para que devolviesen la jizia y también el jaraÿ que habían recaudado, y les dijesen: ‘Os devolvemos vuestra propiedad ya que hemos sido informados de que están reclutando tropas contra nosotros. Habéis obtenido nuestra protección, pero ahora no somos capaces de dárosla. Os devolvemos lo que hemos tomado de vosotros, pero cumpliremos el pacto y lo que se ha acordado, si Allâh nos concede la victoria sobre ellos”[19]

Fueron, pues, las invasiones islámicas, una sustitución de aristocracias viejas por aristocracias nuevas, en cualquier caso, algo que al pueblo le traía sin cuidado, con tal de que no se vulnerasen sus derechos. Contra los musulmanes sólo los gobernantes justos fueron capaces de levar tropas voluntarias de gente dispuesta a luchar por lo que conocían; pero, afortunadamente para el Islam, esto apenas se dio. Para sorpresa de algunos, hete aquí que el pueblo en todo lo ancho y largo de las tierras invadidas por los musulmanes los prefirió a los anteriores ocupantes... Y continúa Claude Cahen dándonos claves del éxito de la ocupación islámica de las nuevas tierras:

Los vencidos conservaban una libertad de culto que se ve limitada solamente, en los lugares donde hay musulmanes, por la obligación de evitar las manifestaciones públicas de naturaleza capaz de herirles; conservan asimismo su ley privada. La sumisión se materializaba en el pago de impuestos que variaban según los casos, pero que en general no se habían visto modificados, con respecto al régimen anterior, por el cambio de beneficiario. Por medio de estos pagos, considerados por el musulmán como significativos del reconocimiento de la alta soberanía de la comunidad musulmana, los habitantes conservaban sus propiedades, no pudiendo los árabes establecerse más que fuera de ellas. Estos sólo podían adquirir bienes en el caso de que hubieran desaparecido sus propietarios o en el caso de bienes del Estado, que revertían automáticamente al nuevo Estado (al menos, ésta era la tendencia general, aunque en un principio, sin duda, hubiese ciertas vacilaciones en la práctica). A estos pagos se añadían las obligaciones de fidelidad que no tenían virtualidad más que en período de conquista: albergar a los musulmanes, informarles y no informar al enemigo, etc; y una cláusula, la prohibición de vestirse al modo árabe, comprensible en este contexto (evidentemente los indígenas no se vestían al modo árabe de forma usual), que, más tarde, servirá de precedente de otra interpretación de que volveremos a hablar. Los cuadros (administrativos) indígenas permanecen a la cabeza de sus congéneres, sin duda, menos controlados que por los Estados precedentes”.

No es sólo que la ley beduina de protección al vencido (aman), la valentía en la acción guerrera y la lealtad a la palabra dada propia de estos pueblos jugara a favor de la conquista. Es que los hombres que dirigieron esa expansión fueron los mismos que conocieron a Muhammad, y todavía nos hallamos en ese primer impulso de toda Revelación cuando aún no está corrompida por el alejamiento de la figura de su profeta. Tras esta actitud, se esconde una serie de nombres propios de personas verdaderamente honestas, hombres de temor de Allâh... Tenían que ser sencillos, sabios, pacientes, humildes, creíbles y justos para actuar como lo hicieron:

  • En primer lugar, estos dirigentes musulmanes daban una palabra que luego cumplían (como se ordena en el Corán).
  • En segundo lugar, llegaron a los sitios con la humildad de aprender de la cultura de los vencidos (como recomienda el hadiz del Profeta sobre viajar para conocer otras culturas).
  • En tercer lugar llegaron con reglas de auto-control y paciencia que no desencadenó la venganza de los conquistados (como se ordena en el Corán y recomienda el Profeta).
  • En cuarto lugar, llegaron sin afán de lucro y seguían viviendo con la frugalidad a la que estaban acostumbrados (según ejemplo del Profeta).

Lo que yo he concluido es que, además de producirse la invasión islámica en una coyuntura en la que los imperios vecinos estaban débiles, los gobernados por ellos no se encontraban contentos. La debilidad del imperio bizantino y persa motivó que apenas pudieran programar una respuesta militar en bloque, con lo que la conquista fue haciéndose ciudad a ciudad, aldea a aldea, más por tratado que por enfrentamiento, pues los pueblos no deseaban más a los anteriores dueños que a los que ahora venían. Y, sí, estas poblaciones tenían miedo a la espeluznante convicción y fuerza de los nuevos invasores, precedidos por una fama que asustaba a unas gentes que para nada querían nuevas guerras, más aún sabiendo que estos nuevos invasores podían ser terribles en caso de guerra y, sin embargo, muy comprensivos en los armisticios previos a la confrontación: como se ha visto, respetaban las situaciones anteriores y, sobre todo, los derechos de las poblaciones. El Islam supo aprender de los territorios a los que llegaba; es importante que seamos conscientes de este hecho insólito. Vencedores que aprenden de los vencidos. No nos confundamos y pensemos que el Islam fue lo que algunos ahora querrían que fuese. Si el Islam no hubiera sido sensible al Conocimiento que poseían los no-musulmanes jamás habrían existido Córdoba, Damasco, Bagdad o Estambul.


6) Violencia contra el kâfir

Toda la violencia del musulmán se proyecta contra el kâfir, en primer lugar contra el kâfir que cada uno tenemos en nuestro corazón, porque no hay quien no trate en ocasiones de ocultar (eso es hacer kafara) la belleza y la maravilla del mundo en sus actos. Pero no quiero jugar con las palabras. Hay un pasaje coránico –por cierto, heredado de tradición mosaica- que es un escándalo para los que se acercan a nuestra espiritualidad. Nos referimos a ese pasaje en el cual se nos cuenta cómo Moisés acompaña a un Ángel que hace una serie de cosas extrañas, pero como la condición que le fue impuesta para acompañarlo fue que no cuestionase